Casi 500 millones de ejemplares impresos. Cinco candidaturas consecutivas al Premio Nobel, todas rechazadas por el propio autor. Un anciano de baja estatura con la barba revuelta por el viento que cruza ante la cámara a pasos rápidos y se enfada con el operador. Detrás de esa imagen queda una vida entera de contradicciones.
El hombre que predicaba la renuncia a toda propiedad mientras habitaba la finca donde había nacido. El que exigía amor universal y no logró la paz en su propia casa. Bienvenidos a Historias de Creadores. Soy Adrián Montero y hoy os traigo la historia de Left Tolstoy. Para comprender cómo este hombre llegó a convertirse en la conciencia moral de toda una época, hay que regresar al principio, a una finca señorial de la provincia de Tula, donde un niño perdió a sus padres antes de aprender a recordarlos.
Un joven yace en la cama de un hospital militar. No está herido. Se recupera de una enfermedad venérea contraída en la vida desordenada que lleva desde hace años. Tiene 23, tal vez 24 años. Apenas posee bienes dignos de mención porque una parte del patrimonio familiar la ha perdido en las mesas de juego.
No ha terminado sus estudios universitarios, no ha publicado una sola línea y sin embargo, en esa cama de hospital, con la humillación todavía fresca, toma un cuaderno y comienza a escribir un diario. En la primera página se reprocha su pereza, su falta de carácter, su vida que él mismo califica de brutal.
Anota cada falta con la minuciosidad de un contable que revisa las cuentas de una empresa en quiebra. Ese gesto aparentemente menor inaugurará una costumbre que no abandonará en más de medio siglo. La de observarse a sí mismo sin piedad, registrar cada debilidad, cada caída, cada pensamiento indigno. Nadie que viera aquel muchacho postrado habría adivinado que de esa manía, por la autoexploración nacería uno de los métodos literarios más poderosos de la historia.
Pero faltaba mucho para eso. La familia en la que había nacido aquel joven pertenecía a la más alta aristocracia rusa. Su abuelo materno, el general retirado Nikolay Volkonski, había servido bajo el reinado de Catalina la Grande y poseía la finca de Yasna y Apoliana en la provincia de Tula, a poco menos de 200 km al sur de Moscú.
Cuando Volkonski murió en febrero de 1821, su única hija María heredó la propiedad. Tenía 30 años y según las convenciones de la época, sus posibilidades de contraer matrimonio eran prácticamente nulas. Los parientes, no obstante, le encontraron un pretendiente. Nikolay Tolstoy, primo lejano suyo, veterano de la guerra contra Napoleón en 1812.
El padre de novio arrastraba deudas enormes, de modo que el enlace convenía a ambas partes. No había en ello nada excepcional. La aristocracia rusa formaba una red de parentescos cruzados, donde todos eran en algún grado, familia de todos. El 9 de septiembre de 1828 nació en Yasna y Apoliana, el cuarto hijo de aquel matrimonio.
Lo bautizaron Lev. Tenía tres hermanos mayores y pronto llegaría una hermana menor. El árbol genealógico del recién nacido resultaba deslumbrante incluso para los estándares de la nobleza rusa. Príncipes Volkski, príncipes Trubetkoy, el poeta Fiodor Tiuchev, el filósofo Piotor Chadev, el canciller del imperio Alexander Gorchakov, hasta Alexander Pushkin figuraba entre sus parientes lejanos como tío en cuarto grado.
Se ha dicho que del padre heredó la pasión por la lectura y de la madre el talento narrativo, pues María Volconsskaya componía cuentos y gustaba de inventar historias para sus hijos. Pero el pequeño Lev apenas tuvo tiempo de conocerla. Murió antes de que el niño cumpliera 2 años. Él no conservaría ningún recuerdo directo de ella y precisamente por eso la idealizaría durante toda su vida hasta el punto de rezar ante su imagen como si fuera la de una santa.
Pocos años después murió también el padre, víctima de una hemorragia cerebral. Corrieron rumores de que su ayuda de cámara lo había envenenado y robado, aunque nada se probó. Los cinco huérfanos quedaron al cuidado de una tía paterna, hermana mayor de su padre. Cuando también ella falleció, otra tía, la menor, se hizo cargo de los niños y los trasladó a la ciudad de Cazán.
Fue una mujer bondadosa que les proporcionó buena educación. Aunque sus consejos prácticos resultaban a veces desconcertantes, al joven Led le deseó que encontrase un amante casada y una esposa rica. La infancia del futuro escritor estuvo marcada por la curiosidad y la travesura, tanto como por la lectura. De niño empujó por una terraza a una invitada que resultó ser la que andando el tiempo sería su propia suegra.
La mujer cojeó durante semanas. En otra ocasión se presentó en una sala llena de visitas haciendo reverencias al revés con la cabeza echada hacia atrás. Una vez lo encerraron en el segundo piso por alguna fechoría y saltó por la ventana, aunque por fortuna salió ileso. Eran rasgos de un temperamento impulsivo que nunca perdería del todo y que más tarde se manifestaría en formas menos infantiles, pero igualmente desconcertantes.
En Cazán ingresó en uno de los mejores centros universitarios del imperio, la Universidad de Cazán, en la sección de lenguas orientales de la Facultad de Filosofía. Duró un año, suspendió los exámenes y para no repetir curso, se trasladó a la Facultad de Derecho, donde resistió poco menos de 2 años antes de abandonar también los estudios.
La filosofía le interesaba más que los códigos legales, pero ni siquiera la filosofía bastaba para retenerlo en las aulas. No era un mal estudiante en el sentido habitual de la palabra. era un estudiante incapaz de someterse a un sistema que no había elegido, un rasgo que con los años se convertiría en el eje de toda su vida intelectual.
Aquel primer choque con la educación reglada dejaría una huella profunda. Décadas más tarde, cuando fundara su propia escuela para hijos de campesinos, lo haría precisamente contra todo lo que había experimentado en aquellas aulas de CASN, contra los exámenes, contra la disciplina impuesta, contra la idea misma de que el saber deba verterse en la mente del alumno como un líquido en un recipiente vacío.
De vuelta en Yasna y a Poliana, intentó administrar la finca y ocuparse de sus campesinos. Pero la vida en el campo no bastaba para saciar su energía. Moscú y San Petersburgo lo atraían con la fuerza de un imán. Se lanzó a la vida mundana con el mismo ímpetu que ponía en todo. Bailes, vino, mujeres y, sobre todo, cartas.
Jugaba con la desesperación de quien busca emociones fuertes sin importarle el precio. En una de aquellas partidas perdió una suma tan elevada que tuvo que vender parte de la finca familiar para cubrir la deuda. Más tarde diría que había perdido la casa paterna en el juego. Una exageración que, sin embargo, reflejaba su genuino sentimiento de culpa.
Y la culpa, precisamente era el motor de aquel diario que había empezado a escribir en el hospital. Página tras página, el joven se laceraba con una ferocidad que recordaba a los puritanos del siglo XV. Anotaba sus pecados, sus debilidades, sus propósitos de enmienda y sus recaídas. Se reprochaba la lujuria, la vanidad, la pereza, la falta de voluntad.
Registraba cada día como si debiera rendir cuentas ante un tribunal interno que no conocía la clemencia. En una de aquellas entradas tempranas, escribió una frase reveladora. Nadie le había dado los azotes que merecía y esa era su mayor desgracia. La autoexigencia era tan extrema que resultaba casi cómica, pero tras ella latía algo más serio, una necesidad de verdad que no admitía concesiones ni siquiera consigo mismo.
Aquella costumbre de urgar en la propia conciencia no era un simple ejercicio de introspección juvenil. Con el tiempo se convertiría en el instrumento con el que Tolstoy exploraría el alma de sus personajes, en la herramienta que le permitiría captar los movimientos más sutiles de la psicología humana, las contradicciones íntimas que otros escritores pasaban por alto.
La crítica literaria lo llamaría más tarde dialéctica del alma. La capacidad de mostrar cómo un mismo personaje puede experimentar sentimientos opuestos en el transcurso de un solo instante, como el amor y el desprecio, la generosidad y el egoísmo, la valentía y el miedo, conviven en una misma persona sin anularse mutuamente.
Pero esa capacidad no nació de la nada. nació de aquellas páginas febriles escritas por un joven que se sentía fracasado, que no había terminado la universidad, que había dilapidado parte de su herencia y que se juzgaba a sí mismo con una severidad que bordeaba la crueldad. Muchos años después, ya convertido en el escritor más célebre de su tiempo, Tolstoy seguiría escribiendo aquel diario con la misma intensidad.
En 1903, siendo ya un anciano, anotó que experimentaba los tormentos del infierno al recordar lo que él llamaba toda la vileza de su vida anterior y que esos recuerdos le envenenaban la existencia. El gesto no había cambiado en medio siglo. Lo que había cambiado era la hondura de la herida. El muchacho del hospital se había convertido en un hombre capaz de iluminar los rincones más oscuros del alma humana y lo había conseguido en buena medida porque nunca dejó de iluminar los suyos propios.
En algún momento del verano de 1853, en las montañas del Cáucaso, un joven oficial de artillería ruso galopó durante varios minutos perseguido por jinetes enemigos. La distancia se acortaba, el terreno era hostil y las posibilidades de escapar menguaban con cada segundo. Logró zafarse por muy poco y esa misma noche en el campamento, después de haber rozado la muerte, abrió su diario y escribió una frase que nada tenía que ver con el combate.
Sin un mes para los 25 años y todavía no he hecho nada. Cualquier otro hombre habría anotado el alivio de seguir vivo. Tolstoy anotó su decepción consigo mismo como si la guerra fuese apenas un decorado y el verdadero campo de batalla estuviese dentro de su propia cabeza. Había llegado al Cáucaso 2 años antes, en 1851, siguiendo a su hermano mayor Nikolay, que servía en el ejército.
La decisión no obedeció a una vocación militar, fue en cierto modo una huida. Las deudas de juego se habían acumulado hasta volverse insostenibles. La vida en Moscú y San Petersburgo giraba en círculos cada vez más vacíos. La finca de Yasnaya Poliana no bastaba para retenerlo. El Cáucaso, donde el ejército ruso libraba una guerra prolongada contra las tribus montañesas, ofrecía al menos una promesa de ruptura, la posibilidad de empezar algo distinto en un paisaje que no se parecía en nada a los salones de la capital.
Al principio combatió como voluntario, sin rango oficial. Después aprobó el examen de cadete e ingresó en un regimiento de artillería. La guerra en el Cáucaso era un conflicto antiguo y complejo. Algunos pueblos de la región habían jurado lealtad al emperador ruso. Otros intentaban acogerse a la protección del Imperio Otomano y entre ambos polos se extendía un territorio de emboscadas, escaramusas y lealtades cambiantes.
Para un joven aristócrata educado en las ideas de la Ilustración, aquel mundo resultaba a la vez fascinante y perturbador. Tolstoy demostró un valor físico que nadie habría esperado del antiguo jugador de cartas Petersburgués. Participó en incursiones arriesadas, soportó el fuego enemigo sin retroceder y fue propuesto para la cruz de San Jorge, una de las condecoraciones militares más prestigiosas del imperio.
Pero cuando le comunicaron la concesión del galardón, hizo algo inesperado. Se dio la medalla a un viejo soldado para que este pudiera cobrar la pensión vitalicia que acompañaba la distinción. El gesto revelaba un rasgo que se repetiría a lo largo de toda su vida. La incapacidad de disfrutar un privilegio sin sentir que lo estaba arrebatando a alguien más necesitado.
Durante aquellos meses en el Cáucaso, entre combate y combate, terminó la novela corta que llevaba escribiendo desde antes de alistarse. Se titulaba Infancia. envió el manuscrito San Petersburgo a la redacción de la revista El contemporáneo, la publicación literaria más importante de Rusia, donde publicaban los escritores más destacados de la época.
El director de la revista, el poeta Nikolai Necrasov, leyó el texto y pronunció un juicio breve pero decisivo. El autor tiene talento. Necrasov aceptó la obra, la corrigió, le cambió el título por el de Historia de mi infancia y la publicó. Aparecer en las páginas de El Contemporáneo equivalía a recibir una certificación oficial de escritor ruso.
Tolstoy, sin embargo, no se mostró agradecido. Consideró que las correcciones de Necrasov habían estropeado irremediablemente su obra y que el nuevo título falseaba su intención. Era la primera de muchas disputas con editores que jalonarían su carrera. En octubre de 1853, el Imperio Otomano declaró la guerra a Rusia.
El conflicto que la historia conocería como la guerra de Crimea, se extendió rápidamente por varios frentes. A Tolstoy, que había solicitado la baja del ejército, se le denegó la licencia. Todas las solicitudes de retiro quedaron suspendidas. En 1854 fue trasladado primero al ejército del Danubio y poco después a Sebastopol, la gran base naval rusa en la península de Crimea, que soportaba un asedio combinado de fuerzas francesas, británicas y otomanas.
La defensa de Sebastopol duró casi un año y constituyó uno de los episodios más sangrientos de la guerra. Tolstoy sirvió en las baterías de artillería bajo un bombardeo prácticamente continuo. En una ocasión, una bala de cañón pasó tan cerca de él que la onda expansiva estuvo a punto de derribarlo. Vivía en los bastiones junto a soldados rasos.
Compartía con ellos la suciedad, el frío, el hambre y el miedo constante. Y mientras tanto, escribía. Lo que salió de aquella experiencia fue un ciclo de tres textos que la posteridad conocería como los relatos de Sebastopol. No se parecían a nada de lo que la literatura rusa había producido hasta entonces sobre la guerra. No había generales heroicos tomando decisiones trascendentales, no había descripciones épicas de cargas de caballería.
Había hombres corrientes, soldados de tropa y oficiales subalternos atrapados en trincheras, soportando el horror cotidiano de un asedio. Había barro, sangre, miembros amputados, noche sin dormir y conversaciones banales entre hombres que sabían que podían morir en cualquier momento. Tolstoy observaba la guerra desde abajo, desde la perspectiva del que recibe las órdenes y las balas, no del que las da.
Un siglo más tarde, los escritores rusos que narraría la Segunda Guerra Mundial desde las trincheras reconocerían en aquellos relatos el modelo de lo que ellos mismos intentaban hacer. Contar la guerra tal como la vive el soldado, no como la imagina estratega. Los críticos valoraron la fuerza documental de los textos.
En cierto modo, utilizando el lenguaje de nuestro tiempo, Tolstoy había trabajado como un corresponsal de guerra que escribe literatura, pero la censura intervino. Los pasajes en los que el autor criticaba a los oficiales y al mando fueron suprimidos antes de la publicación. El texto apareció mutilado, aunque conservaba la suficiente potencia, como para causar una impresión duradera en los lectores.
Hay una frase en los relatos de Sebastopol que merece atención especial porque contiene en forma embrionaria todo lo que Tolstoy desarrollará en las décadas siguientes. Al describir a los defensores de la ciudad, el narrador se dirige al lector y le dice que al contemplar a aquellos hombres, uno empieza a sentir vergüenza de sí mismo.
Esta palabra vergüenza no aparece ahí por casualidad. No se trata de admiración, ni de compasión ni de respeto. Es vergüenza. El sentimiento de que la existencia propia resulta insuficiente, mezquina, injustificable cuando se la compara con el sufrimiento de otros. Muchos años después, Tolstoy titularía uno de sus ensayos más conocidos con una sola palabra, que significa exactamente eso, vergonzoso.
Y su célebre manifiesto contra la pena de muerte, no puedo callar, se construiría sobre la misma emoción fundamental, la imposibilidad de vivir en paz consigo mismo mientras otros padecen. Tras la caída de Sebastopol en agosto de 1855, Tolstoy fue condecorado con la orden de Santa Ana de cuarta clase con la inscripción por su valor, además de las medallas conmemorativas de la guerra y de la defensa de la ciudad.
En 1856 abandonó el ejército con el grado de subteniente. Su carrera militar había durado apenas 5 años, pero le proporcionaría material para reflexionar durante el resto de su vida. En aquel momento, su visión de la guerra podría resumirse así: “La guerra es espantosa, pero es una realidad de la que no se puede escapar.
” Y en medio de ese espanto, los seres humanos revelan cualidades que en tiempos de paz permanecen ocultas. Era una posición que él mismo definiría mucho después. En su ensayo, “El reino de Dios está en vosotros” como la segunda de las tres actitudes posibles ante la guerra. La primera consiste en creer que la guerra es una anomalía pasajera que la humanidad acabará superando.
La segunda en aceptarla como un mal inevitable. La tercera en considerarla beneficiosa y deseable. Tolstoy, el joven oficial de Sebasto Paul, se encontraba firmemente en la segunda posición. No glorificaba la guerra, pero tampoco la condenaba de raíz. La describía con la honestidad de quien la ha vivido y sabe que en ella conviven la crueldad y la dignidad.
el horror y la camaradería. Pero aquel joven oficial se transformaría en guerra y paz escrita una década más tarde, la guerra ya no sería una fatalidad aceptada, sino un crimen contra la razón y la naturaleza humana. Y en los ensayos de la década de 1890, la guerra y con ella el servicio militar obligatorio se convertirían en la expresión más visible de la violencia estatal que Tolstoy rechazaría con todas sus fuerzas.
El camino desde los bastiones de Sebastopol hasta el pacifismo radical fue largo, sinuoso y contradictorio. Pero el primer paso ya estaba dado en aquellos relatos donde un subteniente de artillería cubierto de polvo y pólvora descubrió que la guerra no produce héroes, sino vergüenza y que esa vergüenza, lejos de ser una debilidad, era quizá la forma más honesta de la conciencia.
Iván Turgenev, que por entonces era considerado el novelista ruso más refinado de su generación, leyó los primeros textos de Tolstoy y emitió un veredicto que parecía contradecirse a sí mismo. Por un lado, declaró que nada mejor se había escrito jamás en la literatura rusa. Por otro, llamó a su autor troglodita y se quejó de lo que describió como su salvaje vehemencia y su obstinación de búfalo.
Ambas cosas eran ciertas al mismo tiempo y esa simultaneidad define con bastante precisión la impresión que Tolstoy causaba en todos los que lo trataban de cerca. Era a la vez el escritor más dotado de su época y la persona más difícil de soportar en una velada literaria. Admirarlo resultaba fácil, convivir con él casi imposible.
Cuando en 1856 Tolstoy llegó a San Petersburgo tras abandonar el ejército, se encontró en el centro de lo que probablemente fue la mayor concentración de talento literario Perrusia haya conocido. En los salones, en las redacciones de las revistas, en las cenas y las tertulias coincidían Turgenev, Goncharov, Ostrovski, Fet, Tiuchev, Neekrasov, Chernisvski, Saltikov Chedrin.
Todos los nombres que la posteridad colocaría en el panteón de las letras rusas convivían en aquel momento en un espacio geográfico reducido. Se leían mutuamente, se criticaban, se envidiaban y a veces se detestaban con una intensidad que solo es posible entre personas que se reconocen como iguales. Tolstoy, a sus 28 años ya era un escritor reconocido gracias a infancia y a los relatos de Sebastopol, pero su carácter no se prestaba a las alianzas literarias ni a las cortesías de salón.
Con Turgenev mantenía una relación que oscilaba entre la admiración mutua y la hostilidad abierta. Se reconciliaban, volvían a pelearse, se escribían cartas de disculpa y al poco tiempo se lanzaban reproches nuevos. Turgenev representaba todo lo que Tolstoy no era y en parte envidiaba. Cosmopolitismo, elegancia, facilidad para moverse en sociedad, un dominio del francés que hacía innecesario el ruso en los círculos aristocráticos.
Tolstoy, por su parte, desconcertaba a Turgenev con su brusquedad, sus opiniones tajantes y su negativa a aceptar las reglas no escritas del mundo literario. En San Petersburgo, el joven escritor volvió a sentirse en su elemento social. Hubo fiestas veladas con músicos gitanos y partidas de cartas, las mismas tentaciones que lo habían arrastrado antes de la guerra.
Pero algo había cambiado. La experiencia de Sebastopol le había dejado una inquietud que los placeres de la capital no conseguían aplacar. A los pocos meses decidió viajar al extranjero, un viaje que se prolongaría por varios países europeos y que tendría consecuencias profundas en su pensamiento. En 1857 visitó Suiza, donde observó a la rica burguesía europea con una mezcla de repugnancia y fascinación.
En la ciudad de Lucerna presenció una escena que lo marcó. Un músico callejero cantaba ante la terraza de un hotel lujoso y los huéspedes lo escuchaban con placer. Pero cuando el hombre terminó su actuación y pasó el sombrero, nadie le dio una sola moneda. Tolstoy escribió un relato sobre aquel episodio titulado precisamente Lucerna, en el que denunciaba la insensibilidad de aquella sociedad opulenta ante el sufrimiento del hombre común.
Turguenev leyó el manuscrito y le aconsejó que dejara de escribir sermones morales. El consejo era razonable desde el punto de vista literario. Tolstoy naturalmente lo ignoró. Pero fue en París donde se produjo el encuentro intelectual más decisivo de aquel viaje. Tolstoy conoció a Pierre Joseph Prudon, uno de los padres del pensamiento anarquista, el hombre que había acuñado la célebre frase de que la propiedad es un robo.
Prudonamente un teórico de la economía. tenía ideas sobre la educación que resultaron especialmente estimulantes para Tolstoy. Sostenía que las escuelas públicas gratuitas eran instrumentos de propaganda estatal, que las escuelas religiosas eran instrumentos de propaganda eclesiástica y que las escuelas privadas eran privilegios de los ricos.
La alternativa que proponía era una escuela autosuficiente, mantenida por el trabajo de los propios alumnos. Tolstoy no adoptaría esa fórmula exacta, pero la idea de que la educación convencional constituye una forma de violencia contra la mente del niño arraigó en él con una fuerza que ya no lo abandonaría. Hubo otro momento en aquel viaje que dejó una huella distinta, más viseral y menos intelectual.
Tolstoy asistió a una ejecución pública en París. Vio caer la cuchilla de la guillotina y sintió un horror físico que lo persiguió durante días. En una carta escrita poco después, confesó que comprendía las leyes morales que no obligan a nadie y las leyes del arte, pero que las leyes políticas le resultaban absolutamente incomprensibles, porque las consideraba falsas en su totalidad.
Aquella frase escrita al paso, casi como un desahogo, contenía en germen el rechazo radical del Estado, que definiría su pensamiento décadas más tarde. Todavía faltaban muchos años para que Tolstoy formulara su doctrina de la no violencia y su negación de toda autoridad política. Pero la semilla ya estaba plantada y había germinado no en una biblioteca ni en un debate filosófico, sino ante el espectáculo concreto de un hombre al que el Estado mataba legalmente.
Regresó a Rusia a finales de 1857 y se instaló en Yasna y Poliana. Tenía 29 años y empezaba a sentir la necesidad de casarse. Lo que siguió fue una sucesión de enamoramientos tan intensos como breves, marcados por un patrón que se repetía con precisión casi mecánica. Primero se fijaba en una mujer, generalmente joven y de buena familia.
Después le atribuía cualidades que tal vez ella no poseía. A continuación empezaba a descubrir defectos reales o imaginarios que registraba en su diario con la misma minuciosidad despiadada que aplicaba sus propios pecados y finalmente se retiraba dejando tras de sí una estela de desconcierto y en ocasiones de dolor.
La primera candidata fue Valeria Arséneva, una joven de 20 años a la que Tolstoy trataba como vecina. Le escribía cartas en las que describía la vida conyugal que les esperaba usando pseudónimos. El señor Jiropovitski escribiría y estudiaría. La señora Giropovkaya se dedicaría a la música y visitaría a los campesinos vestida con un sencillo vestido de percal.
Todo parecía encaminarse hacia una boda, pero Tolstoy empezó a reprocharle su afición a los bailes y a la vida mundana de Moscú. La acusación resultaba llamativa, viniendo de un hombre que hasta hacía poco frecuentaba los garitos de juego de San Petersburgo. En sus diarios confesó que no la amaba, aunque la consideraba la candidata más digna.
Al final le propuso que siguieran siendo buenos amigos. Valeria se casó con otro al año siguiente. Tolstoy convirtió la experiencia en una novela Felicidad conyugal, que los críticos recibieron con tibieza y que el propio autor describió como una vergüenza repugnante, añadiendo que probablemente no volvería a escribir jamás. Después fue el turno de la hija del poeta Tichev.
El diario de aquellos días parece el registro de una fiebre intermitente. Por la noche la encontraba encantadora. Por la mañana le parecía insoportable. Al atardecer volvía a gustarle. Al día siguiente la consideraba estúpida. Tampoco prosperó. Luego se fijó en Prascovias Cherbatkaya, considerada la primera belleza de Moscú, que tenía 17 años.
La joven se casó con otro. Años más tarde escribiría en sus memorias que Tolstoy se paseaba consigo mismo y buscaba por todas partes héroes y heroínas para sus futuras obras y que en su opinión ya entonces no estaba del todo bien de la cabeza. Sherbatskaya se convertiría en uno de los modelos para el personaje de Kitty en Ana Karenina, lo cual venía a confirmar postumamente que ella había tenido razón en su diagnóstico.
En total, Tolstoy identificó en sus diarios a unas 10 mujeres de las que se declaró enamorado y a las que consideró como posibles esposas. El criterio que finalmente adoptó para elegir fue revelador. La novia debía serlo bastante joven para que él pudiera moldearla a su gusto. Buscaba no una compañera, sino una alumna dispuesta a dejarse educar.
Era un planteamiento que habría resultado anticuado incluso para su época, pero que Tolstoy sostenía con absoluta convicción. Y fue precisamente ese criterio el que lo condujo en el verano de 1861 a la casa de Andrei Bers, un viejo amigo de su madre, donde encontró a tres hermanas. La mayor no le interesó. Las dos menores le parecieron aceptables.
Escribió en su diario una frase que sonaba más a inventario que a declaración de amor. Si me caso, será con una de las hermanas B. En Europa, el encuentro con Prudón le había dado un marco intelectual para las intuiciones que ya llevaba dentro. En Rusia, la búsqueda de una esposa le estaba revelando algo sobre sí mismo que ninguna filosofía podía resolver, que entre la vida tal como él la pensaba, y la vida tal como la vivía, había una distancia que ningún diario, por honesto que fuera, conseguía salvar.
El 23 de septiembre de 1862, pocas horas antes de la ceremonia, el novio propuso cancelar la boda. Estaba convencido de que la novia no lo amaba. Sofía Bers, de 18 años, llevaba días llorando y no precisamente de felicidad. Unos días antes, su prometido le había entregado sus diarios personales para que los leyera.
Aquellas páginas comenzaban, como sabemos, con las confesiones de un joven que se trataba en un hospital de una enfermedad veneria y continuaban con un catálogo exhaustivo de aventuras con mujeres, partidas de cartas, borracheras y autorreproches. Para una muchacha criada en un hogar respetable, la lectura fue devastadora.
Sofía escribió en su propio diario que cuando él la besaba, ella solo podía pensar que no era la primera vez que él se dejaba llevar por un arrebato. Ella se había enamorado con la imaginación, anotó, mientras que él lo había hecho con mujeres reales. Y sin embargo, pese a las lágrimas, pese al espanto de aquella lectura, pese a la propuesta de última hora de anularlo todo, Sofía caminó hasta el altar.
La ceremonia se celebró en la Iglesia de la Natividad de la Virgen en el Kremlin de Moscú. Así comenzó un matrimonio que duraría 48 años y que produciría en proporciones casi iguales algunas de las páginas más luminosas de la literatura universal y algunos de los episodios domésticos más desoladores que pueda imaginar la mente humana.
Después de la boda, Tolstoy ofreció a su esposa tres opciones: quedarse en Moscú, viajar al extranjero o instalarse en la finca familiar. Sofía eligió Yasna y Apoliana. Quería comenzar cuanto antes lo que ella entendía por una vida conyugal seria. Lo que no sabía era que esa elección la confinaría en el campo durante los siguientes 18 años, prácticamente sin interrupción.
La joven esposa trajo consigo en seres domésticos básicos, entre ellos ropa de cama. El detalle no es trivial. Hasta ese momento, Tolstoy dormía sobre colchones rellenos de paja y se cubría con una colcha de percal. La llegada de sábanas limpias a Yasna y a Poliana marcó de un modo casi simbólico el inicio de una nueva etapa.
No todo fue armonioso desde el principio. Sofía descubrió pronto que su marido tenía un hijo ilegítimo, fruto de su relación con una campesina de la finca llamada Axinia. El niño vivía en la aldea a la vista de todos. La reacción de la joven esposa fue de una violencia contenida que se volcó enteramente en las páginas de su diario, donde describió a la madre del niño como una mujer vulgar, gruesa y blanca, y confesó que contemplaba con placer los cuchillos y las armas de casa de la casa, como si la tentación de un
acto irreparable le cruzara por la mente. El hijo creció, se convirtió en el alcalde de la aldea y más tarde en cochero de la finca de su propio padre, que nunca lo distinguió de los demás campesinos. Ya anciano, Tolstoy lamentaría esa indiferencia. Pero más allá de las heridas iniciales, los primeros años del matrimonio tuvieron una intensidad creativa que difícilmente encuentra Parangón en la historia de la literatura.
Tolstoy se lanzó a escribir la obra que lo consagraría como uno de los grandes novelistas de todos los tiempos. El proyecto fue cambiando de forma a medida que avanzaba. Inicialmente quiso escribir una novela sobre los teembristas, aquellos oficiales que en 1825 se habían sublevado contra el Sar Nicolás I. Llegó a entrevistarse con algunos supervivientes, pero poco a poco comprendió que para contar aquella historia necesitaba retroceder más, hasta la guerra patriótica de 1812 contra Napoleón y después, aún más, hasta 1805.
La novela crecía hacia atrás en el tiempo, como un río que busca su propio nacimiento. Sofía se convirtió en el instrumento indispensable de aquel proceso. Copiaba los manuscritos de su marido, a menudo trabajando de noche a la luz de una vela, mientras los niños dormían. Tolstoy releía el texto, lo cubría de correcciones, tachaba párrafos enteros, añadía otros nuevos y Sofía volvía a sentarse ante las cuartillas para transcribir la nueva versión.
Copió el manuscrito completo siete u ocho veces, algunos capítulos, muchas más. Conviene detenerse un instante en lo que esto significaba en términos puramente físicos. No existían máquinas de escribir, ni procesadores de texto, ni la posibilidad de borrar y reescribir con un gesto. Cada palabra debía trazarse a mano.
Cada corrección implicaba rehacer páginas enteras. Una novela de extensión media contiene varios cientos de miles de caracteres. Guerra y paz. contiene más de 3 millones de caracteres en su versión definitiva. Multiplicar esa cifra por siete u ocho copias da una idea de la magnitud del esfuerzo.
Cuando Sofía estaba enferma, embarazada o de luto por la muerte de alguno de sus hijos, Tolstoy contrataba copistas profesionales, pero el grueso del trabajo recayó sobre ella. Los personajes de la novela eran figuras compuestas. Tolstoy incorporó rasgos de sus familiares, de sus amigos, de sus conocidos y de sus antiguas amantes. La descripción de la vida cotidiana de los Rostov, una de las familias centrales de la obra, se inspiró en gran medida en una novela corta que la propia Sofía había escrito poco antes de la boda y que nunca llegó a publicarse.
Él tomó prestado aquel material doméstico y lo integró en su propia construcción sin que el préstamo le causara el menor reparo. En 1867 terminó una primera versión del texto. En ella, el príncipe Andrey Volksky y el joven Peti Arrostov sobrevivían a la guerra. Tolstoy negoció la publicación no como serial en una revista, sino como libro independiente en varios tomos.
Pero cuando los primeros capítulos ya estaban en la imprenta, decidió reescribir partes sustanciales. Viajó al campo de batalla de Borodinó, recorrió el terreno palmo a palmo, estudió las posiciones de los ejércitos y modificó las escenas del combate a la luz de lo que había visto. Algunas secciones fueron eliminadas por completo, otras escritas desde cero.
La novela concebida inicialmente en cuatro tomos, llegó a tener seis antes de ser reducida de nuevo. El historiador y editor Piotro Bartened y el filósofo y crítico Nikolay Strahob revisaron el texto y entre las intervenciones más notables estuvo la reducción de las digresiones filosóficas que Tolstoy había intercalado entre los capítulos narrativos.
La recepción fue contradictoria, como suele ocurrir con las obras que alteran las reglas del género al que pertenecen. Turgenev reconoció que algunas páginas eran magistrales, aunque consideró otras más débiles. El poeta Piotro Viasemski objetó que al mezclar la historia real con la ficción, Tolstoy perjudicaba tanto a la una como a la otra.
Veteranos de la guerra de 1812 criticaron la falta de fidelidad a los hechos, pero el público lector respondió con un entusiasmo arrollador. Las entregas se agotaban y los lectores exigían la continuación. Lo que Tolstoy había hecho con la historia era deliberado y él no lo ocultaba.
Había estudiado a fondo las fuentes sobre las guerras napoleónicas. Había leído memorias de participantes y obras de historiadores y dominaba el material con la competencia de un especialista. Pero al mismo tiempo alteraba los hechos con entera libertad. Sabía que el mariscal Kutusov era un anciano enfermo y un intrigante cortesano que dormía durante los consejos de guerra porque apenas le quedaban fuerzas.
En la novela lo convirtió en un sabio intuitivo que comprende que ningún individuo puede alterar el curso de la historia y por eso se abstiene de intervenir. Sabía que Napoleón era un estratega de capacidades extraordinarias. En la novela lo retrató con un desprecio casi físico, describiendo con repugnancia cómo su ayuda de cámara le frotaba las carnes con agua de colonia antes de la batalla de Borodinó.
Cada uno de esos retratos obedecía una tesis filosófica que los grandes hombres no dirigen la historia, sino que esta es el resultado de la confluencia de millones de voluntades individuales. Era una idea poderosa, pero estaba construida sobre una base que el propio autor había manipulado deliberadamente. Y sin embargo, en medio de ese colosal esfuerzo creativo, algo no encajaba en la vida interior de su creador.
Dolstoy, que tenía una esposa joven y enamorada, hijos que nacían con regularidad, una finca próspera, reconocimiento literario y salud robusta, atravesaba episodios de una angustia que él mismo no conseguía explicar. escondía las cuerdas de la casa para no ahorcarse. Retiraba las armas de casa de los lugares accesibles.
Oscilaba entre declararse ateo y entregarse a una fe ardiente. La felicidad doméstica, lejos de apaciguarlo, parecía intensificar una insatisfacción que no tenía nombre ni causa aparente. Guerra y paz nació de esa contradicción. Fue el único espacio donde las tensiones internas de Tolstoy encontraron una forma que no era ni la del sermón ni la de la confesión, sino la de la creación pura.
En la novela, la vida y la muerte, el amor y la guerra, la ambición y la renuncia coexisten sin resolverse, exactamente como coexistían en el alma de su autor. La pregunta que atraviesa toda la obra, ¿qué fuerza mueve la historia? Era en el fondo la pregunta que Tolstoy se hacía sobre sí mismo. ¿Qué fuerza lo empujaba a crear cuando todo en su vida parecía invitarlo a detenerse? ¿Y qué fuerza lo empujaba a destruir aquello mismo que había construido? La novela no respondía a esa pregunta, pero al formularla con semejante amplitud, Tolstoy le dio una dimensión
que trascendía su propia biografía y alcanzaba la condición de Universal. Una noche de septiembre de 1869, en una pequeña habitación de hotel en la ciudad de Arzamás, Tolstoy se despertó sobresaltado. La estancia era cuadrada con una sola ventana cubierta por una cortinilla roja.
Había salido de Yasna y Apoliana por un asunto de negocios, la posible compra de una finca a buen precio, y se había detenido a pasar la noche en aquella ciudad de provincias. Todo era normal. Nada justificaba lo que vino después. Intentó volver a dormirse, pero algo se apoderó de él con una violencia que no había experimentado jamás, ni siquiera bajo el fuego de artillería en Sebastopol.
una angustia sin objeto, un terror sin causa. Se preguntó a sí mismo por qué viajaba, a dónde iba, de qué huía y la respuesta que recibió no venía de ningún lugar exterior. Era una voz interior, silenciosa y categórica que le decía una sola palabra: “Estoy aquí.” La voz era la de la muerte. No la muerte como concepto, no la muerte como destino lejano, sino la muerte como presencia inmediata instalada en aquella habitación cuadrada entre las cuatro paredes de un hotel de provincias.
Salió al pasillo creyendo que así escaparía de ella, pero la angustia lo siguió. Todo su ser escribiría más tarde, sentía la necesidad y el derecho de vivir, y al mismo tiempo sentía que la muerte se estaba cumpliendo. Aquella desgarradura interior era lo verdaderamente espantoso. Tolstoy había demostrado valor físico en dos guerras.
No era un hombre cobarde ni aprensivo. Lo que experimentó en Arzamás pertenecía a otro orden de la experiencia. No era miedo a morir en combate, sino la súbita conciencia de que la muerte es inevitable, de que ninguna compra de fincas, ningún manuscrito, ninguna esposa ni ningún hijo pueden alterar ese hecho. La psicología moderna habría diagnosticado un ataque de pánico y probablemente habría acertado en la descripción de los síntomas, pero reducir el episodio a un cuadro clínico sería pasar por alto lo que Tolstoy extrajo de él.
la certeza de que algo en su vida estaba profundamente equivocado, de que la existencia cómoda y convencional que llevaba no bastaba para dar sentido a la vida, y de que ese sentido, si existía, debía buscarse en otra parte. 3 años antes de aquella noche, en 1866, había ocurrido un episodio de naturaleza muy distinta, pero de consecuencias igualmente duraderas.
En el regimiento de infantería acuartelado en la provincia de Tula, un escribiente llamado Basili Shabunin se emborrachó durante el servicio. Su capital le ordenó copiar unos documentos. Sabunin consideró que el oficial lo hostigaba. discutieron y el escribiente le rompió la nariz de un puñetazo. El asunto, que en cualquier ejército se habría resuelto con un castigo disciplinario severo, escaló de mando en mando hasta llegar al emperador Alejandro II, quien ordenó que un tribunal militar de campaña juzgara al
acusado. Uno de los jueces pidió a Tolstoy que actuara como defensor. El escritor aceptó y se volcó en la tarea con la veemencia que ponía en todo. argumentó que el incidente había sido producto de la estupidez y la embriaguez, no de la insubordinación deliberada”, suplicó Clemencia.
Llegó a escribir al propio emperador solicitando el indulto, pero cometió el error de no indicar en la carta el nombre del regimiento. Mientras las autoridades verificaban los datos, Shabunin fue fusilado. Dos jueces habían votado a favor de la pena de muerte, uno en contra. Tolstoy quedó marcado por aquel fracaso. Años después escribió que el caso de Shabunin había influido en su vida más que otros acontecimientos que parecían mucho más importantes, como la pérdida o la recuperación de su fortuna, los éxitos o fracasos literarios e incluso
la muerte de personas cercanas. La frase resulta difícil de creer si se la lee fuera de contexto, pero para Tolstoy, la ejecución de aquel escribiente borracho representaba la esencia misma de lo que él consideraba la injusticia del Estado, un aparato capaz de matar a un hombre por un puñetazo con procedimientos legales impecables y la aprobación del soberano.
Si alguien alguna vez le hubiera preguntado cuándo comenzó a desconfiar de toda autoridad constituida, probablemente habría señalado aquel día. Entre el trauma de Shagin y el horror de Arsamás, Tolstoy dedicó una parte considerable de su energía a la pedagogía. Había abierto una escuela para hijos de campesinos en Yasnaya Poliana ya en 1859, inspirado en las ideas sobre educación libre que había absorbido durante sus viajes europeos.
En aquella escuela no había deberes, no se llamaba a los alumnos a la pizarra, no se imponían castigos. Los niños acudían por voluntad propia. y aprendían a su ritmo. La influencia de Rous Rousseau era evidente. El filósofo ginebrino había sido el primero en sostener que los niños no son adultos incompletos a los que hay que rellenar de conocimientos, sino seres con un mundo interior propio y una bondad natural que la educación debe desarrollar, no aplastar.
Tolstoy llevó aquella idea más lejos de lo que el propio Rousseau habría considerado prudente. No solo fundó la escuela, sino que en 1862, tras regresar de otro viaje por Europa, publicó una revista pedagógica en la que exponía sus métodos. Más tarde compuso una cartilla de lectura que era mucho más que un simple abecedario.
Incluía relatos históricos, descripciones de países lejanos, textos religiosos y cuentos populares, una especie de enciclopedia para niños. concebida para despertar la curiosidad sin imponer doctrinas. Hay un episodio recogido por el escritor alemán Thomas Man ilustra la pasión pedagógica de Tolstoy con particular claridad.
Durante uno de sus viajes por Europa, Tolstoy visitó una escuela alemana. Se sentó al fondo del aula, observó la clase en silencio y al terminar pidió al maestro que le permitiera llevarse los cuadernos de los alumnos porque los consideraba extraordinariamente valiosos. El maestro, desconcertado, preguntó quién compensaría a los niños por el gasto.
El visitante fue a comprar cuadernos nuevos, se los entregó a los alumnos y se marchó con los originales. El maestro alemán no conocía el nombre de aquel extranjero. Se llamaba Conde Tolstoy y los cuadernos de aquellos niños le importaban más que las opiniones de cualquier catedrático. Mientras tanto, su carrera literaria seguía su curso con una fuerza que parecía independiente de las tormentas interiores.
En 1870 concibió la idea de una novela sobre una mujer infiel. Empezó a escribir un libro sobre Pedro el Grande, pero lo abandonó. En 1873 comenzó a trabajar en la obra que se convertiría en Ana Karenina. La heroína tenía varios modelos reales. Su apariencia física se inspiraba en María Gartung, hija de Pushkin.
El desenlace trágico lo sugirió un suceso ocurrido en las cercanías de Yasnaya Poliana. La amante despechada de un vecino se arrojó bajo un tren. También se llamaba Anna. En su nota de despedida acusó a su amante con tres palabras: “Tú eres mi asesino.” Tolstoy negoció con el editor Mijail Katkov la publicación por entregas en la revista El mensajero ruso al precio de 500 rublos por pliego, el honorario más alto que había cobrado nunca.
En total, la novela le reportó unos 20,000 rublos, una suma con la que en aquella época se podía comprar una casa en Moscú y aún sobraba dinero. Pero al final de la obra provocó una ruptura con el editor. En los últimos capítulos, el personaje de Lievin condenaba al movimiento de voluntarios rusos que partían a luchar en la guerra de los serbios contra el Imperio Otomano.
Katkov consideró que aquella posición era inaceptable y publicó un resumen del epílogo, el lugar del texto completo. Tolstoy estalló de indignación, rompió relaciones con la revista y publicó el final de la novela como libro independiente. La acogida fue extraordinaria. Dostoyevski la calificó de obra perfecta.
Goncharov declaró que no tenía igual ni en Rusia ni en Europa. El propio Tolstoy confesó que lo que más amaba en aquella novela era la idea de la familia. Resulta una declaración desconcertante viniendo de un hombre cuya vida familiar empezaba a resquebrajarse por dentro. Su esposa cargaba con la administración de la casa, la educación de los hijos y la gestión de la finca.
Mientras él escribía, las discusiones se multiplicaban. Tolstoy amenazaba con marcharse. Sofía respondía con reproches que iban acumulando una amargura cada vez más difícil de contener. Y bajo todo ello, bajo la gloria literaria y los conflictos domésticos, seguía latiendo el terror de Arzamas. No había sido un episodio aislado.
Era la manifestación más aguda de un conflicto que atravesaba toda la obra de Tolstoy y toda su existencia. La colisión entre una fuerza vital desmesurada que lo empujaba hacia la vida con una intensidad casi animal y la conciencia insoportable de que esa vida tenía un final. En sus novelas, las muertes se sucedían con una variedad y una profundidad que ningún otro escritor había alcanzado.
En guerra y paz morían el viejo conde Besujov, la primera esposa del príncipe Andrey, la princesa Elena, el viejo príncipe Volksky y el propio Andrey. En una escena de una belleza sobrecogedora. escribió un relato titulado Tres muertes, donde la más serena resultaba ser la de un árbol, como si solo en la naturaleza fuera posible morir sin angustia.
Aquella serenidad vegetal era lo que Tolstoy anhelaba y no conseguía alcanzar porque su organismo entero se rebelaba contra la idea de dejar de existir. El horror de Arsamás no fue el comienzo de nada nuevo. Fue el momento en que una grieta antigua presente desde los años de juventud se abrió lo suficiente como para que Tolstoy ya no pudiera ignorarla.
De aquella grieta nacerían años más tarde la muerte de Ivan Lich y una crisis espiritual que cambiaría para siempre al novelista. En 1884, Tolstoy preparó una mochila con lo indispensable y salió de Yasnaya a Poliana, decidido a no volver. Sofía estaba embarazada de su duodécimo hijo. El escritor recorrió a pie una parte del camino hacia Tula, la ciudad más cercana.
En algún punto de aquella carretera, sin que sepamos exactamente qué pensó ni qué vio, se detuvo, dio media vuelta y regresó a casa. Esa misma tarde, Sofía dio a luz a una niña, Alejandra, que con el tiempo se convertiría en la hija más cercana a su padre y en una pieza clave del drama final de su vida. El episodio, que duró apenas unas horas, condensaba en miniatura todo lo que Tolstoy viviría durante las dos décadas siguientes.
El impulso de romper con todo, la incapacidad de consumar la ruptura y el regreso a una vida doméstica que ya no podía satisfacerlo, pero de la que tampoco lograba desprenderse. La crisis llevaba gestándose mucho tiempo. Había empezado a manifestarse en los años de trabajo en Ana Carénina. se había intensificado con el horror de Arzamás y había ido creciendo en silencio durante lo que desde fuera parecía la época más plena de su vida.
A finales de la década de 1870, Tolstoy dejó de comulgar. La última vez que recibió los sacramentos fue en 1878. No hizo de ello una declaración pública, simplemente dejó de acudir a la iglesia y dejó de participar en los ritos que había observado desde la infancia. Fue un gesto callado, pero definitivo. En aquellos años escribió la confesión, una obra que por su título evocaba deliberadamente dos precedentes ilustres, las confesiones de San Agustín y las de Rousseau.
Dos textos en los que sus autores se habían desnudado ante el lector o al menos habían pretendido hacerlo. Tolstoy no fue menos implacable consigo mismo. Sin horror, sin repugnancia y sin dolor del corazón, no puedo recordar aquellos años”, escribió refiriéndose a su juventud. A continuación enumeró sus pecados con la precisión de un acta judicial.
Había matado hombres en la guerra. Había retado a duelo con intención de matar. Había perdido dinero en las cartas. Había vivido del trabajo de los campesinos. Los había castigado. Había sido infiel. Había engañado. Mentira. robo, lujuria de toda clase, embriaguez, violencia, asesinato. No hubo crimen que no cometiera.
Y por todo ello añadió con una amargura que iba dirigida tanto contra sí mismo como contra la sociedad que lo rodeaba. La gente lo elogiaba y lo consideraba un hombre relativamente moral. El texto atacaba también su propia obra literaria. afirmaba que había comenzado a escribir por vanidad, por codicia y por orgullo, y que en sus libros había ocultado lo bueno y exhibido lo malo, porque eso era lo que daba fama y dinero.
La acusación era excesiva y probablemente injusta, pero reflejaba con exactitud el estado de ánimo de un hombre que había llegado a la conclusión de que toda su vida anterior carecía de sentido. Aquel juicio despiadado no se quedó en la autocrítica. Tolstoy emprendió una revisión completa de los fundamentos de su existencia, que fue derribando, uno a uno los pilares sobre los que se sostenía la vida de cualquier hombre de su clase y de su tiempo.
Comenzó a traducir los evangelios o, más exactamente, a reescribirlos, eliminando todo lo que consideraba ajeno al mensaje esencial de Cristo. Los milagros, las resurrecciones, los episodios sobrenaturales, las profecías. Lo que quedaba después de aquella poda radical era exclusivamente la enseñanza moral, el mandamiento de amar al prójimo, de no resistir al mal con violencia, de no juzgar, de no poseer más de lo necesario.
Para Tolstoy eso era el cristianismo verdadero. Y todo lo demás, desde los sacramentos hasta la jerarquía. Desde los iconos hasta la liturgia, era una deformación histórica que había traicionado el mensaje original. Resulta revelador que esta transformación no surgiera de la nada. En su diario, a la edad de 27 años, Tolstoy había escrito una anotación que anticipaba con precisión asombrosa lo que ocurriría tres décadas después.
Había consignado lo que él llamaba una idea grande, grandiosa, a cuya realización se sentía capaz de dedicar la vida. la fundación de una nueva religión correspondiente al desarrollo de la humanidad, la religión de Cristo, pero depurada de fe y de misterio, una religión práctica que no prometiera la bienaventuranza futura, sino que la ofreciera en la tierra.
Entre aquella nota juvenil y la confesión mediaban más de 20 años, una guerra, dos obras maestras, un matrimonio, el nacimiento de numerosos hijos y la muerte de varios de ellos. Pero la semilla estaba plantada desde el principio. Lo que cambió no fue la dirección del pensamiento, sino su intensidad.
Las ideas que Tolstoy fue formulando en ensayos, artículos y cartas recibieron pronto un nombre colectivo, tolstoismo. Los principios eran claros, aunque su aplicación resultaba problemática. renuncia a la propiedad, no resistencia al mal mediante la violencia, abolición de la pena de muerte, rechazo del Estado y de toda forma de coacción institucional, vida según los preceptos morales de Cristo, despojados de todo aparato teológico y litúrgico.
Las ideas se difundieron con rapidez por toda Rusia y pronto aparecieron seguidores que se autodenominaron tolstoístas. Fundaron comunas agrícolas, renunciaron al servicio militar, adoptaron la vieta vegetariana y predicaron la simplicidad de vida. Tolstoy, sin embargo, contempló a sus propios discípulos con una mezcla de perplejidad y distancia.
Los consideró, según sus propias palabras, la secta más ajena e incomprensible de todas. Había razones para esa incomodidad. Algunos tolstoistístas llevaban los principios del maestro hasta extremos que rozaban la caricatura. La hija de Tolstoy, Alejandra, dejó constancia de una escena ocurrida en la terraza de Yasnaya Poliana durante una comida veraniega. Hacía calor.
Los mosquitos acosaban a los comensales y Tolstoy, en medio de una conversación animada, advirtió que un mosquito hinchado de sangre se había posado en la cabeza calva de su amigo Vladimir Cherkov. Con un movimiento rápido, le dio un manotazo certero. Todos rieron, incluido el propio Tolstoy. Pero Chartop se volvió hacia él con expresión sombría.
y le preguntó con tono de reproche qué había hecho, pues acababa de arrebatar la vida a un ser vivo. Tolstoy se quedó desconcertado. A todos les invadió una sensación de incomodidad. Chertkov había entrado en la vida de Tolstoy en 1883 y ya no saldría de ella. Era un aristócrata rico, un hombre que se definía como arrepentido por los privilegios de su clase, aunque no había renunciado a su propia fortuna.
se convirtió en amigo, editor, confidente y con el tiempo en una especie de guardián ideológico del escritor. Apoyaba con entusiasmo el deseo de Tolstoy de desprenderse de sus bienes, de renunciar a los derechos de autor, de vivir como un campesino. El problema era que ese apoyo empujaba a Tolstoy hacia decisiones que amenazaban directamente la estabilidad económica de su familia.
Sofía comprendió muy pronto que Cherkov representaba un peligro y la hostilidad entre ambos se convirtió en uno de los ejes del conflicto doméstico que envenenó los últimos 25 años de la vida del escritor. Es difícil exagerar la importancia de Sofía Andreyevna en esta historia. Sin ella la familia habría quedado arruinada.
Sin su tenacidad sus 13 hijos habrían crecido en la indigencia. Sin su capacidad para gestionar las propiedades, negociar con los editores y mantener en funcionamiento una casa que era al mismo tiempo hogar, granja, escuela y lugar de peregrinación, la vida cotidiana de Tolstoy se habría derrumbado. Ella era la que administraba los ingresos, la que pagaba las deudas, la que se aseguraba de que hubiera comida en la mesa y ella era también la que soportaba día tras día la contradicción insalvable entre las ideas de su marido y la realidad material de una familia
numerosa. Cuando Tolstoy hablaba de renunciar a todo, Sofía respondía con una frase que resumía su posición con una lucidez implacable. No deseo ni puedo arruinar a mis hijos y no puedo llevar los asuntos de manera insensata. Las discusiones entre ambos fueron haciéndose más frecuentes y más amargas. Tolstoy se sentía culpable por vivir en una casa grande, por comer bien, por no trabajar la tierra con sus propias manos.
Sofía se sentía agotada por tener que sostener sola el peso de una familia cuyo cabeza quería deshacerse de todo lo que la mantenía en pie. Los hijos se dividieron. Unos apoyaban al padre, otros a la madre. La fractura era cada vez más profunda, pero lo que había provocado todo aquel terremoto no era un capricho de anciano, era la culminación de un proceso que había comenzado con las primeras páginas de un diario escrito en un hospital militar, que había continuado con la angustia de una noche en Arsamás y que se había alimentado de cada muerte
presenciada, de cada injusticia observada, de cada página de rusau y de Prudón, de cada soldado caído en Sebastopol y de cada campino hambriento en la provincia de Tula. Tolstoy no se había despertado un día convertido en profeta. Había llegado a hacerlo paso a paso, a lo largo de décadas, arrastrando consigo a una familia que no había pedido acompañarlo en aquel viaje.
Y el precio de esa coherencia, que para él era irrenunciable, lo pagaron sobre todo quienes lo amaban. La doctrina del amor universal había producido en el interior de su propia casa una guerra que ningún tratado de paz conseguiría resolver. Entre el 8 y el 15 de marzo de 1881, apenas dos semanas después del asesinato del emperador Alejandro II, Tolstoy redactó una carta dirigida al nuevo Sar, Alejandro I.
El emperador anterior había sido víctima de un atentado perpetrado por un grupo de revolucionarios, los miembros de la organización Voluntad del Pueblo, que le arrojaron dos bombas en las calles de San Petersburgo. El soberano murió de sangrado. Su hijo, un hombre joven que acababa de asumir el trono en las circunstancias más atroces imaginables, debía decidir ahora la suerte de los asesinos de su padre.
Tolstoy sabía perfectamente a quién se dirigía y en qué momento lo hacía. Sabía que estaba escribiendo al hijo de un hombre asesinado, a un gobernante acosado por una crisis que amenazaba los cimientos del imperio. Y sin embargo, lo que le pidió fue exactamente lo que cualquier persona razonable habría considerado imposible, que perdonara a los asesinos, que los dejara en libertad, que les diera dinero y los enviara a América.
La carta comenzaba con una humildad que parecía sincera. se presentaba como un hombre insignificante, no llamado a dar consejos, débil y malo, que sin embargo se atrevía a escribir al emperador de Rusia para decirle lo que debía hacer en el momento más difícil de su vida. A su padre escribió, “Lo habían matado hombres que no eran enemigos personales suyos, sino enemigos del orden establecido, personas que actuaban en nombre de un supuesto bien superior para la humanidad.
” Y a continuación, con una lógica que desafiaba toda convención política, desarrolló su argumento. Si el nuevo ar castigaba a los culpables, arrancaría tres o cuatro individuos de entre centenares, pero el mal engendraría más mal y en lugar de tres aparecerían 30. En cambio, si perdonaba, si devolvía bien por mal, si pronunciaba las palabras del evangelio, os digo que améis a vuestros enemigos.
Entonces los corazones de millones de personas estremecerían de alegría y de emoción. No se limitó a pedir clemencia en abstracto. Fue concreto hasta el extremo. Propuso que el Sar convocara a los prisioneros, les entregara dinero y los enviara lejos, quizá a América. Y si eso ocurriera, escribió, yo hombre malo y mal súbdito, sería un perro, un esclavo de vuestra majestad.
Lloraría de emoción cada vez que oyera vuestro nombre. Torstoy no podía enviar aquella carta directamente al emperador. La confió a un hombre de enorme influencia en la corte, Constantín Povedonostev, tutor personal de Alejandro Io y procurador general del Santo Sínodo, la máxima autoridad civil sobre los asuntos eclesiásticos del imperio.
Povedonossev era en muchos sentidos la encarnación de todo lo que Tolstoy rechazaba. un defensor férreo de la autocracia, un conservador intransigente, un hombre convencido de que el orden solo podía mantenerse mediante la fuerza del estado y la autoridad de la iglesia. Tolstoy le pidió que transmitiera la carta al Sar.
Povedonosev se asustó. Sabía que las palabras de Tolstoy podían ejercer una influencia poderosa sobre el joven monarca y eso era precisamente lo que temía. No contestó al escritor, no entregó la carta. Tres meses después, cuando finalmente respondió, lo hizo con una brevedad glacial y una frase que resume mejor que cualquier tratado político, la distancia entre dos concepciones del mundo.
Vuestro Cristo no es nuestro Cristo. Los terroristas fueron ejecutados. El terrorismo no se detuvo. Tolstoy extrajo de aquella experiencia una conclusión que mantuvo durante el resto de su vida. Es cierto que la convicción general sostiene que los terroristas solo entienden el lenguaje de la fuerza y que cualquier gesto de clemencia es interpretado como debilidad.
La historia ofrece numerosos ejemplos que parecen confirmar esa tesis, pero Tolstoy habría respondido que nadie ha probado jamás la alternativa. Su propuesta fue rechazada sin ser ensayada y, por tanto, resulta imposible saber si habría funcionado o no. Lo único verificable es que el camino de la represión tampoco resolvió el problema.
Un año más tarde, en 1882, Tolstoy participó como encuestador en el censo de Moscú. pidió expresamente que lo asignaran a los barrios más miserables de la ciudad, a los alrededores del mercado de Hitrov, una zona de tugurios, casas de vecindad y refugios nocturnos, donde se acinaban mendigos, prostitutas, borrachos y delincuentes.
Los jóvenes estudiantes que lo acompañaban temblaban de emoción por trabajar junto al gran escritor y dejaron testimonios divertidos de la torpeza con la que Tolstoy se movía en aquel mundo. En un momento dado, intentó averiguar la profesión de una mujer que evidentemente ejercía la prostitución, sin comprender por qué ella respondía con evasivas.
Era un hombre que conocía la miseria rural, pero la pobreza urbana, con su degradación y su cinismo, lo desconcertaba de un modo diferente. Lo que comenzó como un acto de caridad convencional, se transformó en una reflexión que lo alejaría de todas las formas habituales de filantropía. Al principio dio dinero a quien se lo pedía.
Un niño corrió delante de él avisando a los demás de que había llegado un loco que repartía billetes. Tolstoy distribuyó todo lo que llevaba encima, pero aquello no cambió nada. Entonces pensó que no bastaba con dar, que había que transformar la vida de aquellas personas. Ofreció trabajo a un hombre que decía no encontrar empleo. El hombre no se presentó.
Intentó otras formas de ayuda organizada y todas tracasaron. Muchos filántropos antes que él habían recorrido ese mismo camino, de la limosna individual al intento de reforma social y del fracaso de la reforma a la conclusión de que hay que cambiar el sistema. Ese fue el itinerario de los desembristas, de los populistas rusos y de los revolucionarios que vinieron después.
Pero Tolstoy no tomó esa dirección. Su conclusión fue radicalmente distinta. Decidió que el problema no estaba en la sociedad, sino en uno mismo, que no se trataba de ayudar desde fuera, sino de vivir con los que sufren, de amarlos, de fundirse con ellos. Solo así, creía, podría producirse un cambio verdadero. La objeción era obvia.
Al reformarse a sí mismo, en lugar de reformar las estructuras, Tolstoy estaba, en cierto sentido, convirtiendo el sufrimiento ajeno en un instrumento de su propia perfección moral. Era la acusación que le lanzaron críticos como Mereskovski y el filósofo Schestov, que detrás de cada gesto de renuncia se escondía un acto de egoísmo refinado, que su amor al prójimo era en realidad amor a sí mismo disfrazado de sacrificio.
Esa objeción contenía una parte de verdad, pero no explicaba todo. Porque cuando en 1891 una hambruna devastadora golpeó 17 provincias del imperio, afectando a 36 millones de personas y provocando epidemias de tifus y cólera que mataron a centenares de miles, Tolstoy no se quedó reflexionando sobre la naturaleza del sufrimiento.
actuó, recorrió personalmente las zonas afectadas, organizó la recogida de fondos a gran escala y puso en marcha cerca de 200 comedores de beneficencia que alimentaron a 10,000 personas. Sofía trabajó directamente en uno de aquellos comedores. La operación fue eficaz, bien planificada y ajena al Estado, aunque el gobierno también desplegó sus propios mecanismos de ayuda.
Tolstoy eligió deliberadamente actuar al margen de las instituciones oficiales, no contra ellas, pero sí sin ellas. Y casi al mismo tiempo, en una coincidencia que parece calculada por un novelista, pero que fue producto del azar, publicó un anuncio en la prensa declarando que renunciaba a los derechos de autor de todas sus obras posteriores a 1881.
Habría querido renunciar a todos sus derechos sin excepción, pero Sofía y varios de sus hijos se opusieron con tal firmeza que tuvo que conformarse con esa solución parcial. En su diario dejó constancia de la amargura que le producía aquella resistencia familiar. Escribió que ni su mujer ni sus hijos comprendían que cada rublo que gastaban, cada rublo ganado con sus libros, era su sufrimiento y su vergüenza.
Y añadió que lo peor no era la vergüenza en sí, sino el debilitamiento de la influencia que su predicación de la verdad podía ejercer sobre los demás. Porque esa era la paradoja central. El hombre que predicaba la renuncia a la propiedad seguía viviendo en su finca, aunque la hubiera puesto a nombre de su esposa.
Había abandonado una parte de sus ingresos, pero no todos. Vestía con sencillez, caminaba descalso, disfrutaba del trabajo físico, pero continuaba habitando una casa señorial, rodeado de sirvientes, protegido por una estructura que él mismo condenaba. Lo sabía y le resultaba insoportable. El filósofo y escritor Dimitri Merescovski, que publicó en Vida de Tolstoy un estudio comparativo sobre él y Dostoyevski, observó con mordacidad que, por mucho que los biógrafos del escritor aseguraran que había dejado de usar su fortuna, la diferencia entre
renunciar a la propiedad y seguir viviendo en ella era enorme. Mereskovski no le negaba sinceridad en las intenciones, pero sí autenticidad en los actos. Y con ello tocaba el nervio más sensible de toda la vida de Tolstoy. La distancia entre lo que predicaba y lo que conseguía practicar, entre la doctrina y la cotidianidad, entre el profeta y el hombre.
Esa distancia no dejó de crecer y con ella creció también el conflicto con Sofía, con los hijos, con Cherkov, con los tolstoístas y con la sociedad en su conjunto. Tolstoy había escrito en su carta al Sar engendra mal. Lo que no previó o no quiso prever que esa ley se aplicaba también dentro de su propia casa, donde cada gesto de renuncia provocaba una reacción de resistencia y cada acto de resistencia provocaba un nuevo gesto de renuncia en una espiral que no tenía solución posible, mientras ambas partes siguieran
siendo quienes eran. Tolstoy llevaba años predicando la renuncia al dinero cuando a finales de la década de 1890 hizo algo que parecía contradecir frontalmente sus propios principios. contactó con el editor Marx, propietario de la editorial que publicaba los suplementos literarios más populares del imperio, y negoció un contrato por una novela que aún no había terminado de escribir.
El precio acordado fue de 1000 rublos por pliego, una cifra sin precedentes en la literatura rusa de la época. La novela tendría unos 30 pliegos, lo que suponía un pago total de cerca de 30,000 rublos. El hombre que había declarado públicamente que el dinero solo trae males, estaba cerrando el contrato más lucrativo de su carrera, pero el dinero no era para él.
Cada rublo de aquel anticipo iría destinado a financiar la emigración de los duyo Bores, una comunidad religiosa perseguida por el Estado ruso, cuyos miembros se negaban a prestar juramento de fidelidad al Sar y rechazaban el servicio militar. Cerca de 7500 personas necesitaban abandonar Rusia y el destino elegido era Canadá. Tolstoy asumió la mayor parte del coste.
Su hijo Sergei acompañó a los emigrantes como intérprete y organizador del viaje. Así, el escritor que negaba la propiedad se convirtió mediante un acto de propiedad intelectual en el salvador material de miles de personas que compartían sus convicciones, pero no su celebridad ni sus recursos. La novela que financió aquella operación se titulaba Resurrección.
Tolstoy la había escrito a lo largo de 11 años con interrupciones y estaba basada en un caso real que le había relatado el célebre abogado Anatoli Coni. Un joven aristócrata seducía a una criada, la abandonaba y años después la encontraba en un tribunal convertida en prostituta y acusada de un delito que no había cometido.
El protagonista intentaba reparar el daño, pero la mujer moría en prisión antes de que él pudiera salvarla. La historia permitía a Tolstoy desplegar una crítica implacable de las instituciones que consideraba responsables del sufrimiento humano, el sistema judicial, la cárcel, la burocracia estatal, la desigualdad económica y sobre todo la iglesia.
Fue precisamente la descripción de un oficio religioso lo que provocó la ruptura definitiva con la jerarquía eclesiástica. Torstoy aplicó a la liturgia de la comunión el procedimiento que la crítica literaria conoce como extrañamiento, describir algo conocido como si se lo viera por primera vez, despojándolo de su significado habitual para revelar su aspecto más elemental.
Bajo su pluma, el sacramento de la Eucaristía quedaba reducido a una secuencia de gestos mecánicos. Un hombre vestido con un saco de brocado levantaba los brazos, se arrodillaba, besaba una mesa y lo que había sobre ella, y agitaba una servilleta sobre un platillo y una copa dorada. Se suponía que en ese preciso instante el pan y el vino se convertían en el cuerpo y la sangre de Dios.
La descripción era deliberadamente despectiva. Tolstoin no pretendía comprender el misterio del sacramento, sino desmontarlo, exhibir su apariencia externa para negar su contenido trascendente. Las consecuencias no se hicieron esperar. En febrero de 1901, el santo sínodo de la Iglesia Ortodoxa Rusa emitió una resolución oficial sobre Tolstoy.
El texto declaraba que el escritor predicaba doctrinas contrarias a la enseñanza de la Iglesia y que se había apartado voluntariamente de la comunión de los fieles. No era, técnicamente una excomunión en el sentido canónico estricto, pues no se pronunció anatema ni maldición formal contra él, pero el efecto práctico fue el mismo.
Tolstoy quedó oficialmente separado de la iglesia. Él mismo empleaba la palabra excomunión para referirse a lo que había ocurrido y así lo ha retenido la memoria colectiva. La resolución del sínodo no surgió de la nada. La hostilidad de la iglesia hacia Tolstoy venía acumulándose desde hacía años. Durante la hambruna de 1891 hubo campesinos que rechazaron la ayuda alimentaria organizada por el escritor porque lo consideraban un hereje.
Y una de las voces más influyentes en esa condena fue la del padre Joan de Konstad, un predicador de enorme popularidad que más tarde sería canonizado. Joan no se limitaba a discrepar teológicamente con Tolstoy. Lo detestaba con una virulencia que resulta difícil de conciliar con la caridad cristiana que él mismo predicaba.
Decía que Tolstoy se burlaba de la iglesia con una risa satánica. Profetizaba que la muerte del pecador sería atroz y que así de atroz sería la muerte de Tolstoy. En 1908, en su diario privado, Joan escribió una oración en la que pedía a Dios que no permitiera al escritor llegar vivo a la Navidad. No rogaba por su conversión ni por su arrepentimiento.
Pedía su muerte. Tolstoy respondió al sínodo con una carta pública en la que aceptaba los hechos, pero rechazaba la interpretación. escribió que era completamente cierto, que se había apartado de la iglesia que se llamaba a sí misma ortodoxa, pero que lo había hecho no porque se hubiera rebelado contra Dios, sino precisamente porque deseaba con todas las fuerzas de su alma servirlo.
La declaración provocó una oleada de solidaridad entre la intelectualidad rosa y, simultáneamente, una avalancha de cartas amenazantes e insultantes que el escritor recibió durante semanas. Muchos años después, cuando un sacerdote que había pronunciado conferencias sobre las ideas religiosas de Tolstoy, fue preguntado en un congreso académico si la Iglesia pensaba revocar su resolución, respondió con una lógica impecable.
Para ello, el conde Lev Nikolajevit Tolstoy debería modificar sus opiniones respecto a la Iglesia, cosa que en el siglo transcurrido desde entonces no había hecho. Mientras la Iglesia se distanciaba de él, la Academia de Ciencias Rusa lo propuso 5co años consecutivos para el Premio Nobel de Literatura y cinco veces consecutivas el galardón fue concedido a otros.
El secretario perpetuo de la Academia Sueca se opuso personalmente a la candidatura del escritor ruso, alegando que Tolstoy había condenado todas las formas de civilización y proponía a cambio la adopción de un modo de vida primitivo. Pero Tolstoy no deseaba el premio. Escribió a un miembro del Comité Nobel pidiéndole que hiciera lo posible para que no se lo concedieran.
Cuando en una de aquellas ocasiones la distinción recayó en otro autor, comentó con alivio que aquello le había ahorrado el gran apuro de tener que decidir qué hacer con el dinero, puesto que el dinero, como todo dinero, solo podía traer mal. La negativa a aceptar el Nobel no era una pose.
Formaba parte de la misma lógica que lo había llevado a renunciar a sus derechos de autor, a intentar desprenderse de sus tierras y a vestir con la sencillez de un campesino. Pero esa misma lógica lo empujó también a un enfrentamiento con el poder político que fue tan infructuoso como su diálogo con Povedonostev 20 años antes.
En 1906, el primer ministro Pio Restolipin restableció los tribunales militares de campaña para combatir el terrorismo revolucionario que asolaba el imperio. Las ejecuciones se multiplicaron. Para Tolstoy, que había crecido en un país donde la pena de muerte apenas se aplicaba en tiempos de paz, aquello era una abominación.
Escribió varias cartas a Estolipin, a quien no conocía personalmente, aunque había sido amigo de su padre. le exigió que cesara las ejecuciones. Le propuso abolir la propiedad privada de la Tierra como remedio para apaciguar a los revolucionarios. Estolipin respondió que el derecho de propiedad era algo natural en el ser humano. Tolsto insistió.
Redactó nuevas cartas cada vez más vehemes. Algunas no llegó a enviar. Sofía leyó la correspondencia de su marido y anotó en su diario que aquellas eran cartas furiosas y provocadoras llenas de consejos disparatados sobre la propiedad de la tierra y que eran el producto de un hígado y un estómago enfermos. El juicio de Sofía era injusto en el fondo, pero certero en la forma.
Las cartas de Tolstoy a Estolipin, como su carta alzar en 1881, como su respuesta al sínodo, como su rechazo del Nobel, compartían un mismo patrón, una convicción moral llevada hasta sus últimas consecuencias lógicas, sin concesiones al pragmatismo, sin consideración por las circunstancias concretas del interlocutor, sin la menor disposición al compromiso.
Cada una de esas intervenciones había fracasado en su objetivo inmediato. Povedonosv entregó la carta. Los terroristas fueron ejecutados. La Iglesia no revocó su resolución. Estolipin suprimió los tribunales militares. El Nobel no fue rechazado porque ya no fue ofrecido y sin embargo, tomados en conjunto, todos esos fracasos construyeron algo que ningún éxito político habría podido igualar.
la imagen de un hombre que decía exactamente lo que pensaba sin importarle el poder de su adversario ni la magnitud de su propia soledad. Cada rechazo ampliaba su autoridad moral. Cada puerta cerrada reforzaba su posición ante millones de lectores que veían en él, no a un político ni a un teólogo, sino a una conciencia que no podía ser comprada, intimidada ni silenciada.
La paradoja era completa. El hombre que perdía todas las batallas concretas estaba ganando una guerra que sus adversarios ni siquiera sabían que se libraba. En septiembre de 1906, Sofía Andreyevna se encontraba al borde de la muerte. Los médicos diagnosticaron una dolencia grave que requería intervención quirúrgica inmediata.
Llegó a Yasna y Apoliana el Dr. Vladimires Negriiriov, catedrático de la Universidad de Moscú y una de las mayores eminencias médicas del imperio. Tras examinar a la enferma, declaró que debían operarla allí mismo porque trasladarla al hospital de Tula habría sido demasiado arriesgado. Tolstoy se opuso.
Dijo que estaba en contra de cualquier intervención que perturbara la solemnidad del gran acto de la muerte. Los hijos enviaron telegramas urgentes piviendo la opinión de otros especialistas. No esperaron a que todos respondieran. Los médicos operaron a Sofía contra la voluntad de su marido. Tolstoy refunfunió que a una persona no la dejaba morir en paz y observó que la enferma gemía más después de la operación que antes.
Sofía sobrevivió. Dos meses más tarde, su hija María, de 35 años, murió de una neumonía. Tolstoy anotó en su diario que había contemplado su muerte y que le había parecido asombrosamente serena y añadió que le interesaba profundamente la transición de la vida terrenal a la vida eterna. Cuando tiempo atrás murió la esposa del pintor Surikov, Tolstoy acudió a la casa para observar el proceso.
El artista lo echó con estas palabras. Fuera de aquí, viejo malvado. Existe la tentación de ver en estos episodios a un hombre desprovisto de sentimientos, pero lo que revelan es algo más complejo. Un hombre tan obsesionado con el sentido último de la existencia que había perdido la capacidad de responder a sus manifestaciones más inmediatas.
Tolstoy no era insensible al dolor. Era incapaz de detenerse en él sin intentar extraer una lección, una verdad, un significado que trascendiera el sufrimiento concreto de la persona que tenía delante. Aquella incapacidad le costó la comprensión de quienes lo rodeaban y quizá la suya propia. 17 años antes de aquella crisis, en 1889, un joven de 21 años que trabajaba como pesador de mercancías en una estación ferroviaria cercana a la ciudad de Saritzin, le había escrito una carta.
Se llamaba Alexei Peshkov y declaraba que odiaba al mundo entero, pero tenía un sueño, fundar una colonia agrícola. Le pedía a Tolstoy que le cediera un trozo de la tierra que, según le habían dicho, no cultivaba. y de paso le solicitaba copias de dos obras prohibidas por la censura. ¿En qué consiste mi fe y la confesión? Peshcop viajó a Moscú y después a Yasnai a Poliana con la esperanza de conocer al escritor, pero no lo encontró en ninguno de los dos lugares.
Regresó a su casa en un vagón de tren con el letrero destinado al ganado. Tres años después, aquel joven empezó a publicar bajo el seudónimo de Máximo Gorky. Se decía que los tipógrafos detenían las máquinas en las imprentas para leer sus relatos según salían de la composición. En el plazo de una década, Gorky se convirtió en una celebridad literaria de primer orden y el 13 de enero de 1900, por fin, los dos escritores se encontraron en la casa moscovita de Tolstoy.
Conversaron durante 3 horas en el despacho. Tolstoy le escribió después: “Me alegro mucho de haberle conocido y me alegro de haberle cobrado cariño. Sus escritos me han gustado, pero a usted lo he encontrado mejor que sus escritos.” Gorky, por su parte, contó a Shehov que Tolstoy le había parecido un anciano pequeño que recordaba vagamente al excéntrico general Suborov, pero reconoció que el escritor le había causado una impresión fortísima.
Se vieron varias veces después de aquel primer encuentro. Una fotografía los muestra juntos en Yasnaya Poliana, tomada por la propia Sofía, que bromeó diciéndole a Gorky que con aquella indumentaria aparecía un pastor y que debería aprender a tocar la flauta. De Sofía, Gorky hablaría siempre con respeto.
Años después escribió que gracias a ella, Tolstoy no había sufrido muchos golpes de los cascos de la vida y que mucha suciedad y mucha saliva rabiosa no habían llegado a tocarlo gracias a su protección. Pero la relación entre los dos escritores se fue complicando a medida que la política se interponía entre ellos.
El 9 de enero de 195 en San Petersburgo, una manifestación de obreros que marchaban hacia el palacio de invierno para entregar al Sar Nicolás II una petición colectiva fue dispersada a tiros por el ejército. Murieron alrededor de 100 personas. El episodio conocido como el domingo sangriento, desencadenó la primera revolución rusa. Gorki apoyó la revolución sin reservas.
En su apartamento se reunía al Estado Mayor de los bolcheviques. Él mismo imprimía proclamas y periódicos revolucionarios. Fue arrestado, liberado bajo fianza gracias a la presión internacional y finalmente emigró. Tolstoy rechazó la violencia revolucionaria con la misma firmeza con la que rechazaba la violencia del Estado, pero su posición respecto a la autocracia fue tajante.
Declaró que con la bandera del absolutismo era imposible resistir a la revolución, que aquel sistema había agotado su tiempo y no podía ser restaurado. No se situaba en el bando de los revolucionarios ni en el de los conservadores. ocupaba un territorio propio, incómodo para todos, desde el que condenaba simultáneamente la represión y la insurrección, el poder establecido y los métodos de quienes pretendían derrocarlo.
Cuando le propusieron participar en un volumen conmemorativo por su propio jubileo, Gorky declinó con una formulación que revela la ambivalencia de sus sentimientos. Llamó a Tolstoy artista genial y nuestro Shakespeare y dijo que era quizá el ser humano más extraordinario que había tenido el placer de conocer. Pero añadió que llevaba 20 años oyendo repicar desde aquella torre un sonido hostil a todo aquello en lo que él creía.
La admiración literaria era absoluta, la discrepancia ideológica insalvable. En 1901, cuando Gorky fue detenido por sus actividades políticas, Tolstoy intervino para conseguir que lo trasladaran a arresto domiciliario, pero la distancia entre ambos siguió creciendo y al final cada uno siguió su camino sin reconciliarse del todo. Mientras tanto, en Yasna y Apoliana, la vida cotidiana se había convertido en una prueba de resistencia.
Los campesinos de la finca, contagiados por el clima revolucionario que recorría el país, dejaron de pagar el arriendo, dejaron de trabajar, robaban hortalizas y pastaban sus caballos en el jardín señorial. La propiedad se transformó en un lugar de paso permanente. Acudían escritores principiantes, estudiantes, campesinos, delincuentes, revolucionarios y tolstoistístas.
todos en busca del consejo, la bendición o simplemente la presencia del anciano. Sofía, desesperada, pidió al gobernador que enviara guardias armados para proteger la finca. Tolstoy se indignó. Dijo que la presencia de hombres armados era incompatible con todo lo que él representaba. Sofía llevaba décadas sosteniendo una estructura que se desmoronaba por dentro.
gestionaba las finanzas, supervisaba las ediciones, criaba a los hijos y mantenía en funcionamiento una casa que era al mismo tiempo residencia familiar, explotación agrícola y santuario de peregrinación. Y lo hacía mientras su marido intentaba sistemáticamente desmantelar los fundamentos económicos sobre los que todo aquello se sostenía.
Ella también escribía, compuso relatos e incluso publicó un pequeño volumen de prosa poética bajo el título de lamentos. El pseudónimo que eligió fue una sola palabra cansada. En esas dos decisiones, el título y el seudónimo, cabía el resumen de toda una vida. El conflicto alcanzó su punto más agudo en torno al testamento.
Tolstoy quería renunciar definitivamente a todos los derechos sobre sus obras, no solo a las posteriores a 1881, como había hecho años antes. Estaba convencido de que Sofía no se lo permitiría. designó como heredera a su hija Alejandra con la intención de que las obras pasaran a ser patrimonio público y de que Chertkov pudiera editarlas libremente.
En 1910, el escritor le entregó a Charkop sus diarios personales. Sofía estalló. Acusó a Cherkob de empujar a su marido a arruinar a la familia. Disparó contra un retrato de Chercopola. Mandó llamar a unos sacerdotes para exorcizar su espíritu de la casa. Los hijos tomaron partido, unos con el padre, otros con la madre.
Un psiquiatra examinó a Sofía y le diagnosticó paranoia e histeria. La hija Alejandra estaba convencida de que su madre fingía la locura. Tolstoy empezó a llevar un segundo diario secreto que escondía en la caña de una de sus botas. Sofía lo descubrió. dormía con las puertas abiertas para asegurarse de que su marido no escapara durante la noche.
Él sentía que cada objeto de aquella casa, cada mueble, cada cubierto, cada sábana era un reproche vivo contra sus convicciones. Ella sentía que cada discurso sobre la renuncia era un ataque contra sus hijos y contra ella misma. Ninguno de los dos mentía, ninguno de los dos podía ceder sin traicionar lo que consideraba esencial.
Gorky había dicho que Sofía protegió a Tolstoy de los golpes del mundo exterior. Lo que no dijo, quizá porque no hacía falta, es que nadie protegió a Sofía de los golpes que le infligía sin querer y sin pausa el mundo interior de su marido. En la noche del 28 de octubre de 1910, un anciano de 82 años se despertó al oír ruidos en la habitación contigua.
Era su esposa que revolvía entre sus papeles buscando algo, probablemente el diario secreto que él escondía en la caña de una bota. Tolstoy llevaba años soportando aquella vigilancia nocturna. Sofía dormía con las puertas abiertas para asegurarse de que su marido no huyera. Registraba sus cajones, leía su correspondencia, controlaba cada visita y cada conversación.
Aquella noche algo se rompió. Tolstoy se levantó, despertó a su hija Alejandra y a su médico personal y les comunicó que se marchaba. Redactó una carta de despedida para Sofía en la que le decía que la amaba y la compadecía con toda su alma, pero que no podía obrar de otro modo. Después intentó preparar su equipaje, tarea que le llevó un tiempo desproporcionado, porque un hombre que llevaba décadas predicando la simplicidad resultó poseer más objetos imprescindibles de los que cabían en una sola maleta.
Al final reunió un baúl de viaje, un atillo de ropa y varias estas con comida. Salió de la casa para despertar al cochero. Lo que ocurrió a continuación tiene algo de pesadilla y algo de farsa. El anciano avanzó en la oscuridad por el jardín de la finca, que había sido su hogar durante más de medio siglo.
Tropezó con los árboles, se golpeó, cayó al suelo. Creyó haberse perdido en un bosque, aunque en realidad se encontraba en su propio jardín, entre los manzanos que él mismo había plantado décadas atrás. Regresó a tias hasta la casa, buscó un farolillo, volvió a salir y por fin encontró al cochero. Se subió al carruaje y partió hacia la estación de ferrocarril más próxima.
No sabía a dónde ir. Cambió de tren tres veces. Primero se dirigió al monasterio de Optin Austín, un centro de la vida espiritual ortodoxa al que había acudido en otras ocasiones y donde residían monjes ancianos conocidos por su sabiduría. Llegó hasta la puerta del recinto monástico, pero no se atrevió a entrar. El hombre que había rechazado la Iglesia, que había sido apartado de la comunión de los fieles, que había reescrito los evangelios eliminando todo misterio, se detuvo ante los muros de un monasterio sin encontrar el coraje de
cruzar el umbral. Es difícil saber qué lo retuvo. Tal vez el orgullo de quien no quiere dar un paso, que podría interpretarse como una retractación. Tal vez el temor de no encontrar lo que buscaba, tal vez simplemente la conciencia de que ya era demasiado tarde para cualquier reconciliación. Desde Óptina se dirigió al convento de Shamordino, donde vivía su hermana menor, María, que había tomado los hábitos religiosos.
Permaneció unos días con ella. Allí lo alcanzó su hija Alejandra, que le comunicó lo que había ocurrido en Yasna y a Poliana tras su partida. Sofía, al enterarse de que su marido se había marchado, había corrido al estanque de la finca e intentado ahogarse. Resbaló en la pasarela de madera, cayó de espaldas al agua y varias personas que la seguían consiguieron sacarla a tiempo.
Tolstoy recibió la noticia y escribió una nueva carta a su esposa. Te quiero y te compadezco con toda mi alma, pero no puedo actuar de otra manera. No regresó. Decidió continuar su viaje hacia el sur. pensaba llegar a Novocher Cask o a Rostof del Don, obtener allí un pasaporte para viajar al extranjero y embarcar en Odesa con destino a Bulgaria.
Los planes eran vagos y cambiantes, como los de un hombre que huye sin saber exactamente de qué ni hacia dónde. En la estación le ofrecieron enganchar un vagón privado a su tren, pero Tolstoy insistió en viajar en tercera clase con el pueblo. El vagón estaba lleno de humo de tabaco. Tolstoy salió a la plataforma a respirar aire fresco.
Se enfrió y al poco tiempo comenzó a sentirse mal. La fiebre subió con rapidez. En la estación de Astapovo, una pequeña parada ferroviaria en la provincia de Lipetk, el anciano ya no pudo continuar. El jefe de estación, un hombre llamado Iván Ozolín, le cedió su propia habitación en la casa adosada al edificio de la estación.
La noticia de que Tolstoy se encontraba enfermo en una estación de ferrocarril de provincias se propagó por el mundo con una velocidad que anticipaba la era de las comunicaciones instantáneas. La agencia Reuter transmitió un despacho prematuro anunciando su muerte. Los principales periódicos de Europa, América, China, Japón y Australia publicaron la noticia en sus portadas.
El Parlamento francés propuso guardar un minuto de silencio en su memoria, pero tuvo que rectificar cuando se supo que el escritor aún vivía. El diario parisino, Le Figaró, comentó con ironía que los diputados habían recibido un telegrama que decía: “Agradezco de antemano, firmado Tolstoy.” El Times de Londres informó de que el escritor se había retirado a un monasterio.
Los periódicos norteamericanos seguían cada parte médico como si se tratara de un asunto de estado. Comentaristas de toda Europa, desde Mechnikov hasta Kropotkin, desde Bernard Shaw hasta Rosa Luxemburgo, opinaron sobre el significado de la huida y la enfermedad del escritor ruso. Lo compararon con Buda, con Sócrates, con el rey Lir, con Fausto, con Robinson Cruz.
Uno de sus hijos, Levlovic, intentó tranquilizar a los corresponsales franceses, asegurando que su padre solía retirarse a meditar y que pronto regresaría a casa. Hasta la embajada rusa en París se vio obligada a emitir comentarios. Sofía llegó a Asapobo el 2 de noviembre. No la dejaron entrar en la habitación donde yacía su marido.
Máximo Gorky escribiría después que la prohibición había sido impuesta por Cherkov. La mujer que había copiado siete veces el manuscrito de guerra y paz, que había parido 13 hijos, que había administrado las fincas, negociado con los editores y mantenido en pie una familia durante casi medio siglo, esperaban el andén de una estación de provincias a que le permitieran ver al hombre con el que llevaba casada 48 años.
El 20 de noviembre, a las 5:50 de la madrugada la dejaron entrar por fin. Tolstoy no la reconoció. Poco antes de morir pronunció una frase entrecortada cuyo sentido exacto se ha discutido desde entonces. La verdad, yo quiero mucho, como ellos. Lo enterraron en Yasnaya Poliana, como él mismo había dispuesto. Al funeral acudieron varios miles de personas.
En todo el imperio se cancelaron los espectáculos públicos. En las ciudades hubo manifestaciones espontáneas. La gente llevaba retratos del escritor. Se detuvieron fábricas y talleres. Muchos, y no solo entre la intelectualidad, sino también entre los estudiantes y los campesinos, vivieron su muerte como una pérdida personal. El New York Times publicó un extenso a obituario en el que lo llamaba el escritor más conocido del mundo occidental y describía con minuciosidad las últimas horas de su vida.
Tolstoy se convertiría en el autor más editado de la Unión Soviética. El tiraje total de sus obras alcanzaría casi los 500 millones de ejemplares. Sus diarios, aquellos cuadernos que había empezado a escribir en un hospital militar siendo un joven desconocido, fueron publicados por primera vez en 1917 bajo la dirección de Cherkov.
Dos años después, en 1919, murió Sofía Andreyevna. La mayoría de los hijos emigraron. Su hijo Ilia llegó a interpretar el papel de su propio padre en dos producciones cinematográficas en los estudios de Hollywood. Su hija Alejandra fue arrestada, liberada y finalmente también abandonó Rusia.
Solo su hijo Sergei permaneció en el país, pero tanto dentro como fuera de las fronteras rusas, los descendientes de Tolstoy dedicaron esfuerzos considerables a preservar el legado del escritor. Durante décadas, los miembros del clan se reunían cada año en Yasna y Apoioliana. en el aniversario del nacimiento de su antepasado, llegando desde todos los rincones del mundo.
En la estación de Asápovobo, en aquella habitación prestada por un jefe de estación, terminó una vida que había sido un movimiento perpetuo. Desde las montañas del Cáucaso hasta los bastiones de Sebastopol, desde los salones de San Petersburgo hasta los Tugurios de Moscú, desde las aulas de Cán hasta la escuela campesina de Yasna y Poliana.
Tolstoy no se detuvo jamás. Buscó la verdad en la guerra y en la paz, en el amor y en la renuncia, en la fe y en la negación de la fe. No encontró una respuesta definitiva a ninguna de las preguntas que se formuló, pero las preguntas mismas sobre la conciencia, sobre la violencia, sobre el sentido de la existencia quedaron como una herencia que, a diferencia de las tierras y los derechos de autor, no podía ser cedida, repartida ni rechazada.
permanecen abiertas y siguen exigiendo respuesta más de un siglo después de que aquel anciano saliera de su casa en la oscuridad, tropezara con los árboles de su propio jardín y se perdiera en la noche buscando algo que tal vez no existe, pero que un ser humano no puede dejar de buscar. Muchas gracias por acompañarme en esta historia.
Soy Adrián Montero y esto ha sido Historias de creadores. Si este viaje os ha resultado tan apasionante como a mí, os agradezco un gesto sencillo. Dejad vuestro me gusta y suscribíos al canal. Nos vemos en la próxima historia.
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