Durruti no era solo un fugitivo, era una leyenda viva y las leyendas no se detienen con esposas. La proclamación de la Segunda República Española en abril de 1931 cambió todo. De repente, España parecía un país diferente. El rey había huído. La iglesia perdía privilegios. Se hablaba de reformas, de libertades, de un nuevo amanecer.
Y los exiliados empezaron a volver. Durruti volvió a España después de años de huida, pero no volvió transformado, no volvió conciliador, volvió exactamente igual que se había ido, convencido de que la única revolución válida era la revolución total, sin pactos, sin medias tintas, sin gobiernos que negociaran en nombre de los trabajadores.
Para él, la República era simplemente otro disfraz del mismo sistema, un sistema que había que destruir desde dentro. La CNT, la Confederación Nacional del Trabajo, el Gran Sindicato Anarquista español, tenía en ese momento más de un millón de afiliados. Era una fuerza política y social enorme, la columna vertebral del Movimiento Obrero en Cataluña y Aragón.
Y dentro de la CNT, Durruti era algo más que un líder. Era un símbolo, una figura casi mítica que encarnaba la idea de que la revolución no era un sueño, sino una realidad posible, alcanzable, inminente. Pero los años 30 en España fueron años de tensión extrema. La República moderada decepcionó a los trabajadores. La derecha se radicalizó.
Los socialistas se dividieron. Los comunistas, bajo instrucciones directas de Moscú, intentaban controlar y domesticar a todo el movimiento obrero español. Y los anarquistas de la CENT y la FAI, la Federación Anarquista Ibérica, desconfiaban profundamente de todos, del gobierno republicano, de los socialistas y especialmente de los comunistas.
Durruti protagonizó en esos años varios enfrentamientos directos con la autoridad republicana. fue detenido varias veces. Dio discursos incendiarios en los que dejaba claro que para él la República no era el destino, sino apenas una parada en el camino hacia algo mucho más radical. Sus palabras eran seguidas por miles de personas en mítines multitudinarios y sus palabras asustaban no solo a la derecha, sino también a muchos dentro de la propia izquierda.
Cuando el 18 de julio de 1936 Franco dio el golpe de estado, Durruti estaba en Barcelona y lo que ocurrió en Barcelona en esas primeras horas es uno de los momentos más extraordinarios de toda la guerra civil española. Mientras en otras ciudades el golpe triunfaba fácilmente, en Barcelona, los trabajadores organizados de la CNT salieron a la calle con las armas que habían estado acumulando en secreto durante años y aplastaron a los militares sublevados en menos de 24 horas.
Durruti fue uno de los protagonistas directos de esa victoria. Las fotografías de aquellos días lo muestran en las barricadas, fusil en mano, con esa expresión que mezcla determinación y algo que solo puede describirse como alegría feroz. Estaba en su elemento. La revolución había llegado. Pero aquí empieza la parte que los libros de historia cuentan menos.
Porque en ese mismo momento en que Durruti se convertía en el héroe de Barcelona, en ese mismo instante de victoria, los engranajes que lo llevarían a la muerte 48 horas después de entrar en Madrid, ya habían empezado a moverse. Y los que los ponían en marcha no eran los fascistas de Franco, eran las personas que supuestamente luchaban por el mismo lado.
Barcelona, julio de 1936. Hace un calor sofocante. Las calles huelen a pólvora y a libertad, si es que la libertad tiene olor. Y durante unos días extraordinarios, únicos en la historia moderna de Europa, algo absolutamente imposible se vuelve real. Los trabajadores de Barcelona no solo han derrotado el golpe militar, han ido mucho más lejos.
Las fábricas han sido colectivizadas. Los obreros las gestionan directamente, sin patrones. sin accionistas, sin directores venidos de RBA. Los trambías funcionan gestionados por sus propios conductores. Los hoteles de lujo se convierten en hospitales y comedores populares. Las iglesias, símbolo para los anarquistas de siglos de opresión y alianza con el poder, arden en muchos barrios y por las Ramlas circulan hombres y mujeres con monos azules de trabajo y fusiles al hombro, que se tratan entre sí de igual a igual, sin jerarquías, sin saludos militares, sin
órdenes desde arriba. Durruti camina por esas calles y ve por primera vez en su vida lo que siempre creyó posible. No en los libros, no en los discursos, en la realidad. La anarquía, no el caos, sino la organización libre y voluntaria de las personas sin estado que las domine, está funcionando. Está funcionando de verdad y eso lo llena de una energía que sus compañeros describen como sobrehumana.
Duerme tr horas, come en pie, habla durante horas seguidas con obreros, milicianos, vecinos. Es en esos días cuando pronuncia la frase que quedará grabada para siempre en la historia del anarquismo español. La frase que define mejor que ninguna otra, ¿quién era Buenaventura Durrut? Nosotros no tememos las ruinas, vamos a heredar la tierra.
Eso no cabe la menor duda. La burguesía puede destruir su mundo antes de abandonar la escena de la historia, pero nosotros llevamos un mundo nuevo en nuestros corazones y ese mundo está creciendo en este instante. Pero mientras Durruti pronuncia esas palabras, mientras Barcelona vive su revolución efímera y gloriosa, desde Madrid llegan señales que él no quiere escuchar todavía.
El gobierno republicano, asustado, acorralado, pero todavía existente, empieza a enviar mensajes muy claros a los líderes de la CNT. La revolución social tendrá que esperar. Primero hay que ganar la guerra. Primero hay que derrotar a Franco. Después ya hablaremos de todo lo demás. Y aquí está la trampa.
Aquí está el nudo que va a apretar el cuello de Durruti durante los meses siguientes. Porque esa lógica, primero la guerra, luego la revolución, tiene una coherencia superficial que resulta muy difícil de rebatir en público. ¿Cómo explicas a un trabajador que prefieres mantener tu pureza ideológica mientras Franco avanza? ¿Cómo justificas rechazar los fusiles que viene de la Unión Soviética? Los únicos que están llegando en cantidad suficiente cuando las columnas fascistas están a pocos kilómetros.
Durruti lo intenta. Durruti argumenta que una revolución que renuncia a sus principios para ganar una guerra termina perdiendo las dos cosas. Que aceptar la disciplina militar burguesa es suicidarse como movimiento. Que los tanques de Stalin tienen un precio que no se paga en dinero, sino en libertad. Pero los argumentos de Durruti, por brillantes que sean, chocan contra una realidad brutal.
Su columna necesita armas, munición, comida, camiones y el gobierno republicano controla todo eso. La tenaza se cierra despacio. Y Durruti, que nunca en su vida había aceptado una orden de nadie, empieza a sentirla. Para entender lo que va a pasar en noviembre de 1936. Necesitáis entender la geografía del poder dentro del bando republicano, porque no era un bloque unido, era un volcán con múltiples cráteres y cada uno de ellos podía explotar en cualquier momento.

Estaban los republicanos moderados, profesionales, intelectuales, burgues ilustrados que querían una España democrática y parlamentaria, pero que temían tanto a los fascistas de Franco como a los revolucionarios de la CNE. Para ellos, Durruti era un problema casi tan grande como el propio Franco. Un hombre que controlaba miles de combatientes armados y que no reconocía la autoridad del gobierno era sencillamente una amenaza al orden que querían restaurar.
Luego estaban los socialistas divididos entre una ala moderada que buscaba pactos y una izquierda que simpatizaba con los comunistas. Desconfiaban de los anarquistas por razones ideológicas profundas. Para los marxistas, el anarquismo era ingenuidad política, la fantasía pequeñoburguesa de creer que el Estado podía simplemente desaparecer por decreto de la voluntad popular.
Y luego estaban los comunistas. El Partido Comunista de España era en julio de 1936 un partido pequeño con poca base social real, pero tenía algo que los demás no tenían. el apoyo directo de la Unión Soviética, el único país del mundo que estaba enviando armas, asesores militares y dinero al gobierno republicano.
Eso les daba un poder desproporcionado respecto a su tamaño real. Y los asesores del NKVD, la policía secreta de Stalin, que llegaron a España en otoño de 1936, venían con instrucciones muy precisas. Primero, asegurarse de que las armas soviéticas no cayeran en manos de grupos no controlados por Moscú.
Segundo, eliminar a los trotquistas y anarquistas que podían convertirse en un polo de atracción alternativo al estalinismo dentro de la izquierda internacional. Duruti encajaba perfectamente en esa segunda categoría. Alexander Orlov, el jefe del NKVD en España, un hombre brillante y despiadado que había supervisado purgas en la Unión Soviética y que en España operaba con total impunidad, tenía expedientes detallados sobre todos los líderes anarquistas y el expediente de Durruti era de los más gruesos, no porque fuera un agente doble ni un
espía, sino precisamente por lo contrario, porque era completamente independiente. completamente leal solo a sus principios, completamente imposible de comprar o intimidar. Orlov sabía que Durruti había dicho públicamente en un miting en Barcelona que los comunistas españoles eran el caballo de Troya de Stalin en la revolución española.
Sabía que Durruti se negaba a integrar su columna en el ejército regular bajo mando unificado. Sabía que Durruti tenía conversaciones privadas con líderes del POUM. El Partido Obrero de unificación marxista, de tendencia trotskista, que Moscú consideraba su enemigo número uno en España.
Y sabía que mientras Durruti siguiera vivo y activo, había un núcleo de resistencia dentro del bando republicano que escapaba al control soviético. En los documentos desclasificados del archivo de Moscú, que se abrieron parcialmente en los años 90. Hay un memorando fechado en octubre de 1936 en el que se habla de elementos incontrolables en el Frente de Aragón y se describe la necesidad de soluciones definitivas antes de la operación de Madrid.
Los historiadores discuten si ese memorando se refiere directamente a Durruti, pero la coincidencia cronológica es difícil de ignorar. Mientras tanto, Durruti sigue en el frente de Aragón con su columna tratando de avanzar hacia Zaragoza, peleando no solo contra los fascistas, sino también contra la falta de armas, la desorganización logística y los continuos sabotajes administrativos que sus hombres atribuyen, con razón o sin ella, a la mano de los comunistas en el aparato republicano.
Un hombre cercano a Durruti, el miliciano catalán Pera Ardíaca, recordaría décadas después en una entrevista. Buenaventura sabía que lo querían muerto. Me lo dijo directamente una noche en el frente mientras limpiábamos los fusiles. Me dijo, “Pit, si me matan, no serán los fascistas, serán los que dicen que luchan por lo mismo que nosotros.
” Yo pensé que exageraba. Ahora sé que tenía razón. Octubre de 1936. El Frente de Madrid se derrumba. Las tropas de Franco, apoyadas por los tanques alemanes del África Corps y los aviones de la Legión Cóndor, rompen las líneas republicanas en el oeste de la ciudad. El general Mola, uno de los principales conspiradores del golpe, hace una declaración que recorre el mundo entero.
Tiene cuatro columnas avanzando sobre Madrid, pero la que tomará la ciudad será la quinta, la de los simpatizantes franquistas que ya están dentro de la capital. De ahí viene la expresión quinta columna. Y en ese clima de paranoia, de traición real lo o imaginada en cada esquina, el gobierno republicano hace una llamada desesperada.
Necesitan a Durruti en Madrid. La ironía es tan brutal que casi duele. El mismo gobierno que lleva meses intentando limitar el poder de Durruti, que le haigado armas, que ha presionado a los líderes de la cenete para que lo controlen, ese mismo gobierno llama ahora al hombre que consideraba incontrolable y le pide que salve la capital de España.
Durruti acepta sin condiciones, sin negociaciones, sin pedir garantías, porque por encima de todas sus contradicciones, por encima de su desconfianza hacia el gobierno y los comunistas, Durruti es un hombre que no puede quedarse quieto mientras Madrid arde. Madrid son los obreros, Madrid son los trabajadores, Madrid es la gente que no tiene a nadie más que se ponga delante de los tanques fascistas.
La preparación de la marcha de la columna es frenética. En 48 horas, Durruti organiza el traslado de casi 4000 milicianos desde Aragón hasta Madrid. 4000 hombres que llevan meses en las trincheras, que están agotados, mal equipados, con munición escasa. Hombres que no son soldados profesionales, sino obreros que cogieron un fusil porque creyeron que valía la pena y que siguen creyendo porque Durruti les ha convencido de que vale la pena.
El viaje hasta Madrid es una odisea. Los camiones se averían. Las carreteras están saturadas de refugiados que huyen en dirección contraria. Los aviones fascistas atacan la columna en dos ocasiones durante la marcha. Hay muertos antes de llegar siquiera al frente y sin embargo, la columna llega. El 12 de noviembre de 1936, los primeros camiones de la columna Durruti entran en Madrid entre una multitud que los recibe con una mezcla de alivio y esperanza que los testigos describen como algo difícil de explicar
con palabras. Los habitantes de Madrid llevan semanas escuchando los cañonazos cada noche. Llevan semanas sabiendo que la ciudad puede caer en cualquier momento y de repente aparecen estos hombres sucios, cansados, con monos de trabajo en lugar de uniformes y algo cambia en el ambiente, no porque sean invencibles, sino porque representan algo.
Representan la idea de que hay personas dispuestas a morirse por defenderte. Y eso en ese momento vale más que cualquier discurso. Durruti recorre en coche los barrios del frente, habla con los defensores, evalúa las posiciones y lo que ve le preocupa profundamente. Las líneas defensivas son débiles. La coordinación entre las diferentes unidades que defienden la ciudad es casi inexistente.
Hay brigadas internacionales recién llegadas que no conocen el terreno. Hay milicianos locales que llevan días sin dormir y hay sobre todo una desconfianza profunda entre los diferentes grupos políticos que componen la defensa, comunistas, socialistas, republicanos, anarquistas, que en algunos sectores del frente es casi tan peligrosa como los propios fascistas.
Durruti instala su cuartel general en el hotel Majestic y convoca una reunión con todos los comandantes del sector que le han asignado. Lo que ocurre en esa reunión lo describió años después uno de los asistentes, el comandante comunista Enrique Lister en sus memorias con evidente hostilidad hacia Durruti, pero con un detalle que resulta revelador.
Rut llega a la reunión, mira a los presentes y dice, “He venido a pelear contra Franco. Si alguien en esta sala tiene otros planes para mí, que lo diga ahora.” Silencio. Nadie dice nada. Durruti asiente y empieza a hablar de posiciones, de estrategia, de cómo defender la ciudad universitaria. Pero el silencio en aquella sala no era inocente, era el silencio de quienes ya habían tomado una decisión.
Y Durruti, que había sobrevivido 20 años huyendo de policías y servicios secretos de media Europa, lo sabía. Lo sabía y fue de todas formas, porque eso también era quien era Buenaventura Durruti. Ciudad Universitaria, Madrid. 15 de noviembre de 1936. Si el infierno tuviera una dirección postal, durante esas semanas sería esta.
Un campus universitario construido apenas unos años antes con edificios modernos de hormigón y amplias avenidas arboladas, se ha convertido en el campo de batalla más brutal y surrealista de toda la guerra civil española. Los tanques soviéticos T26 chocan contra los pancer alemanes entre las facultades de medicina y filosofía.
Los legionarios marroquíes de Franco se atrincheran en la Facultad de Ciencias, mientras dos milicianos republicanos defienden la de derecho. En algunos edificios, los dos bandos controlan plantas diferentes del mismo edificio separados por una simple losa de hormigón. Los soldados se matan a granadas en los pasillos donde antes los estudiantes caminaban con sus libros bajo el brazo.
Es en este escenario donde Durruti despliega su columna y lo que ocurre en las primeras horas dice todo sobre quién es este hombre y por qué resulta tan incómodo para todos. Los milicianos de Durruti no conocen a disciplina militar clásica. No saben cuadrarse ni presentar armas, pero saben pelear en la calle, en el edificio, en el cuerpo a cuerpo.
Llevan años haciendo exactamente eso, algunos literalmente en los conflictos obreros de Cataluña y Aragón, y se lanzan a la defensa de la ciudad universitaria con una ferocidad que veja perplejos tanto a los defensores republicanos como a los atacantes fascistas. Hay un episodio documentado por varios testigos que resume perfectamente la figura de Durruti en esos días.
El 16 de noviembre, una sección de su columna retrocede ante un avance de la legión extranjera. Los hombres vuelven corriendo hacia las posiciones traseras, desordenados, con el pánico en los ojos. Durruti está en ese momento a unos 200 m. Cuando ve lo que ocurre, deja su puesto de mando, coge un fusil y se pone él mismo en primera línea, solo delante de sus hombres que huyen y empieza a disparar hacia los fascistas.
No hay ningún cálculo político en ese gesto. No hay propaganda. Hay un hombre de 40 años que cree, con toda la sinceridad del mundo que la única forma de pedir a otros que se jueguen la vida es jugártela tú primero. Sus milicianos se detienen, se vuelven y contraatacan. Esa noche, en el cuartel general, Durruti convoca a sus comandantes y les da una orden que en cualquier ejército regular sería motivo de consejo de guerra.
Mañana avanzamos, no retrocedemos. El que retroceda sin orden mía responde ante sus compañeros, no ante mí, porque yo no voy a estar detrás vigilando, voy a estar delante. Pero mientras Durruti pelea metro a metro en la ciudad universitaria, en el hotel Majestic, donde tiene su cuartel general, empiezan a ocurrir cosas extrañas.
Personas que nadie conoce entran y salen. Hay mensajes que llegan y no llegan a destinatario. Uno de sus ayudantes, un joven aragonés llamado Miguel García, notará después que varios oficiales de enlace enviados por el mando republicano pasan demasiado tiempo preguntando por los movimientos y hábitos diarios de Durruti.
¿A qué hora sale? ¿Por qué ruta se mueve? Si usa siempre el mismo coche? García lo menciona a Durruti. Este le responde con una carcajada y le dice que no se preocupe. Pero esa noche, según García, Durruti durmió con la pistola en la mano. El 19 de noviembre de 1936 amanece frío y gris sobre Madrid. La ciudad lleva días bajo un bombardeo casi continuo.
Los aviones de la región Cóor sueltan sus cargas sobre los barrios obreros con una precisión aterradora. Las calles del centro están llenas de escombros. Los cadáveres a veces tardan horas en ser retirados porque nadie puede salir a la calle durante los bombardeos. Durruti lleva 4 días durmiendo menos de 3 horas.
Sus ayudantes dicen que tiene fiebre, no alta, pero sí suficiente para que cualquier médico le ordenara descansar. Él se niega. Hay demasiado que hacer. La situación en la ciudad universitaria es crítica. Los fascistas han conseguido cruzar el río Manzanares en varios puntos y la línea defensiva está a punto de romperse. Esa mañana, Durruti recibe dos visitas en su cuartel general que los historiadores han estudiado con lupa durante décadas.
La primera es de un enviado del gobierno republicano que le trae una propuesta. Integrar formalmente la columna Durruti en el ejército popular bajo mando unificado con Durruti conservando el mando directo de sus hombres, pero subordinado a la cadena de mando militar regular. Es la misma propuesta que Durruti ha rechazado varias veces.
Esta vez, según los testimonios disponibles, Durruti no dice ni que sí ni que no. Pide tiempo para consultarlo con sus compañeros de la CNET. La segunda visita es más misteriosa. Un hombre que los testigos describen de formas contradictorias. Unos dicen que era alto y rubio, otros que era moreno y de mediana estatura. Llega al hotel con credenciales de oficial de enlace de las brigadas internacionales.
Se reúne con Durruti a solas durante aproximadamente 20 minutos. Nadie sabe exactamente de qué hablan. Cuando el hombre se va, Durruti sale de la habitación con una expresión que sus ayudantes describen como preocupada o quizás furiosa. Los testimonios difieren. Nunca se ha podido identificar con certeza a ese visitante.
A las 3 de la tarde, Durruti decide ir personalmente al frente de la ciudad universitaria. Sus ayudantes intentan disuadirlo. Un comandante no debería exponerse así. Hay francotiradores fascistas en todas las posiciones avanzadas. El riesgo es innecesario. Durruti los ignora. Se sube a su coche, un Chrysler negro con tres acompañantes, su chóer, un guardaespaldas y el periodista barcelonés Marin Cia, que está documentando la defensa de Madrid.
El coche llega a las inmediaciones de la Facultad de Filosofía en el borde mismo del frente activo. Durruti se baja, camina unos metros hacia el edificio y entonces suena un disparo. Un solo disparo. Durruti cae. Sus acompañantes lo recogen en segundos. El coche arranca a toda velocidad hacia el hospital más cercano.
Durante el trayecto, Durruti está consciente. Dice algo que sus acompañantes recuerdan de formas ligeramente diferentes, pero todos coinciden en que no parece sorprendido, como si una parte de él lo hubiera esperado. El chófer recuerda haber escuchado algo parecido a No importa, lo que importa es que sigan.
A las 6 de la mañana del 20 de noviembre de 1936, Buenaventura Durruti muere en el hospital. La bala le ha atravesado el pulmón y aquí empieza el mayor misterio de toda su historia, porque la bala no vino del lado fascista. La trayectoria de la herida, según el médico que lo atendió, el Dr. Santa María, cuyo informe apareció décadas después en los archivos barceloneses, indica que el disparo se realizó desde una posición lateral.
o ligeramente trasera respecto a Durruti. No de frente, no desde las posiciones fascistas que estaban al otro lado. El ángulo no encaja. El ángulo solo encaja si quien disparó estaba cerca, muy cerca, del mismo lado. La versión oficial que el gobierno republicano difundió esa misma tarde fue que Durruti murió por el disparo accidental de su propio fusil al bajarse del coche.
Es una versión que los expertos en balística han desmontado repetidamente en los años siguientes. El tipo de fusil que llevaba Durruti, un fusil de cerrojo estándar, no puede dispararse accidentalmente de la forma que describía el comunicado oficial. La física no lo permite. Entonces, ¿quién disparó durante 90 años? La muerte de Durruti ha generado una de las controversias históricas más apasionantes y más irresolubles de la guerra civil española, no porque falten teorías, sino porque sobran y cada una de ellas tiene
evidencias suficientes para ser tomada en serio y suficientes agujeros para no ser definitiva. El primer sospechoso, el NKV de soviético. Esta es la teoría más extendida entre los historiadores anarquistas y también entre varios historiadores académicos independientes. Los argumentos son sólidos. Alexander Orlov, el jefe del NKVD en España, tenía motivos, capacidad y precedentes.
En esas mismas semanas, otros líderes del Movimiento Obrero Español, que resultaban incómodos para Moscú, estaban siendo eliminados de formas que tampoco se explicaban bien. Andre Unin, líder del PUM, desaparecería meses después en circunstancias que décadas más tarde se confirmarían como un asesinato ejecutado por agentes soviéticos.
El patrón existe. Además, hay un detalle que pocas fuentes mencionan, pero que figura en los testimonios de al menos tres personas que estuvieron cerca de Durruti en sus últimas horas. Entre los acompañantes que estaban cerca del coche en el momento del disparo, había al menos un hombre cuya identidad nunca fue completamente aclarada.
Un hombre que desapareció inmediatamente después del incidente y al que nadie volvió a ver. Uno de los testigos lo describió como hablando con acento extranjero, posiblemente ruso, posiblemente centro europeo. En los archivos del Coment desclasificados parcialmente en Moscú en 1992, existe un documento que los investigadores han debatido intensamente.
un informe de operaciones fechado el 21 de noviembre de 1936, un día después de la muerte de Durruti, en el que se menciona la resolución del problema D en Madrid y se señala que el frente puede ahora ser reorganizado según los parámetros acordados. Los defensores de la teoría soviética dicen que el problema de es obviamente durruti.
Los escépticos argumentan que podría referirse a cualquier otra cosa. El documento no es conclusivo, pero existe. El segundo sospechoso, un anarquista disidente. Esta teoría es la más incómoda para el movimiento anarquista y precisamente por eso ha sido durante décadas la menos discutida públicamente. Pero varios historiadores serios la han planteado y los argumentos no son desdeñables.
Dentro de la propia CNT y la FAI había una corriente que en otoño de 1936 estaba llegando a una conclusión dolorosa. Que Durruti con su intransigencia absoluta, con su negativa a cualquier tipo de compromiso táctico, estaba condenando al movimiento anarquista al aislamiento. Los líderes más pragmáticos de la CNT, hombres como Juan García Oliver y Federica Monseñ, que habían aceptado entrar en el gobierno republicano como ministros, algo impensable para el anarquismo clásico, llevaban meses en tensión creciente con Durruti.
La discusión no era abstracta, era sobre la supervivencia del movimiento. Y había personas dentro de ese movimiento que pensaban que mientras Durruti siguiera siendo el símbolo viviente de la intransigencia absoluta, cualquier posibilidad de maniobra táctica era imposible. Que Durruti vivo era un obstáculo para el Durruti muerto, que podía convertirse en mártir y en mito sin causar problemas prácticos.

Hay un testimonio perturbador al respecto. Emma Goldman, la legendaria anarquista rusa americana que estaba en España en esos meses y que conocía personalmente a los líderes de la CNT. escribió en una carta privada fechada en enero de 1937, carta que se conserva en los archivos del Instituto Internacional de Historia Social de Amásterdam, que había escuchado rumores muy serios y muy dolorosos sobre las circunstancias de la muerte de Durruti, rumores que implicaban a personas muy cercanas al movimiento y que prefería no poner por
escrito con más detalle porque destruirían lo que queda de unidad. Goldman nunca elaboró más sobre esto en público. Murió en 1940 llevándose sus sospechas. El tercer sospechoso, un francotirador fascista. Y sin embargo, porque la historia nunca es simple, hay que tomarse en serio también la posibilidad más obvia.
Los francotiradores de Franco operaban con extraordinaria eficacia en la ciudad universitaria. Las posiciones fascistas y republicanas estaban tan entremezcladas que un tirador experto podía haber conseguido un ángulo de disparo lateral que explicara la trayectoria de la bala. Los regulares marroquíes que combatían por Franco incluían algunos de los mejores tiradores de toda la guerra.
Además, hay un argumento de peso que los defensores de esta teoría es Grimen. La muerte de Durruti fue un desastre propagandístico para el bando republicano. Si el NKVD o los propios anarquistas lo hubieran eliminado, habrían elegido un momento y un contexto más discretos, no en plena batalla con decenas de testigos potenciales alrededor.
Matar a Durruti en el frente de Madrid en ese momento crítico era regalarle a Franco una victoria. moral enorme, precisamente cuando más la necesitaba. La contraargumentación es igualmente sólida, precisamente porque había decenas de personas alrededor y había francotiradores fascistas activos. Era el momento perfecto para una muerte que nunca pudiera ser investigada con calma.
Y aquí está el núcleo de todo. Aquí está la razón por la que 90 años después seguimos hablando de Buenaventura Durruti. No solo porque fue un hombre extraordinario, sino porque su muerte es el espejo perfecto de la tragedia de la República Española. una muerte que podría haber sido causada por cualquiera de los tres grandes enemigos que tenía, el fascismo, el estalinismo o las contradicciones internas de su propio movimiento.
Una muerte que nadie investigó seriamente porque a nadie le convenía la verdad. Una muerte que el propio Durruti, hombre que llevaba 20 años viviendo con una pistola bajo la almohada, aceptó con una serenidad que sus acompañantes nunca olvidaron. Porque Durruti sabía. Dorruti siempre supo que un hombre que aterroriza a sus propios aliados no muere en la cama y eligió de todas formas ir al frente aquel 19 de noviembre.
Elió bajarse del coche, eligió caminar hacia el fuego. Medio millón de personas llenaron las calles de Barcelona para despedirlo tres días después. fue el entierro más multitudinario de la historia de España hasta ese momento. La gente lloraba a un hombre que los propios líderes de su movimiento no sabían si controlar o venerar.
Franco, en su cuartel general recibió la noticia con una sobriedad que sus colaboradores interpretaron como satisfacción contenida. Y en Moscú, Alexander Orlov redactó ese día un informe operacional que comenzaba con las palabras. La situación en Madrid evoluciona favorablemente. Barcelona, 22 de noviembre de 1936.
Tres días después de la muerte de Durruti, la ciudad se detiene. No por decreto, no porque nadie lo haya ordenado. Se detiene sola de forma espontánea, porque hay cosas que no necesitan organización para ocurrir. Las fábricas cierran, los trambías paran, los mercados vacían sus puestos y medio millón de personas en una ciudad que en ese momento tiene poco más de un millón de habitantes, salen a la calle para despedir a un hombre que nunca tuvo cargo oficial, nunca firmó un tratado, nunca gobernó nada. Los que estuvieron
allí lo describieron durante el resto de sus vidas como algo imposible de transmitir con palabras. No era solo un funeral. Era algo más parecido a un terremoto emocional colectivo. Hombres que no habían llorado en años lloraban abiertamente. Mujeres que habían perdido hijos en el frente lloraban por ese hombre como si fuera otro hijo.
Obreros que apenas sabían quién era Dorruti hace dos años lloraban porque intuían que con él se iba algo que no iba a volver. Una forma de creer, una forma de pelear, una forma de ser. El ataúd pasó lentamente por las Ramlas, esas mismas Ramblas donde 4 meses antes los trabajadores de Barcelona habían aplastado el golpe fascista con fusiles improvisados y una determinación que dejó al mundo con la boca abierta.
Esas mismas ramblas donde Durruti había caminado mil veces, donde lo habían reconocido y saludado, donde había dado discursos improvisados sobre los escalones de algún edificio. Ahora él iba en silencio y la ciudad entera hablaba por él. Y mientras ese medio millón de personas despedía a Durruti en Barcelona, en Madrid la línea del frente que él había ayudado a sostener seguía aguantando.
Madrid no cayó. Contra todos los pronósticos, contra toda la lógica militar, Madrid resistió y resistió en parte porque los hombres de la columna Durruti, huérfanos de su comandante, pelearon con una rabia y una determinación. que los observadores militares internacionales no sabían cómo explicar, como si quisieran demostrar que Durruti tenía razón, como si la mejor forma de honrarlo fuera no retroceder ni un metro.
Madrid aguantó hasta 1939, fue la última ciudad en caer, pero la historia de Durruti no termina con su muerte. En cierto sentido es donde empieza la parte más extraña y más reveladora de todo. En los meses siguientes a su muerte, algo incómodo sucede dentro del bando republicano. Los líderes de la CNT que habían tenido tensiones con Durruti, que habían aceptado entrar en el gobierno mientras él se negaba, que quizás habían pensado que su desaparición facilitaría las cosas.
Esos mismos líderes descubren que Durruti muerto es infinitamente más difícil de manejar que Durruti vivo. Porque Durruti vivo podía equivocarse, podía ser contradictorio, podía ser derrotado en un debate. Durruti muerto es perfecto. Durruti muerto no cede, no negocia, no acepta compromisos. Durruti muerto siempre tiene razón. Su nombre se convierte en una contraseña.
Los milicianos que han perdido la fe en el gobierno republicano, que ven cómo los comunistas van acumulando poder mientras los anarquistas son marginados, que presencian como la revolución de julio de 1936 se deshace pieza a pieza bajo la presión de la guerra. Esos hombres dicen el nombre de Durruti como quien dice una oración, no porque crean que va a resolver nada, sino porque necesitan recordar que hubo un momento en que creyeron de verdad.
Y Franco lo sabe. Franco entiende perfectamente el peligro de los mártires. Por eso, después de ganar la guerra, el régimen franquista durante décadas no menciona a Durruti en los libros de historia oficiales. No lo condena, no lo ridiculiza, simplemente lo borra como si nunca hubiera existido. Porque Franco, que era un hombre de poder con una inteligencia fría y calculadora, sabía que la mejor forma de matar una leyenda no es atacarla, es ignorarla hasta que se disuelva en el olvido.
No funcionó. En 1976, un año después de la muerte de Franco, cuando España empieza a respirar después de 40 años de dictadura, el nombre de Durruti vuelve a las calles. Aparece en graffitis, en carteles, en panfletos de los nuevos movimientos obreros que intentan reconstruir lo que fue destruido. Una generación que nació después de su muerte lo descubre como si fuera contemporáneo, como si 40 años de silencio no hubieran pasado.
Hoy en 2026 el nombre de Durruti aparece en libros publicados en 20 idiomas. Hay calles con su nombre en varias ciudades europeas. Su frase sobrelle llevar un mundo nuevo en el corazón ha sido citada en discursos, canciones, novelas, películas. Hay bandas de pan anarquista en Tokio que llevan su nombre.
Hay grupos de trabajadores en Argentina donde él robó bancos hace 100 años que reivindican su memoria. Y la pregunta sobre quién lo mató sigue sin respuesta definitiva. Los archivos del NKVD siguen parcialmente cerrados. Los testimonios directos han desaparecido con sus protagonistas. Los documentos republicanos de esos días tienen lagunas que nadie ha explicado satisfactoriamente.
Pero quizás la pregunta más interesante no es, ¿quién apretó el gatillo? Quizás la pregunta más interesante es esta. ¿Por qué un obrero sin educación formal, fugitivo de media Europa, ladrón de bancos y agitador profesional, se convirtió en el hombre que más miedo daba a todos los poderes de su época? ¿Por qué Franco lo borraba de los libros? ¿Por qué Stalin lo quería neutralizado? ¿Por qué sus propios aliados temblaban ante su nombre? La respuesta quizás es la más sencilla y la más incómoda de todas, porque Durruti era el único que hablaba
en serio. En un mundo lleno de políticos que prometían la revolución para después y de ideólogos que teorizaban la libertad desde sus despachos, Durruti era el hombre que lo hacía. Ahora que cogía el fusil él mismo, que ponía el cuerpo delante, que no pedía a nadie lo que él no hacía primero. Y eso, esa coherencia absoluta entre las palabras y los actos es lo más peligroso que puede existir en política.
Más peligroso que un ejército, más peligroso que una bomba. Porque un hombre que de verdad hace lo que dice no puede ser comprado, no puede ser intimidado, no puede ser domesticado, solo puede ser matado. Y aún así, como hemos visto hoy, 90 años después, sigue
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