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DURRUTI: el anarquista que aterrorizó a Franco y a sus propios aliados

Durruti no era solo un fugitivo, era una leyenda viva y las leyendas no se detienen con esposas. La proclamación de la Segunda República Española en abril de 1931 cambió todo. De repente, España parecía un país diferente. El rey había huído. La iglesia perdía privilegios. Se hablaba de reformas, de libertades, de un nuevo amanecer.

Y los exiliados empezaron a volver. Durruti volvió a España después de años de huida, pero no volvió transformado, no volvió conciliador, volvió exactamente igual que se había ido, convencido de que la única revolución válida era la revolución total, sin pactos, sin medias tintas, sin gobiernos que negociaran en nombre de los trabajadores.

Para él, la República era simplemente otro disfraz del mismo sistema, un sistema que había que destruir desde dentro. La CNT, la Confederación Nacional del Trabajo, el Gran Sindicato Anarquista español, tenía en ese momento más de un millón de afiliados. Era una fuerza política y social enorme, la columna vertebral del Movimiento Obrero en Cataluña y Aragón.

Y dentro de la CNT, Durruti era algo más que un líder. Era un símbolo, una figura casi mítica que encarnaba la idea de que la revolución no era un sueño, sino una realidad posible, alcanzable, inminente. Pero los años 30 en España fueron años de tensión extrema. La República moderada decepcionó a los trabajadores. La derecha se radicalizó.

Los socialistas se dividieron. Los comunistas, bajo instrucciones directas de Moscú, intentaban controlar y domesticar a todo el movimiento obrero español. Y los anarquistas de la CENT y la FAI, la Federación Anarquista Ibérica, desconfiaban profundamente de todos, del gobierno republicano, de los socialistas y especialmente de los comunistas.

Durruti protagonizó en esos años varios enfrentamientos directos con la autoridad republicana. fue detenido varias veces. Dio discursos incendiarios en los que dejaba claro que para él la República no era el destino, sino apenas una parada en el camino hacia algo mucho más radical. Sus palabras eran seguidas por miles de personas en mítines multitudinarios y sus palabras asustaban no solo a la derecha, sino también a muchos dentro de la propia izquierda.

Cuando el 18 de julio de 1936 Franco dio el golpe de estado, Durruti estaba en Barcelona y lo que ocurrió en Barcelona en esas primeras horas es uno de los momentos más extraordinarios de toda la guerra civil española. Mientras en otras ciudades el golpe triunfaba fácilmente, en Barcelona, los trabajadores organizados de la CNT salieron a la calle con las armas que habían estado acumulando en secreto durante años y aplastaron a los militares sublevados en menos de 24 horas.

Durruti fue uno de los protagonistas directos de esa victoria. Las fotografías de aquellos días lo muestran en las barricadas, fusil en mano, con esa expresión que mezcla determinación y algo que solo puede describirse como alegría feroz. Estaba en su elemento. La revolución había llegado. Pero aquí empieza la parte que los libros de historia cuentan menos.

Porque en ese mismo momento en que Durruti se convertía en el héroe de Barcelona, en ese mismo instante de victoria, los engranajes que lo llevarían a la muerte 48 horas después de entrar en Madrid, ya habían empezado a moverse. Y los que los ponían en marcha no eran los fascistas de Franco, eran las personas que supuestamente luchaban por el mismo lado.

Barcelona, julio de 1936. Hace un calor sofocante. Las calles huelen a pólvora y a libertad, si es que la libertad tiene olor. Y durante unos días extraordinarios, únicos en la historia moderna de Europa, algo absolutamente imposible se vuelve real. Los trabajadores de Barcelona no solo han derrotado el golpe militar, han ido mucho más lejos.

Las fábricas han sido colectivizadas. Los obreros las gestionan directamente, sin patrones. sin accionistas, sin directores venidos de RBA. Los trambías funcionan gestionados por sus propios conductores. Los hoteles de lujo se convierten en hospitales y comedores populares. Las iglesias, símbolo para los anarquistas de siglos de opresión y alianza con el poder, arden en muchos barrios y por las Ramlas circulan hombres y mujeres con monos azules de trabajo y fusiles al hombro, que se tratan entre sí de igual a igual, sin jerarquías, sin saludos militares, sin

órdenes desde arriba. Durruti camina por esas calles y ve por primera vez en su vida lo que siempre creyó posible. No en los libros, no en los discursos, en la realidad. La anarquía, no el caos, sino la organización libre y voluntaria de las personas sin estado que las domine, está funcionando. Está funcionando de verdad y eso lo llena de una energía que sus compañeros describen como sobrehumana.

Duerme tr horas, come en pie, habla durante horas seguidas con obreros, milicianos, vecinos. Es en esos días cuando pronuncia la frase que quedará grabada para siempre en la historia del anarquismo español. La frase que define mejor que ninguna otra, ¿quién era Buenaventura Durrut? Nosotros no tememos las ruinas, vamos a heredar la tierra.

Eso no cabe la menor duda. La burguesía puede destruir su mundo antes de abandonar la escena de la historia, pero nosotros llevamos un mundo nuevo en nuestros corazones y ese mundo está creciendo en este instante. Pero mientras Durruti pronuncia esas palabras, mientras Barcelona vive su revolución efímera y gloriosa, desde Madrid llegan señales que él no quiere escuchar todavía.

El gobierno republicano, asustado, acorralado, pero todavía existente, empieza a enviar mensajes muy claros a los líderes de la CNT. La revolución social tendrá que esperar. Primero hay que ganar la guerra. Primero hay que derrotar a Franco. Después ya hablaremos de todo lo demás. Y aquí está la trampa.

Aquí está el nudo que va a apretar el cuello de Durruti durante los meses siguientes. Porque esa lógica, primero la guerra, luego la revolución, tiene una coherencia superficial que resulta muy difícil de rebatir en público. ¿Cómo explicas a un trabajador que prefieres mantener tu pureza ideológica mientras Franco avanza? ¿Cómo justificas rechazar los fusiles que viene de la Unión Soviética? Los únicos que están llegando en cantidad suficiente cuando las columnas fascistas están a pocos kilómetros.

Durruti lo intenta. Durruti argumenta que una revolución que renuncia a sus principios para ganar una guerra termina perdiendo las dos cosas. Que aceptar la disciplina militar burguesa es suicidarse como movimiento. Que los tanques de Stalin tienen un precio que no se paga en dinero, sino en libertad. Pero los argumentos de Durruti, por brillantes que sean, chocan contra una realidad brutal.

Su columna necesita armas, munición, comida, camiones y el gobierno republicano controla todo eso. La tenaza se cierra despacio. Y Durruti, que nunca en su vida había aceptado una orden de nadie, empieza a sentirla. Para entender lo que va a pasar en noviembre de 1936. Necesitáis entender la geografía del poder dentro del bando republicano, porque no era un bloque unido, era un volcán con múltiples cráteres y cada uno de ellos podía explotar en cualquier momento.

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