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EL REY QUE HUYÓ: Alfonso XIII abandonó España en 24 horas

María Cristina le enseñó protocolo, le enseñó diplomacia, le enseñó a moverse entre las grandes familias europeas. Lo que no pudo enseñarle, porque nadie puede enseñarlo, es cómo gobernar un país que está cambiando más rápido que sus instituciones. Porque España en el cambio de siglo era un polvorín.

El desastre de 1898 había sido una herida abierta en el alma nacional. Cuba, Puerto Rico, Filipinas. El último gran imperio español desapareció en cuestión de meses frente a la Armada estadounidense. La derrota fue militar, sí, pero sobre todo fue psicológica. España había sido durante siglos una potencia global.

De repente era un país de segunda fila en el mapa europeo, mirando con envidia y vergüenza a Francia, a Alemania, a Gran Bretaña. Esa crisis generó la generación del 98. Escritores, filósofos e intelectuales que se preguntaban con una honestidad brutal, ¿qué era España y hacia dónde iba? Unamuno, Azorín, Baroja, Ballenglán, hombres que escribían con visturí, que diseccionaban el alma española buscando la enfermedad.

Y lo que encontraban una y otra vez era una monarquía anclada en el pasado, una iglesia con demasiado poder, una oligarquía terrateniente que no quería cambiar nada porque el sistema les beneficiaba a ellos perfectamente. Alfonso XI llegó a la mayoría de edad en 1902 y asumió el poder directo con 16 años. 16 años.

Era físicamente imponente, alto, atlético, con un carisma natural que funcionaba especialmente bien en los actos públicos y con los militares. Le gustaba el ejército, le gustaban los aviones, los coches, el deporte. Cuéntanos en los comentarios de qué ciudad eres. Nos encanta saber de dónde nos ven. Era en cierto sentido, un rey moderno en su forma externa, pero en su pensamiento político era profundamente conservador, convencido de que su papel era preservar el orden, la unidad nacional y la institución monárquica a cualquier costo. Y ese a cualquier costo

fue su perdición. En 1923, cuando el general Miguel I de Rivera dio un golpe de estado, Alfonso XI tomó una decisión que marcaría su legado para siempre. No lo detuvo. Más que eso, lo apoyó. vio en la dictadura una solución conveniente al caos parlamentario que consumía al país. Pensó que Primo de Rivera haría el trabajo sucio, estabilizaría España y que luego la monarquía volvería a su lugar de siempre, limpia y reforzada.

Fue un error de cálculo monumental porque cuando la dictadura de Primo de Rivera colapsó en 1930, arrastrada por la crisis económica mundial y su propio agotamiento, la monarquía cayó con ella en términos de legitimidad. La izquierda, los republicanos, los regionalistas catalanes y vascos, los intelectuales, los estudiantes universitarios, todos apuntaban ahora al mismo blanco, no solo al sistema, sino al rey que había bendecido la dictadura.

Para 1931, Alfonso XI no era simplemente un monarca impopular, era el símbolo de todo lo que España quería destruir para reinventarse a sí misma. Y él, encerrado en su palacio, rodeado de cortesanos que le decían lo que quería escuchar, todavía no lo había entendido del todo. Hay un momento exacto en que Alfonso XI firmó su propia condena.

No fue en abril de 1931, fue 8 años antes, en una noche de septiembre de 1923, cuando un general andaluz con bigote espeso y voz de trueno llamó a la puerta de la historia española y el rey le abrió. Miguel I de Rivera era capitán general de Cataluña cuando decidió que España necesitaba un hombre fuerte. El país llevaba años en una espiral de violencia social, huelgas generales, atentados anarquistas en Barcelona y sobre todo el escándalo del anual.

Un desastre militar en Marruecos, donde habían muerto más de 10,000 soldados españoles en 1921. una masacre que exigía responsables. El parlamento estaba a punto de abrir una investigación que apuntaba directamente a la cadena de mando, una cadena que, según los rumores que corrían por los pasillos del poder, llegaba hasta el propio palacio real.

Primo de Rivera se adelantó con un golpe, declaró el estado de Derrá, suspendió la Constitución, disolvió el Parlamento. el manual clásico del dictador de entreras, el mismo que en esos años estaba ensayando Mussolini en Italia. Y Alfonso XI, que constitucionalmente tenía la obligación de defender el orden legal, de llamar a los generales leales, de proteger las instituciones, no hizo nada de eso.

Peor, legitimó el golpe. Le dio a Primo de Rivera el título de presidente del Consejo de Ministros. lo recibió en palacio, posó junto a él en fotografías oficiales y con ese gesto en apariencia pequeño, en apariencia pragmático, Alfonso XI destruyó algo que ningún rey puede reconstruir fácilmente. La idea de que la corona estaba por encima de los partidos, por encima de los generales, por encima del juego sucio del poder.

Desde ese día, la monarquía y la dictadura quedaron fusionadas en la mente de millones de españoles. Ahora bien, y esto es importante para ser justos con la historia, Alfonso tenía sus razones. El parlamentarismo español de los años 20 era un sistema de una corrupción casi cómica, dominado por el turno pacífico entre liberales y conservadores, que se alternaban en el poder mediante elecciones amañadas, lo que se llamaba el caciquismo.

Los caciques locales controlaban los votos rurales como si fueran ganado. Las cortes representaban a las oligarquías, no al pueblo. Alfonso veía el Parlamento con el mismo desprecio que muchos europeos de su generación veían las instituciones liberales como una farsa ineficiente. Pero su error no fue solo político, fue profundamente personal, porque Alfonso XI tenía una relación complicada, casi obsesiva con el ejército.

Le fascinaban los uniformes, las maniobras, la jerarquía militar. Pasaba más tiempo con generales que con ministros civiles. Se sentía más cómodo en un cuartel que en un debate parlamentario. Y esa fascinación lo hacía sistemáticamente ciego a los peligros que venían del lado militar y sistemáticamente sordo a las voces que le advertían sobre el creciente republicanismo en las ciudades, en las universidades, en los sindicatos.

La dictadura de Primo de Rivera duró 7 años. 7 años en que España fue modernizándose económicamente, se construyeron carreteras, se desarrolló la industria, llegó el boom de los años 20, pero políticamente se fue pudriendo por dentro. Sin parlamento, sin prensa libre, sin partidos legales, la oposición no desapareció.

Se radicalizó, se organizó en la clandestinidad y cuando la crisis económica de 1929 llegó a España y el milagro económico de Primo se desvaneció, lo que quedó fue una sociedad furiosa, organizada y sin ningún respeto por las instituciones que habían traicionado su confianza. Primo de Rivera renunció en enero de 1930, enfermo y agotado.

Murió en París dos meses después, solo y olvidado. Alfonso XI, con una frialdad que escandalizó incluso a sus propios aliados, prácticamente no mencionó su muerte en público. Lo abandonó en la memoria, igual que lo había usado en el poder. Pero el daño ya estaba hecho. Paña miraba a su rey y veía al hombre que había abrazado a un dictador y nadie, absolutamente nadie, estaba dispuesto a olvidarlo.

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