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SERRANO SUÑER: la traición del hombre que llevó España a los brazos de HITLER

Sus admiradores lo llamaban el arquitecto del nuevo estado. Sus enemigos, que los tenía dentro y fuera del régimen, lo llamaban el hombre que quería convertir España en una colonia alemana. Y tenían razones para pensarlo, porque Serrano Zuñer no solo copiaba estructuras, cultivaba relaciones, construía puentes directos entre Madrid y Berlín que saltaban por encima de los canales diplomáticos normales.

Tenía contacto personal con Heinrich Himbler, el jefe de la CSS. se reunía con Riventrop, el ministro de exteriores de Hitler, con una familiaridad que incomodaba incluso a los propios alemanes. Era demasiado entusiasta, demasiado dispuesto. En los informes internos de la diplomacia nazi, algunos funcionarios anotaron con cierta sorpresa que el cuñadísimo parecía querer la alianza más que ellos mismos.

En 1940, con Francia derrotada en seis semanas y Gran Bretaña sola contra el Reich, el momento pareció llegar. Europa estaba a punto de caer. Hitler era imparable y Serrano Suñer vio su gran oportunidad. Ese año fue nombrado ministro de asuntos exteriores. El hombre más proalemán del gobierno español tenía ahora en sus manos la política exterior de toda la nación y tenía una agenda muy clara, llevar a España al lado de los vencedores antes de que el reparto terminara.

En septiembre de 1940 viajó a Berlín no como turista, no como observador. Viajó como negociador, como el emisario de un régimen que estaba considerando seriamente unirse al eje. entró en la cancillería del Reich, vio a Hitler, habló con Rentrop durante horas y lo que prometió en aquellas salas, lo que ofreció, lo que estuvo dispuesto a ceder a cambio de territorios en el norte de África y una tajada del Imperio Colonial Francés tardó décadas en conocerse.

Los archivos no mienten. Las transcripciones están ahí y lo que revelan sobre aquel hombre, sobre aquellas conversaciones, sobre lo cerca que estuvo España de una catástrofe irreversible es lo que vamos a desenterrar en los próximos capítulos. Septiembre de 1940. El mundo estaba en llamas. Francia había caído en 46 días.

Polonia, borrada del mapa. Los Países Bajos, Bélgica, Dinamarca, Noruega, todos aplastados bajo la bota alemana. Londres ardía cada noche bajo los bombardeos de la luz base y Adolf Hitler, de pie en su cancillería, miraba el mapa de Europa con la satisfacción de un hombre que cree que ya ha ganado. Solo quedaba un detalle, cerrar el Mediterráneo, cortar a los británicos de sus rutas coloniales, tomar Gibraltar y para eso necesitaba a España.

Ramón Serrano Zuñer llegó a Berlín el 16 de septiembre de 1940 con una delegación de funcionarios, intérpretes y asesores. Pero la verdadera negociación no ocurrió en salas oficiales con protocolos diplomáticos. Ocurrió en privado, en despachos cerrados, con el sonido apagado de la maquinaria del Reich funcionando al fondo.

Riventrop lo recibió con efusividad. Los alemanes habían preparado el escenario con precisión. banquetes, visitas a instalaciones militares, reuniones con altos mandos de las SS, todo diseñado para impresionar, para seducir, para recordarle al cuñadísimo que estaba siendo invitado al club de los vencedores. Serrano Suñer no necesitaba que lo convencieran, ya estaba convencido.

En aquellas reuniones, el ministro español desplegó una generosidad que dejó perplejos incluso a los negociadores alemanes más experimentados. Ofreció bases militares en las Islas Canarias para la Marina y la Aviación Alemana. Habló de coordinación estratégica en el norte de África. Discutió la posibilidad de que España entrara oficialmente en la guerra una vez que las condiciones fueran favorables.

A cambio pedía territorios. Marruecos francés, Orán, una ampliación del Sájara español. Cuéntanos en los comentarios de qué ciudad eres. Nos encanta saber de dónde nos ven. El precio de la traición estaba sobre la mesa, escrito en tinta, firmado con la elegancia de un abogado que sabe exactamente lo que está haciendo.

Pero hubo algo que los archivos revelan y que la historia oficial española tardó décadas en reconocer. Serrano Suñer fue más allá de su mandato. Franco le había dado instrucciones de explorar, de escuchar, de tantear, no de prometer. Y sin embargo, el ministro prometió. habló en nombre de España con una autoridad que nadie le había concedido del todo, impulsado por su propia visión, por su propia ambición, por esa certeza fría que la guerra civil había instalado en él como un virus permanente.

Cuando regresó a Madrid, Franco lo escuchó en silencio y no dijo nada, porque Franco nunca decía nada cuando no era necesario, pero algo había cambiado entre los dos hombres, una fisura minúscula, casi invisible. La primera grieta en el edificio del poder compartido. El cuñadísimo aún no lo sabía, pero el reloj había empezado a correr.

El 23 de octubre de 1940, en la pequeña localidad francesa de Endaya, junto a la frontera española, ocurrió una de las reuniones más enigmáticas de toda la Segunda Guerra Mundial. Adolf Hitler y Francisco Franco se encontraron cara a cara por primera y única vez en la historia. 9 horas de conversación, 9 horas que terminaron sin acuerdo, sin firma, sin compromiso concreto.

Hitler regresó a Berlín frustrado. Meses después le confesó a Mussolini que prefería que le sacaran tres o cuatro muelas a volver a reunirse con Franco. Pero lo que la historia oficial no siempre cuenta es el papel que Serrano Suñer jugó en aquella reunión. Él estaba allí sentado a la mesa, tomando notas, interviniendo, traduciendo matices políticos.

Y fue él quien había preparado el terreno para ese encuentro. Elkin había convencido a los alemanes de que España estaba lista para negociar en serio. Él, quien había inflado las expectativas de Berlín hasta un punto que Franco, con su instinto de supervivencia perfectamente calibrado, nunca estuvo dispuesto a satisfacer del todo.

Franco pedía demasiado. Los alemanes ofrecían demasiado poco. Y en medio de ese regateo histórico, Serrano Suñier empujaba hacia delante mientras su cuñado frenaba con discreción. ¿Qué quería exactamente Hitler en Endaya? Era simple y brutal que España entrara en la guerra, que permitiera el paso de tropas alemanas por su territorio para atacar Gibraltar desde Tierra y que cerrara el estrecho a la flota británica.

A cambio ofrecía territorios coloniales en África, pero con una trampa. Los territorios que prometía eran en su mayoría franceses y Alemania aún necesitaba a la Francia de Bichí como gobierno colaboracionista. Prometer el norte de África a España, significaba enfurecer a los franceses. Era un juego de trileros a escala continental.

Franco lo vio y Franco esperó. Serrano Suñer, en cambio, seguía creyendo que el acuerdo era posible, que era deseable, que era inevitable. Siguió manteniendo canales directos con Berlín después de Endaya. Siguió enviando señales de que España podría moverse si las condiciones mejoraban. Y cuando en junio de 1941 Hitler invadió la Unión Soviética, Serrano Suñer vio una nueva oportunidad que era, al mismo tiempo la más peligrosa de todas.

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