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“Yoko Ono: La Odiaron 50 Años por Esto… Pero Nadie Te Contó la Historia Completa

Yoko describía banquetes en voz alta, decía qué había en cada plato, cómo olía, qué textura tenía. y sus hermanos cerraban los ojos y comían con la mente. Su hijo Sean Lennon diría décadas después que ahí nació el arte de su madre, en esos campos de Nagano, en esa casita con el techo sin terminar, en la idea de que imaginar algo puede tener efectos reales sobre el cuerpo y sobre el alma.

Cuando Japón se rindió en agosto de 1945, la familia regresó a Tokio. Pero el Tokio al que volvieron no era el mismo. La ciudad estaba en ruinas. La aristocracia bancaria a la que pertenecían los sono ONO había perdido buena parte de su fortuna. El servicio doméstico había desaparecido. El mundo de privilegio que había dado forma a la infancia de Yoko no existía más.

Y ella aprendió con 12 años la lección más brutal que puede aprender un ser humano. Todo lo material puede desaparecer en una noche. Lo único que no puede ser bombardeado es lo que llevas adentro. Hay una pregunta que los críticos de arte llevan décadas haciéndose sobre yo o no. ¿Por qué el minimalismo? ¿Por qué las instrucciones? ¿Por qué esa insistencia en obras que parecen casi vacías que consisten en una palabra, en un gesto, en una acción que dura segundos? La respuesta está en Nagano.

Cuando todo lo que tenías puede intercambiarse por un puñado de arroz, cuando los quimonos bordados se convierten en moneda de supervivencia, aprendes algo que no se aprende en los libros de arte, que los objetos no son nada, que lo que vale es la experiencia, el gesto, la idea. Y cuando no puedes comer, aprendes que imaginar la comida puede ser suficiente para mantenerte vivo un día más.

Eso es lo que hace Yoko en sus event scores, en sus instrucciones, en sus obras mínimas. No está siendo pretenciosa. Está traduciendo la lección más brutal de su infancia al único idioma que sabe hablar. La imaginación es el único recurso que no se puede bombardear. En 1964 publicó un libro llamado Grepefruit. No era un libro de poemas ni un libro de ensayos.

Era una colección de instrucciones para experiencias imposibles o invisibles. Instrucción para una pintura. Caba un agujero en el suelo y mira el cielo a través de él. Instrucción para una pieza musical. Escucha el sonido de la tierra girando. Instrucción para un cuadro. Imagina el color del viento. John Lennon leyó grapefruit antes de conocer a Yoko en persona y algo en esas instrucciones hizo cortocircuito en él, porque también él estaba buscando una salida del mundo material que lo tenía atrapado.

El dinero, la fama, las mansiones, los discos de platino, todo eso y aún así sentirse vacío. Yoko le ofreció un lenguaje para ese vacío. dijo sin palabras que lo que importa no puede comprarse ni venderse, que lo único real es lo que imaginas. Y Lennon, que había vendido 300 millones de discos, que tenía más dinero del que podría gastar en 10 vidas, escuchó eso y sintió que alguien finalmente le estaba hablando en su idioma.

Yoko llegó a Nueva York en los años 50 con el equipaje exacto que se espera de una hija de la élite japonesa de posguerra, modales impecables, formación musical de alto nivel, un apellido que en Japón todavía significaba algo y una capacidad para entrar en cualquier habitación y hacer que esa habitación se sintiera más interesante.

Se inscribió en el Sara Lawrence College a las afueras de Nueva York, conocido por su énfasis en las artes y las humanidades. Estudió composición y poesía contemporánea y empezó a frecuentar los círculos de la vanguardia artística neoyorquina, ese ecosistema de lofts, happenings y experimentos sonoros que en los años 50 y 60 estaba reinventando lo que el arte podía ser.

Ahí encontró su tribu. No eran las familias banqueras de Tokio. No eran los herederos de los clanes Yasuda. Eran músicos que componían con silencio. Artistas que hacían obras que no se podían colgar en una pared, poetas que escribían instrucciones para experiencias que nadie había tenido todavía. Y en ese mundo algo en Yoko no encendió.

En 1956 tomó la decisión que lo cambiaría todo. Se enamoró de Toshi Io Ihanagi, un compositor y pianista japonés profundamente inmerso en la música experimental y la vanguardia y decidió casarse con él contra la voluntad explícita de sus padres. La familia Ono la desheredó. No es una metáfora. La cortaron.

Le quitaron el nombre del testamento, le cerraron la puerta económica que su linaje le había garantizado desde el nacimiento. Y Yoko eligió quedarse sin la herencia para vivir de su propio trabajo, para construir algo propio. Lo que vino después no fue glamoroso. Trabajó como secretaria, como profesora de arte japonés en la Japan Society.

Alquiló un loft en Chambers Street en el Bajo Manhattan con dinero que ganaba por hora. y convirtió ese espacio en algo que el mundo del arte tardaría décadas en entender completamente. Suoft se convirtió en epicentro de la vanguardia neoyorquina. La gente iba a ver performances que no seguían ninguna lógica conocida, a escuchar música que no sonaba a música según los estándares del momento, a participar en experimentos donde el arte y el cuerpo y la experiencia del espectador eran la misma cosa.

En 1964, Yoko presentó en Tokio una obra que se convertiría en uno de los hitos del arte del siglo XX. se sentó en el suelo de un escenario, dejó unas tijeras frente al público y esperó. La instrucción era simple, corta. El público podía acercarse y cortar pedazos de su ropa, un trozo del vestido, un botón, una manga, lo que quisieran.

Ella se quedaba inmóvil, expuesta, sin defenderse ni provocar. La obra se llamó Cut Peace y lo que mostraba era algo que la niña de Nagano ya había aprendido en los campos durante la guerra. que el cuerpo puede ser despojado de todo, que la ropa, como los quimonos intercambiados por arroz es solo materia, que lo que permanece cuando te quitan todo es más interesante que lo que tenías antes.

Esa mujer, la de Loften Chambers Street, la de Cat Peace, la de las instrucciones para experiencias invisibles, era quien era Yoko antes de que John Lennon pusiera un pie en su vida. antes de los bitos, antes del escándalo, antes de que el mundo decidiera que su única historia era la de la mujer que arruinó al grupo de rock más famoso de la historia.

Y si eres de los que creen que Yoko no tenía talento propio y vivía del genio de su marido, te pido que guardes esa opinión unos minutos más, porque la historia de lo que viene después es más complicada que ese titular, mucho más complicada. Antes de Lennon hubo otro hombre. Su nombre era Anthony Cox, cineasta y productor de arte estadounidense, vinculado a los mismos circuitos experimentales donde Yoko se movía.

Se conocieron en 1961 cuando Cox fue a ver su trabajo en una exposición en Tokio y quedó fascinado. Se casaron dos veces. La primera en noviembre de 1962, matrimonio que fue anulado porque el divorcio de Yoko con Ichyanaji no estaba completamente formalizado, la segunda en junio de 1963, cuando todo quedó en orden legal.

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