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La Caída del Expolicía que Mató a su Jefe Narco y Desató una Guerra en Guayaquil

Un expicía que traficaba cocaína para los carteles mexicanos, un sicario de confianza que lo traicionó desde adentro y una guerra criminal que convirtió a Ecuador en el país más peligroso de su historia. Todo empezó con un solo disparo en una cafetería de centro comercial. Lo que vas a ver hoy no es un rumor, no es una hipótesis, es el expediente completo de cómo un hombre destruyó un país y cómo ese país lo destruyó a él.

Ah. el 28 de diciembre de 2020, a Las 6 de la tarde, siete balas atravesaron el aire acondicionado de una cafetería en el mal del Pacífico, en la ciudad portuaria de Manta, Ecuador. Afuera, la gente hacía sus compras de fin de año. Adentro, un hombre de 39 años se desplomó sobre la mesa antes de que nadie pudiera reaccionar.

Su nombre era Jorge Luis Zambrano González. En los archivos del crimen organizado ecuatoriano, ese nombre no significaba nada para el ciudadano común. Pero en las calles de Guayaquil, en las cárceles del país, en las oficinas de inteligencia de tres países, ese nombre lo significaba todo. Alias JL, alias Rasquiña, el líder máximo de los choneros, la banda criminal más grande que Ecuador había producido en toda su historia.

Siete disparos, una sola víctima, ningún testigo que hablara, tres procesados en los meses siguientes, tres liberados y una investigación que nunca llegó a ningún lado, al menos no en los tribunales. Lo que sí quedó absolutamente claro años después, cuando los chats cifrados del narcotraficante Leandro Norero cayeron en manos de la fiscalía en el llamado caso metástasis.

es que detrás de ese disparo había una cadena de decisiones, dinero, traiciones y cálculos fríos que se remontaban a meses atrás. Y en el centro de esa cadena había un hombre que en ese momento todavía no era famoso. Un hombre que había nacido en una parroquia costera de 20,000 almas, que había intentado entrar a la Armada del Ecuador y había fracasado y que a sus 30 y pocos años ya controlaba pistas de aterrizaje clandestinas, una nómina de policías corruptos y una línea directa con el cartel de Sinaloa.

Su nombre era Carlos Omar cada ascensio y el asesinato de Rasquiña fue apenas el primer acto de una tragedia que estaba por devorar a Ecuador entero. Cuando Rasquiña cayó muerto en esa cafetería, la estructura que había mantenido a raya la guerra entre bandas durante años se evaporó en segundos. Los lobos, los tiguerones, los águilas, los fatales, los chon killers, cada uno de ellos con sus propias armas.

Sus propios territorios, sus propios aliados mexicanos dejaron de tener un árbitro en común. Lo que vino después no fue simplemente violencia, fue una reconfiguración total del mapa criminal de un país que no estaba preparado para recibirla. En menos de 3 años, Ecuador pasó de ser un país de tránsito tranquilo a convertirse en uno de los territorios más peligrosos del hemisferio occidental.

Las calles de Guayaquil se vaciaban antes de que cayera la noche. Los colegios recibían amenazas de extorsión a nombre de bandas que exigían cuotas semanales. Las cárceles del país ardieron literalmente con masacres que dejaban decenas de muertos en patios que el Estado había abandonado hace tiempo. Y en los mercados internacionales del narcotráfico, Ecuador dejó de ser mencionado como un destino y empezó a ser mencionado como un problema.

Todo eso con un solo hombre como detonante, un hombre que había calculado cada movimiento con la frialdad de quien sabe exactamente lo que tiene entre manos. Un hombre que entregó información explosiva a las autoridades y la vio caer en las manos equivocadas. Un hombre que sobrevivió dos atentados en 15 días antes de que su propio círculo íntimo le pusiera fin.

Esta es la historia de Carlos Cada. No la historia que los medios contaron, la historia completa con todos sus engranajes, todas sus traiciones y todo el peso de lo que dejó atrás. Hay países que producen instituciones y hay países que producen a Carlos Cada. La diferencia entre los dos no está en la geografía, está en lo que el Estado decidió ignorar durante décadas.

 Lo que viene ahora es peor de lo que imaginas. Antes de que fuera el hombre que cambió Ecuador, fue un pescador sin barco en una costa que nadie miraba. Y eso resulta ser la parte más peligrosa de toda la historia. Quédate porque lo que te vamos a contar sobre cómo nació este monstruo explica cada cuerpo que apareció después.

Para entender a Carlos Cada hay que entender primero el territorio que lo produjo. Chandui, una parroquia rural de aproximadamente 20,000 personas en la costa sur de Ecuador. Hoy parte de la provincia de Santa Elena, un lugar donde el océano Pacífico llega con fuerza y el estado ecuatoriano llega con debilidad.

Comunidades de pescadores y agricultores, pistas de tierra que conectan recintos remotos, playas abiertas al viento y a quien sepa leerlas. Para quien conoce el negocio del narcotráfico, esa geografía no es un paisaje, es una infraestructura, pistas rurales de 800 900 m de largo, con visibilidad suficiente para ver acercarse luces desde lejos, alejadas de carreteras principales, conectadas por caminos de tierra que se borran con la primera lluvia.

 En el lenguaje del narco, eso no es un problema logístico, es una solución. Fue aquí donde nació Carlos Omar Cada Ascensio en 1988. Creció en una familia trabajadora de esa costa olvidada. Desde joven mostró una inteligencia práctica, una facilidad de palabra y una ambición que el mundo de la pesca y la agricultura simplemente no podía satisfacer.

 Ese tipo de combinación en ese tipo de territorio no tiene muchas salidas disponibles. Cada lo intentó por la vía formal. Intentó ingresar a la Armada del Ecuador. No lo logró. fue expulsado de la institución por indisciplina antes de terminar el proceso. El mismo estado que años después no pudo atraparlo a tiempo, fue también el primero en cerrarse ante él.

 Antes de los 25 años, cada ya se movía en los círculos del microtráfico. Vendía gramos de droga en las calles, el escalón más bajo y más peligroso del negocio, donde los márgenes son mínimos y los riesgos son máximos. Pero cada era un observador, alguien que no veía el presente, sino la estructura. ¿Quién mandaba a quién? ¿Quién resolvía los problemas que otros no podían resolver? ¿Y qué había exactamente más arriba? Los registros del año 2017 documentan una denuncia de extorsión cuyo origen, según las fechas, se remonta al año 2013.

Una mujer de 55 años recibió una llamada de alguien que se identificó como un mayor de la policía. Le ofrecía borrar una deuda bancaria a cambio de dinero. Carlos Cada era el hombre que iba a recoger el efectivo en persona. Durante años, la extorsión continuó. La víctima entregó cerca de $15,000 antes de atreverse a denunciar.

 El caso llegó a un juez. El juez determinó que no había pruebas suficientes para condenar. Cada quedó libre y la impunidad en el mundo criminal no es un accidente, es el primer escalón del ascenso. Fue en ese periodo, moviéndose entre el microtráfico costero y los esquemas de extorsión telefónica. Cuando Carlos Cada entró en el radio de acción de Wiler, Emilio Sánchez Farfán, conocido en los archivos del crimen organizado como Gato Farfán, el hombre más importante del narcotráfico ecuatoriano de su generación.

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