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PRIETO: el ministro que bloqueó las armas, fusiló a sus aliados y culpó a los demás

monstruos más peligrosos de la historia no son los que llegan gritando, son los que llegan prometiendo salvación. Indalecio Tuero nació el 30 de abril de 1883 en Oviedo, Asturias. Hijo de una familia trabajadora que no tardó en quedarse sin nada. Su padre murió cuando él era niño. Su madre lo llevó a Bilbao buscando trabajo, buscando algo parecido a una vida digna en una ciudad que crecía con el humo de los altos hornos y el ruido metálico de los astilleros.

No fue a la universidad, no tuvo mentores ilustres. se educó a sí mismo en las bibliotecas obreras, en los mítines sindicales, en las redacciones de periódicos donde empezó a trabajar desde adolescente y ahí descubrió su arma más poderosa. las palabras. Tenía una inteligencia brutal, no la inteligencia fría y calculadora del tecnócrata, sino la inteligencia viva, eléctrica, del hombre que ha tenido que ganarse cada centímetro de terreno con el ingenio porque no tenía otra cosa con que pelear. Cuando hablaba en público,

la gente lo seguía. Cuando escribía en la prensa, la gente lo leía y repetía sus frases. Cuando discutía en el Congreso, hacía que sus adversarios parecieran pequeños y torpes, aunque tuvieran todos los títulos del mundo colgados en la pared. Para 1930,  era una de las figuras más influyentes del Partido Socialista Obrero Español.

No el más querido, porque su carácter era difícil, su lengua era afilada y su ego era considerable. Pero sí el más temido. Y en política el miedo a menudo vale más que el cariño. Cuando llegó la Segunda República en 1931,  llegó con ella al poder. Ministro de Hacienda primero, ministro de obras públicas después.

Un hombre que nunca había terminado la escuela primaria estaba ahora dirigiendo las finanzas y las infraestructuras de una nación entera. Y lo hacía bien, con visión, con energía. con esa convicción absoluta de que él sabía mejor que nadie lo que había que hacer. Y ahí, precisamente ahí estaba la semilla del problema.

Porque hay un tipo de hombre muy particular que resulta extraordinario en tiempos de paz y devastador en tiempos de crisis. Es el hombre que confunde su propia certeza con la verdad, el que escucha las opiniones de los demás como ruido de fondo mientras espera el momento de hablar él. El que cuando las cosas van mal no se pregunta qué hizo mal, sino quién le traicionó.

era ese hombre. En julio de 1936, cuando los militares se levantaron contra la República y España se partió en dos, se convirtió en una pieza central del gobierno de Derra. Y en 1937, el presidente Manuel Azaña y el primer ministro Juan Negrín le dieron el cargo que lo convertiría en uno de los hombres más poderosos del bando republicano y también, según los documentos que vamos a revisar, en uno de sus más letales obstáculos internos.

Le nombraron ministro de Defensa Nacional, el hombre que controlaba las armas, los aviones, los barcos, las municiones. El hombre que decidía qué frente recibía refuerzos y cuál no. El hombre que en teoría debía ser el escudo de la República. Y es aquí donde la historia se pone oscura, muy oscura. Hay una fecha que los historiadores de la guerra civil mencionan con cierta incomodidad.

El 17 de mayo de 1937, ese día, Indalecio tomó posesión formal del Ministerio de Defensa Nacional en Valencia. Las fotografías de ese momento muestran a un hombre corpulento, de traje oscuro, con esa mirada intensa que tantas veces había conquistado auditorios enteros. A su alrededor, generales, funcionarios, periodistas afines, todos convencidos de que la República acababa de poner sus fuerzas armadas en las mejores manos posibles.

Lo que nadie vio en esa fotografía fue lo que llevaba dentro. No era optimismo, no era determinación de victoria, era algo que él mismo describiría años después en sus memorias con una honestidad que hiela la sangre.  llegó al Ministerio de Defensa convencido de que la guerra estaba perdida. Eso no es una interpretación, eso está escrito en sus propias palabras.

En el texto que publicó en México en 1939 bajo el título cómo y por qué salí del Ministerio de Defensa Nacional, admite que desde los primeros meses de su gestión dominaba en él un pesimismo irreductible sobre las posibilidades de la República. Un pesimismo que, según él, tenía bases racionales. El ejército estaba desorganizado. La ayuda soviética tenía condiciones políticas inaceptables.

Los anarquistas no obedecían órdenes. Los comunistas tenían su propia agenda. Todo en su visión conspiraba contra la victoria. Pero aquí viene la pregunta que ningún biógrafo favorable a ha podido responder de forma satisfactoria. Si creías que la guerra estaba perdida, ¿qué decisiones tomabas cada día desde el sillón de ministro? ¿Con qué criterio distribuías los recursos? ¿En qué dirección apuntabas el esfuerzo colectivo de decenas de miles de hombres que seguían creyendo que podían ganar? Cuéntanos en los comentarios de qué

ciudad eres. Nos encanta saber de dónde nos ven. El general Vicente Rojo, jefe del Estado Mayor Republicano y uno de los estrategas militares más brillantes de la guerra, dejó escrito en sus memorias que las relaciones con eran permanentemente tensas y que en múltiples ocasiones las solicitudes de material que llegaban del frente tardaban semanas en recibir respuesta del ministerio. cuando la recibían.

Rojo era un militar profesional, disciplinado, sin filiación política marcada. No era un enemigo ideológico de  era simplemente un hombre que necesitaba que el ministerio funcionara y que veía cómo no funcionaba. El caso más documentado y más brutal es el de la batalla de Teruel. Diciembre de 1937, el Estado Mayor Republicano planea una ofensiva sobre Teruel, una ciudad en manos de los nacionales con el objetivo de aliviar la presión sobre el frente de Madrid y demostrar que la República aún tenía capacidad ofensiva.

El general Rojo diseña la operación con precisión. Los soldados avanzan bajo temperaturas de 20 gr bajo 0. En los primeros días, contra todo pronóstico, la ofensiva funciona. Teruel cae en manos republicanas el 8 de enero de 1938. Es el único momento en toda la guerra en que las fuerzas republicanas conquistan una capital de provincia en manos enemigas.

Y entonces Franco contraataca. El contraataque franquista es brutal. masivo, coordinado. Los republicanos necesitan refuerzos urgentes, necesitan munición, necesitan piezas de artillería. Las peticiones llegan al ministerio y en el ministerio, según los documentos del archivo histórico nacional consultados por el historiador Ángel Viñas en su trilogía sobre la República, las respuestas llegan tarde, incompletas o simplemente no llegan.

Teruel vuelve a caer en manos de Franco el 22 de febrero de 1938. La República pierde no solo la ciudad, sino miles de sus mejores soldados y una cantidad de material que nunca podrá reemplazar. El Frente de Aragón queda expuesto. Tres semanas después, Franco lanza su gran ofensiva sobre el Mediterráneo y parte literalmente en dos el territorio republicano.

Muchos historiadores consideran que la pérdida de Terwel fue el punto de inflexión definitivo de la guerra, el momento en que la derrota dejó de ser una posibilidad y se convirtió en una cuestión de tiempo. Y en el centro de ese momento, firmando papeles, atendiendo reuniones, respondiendo telegramas con días de retraso, estaba Indalecio Hay un nombre que en la historia oficial del socialismo español aparece apenas como una nota al pie.

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