La Segunda República proclamada en abril de 1931 tras la caída de Alfonso XI había llegado cargada de promesas. Reforma agraria para los jornaleros del sur, que llevaban siglos trabajando tierras que no eran suyas. Separación entre la Iglesia y el Estado. Modernización del ejército, hinchado de oficiales y escaso de soldados útiles.
Autonomía para Cataluña y el País Vasco. Educación laica y universal. En el papel, un programa ambicioso y razonable para un país que llevaba décadas de retraso respecto a sus vecinos europeos. Pero cada reforma chocaba con una resistencia feroz. Los terratenientes de Andalucía y Extremadura no tenían ninguna intención de repartir sus tierras.
La jerarquía católica consideraba las leyes de secularización un ataque directo a la civilización cristiana. Los generales africanistas, forjados en las guerras coloniales de Marruecos, despreciaban a los políticos civiles y consideraban que el ejército era el verdadero guardián de la unidad nacional.
Y los movimientos obreros, anarcosindicalistas y comunistas, impacientes ante la lentitud de los cambios, radicalizaban sus posiciones y sus métodos. En ese contexto explosivo, Emilio Mola ocupaba un lugar privilegiado y peligroso. Como director general de seguridad durante la dictadura de Primo de Rivera y los últimos años de la monarquía, había construido uno de los aparatos de inteligencia más completos de la historia española hasta entonces.
tenía ficheros sobre políticos, sindicalistas, intelectuales, militares. Conocía los secretos de personas que ahora ocupaban puestos de poder en la República. Y cuando el nuevo gobierno lo apartó del cargo y lo envió destinado a Pamplona, lejos de Madrid y aparentemente fuera de juego, Mola no se retiró, se puso a trabajar.
Pamplona era en realidad el lugar perfecto para conspirar. Capital de Navarra, bastión del carlismo, territorio donde la tradición religiosa y el militarismo conservador se mezclaban en proporciones explosivas. Los requetés carlistas, con sus boinas rojas y su fervor casi medieval, llevaban años entrenando en los montes navarros, preparándose para una guerra santa que consideraban inevitable.
Mola los encontró listos y empezó a tejer. Hay una imagen que los historiadores repiten con frecuencia cuando hablan de mola en aquellos meses de 1936. La de un hombre sentado en su despacho de Pamplona, rodeado de mapas, listas de nombres y montañas de correspondencia cifrada, trabajando hasta las 3 de la madrugada, mientras el resto de la ciudad dormía.
No era un general romántico de los que arengan a sus tropas con la espada en alto. Era algo más peligroso. Era un organizador, un hombre que pensaba en redes, en nodos, en puntos de fallo y contingencias. un ingeniero del golpe de estado. Desde enero de 1936, Mola había comenzado a enviar lo que él mismo llamaba instrucciones reservadas a una red creciente de oficiales militares repartidos por toda España y el Protectorado de Marruecos.
Esas instrucciones no eran vagas declaraciones de intenciones patrióticas, eran documentos operativos detallados. ¿Qué unidades debían sublevarse? En qué orden, a qué hora. ¿Cómo neutralizar a los mandos leales a la República? ¿Cómo controlar las comunicaciones? ¿Cómo gestionar a la población civil en los primeros días críticos? Mola había aprendido bien su oficio en los años de la Dirección General de Seguridad.
Sabía que los golpes fracasan por los detalles, no por falta de entusiasmo. El documento más revelador que conservamos de esta etapa es la llamada instrucción reservada número uno, fechada en abril de 1936. En ella, Mola describía con una precisión casi burocrática el objetivo del alzamiento, no simplemente derrocar al gobierno, sino eliminar de raíz cualquier posibilidad de resistencia.
Cuéntanos en los comentarios de qué ciudad eres. Nos encanta saber de dónde nos ven. Las palabras exactas que escribió son estas. Se tendrá en cuenta que la acción ha de ser en extremo violenta para reducir lo antes posible al enemigo, que es fuerte y bien organizado. Desde luego, serán encarcelados todos los directivos de los partidos políticos, sociedades o sindicatos no afectos al movimiento, aplicándoles castigos ejemplares a dichos individuos para estrangular los movimientos de rebeldía o huelgas.
No era retórica, era un plan. Y ese plan puesto en práctica en los territorios que el ejército fue tomando durante los primeros meses de la guerra, se tradujo en miles de fusilamientos sumarios, en sacas nocturnas, en cunetas llenas de cuerpos. Federico García Lorca fue una de las víctimas más conocidas, pero hubo decenas de miles de personas anónimas, maestros de escuela, alcaldes de pueblo, sindicalistas, médicos que murieron aplicando a la letra las instrucciones que mola había redactado en su despacho de Pamplona. Lo
paradójico, lo que hace de mola un personaje histórico de una complejidad perturbadora es que no era un fanático. No tenía el fervor religioso de los carlistas ni la ideología fascista de los falangistas. era en el fondo, un militar profesional del siglo XIX que había llegado a la conclusión de que la República era incompatible con el orden que él consideraba necesario y que para restaurar ese orden era preciso simplemente matar a suficiente gente con la misma frialdad con que un cirujano habla de amputar un miembro para salvar
al paciente. Existe una fecha que muy pocos manuales escolares mencionan con la claridad que merece. El 23 de junio de 1936, 24 días antes del alzamiento, Mola recibió una carta de Francisco Franco. En esa carta, Franco expresaba sus dudas sobre el golpe. No estaba seguro de que las condiciones fueran las adecuadas.
No estaba convencido de que el ejército estuviera suficientemente unido. Pedía garantías, más tiempo, más preparación. Algunos de sus colaboradores más cercanos, que conocieron el contenido de aquella correspondencia, recordaron después que Mola la leyó en silencio, la dejó sobre la mesa y dijo, con una sequedad que no admitía réplica, “Este hombre no se decide nunca.
La relación entre Mola y Franco en los meses previos al golpe es uno de los episodios más fascinantes y menos estudiados de la historia española contemporánea. No eran enemigos, pero tampoco eran aliados naturales. Mola era el organizador, el hombre de las redes y los documentos secretos. Franco era el general más famoso del ejército, el héroe de Anual y el RIF, el hombre cuya sola adhesión podía inclinar a decenas de oficiales indecisos.
Mola lo necesitaba, pero necesitarlo no significaba confiar en él. Franco, por su parte, llevaba meses manteniendo contactos con todos los bandos. había enviado señales ambiguas tanto a los conspiradores como al gobierno republicano. En marzo de 1936 escribió al presidente del gobierno una carta en la que expresaba su lealtad a la República.
En mayo mantenía conversaciones con los organizadores del golpe. Era un equilibrista que no quería caer del lado equivocado antes de saber cuál era el lado ganador. Y esa cautela, que en otro contexto podría llamarse prudencia, en el lenguaje de Mola tenía otro nombre, cobardía. Hubo un momento en que Mola estuvo a punto de lanzar el alzamiento sin franco.
Los documentos que conservamos de julio de 1936 muestran que el general Navarro había contemplado seriamente esa posibilidad. Tenía comprometidos a generales en Marruecos, en Aragón, en Galicia, en Navarra. Tenía los requetés carlistas listos para movilizarse. Tenía contactos con Mussolini y para el suministro de aviones.
Podía prescindir de Franco si era necesario. Fue el asesinato del líder derechista José Calvo Sotelo el 13 de julio de 1936, lo que aceleró los tiempos y convenció definitivamente a Franco de unirse. crimen cometido por agentes de la policía republicana en una espiral de violencia política que se había descontrolado, escandalizó a la opinión conservadora española y proporcionó a los conspiradores el argumento moral que necesitaban.
El alzamiento estaba justificado. La República era incapaz de mantener el orden. Franco subió al avión que lo llevaría a Marruecos y Mola. dio la orden de inicio. Lo que ocurrió después fue una lección brutal sobre la diferencia entre organizar una revolución y capitalizarla. Mola había construido la máquina.
Franco sabía mejor que nadie cómo conducirla. Para comprender la magnitud de lo que Mola construyó entre enero y julio de 1936, hay que imaginar España como un mapa lleno de puntos de luz conectados por hilos invisibles. Cada punto es un oficial, un político conservador, un cacique regional, un líder carlista, un contacto en una embajada extranjera.
Y todos esos hilos convergen en un único nodo, el despacho de Pamplona donde Mola trabajaba en la oscuridad añadiendo nombres, comprobando lealtades, calculando probabilidades. La red era extraordinaria para los medios de la época. Mola se comunicaba mediante cartas cifradas entregadas en mano por correos de confianza, mediante conversaciones en domicilios privados, mediante intermediarios que viajaban entre ciudades con mensajes memorizados.
El sistema de seguridad era imperfecto, como se demostró cuando el gobierno republicano recibió varios informes sobre la conspiración en los meses previos al alzamiento. Pero el ejecutivo de Manuel Afaña, paralizado entre la incredulidad y el temor a provocar precisamente lo que quería evitar, no actuó con la contundencia necesaria.
Mola lo sabía y contaba con ello. Entre los conspiradores que Mola reclutó personalmente, hay tres figuras que merecen atención especial. La primera es el general Gonzalo Keipo de Llano, que tomaría Sevilla en las primeras horas del alzamiento con un puñado de hombres en una operación de una audacia rayana en el delirio, apostando todo a que la velocidad y la sorpresa paralizarían a la guarnición republicana antes de que pudiera reaccionar.
Keo era impredecible, borrachín y brillante. Exactamente el tipo de oficial que Mola necesitaba para las misiones que requerían improvisación y nervios de acero. La segunda figura es el general Manuel Godet, destinado en Baleares, a quien Mola encomendó la tarea de sublevar Barcelona. Era la pieza más ambiciosa del plan.
Si caía la capital catalana, la República quedaba prácticamente decapitada. Godet viajó en avión a Barcelona el 19 de julio de 1936. Tomó el cuartel de Capitanía y durante unas horas pareció que el golpe en Cataluña iba a triunfar. Pero los anarcos sindicalistas de la CNT, armados y movilizados con una velocidad que nadie había anticipado, aplastaron el alzamiento en las calles.
Godet fue capturado, obligado a emitir un mensaje de rendición por radio y fusilado meses después. Fue el primer gran fracaso del plan de Mola. La tercera figura es la más siniestra, el general Gonzalo Keipo de Llano en Andalucía, que estableció un régimen de terror en los territorios bajo su control, que anticipaba lo que vendría después en toda la España Nacional.
Sus radiodifusiones nocturnas desde Radio Sevilla, donde amenazaba con violaciones y asesinatos a los republicanos con un lenguaje de una brutalidad obscena. Escandalizaron incluso a algunos de sus propios compañeros de armas, pero nadie lo detuvo porque el terror, como había escrito Mola en sus instrucciones reservadas, era parte del plan.
Lo que Mola no había calculado con suficiente precisión era la resistencia popular. El golpe estaba diseñado para durar 72 horas, como mucho una semana. Los militares sublevarían sus guarniciones, las fuerzas de orden público se plegarían o serían neutralizadas. El gobierno caería o negociaría su rendición rápido, limpio, quirúrgico.
Pero en Madrid, en Barcelona, en Valencia, en Bilbao, los trabajadores salieron a la calle con las armas que los partidos obreros llevaban años acumulando en secreto y el golpe se convirtió en guerra, una guerra que duraría 3 años y costaría más de medio millón de vidas. Esa noche del 17 de julio de 1936, cuando los primeros telegramas empezaron a llegar con noticias contradictorias, cuando quedó claro que España no iba a rendirse en 72 horas, Mola comprendió que había puesto en marcha algo que ya no podía controlar.
La máquina funcionaba, pero la máquina era más grande que él. Hay un momento preciso en que Emilio Mola dejó de ser el hombre más poderoso del bando nacional. No fue una derrota militar, no fue un escándalo político, fue una reunión, una sola reunión celebrada el 21 de septiembre de 1936 en el aeródromo de Salamanca, bajo la sombra de unos aviones alemanes junkers que habían llegado cortesía de Adolf Hitler.
Alrededor de una mesa improvisada, los generales del alzamiento discutieron durante horas quién debía ejercer el mando único. Y cuando terminó la votación, Mola salió al exterior, encendió un cigarrillo y no dijo nada durante varios minutos. Los que estaban con él aquella tarde recordaron después que tenía la cara de alguien que acaba de comprender que ha sido estafado.
Franco había maniobrado con una habilidad que sus propios enemigos admiraron a regañadientes. En las semanas previas a esa reunión, había cultivado con esmero su imagen ante los alemanes y los italianos, presentándose como el único general español con suficiente autoridad y visión estratégica para garantizar el uso eficiente de la ayuda militar extranjera.
había dejado que sus agentes en Burgos y Salamanca difundieran la idea de que él era el verdadero líder natural del movimiento y había esperado, con una paciencia que rozaba lo sobrehumano, a que las circunstancias lo elevaran sin necesidad de que él tuviera que reclamar nada en voz alta. El general José Sanjuro, que debía haber sido el líder nominal del alzamiento, había muerto en un accidente de avión el 20 de julio de 1936.
Tres días después del inicio del golpe, su pusmo se estrelló en Portugal al despegar con demasiado peso, porque San Jurjo había insistido en llevar un baúl lleno de uniformes de gala para su entrada triunfal en Madrid. Ese detalle, que en otras circunstancias sería simplemente un dato pintoresco de la historia, tuvo consecuencias enormes.
Eliminó al único hombre que podría haber equilibrado el peso político de Franco dentro del bando rebelde. Con San Jurjo muerto y Godet fusilado en Barcelona, el tablero quedó dramáticamente simplificado. Mola entendió demasiado tarde que había cometido el error clásico del conspirador técnico. Había construido la estructura sin asegurarse el poder.
Había reclutado a los generales, había trazado los planes, había establecido los contactos con el extranjero, había fijado las fechas, había redactado las instrucciones de terror y luego en el momento crítico, cuando todo estaba en marcha, había seguido siendo el operativo mientras Franco se convertía en el político.
En la historia de los golpes de estado, ese error se repite con una regularidad que desafía el aprendizaje histórico. Los que planean las revoluciones raramente son los que las gobiernan. Lo que resulta verdaderamente perturbador, lo que convierte a Mola en un personaje trágico en el sentido más clásico de la palabra es que él lo sabía.
Existen testimonios de personas cercanas a él que recuerdan conversaciones privadas en las que el general Navarro expresaba, con una amargura que no intentaba disimular, su convicción de que Franco estaba construyendo una dictadura personal que nada tenía que ver con los objetivos originales del alzamiento, que el movimiento había sido secuestrado, que España iba a pagar un precio terrible por ello.
lo dijo y siguió obedeciendo. En los años 90, cuando el Archivo General Militar de Ávila comenzó a desclasificar documentos del periodo franquista, los historiadores encontraron algo que no esperaban. La casi total ausencia de documentación personal de Mola. Sus cartas, sus diarios, sus comunicaciones privadas con los conspiradores, los originales de sus instrucciones reservadas habían desaparecido de forma sistemática.
No había lagunas accidentales en el archivo. Había una ausencia demasiado ordenada, demasiado completa para ser casual. Alguien en algún momento había limpiado el expediente de mola con una minuciosidad que solo puede explicarse por el deseo deliberado de borrar una historia incómoda. ¿Qué contenían esos documentos desaparecidos? Los historiadores que han reconstruido la conspiración a partir de fuentes indirectas tienen algunas hipótesis.
La primera y la más obvia es que la correspondencia de Mola con los generales comprometidos documentaba con precisión el papel de cada uno en la planificación del alzamiento, incluyendo a oficiales que más tarde el régimen presentó como incorporados al movimiento de forma espontánea o tardía. La segunda hipótesis es más explosiva, que los archivos de Mola contenían documentación sobre los contactos previos al golpe con potencias extranjeras, específicamente con la Alemania nazi y la Italia fascista.
Contactos que se iniciaron mucho antes del 17 de julio y que implicaban compromisos políticos y económicos que el régimen prefería mantener en la oscuridad. Porque hay un hecho que la historiografía oficial del franquismo se esforzó durante décadas en minimizar. El golpe de julio de 1936 no hubiera triunfado, al menos no en la forma en que triunfó, sin la intervención inmediata y masiva de Hitler y Mussolini.
Cuando Franco voló a Marruecos el 19 de julio, el problema más urgente que enfrentaba era cómo trasladar al ejército de África, el contingente militar más profesional y experimentado del bando rebelde, desde el norte de Marruecos hasta la península. El estrecho de Gibraltar estaba controlado por la marina republicana que había permanecido en su mayoría leal al gobierno.
Sin un puente aéreo, el ejército de África quedaba bloqueado. Franco pidió aviones a Hitler y Hitler los envió en una decisión tomada en menos de 48 horas que los historiadores han calificado como uno de los momentos más decisivos de la guerra. Los junkers Geto 52 alemanes y los Saboya Marquetti italianos organizaron el primer puente aéreo militar de la historia para trasladar a miles de soldados marroquíes a la península.
Sin esos aviones, el ejército de África no cruza el estrecho. Sin el ejército de África, el Frente Sur no avanza hacia Madrid. Y sin el frente sur es posible, solo posible que la guerra hubiera terminado de forma muy diferente. Pero aquí está el detalle que los archivos de Mola podrían haber iluminado. ¿Quién estableció el primer contacto con Berlín y Roma? Las investigaciones más recientes sugieren que Mola, a través de intermediarios en Portugal y Francia había iniciado conversaciones con representantes alemanes e italianos
antes incluso de que Franco se sumara definitivamente a la conspiración. Si eso es cierto, si los archivos de Mola documentaban que él y no Franco fue quien abrió la puerta a la intervención extranjera. Entonces, la narrativa del régimen, según la cual Franco fue el genio estratégico que consiguió el apoyo internacional, se derrumba y con ella una parte importante de la legitimidad histórica que el franquismo construyó sobre su propia victoria.
Esos archivos desaparecieron. El expediente está limpio y Franco murió en su cama en 1975 con todos sus secretos intactos. La primavera de 1937 fue el momento de mayor tensión interna que vivió el bando nacional durante toda la guerra. Franco llevaba 6 meses ejerciendo el mando único y su estrategia estaba generando una fricción creciente entre los generales que lo habían elegido.
La decisión de desviar las columnas del ejército de África hacia Toledo en septiembre de 1936 para liberar el Alcázar sitiado en lugar de continuar el avance directo sobre Madrid había sido uno de los episodios más discutidos desde un punto de vista militar puro. Muchos oficiales consideraban que esa decisión había dado tiempo a la República para organizar la defensa de la capital y prolongar la guerra meses, quizás años.
Mola no ocultaba su opinión. En conversaciones privadas que sus ayudantes recordaron después, el general Navarro era brutalmente directo. La operación del Alcázar había sido un error estratégico monumental, motivado más por el impacto propagandístico de la liberación que por consideraciones militares reales.
Madrid podría haberse tomado en octubre de 1936. No se tomó. Y ahora el ejército republicano, reforzado por las brigadas internacionales y el material soviético que empezaba a llegar, se estaba convirtiendo en un adversario muy diferente del que había enfrentado en los primeros meses. Pero las discrepancias militares eran solo la superficie.
Lo que realmente estaba ocurriendo en la primavera de 1937 era una lucha por el alma del movimiento. Franco había maniobrado para unificar bajo su mando directo a falangistas y carlistas los dos grandes movimientos políticos del bando nacional que se odiaban entre sí con una intensidad que en ocasiones había llegado a los tiroteos.
El decreto de unificación de abril de 1937 que creó el partido único Fed y de las Hons bajo la jefatura personal de Franco, fue recibido con una mezcla de indignación y resignación por los líderes de ambos movimientos. Los carlistas que habían puesto sobre el terreno a sus requetés precisamente porque confiaban en que la victoria restauraría la monarquía tradicional, veían con horror como Franco construía algo que no se parecía en nada a lo que ellos habían imaginado.
Mola había sido el hombre que reclutó a los carlistas para el alzamiento. Había hecho promesas, no por escrito, porque Mola era demasiado inteligente para poner ciertas cosas por escrito. pero sí en el lenguaje de los entendimientos entre caballeros, que en la política española de la época tenía tanto peso como los documentos formales.
Los dirigentes carlistas lo sabían y cuando Franco los engulló en su partido único, algunos de ellos fueron a hablar con mola. ¿Qué se dijeron en esas conversaciones? Es algo que nunca sabremos con certeza, pero sabemos lo que ocurrió después. El 29 de mayo de 1937, el buque alemán Deutland fue bombardeado por la aviación republicana en el puerto de Ibiza, causando 31 muertos entre la tripulación.

Hitler ordenó represalias inmediatas. La luz bafe bombardeó el puerto de Almería. La crisis internacional que siguió acaparó la atención de todas las cancillerías europeas. En ese clima de tensión máxima, 5 días después, Mola embarcó en el avión que lo llevaría a su última inspección del frente norte. El vuelo duró menos de 20 minutos.
Los mecánicos que revisaron los restos del avión en las horas posteriores al accidente fueron inmediatamente transferidos a otros destinos. Sus informes técnicos nunca fueron incorporados al expediente oficial. Un testigo del pueblo de Alcocero, un pastor que vio el avión en los momentos previos al impacto, declaró ante las autoridades militares que el aparato no tenía problemas visibles de vuelo, hasta que de repente, sin ninguna explicación aparente, cayó en picado.
Su declaración fue anotada, archivada y nunca más mencionada. En Madrid, en la sede del gobierno republicano, la noticia de la muerte de Mola fue recibida con una alegría que los propios dirigentes republicanos describieron como casi indecente. Largo Caballero, presidente del gobierno, habría comentado que era una muerte muy conveniente para alguien.
No aclaró para quién. La guerra continuó durante dos años más. Cuando terminó, en abril de 1939, Franco entró en Madrid como vencedor absoluto. No había nadie que pudiera reclamar nada. No había nadie que supiera demasiado y siguiera vivo para contarlo. El hombre que había planeado todo, el hombre que había encendido la mecha, descansaba en un cementerio de Burgos bajo una lápida austera.
Sus archivos habían desaparecido. Sus promesas a los carlistas habían sido enterradas con él. Su nombre adornaría algunas calles de provincias durante décadas. Un homenaje lo suficientemente visible para no parecer un olvido deliberado, lo suficientemente discreto para no invitar a preguntas incómodas. Historia oficial. Accidente de aviación.
Causa probable. Niebla matinal. responsables. Ninguno. Caso cerrado. Franco murió el 20 de noviembre de 1975 en una cama de hospital rodeado de médicos y sacerdotes después de una agonía interminable que duró semanas y que los españoles siguieron por televisión con una mezcla de impaciencia y perplejidad. Tenía 82 años.
Había gobernado España durante casi cuatro décadas y se llevó a la tumba todos los secretos que importaban. Emilio Mola llevaba 38 años muerto cuando Franco exhaló su último aliento. 38 años en los que la historia oficial de régimen había construido cuidadosamente una narrativa donde Franco era el origen de todo.
El genio militar, el estadista providencial, el salvador de España. Una narrativa donde Mola aparecía como un colaborador valioso pero secundario. un general competente que había muerto demasiado pronto para ver la victoria. Nada más. La arquitectura completa de la conspiración, los meses de trabajo en la oscuridad, las instrucciones reservadas, los contactos con el extranjero, las promesas a los carlistas.
Todo eso había sido sepultado bajo capas de silencio oficial con una eficacia que habría admirado al propio Mola, experto como era en el arte de hacer desaparecer información incómoda. Cuando España comenzó su transición a la democracia tras la muerte de Franco, los historiadores que se acercaron por primera vez a los archivos militares encontraron un paisaje de ausencias calculadas.
No solo en el caso de Mola. En decenas de expedientes, las piezas más comprometedoras habían desaparecido, estaban mutiladas o habían sido reemplazadas por versiones expurgadas. Décadas de franquismo habían producido no solo una dictadura política, sino una dictadura sobre la memoria. España no solo había perdido su libertad durante 40 años, había perdido su historia.
La recuperación de esa historia ha sido lenta, dolorosa y políticamente conflictiva. La ley de memoria histórica de 2007, que ordenó la exhumación de las fosas comunes del franquismo y el reconocimiento oficial de las víctimas de la represión, abrió heridas que muchos preferían mantener cerradas. Las excavaciones arqueológicas en cunetas y campos de toda España han sacado a la luz los restos de miles de personas fusiladas sin juicio, enterradas en secreto, borradas de la historia oficial con la misma frialdad burocrática con
que Mola había escrito sus instrucciones de terror en Pamplona. Pero hay una dimensión de la historia de Mola que trasciende la política española y que tiene una relevancia universal, perturbadora, que no pierde vigencia con el paso del tiempo. Mola era un hombre inteligente, no era un monstruo en el sentido en que habitualmente usamos esa palabra. No era un sádico.
No disfrutaba de la violencia por sí misma. No tenía la psicología del exterminador que necesita odiar a sus víctimas para poder matarlas. era algo más inquietante. Era un funcionario, un técnico del poder que había llegado a la conclusión de que cierto nivel de violencia sistemática era el precio necesario para alcanzar determinados objetivos políticos y que había procedido a organizar esa violencia con la misma meticulosidad con que un ingeniero calcula las cargas de un puente.
Hann Aren ló a ese fenómeno la banalidad del mal cuando lo observó en Adolf Feigman durante su juicio en Jerusalén en 1961. Mola había muerto 24 años antes de que Aren acuñara esa expresión, pero la encarnaba con una perfección que habría servido perfectamente como caso de estudio. ¿Qué sabemos hoy? Con toda la distancia histórica disponible sobre la muerte de Mola.
Sabemos que fue un accidente que nadie investigó con rigor. Sabemos que ocurrió en un momento políticamente conveniente para Franco. Sabemos que los documentos que podrían haber arrojado luz sobre las circunstancias exactas del accidente desaparecieron o fueron manipulados. Sabemos que varios testigos directos fueron silenciados de formas diversas y sabemos que ningún historiador serio ha podido demostrar de forma concluyente ni que fue un asesinato ni que no lo fue.
Esa ambigüedad, esa zona de sombra que ni los archivos más exhaustivos han podido iluminar del todo, es quizás el epitafio más adecuado para un hombre que vivió en las sombras y murió en ellas. Mola construyó su carrera sobre secretos. organizó una guerra sobre mentiras y promesas que nunca pensó cumplir. Diseñó un sistema de terror sobre el principio de que la verdad es un lujo que los poderosos pueden permitirse no respetar.
Y al final fue víctima de ese mismo sistema. Alguien en algún lugar tomó una decisión sobre él con la misma frialdad con que él había tomado decisiones sobre otros. Y la historia no conservó el registro, porque esa es la lección final de Emilio Mola, no una lección que los libros de historia enseñan, porque los libros de historia raramente enseñan las lecciones reales. La lección real es esta.
Los hombres que construyen máquinas de poder raramente controlan esas máquinas para siempre. Las máquinas tienen lógica propia y esa lógica, tarde o temprano se vuelve contra quien la puso en marcha. España lleva décadas intentando reconciliarse con esa historia, con las fosas comunes, con los archivos incompletos, con los nombres borrados y los crímenes sin condena.
Es un proceso lento, a veces agónico, que genera tanto dolor como el que intenta sanar, pero es el único proceso honesto disponible, porque las historias que no se cuentan no desaparecen. Se acumulan en el subsuelo como agua bajo la tierra y encuentran la forma de salir a la superficie. Siempre.
El nombre de Emilio Mola sigue en algunas calles de España, cada vez menos. La historia está corrigiendo despacio los silencios que el poder construyó durante cuatro décadas y en algún archivo, en algún expediente que nadie ha abierto todavía, quizás espera la última pieza del rompecabezas, la que explique todo lo que aún no sabemos, la que cierre definitivamente el caso del hombre que planeó la guerra civil española mientras Franco dormía.
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