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EMILIO MOLA VIDAL: el hombre que planeó la Guerra Civil española mientras Franco dormía

La Segunda República proclamada en abril de 1931 tras la caída de Alfonso XI había llegado cargada de promesas. Reforma agraria para los jornaleros del sur, que llevaban siglos trabajando tierras que no eran suyas. Separación entre la Iglesia y el Estado. Modernización del ejército, hinchado de oficiales y escaso de soldados útiles.

Autonomía para Cataluña y el País Vasco. Educación laica y universal. En el papel, un programa ambicioso y razonable para un país que llevaba décadas de retraso respecto a sus vecinos europeos. Pero cada reforma chocaba con una resistencia feroz. Los terratenientes de Andalucía y Extremadura no tenían ninguna intención de repartir sus tierras.

La jerarquía católica consideraba las leyes de secularización un ataque directo a la civilización cristiana. Los generales africanistas, forjados en las guerras coloniales de Marruecos, despreciaban a los políticos civiles y consideraban que el ejército era el verdadero guardián de la unidad nacional.

Y los movimientos obreros, anarcosindicalistas y comunistas, impacientes ante la lentitud de los cambios, radicalizaban sus posiciones y sus métodos. En ese contexto explosivo, Emilio Mola ocupaba un lugar privilegiado y peligroso. Como director general de seguridad durante la dictadura de Primo de Rivera y los últimos años de la monarquía, había construido uno de los aparatos de inteligencia más completos de la historia española hasta entonces.

tenía ficheros sobre políticos, sindicalistas, intelectuales, militares. Conocía los secretos de personas que ahora ocupaban puestos de poder en la República. Y cuando el nuevo gobierno lo apartó del cargo y lo envió destinado a Pamplona, lejos de Madrid y aparentemente fuera de juego, Mola no se retiró, se puso a trabajar.

Pamplona era en realidad el lugar perfecto para conspirar. Capital de Navarra, bastión del carlismo, territorio donde la tradición religiosa y el militarismo conservador se mezclaban en proporciones explosivas. Los requetés carlistas, con sus boinas rojas y su fervor casi medieval, llevaban años entrenando en los montes navarros, preparándose para una guerra santa que consideraban inevitable.

Mola los encontró listos y empezó a tejer. Hay una imagen que los historiadores repiten con frecuencia cuando hablan de mola en aquellos meses de 1936. La de un hombre sentado en su despacho de Pamplona, rodeado de mapas, listas de nombres y montañas de correspondencia cifrada, trabajando hasta las 3 de la madrugada, mientras el resto de la ciudad dormía.

No era un general romántico de los que arengan a sus tropas con la espada en alto. Era algo más peligroso. Era un organizador, un hombre que pensaba en redes, en nodos, en puntos de fallo y contingencias. un ingeniero del golpe de estado. Desde enero de 1936, Mola había comenzado a enviar lo que él mismo llamaba instrucciones reservadas a una red creciente de oficiales militares repartidos por toda España y el Protectorado de Marruecos.

Esas instrucciones no eran vagas declaraciones de intenciones patrióticas, eran documentos operativos detallados. ¿Qué unidades debían sublevarse? En qué orden, a qué hora. ¿Cómo neutralizar a los mandos leales a la República? ¿Cómo controlar las comunicaciones? ¿Cómo gestionar a la población civil en los primeros días críticos? Mola había aprendido bien su oficio en los años de la Dirección General de Seguridad.

Sabía que los golpes fracasan por los detalles, no por falta de entusiasmo. El documento más revelador que conservamos de esta etapa es la llamada instrucción reservada número uno, fechada en abril de 1936. En ella, Mola describía con una precisión casi burocrática el objetivo del alzamiento, no simplemente derrocar al gobierno, sino eliminar de raíz cualquier posibilidad de resistencia.

Cuéntanos en los comentarios de qué ciudad eres. Nos encanta saber de dónde nos ven. Las palabras exactas que escribió son estas. Se tendrá en cuenta que la acción ha de ser en extremo violenta para reducir lo antes posible al enemigo, que es fuerte y bien organizado. Desde luego, serán encarcelados todos los directivos de los partidos políticos, sociedades o sindicatos no afectos al movimiento, aplicándoles castigos ejemplares a dichos individuos para estrangular los movimientos de rebeldía o huelgas.

No era retórica, era un plan. Y ese plan puesto en práctica en los territorios que el ejército fue tomando durante los primeros meses de la guerra, se tradujo en miles de fusilamientos sumarios, en sacas nocturnas, en cunetas llenas de cuerpos. Federico García Lorca fue una de las víctimas más conocidas, pero hubo decenas de miles de personas anónimas, maestros de escuela, alcaldes de pueblo, sindicalistas, médicos que murieron aplicando a la letra las instrucciones que mola había redactado en su despacho de Pamplona. Lo

paradójico, lo que hace de mola un personaje histórico de una complejidad perturbadora es que no era un fanático. No tenía el fervor religioso de los carlistas ni la ideología fascista de los falangistas. era en el fondo, un militar profesional del siglo XIX que había llegado a la conclusión de que la República era incompatible con el orden que él consideraba necesario y que para restaurar ese orden era preciso simplemente matar a suficiente gente con la misma frialdad con que un cirujano habla de amputar un miembro para salvar

al paciente. Existe una fecha que muy pocos manuales escolares mencionan con la claridad que merece. El 23 de junio de 1936, 24 días antes del alzamiento, Mola recibió una carta de Francisco Franco. En esa carta, Franco expresaba sus dudas sobre el golpe. No estaba seguro de que las condiciones fueran las adecuadas.

No estaba convencido de que el ejército estuviera suficientemente unido. Pedía garantías, más tiempo, más preparación. Algunos de sus colaboradores más cercanos, que conocieron el contenido de aquella correspondencia, recordaron después que Mola la leyó en silencio, la dejó sobre la mesa y dijo, con una sequedad que no admitía réplica, “Este hombre no se decide nunca.

La relación entre Mola y Franco en los meses previos al golpe es uno de los episodios más fascinantes y menos estudiados de la historia española contemporánea. No eran enemigos, pero tampoco eran aliados naturales. Mola era el organizador, el hombre de las redes y los documentos secretos. Franco era el general más famoso del ejército, el héroe de Anual y el RIF, el hombre cuya sola adhesión podía inclinar a decenas de oficiales indecisos.

Mola lo necesitaba, pero necesitarlo no significaba confiar en él. Franco, por su parte, llevaba meses manteniendo contactos con todos los bandos. había enviado señales ambiguas tanto a los conspiradores como al gobierno republicano. En marzo de 1936 escribió al presidente del gobierno una carta en la que expresaba su lealtad a la República.

En mayo mantenía conversaciones con los organizadores del golpe. Era un equilibrista que no quería caer del lado equivocado antes de saber cuál era el lado ganador. Y esa cautela, que en otro contexto podría llamarse prudencia, en el lenguaje de Mola tenía otro nombre, cobardía. Hubo un momento en que Mola estuvo a punto de lanzar el alzamiento sin franco.

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