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ALCALÁ-ZAMORA: el presidente de la República destituido dos veces por los mismos que le pusieron

Es un hombre que cree en las instituciones y eso en la España de principios del siglo XX es casi una excentricidad. Los primeros años del siglo XX son años de convulsión en España. El desastre del 98, la pérdida de Cuba, Puerto Rico y Filipinas ha dejado una herida en el alma colectiva del país que todavía no ha cicatrizado.

Una generación entera de intelectuales, escritores, pensadores está haciendo la autopsia de España y el diagnóstico no es bueno. El sistema político de la restauración, ese turnismo elegante entre liberales y conservadores inventado por cannovas del castillo, se ha convertido en una pantomima. Las elecciones son teatro.

Los resultados se deciden antes de votar. El cacique del pueblo sabe cuántos votos tiene que conseguir y los consigue por las buenas o por las malas, generalmente por las dos a la vez. Y mientras tanto, en las fábricas de Barcelona, en las minas de Asturias, en los campos de Andalucía, crece algo que el sistema no sabe gestionar, la rabia.

En ese contexto, Alcalaz Amora hace carrera. Llega a ser ministro de fomento en 1917, ministro de la guerra en 1922. es un político respetado dentro del sistema, alguien que conoce los mecanismos del Estado, que tiene relaciones con todos los sectores, que sabe navegar las aguas turbulentas de la política española sin naufragar.

Pero en 1923 ocurre algo que lo cambia todo. El general Miguel Io de Rivera da un golpe de estado. El rey Alfonso XI le deja hacer y de repente el sistema constitucional que Alcaraz Amora conocía, el sistema imperfecto y corrupto, pero en definitiva constitucional desaparece. Hay una dictadura. Y Alcalaz Amora, que es muchas cosas, pero es fundamentalmente un abogado, un hombre que cree en el derecho y en las instituciones, no puede aceptarlo.

Se retira de la vida pública activa, vuelve al ejercicio de la abogacía, pero no se calla. Y aquí empieza la transformación más importante de su vida política. Durante los años de la dictadura de Primo de Rivera, Alcalaz Amora evoluciona, va dejando atrás el liberalismo monárquico de su primera etapa y va acercándose lentamente, pero con convicción a posiciones republicanas.

No es una conversión repentina ni oportunista, es un proceso que le lleva años. Un hombre que durante décadas ha servido a la monarquía va llegando a la conclusión de que la monarquía es el problema, que mientras Alfonso XI siga en el trono, España no puede modernizarse de verdad, no puede construir un sistema político serio, no puede funcionar como una democracia real.

Esta conclusión le cuesta personalmente. No es fácil renunciar a todo lo que has construido dentro de un sistema para pasarte al bando de los que quieren destruirlo. Pero Alcadaz Amora lo hace y cuando lo hace lleva consigo algo que los republicanos de toda la vida no tienen. Credibilidad ante la España conservadora, católica, rural, del interior.

España que desconfía de la República porque la asocia con el anticlericalismo, con la revolución social, con el caos. Alcalaz Amora es la prueba viviente de que se puede ser republicano y católico, de que se puede querer cambiar el régimen político sin querer quemar las iglesias. Los líderes republicanos lo saben perfectamente y lo necesitan.

En octubre de 1930, en un hotel de San Sebastián se firma el pacto que dará lugar a la Segunda República. Socialistas, republicanos de izquierda, republicanos de derecha, catalanistas, todos unidos bajo un único objetivo. Y en ese pacto, Alcalaz Amora ocupa un lugar central. Es el hombre que hace posible que la coalición sea creíble ante la mitad de España, que de otra manera no votaría a ningún republicano.

Le ofrecen la presidencia del gobierno provisional. Él acepta lo que nadie le explica con suficiente claridad o quizás él no quiere escuchar. Es que en las coaliciones revolucionarias el hombre que sirve de puente entre mundos distintos es siempre prescindible en el momento en que el puente ya no hace falta. 14 de abril de 1931.

Una fecha que cualquier español conoce o debería conocer. Ese día los resultados de las elecciones municipales del domingo anterior llegan a palacio. Alfonso XI los lee. Sus asesores le dicen la verdad que no quiere escuchar. Las ciudades han votado mayoritariamente a los republicanos. El ejército no garantiza la situación.

Si el rey se mantiene, habrá sangre. El rey decide que no quiere sangre. O al menos eso es lo que dirá después para justificar su marcha. Esa misma tarde, Alfonso XI abandona España sin abdicar formalmente, sin firmar nada. Se va simplemente como quien sale a dar un paseo y no vuelve. Y de repente, sin una revolución armada, sin una guerra, casi sin que nadie lo haya planeado exactamente así, España despierta siendo una república.

En las calles de Madrid, de Barcelona, de Valencia, de Sevilla, la gente sale a celebrarlo. Hay banderas tricolores por todas partes. Hay gritos, abrazos, llanto de emoción. Es uno de esos momentos históricos raros en los que parece que todo es posible, que el mundo va a cambiar de verdad, que las promesas tienen posibilidades reales de cumplirse.

Niseto Alcalá Zamora preside el gobierno provisional de la República desde ese primer día. Y desde ese primer día los problemas empiezan porque la República nació con una contradicción fundamental en su interior que nadie quiso ver en medio de la euforia. Era una coalición de gente que estaba de acuerdo en lo que quería destruir la monarquía, pero profundamente en desacuerdo en lo que quería construir.

Los socialistas querían transformación social profunda, redistribución de la Tierra, poder para los sindicatos. Los republicanos de izquierda querían una república laica y moderna, separación radical entre iglesia y estado. Los republicanos de derecha, entre los que se encontraba Alcalá Zamora, querían una democracia liberal, moderna, pero respetuosa con la tradición religiosa y con los propietarios.

Cuéntanos en los comentarios de qué ciudad eres. Nos encanta saber de dónde nos ven. Los catalanistas querían autonomía. Los anarquistas. que no estaban en el pacto, pero sí en las calles, querían directamente acabar con el Estado. ¿Cómo se gobierna eso? ¿Cómo se toman decisiones cuando cada decisión que satisface a un sector de la coalición enfurece a otro? Alcadaz Amora lo intentó.

Hay que reconocerle eso. Lo intentó de verdad durante los primeros meses, buscando el equilibrio imposible, cediendo aquí para ganar allí, intentando que la temperatura bajara cuando todo empujaba hacia arriba. Pero llegó el debate constitucional y ahí todo se rompió. El otoño de 1931, las Cortes Constituyentes debaten constitución.

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