Es un hombre que cree en las instituciones y eso en la España de principios del siglo XX es casi una excentricidad. Los primeros años del siglo XX son años de convulsión en España. El desastre del 98, la pérdida de Cuba, Puerto Rico y Filipinas ha dejado una herida en el alma colectiva del país que todavía no ha cicatrizado.
Una generación entera de intelectuales, escritores, pensadores está haciendo la autopsia de España y el diagnóstico no es bueno. El sistema político de la restauración, ese turnismo elegante entre liberales y conservadores inventado por cannovas del castillo, se ha convertido en una pantomima. Las elecciones son teatro.
Los resultados se deciden antes de votar. El cacique del pueblo sabe cuántos votos tiene que conseguir y los consigue por las buenas o por las malas, generalmente por las dos a la vez. Y mientras tanto, en las fábricas de Barcelona, en las minas de Asturias, en los campos de Andalucía, crece algo que el sistema no sabe gestionar, la rabia.
En ese contexto, Alcalaz Amora hace carrera. Llega a ser ministro de fomento en 1917, ministro de la guerra en 1922. es un político respetado dentro del sistema, alguien que conoce los mecanismos del Estado, que tiene relaciones con todos los sectores, que sabe navegar las aguas turbulentas de la política española sin naufragar.
Pero en 1923 ocurre algo que lo cambia todo. El general Miguel Io de Rivera da un golpe de estado. El rey Alfonso XI le deja hacer y de repente el sistema constitucional que Alcaraz Amora conocía, el sistema imperfecto y corrupto, pero en definitiva constitucional desaparece. Hay una dictadura. Y Alcalaz Amora, que es muchas cosas, pero es fundamentalmente un abogado, un hombre que cree en el derecho y en las instituciones, no puede aceptarlo.
Se retira de la vida pública activa, vuelve al ejercicio de la abogacía, pero no se calla. Y aquí empieza la transformación más importante de su vida política. Durante los años de la dictadura de Primo de Rivera, Alcalaz Amora evoluciona, va dejando atrás el liberalismo monárquico de su primera etapa y va acercándose lentamente, pero con convicción a posiciones republicanas.
No es una conversión repentina ni oportunista, es un proceso que le lleva años. Un hombre que durante décadas ha servido a la monarquía va llegando a la conclusión de que la monarquía es el problema, que mientras Alfonso XI siga en el trono, España no puede modernizarse de verdad, no puede construir un sistema político serio, no puede funcionar como una democracia real.
Esta conclusión le cuesta personalmente. No es fácil renunciar a todo lo que has construido dentro de un sistema para pasarte al bando de los que quieren destruirlo. Pero Alcadaz Amora lo hace y cuando lo hace lleva consigo algo que los republicanos de toda la vida no tienen. Credibilidad ante la España conservadora, católica, rural, del interior.
España que desconfía de la República porque la asocia con el anticlericalismo, con la revolución social, con el caos. Alcalaz Amora es la prueba viviente de que se puede ser republicano y católico, de que se puede querer cambiar el régimen político sin querer quemar las iglesias. Los líderes republicanos lo saben perfectamente y lo necesitan.
En octubre de 1930, en un hotel de San Sebastián se firma el pacto que dará lugar a la Segunda República. Socialistas, republicanos de izquierda, republicanos de derecha, catalanistas, todos unidos bajo un único objetivo. Y en ese pacto, Alcalaz Amora ocupa un lugar central. Es el hombre que hace posible que la coalición sea creíble ante la mitad de España, que de otra manera no votaría a ningún republicano.
Le ofrecen la presidencia del gobierno provisional. Él acepta lo que nadie le explica con suficiente claridad o quizás él no quiere escuchar. Es que en las coaliciones revolucionarias el hombre que sirve de puente entre mundos distintos es siempre prescindible en el momento en que el puente ya no hace falta. 14 de abril de 1931.
Una fecha que cualquier español conoce o debería conocer. Ese día los resultados de las elecciones municipales del domingo anterior llegan a palacio. Alfonso XI los lee. Sus asesores le dicen la verdad que no quiere escuchar. Las ciudades han votado mayoritariamente a los republicanos. El ejército no garantiza la situación.
Si el rey se mantiene, habrá sangre. El rey decide que no quiere sangre. O al menos eso es lo que dirá después para justificar su marcha. Esa misma tarde, Alfonso XI abandona España sin abdicar formalmente, sin firmar nada. Se va simplemente como quien sale a dar un paseo y no vuelve. Y de repente, sin una revolución armada, sin una guerra, casi sin que nadie lo haya planeado exactamente así, España despierta siendo una república.

En las calles de Madrid, de Barcelona, de Valencia, de Sevilla, la gente sale a celebrarlo. Hay banderas tricolores por todas partes. Hay gritos, abrazos, llanto de emoción. Es uno de esos momentos históricos raros en los que parece que todo es posible, que el mundo va a cambiar de verdad, que las promesas tienen posibilidades reales de cumplirse.
Niseto Alcalá Zamora preside el gobierno provisional de la República desde ese primer día. Y desde ese primer día los problemas empiezan porque la República nació con una contradicción fundamental en su interior que nadie quiso ver en medio de la euforia. Era una coalición de gente que estaba de acuerdo en lo que quería destruir la monarquía, pero profundamente en desacuerdo en lo que quería construir.
Los socialistas querían transformación social profunda, redistribución de la Tierra, poder para los sindicatos. Los republicanos de izquierda querían una república laica y moderna, separación radical entre iglesia y estado. Los republicanos de derecha, entre los que se encontraba Alcalá Zamora, querían una democracia liberal, moderna, pero respetuosa con la tradición religiosa y con los propietarios.
Cuéntanos en los comentarios de qué ciudad eres. Nos encanta saber de dónde nos ven. Los catalanistas querían autonomía. Los anarquistas. que no estaban en el pacto, pero sí en las calles, querían directamente acabar con el Estado. ¿Cómo se gobierna eso? ¿Cómo se toman decisiones cuando cada decisión que satisface a un sector de la coalición enfurece a otro? Alcadaz Amora lo intentó.
Hay que reconocerle eso. Lo intentó de verdad durante los primeros meses, buscando el equilibrio imposible, cediendo aquí para ganar allí, intentando que la temperatura bajara cuando todo empujaba hacia arriba. Pero llegó el debate constitucional y ahí todo se rompió. El otoño de 1931, las Cortes Constituyentes debaten constitución.
Es un debate histórico, apasionante, lleno de grandes discursos y grandes ideas, y también lleno de errores enormes que solo se ven claramente con el paso del tiempo. El artículo 26 es el que dinamita la coalición. Ese artículo regula la posición de la Iglesia Católica en el nuevo estado, suprime la financiación estatal del clero, disuelve la compañía de Jesús, prohíbe a las órdenes religiosas ejercer la enseñanza. nacionaliza sus bienes.
Es una declaración de guerra al catolicismo institucional para los republicanos de izquierda y para los socialistas es justicia histórica. Para la España profundamente creyente de los pueblos del interior es una persecución religiosa y para Alcalaz Amora es una línea roja que no puede cruzar. El presidente del gobierno provisional se levanta en las cortes y pronuncia un discurso que es al mismo tiempo una obra maestra de la oratoria y un certificado de su futura condena.
dice que ese artículo es un error político grave que va a enfurecer a millones de católicos españoles que podrían haber aceptado la República, pero nunca aceptarán la persecución de su fe. Que están fabricando enemigos innecesarios en un momento en que España necesita unidad, que la República debería ser la casa de todos, no el instrumento de una parte contra la otra.
Le escuchan, le aplauden incluso porque habla bien y los argumentos tienen lógica y luego votan lo contrario de lo que él propone. Alcalaz Amora admite como presidente del gobierno. Es un gesto de coherencia moral que en ese momento la mayoría de la prensa respeta. Ha dicho lo que pensaba y ha asumido las consecuencias.
No puede presidir un gobierno que aprueba algo que él considera fundamentalmente erróneo. Pero entonces, y aquí es donde la historia se vuelve verdaderamente extraña, donde empieza a mostrar esa lógica retorcida que solo tiene la política real. Las mismas Cortes que acaban de aprobar el artículo que él rechazó le eligen a él presidente de la República, el cargo más alto del Estado, la jefatura del Estado.
¿Por qué? ¿Por generosidad? ¿Por reconocimiento de sus méritos? No, no nos engañemos. Le eligieron porque lo necesitaban. Porque su nombre, su imagen, su perfil de católico moderado que aceptaba la República era la mejor garantía que tenían para que la mitad conservadora de España no se lanzara a la calle desde el primer día.
Le eligieron como escaparate, como símbolo, como pantalla. y Alcalazora, que era un hombre inteligente, que había pasado décadas en la política y que conocía perfectamente estos mecanismos, aceptó por vanidad, quizás en parte, por genuina convicción de que podía hacer algo útil desde ese cargo. Probablemente también, por no entender exactamente la trampa en la que estaba entrando.
Eso es lo más difícil de saber. Lo que sí sabemos es que en diciembre de 1931, Niceto Alcalzamora jura como primer presidente de la Segunda República española y que en ese mismo momento, en los despachos de sus compañeros de coalición ya se están teniendo las primeras conversaciones sobre cómo deshacerse de él cuando ya no resulte útil.
La República tenía 5 años de vida por delante y Alcalá Zamora iba a pasarlos intentando salvarla de sus propios salvadores. Hay un momento muy concreto en la historia de Niceto Alcalazamora como presidente de la República que resume perfectamente todo lo que vino después. Es la primavera de 1932. Lleva apenas unos meses en el cargo.
La Constitución le ha asignado un papel que en teoría es fundamentalmente ceremonial. Firma decretos, recibe embajadores, representa al Estado en los actos oficiales. El poder real, se supone, lo tiene el gobierno, lo tiene Manuel Afaña, que es el presidente del Consejo de Ministros y el político más brillante y más frío de toda la República.
Pero Alcalaz Amora ha leído la Constitución, la ha leído muy bien y ha encontrado algo que sus compañeros quizás no calcularon con suficiente atención. cuando redactaron ese texto, el presidente de la República tiene más poderes reales de los que parece. Puede nombrar y cesar al presidente del gobierno. Puede disolver las cortes con ciertas condiciones.
Puede devolver leyes al Parlamento para que sean reconsideradas. Puede, en definitiva, interferir en el proceso político de maneras que van mucho más allá del papel decorativo que le habían asignado mentalmente sus compañeros de coalición. Y Alcalaz Amora decide usarlos no de manera irresponsable, no como un autócrata, pero los usa.
Los usa con la convicción de que es su obligación constitucional hacerlo, que para eso le han elegido, que una democracia necesita contrapesos y que él es uno de esos contrapesos. Sus compañeros no lo ven así. Sus compañeros ven a un hombre que se ha salido del guion, que no está cumpliendo el papel que le asignaron, que está interfiriendo donde no le llaman y empieza despacio, pero con determinación la tensión que acabará destruyéndole.
Pero retrocedamos un poco, porque para entender lo que pasa en 1932 y 1933, hay que entender qué está pasando en España en esos años. Y la respuesta corta es todo. Todo está pasando a la vez demasiado rápido, con demasiada intensidad. La reforma agraria intenta redistribuir la Tierra en Andalucía y Extremadura, donde el latifundio lleva siglos concentrando la riqueza en muy pocas manos.
Es una reforma necesaria, urgente, moralmente indiscutible en muchos aspectos, pero se hace mal, lenta, con una burocracia que desespera a los jornaleros que llevan generaciones esperando y que al mismo tiempo aterra a los propietarios que se sienten amenazados. Nadie queda satisfecho. Los de abajo porque los cambios llegan demasiado despacio, los de arriba porque llegan demasiado deprisa.
La reforma militar intenta modernizar un ejército sobredimensionado, con demasiados oficiales para muy pocos soldados. Heredado de las guerras coloniales del 19. Azaña la lleva adelante con una eficiencia que sus admiradores celebran y sus críticos nunca le perdonarán. Hay generales que se sienten humillados.
Hay oficiales que empiezan a reunirse en clubes privados y a hablar de cosas que no se deben decir en voz alta todavía. La cuestión religiosa sigue envenenando el ambiente. En mayo de 1931, antes incluso de que se apruebe la Constitución, hay quema de conventos en Madrid, Sevilla, Málaga. El gobierno no actúa con suficiente rapidez para impedirlo.
La imagen de iglesias ardiendo mientras las autoridades republicanas miran hacia otro lado, queda grabada en la memoria de millones de católicos españoles como una advertencia de lo que la República significa para su fe. Y Cataluña presiona para conseguir su estatuto de autonomía, lo que abre otro frente de conflicto con los sectores más centralistas y nacionalistas españoles.
En medio de todo esto, Alcalá Zamora ejerce la presidencia con una energía que sorprende a todos. Recibe a los líderes políticos, escucha, aconseja, advierte. Escribe cartas largas, detalladas, llenas de análisis político a los presidentes del gobierno. Cartas en las que señala errores, propone correcciones, pide moderación.
La mayoría de esas cartas son recibidas con impaciencia creciente por Asaña, que las considera intromisiones de un hombre que debería limitarse a inaugurar pantanos y recibir embajadores. Asaña escribe en su diario, ese diario extraordinario que es una de las fuentes más reveladoras de toda la historia de la República.
Comentarios sobre Alcalá Zamora que oscilan entre el desprecio intelectual y la irritación pura. Le llama vanidoso, interminable, incapaz de acabar un discurso lleno de digresiones inútiles. No le toma en serio como pensador político, pero sí le teme como obstáculo. Porque Alcalá Zamora, con todos sus defectos, con toda su verbosidad y su vanidad, tiene algo que Azaña no tiene y no puede comprar.
Legitimidad ante la España que no es de izquierdas, la España de los pueblos pequeños, de las familias que van a misa los domingos, de los propietarios medianos que no son latifundistas, pero tampoco son jornaleros. Esa España que mira a la República con desconfianza y que ve en Alcalazora la garantía de que el nuevo régimen no va a perseguirles.
Mientras Alcalazora esté ahí, esa España aguanta. Eso lo saben todos y es exactamente lo que hace tan complicado deshacerse de él. Llega el verano de 1932. El general San Jurjo intenta un golpe de estado en Sevilla. Fracasa estrepitosamente. San Jurjo es detenido, juzgado, condenado a muerte.
Y aquí Alcalazamora hace algo que le granjea enemigos a su izquierda para siempre. conmuta la pena de muerte por cadena perpetua. Argumenta razones humanitarias. Argumenta que ejecutar al general sería contraproducente, que haría de él un mártir. Azaña y los socialistas están furiosos. Consideran que la clemencia es una señal de debilidad, que la República tiene que demostrar que puede defenderse con dureza.
Alcalz Amora no cede y San Jurjo, que en 1936 iba a ser una de las figuras del golpe que destruyó la República, sigue vivo gracias a esa decisión. La historia tiene una ironía atroz. El hombre que intentó salvar la República siendo moderado y humano, salvó también la vida de uno de los hombres que acabaría con ella.
Pero en 1932, nadie sabe lo que va a pasar en 1936. En 1932 solo hay un presidente que se niega a comportarse como le han dicho que se comporte y unos compañeros que empiezan a preguntarse cuánto tiempo van a poder soportarlo. La respuesta es un poco más de lo que creen, pero bastante menos de lo que él espera.
Hay decisiones políticas que en el momento en que se toman parecen razonables, justificadas, incluso valientes, y que con el paso del tiempo se convierten en el epicentro de todo el odio acumulado de los que perdieron por ellas. Para mieto Alcalá Zamora. Esa decisión es la disolución de las cortes en septiembre de 1933 y la convocatoria de nuevas elecciones.
Pero para entender por qué toma esa decisión y por qué desata la tormenta que desata, hay que entender lo que está pasando en la República en ese momento. Porque 1933 es un año en el que todo lo que podía salir mal está saliendo mal a la vez. El gobierno de Azaña, que ha presidido los dos primeros años de la República con energía reformista, está agotado.
Las reformas han avanzado menos de lo prometido y han generado más enemigos de lo calculado. La Iglesia Católica ha movilizado a millones de fieles contra el gobierno. Los grandes propietarios rurales financian a los partidos de derechas. El movimiento anarquista, que nunca apoyó a la República, organiza huelgas y levantamientos que el gobierno reprime con una dureza que le cuesta apoyos a su izquierda.
En enero de 1933, en un pueblo de Cádiz llamado Casas Viejas, la Guardia Civil mata a más de 20 campesinos anarquistas. La imagen de los cadáveres en las calles del pueblo aparece en todos los periódicos. El gobierno queda marcado para Alcalá Zamora. El gobierno de Azaña ha perdido la mayoría real en las cortes y ha perdido la confianza del país.
La Constitución le da la facultad de actuar y actúa. En junio de 1933 fuerza la dimisión de Asaña. Encarga gobierno a Alejandro Lerrux, el viejo líder del partido republicano radical. Un político curtido en mil batallas, populista, pragmático, con un historial lo suficientemente turbio como para que la izquierda le desprecie y la derecha le tolere.
Lerrux no consigue gobernar con estabilidad. Hay otra crisis, otro gobierno interino. El caos parlamentario es evidente para cualquiera que mire con honestidad. Y entonces Alcalá Zamora toma la decisión. Septiembre de 1933. Disuelve las cortes. Convoca elecciones para noviembre. La reacción de la izquierda republicana es de furia absoluta.
Asaña, que siente que le han empujado por la escalera cuando podría haber bajado dignamente, no se lo perdonan nunca. En su diario escribe párrafos sobre Alcalá Zamora, que son pequeñas obras maestras del odio político elegante. Le acusa de haber traicionado a la República, de haber abierto las puertas a la reacción, de ser en el fondo un conservador que nunca creyó de verdad en el proyecto republicano.
Hay algo de injusticia en esa acusación, pero también hay algo de verdad. ¿Qué es lo que hace que las grandes acusaciones políticas sean tan efectivas? Siempre tienen un núcleo de realidad que las hace imposibles de rebatir del todo, porque Alcalá Zamora sí era más conservador que Asaña. Eso es cierto. Sí creía que las reformas se estaban haciendo demasiado rápido y de manera demasiado confrontacional.
Eso también es cierto, pero creer en la moderación no es lo mismo que traicionar la República y usar los poderes constitucionales que te han dado no es lo mismo que un golpe de estado. Aunque en la política de los años 30 la diferencia entre una cosa y otra dependía mucho de quién contaba la historia. Las elecciones de noviembre de 1933 son un terremoto.
La izquierda se presenta dividida. El Partido Socialista decide no formar coalición con los republicanos de izquierda, apostando por presentarse solo con la confianza de que sus resultados serán suficientes. Es un error de cálculo monumental. La derecha, mientras tanto, se ha organizado. La CEDA, la Confederación Española de Derechas Autónomas, liderada por José María Gil Robles, ha construido en tiempo récord una organización de masas impresionante, financiada generosamente por la Iglesia y los grandes propietarios, con mítines
multitudinarios y una maquinaria electoral que la izquierda republicana no puede igualar. El resultado, la derecha y el centro derecha ganan, la izquierda pierde. Las nuevas cortes tienen una composición radicalmente diferente a las anteriores. Para la izquierda, la culpa es de Alcalzamora. Si no hubiera disuelto las cortes, si no hubiera convocado elecciones antes de tiempo, el resultado habría sido diferente.
Quizás, probablemente no, pero la narrativa queda fijada. Alcalzamora ha entregado la República a la derecha. Ahora viene lo que en la historia política española se conoce como el bienio negro, los dos años de gobierno radical cedista bajo la supervisión de Alcalá Zamora. Y en estos dos años el presidente hace algo que la derecha no le perdona y que la izquierda tampoco le perdona, lo cual es una manera de decir que se convierte en el hombre que nadie quiere, pero que todos necesitan todavía.
Porque Alcala Zamora pone una condición fundamental a los gobiernos que se forman en estos dos años. La CEDA puede apoyar a los gobiernos, puede participar en los gobiernos, pero el programa tiene que mantenerse dentro de los límites constitucionales. No habrá reversión total de las reformas, no habrá persecución de los republicanos.
La Constitución se respeta. Hill Robles acepta porque no tiene otra opción mientras Alcalazora esté en la presidencia, pero no lo olvida. Y entonces llega octubre de 1934. La izquierda socialista, convencida de que la entrada de la ceda en el gobierno es el principio del fascismo español, lanza una huelga general revolucionaria.
En Asturias los mineros van más allá de la huelga. Hay una insurrección armada real con toma de ayuntamientos, enfrentamientos con la Guardia Civil, muertos de los dos lados. El gobierno encarga la represión al general Francisco Franco, que la lleva a cabo con una eficacia y una dureza que quedan grabadas en la memoria colectiva de la izquierda española como una advertencia sobre lo que ese hombre es capaz de hacer.
Alcalaz Amora está en el centro de todo esto, intentando que la represión no se convierta en matanza indiscriminada, intentando que los detenidos tengan garantías jurídicas, intentando frenar los impulsos más violentos de los sectores más duros del gobierno. consigue algunas cosas, no consigue otras y sale del episodio más desgastado que nunca, odiado por la izquierda que le hace responsable de la represión y sospechoso para la derecha que le hace responsable de haberla frenado.
En 1935, en medio de varios escándalos de corrupción que salpican a los partidos del gobierno, Alcadaz Amora empieza a distanciarse de los radicales de Errux, fuerza su salida del gobierno, busca una nueva mayoría que no existe. Las cortes están bloqueadas, los partidos incapaces de llegar a acuerdos estables, el país cada vez más polarizado y entonces toma la segunda gran decisión de su presidencia.
Disuelve las cortes por segunda vez. Convoca elecciones para febrero de 1936. Es la segunda disolución. Y esa segunda disolución, perfectamente legal según su lectura de la Constitución va a ser el arma con la que sus enemigos le destruyan dos meses después. Pero eso aún no lo sabe. Lo que sabe es que España necesita un mandato claro, un gobierno con legitimidad popular, una salida del loqueo y que las urnas, por imperfectas que sean, son la única manera civilizada de encontrarla.
Convoca las elecciones y sin saberlo firma su propia sentencia. Febrero de 1936, España vota y el resultado es uno de esos momentos históricos que según desde donde se miren, parecen cosas completamente distintas. El Frente Popular, la coalición de izquierdas que agrupa a republicanos de izquierda, socialistas, comunistas y otros grupos menores gana las elecciones.
No por un margen aplastante. Los historiadores llevan décadas debatiendo los números exactos. Las irregularidades de aquí y de allá, los votos que se contaron y los que no se contaron, pero gana. Asaña vuelve al poder. La izquierda celebra su victoria en las calles. La derecha no acepta el resultado con elegancia.
Hay sectores que desde la misma noche electoral empiezan a hablar de fraude, de pucherazo, de que los resultados no son válidos. Hill Robles presiona al gobierno en funciones para que declare el estado de guerra antes de entregar el poder. Los militares conspiradores, que llevan meses reuniéndose en secreto, aceleran sus planes.
Y en medio de todo esto, Niseto Alcalá Zamora hace lo que lleva 5 años haciendo. Intenta que las instituciones funcionen, que la transferencia de poder sea ordenada, que la Constitución se respete, que nadie haga una locura irreversible. Lo consigue. Azaña forma gobierno. La República sigue funcionando, al menos en apariencia. Pero algo ha cambiado.
Algo fundamental ha cambiado en la relación entre Alcalazora y el nuevo poder. Porque el Frente Popular ha ganado las elecciones y el Frente Popular tiene ahora una mayoría en las cortes y esa mayoría puede hacer cosas que antes no podía hacer, entre ellas destituir al presidente de la República. La mecánica de lo que viene ahora es importante entenderla bien porque es uno de los episodios más oscuros y más reveladores de toda la historia de la Segunda República.
No es un golpe de estado. No hay tanques en la calle ni generales dando ultimátums. Es todo perfectamente legal, perfectamente constitucional en la letra, perfectamente asesino en la intención. El artículo 81 de la Constitución de 1931, ese artículo que Alcalaz Amora ayudó a redactar, ese artículo que en su momento parecía una salvaguarda democrática razonable, dice lo siguiente: “En esencia, si el presidente de la República disuelve las Cortes por segunda vez, la nueva cámara, una vez constituida, puede examinar la
necesidad de esa segunda disolución. Si por mayoría absoluta dictamina que la disolución no era necesaria, el presidente queda automáticamente destituido. Alcaraz Amora ha disuelto las cortes por segunda vez en enero de 1936 para convocar las elecciones que ha ganado el Frente Popular. La nueva cámara dominada por el Frente Popular va a examinar si esa segunda disolución era necesaria.
¿Ven lo que está pasando aquí? El Frente Popular ha llegado al poder gracias a las elecciones que convocó Alcalazamora y ahora va a utilizar esas mismas elecciones para destruir a quien las convocó. Es una elegancia perversa que solo la política puede producir. ¿Por qué? ¿Por qué el Frente Popular quiere deshacerse de Alcalá Zamora cuando acaba de ganar las elecciones que él convocó? Hay varias razones y todas son reales y todas se superponen.
La primera es personal. Manuel Azaña nunca le perdonó las crisis de 1933. Nunca le perdonó que le sacara del gobierno. Tiene la memoria larga y el rencor más largo todavía. Ahora tiene el poder para ajustar cuentas de manera perfectamente legal y lo va a usar. La segunda es política. Con Alcalaz Amora en la presidencia, el Frente Popular tiene un freno permanente.
Un presidente que puede objetar, que puede devolver leyes, que puede buscar pretextos para hacer crisis. Sin él, con alguien más afín en la presidencia, el camino es más libre. Y Azaña quiere ser presidente de la República. Lo quiere con una intensidad que sus biógrafos describen como casi física. Alcalaz Amora es el único obstáculo.
La tercera razón es ideológica. Para la izquierda del Frente Popular, Alcalá Zamora representa todo lo que ven mal en la República del primer bieno. Representa la moderación que permitió a la derecha organizarse, representa los frenos que pusieron a las reformas. representa esa España católica y conservadora que ellos quieren transformar profundamente y que él siempre ha protegido.
Y la cuarta razón, quizás la más honesta, aunque nadie la diga en voz alta, es el miedo. El miedo a lo que puede pasar en los próximos meses. Todo el mundo en la clase política española sabe en la primavera de 1936 que el país está al borde de algo. Los militares conspiran abiertamente, las milicias de distintos partidos se arman, los asesinatos políticos se multiplican en las calles.
El Estado parece incapaz de mantener el orden. En ese contexto, un presidente con poderes constitucionales reales, que además es impredecible, que puede tomar decisiones que nadie calcula de antemano, es un factor de incertidumbre que el nuevo poder no quiere. Mejor tenerle fuera. Mejor tener en la presidencia a alguien de confianza total.
Las Cortes se constituyen. Empieza el proceso formal del artículo 81. Se debate si la segunda disolución de enero de 1936 era o no era constitucionalmente necesaria. El debate es una farsa con pretensiones jurídicas. Los argumentos que se dan para decir que la disolución no era necesaria son técnicamente endebles. Cualquier constitucionalista imparcial, y los hubo que lo dijeron públicamente, aunque nadie les hizo caso, podría señalar que la disolución era perfectamente justificable dadas las circunstancias del bloqueo parlamentario
de 1935. Pero la mayoría que tiene el Frente Popular en las Cortes no necesita argumentos irrebatibles, necesita votos y los votos los tiene. 7 de abril de 1936. Las Cortes votan. 238 votos a favor de declarar innecesaria la segunda disolución. Cinco votos en contra. Cinco votos. En todo el parlamento solo cinco diputados están dispuestos a votar públicamente que Alcadzam Mora tiene razón.
El primer presidente de la Segunda República española queda destituido no por sus enemigos, por sus aliados, no por los generales que conspiran en los cuarteles, por los diputados que ocupan los escaños de la República que él fundó, usando el artículo de la Constitución que él mismo ayudó a redactar. Pensemos en lo que eso significa durante un momento, porque es fácil leer la fecha, 7 de abril de 1936 y seguir adelante como si fuera un dato más.
Pero si nos detenemos, si intentamos imaginar lo que siente un hombre en ese momento, la brutalidad de lo que acaba de ocurrir se vuelve casi física. Llevas 30 años en la política. Has pasado de servidor de la monarquía a fundador de la República. Has presidido el gobierno provisional. Has jurado la Constitución. Ha sobrevivido un golpe de estado, dos crisis de gobierno mayores, la revolución de Asturias, la presión de la derecha, la presión de la izquierda, la presión constante de un país que se está desintegrando a tu alrededor y que tú
intentas mantener unido con argumentos, con discursos, con cartas, con la convicción de que las instituciones pueden más que la violencia si se les da tiempo. Y en un día, con una votación de 238 contra cinco, todo eso termina. Sales del palacio de la presidencia. Nadie organiza ningún acto de despedida institucional que merezca ese nombre.
La prensa de izquierdas lo celebra. La prensa de derechas lo lamenta por razones que tienen más que ver con el atacar al Frente Popular que con ningún afecto real hacia él. Sus amigos son pocos, sus defensores públicos menos. va a su casa y probablemente esa noche, en algún momento entre el silencio y el insomnio, Niceto Alcalazamora entiende algo que no había querido entender en 5 años de presidencia, que nunca fue el fundador de la República.
Fue su escaparate, fue el rostro tranquilizador que mostraron hacia fuera mientras dentro construían algo que no tenía ningún espacio para un hombre como él. Y en el momento en que ese rostro ya no le servía, en el momento en que tenían votos suficientes para prescindir de él, lo apartaron con la misma frialdad con que se cambia un cartel de una tienda.
Quedan 10 semanas para el golpe de estado de julio. Quedan 10 semanas para que empiece la guerra civil. Y el hombre que más había luchado con todos sus errores y todas sus limitaciones por encontrar una salida política a la crisis española, está en su casa destituido, sin cargo, sin poder, sin voz institucional.
España va a necesitar exactamente esa voz en las próximas semanas y ya no va a tener acceso a ella. Hay una carta, no es una carta famosa, no aparece en los libros de texto. No se enseña en las universidades españolas con la frecuencia que merece, pero existe, está en los archivos. Y cuando la lees, cuando lees lo que Niseto Alcalasamora escribió en los meses anteriores al golpe de estado de julio de 1936, te quedas paralizado.
Porque lo vio, lo vio todo con una claridad que resulta casi insoportable en retrospectiva. Alcalaz Amora describió en documentos privados, en conversaciones con políticos extranjeros, en notas personales que escribía con esa grafía apretada y minuciosa que tenía. exactamente lo que iba a pasar.

Describió la polarización creciente, describió los militares que conspiraban, describió la incapacidad del Frente Popular para mantener el orden público sin perder el apoyo de sus bases más radicales. Describió la trampa mortal en la que España estaba entrando y nadie le escuchó. No porque sus análisis fueran malos, sus análisis eran extraordinariamente buenos, sino porque en abril de 1936 ya no tenía cargo, ya no tenía poder institucional, ya no era nadie en la estructura formal del Estado, era un expresidente destituido mediante una maniobra parlamentaria.
Sus palabras no tenían el peso que tenían cuando ocupaba el palacio de la presidencia. Le habían quitado el micrófono y España iba a pagar esa decisión durante 40 años. Pero para entender la magnitud de lo que se pierde con la destitución de Alcada Amora, hay que entender lo que está pasando en España entre abril y julio de 1936, porque esos tres meses son quizás los tres meses más importantes y más estudiados de toda la historia española del siglo XX y también los más terribles.
La violencia política se desborda desde el primer día de las nuevas cortes. No es una violencia espontánea, aunque a veces lo parezca. Es una violencia organizada, sistemática, alimentada por todos los extremos simultáneamente. Las milicias falangistas atacan a militantes de izquierdas. Las milicias socialistas y comunistas responden, “Hay pistoleros de unos y de otros que se matan en las calles de Madrid con una regularidad que va normalizando lo que nunca debería normalizarse.
Los números son brutales. Entre febrero y julio de 1936 hay en España más de 200 muertos por violencia política, más de 13 heridos, decenas de iglesias quemadas, cientos de detenciones arbitrarias de uno y otro lado, huelgas que paralizan sectores enteros de la economía, ocupaciones de tierras en Andalucía y Extremadura, protagonizadas por jornaleros que han esperado demasiado y no están dispuestos a esperar más.
El gobierno del Frente Popular, presidido ahora por Manuel Azaña como presidente de la República y con Santiago Casares Quiroga como presidente del Consejo de Ministros, no tiene una respuesta efectiva para nada de esto. No porque sean malas personas, no porque no vean el problema, sino porque están atrapados en la misma contradicción que había atrapado a todos los gobiernos republicanos desde 1931.
Para mantener el orden necesitan usar la fuerza, pero usar la fuerza contra sus propias bases les cuesta el apoyo que necesitan para gobernar. Es un círculo vicioso perfecto y no tiene salida política. Alcalá Zamora lo sabe. Lleva años diciéndolo. Lleva años advirtiendo que una república que no puede mantener el orden sin perder su base social es una república que está viviendo de prestado.
Y en esos meses de primavera de 1936, fuera ya del poder, con más tiempo para pensar y menos necesidad de guardar las formas diplomáticas, escribe y habla con una franqueza que resulta extraordinaria. habla con diplomáticos extranjeros que le visitan. El embajador británico en Madrid le entrevista en mayo de 1936 y manda a Londres un despacho en el que resume la conversación.
Alcalaz Amora le dice con todas las letras que si la situación no cambia radicalmente en las próximas semanas, habrá un golpe militar. Le dice que los generales están organizados. le dice que el gobierno no lo sabe o no quiere saberlo o sabe que no puede impedirlo. El embajador británico considera que el análisis de Alcalazamora es el más lúcido que ha escuchado en Madrid desde hace meses.
Ese despacho llegó a Londres. Nadie en el gobierno español lo supo. O si lo supieron, no actuaron. Porque hay algo en el comportamiento del gobierno del Frente Popular en esos meses de primavera que los historiadores siguen debatiendo y que resulta difícil de explicar con argumentos puramente racionales. El gobierno tiene información sobre la conspiración militar, no toda, no los detalles precisos, pero tiene indicios suficientes.
Hay informes de la policía sobre reuniones de generales. Hay delatores dentro del ejército que avisan. Hay señales que un gobierno dispuesto a verlas podría ver y sin embargo, el gobierno no actúa con contundencia. ¿Por qué? Hay varias teorías, una es la incompetencia pura. Casares Quiroga, el presidente del Consejo, es un hombre leal, pero no es un político de primera línea en gestión de crisis y subestima sistemáticamente el peligro.
Otra teoría es más oscura. Algunos sectores del Frente Popular, los más radicales, no ven con desagrado la posibilidad de un golpe, porque un golpe fallido les daría la excusa para una revolución total que en condiciones normales no podrían hacer. Esta teoría es la más inquietante y tiene defensores serios entre los historiadores.
Alcalá Zamora conoce esas dos posibilidades y las dos le aterran por razones diferentes. La incompetencia se puede corregir, la provocación deliberada no. El 12 de julio de 1936, militantes de la extrema derecha asesinan al teniente José Castillo, oficial de la guardia de asalto y militante socialista. La noche siguiente, en represalia, un grupo de guardias de asalto saca de su casa al líder conservador, José Calvo Sotelo, y le mata de un disparo en la nuca.
Su cadáver aparece en el depósito municipal de Madrid a la mañana siguiente. El asesinato de Calvo Sotelo es el detonante que hace irreversible lo que ya era casi irreversible. El 17 de julio, el ejército de África se subleva en Marruecos. El 18 de julio, el golpe se extiende a la península. España entra en guerra.
Alcadazamora está en Francia cuando recibe la noticia. Se queda pararizado. No por la sorpresa, porque la sorpresa ya no existe para quien lo había visto venir con tanta claridad. Se queda paralizado por algo más difícil de gestionar que la sorpresa. La confirmación. La confirmación de que tenía razón y que haber tenido razón no sirve de nada cuando ya no tienes ningún poder para cambiar nada.
Eso es quizás lo más cruel que puede pasarle a un político. No equivocarse, acertar y que tu acierto sea completamente inútil porque ya no estás en posición de actuar. En sus notas privadas de esos días, Alcalá Zamora escribe algo que sus biógrafos citan con frecuencia, porque condensa, en pocas palabras, toda la tragedia de su historia y de la historia de la República.
Escribe, “Me destituyeron para que no pudiera frenar lo que veía venir y ahora lo que veía venir ha llegado y no puedo frenarlo y ya nadie puede.” Son palabras de un hombre roto, pero son también, y esto es importante decirlo, las palabras de un hombre que entiende exactamente lo que ha pasado, sin autoengaño, sin buscar excusas, con esa claridad dolorosa que solo llega cuando ya no hay nada que perder, fingiendo que las cosas son distintas de como son.
La guerra ha empezado y el hombre que más había luchado por evitarla está solo en un hotel de París leyendo los periódicos sin dormir, calculando cuántos muertos va a costar lo que acaba de empezar. Los cálculos que haga esa noche se quedarán cortos. Siempre se quedan cortos. Existe un tipo de exilio que todo el mundo conoce.
El exilio del derrotado, del perseguido, del que huye porque si se queda le matan. Ese exilio tiene una lógica trágica pero comprensible. Huyes porque no tienes otra opción. Y luego existe otro tipo de exilio, menos conocido, más sutil y en cierto modo más cruel. El exilio del que se queda fuera porque ninguno de los dos bandos que están destruyendo su país le quiere dentro.
El exilio del que no encaja en ningún bando porque tiene la desgracia de ser demasiado complejo para los tiempos que corren. Los tiempos que corren en una guerra civil no admiten matices. No hay espacio para el hombre que dice que los dos lados tienen parte de razón y parte de culpa. En una guerra civil, o estás con nosotros o estás contra nosotros.
Y el hombre que se niega a elegir acaba solo en los dos sentidos de la palabra. Ese es el exilio de Niceto Alcalzamora. Cuando estalla la guerra civil en julio de 1936, Alcalazamora está en Francia y desde ese momento comienza la experiencia más humillante de su vida, que es el descubrimiento sistemático de que nadie le quiere. Empieza por la República.
El gobierno republicano, que en los primeros días del golpe está en estado de shock y caos total, no le llama, no le consulta. No le pide que vuelva, que ejerza algún papel, que use su nombre y su prestigio para algo. Algunos historiadores han especulado con que si en esos primeros días Alcalazora hubiera vuelto a España como figura de mediación, como presidente legítimamente elegido que ofrece una salida política negociada, quizás algo podría haber cambiado.
Es una especulación, pero no es absurda. Su figura tenía credibilidad en sectores conservadores que en los primeros días del golpe todavía no habían tomado partido definitivo, pero nadie le llama. Azaña, que es ahora presidente de la República, no hace ningún gesto hacia él. Los líderes socialistas no le consideran uno de los suyos.
Los republicanos de izquierda que quedan tienen otras prioridades. Alcalaz Amora es el pasado y en una guerra el pasado no vota. Luego está el bando franquista. Franco y sus generales tampoco le quieren naturalmente. Para ellos, Alcalaz Amora es el hombre que legitimó la República, que la presidió durante 5 años, que conmutó la pena de muerte de San Jurjo en 1932.
Es un enemigo del movimiento nacional, aunque sea un enemigo menor, un político del sistema que colapsó y no un revolucionario marxista. No merece el honor de la persecución activa, merece simplemente el silencio, el olvido, la irrelevancia. Así que Alcalaz Amora queda atrapado en ese espacio vacío y gélido que hay entre dos frentes, cuando los dos frentes te han dado la espalda.
Pasa la guerra en Francia, vive en París, luego en otros lugares con los recursos que tiene, que no son muchos. Ha dejado España sin llevarse prácticamente nada. Su patrimonio, su biblioteca, sus archivos personales, sus manuscritos quedan en España. Parte de esos materiales serán confiscados, dispersados, destruidos.
Parte llegarán eventualmente a los archivos décadas después, cuando ya casi nadie los busca. En París escribe, escribe mucho con la disciplina de un hombre que no tiene otra cosa que hacer y que sabe que el tiempo se acaba, aunque todavía no sabe cuánto tiempo le queda. Escribe sus memorias, escribe análisis políticos, escribe artículos para publicaciones latinoamericanas que los publican porque allí su nombre todavía tiene algún peso, algún significado.
Y en esos escritos hay algo extraordinario que merece detenerse. Alcalaz Amora no escribe como los otros exiliados de su generación. Los exiliados republicanos españoles en general, y esto es comprensible y humano, tienden a escribir desde la victimización. La República era buena, Franco es malo. Los que la destruyeron desde fuera son los culpables.
Es una narrativa que tiene mucho de verdad, pero que simplifica una realidad mucho más compleja. Alcalz Amora no hace eso. Alcalaz Amora señala con nombres y apellidos los errores que cometió la propia República. Señala las decisiones equivocadas. señala los momentos en que la polarización pudo haberse evitado y no se evitó.
Señala Azaña a los socialistas, a los anarquistas como actores que contribuyeron al desastre, no solo como víctimas, sino también como protagonistas. Esto le hace impublicable en los círculos republicanos del exilio, donde la narrativa oficial no admite autocrítica y le hace doblemente impublicable en la España de Franco.
Naturalmente, sus memorias, tituladas simplemente Memorias son uno de los documentos más honestos y más incómodos de toda la literatura política española del siglo XX. No son perfectas. Tienen los sesgos de un hombre que está contando su propia historia y que inevitablemente se dé a sí mismo con más benevolencia de la que algunos hechos justifican.
Pero tienen algo que muy pocos documentos de esa época tienen. La voluntad de mirar de frente lo que salió mal, aunque eso signifique señalar a los propios. Llegarán tarde a España, décadas tarde, pero llegan. Mientras tanto, en 1940, cuando los alemanes invaden Francia, Alcalaz Amora tiene que moverse.
París ya no es seguro para un expresidente de la República Española. No porque los nazis tengan especial interés en él, sino porque la situación general se vuelve imposible para cualquier español republicano en la Francia ocupada. Alcada Zamora consigue salir. Llega a Argentina. Buenos Aires en 1940 es una ciudad llena de exiliados españoles.
Hay republicanos de todos los colores, comunistas, socialistas, anarquistas, republicanos de izquierda, republicanos de derecha. Hay intelectuales, escritores, científicos, artistas que han traído con ellos todo el capital cultural de una generación que España ha expulsado de la manera más brutal. Y entre todos ellos está Alcalazamorá, viejo, ya cansado, con la salud que empieza a fallar, pero con la cabeza perfectamente clara, perfectamente lúcida, perfectamente capaz todavía de analizar lo que pasó y por qué pasó, con
una precisión que pocos de sus contemporáneos pueden igualar. En Buenos Aires. Continúa escribiendo, da conferencias, recibe a políticos y periodistas que buscan su testimonio. Es tratado con respeto como exjefe de Estado, aunque ese respeto tiene la melancolía de todo lo que es honorífico sin ser real. Le respetan como se respeta algo que ya no existe, como se respeta a un museo, a un monumento, a una reliquia.
No hay ningún gobierno español que le reconozca como lo que es. El gobierno de Franco no le reconoce porque para Franco es un enemigo menor, pero enemigo al fin. El gobierno republicano en el exilio, que opera desde México con Álvaro de Albornos como presidente no le reconoce tampoco con ningún cargo ni función real.
Porque en la narrativa oficial del exilio republicano, Alcalá Zamora es un personaje incómodo, un hombre que presidió la República, pero que fue destituido por los propios republicanos. Un hombre que criticó a Azaña, a los socialistas, a las izquierdas. Un hombre cuya visión del fracaso republicano no coincide con la versión oficial que el exilio necesita mantener para preservar su identidad y su esperanza de retorno.
Es más fácil olvidarle y le olvidan. Hay algo en eso que va más allá de la injusticia política y entra en el territorio de la crueldad humana más básica. Un hombre que dedicó su vida a un proyecto político, que arriesgó su carrera y su seguridad por ese proyecto, que fue presidente del Estado que ese proyecto creó, acaba sus días en un país extranjero, sin reconocimiento de ningún gobierno, sin cargo, sin función, sin que los herederos políticos de su causa encuentren espacio para incluirle en su historia.
Muere en Buenos Aires el 18 de febrero de 1949. tiene 71 años. El parte médico habla de causas naturales, el corazón, los años, el desgaste. Nadie menciona el exilio, nadie menciona la soledad, nadie menciona lo que cuesta morirse lejos de casa, sabiendo que el país que construiste se ha convertido en algo que no reconoces y que los hombres que lo destruyeron desde dentro siguen siendo los héroes de una narrativa que no tiene espacio para ti.
El gobierno español de Franco no emite ningún comunicado. El gobierno republicano en el exilio tampoco. Cinco diputados votaron en 1936 que Alcalá Zamora tenía razón. Cinco. En su entierro en Buenos Aires hay más personas que eso, pero no muchas más. Voy a contarte algo que los libros de historia no cuentan.
No porque sea un secreto en el sentido técnico de la palabra. La información existe, los documentos existen, los archivos están ahí consultables, accesibles para cualquier historiador que quiera trabajarlos. No hay una conspiración activa para ocultar esta historia. Hay algo más efectivo que una conspiración. Hay indiferencia.
Hay la decisión colectiva, nunca explícita, pero perfectamente real, de que ciertas historias no merecen el espacio que otras historias sí merecen, de que ciertos personajes no encajan bien en ninguna narrativa cómoda y que por tanto es más fácil dejarles en los márgenes, en las notas a pie de página, en los capítulos que nadie lee.
Nieto Alcalá Zamora lleva 90 años en esa nota a pie de página y hoy vamos a sacarlo de ahí. Empecemos por el dato más impresionante, el más concreto, el que mejor ilustra la magnitud de lo que la destitución de Alcalá Zamora significó para la historia de España. El 7 de abril de 1936, el día en que las Cortes votan su destitución, Alcalá Zamora está en pleno proceso de una negociación que muy poca gente conoce.
una negociación discreta, realizada a través de intermediarios con sectores moderados del ejército y de la derecha política, para intentar construir un gran pacto de estabilidad que aislara a los extremos de ambos lados y diera a la República una base de apoyo más amplia que la que tenía el Frente Popular. No era una negociación fácil, era una negociación que podía fracasar, que tenía enormes obstáculos, que requería concesiones que la izquierda del Frente Popular nunca habría aceptado voluntariamente.
Pero existía, había interlocutores reales, había conversaciones reales. El día que Alcalas Zamora es destituido, esa negociación muere. No porque los interlocutores del otro lado desaparezcan, sino porque el único hombre con la credibilidad y la posición institucional para llevarla adelante acaba de perder esa posición institucional.
Sin Alcalá Zamora, la negociación no tiene sentido. Las personas con las que estaba hablando no van a sentarse con Asaña, no van a sentarse con los socialistas. Alcalá era el puente y el puente acaba de ser destruido por las mismas personas que necesitaban cruzarlo. ¿Habría funcionado esa negociación? Nadie puede saberlo con certeza.
La historia no tiene versiones alternativas verificables, pero sí podemos decir esto. Era la última posibilidad real de una salida política a la crisis y desapareció el 7 de abril de 1936. 10 semanas antes del golpe. El segundo dato que los libros de texto no cuentan tiene que ver con Manuel Asaña.
Asaña es el gran héroe intelectual de la Segunda República en la memoria histórica española progresista y hay razones para ese reconocimiento. Era un escritor extraordinario, un pensador brillante, un político con una visión del estado moderno que estaba décadas adelantada a su tiempo. Sus discursos son obras maestras de la oratoria política.
Sus diarios son literatura de primer orden. Pero azaña también es el hombre que orquestó la destitución de Alcalá Zamora. Y esto es algo que la geografía azañista tiende a pasar con mucha rapidez, con muchas justificaciones técnicas sobre el artículo 81 y la necesidad política del momento, sin detenerse suficientemente en lo que esa decisión significó en términos de consecuencias reales.
Porque después de destituir a Alcalazamora, Azaña se convirtió en presidente de la República. consiguió lo que quería, el cargo más alto del estado, la posición que había deseado durante años. Y entonces descubrió que ese cargo, en las circunstancias de la primavera y el verano de 1936, era una trampa perfecta.
Asaña como presidente de la República no podía gobernar, no podía tomar decisiones ejecutivas, no podía dirigir la guerra cuando estalló, no podía frenar los excesos de las milicias revolucionarias en la zona republicana. No podía hacer prácticamente nada, excepto observar con la inteligencia descarnada que tenía y que en ese contexto era casi una tortura, el hundimiento de todo lo que había intentado construir.
Sus diarios de guerra son posiblemente el documento más desolador de toda la historia española del siglo XX. Un hombre que ve con perfecta claridad que todo está saliendo mal, que la República se está destruyendo a sí misma desde dentro al mismo tiempo que Franco la destruye desde fuera, que las ejecuciones en la retaguardia republicana son un crimen y un error político simultáneamente.
que la revolución que los anarquistas y los sectores más radicales del PSOE están haciendo en las zonas republicanas está saboteando el esfuerzo de guerra y que no puede hacer nada para impedirlo porque no tiene poder real, solo título. Azaña en sus diarios llega a decir casi literalmente que la República no tiene salvación.
Lo dice desde la presidencia que arrancó a Alcalá Zamora. Y uno no puede evitar preguntarse, ¿lo habría dicho desde ahí si Alcalazora siguiera siendo presidente o habría tenido que decírselo a alguien con poder real para actuar? El tercer dato que nadie cuenta es el de las memorias. Las memorias de Alcalá Zamora, escritas en el exilio, contienen algo que en su momento resultaba políticamente intolerable para todos y que hoy, con la perspectiva de casi un siglo, resulta simplemente verdadero.
Contienen la descripción más lúcida y más honesta del proceso de autodestrucción de la Segunda República que existe en toda la literatura política española. Alcala Zamora describe cómo la República fue secuestrada primero por las izquierdas que la usaron como instrumento de revolución social en lugar de construcción democrática.
Y luego por las derechas que la usaron como pretexto para la reacción. describe cómo los partidos fueron incapaces de anteponer el interés del régimen al interés del partido. Describe como la polarización fue alimentada conscientemente por actores que calculaban que la crisis les beneficiaría políticamente sin calcular que la crisis podía destruirlos a todos.
describe, en definitiva, cómo las democracias mueren no siempre por la violencia exterior, sino por la traición interior. Esas memorias fueron publicadas de manera parcial y tardía. No llegaron al gran público español durante el frantismo, naturalmente. Y después del franquismo, en la transición y en los años siguientes, el debate político español tenía otras urgencias y otras narrativas que gestionar.
La memoria de Alcalaz Amora quedó en ese espacio intermedio incómodo que es el destino de todos los que tuvieron razón en el momento equivocado. Hay un cuarto dato, quizás el más inquietante de todos. En los años posteriores a la muerte de Alcalazora, varios historiadores españoles y extranjeros que trabajaron sus archivos llegaron a conclusiones similares sobre un punto concreto, la decisión de destituirle en abril de 1936.
La decisión que tomó el Frente Popular usando el artículo 81 no fue solo una maniobra política de hazaña para conseguir la presidencia. Fue también una señal, una señal involuntaria. probablemente no calculada como tal, pero perfectamente visible para los militares que conspiraban. Porque lo que la destitución de Alcadzamora demostró a los generales que planeaban el golpe fue esto, que la República era incapaz de mantener sus propias instituciones, que los republicanos estaban tan ocupados destruyéndose entre ellos que
no tendrían capacidad de resistencia cuando llegara el momento. Que el Estado republicano era internamente tan débil que un golpe bien organizado podría triunfar. El general Mola, el cerebro organizativo del golpe de julio, comentó en conversaciones privadas recogidas por varios testimonios que la destitución de Alcalá Zamora fue interpretada en los cuarteles como una señal de que la República estaba madura para ser derribada, que si los propios republicanos se destruían entre sí con esa facilidad, el trabajo del ejército
iba a ser más sencillo de lo esperado. Mola se equivocó en eso. La resistencia republicana fue mucho más dura y más larga de lo que nadie calculó. Pero la interpretación inicial, la lectura de la destitución como señal de debilidad interna es históricamente documentable, lo que significa que la maniobra parlamentaria de abril de 1936, pensada para consolidar el poder del Frente Popular, contribuyó objetivamente, aunque no intencionalmente, a animar a los golpistas.
La República se disparó en el pie y el hombre al que dispararon en el pie era el que más había luchado por mantenerla en pie. Hay una ironía final en esta historia que merece ser contada. En 1977, 40 años después de la guerra civil y 2 años después de la muerte de Franco, España celebra sus primeras elecciones democráticas. Comienza la transición.
Adolfo Suárez, un político salido del interior del régimen franquista, lidera el proceso de reforma que lleva a la democracia. Se aprueba una nueva Constitución en 1978. En el debate sobre esa nueva Constitución, varios juristas y políticos que conocen la historia de la Segunda República mencionan el artículo 81 de la Constitución de 1931, el artículo que se usó para destituir a Alcalas Zamora.
Y hay un consenso bastante amplio en que ese artículo fue un error de diseño constitucional, una herramienta que permitía la destitución de un presidente por razones esencialmente políticas disfrazadas de argumentos técnicos. La Constitución de 1978 no tiene ese artículo. La democracia española que nació de las cenizas del franquismo aprendió, entre otras cosas, esa lección concreta de la historia de la Segunda República.
La lección que le costó la presidencia, el país y la vida a Niseto Alcalá Zamora. 90 años después su nombre aparece en algunas calles de ciudades españolas. Hay una fundación que lleva su nombre en Priego de Córdoba. su ciudad natal. Hay historiadores que trabajan sus archivos con rigor y con respeto. Hay libros, artículos, tesis doctorales.
Pero si preguntas por la calle en España quién fue Niceto Alcalzamora, la mayoría de la gente no lo sabe. Y eso en sí mismo es también parte de su historia. Porque las democracias que no conocen a quienes las fundaron y a quienes las perdieron están condenadas a no entender completamente por qué las tienen.
Y en tiempos en que las democracias vuelven a estar amenazadas, en tiempos en que la polarización vuelve a alimentarse sola, en tiempos en que los extremos vuelven a devorar al cenro con la misma lógica implacable que devolvió a Alcalazora a la condición de nadie político en abril de 1936. Quizás merece la pena recordar a este hombre, no como héroe, no como víctima, no como santo, como advertencia.
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