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La Enfermera Que VIO al Che Guevara LLORAR en Su ÚLTIMA NOCHE — 56 Años Después ROMPE Su Silencio

 

En ese momento, Julia Cortés no sabía que las lágrimas que limpió del rostro del Cheegevara esa última noche contenían el secreto más devastador de la revolución cubana. A sus 19 años, esta enfermera boliviana fue testigo de algo imposible, el hombre más valiente de América Latina, llorando desconsoladamente y confesando un secreto que cambiaría todo lo que ella escuchó en esa celda oscura lo guardó durante 56 años.

 Hasta ahora, octubre de 2023, vía un Santa Cruz, Bolivia. Julia Cortés Menéndez tiene 75 años y finalmente está lista para hablar. Sus manos tiemblan mientras sostiene una fotografía amarillenta del 8 de octubre de 1967. Prea última noche que pasó junto al hombre que cambió su vida para siempre. He vivido 56 años con este peso dice con voz quebrada.

 He tenido pesadillas cada noche desde entonces, pero ahora, antes de morir, el mundo merece saber la verdad sobre quién era realmente Ernesto Guevara en sus últimas horas. Pero lo más impactante no era solo lo que Julia vio esa noche, sino lo que el che le confesó entre soyosos, palabras que destruirían para siempre la imagen del revolucionario invencible que el mundo conocía.

 Para entender la magnitud de lo que Julia presenció, primero necesitas conocer quién era ella y cómo una joven campesina boliviana terminó siendo la última persona en consolar al guerrillero más famoso del mundo. Julia Cortés había nacido en 1948 en Vallegrande, un pueblo pequeño a 50 km de la higuera. Su familia era humilde, su padre trabajaba la tierra y su madre cocía ropa para los vecinos.

 A los 16 años, Julia mostró habilidades especiales para cuidar enfermos. Cuando su hermano menor casi murió de fiebre tifoidea, fue Julia quien lo cuidó durante semanas hasta salvarlo. El médico local, el Dr. Moisés Abraham, quedó impresionado por su dedicación y le ofreció entrenarla como auxiliar de enfermería.The Nurse Who Washed Che Guevara -- 56 Years Later Reveals What She Saw on  His Body - YouTube

 Durante 3 años, Julia aprendió todo lo que pudo. Cómo limpiar heridas, cómo aplicar vendajes, cómo reconocer fiebres peligrosas, cómo dar inyecciones, cómo preparar soluciones desinfectantes. Era una estudiante dedicada que memorizaba cada procedimiento con precisión casi obsesiva. En 1967, de segures, a sus 19 años, Julia era la única persona en Vallegrande con conocimientos médicos, además del Dr.

Abraham, quien ya tenía 68 años y problemas de salud que limitaban su movilidad. El 8 de octubre de 1967 comenzó como cualquier otro día para Julia. Se levantó a las 5 de la mañana, preparó desayuno para sus padres y sus cuatro hermanos menores. Caminó 2 km hasta la pequeña clínica donde trabajaba con el Dr. Abraham.

 Ese día atendieron casos rutinarios, un niño con infección de oído, una mujer embarazada que necesitaba vitaminas, un anciano con dolor de espalda. Julia no tenía idea de que su vida estaba a punto de cambiar para siempre. A las 3 de la tarde, un jeep militar llegó a toda velocidad frente a la clínica. Dos soldados bajaron apresuradamente y entraron sin tocar.

 ¿Dónde está el doctor?, preguntó el sargento con urgencia evidente en su voz. El Dr. Abraham salió de su consultorio caminando con dificultad. Apoyado en su bastón. ¿Qué sucede?, preguntó con tranquilidad profesional. Necesitamos ayuda médica en la higuera inmediatamente. ¿Qué tipo de emergencia? El sargento dudó un momento, luego dijo en voz baja, “Capturamos guerrilleros.

Algunos están heridos. Necesitamos que alguien los mantenga vivos esta noche.” Julia sintió un escalofrío recorrer su espalda. Había escuchado rumores sobre guerrilleros en las montañas, pero parecían historias lejanas que no la afectaban directamente. El Dr. Abraham negó con la cabeza lentamente. No puedo ir.

 Mis rodillas apenas me permiten caminar hasta aquí. El viaje a la higuera me destruiría. El sargento mostró frustración visible. Doctor, son órdenes directas del coronel Centeno. Necesitamos personal médico allá esta noche. Entonces, lleven a Julia, dijo el doctor señalándola. Julia sintió que el mundo se detenía. Yo, doctor, yo no soy médico, solo soy auxiliar.

 Sabes más que cualquier otra persona disponible. Puedes manejar heridas básicas y mantener a los prisioneros estables. El sargento la evaluó con la mirada, dudando. ¿Cuántos años tiene? 19. Pero tiene manos firmes y conoce su trabajo, respondió el doctor con autoridad. Está bien. Recoja sus cosas, señorita. Salimos en 5 minutos.

 Julia corrió a su casa para avisarle a su madre. Mamá, tengo que ir a la higuera con los militares. Hay heridos que necesitan atención. Su madre, Rosa Menéndez palideció. Julia, no es peligroso. Y si esos guerrilleros te hacen daño. Son prisioneros, mamá. Están bajo custodia militar. Estaré segura. Pero Julia no estaba segura de nada.

 Mientras empacaba vendas, alcohol, gasas y medicamentos básicos en un maletín de cuero, sus manos temblaban incontrolablemente. No sabía que esa noche cambiaría su vida para siempre. El viaje a la higuera tomó 2 horas por caminos de tierra llenos de baches. Julia iba callada en la parte trasera del chip militar, sosteniendo su maletín médico contra su pecho, como si fuera un escudo protector.

 Los soldados hablaban entre ellos en voz baja, mencionando nombres que Julia no reconocía, el Che, Willy, Pombo llegaron a la higuera cuando el sol comenzaba a ponerse pintando el cielo de naranja y púrpura. El pueblo era aún más pequeño que Valle Grande, apenas unas pocas casas de adobe alrededor de una plaza central dominada por una escuela de un solo piso.

 Había soldados por todas partes, al menos 50, todos armados y tensos. El ambiente estaba cargado de una energía extraña, mezcla de celebración y nerviosismo. “Los tienen en la escuela”, explicó el sargento mientras la guiaba hacia el edificio. “Tres prisioneros, dos están relativamente bien, pero el tercero está más herido.

 Ese es tu trabajo, mantenerlo vivo esta noche. ¿Por qué solo esta noche?”, preguntó Julia, aunque parte de ella conocía la respuesta. El sargento no respondió, solo la empujó suavemente hacia la entrada de la escuela. Adentro, el olor a sudor, sangre y tierra mojada era abrumador. Había tres aulas pequeñas. En dos de ellas había guerrilleros prisioneros sentados en el suelo, custodiados por soldados armados.

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