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El Barbero Que AFEITÓ al Che 3 Horas Antes de Morir — Lo Que SUSURRÓ DESTRUIRÁ Todo Lo Que Creías

 

En ese momento, nadie sabía que el barbero que afeitó al Cheegevara 3 horas antes de su ejecución había escuchado sus últimas palabras secretas, y menos aún sabían que un niño de 10 años había robado su diario esa misma noche. Lo que ambos descubrieron los perseguiría durante más de 50 años. Hoy, antes de morir, finalmente revelan la verdad completa. Octubre 9, 1967.

La higuera, Bolivia. El sol apenas comenzaba a elevarse sobre las montañas cuando Mario Vargas, un barbero de 34 años del pueblo, fue despertado bruscamente por golpes violentos en su puerta. Eran las 6:30 de la mañana. Tres soldados bolivianos estaban parados en su umbral con rifles en mano. “Tienes que venir ahora”, le dijeron sin explicación.

 Hay alguien que necesita un corte de cabello. Mario sintió que su sangre se helaba. En ese pequeño pueblo de apenas 300 habitantes, todos sabían lo que había pasado el día anterior. El famoso guerrillero argentino, el Cheegevara, había sido capturado, vivo en la quebrada del yuro y ahora estaba prisionero en la escuela abandonada del pueblo.

 Mario Vargas no era un hombre político, era simplemente un barbero que había heredado el negocio de su padre. cortaba el cabello a los campesinos, a los mineros, a los maestros del pueblo. Jamás había imaginado que un día estaría cara a cara con uno de los revolucionarios más famosos del mundo. Mientras caminaba por las calles de tierra de la higuera, escoltado por los soldados, sus manos comenzaron a temblar incontrolablemente.

¿Por qué yo?, preguntó con voz quebrada. Uno de los soldados, un sargento de rostro duro llamado Bernardino Huanca, lo miró con ojos fríos. Porque el comandante ordenó que el prisionero esté presentable para las fotografías. van a tomar fotos después de después de que termine todo. Mario entendió perfectamente lo que significaba después de que termine todo.

 Iban a ejecutar al Cheegue Vara y querían que estuviera bien peinado y afeitado para la foto de su cadáver. La idea le revolvió el estómago, pero no tenía opción. Negarse significaría su propia muerte. La escuela de la higuera era un edificio pequeño de adobe con dos aulas separadas. Cuando Mario llegó, vio que había soldados por todas partes.

 Algunos estaban nerviosos, fumando cigarrillos uno tras otro. Otros limpiaban sus armas con movimientos mecánicos. El ambiente era tenso, cargado de una electricidad mortal. Lo condujeron hacia la segunda aula, la más pequeña. Está ahí adentro, dijo el sargento Huanca, señalando con la barbilla hacia una puerta de madera astillada. Tienes 30 minutos.Che Guevara, versiones del héroe | Embajadas y Consulados de Cuba

 Córtale el cabello, afeéalo, déjalo presentable y ni se te ocurra intentar nada estúpido. Hay tres rifles apuntando a esa puerta. Mario tragó saliva sintiendo como su garganta se cerraba. abrió su vieja maleta de cuero donde llevaba sus herramientas: tijeras oxidadas, una navaja de afeitar que había pertenecido a su abuelo, un peine de madera gastado, un pedazo de jabón de cebo, herramientas humildes para un momento que cambiaría su vida para siempre.

 Empujó la puerta y allí estaba él. Ernesto Chevara estaba sentado en el suelo de tierra con la espalda apoyada contra la pared de adobe. Sus manos estaban atadas frente a él con una cuerda gruesa. Sus botas estaban destrozadas con los dedos de los pies asomándose por los agujeros. Su uniforme verde olivo estaba sucio, manchado de barro seco y sangre.

 Tenía heridas visibles en las piernas donde las balas lo habían alcanzado durante la captura. Pero lo que más impactó a Mario fueron sus ojos. A pesar del dolor físico, a pesar de saber que le quedaban pocas horas de vida, los ojos del Che brillaban con una intensidad que Mario nunca había visto en ningún ser humano.

No era odio, no era miedo, era algo más profundo, algo que el barbero no podía nombrar. “Así que tú eres el verdugo de belleza”, dijo el cheónica. Su voz era ronca, probablemente por la sed. Adelante, maestro, hazme lucir bien para mi último retrato. Mario se quedó paralizado por un momento, incapaz de moverse.

 Yo no soy parte de esto, tartamudeó Mario, finalmente encontrando su voz. Me obligaron a venir. Yo solo soy un barbero. El Che lo miró con comprensión. Lo sé, compañero. Todos aquí somos prisioneros de una manera u otra. tú de ellos, yo de mi destino. Hizo una pausa mirando hacia la ventana pequeña donde entraba un rayo de luz matinal.

 ¿Sabes qué hora es? Mario consultó su viejo reloj de bolsillo. Son las 7:15 de la mañana, señor. No me llames, señor. Llámame Che o Ernesto si prefieres. El revolucionario cambió de posición tratando de encontrar una postura más cómoda a pesar de sus manos atadas. Entonces tengo aproximadamente 5 horas, quizás seis si tienen piedad, aunque dudo que la tengan.

 Mario se arrodilló frente a él, abriendo su maleta con manos temblorosas. ¿Cómo? ¿Cómo sabe que lo van a ejecutar? El Che terminó la pregunta. Porque así funciona la guerra, amigo. Los ganadores escriben la historia y hoy ellos ganaron. Mario comenzó a trabajar, pero sus manos temblaban tanto que casi deja caer las tijeras dos veces.

 “Tranquilo”, dijo el che con una calma sobrenatural. “No me vas a lastimar más de lo que ya estoy lastimado.” Comenzó con el cabello. La melena oscura del che estaba enmarañada, llena de tierra y hojas secas de la selva. Mientras cortaba con cuidado, Mario podía oler el sudor seco, la sangre vieja, el humo de las fogatas en la ropa del revolucionario.

 ¿Tienes familia?, preguntó el Che de repente. La pregunta tomó a Mario por sorpresa. Sí, mi esposa Rosa y tres hijos. El mayor tiene 12 años. ¿Cómo se llama? Santiago. El Che sonrió con tristeza. Un buen nombre. Yo también tengo hijos. Cuatro. Hildita tiene 11 años. No la he visto desde hace.

 Su voz se quebró ligeramente desde hace casi 3 años. Era la primera vez que Mario veía una grieta en esa fachada de acero. Los extraño cada día, pero hice una elección. La revolución requiere sacrificios. Mientras Mario continuaba cortando, el che comenzó a hablar. No era una conversación normal. Era como si necesitara vaciar su alma antes de que fuera demasiado tarde.

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