20 de abril de 1961. La cabaña, La Habana. Un hombre de 46 años enfrenta el pelotón de fusilamiento. Viste el mismo uniforme verde olivo que usó en Sierra Maestra luchando junto a Fidel Castro. Sus manos no tiemblan, sus ojos miran directo a los fusiles. Humberto Sorim Marín, exministro de agricultura, excomandante revolucionario, exhermano de armas de Fidel, espera la muerte con la misma dignidad con que vivió.
24 horas antes, su madre había recibido una llamada telefónica. Era Fidel Castro. Señora, sé que está preocupada por Humberto. Quiero que sepa que no le va a pasar nada. Tiene mi palabra. La madre colgó aliviada. Esa noche durmió tranquila por primera vez en semanas. A las 6 de la mañana del 20 de abril tocaron su puerta. Un oficial le entregó un sobre.
Adentro había una nota. Su hijo fue ejecutado esta mañana por traición a la revolución. Nadie sabía que Fidel había ordenado la ejecución la misma noche que llamó a la madre. Lo que reveló esta historia después de décadas cambiaría para siempre la forma en que el mundo entiende la traición más cruel de la revolución cubana.
Humberto Francisco Sori Marín nació en 1915 en la provincia de Matanzas, Cuba. Era hijo de una familia modesta pero educada. Su padre trabajaba como contador en un ingenio azucarero. Su madre era maestra de escuela primaria. Desde niño mostró una inteligencia excepcional y una memoria fotográfica que asombraba a sus maestros.
A los 17 años ganó una beca para estudiar derecho en la Universidad de La Habana. Era un estudiante brillante, siempre el primero de su clase. Sus compañeros lo recuerdan como un joven serio, estudioso, pero también apasionado cuando hablaba de justicia social. Se graduó en 1938 con honores y comenzó a ejercer como abogado en La Habana.
Durante los años 40, Sori Marín se unió al Partido Auténtico, una organización política que defendía los ideales democráticos y reformistas. Trabajó como abogado para campesinos desposeídos y obreros explotados. creía profundamente en la democracia y en el estado de derecho. Para él, las leyes debían proteger a los débiles, no a los poderosos.
Cuando Fulgencio Batista dio el golpe de estado en 1952, Sori Marín se horrorizó. vio como la Constitución de 1940 que él tanto admiraba era pisoteada por un dictador. Durante 5 años, mientras Batista gobernaba con mano de hierro, Sori Marín buscaba una manera de luchar contra la tiranía. Su oportunidad llegó en 1957. En agosto de 1957, Humberto Sorimarín tomó la decisión que cambiaría su vida para siempre.
abandonó su cómoda práctica legal en La Habana y viajó secretamente a la Sierra Maestra para unirse a Fidel Castro y sus guerrilleros. Tenía 42 años. Era mayor que la mayoría de los jóvenes revolucionarios, pero lo que le faltaba en juventud lo compensaba en conocimiento legal y compromiso moral. Fidel Castro lo recibió con los brazos abiertos.
El movimiento 26 de julio necesitaba urgentemente a alguien con experiencia jurídica. Los rebeldes no solo estaban luchando una guerra militar, también estaban construyendo la legitimidad legal de su revolución. Sori Marín era perfecto para esta tarea. Durante los siguientes meses, Sori Marín se convirtió en el jurista oficial de la guerrilla.
Trabajaba junto a Fidel redactando las leyes que gobernarían los territorios liberados. En febrero de 1958, Sori Marín y Castro firmaron juntos la ley número uno del ejército rebelde. Esta ley establecía tribunales revolucionarios con autoridad para juzgar crímenes de guerra. Sori Marín creía sinceramente que estaba construyendo un sistema de justicia revolucionaria basado en principios democráticos.
Pasaba las noches en una pequeña cabaña en las montañas escribiendo a la luz de una lámpara de quereroseno. Fidel lo visitaba regularmente para discutir los textos legales. Hablaban durante horas sobre cómo sería la Cuba del futuro. En diciembre de 1958, Fidel le otorgó el título de comandante y el cargo de auditor general del ejército rebelde.
Era el máximo responsable de asuntos legales en la organización revolucionaria. Sori Marí se sintió honrado. Creía que Fidel compartía su visión de una Cuba democrática y justa. Esos meses en Sierra Maestra fueron probablemente los más felices de la vida de Sori Marín. Estaba rodeado de hombres y mujeres jóvenes llenos de idealismo.
Todos creían que estaban peleando por la libertad, por la democracia, por un futuro mejor. Sori Marine escribía cartas a su madre hablándole de la nobleza de la causa revolucionaria, pero había señales de advertencia que Sori Marí no vio en ese momento. Cheegevara, el médico argentino que comandaba una columna guerrillera, hablaba abiertamente de socialismo y revolución comunista.
Sori Marí lo escuchaba con incomodidad, pero no le daba importancia. Pensaba que después del triunfo las voces moderadas como la suya prevalecerían. El primero de enero de 1959, cuando Batista huía de Cuba, Sor y Marín bajó de las montañas junto a Fidel Castro. Entraron juntos a la Habana como héroes conquistadores. Las multitudes los vitoreaban.
Solimarin, el abogado de mediana edad que había dejado todo por la revolución. Ahora era uno de los comandantes más respetados del nuevo gobierno. Fidel Castro nombró a Sori Marín como ministro de agricultura en el primer gabinete revolucionario. Era un cargo de enorme importancia. Cuba era fundamentalmente una economía agrícola. La reforma agraria sería la prueba definitiva de qué tipo de revolución sería esta.
Sori Marín asumió su ministerio con entusiasmo. Creía en la reforma agraria, pero quería que fuera justa y legal. Estudió la Constitución de 1940 cuidadosamente. Esa constitución permitía la expropiación de tierras, pero con compensación justa a los propietarios. Sori Marí comenzó a redactar una ley de reforma agraria que respetara estos principios constitucionales.
Durante los primeros meses de 1959. Sori Marín trabajó incansablemente, visitaba cooperativas campesinas, hablaba con terratenientes, consultaba con economistas, estaba tratando de encontrar un balance entre justicia social y respeto a la propiedad privada. Creía que era posible distribuir la tierra sin destruir la economía.
Pero mientras Sori Marín trabajaba en su proyecto moderado, Fidel Castro y Chegue Vara estaban planeando algo muy diferente. Querían una reforma agraria radical que eliminara completamente a los grandes propietarios y abriera el camino hacia la colectivización socialista. Para ellos, la visión de Sor Marín era demasiado tímida, demasiado burguesa.
En marzo de 1959, Sori Marí se dio cuenta de que había elementos comunistas infiltrándose en las posiciones Clave del gobierno. Miembros del antiguo Partido Socialista Popular, el Partido Comunista Cubano, estaban siendo nombrados para cargos importantes. Sori Marí expresó sus preocupaciones a Fidel en reuniones privadas. Fidel lo tranquilizaba.
Humberto, no te preocupes. Estamos usando a todos los que puedan ayudar. Después de que consolidemos el poder, haremos elecciones democráticas como prometimos. Sori Marí quería creer en estas palabras. Había arriesgado su vida por esta revolución. no podía aceptar que Fidel lo estuviera engañando. En mayo de 1959, el gabinete se reunió para aprobar la ley de reforma agraria.
Sori Marín no fue invitado a esa reunión. Cuando leyó el texto final de la ley, se quedó congelado. Era completamente diferente de lo que él había propuesto. La ley eliminaba casi toda propiedad privada de la tierra. No ofrecía compensación justa a los expropiados. era una ley diseñada para destruir la clase propietaria rural de Cuba.
Sori Marí se sintió traicionado. Inmediatamente presentó su renuncia como ministro de agricultura. No hizo declaraciones públicas, no denunció a Fidel abiertamente, simplemente se retiró silenciosamente del gobierno. Creía que podía mantener su dignidad y sus principios sin causar un escándalo público. Pero en privado, Sorarín estaba furioso.
Comenzó a reunirse discretamente con otros revolucionarios descontentos. Manuel Ray, antiguo coordinador del movimiento de Resistencia Cívica, Manuel Artime, un joven oficial que Sor Marín había nombrado en el Ministerio de Agricultura. Todos compartían la misma preocupación. La revolución democrática que habían peleado estaba siendo secuestrada por los comunistas.
Durante el verano de 1959, Sorarin observó con creciente alarma como Fidel consolidaba un poder absoluto. Los periódicos independientes eran clausurados uno por uno. Los sindicatos libres eran reemplazados por sindicatos controlados por el gobierno. Las elecciones prometidas nunca se materializaban. Cuba se estaba convirtiendo en una dictadura, solo que ahora de izquierda en lugar de derecha.
El momento decisivo llegó en octubre de 1959. Uber Matos, comandante de la provincia de Camaguei y héroe de la revolución, escribió una carta abierta a Fidel Castro protestando contra la infiltración comunista en el ejército. Fidel respondió arrestando a Matos y acusándolo de traición. Sori Marín vio en esto una señal clara.

Cualquiera que desafiara a Fidel terminaría en prisión sin importar sus credenciales revolucionarias. Pocos días después del arresto de Huber Matos, Sori Marí tomó la decisión más importante de su vida. Abandonó Cuba secretamente y se fue a Miami. Llevaba consigo documentos, contactos y una determinación férrea.
La revolución democrática que él había ayudado a crear debía ser rescatada de las manos de Fidel Castro. En Miami, Sorin se unió inmediatamente a otros exiliados cubanos que estaban organizando la resistencia contra Castro. Carlos Frío, el expresidente de Cuba derrocado por Batista, proporcionaba fondos. Manuel Artime organizaba células clandestinas.
Sori Marín aportaba su prestigio como comandante revolucionario y su conocimiento del funcionamiento interno del gobierno castrista. A principios de 1960, Sorin fue contactado por un agente de la CIA llamado Ear Hunt. La agencia central de inteligencia estadounidense desarrollando planes para derrocar a Castro.
Necesitaban cubanos con credenciales revolucionarias que pudieran liderar un movimiento de oposición legítimo. Sorimarin encajaba perfectamente en este perfil. Sor Marí era ingenuo. Sabía que la CIA tenía sus propios intereses, pero creía que podía usar el apoyo estadounidense para restaurar la democracia en Cuba. Para él, esto no era traición, era la continuación de la lucha que había comenzado en Sierra Maestra.
La verdadera traición, pensaba, era lo que Fidel estaba haciendo con la revolución. Durante el resto de 1960, Sori Marín trabajó incansablemente para organizar un Frente Unido de oposición cubana. Ayudó a fundar el Frente Revolucionario Democrático, una coalición de grupos anticastristas. Participó en reuniones secretas en Guatemala y Nicaragua, donde la CIA estaba entrenando una fuerza de invasión cubana.
Sori Marín creía que Cuba estaba lista para levantarse contra Castro. si recibía el apoyo adecuado. El plan era ambicioso. Una invasión anfibia apoyada por Estados Unidos desembarcaría en Cuba. Simultáneamente, células clandestinas dentro de la isla sabotearían infraestructura clave y organizarían levantamientos populares.
Sori Marín sería el coordinador entre la fuerza invasora y la resistencia interna. Si todo salía bien, Castro caería en cuestión de semanas. En enero de 1961, Sori Marin tomó la decisión más arriesgada de su vida. Regresaría secretamente a Cuba para organizar personalmente la resistencia interna. Muchos de sus amigos le suplicaron que no lo hiciera.
Humberto, si te capturan, Fidel te ejecutará sin pensarlo dos veces. Pero Sori Marine estaba decidido. No puedo pedirle a otros que arriesguen sus vidas mientras yo me quedo seguro en Miami. La noche del 13 de marzo de 1961, Sori y Marín y un pequeño grupo de hombres desembarcaron secretamente en una playa cerca de la Habana.
Llevaban consigo armas, explosivos, dinero y equipos de radio. Su misión era contactar células clandestinas, distribuir armas y coordinar el levantamiento que debía coincidir con la invasión planeada para abril. Durante los primeros días, la misión parecía exitosa. Sori Marí se reunió con líderes de resistencia en casas seguras en La Habana. Distribuyó fondos y armas.
organizó una estructura de comando unificada bajo el nombre de Frente Revolucionario Unido. Todo parecía ir según el plan, pero lo que Sori Marín no sabía era que la inteligencia cubana, el temido G2, había infiltrado sus redes desde el principio. Agentes dobles habían reportado cada movimiento a Ramiro Valdés, el jefe de seguridad del Estado.
Fidel Castro sabía exactamente dónde estaba Sorín y qué estaba planeando. Estaba esperando el momento perfecto para atacar. En los primeros días de marzo de 1961, 5 días después de su llegada, Sori Marín se reunió con un grupo de colaboradores en una casa en el barrio de Sibonei en La Habana. Estaban discutiendo los planes finales para el levantamiento cuando escucharon golpes violentos en la puerta. Abran, seguridad del estado.
Sori Marine intentó escapar por la parte trasera de la casa, pero el edificio estaba completamente rodeado. Se produjo un breve tiroteo. Sori Marín fue herido en el brazo y capturado. Junto con él fueron arrestados 10 colaboradores, incluyendo Rafael Díaz Hansen, Manuel Pemiliar y Rogelio González Corso. Cuando las noticias del arresto llegaron a Miami, el exilio cubano entró en pánico.
Manuel Artí me llamó inmediatamente a sus contactos en la CIA. Tienen que posponer la invasión. Sin Sori Marín, la coordinación interna se ha colapsado, pero era demasiado tarde. La maquinaria de la invasión ya estaba en movimiento. Sori Marín fue llevado a la cabaña, la antigua fortaleza española que ahora servía como prisión para enemigos del régimen.
Fue interrogado brutalmente durante días. Los interrogadores querían nombres, direcciones, detalles de la invasión planeada. Sorín se negó a hablar. Había visto demasiadas torturas en los juicios de 1959 como para tener ilusiones sobre lo que le esperaba. Durante el interrogatorio, Fidel Castro visitó personalmente a Sor Marín en su celda.

Era la primera vez que se veían desde que Sori Marin había renunciado como ministro casi dos años antes. Fidel lo miró con una mezcla de decepción y frialdad. Humberto, ¿cómo pudiste traicionar la revolución? Luchamos juntos en Sierra Maestra. Te di mi confianza. Sorimarín lo miró directamente a los ojos. Yo no traicioné la revolución, Fidel.
Tú la traicionaste. Peleamos por democracia y libertad. Tú nos diste comunismo y dictadura. El traidor eres tú. Fidel no respondió. Simplemente se dio la vuelta y salió de la celda. Esa fue la última conversación entre los dos antiguos hermanos de armas. A finales de marzo de 1961, Sori Marín y sus compañeros fueron llevados ante un tribunal revolucionario. El juicio fue una farsa.
Los cargos incluían traición, conspiración para asesinar a Fidel Castro y colaboración con la CIA. No se permitió defensa real. Los testimonios fueron ensayados. El veredicto estaba decidido antes de que comenzara el juicio. El fiscal leyó una letanía de acusaciones. El acusado Humberto Sori Marín, antiguo comandante del ejército rebelde, traicionó al pueblo de Cuba colaborando con el imperialismo yankee.
Planeó el asesinato de nuestro máximo líder Fidel Castro. Organizó sabotajes y actos terroristas. Por estos crímenes contra la revolución pedimos la pena máxima. Cuando le dieron la oportunidad de hacer su declaración final, Sori Marín habló con voz firme. No me arrepiento de nada. Luché contra Batista porque era un dictador.
Ahora lucho contra Fidel Castro por la misma razón. Moriré como viví, defendiendo la democracia y la libertad. El tribunal lo condenó a muerte por fusilamiento. Mientras Sori Marí esperaba su ejecución en la cabaña, los eventos se aceleraban dramáticamente. El 15 de abril de 1961, aviones estadounidenses bombardearon aeródromos cubanos en un intento de destruir la Fuerza Aérea de Castro.
El 17 de abril, la brigada 2506 compuesta por exiliados cubanos entrenados por la CIA desembarcó en Bahía de Cochinos. La invasión fue un desastre total. La fuerza aérea cubana, que se suponía había sido destruida, atacó las naves de desembarco. El levantamiento popular que Sor Marín había estado organizando nunca se materializó porque sus redes habían sido desmanteladas.
El 72 horas la invasión fue completamente derrotada. Más de 10000 invasores fueron capturados. Durante la crisis de bahía de cochinos, Fidel Castro ordenó una represión masiva contra cualquier sospechoso de simpatías contra revolucionarias. Miles de cubanos fueron arrestados preventivamente y encerrados en estadios deportivos.
Era una purga al estilo estalinista. El mensaje era claro. Cualquier disidencia sería aplastada sin piedad. El 19 de abril de 1961, mientras la batalla de bahía de cochinos llegaba a su fin, la madre de Sorín recibió la llamada telefónica que la había atormentado durante semanas. Dígame. Su voz temblaba.
Señora, soy Fidel Castro. Hubo un silencio. Sé que está preocupada por Humberto. Quiero que sepa que no le va a pasar nada. tiene mi palabra. La madre de Sori Marín colgó el teléfono con lágrimas de alivio. Conocía a Fidel desde los días de Sierra Maestra. Él había comido en su casa, la había llamado mamá afectuosamente.
Si Fidel le daba su palabra, ella le creía. Esa noche, por primera vez en semanas, durmió profundamente. Pero lo que la madre de Sori Marín no sabía era que Fidel Castro había ordenado la ejecución de su hijo esa misma noche. A las 11 de la noche del 19 de abril, Fidel firmó personalmente la orden de fusilamiento.
A las 5 de la mañana del 20 de abril de 1961, Humberto Sorimarín y seis de sus compañeros fueron despertados en sus celdas. Sor Marí sabía lo que significaba. Pidió un último favor a los guardias. Quería vestir su viejo uniforme de comandante rebelde, el mismo que había usado en Sierra Maestra. Los guardias consultaron con sus superiores y finalmente accedieron.
Sori Marí se vistió lentamente con dignidad. Si iba a morir, moriría como lo que era un verdadero revolucionario. A las 5:30 de la mañana, Sori Marín y sus compañeros fueron llevados al muro de fusilamiento en el patio de la cabaña. El cielo comenzaba a clarear. Sorimarín miró el horizonte por última vez. Pensó en su madre, en los años en Sierra Maestra, en la revolución que pudo haber sido.
No le vendaron los ojos. quería ver a sus ejecutores. El oficial al mando leyó la sentencia. Por traición a la revolución, conspiración contra el Estado y colaboración con el enemigo, han sido condenados a muerte por fusilamiento. ¿Tienen últimas palabras? Sorin habló con voz clara que todos pudieron escuchar.
Viva Cuba libre, viva la democracia. El pelotón de fusilamiento levantó sus rifles. Sori Marín mantuvo la cabeza alta. En el último segundo, antes de que sonaran los disparos, cerró los ojos y vio a Fidel Castro, no el Fidel de hoy, sino el Fidel de Sierra Maestra, el hombre en quien él había creído, el hombre que había traicionado todo por lo que habían luchado juntos.
Los disparos resonaron en el patio de la cabaña. Humberto Sori Marín cayó al suelo. Tenía 46 años. había dedicado los últimos 4 años de su vida a luchar por la libertad de Cuba. Primero contra Batista, luego contra Castro. Murió sin ver triunfar su sueño de una Cuba democrática. La invasión fue un desastre total.
[resoplido] La Fuerza Aérea Cubana atacó las naves de desembarco. El levantamiento que Sor Marin había organizado nunca se materializó porque sus redes fueron desmanteladas. En 72 horas la invasión fue derrotada. Más de 100 invasores fueron capturados. Fidel ordenó una represión masiva. Miles de cubanos fueron arrestados.
Era una purga estalinista. El mensaje era claro. Cualquier disidencia sería aplastada. El 19 de abril de 1961, mientras la batalla llegaba a su fin, la madre de Sor Marín recibió la llamada que la atormentaría. Era fidel. quería que supiera que su hijo estaría bien, que tenía su palabra. La madre creyó. Esa noche durmió tranquila, pero esa misma noche Fidel firmó la orden de muerte.
A las a las 6 de la mañana del 20 de abril de 1961, dos oficiales tocaron la puerta de la madre de Sori Marín. Ella abrió con una sonrisa, todavía aliviada por la llamada de Fidel de la noche anterior. Uno de los oficiales le entregó un sobreo oficial. Ella lo abrió con manos temblorosas. El papel decía simplemente, “Su hijo Humberto Sorimarín fue ejecutado esta mañana a las 5:45 por traición a la revolución.
Ramiro Valdés, ministro del Interior.” La madre de Sori Marín gritó. El sobre cayó de sus manos. Los vecinos que escucharon sus gritos nunca olvidarían ese sonido de dolor absoluto. Ella llamó inmediatamente a la residencia de Fidel, pero nadie contestó. Intentó ir al palacio de la revolución, pero los guardias no la dejaron pasar.
Fidel Castro nunca le explicó por qué había mentido. Lo que descubrió la madre cambió todo. Fidel había dado la orden de ejecución la misma noche que la llamó para tranquilizarla. Un guardia de la cabaña confesó después que estuvo presente. Fidel dio la orden de ejecución exactamente a las 11 de la noche del 19 de abril.
La llamada a la madre fue a las 9:30 de la noche. Fidel sabía perfectamente que iba a ejecutar a Sor Marí cuando prometió que no le pasaría nada. La razón del engaño era simple, pero cruel. Fidel no quería que la madre hiciera un escándalo público antes de la ejecución. Si ella hubiera sabido que su hijo iba a morir, habría corrido a los periódicos, habría llamado a embajadas extranjeras, habría organizado protestas.
Fidel necesitaba ejecutar a Sori y Marí en silencio mientras el mundo estaba distraído con Bahía de cochinos. Ese mismo día 20 de abril de 1961, Fidel Castro dio un discurso triunfal celebrando la derrota de la invasión de bahía de cochinos. Frente a cientos de miles de cubanos reunidos en la plaza de la revolución, proclamó la victoria del socialismo sobre el imperialismo.
No mencionó que esa misma mañana había ejecutado a siete hombres, incluyendo al comandante que había escrito las primeras leyes de su revolución. Lo más impactante de todo es que Sori Marin fue ejecutado usando precisamente las leyes que él mismo había ayudado a escribir en Sierra Maestra.
La ley número uno del Ejército Rebelde firmada por Sori Marín y Fidel Castro en febrero de 1958 establecía tribunales revolucionarios con autoridad para imponer la pena de muerte por traición. Fidel usó las palabras de Sor Marín para condenarlo a muerte. En el juicio de 1961, el fiscal había citado literalmente el texto legal redactado por Sori Marín 3 años antes.
Según la ley número uno firmada por usted mismo, comandante Sor Marín, la traición a la revolución se castiga con la muerte. La ironía era perfecta y terrible. Sori Marín había creado el instrumento legal de su propia destrucción. Durante años después de la ejecución, la madre de Sori Marín vivió en un infierno personal.
Cada vez que veía a Fidel Castro en televisión recordaba la llamada telefónica. No le va a pasar nada, tiene mi palabra. Desarrolló problemas de salud mental. Sus vecinos la escuchaban gritar por las noches. Murió en 1975, llevándose a la tumba el trauma de la traición de Fidel. Hoy, más de 60 años después, la tumba de Sor y Marín en el cementerio de Colón en La Habana está olvidada y descuidada.
No hay flores, no hay visitantes. El régimen cubano nunca ha reconocido oficialmente su error. Fidel Castro murió en 2016 sin nunca explicar por qué mintió a la madre de Sori Marín, por qué ejecutó al hombre que escribió sus leyes, por qué traicionó a su hermano de armas. La Comisión Internacional de Juristas investigó el caso de Sori Marí en 1962 y concluyó que su juicio fue una farsa judicial que violó todos los estándares de debido proceso.
Pero para entonces Sori Marín ya llevaba un año muerto. La justicia internacional llegó demasiado tarde, como siempre llega, para las víctimas de dictadores. La historia de Humberto Sorimarín es la historia de un hombre que luchó por la democracia dos veces. una contra Batista, otra contra Castro. Y ambas veces fue traicionado.
Fue ejecutado por las leyes que escribió, condenado por un amigo que lo engañó, olvidado por un régimen que borró su nombre de la historia. Pero su sacrificio demuestra una verdad fundamental. La revolución que se construye sobre la sangre de los hombres honestos está condenada a fracasar porque mata los principios sobre los que pretende fundarse.
Sori Marín murió defendiendo la democracia y la libertad. Eso es más que lo que pueden decir los hombres que lo ejecutaron. Su nombre debería ser recordado no como un traidor, sino como un héroe que se atrevió a decir no a la tiranía incluso cuando sabía que le costaría la vida. Eso es la verdadera revolución. No la violencia, no la represión, no el engaño, sino la búsqueda constante de la justicia y la dignidad humana.
Su testimonio perduró en la memoria de quienes lo conocieron. Armando Valladares, exprisionero político que pasó 22 años en cárceles cubanas, escribió sobre Sor Marín en sus memorias. La ejecución de Humberto Sorín demostró que Fidel Castro no respetaba nada ni a nadie. Si podía ejecutar a un comandante que había luchado a su lado en Sierra Maestra, podía ejecutar a cualquiera.
Ese fue el momento en que todos entendimos que no había límites para la crueldad de Fidel. La historia de Sor Marín también reveló otro secreto oscuro del régimen castrista. Fidel tenía un patrón de eliminar sistemáticamente a los revolucionarios democráticos. Uber Matos encarcelado, Camilo Cen fuegos muerto en un misterioso accidente, Manuel Ray forzado al exilio, Sori Marín ejecutado.
Todos compartían la misma característica. Creían en democracia, no en dictadura comunista. Durante décadas, el nombre de Sori Marín fue borrado de la historia oficial cubana. Los libros de texto no lo mencionaban. Su foto fue removida de los archivos revolucionarios. Para el régimen de Castro Sori y Marín se había convertido en una nobre que nunca existió.
Solo en el exilio cubano su memoria fue preservada. En 2016 55 años después de su ejecución, cubanos exiliados en Miami organizaron una misa en memoria de Sor Marín. El sacerdote leyó los nombres Humberto Sori y Marín, Rafael Díaz Hansen, Eufemio Fernández Ortega, Manuel Puente Millar, Rogelio González Córzo, Gaspar Trueva. Estos hombres dijeron el sacerdote murieron defendiendo la democracia que Fidel Castro prometió y nunca entregó.
La historia de Sor Marín es un testimonio eterno de cómo los sistemas totalitarios destruyen a los hombres más honestos, cómo la paranoia del poder mata los principios. sobre los que se construyó. Sorín dejó un legado de dignidad en la muerte. Su último grito, “Viva Cuba libre, viva la democracia!” resonó más allá de las paredes de la cabaña, más allá de los años, más allá de la muerte física.
Fidel Castro construyó su revolución sobre los cadáveres de hombres.