era en casi todos los países que visitaba en aquella gira su primera vez. Y había algo en esa primera vez que producía en el público latinoamericano una reacción que Nino Bravo no había anticipado del todo y que le costaba describir con precisión cuando se lo preguntaban en las entrevistas. No lo trataban como a un artista que llegaba, lo trataban como a alguien que por fin había llegado, como si lo conocieran de antes de conocerlo, como si la voz hubiera viajado sola delante del cuerpo durante meses y hubiera
creado en cada ciudad una forma de espera que tenía la temperatura de lo personal. Tenía 27 años. Llevaba en el bolsillo una foto de su esposa Amparo y otra de su madre Consuelo, que había metido juntas en el mismo sobre de papel de carta antes de salir de Valencia a finales de agosto. dormía mal en los hoteles, no por el colchón ni por el ruido de la ciudad extraña, sino por ese silencio específico de las habitaciones de hotel a medianoche, que no se parece al silencio de ninguna casa conocida y que produce en quien lo habita una forma de
soledad que no tiene que ver con estar solo, sino con estar lejos. Tres veces a la semana llamaba a Valencia desde las centralitas de los hoteles con la voz bajita porque ya era tarde allá y porque las llamadas internacionales se pagaban por minuto y los minutos se acumulaban en las facturas que el representante revisaba con un cuidado que Nino entendía, pero que no siempre le sentaba bien.
lo que más le costaba de aquella gira y que no había contado a nadie porque no había encontrado las palabras adecuadas y porque además no era el tipo de hombre que catalogaba sus propias dificultades en voz alta. Era el esfuerzo de estar siempre completo frente al público, no la voz que llegaba sola, que siempre había llegado sola desde los 14 años en aquella roca al amanecer.
el esfuerzo de llevar dentro algo que no podía nombrarse bien y al mismo tiempo proyectar hacia afuera la totalidad de lo que la gente había venido a buscar. Esa noche del martes 27 de octubre, antes de salir al salón Monserrate, se quedó 5 minutos de pie frente al espejo del baño de la habitación 118 del hotel Tekendama, sin hacer nada específico, solo miró, luego cogió la chaqueta del traje y salió.
Lo que estaba esperándolo en el salón Monserrate esa noche no era nada de lo que los 400 asistentes ni ninguna de las personas de su equipo habrían podido anticipar. Se llamaba Elena. Elena Pardo Restrepo, 48 años. Nacida en Manizales en 1923 en una casa de Bahareque con techo de zinc en el barrio Chipre, donde los cerros cafeteros llegaban hasta el borde mismo del tejado, y el olor a humedad y aguadua era el olor del mundo, el único que existía, el que ella seguiría buscando inconscientemente en todos los lugares donde vivió después. Su padre,
don Ernesto, era contador en una empresa de exportación de café que tenía sus oficinas en la calle Real de Manizales, en un edificio de dos plantas con balcones de madera labrada, desde los que se veía en los días despejados la silueta del nevado del Ruiz. Era un hombre serio de lunes a viernes y completamente diferente los domingos cuando sacaba del armario del dormitorio una guitarra pequeña de cuerdas de tripa y tocaba balses y pasillos en el corredor de la casa, mientras su esposa Lucía y Elena y los dos hermanos menores
escuchaban desde las sillas de mimbre que se ponían en fila contra la pared del corredor como si fuera un concierto privado para el que había que guardar silencio y tener los pies quietos. Elena aprendió a escuchar música de esa manera, quieta, con los pies en el suelo, con la columna derecha, con los ojos en su padre y el oído en otra parte, en esa zona donde la música entra y hace algo que no se puede describir sin usar palabras que pertenecen a otras disciplinas.
La sensación de que el tiempo cambia de textura, de que el mundo que hay fuera del corredor sigue existiendo, pero momentáneamente no importa. Se casó con 31 años. Tarde para los estándares de Manizales de 1954 con un hombre llamado Jorge Mejía, que trabajaba en el banco y que tocaba el piano de oído los sábados por la mañana en la sala de su apartamento de Bogotá, donde vivían desde que se casaron, en el barrio de la Candelaria, en un piso del segundo piso de un edificio republicano de la calle, 10 con fachada de ladrillo amarillo y ventanas de madera verde
oscuro que siempre necesitaban pintura y que nunca la recibían porque había cosas más urgentes. Tuvieron dos hijos. Jorge Alberto, que estudió ingeniería en la Universidad Nacional y trabajaba en Medellín. Patricia, que vivía con su marido en Cali y tenía una hija de 4 años a quien Elena llamaba los domingos por la misma razón que su padre había sacado la guitarra los domingos para que el tiempo del domingo tuviera una textura diferente al tiempo del resto de la semana.
Jorge Mejía había muerto 18 meses antes, en la primavera de 1970, de un infarto mientras subía las escaleras del banco con los documentos del cierre mensual bajo el brazo. Tenía 52 años. El médico dijo que el corazón había estado dando señales que nadie había leído. Jorge nunca se había quejado de nada y esa ausencia de queja que durante 25 años Elena había interpretado como salud era en realidad la forma específica en que Jorge Mejía expresaba todas las cosas que no sabía cómo decir de otro modo.
Desde la muerte de Jorge, Elena vivía sola en el piso de la Candelaria. Los hijos llamaban, la visitaban en vacaciones, pero había una diferencia entre las visitas y la presencia, y Elena la conocía con una precisión que solo da el tiempo. Había escuchado a Nino Bravo por primera vez en una emisora de radio en agosto de 1971. No recordaba el nombre del programa ni el nombre de la emisora.
Recordaba que estaba pelando arbejas en la cocina cuando empezó la canción y que paró a mitad de la arbeja con las dos mitades en las manos y que no terminó de pelarla hasta que la canción terminó. La canción era Puerta de Amor. La voz era de una extensión que Elena no había escuchado en la radio antes.
Una extensión que le recordó sin poder explicar por qué, los domingos del corredor de Chipre y la guitarra de cuerdas de tripa de su padre. compró las entradas para tres noches del Tequendama en la taquilla del hotel el mismo día que las pusieron a la venta. No le dijo a nadie, fue sola las tres noches. Pegado text.
El objeto que llevaba consigo la tercera noche, ese martes 27 de octubre era una fotografía de su padre. Una fotografía de 10 por 15 cm en blanco y negro, impresa en papel grueso con los bordes ligeramente ondulados por el tiempo. Don Ernesto aparecía en la fotografía sentado en una silla del corredor de Chipre con la guitarra sobre las rodillas y los ojos, no hacia la cámara, sino hacia un punto fuera del encuadre, como si en el momento del disparo hubiera algo al otro lado de la terraza que merecía más atención que el fotógrafo.
Elena llevaba esa fotografía en el bolso desde el día en que Jorge murió. No de forma consciente al principio. La había sacado de un sobre de recuerdos la noche del entierro mientras esperaba a que los hijos llegaran desde Medellín y Cali y la había puesto sobre la mesa del comedor sin ningún propósito específico y luego no la había vuelto a guardar.
La fotografía había pasado del comedor al bolso con la misma naturalidad con que pasan al bolso las cosas que no podemos dejar en ningún lugar fijo porque necesitan estar cerca. La razón por la que Elena Pardo giró esa fotografía boca abajo sobre el mantel salón Monserrate esa noche del 27 de octubre de 1971 era algo que ella no habría sabido explicar si alguien se lo hubiera preguntado, pero que Nino Bravo desde el otro lado del salón leyó en un segundo.
La actuación había comenzado a las 9 en punto. Nino Bravo salió al pequeño escenario del salón Monserrate con la orquesta Tequendama detrás. 12 músicos que llevaban tres noches tocando su repertorio con una soltura creciente que él agradecía porque significaba que podía concentrarse en el público en lugar de encompensar los ajustes de los arreglos.
El salón tenía las mesas dispuestas en semicírculo alrededor del escenario con un pasillo central que los camareros usaban para llevar las bebidas y que creaba una línea de visión directa desde el borde del escenario hasta la mesa más alejada. Elena Pardo estaba en la mesa 16, cuarta fila desde el escenario, lado derecho, sola como las dos noches anteriores, con un café negro delante que había pedido al llegar y que no había tocado todavía.
Las primeras tres canciones transcurrieron con el salón en ese estado de atención compartida que tienen los públicos, que saben que están viendo algo que no podrán ver en otro lugar. 400 personas en una sala cerrada con ventanas quedaban al perfil iluminado de Bogotá a través de los cristales. El calor colectivo de los cuerpos mezclado con el aire acondicionado que nunca terminaba de imponerse.
El olor a perfume y a tabaco rubio y a café recién hecho que subía desde las bandejas de los camareros. Nino cantó, “Mi gran amor”, cantó perdona. Y entonces, entre canción y canción, mientras bebía un sorbo de agua y la orquesta hacía la transición, giró los ojos hacia la derecha del salón y vio la fotografía boca abajo.
No vio a Elena, primero vio la fotografía. El rectángulo blanco de papel grueso sobre el mantel blanco, con las manos encima, los pulgares cruzados sobre la superficie, sosteniendo algo que estaba girado, pero que no se había soltado. Miró a la mujer. La mujer tenía los ojos en el escenario. No lloraba. No tenía la cara de quien está a punto de llorar.
tenía la cara de quien está escuchando con todo el cuerpo, con esa concentración que consume a la persona desde adentro y que desde afuera produce una quietud que destaca en cualquier sala llena de movimiento. Nino puso el vaso de agua sobre la mesa de atrás. El pianista de la orquesta Tekendama levantó los ojos hacia él, esperando la señal para empezar la siguiente canción. Nino dio la señal.
Un segundo. Dos. El pianista bajó las manos sobre las teclas sin presionarlas todavía. Nino miró otra vez a la mesa 16. La fotografía boca abajo, las manos encima. La mujer con los ojos fijos en el escenario le dijo algo al oído al director de la orquesta. El director asintió sin cambiar la expresión. Hizo un gesto discreto hacia los músicos.
Los dos se levantaron los instrumentos hacia una posición diferente. Iban a tocar algo distinto a lo que estaba en el programa. En la tercera fila, una pareja se miró. El camarero que cruzaba el pasillo central se detuvo un momento con la bandeja en la mano. La mujer de la mesa 16 no se había movido. Sus manos seguían sobre la fotografía.
Nino Bravo se acercó al borde del escenario, se inclinó hacia la mesa del técnico de sonido en el lateral. El técnico asintió. Hubo un silencio en el salón que no era el silencio entre canciones, sino otro tipo de silencio. Ese que se produce cuando algo que estaba siguiendo un orden previsible deja de seguirlo y el público lo percibe antes de entender por qué.
400 personas sin ruido. Nino Bravo de pie en el borde del escenario, mirando hacia la cuarta fila del lado derecho. Y la mujer de la mesa 16, que todavía no sabía que alguien la estaba mirando, bajó los ojos despacio hacia sus propias manos y levantó la fotografía del mantel. La miró solo un segundo, luego la volvió a girar boca abajo.
Nino Bravo bajó del escenario, no por las escaleras laterales. Bajó por el borde delantero con las dos manos apoyadas en el borde y el cuerpo deslizándose hacia el suelo del salón con la soltura de alguien que ha hecho eso, otras veces en salas más pequeñas donde el escenario no tenía escaleras. El murmullo que recorrió las 400 personas fue breve.
caminó por el pasillo central. Los camareros se apartaron. Se detuvo junto a la mesa 16. Elena Pardo levantó los ojos. Lo reconoció de inmediato, como lo había reconocido las dos noches anteriores, con esa familiaridad específica de los artistas que uno ha escuchado antes de ver y cuya cara, por tanto, ya tiene un lugar preparado en la memoria.
“Nino, ¿me permite?”, señaló la silla vacía al otro lado de la mesa. Elena tardó. Elena. Sí. Nino se sentó. El salón entero estaba mirando, pero lo miraban en silencio con esa delicadeza colectiva que tienen a veces los públicos cuando intuyen que lo que está ocurriendo delante de ellos no es un espectáculo, sino algo de otra naturaleza.
Nino miró las manos de Elena sobre la fotografía. No preguntó qué era, no extendió la mano para pedírsela, solo miró. Elena lo observó mirar. Luego, despacio, levantó las manos. La fotografía quedó visible sobre el mantel. Don Ernesto. La silla del corredor de Chipre, la guitarra, los ojos mirando hacia fuera del encuadre. Nino miró la fotografía durante varios segundos. Nino, su padre.
Elena, sí, Nino, tocaba. Elena los domingos, solo los domingos. Nino asintió. Silencio. No, el silencio de quien no sabe qué decir. El silencio de quien entiende que lo que acaba de escuchar no necesita respuesta, sino simplemente ser recibido. Nino, ¿está vivo? Elena no murió hace muchos años.
Nino, ¿y la lleva siempre consigo? Elena tardó más en responder. Elena, desde que murió mi esposo, hace un año y medio. Fue entonces cuando necesité llevarla. Nino miró la fotografía otra vez. Nino, ¿por qué la dio vuelta? Elena abrió la boca, la cerró, abrió otra vez. Elena, porque cuando usted canta me recuerda tanto a cuando él tocaba los domingos que no puedo mirarla y escucharle al mismo tiempo.
Es demasiado. Silencio, un punto, una mesa, una fotografía boca arriba entre los dos. Nino Bravo no dijo nada durante un momento que el director de la orquesta Tekendama, que miraba desde el escenario, describió años después como el momento más largo de esas tres noches. Luego Nino dijo, “Nino, ¿qué tocaba él?” Elena, balces, pasillos, lo que aprendió solo.
Nino, ¿recuerda alguno? Elena lo miró. Elena, todos. Nino se levantó, se giró hacia la orquesta. El director lo miraba desde el escenario con los brazos cruzados y una expresión que no era impaciencia, sino algo más parecido a la espera de algo que no sabe exactamente qué forma va a tener.
Mino, ¿saben tocar el enterrador? Era un pasillo colombiano clásico del compositor Emilio Murillo, que cualquier músico de Bogotá de más de 40 años conocía de memoria. El director de la orquesta miró a sus músicos. Dos de ellos asintieron. El resto de la orquesta los miró. Nino volvió a la mesa. Se sentó. Miró a Elena.
Nino, ¿lo conoce? Elena era el que más tocaba él. Nino asintió, se giró hacia el técnico de sonido y le hizo un gesto. El técnico apagó los focos del escenario. Encendió solo el foco de mesa, un foco pequeño, amarillo, del tipo que los salones de hotel usaban para crear ambiente íntimo durante las cenas. Ese foco iluminó la mesa 16. La fotografía de don Ernesto.
Las manos de Elena sobre el mantel y Nino Bravo sentado al otro lado, sin micrófono, sin escenario, sin los 400 espectadores, que en ese momento estaban tan quietos que desde el fondo del salón podía escucharse el aire acondicionado. La orquesta empezó el enterrador en voz baja, en un arreglo improvisado que dos músicos fueron construyendo mientras el resto lo seguía de oído en el tempo lento de los pasillos de domingo.
Y Nino Bravo cantó para Elena Pardo. No hacia el salón. Es menor que numeral cero sin con numeral es mayor que para ella. Con los ojos en ella, con la voz al volumen justo para que llegara a través de la mesa, sin necesitar el micrófono, sin necesitar los 400 asistentes que respiraban en silencio al fondo.
Elena no cerró los ojos, miró la fotografía. Don Ernesto en la silla del corredor, la guitarra, los ojos mirando hacia afuera del encuadre. La última nota del pasillo se extinguió en el salón. El técnico de sonido no movió los focos. Nadie aplaudió. 400 personas en silencio total. Elena Pardo levantó los ojos de la fotografía, miró a Nino Bravo, no dijo nada.
Él tampoco. Luego ella cogió la fotografía, la levantó del mantel y la puso de cara. Boca arriba. Don Ernesto mirando hacia fuera del encuadre como siempre, hacia algo que nadie más podía ver con la guitarra sobre las rodillas y ese gesto de quien está escuchando algo que acaba de empezar.
La dejó así sobre el mantel, boca arriba y no la volvió a girar. El aplauso llegó 30 segundos después. No de golpe. Empezó en algún lugar del fondo del salón con el sonido de una sola persona, luego dos, luego el resto, hasta que el salón Monserrate del Hotel Tekendama se llenó de un sonido que los camareros en el pasillo, los cocineros que lo escucharon desde el corredor de servicio y el recepcionista del lobby que subió a asomarse dijeron que era diferente a los aplausos de las dos noches anteriores, aunque nadie pudo explicar bien en qué consistía
exactamente esa diferencia. Nino Bravo se levantó de la mesa 16, miró a Elena un momento. Elena le sostuvo la mirada. Él inclinó la cabeza, no como se inclina ante el público desde el escenario. De otra forma, ¿cómo se inclina ante algo que te ha dado algo que no esperabas recibir? Volvió al escenario. Terminó la actuación con cuatro canciones más.
Cuando salió del salón Monserrate, el director de la orquesta Tekendama lo alcanzó en el corredor. Director, ¿dónde aprendió el enterrador? Nino, esta noche. El director lo miró. Nino, mentira. Lo conocía de una radio en Buenos Aires, pero nunca lo había cantado. Director, pues lo cantó bien.
Nino, lo cantó ella. Yo solo le puse la voz. Esa noche, en la habitación 118, Nino Bravo sacó del sobre las dos fotografías que llevaba consigo desde Valencia, la de Amparo, la de su madre Consuelo, las puso sobre la mesilla de noche, las miró durante un momento, luego cogió el teléfono y llamó a Valencia, aunque eran las 2 de la mañana allá, tardaron en descolgar.
Amparo contestó con la voz del sueño. Nino, te llamo para decirte que te llamo. Amparo tardó. Amparo, son las 2 de la mañana. Nino, lo sé. Silencio breve. Amparo, ¿estás bien, Nino? Sí. Duerme. Y colgó. se quedó con el auricular en la mano un segundo antes de dejarlo en la horquilla. Elena Pardo salió del hotel a las 11:30.
Caminó por la carrera 10 hasta la parada del bus. Llevaba la fotografía en el bolso, en el mismo bolsillo de siempre, pero diferente. No diferente en el objeto, diferente en alguna cosa que no tiene nombre físico, pero que cualquier persona que ha cargado mucho tiempo con algo y de pronto lo carga de otra manera, reconoce en el cuerpo antes de reconocerlo en la cabeza.
En el bus de vuelta a la Candelaria, con la fotografía en el bolso y el Bogotá nocturno pasando por la ventanilla, Elena Pardo pensó en su padre tocando los domingos. No con la tristeza que a veces tiene ese recuerdo cuando llega de noche, con otra cosa, con algo más parecido a la gratitud hacia los domingos que ocurrieron, hacia la silla de mimbre, hacia las cuerdas de tripa, hacia el corredor de Chipre que olía a humedad y Aguadua.
4 días después de esa noche, Nino Bravo fue detenido en el aeropuerto El Dorado de Bogotá por no haber cumplido con el decreto 974 de 1969, que obligaba a los artistas extranjeros a ofrecer un concierto gratuito para el público en el escenario de la media torta. Pasó 3 días resolviendo el asunto legal y tuvo que pagar una multa de 25,000 pesos colombianos de la época antes de poder abandonar el país rumbo a Caracas el 4 de noviembre.
El incidente sí quedó registrado por la prensa. La actuación en el hotel Tekendama, en cambio, no generó crónicas ni columnas. Los periodistas que estuvieron presentes escribieron sobre la voz, sobre el éxito de taquilla, sobre el recibimiento multitudinario. Ninguno escribió sobre la mesa 16. Hay cosas que los periodistas no escriben porque no saben cómo hacerlas caber en el formato de una crónica musical.
sin que pierdan precisamente lo que las hace importantes. Lo que sí se sabe por testimonios de personas que trabajaron con él durante aquella gira es que en los meses siguientes, cuando Nino Bravo regresó a España y comenzó la grabación del álbum Un beso y una flor, publicado en febrero de 1972, algo había cambiado en su forma de cantar.
En varias sesiones de estudio pedía repetir tomas, no porque hubiera errores técnicos. sino porque quería que la voz llegara de una manera específica. Decía una sola cosa más cerca. Nadie en el estudio sabía exactamente qué significaba eso. Años después, su productor Alfredo Garrido diría que un beso y una flor tenía algo que los discos anteriores no tenían en la misma medida.

La sensación de que el cantante estaba cantando para alguien concreto, no para el mercado, no para las listas. No para los festivales, para alguien sentado al otro lado de una mesa, alguien que tenía algo boca abajo delante y que necesitaba que alguien le ayudara a darle la vuelta. Si eso tenía relación con una noche en el salón Monserrate de Bogotá, nadie lo documentó.
Pero quienes escuchan un beso y una flor y luego vuelven a los discos anteriores perciben una diferencia que no está en los arreglos ni en la producción, está dentro de la voz. En la distancia entre el micrófono y algo que no es el micrófono. Elena Pardo murió en Bogotá en 1994 a los 71 años.
Sus hijos Jorge Alberto y Patricia vaciaron el apartamento de la Candelaria ese verano. En el bolso del dormitorio encontraron, entre el monedero y un rosario de cuentas negras una fotografía de 10 por 15 cm en blanco y negro con los bordes ligeramente ondulados. Un hombre sentado en una silla de corredor con una guitarra sobre las rodillas y los ojos mirando hacia afuera del encuadre.
Boca arriba, en algún lugar de Bogotá, en alguna caja de cartón o en algún álbum de fotografías de una familia que quizás no sepa que tiene entre sus cosas algo que perteneció a esa noche. Hay una fotografía de un hombre con guitarra que lleva más de 30 años mirando hacia afuera del encuadre.
hacia algo que solo él puede ver. Tienes algo guardado que no puedes soltar, no porque no quieras, sino porque soltarlo significaría dejar de llevar a alguien contigo. Y hay alguien en tu vida que alguna vez te ayudó a ponerlo boca arriba. Y si esa imagen todavía te acompaña, si la foto de un hombre con guitarra girada boca abajo sobre un mantel blanco no ha terminado de decirte todo lo que tiene que decirte, entonces hay otra historia que no puedes dejar pasar.
Porque lo que ocurrió en el salón Monserrate del Hotel Tekendama no fue la única vez que Nino Bravo eligió al ser humano por encima del escenario. Era un patrón, una forma de estar en el mundo que se repetía con una precisión que no parecía casual. en hoteles de lujo de Bogotá, en calles de Valencia a las 2 de la madrugada y también en la sala de un restaurante de Madrid frente a un hombre que llevaba años creyendo que el dinero era el único idioma que la música entendía.
Esa noche, un empresario humilló a un músico pobre delante de Nino Bravo. Lo hizo con calma, con la seguridad de quién sabe que nadie en esa mesa lo va a contradecir. Y Nino Bravo habló, lo que dijo en los siguientes 30 segundos. Se convirtió en la mayor lección de su vida. No la del músico humillado, no la del empresario, la de todos los que estaban en esa sala y escucharon cada una de esas palabras sin poder respirar. No te la pierdas.
Yeah.