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¡El rey más poderoso de Babilonia terminó COMIENDO HIERBA como un animal salvaje VL

¡El rey más poderoso de Babilonia terminó COMIENDO HIERBA como un animal salvaje

Imagina por un momento que eres el hombre más poderoso del mundo, conocido, [música] no un presidente sujeto a elecciones cada 4 años, no un general [música] y que responde ante el Senado cuando las cosas salen mal. No un empresario que debe su continuidad al humor de los mercados cada [música] trimestre.

Tú eres la ley misma encarnada en carne y hueso. [música] Tú eres el cielo y la tierra fundidos en una sola voluntad. Millones de seres humanos desde las riberas arenosas en del Mediterráneo hasta las montañas [música] nevadas que marcan el límite oriental de Persia pronuncian tu nombre con el mismo [música] temblor involuntario con que rezan a sus dioses.

Porque para ellos no hay diferencia entre las dos cosas. Tus palabras construyen ciudades enteras [música] donde antes había desierto. Tu silencio condena a muerte sin necesidad de proceso ni [música] de testigo. El oro de tu trono acumula el peso simbólico de 40 años de victorias que ningún ejército del mundo [música] logró revertir.

escribas y lo que registran tus hazañas en tablillas [música] de arcilla húmeda, usan el mismo alfabeto con que los sacerdotes escriben las oraciones a Marduc al amanecer. Porque en el mundo [música] que tú has construido no existe diferencia real entre lo sagrado y lo político. Tú eres ambas cosas y todos lo saben y [música] nadie lo discute.

Ahora imagina que una mañana, sin advertencia previa, sin el preludio [música] de ninguna enfermedad visible sin herida, en el cuerpo que los médicos del palacio [música] puedan examinar y nombrar, ese hombre desaparece no una muerte. [música] que los cronistas puedan registrar con la dignidad reservada a los grandes reyes.

No una derrota militar que los generales [música] puedan explicar apelando a la geografía o al número de las tropas enemigas. [música] Lo que queda en su lugar ya no camina. Erguido con el paso medido de quien sabe que la tierra cede ante sus pies. [música] Lo que queda en su lugar, come hierba entre los bueyes del campo abierto con [música] la indiferencia hambrienta de una bestia que no recuerda haber sido otra cosa.

Lo que queda en su lugar duerme [música] bajo la lluvia abierta del cielo mesopotámico, con las uñas crecidas, más allá de todo [música] límite humano, hasta aparecer las garras de una berrapaz y el cabello enmarañado en nudos apretados que ningún peine humano podría deshacer, mirando con ojos que ya no reconocen el nombre [música] que alguna vez hizo temblar imperios enteros.

Este no es el guion de una ficción de terror [música] psicológico ni la invención de un dramaturgo que busca sacudir a su audiencia. Esto [música] es historia. Esto ocurrió en la cima del mundo antiguo y el hombre que lo vivió lo dejó escrito con su propia mano o dictado [música] a su propio escriba de confianza en el libro más leído de todos los tiempos, el testimonio [música] más extraño y más perturbador de toda la historia humana.

No lo redactó un profeta en el desierto, [música] ni un sacerdote en el templo, ni un filósofo en su escuela. Lo dictó el hombre que destruyó el [música] templo de Salomón. La historia comienza mucho antes del momento en que la [música] razón de un rey se quiebra para siempre. Comienza en un campo de batalla bañado en sangre [música] y polvo junto al curso del río Eufrates, en el año 6005 ates de Cristo, donde un joven príncipe babilónico [música] de poco más de 20 años acaba de cambiar el curso del mundo conocido de una manera que sus

contemporáneos tardaron años en comprender del todo. [música] en Carchemi, sobre la orilla norte del Eufrates, en el territorio [música] que hoy ocupa la frontera entre Siria y Turquía, el ejército del imperio neobabilónico, [música] bajo el mando personal del príncipe Nabucodonosor, aplastó a las fuerzas combinadas del faraón Neco II [música] de Egipto y los restos mal articulados del ejército asirio, que había gobernado el oriente [música] próximo durante más de dos siglos.

El cronista babilónico de la época lo registró en sus [música] tablillas con la sequedad característica de los documentos administrativos de la cancillería [música] imperial. Fue una victoria total, sin matices, sin excepciones, los soldados egipcios que alcanzaron [música] a escapar del desastre no lograron reagruparse en ningún punto defensivo del territorio que Egipto había controlado durante décadas, [música] el largo dominio del faraón sobre el levante sobre las rutas comerciales [música] que conectab el norte de África con el Asia Menor, sobre

los pequeños reinos vasallos [música] que pagaban tributo mirando alternativamente hacia el sur y hacia el norte. [música] Según quién parecía más fuerte en cada momento, todo eso terminó ese día entre [música] el polvo y la sangre de Carchemis. Pero antes de que ese polvo se asiente sobre las sandalias de cuero, trabajado del príncipe [música] victorioso, antes de que sus generales terminen de contar a los muertos propios y distribuir el botín entre las distintas [música] unidades del ejército, un mensajero llega a galope

desde el sur con noticias [música] que no tienen el sabor de la victoria. Su padre, el rey Navo Polazar, fundador de la dinastía Caldea, que había liberado a Babilonia [música] del yugo, asirio tres décadas antes, el hombre que convirtió a Babilonia de ciudad, subyugada en metrópoli imperial, [música] ha muerto en el palacio.

El príncipe guerrero se convierte en rey durante el trayecto de regreso coronado, no en el gran salón ceremonial [música] del Palacio Sur, ni bajo la cúpula del templo de Eságuila, sino sobre el camino polvoriento [música] que une la guerra con la administración y el campo de batalla con la sala del [música] trono. Tiene quizás 23 años, quizás menos según algunos estudiosos que debaten la cronología y [música] lleva sobre sus hombros el peso de un imperio recién expandido que espera ser gobernado con la misma mano firme que lo venció

[música] en el campo. El nombre que hereda junto con el trono no es un accidente fonético ni una elección de sonidos agradables. Nabú, [música] Kodonusor, en Acadio Antiguo, Nabú, Kudurri, Usur, [música] el Dios Nabú, Señor de la Escritura y de los archivos [música] celestes, donde los destinos son tallados sobre tablillas de arcilla antes de que ocurran en la tierra.

Ese Dios protege al heredero y garantiza la continuidad de su reinado. Es un nombre que contiene [música] simultáneamente una promesa teológica y una declaración política. Este [música] hombre nació bajo la mirada del Dios que registra los futuros. Los futuros, [música] no el futuro, el Dios que conoce de antemano todos los caminos [música] de todos los reinos.

Y durante años parecería que esa promesa se cumple de [música] manera tan irrefutable que nadie en el mundo conocido tiene argumentos para cuestionarla. [música] 43 años de victorias militares que ningún enemigo logró revertir de manera duradera [música] 43 años de construcciones imprescendentes en la historia humana hasta [música] ese momento, 43 años de un poder tan completo que los reyes de las naciones circundantes enviaban a sus propios hijos como rehenes al [música] palacio babilónico, no porque los amenazaran directamente, sino porque esa era la

demostración [música] más elocuente de lealtad que el protocolo del poder absoluto exigía. Pero hay algo que los anales babilónicos [música] no registran con la misma eficiencia administrativa con que [música] registran los movimientos de las tropas, las cosechas anuales de cebada y [música] sésamo, los intercambios de plata en los mercados junto al canal.

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