¡El rey más poderoso de Babilonia terminó COMIENDO HIERBA como un animal salvaje
Imagina por un momento que eres el hombre más poderoso del mundo, conocido, [música] no un presidente sujeto a elecciones cada 4 años, no un general [música] y que responde ante el Senado cuando las cosas salen mal. No un empresario que debe su continuidad al humor de los mercados cada [música] trimestre.
Tú eres la ley misma encarnada en carne y hueso. [música] Tú eres el cielo y la tierra fundidos en una sola voluntad. Millones de seres humanos desde las riberas arenosas en del Mediterráneo hasta las montañas [música] nevadas que marcan el límite oriental de Persia pronuncian tu nombre con el mismo [música] temblor involuntario con que rezan a sus dioses.
Porque para ellos no hay diferencia entre las dos cosas. Tus palabras construyen ciudades enteras [música] donde antes había desierto. Tu silencio condena a muerte sin necesidad de proceso ni [música] de testigo. El oro de tu trono acumula el peso simbólico de 40 años de victorias que ningún ejército del mundo [música] logró revertir.
escribas y lo que registran tus hazañas en tablillas [música] de arcilla húmeda, usan el mismo alfabeto con que los sacerdotes escriben las oraciones a Marduc al amanecer. Porque en el mundo [música] que tú has construido no existe diferencia real entre lo sagrado y lo político. Tú eres ambas cosas y todos lo saben y [música] nadie lo discute.
Ahora imagina que una mañana, sin advertencia previa, sin el preludio [música] de ninguna enfermedad visible sin herida, en el cuerpo que los médicos del palacio [música] puedan examinar y nombrar, ese hombre desaparece no una muerte. [música] que los cronistas puedan registrar con la dignidad reservada a los grandes reyes.
No una derrota militar que los generales [música] puedan explicar apelando a la geografía o al número de las tropas enemigas. [música] Lo que queda en su lugar ya no camina. Erguido con el paso medido de quien sabe que la tierra cede ante sus pies. [música] Lo que queda en su lugar, come hierba entre los bueyes del campo abierto con [música] la indiferencia hambrienta de una bestia que no recuerda haber sido otra cosa.
Lo que queda en su lugar duerme [música] bajo la lluvia abierta del cielo mesopotámico, con las uñas crecidas, más allá de todo [música] límite humano, hasta aparecer las garras de una berrapaz y el cabello enmarañado en nudos apretados que ningún peine humano podría deshacer, mirando con ojos que ya no reconocen el nombre [música] que alguna vez hizo temblar imperios enteros.
Este no es el guion de una ficción de terror [música] psicológico ni la invención de un dramaturgo que busca sacudir a su audiencia. Esto [música] es historia. Esto ocurrió en la cima del mundo antiguo y el hombre que lo vivió lo dejó escrito con su propia mano o dictado [música] a su propio escriba de confianza en el libro más leído de todos los tiempos, el testimonio [música] más extraño y más perturbador de toda la historia humana.
No lo redactó un profeta en el desierto, [música] ni un sacerdote en el templo, ni un filósofo en su escuela. Lo dictó el hombre que destruyó el [música] templo de Salomón. La historia comienza mucho antes del momento en que la [música] razón de un rey se quiebra para siempre. Comienza en un campo de batalla bañado en sangre [música] y polvo junto al curso del río Eufrates, en el año 6005 ates de Cristo, donde un joven príncipe babilónico [música] de poco más de 20 años acaba de cambiar el curso del mundo conocido de una manera que sus
contemporáneos tardaron años en comprender del todo. [música] en Carchemi, sobre la orilla norte del Eufrates, en el territorio [música] que hoy ocupa la frontera entre Siria y Turquía, el ejército del imperio neobabilónico, [música] bajo el mando personal del príncipe Nabucodonosor, aplastó a las fuerzas combinadas del faraón Neco II [música] de Egipto y los restos mal articulados del ejército asirio, que había gobernado el oriente [música] próximo durante más de dos siglos.
El cronista babilónico de la época lo registró en sus [música] tablillas con la sequedad característica de los documentos administrativos de la cancillería [música] imperial. Fue una victoria total, sin matices, sin excepciones, los soldados egipcios que alcanzaron [música] a escapar del desastre no lograron reagruparse en ningún punto defensivo del territorio que Egipto había controlado durante décadas, [música] el largo dominio del faraón sobre el levante sobre las rutas comerciales [música] que conectab el norte de África con el Asia Menor, sobre
los pequeños reinos vasallos [música] que pagaban tributo mirando alternativamente hacia el sur y hacia el norte. [música] Según quién parecía más fuerte en cada momento, todo eso terminó ese día entre [música] el polvo y la sangre de Carchemis. Pero antes de que ese polvo se asiente sobre las sandalias de cuero, trabajado del príncipe [música] victorioso, antes de que sus generales terminen de contar a los muertos propios y distribuir el botín entre las distintas [música] unidades del ejército, un mensajero llega a galope
desde el sur con noticias [música] que no tienen el sabor de la victoria. Su padre, el rey Navo Polazar, fundador de la dinastía Caldea, que había liberado a Babilonia [música] del yugo, asirio tres décadas antes, el hombre que convirtió a Babilonia de ciudad, subyugada en metrópoli imperial, [música] ha muerto en el palacio.
El príncipe guerrero se convierte en rey durante el trayecto de regreso coronado, no en el gran salón ceremonial [música] del Palacio Sur, ni bajo la cúpula del templo de Eságuila, sino sobre el camino polvoriento [música] que une la guerra con la administración y el campo de batalla con la sala del [música] trono. Tiene quizás 23 años, quizás menos según algunos estudiosos que debaten la cronología y [música] lleva sobre sus hombros el peso de un imperio recién expandido que espera ser gobernado con la misma mano firme que lo venció

[música] en el campo. El nombre que hereda junto con el trono no es un accidente fonético ni una elección de sonidos agradables. Nabú, [música] Kodonusor, en Acadio Antiguo, Nabú, Kudurri, Usur, [música] el Dios Nabú, Señor de la Escritura y de los archivos [música] celestes, donde los destinos son tallados sobre tablillas de arcilla antes de que ocurran en la tierra.
Ese Dios protege al heredero y garantiza la continuidad de su reinado. Es un nombre que contiene [música] simultáneamente una promesa teológica y una declaración política. Este [música] hombre nació bajo la mirada del Dios que registra los futuros. Los futuros, [música] no el futuro, el Dios que conoce de antemano todos los caminos [música] de todos los reinos.
Y durante años parecería que esa promesa se cumple de [música] manera tan irrefutable que nadie en el mundo conocido tiene argumentos para cuestionarla. [música] 43 años de victorias militares que ningún enemigo logró revertir de manera duradera [música] 43 años de construcciones imprescendentes en la historia humana hasta [música] ese momento, 43 años de un poder tan completo que los reyes de las naciones circundantes enviaban a sus propios hijos como rehenes al [música] palacio babilónico, no porque los amenazaran directamente, sino porque esa era la
demostración [música] más elocuente de lealtad que el protocolo del poder absoluto exigía. Pero hay algo que los anales babilónicos [música] no registran con la misma eficiencia administrativa con que [música] registran los movimientos de las tropas, las cosechas anuales de cebada y [música] sésamo, los intercambios de plata en los mercados junto al canal.
Hay algo que los escribas del [música] palacio no podían o no querían formular en palabras sobre sus tablillas de arcilla, algo que excedía el vocabulario del [música] poder y del triunfo, con que la cancillería imperial había sido [música] entrenada para operar. Para encontrar ese algo, hay que ir [música] a una fuente que ningún funcionario del imperio controlaba.
Hay que ir al libro [música] de Daniel, al capítulo 4, donde un judío deportado que llegó a Babilonia, siendo adolescente [música] y que aprendió a vivir en el centro del poder sin ser devorado por él, dejó [música] escrito lo que los archivos imperiales nunca escribirían el libro de Daniel. Incomoda a los lectores [música] de todos los siglos por razones que van mucho más allá de su contenido teológico o de sus debates de [música] datación académica.
incomoda porque es literariamente singular [música] dentro del canon de las escrituras, por una razón que los lectores apresurados [música] rara vez se detienen a contemplar con la atención que merece. Es uno de los [música] escasísimos lugares en toda la Biblia, donde un rey pagano, un monarca extranjero, [música] que adoraba a Marduc como Dios supremo del panteón babilónico y a Nabú como su Dios personal, según lo indica su propio [música] nombre, un hombre cuya cosmología completa excluía al Dios de Israel [música] de cualquier posición de
supremacía real, toma la pluma y produce lo que en esencia es un testimonio personal [música] de transformación espiritual que Él mismo manda circular entre todos [música] los pueblos y naciones y lenguas de su vasto imperio. Ningún rey. [música] Asirio del periodo anterior amba y los hebreo hizo algo comparable.
Ningún [música] faraón de Egipto escribió jamás una carta pública reconociendo la supremacía del Dios hebreo sobre el panteón de los dioses del Nilo, [música] Nabucodonosor, sí lo hizo. Y lo que hace todavía más extraordinario [música] ese hecho es que el testimonio comienza de manera completamente inesperada [música] para cualquier lector que se acerque al texto por primera vez.
[música] Con el final, Daniel capítulo 4 no comienza donde narrativamente esperaríamos que comenzara. No comienza [música] el sueño que perturbó al rey en la comodidad de su palacio. No comienza con la advertencia solemne [música] que el profeta le entregó con palabras cuidadosamente elegidas para no provocar la cólera del monarca.
No comienza con la caída, ni con los primeros días de locura, ni con el horror de los 7 años en el campo. Comienza con la conclusión. con el rey ya restaurado, [música] ya devuelto a su trono, ya al otro lado de todo lo que sufrió, hablando en primera persona hacia todos los que pueden escucharlo.
Las primeras palabras del capítulo son las palabras de Nabucodonosor. [música] Ya transformado, conviene que yo declare las señales y milagros que [música] el Dios altísimo ha hecho conmigo. Cuán grandes son sus señales, [música] cuán potentes sus maravillas. Su reino es un reino sempiterno y su señorío [música] de generación en generación.
Daniel, cuatro versículos del 1 al tres. [música] Es el recurso de un narrador que sabe exactamente lo que está haciendo con su historia y con su lector abrir [música] con el final. No es un truco literario vacío. Es la afirmación [música] de que lo que viene después no es una historia de destrucción, sino una historia de construcción.
[música] Que el horror de los 7 años intermedios no tiene la última palabra [música] que hay algo. Después del campo y del rocío y de las garras que crecen. Así trabaja [música] la gracia cuando encuentra su expresión narrativa más honesta. Primero te [música] dice que sobreviviste y después te cuenta lo que tuviste que sobrevivir para llegar a ser quien eres.
[música] Al final estamos según los cálculos más sólidamente fundamentados entre los historiadores de la antigüedad mesopotámica alrededor del año 570 [música] antes de Cristo, posiblemente 560 [música] y nu según algunos estudiosos que trabajan sobre las crónicas babilónicas. Nabuco Donosor, lleva más de [música] tres décadas gobernando el imperio más grande que el mundo de su época [música] había conocido.
Ha destruido Jerusalén no una, sino dos veces con la metodología sistemática de quien no deja cabos sueltos. [música] en el año 597, cuando deportó al rey Joaquín [música] y al núcleo de la aristocracia y los artesanos especializados de Judá, [música] y en el año 586, cuando regresó para terminar [música] lo que había comenzado, quemando el templo de Salomón, hasta que las piedras calizas estallaron por el calor, [música] derribando las murallas de la ciudad y llevando al exilio a la mayor parte de la población que había
sobrevivido al asedio, [música] ha deportado miles de judíos a Babilonia, entre ellos al profeta Ezequiel, que comenzaría a recibir sus visiones junto al río Quevar en la tierra del exilio, y al joven Daniel, que llegó al palacio siendo adolescente y aprendió [música] a prosperar en el centro del poder imperial, sin perder la orientación de su [música] fe.
ha saqueado los vasos sagrados de oro y plata del templo y los ha depositado en el tesoro del templo de Marduc como ofrenda [música] de victoria, mezclando lo sagrado de Israel con lo sagrado de Babilonia. En un gesto que sus sacerdotes interpretaban como la confirmación de que Marduk había vencido al Dios de los [música] judíos, ha sometido a Tiro después de un asedio que duró 13 años, [música] lo cual dice algo impresionante sobre los recursos logísticos y la voluntad estratégica del ejército babilónico.
[música] Ha llegado hasta el delta del Nilo y ha extraído tributo del faraón. [música] Sus ingenieros han transformado Babilonia en la ciudad más sofisticada y más espectacular que ningún viajero del siglo sexto antes [música] de Cristo había visto jamás los jardines colgantes que la tradición griega posterior [música] catalogaría entre las siete maravillas del mundo antiguo eran la ofrenda arquitectónica [música] más personal del rey, el escritor babilónico veroso, cuya obra babilónica sobrevive en [música] fragmentos recogidos por Josefo y por

Eusebio de Cesarea [música] relata que los jardines fueron construidos por orden de Nabucodonosor para su esposa [música] Medea Amitis, hija del rey de los Medas, con quien el monarca babilónico contrajo matrimonio como parte de la alianza que había permitido la destrucción [música] final del imperio asirio.
Mitis extrañaba los paisajes verdes y frescos de media, las laderas cubiertas de vegetación, densa los arroyos que corrían entre piedras en los valles de su infancia, todo lo que el llano [música] caliente y polvoriento del bajo Mesopotamia no podía ofrecer. [música] Y el rey, que había destruido los jardines de Israel, construyó jardines suspendidos [música] en el aire del desierto para que una mujer que amaba pudiera cerrar los ojos en Babilonia [música] y durante un momento sentir que estaba en casa. Hay en ese gesto algo
que humaniza a Nabucodonosor de una manera que ninguna lista de sus [música] conquistas militares podría conseguir las murallas de Babilonia. En la época del rey eran una declaración de inmortalidad [música] escrita en ladrillo cocido y Betú Negro, que el propio río Éufrates [música] producía en sus riberas pantanosas.
Herodoto, el historiador griego que visitó la ciudad, o al menos recopiló testimonios [música] directos de quienes la visitaron. calculó el grosor de las murallas en suficiente anchura [música] como para que dos carros de cuatro caballos cada uno pasaran uno junto al otro [música] en la cima sin que las ruedas se rozaran.
El perímetro exterior de las murallas defensivas cubría casi 90 km. [música] La puerta de estar excavada en el siglo XX por el arqueólogo alemán Robert Coldway y reconstruida parcialmente [música] en el museo de Pérgamo de Berlín, donde los visitantes modernos pueden caminar [música] bajo su arco y sentir aunque sea una fracción de lo que debió sentirse en el siglo VI.
Antes de Cristo estaba recubierta de ladrillos vidriados de un azul tan intenso [música] que los cronistas griegos la describieron como algo que no pertenecía a la escala de lo que el ser humano construye [música] para vivir, sino a la escala de lo que construye para demostrar que puede sobre ese fondo de lápis artificial [música] que ningún mineral natural de la región producía y cuya fórmula los ceramistas [música] babilonios guardaban como secreto de estado leones de fauces abiertas y musculatura [música] tensa avanzaban en relieve dorado hacia
quien se atreviera a cruzar el umbral junto a toros sagrados de [música] cuernos curvados y a los Mushu, los dragones serpentinos consagrados a Marduk, con sus cuerpos [música] escamosos de reptil y sus garras de ave de presa criaturas que [música] existían en el espacio entre el mundo natural y el mundo divino donde el rey [música] también pretendía existir.
Era por esa puerta por la que pasaba cada año la procesión del festival [música] Aquitu, el año nuevo sagrado del calendario babilónico, el momento más cargado de significado religioso [música] y político en todo el ciclo anual. Durante ese festival, rey de Babilonia debía ir en persona al templo de Esagila, el gran [música] santuario de Marduc, cuya torre escalonada, el Sigurat, Etemenanqui, que la tradición posterior identificaría con la torre de Babel del Génesis, [música] era visible desde decenas de kilómetros a la redonda, en la llanura
absolutamente plana del bajo Mesopotamia. En el santas Santorum [música] del templo, el sumo sacerdote de Marduc realizaba un ritual que los textos cuneiformes del periodo [música] describen con un nivel de detalle que los arqueólogos del siglo [música] XX descifraron con trabajo paciente. El sacerdote abofeteaba al rey, [música] tiraba de sus orejas, hacía que se arrodillara ante la estatua del Dios y pronunciara una fórmula de humillación [música] en la que declaraba que no había cometido pecado contra Babilonia
ni contra su Dios. Después de esa confesión ritual, [música] el sacerdote tomaba la mano del rey o el rey tomaba la mano de la estatua [música] de Marduc en un gesto que los textos describen como la investidura divina. El Dios confirmando al rey para otro año de poder legítimo. Sin ese ritual, el rey de Babilonia no era rey ante los [música] ojos de sus propios sacerdotes, ni de la aristocracia ni del pueblo [música] comprender.
Eso es comprender que cuando Nabucodonosor perdió la razón durante 7 años, no solo perdió la razón en términos clínicos o psicológicos, perdió la investidura [música] ritual, perdió la fuente simbólica de su legitimidad, perdió todo el andamiaje de significado que sostenía [música] su identidad como el nexo entre el cielo y la tierra.
Y aún así, al final de los siete tiempos, fue restaurado [música] mayor grandeza. le fue añadida, “El rey está en la cima de todo [música] lo que el mundo de su época consideraba alcanzable para un ser humano.” Y es precisamente ahí, en ese [música] punto donde el horizonte debería abrirse hacia algo más, pero [música] donde el rey mira solo hacia adentro, donde el sueño llega a interrumpirle la paz del sueño.
[música] El texto dice que Nabucodonosor estaba tranquilo en su casa, tifloreciente en su palacio, [música] cuando la imagen lo visitó la tranquilidad que el texto describe no es la paz del hombre que ha llegado a la sabiduría, [música] sino la quietud del hombre que ha dejado de hacerse preguntas, porque todas las [música] respuestas que conoce lo confirman a él mismo.
duerme en una cama de marfil [música] y madera de cedro traído del Líbano en un aposento donde los aceites [música] perfumados de Arabia mezclan su fragancia con el olor seco del ladrillo cocido, que es el olor de fondo de toda Babilonia, [música] donde las cortinas pesadas de púrpura tiro filtran la luz de la luna [música] y el sonido nunca del todo silenciado del Éufrates, que pasa bajo las murallas del palacio [música] con la indiferencia del agua que ha corrido por ese cauce mucho antes de que existiera el palacio [música] y
que seguirá corriendo cuando el palacio sea polvo. El río es el único elemento del mundo de Nabucodonosor [música] que no obedece. Y en el espacio entre la vigilia y el sueño profundo llega la imagen [música] que ningún escriba babilónico se habría atrevido a registrar en los archivos del palacio. Ve un árbol, un árbol en el centro, [música] exacto de la tierra, en el punto equidistante de todos los extremos del [música] mundo habitado, con una altura que el texto describe como extraordinaria, una altura [música] que
alcanza el mismo cielo y desde la cual es posible ser visto hasta los confines más remotos de la Tierra. Su follaje es de una densidad y una hermosura [música] que el sueño exagera con la lógica de los sueños que siempre amplifican lo que el [música] corazón ya siente. Su fruto es abundante con la abundancia de algo que no calcula lo que da, [música] que produce más de lo que cualquier criatura podría consumir que desborda.
Sin preguntarse si el desbordamiento es sostenible. [música] Las bestias del campo descansan bajo su sombra en las horas del calor. [música] Las aves del cielo anidan entre sus ramas más altas, donde la brisa es suave. Toda carne encuentra alimento en él sin necesidad de pedirlo. [música] Daniel 4 versículos del 10 al 12.
El árbol es poder benevolente, grandeza que da en lugar de tomar altura, [música] que sirve en lugar de oprimir. Y el lector del texto bíblico no necesita que Daniel haga explícita [música] la identificación para reconocer al rey en esa imagen, el árbol que da sombra a todo el mundo, conocido que [música] alimenta a todas las criaturas, que es visible desde todos los extremos del mundo.
Ese es el hombre que construyó Babilonia [música] y que gobierna desde ella el horizonte completo de lo que su época llama el mundo. Pero entonces en el sueño aparece algo [música] que ningún árbol debería encontrar en sus propias raíces desciende del cielo un ser. El [música] texto arameo que subyce a la traducción lo llama con una palabra única [música] en toda la escritura canónica.

ir un vigilante, un santo que baja de lo alto con [música] una voz que no pertenece a la escala de las voces humanas. La palabra ir que algunos manuscritos transliteran [música] como ir aparece exclusivamente en este capítulo del libro de Daniel. En todo el corpus bíblico, el contexto [música] la define con más precisión que cualquier diccionario es un ser celeste, [música] cuya función específica es la observación permanente, [música] la vigilancia que no descansa y la ejecución de sentencias que vienen de más arriba que él mismo. No es un
mensajero ordinario [música] enviado con una noticia. No es un ángel en el sentido de la tradición griega que colorea la imaginación [música] popular con alas blancas y misiones de consuelo. Es un ejecutor de decretos del Consejo [música] Divino, alguien cuya presencia en un sueño significa que algo ya fue decidido en una instancia que no acepta [música] negociación y su decreto sobre el árbol del sueño es devastador [música] en su economía de palabras.
Córtenlo, críenle, las ramas sacudan su follaje, esparzan su [música] fruto a los cuatro vientos. Que huyan las bestias que encontraban sombra bajo él y las aves que anidaban entre sus ramas. Pero el tocón [música] de sus raíces, déjenlo en la tierra, atado con ligaduras de hierro y de bronce, mojado con el rocío [música] del cielo, compartiendo su parte con los animales en la hierba del campo abierto.
Daniel, 4 versículos [música] del 14 al 15. Y entonces la sentencia toca algo que ningún ejército [música] enemigo podría tocar con sus armas, que ninguna conspiración de palacio podría producir con sus venenos, que ninguna enfermedad del cuerpo podría alcanzar por las vías ordinarias de la biología, [música] su corazón de hombre se ha cambiado y les he dado corazón de bestia y pasen [música] sobre él siete tiempos.
Daniel 4, versículo 16, siete tiempos. [música] La tradición exegética más amplia desde los comentaristas de los primeros siglos del no. Siete semanas que pasarían con cierta rapidez, [música] 7 años completos, con todas sus estaciones, con sus festivales aquíitu que el rey ya no podría celebrar, con sus batallas que otros tendrían que [música] librar en su nombre con sus archivos, que los escribas llenarían con un silencio elocuente sobre lo que le ocurrió [música] al monarca.
Y la razón declarada por el vigilante celestial hace de este juicio algo cualitativamente diferente a la venganza, para que los vivientes reconozcan que [música] el Altísimo tiene dominio sobre el reino de los hombres y que a quien él quiere lo da y que puede constituir sobre él al más humilde [música] de los hombres.
Daniel 4, versículo 17. El juicio tiene un propósito [música] pedagógico que trasciende al individuo juzgado. No es solo Nabucodonosor [música] quien necesita aprender. Esta lección es todo el que lo observa. Es toda generación que lo leerá. Después, Nabucodonosor despierta el sueño, le pesa en el pecho con la solidez de [música] las piedras de basalto volcánico que sus canteros traían del norte de Siria para las bases de sus palacios y sus estatuas.
[música] El amanecer sobre Babilonia llega con su liturgia inalterable de siglos, el canto de los sacerdotes, iniciando [música] las primeras ofrendas del día desde el terrado del Cigurat, el rumor del mercado que se despierta [música] junto al canal principal de la ciudad, el olor a pan de cebada recién cocido [música] y a resina de cedro de los talleres reales, donde los artesanos trabajan [música] desde antes de que salga el sol.
Pero el rey está diferente, sus asistentes más cercanos, los que lo conocen en sus momentos más [música] privados, porque son los únicos autorizados a estar cerca de él antes de que se vista para la corte. [música] Lo perciben diferente, aunque no podrían poner en palabras qué exactamente cambió durante la noche. [música] Hay algo en los ojos que no estaba ayer, algo que no es el brillo habitual del poder que se sabe seguro, sino algo más opaco, [música] más profundo, más parecido al miedo.
Convoca entonces a la clase entera de los intérpretes de sueños del palacio, los sabios de [música] la tradición caldea, que llevan décadas en el servicio real, los [música] magos que heredaron su conocimiento de maestros. que heredaron de maestros anteriores [música] en una cadena que los babilonios rastreaban hasta los tiempos de Amurabi.
Los astrólogos [música] que monitorean el movimiento de Júpiter y Saturno y Venus en el cielo nocturno con la atención meticulosa de quienes saben que esos movimientos contienen [música] mensajes que los reyes no pueden leer por sí mismos. Ninguno puede interpretar [música] el silencio de esos hombres que habían construido sus carreras enteras sobre su capacidad de ofrecer explicaciones que tranquilizaran al poder.
Ese silencio dice más sobre la naturaleza del sueño [música] que cualquier interpretación que pudieran fabricar. Finalmente entra Daniel. El texto lo llama Belzazar, su nombre de corte, el nombre que [música] el sistema babilónico le asignó cuando llegó deportado siendo adolescente y que lleva en los labios de todos los funcionarios del palacio.
[música] Desde entonces, Daniel escucha el sueño completo con la [música] atención del que escucha algo que ya ha sido escrito en alguna parte antes de este momento, algo que el texto de la historia ya contiene, [música] aunque todavía no haya ocurrido, y guarda silencio. El texto usa una palabra aramea que connota la parálisis momentánea [música] de quien acaba de comprender la escala completa de lo que tiene frente a sí el instante en que la mente [música] procesa una verdad demasiado grande para ser formulada de inmediato en palabras
adecuadas. [música] Cuando Daniel habla, elige sus primeras palabras con la delicadeza que solo tienen quienes aman genuinamente a [música] quien deben herir con la verdad. Señor mío, el sueño sea para tus enemigos [música] y su interpretación para los que te quieren mal. Daniel 4, versículo 19.
Es la frase de alguien que aprecia al hombre, aunque no apruebe el rumbo del hombre, [música] y luego lo dice. Sin más preámbulos, el árbol eres tú. Tú que has crecido hasta alcanzar el cielo. Tú, cuyo dominio [música] se extiende hasta los confines de la tierra. La sentencia del vigilante celestial. se cumplirá sobre ti. Vivirás entre los animales del campo.
Comerás hierba como los bueyes. [música] El rocío del cielo te mojará durante siete tiempos hasta que reconozcas [música] que el Altísimo gobierna sobre el reino de los hombres y lo da a quien él quiere. Pero Daniel [música] no se detiene ahí. Añade algo más que el texto registra en apenas un versículo, pero que en realidad constituye el [música] corazón de toda la historia.
Por tanto, oh rey, acepta mi consejo, redime tus pecados con justicia y tus iniquidades, haciendo misericordia para con los pobres. [música] Quizás sea eso una prolongación de tu tranquilidad. Daniel 4, [música] versículo 27. Esta es una puerta abierta. En medio de una sentencia decretada, [música] el profeta judío que llegó a Babilonia en cadenas le ofrece al rey más poderoso del mundo la posibilidad [música] de que el juicio sea diferido o modificado.
Si hay un cambio real en la orientación del corazón, no le pide que cambie de [música] dioses, ni que abandone los rituales de Marduc, ni que se convierta al monoteísmo [música] en el sentido técnico que un israelita del periodo daría a esa palabra. [música] Le pide justicia con los vulnerables del propio imperio.
Le pide misericordia con los pobres que levantaron con sus manos y sus espaldas [música] cada uno de los ladrillos de cada uno de los edificios que el rey mira desde su azotea [música] y llama suyos. Le pide que empiece a gobernar como si los gobernados importaran más que la gloria del que los gobierna. Es el mismo diagnóstico [música] que Amós y Isaías y Miqueas habían entregado durante generaciones [música] a los reyes de Israel y de Judá.
El poder que no sirve al vulnerable ha perdido su legitimidad [música] ante el Altísimo, independientemente de cuántos altares construya o cuántas batallas ganen [música] Bucodonosor. Escucha y no hace nada con lo que escucha durante 12 meses enteros. [música] Un año pasa sobre Babilonia, con su rotación habitual de estaciones, el calor aplastante del verano mesopotámico que deshidrata el barro de los caminos [música] hasta convertirlo en polvo fino que se adhiere a la ropa y a los labios, y a los ojos de quien camina, [música] sin cubrirse las lluvias escasas, pero
violentas del otoño, que convierten ese polvo en lodo pegajoso, el frío seco del invierno levanino, que no necesita nieve para penetrar hasta los huesos [música] de quien no está preparado para él la primavera con sus crecidas del Eufrates y el Tigris, y su olor inconfundible a tierra húmeda y almendros que florecen antes que ningún otro árbol.
[música] Como si quisieran anunciar que el invierno tuvo un límite, las norias de los canales siguen girando los mercados, [música] siguen abriendo al amanecer y cerrando al atardecer. Los archivos siguen acumulando tablillas con registro de transacciones, edictos [música] y movimientos de tropas. El mundo administrativo del mayor imperio de su tiempo sigue funcionando con la eficiencia que ningún [música] hombre, ni siquiera el mayor rey de su época, puede atribuirse completamente [música] a sí mismo. Y el rey olvida o quizás
elige en el silencio de su propia [música] voluntad no actuar sobre lo que no ha olvidado. Porque la advertencia de Daniel fue demasiado [música] específica y demasiado perturbadora para borrarse simplemente de la memoria de un hombre inteligente y Nabucodonoor. Era, sin duda, un hombre [música] inteligente.
Lo que hace es más peligroso que el olvido. construye alrededor de la advertencia [música] una muralla hecha de prosperidad, continua de victorias, sin desafío, de un mundo que a cada hora le [música] confirma que las cosas están bien y que seguirán estando bien, porque así ha [música] sido. Durante cuatro décadas hay algo en la naturaleza humana [música] que no tolera vivir con la conciencia permanente de su propia contingencia.
Cuando el entorno material ofrece [música] ninguna confirmación de esa contingencia, el hombre rodeado de confirmaciones de su propio poder, tarde [música] o temprano deja de escuchar las advertencias que le llegan de fuera de ese círculo de confirmaciones, [música] un día en particular, sin que el texto nos dé una fecha exacta ni una circunstancia especial que lo distinga de cualquier otro día del reinado.
El rey pasea por los terrazos del [música] palacio sur de Babilonia. La tarde tiene esa luz espesa y dorada que el desierto produce cuando el sol declin [música] sobre el horizonte absolutamente plano del bajo Mesopotamia y el polvo [música] en suspensión convierte el aire en algo casi táctil, casi sólido desde la altura del [música] terrado.
ciudad se despliega en todas las direcciones con la perfección geométrica que [música] sus planificadores diseñaron y sus obreros ejecutaron a lo largo de varias generaciones [música] los canales, capturan la luz que declina y la devuelven en fragmentos dorados multiplicados sobre el agua oscura del Eufrates y [música] de sus derivaciones artificiales.
Y el rey mira todo eso y lo que ve le parece tan [música] completo, tan incontestable en su magnificencia, que las palabras salen antes de que ninguna cautela interior pueda detenerlas. [música] ¿No es esta la gran Babilonia que yo edifiqué para casa real con la fuerza de mi poder y para gloria de mi majestad? Daniel [música] 4, versículo 30 es una frase de pocas palabras, pero dentro de esas pocas palabras hay cinco afirmaciones de autoría.
[música] absoluta. Yo edifiqué mi poder, mi fuerza, mi gloria, mi majestad, el pronombre de primera persona, pulsando como un corazón que se ha olvidado de [música] que necesita de algo que él mismo no produce para seguir latiendo. Lo que Nabucodonosor declara en ese momento, ya sea en voz [música] alta o en el espacio interior de su propia conciencia, que el texto no distingue, es una afirmación ontológica [música] de la más radical.
Yo soy el origen de mi propia grandeza. No hay nada por encima de mí que haya hecho posible [música] lo que está frente a mis ojos, la cadena causal que produjo. Todo esto termina en [música] mí. El orgullo aquí no es el defecto menor de quien recibe un elogio y no lo maneja con suficiente gracia. [música] Es la declaración de autonomía más completa que un ser creado puede hacer [música] frente a su creador.
La respuesta no espera. El texto arameo usa una construcción [música] de simultaneidad perfecta que ninguna traducción puede reproducir del todo sin perder algo. Aún estaba la palabra en la boca del rey todavía. [música] La última sílaba de esa declaración no había terminado de formarse en el aire [música] caliente de la tarde babilónica cuando cayó una voz del cielo.
No un sueño, esta vez [música] no una visión que requiere intérprete, no una imagen que el rey podría decidir, no recordar por las mañanas, una voz directa e inmediata [música] que no admite negación. El reino ha sido quitado de ti, de entre los hombres. Te arrojarán con los animales [música] del campo, será tu morada con hierba.
Te alimentarán como a los bueyes y siete tiempos pasarán sobre ti hasta que [música] reconozcas que el Altísimo tiene dominio sobre el reino de los hombres y que a quien él quiere lo da Daniel. 4 versículos [música] 31 y 32. Y en ese mismo instante, con la brutalidad seca de un hecho registrado en una tablilla de arcilla, [música] sin adornos ni atenuaciones, el texto afirma, la palabra se cumplió sobre Nabucodonosor, la psiquiatría moderna tiene un nombre para lo que Daniel describe [música] y ese nombre dice más de lo que sus
creadores griegos probablemente pretendían. Antropía de bus, que significa [música] buey, y antropos, que significa hombre. El delirio clínico en el que un ser humano cree [música] ser un bobino y actúa en consecuencia con una consistencia que excede cualquier simulación voluntaria. [música] La literatura psiquiátrica del siglo XX registra casos documentados fuera de cualquier contexto religioso o bíblico.
El British Journal of Psiquiatry [música] publicó en algún momento de la segunda mitad del siglo pasado la descripción de un hombre encontrado en un campo rural moviéndose [música] en cuatro patas de manera sostenida. Consumiendo hierba y plantas del suelo con la naturalidad [música] de un animal con el cabello y las uñas completamente descuidados.
Tras un periodo [música] prolongado, la condición tiene existencia clínica independiente, no necesita del texto bíblico para ser real. [música] Pero la medicina no puede explicar por qué ese hombre específico [música] en ese momento específico desarrolló ese estado. Ni qué fue lo que hizo que terminara cuando terminó, ni qué ocurrió en su interior [música] en el instante en que terminó.
Esas preguntas pertenecen a otro tipo [música] de comprensión. Las uñas crecieron. El cabello se enredó. El texto en Daniel 4 versículo 30 [música] y 3, lo describe con la precisión del que vio o del que recibió la descripción de alguien que vio su pelo creció como plumas [música] de águila y sus uñas como las de las aves.
La ironía de esta descripción es tan densa que el texto [música] no necesita señalarla para ningún lector del mundo. antiguo, [música] el águila era el símbolo imperial más reconocible y más cargado. Designificado en todo el oriente próximo de esa época, el águila de alas extendidas [música] marcaba los estandartes militares babilónicos, los relieves tallados [música] en piedra de los palacios y los templos, las estelas de victoria erigidas en los territorios.
Conquistados, el águila encarnaba el poder soberano, [música] la visión privilegiada del que domina desde la altura, la velocidad letal del que desciende sobre su presa [música] sin que ella tenga tiempo de escapar. El rey que durante 40 años se identificó [música] con el vuelo del águila sobre las naciones, ahora lleva las marcas del ave, no en sus insignias, [música] sino en su propio cuerpo, garras en lugar de las manos que firmaron edictos [música] y construyeron jardines y plumas en lugar de la corona de la
investidura [música] anual. El símbolo del poder soberano se ha convertido en el signo de la humillación más radical que ese poder. podía experimentar el rocío [música] del cielo. lo moja cada madrugada cuando la temperatura de la noche mesopotámica cae lo suficiente como para que la humedad del aire se condense sobre toda superficie horizontal, sobre las hojas de [música] los tamariscos que crecen en las riberas del río, sobre el lomo de los bueyes, que duermen agrupados en los campos de cultivo sobre el cuerpo del hombre, que
ya no es reconocido como rey por ninguno de los seres que duermen a su alrededor. En la cosmología [música] bíblica, el rocío tiene una densidad rasimbólica que varios libros de la escritura trabajan el Deuteronomio. Lo asocia con la prosperidad que [música] Dios da a su pueblo.
El libro de Proverbios compara el favor del rey con el rocío sobre la hierba. [música] Pero aquí el rocío cae sobre el rey caído exactamente como cae sobre cualquier planta, [música] sobre cualquier animal, sobre cualquier ser vivo que duerme sin techo, que lo separe del cielo, abierto, sin distinción, [música] sin reconocimiento de ningún rango anterior, sin el mínimo privilegio que distinguiría [música] al monarca del buey que duerme a su lado y que también amaneció húmedo de rocío.
[música] El hombre que gobernó los ríos de un continente, que diseñó los sistemas de irrigación más elaborados de su era, que determinó con su sola voluntad [música] dónde fluiría el agua y cuánta y cuándo. Es ahora completamente dependiente del agua que cae, de donde ninguna voluntad humana [música] puede alcanzar a ordenar mientras el rey está en el campo.
El aparato del imperio [música] continúa girando con la inercia de una maquinaria que ningún individuo, ni siquiera el más poderoso, puede detener completamente los burócratas del palacio [música] siguen inscribiendo tablillas. Los generales mantienen las fronteras. Los sacerdotes celebran las liturgias del calendario sagrado y es [música] probable, aunque el texto bíblico ni lo confirma ni lo niega, explícitamente [música] que el hijo mayor de Nabucodonosor, Amel Marduc, el mismo que el segundo libro de Reyes, capítulo 25, [música]
menciona como quien liberó al rey Joaquín de su prisión babilónica, al comenzar su propio reinado, [música] ejerciera alguna forma de regencia durante este periodo, sin que ello quedara registrado de una manera que comprometiera [música] la imagen oficial del Padre. Los imperios no son personen institucional que sobrevive a la biología de sus monarcas.
[música] Y los babilónicos lo sabían mejor que nadie porque tenían siglos de práctica administrativa en que apoyarse. Hay una voz académica [música] que la honestidad intelectual exige escuchar con atención antes de seguir adelante, porque el relato que estamos contando no es un relato que pueda permitirse [música] ignorar las preguntas serias que le hacen los que lo estudian desde fuera.
En 1956, entre los manuscritos del Mar Muerto, [música] encontrados en las cuevas calcareas de Cumbrán, junto al Mar Muerto, [música] los estudiosos publicaron un texto arameo fragmentario conocido como la oración de Nabónido, [música] catalogado en los archivos académicos como 4Q, perenab.
En ese texto, [música] el rey que sufre una enfermedad durante 7 años, que es curado gracias a la intervención de un exorcista judío que reconoce al Dios verdadero y escribe un testimonio público de ese reconocimiento [música] para que todos lo sepan. No es Nabucodonosor, sino Nabónido, el último rey del imperio neobabilónico, que [música] gobernó entre 556 y 539 antes de Cristo Nabónido.
Es un personaje históricamente bien documentado y suficientemente [música] excéntrico para despertar la atención de cualquier historiador. era conocido por su devoción al Dios lunar [música] sin por encima de Marduc, lo cual lo colocó en conflicto permanente con el sacerdocio babilónico que dependía [música] de Marduc para su legitimidad e influencia.
Es también documentado que abandonó Babilonia [música] durante un periodo de varios años para residir en el oasis de Taima en Arabia, dejando la administración de la capital en manos de su hijo, [música] el príncipe regente Beljazar. Usur el Beljazar del libro de Daniel, capítulo 5. [música] Esta ausencia prolongada le impidió celebrar el festival [música] Aquitu y generó una crisis de legitimidad que el sacerdocio de Marduc [música] nunca le perdonó completamente y que contribuyó de manera significativa al colapso relativamente [música]
rápido de su reinado cuando Ciro el Grande llegó a las impuertas de Babilonia en el año 539. [música] El argumento crítico que se construye sobre este paralelo sostiene [música] que el autor del libro de Daniel tomó una tradición histórica centrada en Nabónido [música] y la trasladó a Nabucodonosor, porque este último era el rey babilónico más conocido [música] y más cargado de significado para el público judío de la público.
Época es un argumento que merece [música] respeto intelectual y no puede ser descartado con facilidad. Sin embargo, hay respuestas igualmente serias que el mismo rigor exige [música] considerar. La oración de Nabónido es un texto tan fragmentario que su reconstrucción completa descansa sobre suposiciones, [música] que los propios paleógrafos que la estudiaron reconocen abiertamente como hipótesis de trabajo, no como certezas [música] documentadas.
La dirección del préstamo literario podría ir en sentido contrario al que el argumento crítico supone Daniel [música] como la tradición primaria, la oración de Nabónido como una variante posterior que circuló entre los círculos intelectuales de la comunidad de Cumbrán. La metodología histórica no prohíbe que dos [música] reyes distintos, en el mismo contexto cultural e imperial, hayan tenido experiencias [música] análogas que generaron tradiciones análogas y los detalles específicos de Daniel. Cuatro. La figura
de Daniel como consejero personal del rey, [música] la secuencia del sueño, seguido por 12 meses de advertencia, no atendida seguidos [música] por el cumplimiento de la sentencia, la restauración inmediata al reconocimiento, no se explican de manera natural por una confusión entre dos monarcas.
El debate permanece [música] abierto entre los especialistas y probablemente seguirá abierto mientras haya especialistas, pero la apertura de un debate académico [música] no equivale a la falsificación de un relato histórico, el árbol en el centro de la Tierra que el sueño de Nabucodonosor presenta. No es una imagen sin precedentes en el mundo de la escritura bíblica.
Es [música] una imagen con raíces en capas más antiguas y más profundas del texto. El profeta Ezequiel [música] contemporáneo de Daniel y también deportado a Babilonia en la primera deportación del año 597 usa en el capítulo 30 [música] y uno de su libro La misma metáfora con una precisión que no puede ser casual. El faraón de Egipto [música] es comparado por Ezequiel con un cedro del Líbano de altura incomparable, cuyas ramas tocaban las nubes [música] y cuyas raíces llegaban a las aguas primordiales que en la cosmología del Antiguo Oriente
[música] Próximo sostenían la tierra desde abajo. Bajo ese cedro anidaban las aves del cielo y parían las bestias del [música] campo y a su sombra. Habitaban todas las grandes naciones del mundo conocido, y ese árbol fue talado porque se enalteció [música] por encima de todos los demás árboles del jardín de Dios.
Porque su corazón se ensoberbeció de su propia altura hasta el punto de olvidar [música] que había sido plantado, que había crecido gracias a aguas que no creó, que su sombra dependía de un sol que no [música] controla. Pero detrás de Ezequiel hay una imagen más antigua todavía en [música] el primer libro de la escritura.
En el Edén que inaugura la historia humana hay un árbol en el exacto centro del jardín, [música] el árbol de la vida y el árbol del conocimiento, del bien y del mal, [música] plantados por Dios en el centro del espacio que habitaban sus criaturas más amadas. Génesis 2, versículo [música] 9. El deseo de tomar lo que ese árbol reservado ofrecía de cruzar el umbral entre lo creado y el creador [música] mediante un acto de voluntad propia, de ser como Dios en el conocimiento, [música] sin pasar por el camino que Dios había indicado, produjo la primera
expulsión del espacio de la gracia inmediata y Nabucodonosor, parado en la azotea de su palacio, mirando la ciudad que declaró [música] haber construido, solo está repitiendo en escala imperial el mismo gesto del primer jardín. La declaración de autonomía radical frente al creador del jardín, al mundo duro del palacio.
[música] Al campo abierto el texto bíblico construye sus significados más [música] profundos, no por declaración, sino por resonancia imagen sobre imagen, hasta que la figura [música] completa emerge para el que tiene ojos para verla. Hay un árbol más que aparece en el centro de otra historia, en otra geografía, [música] en otro idioma, siglos después de Nabucodonosor.
Y ese árbol también es cortado. También su forma permanece en la tierra [música] después de que todo lo que había sobre el suelo ha caído. Pero este árbol no cae por orgullo, cae porque eligió descender hasta la humanidad que se había hundido en el suelo. [música] Desde el primer jardín, Pablo lo articula en la carta a los filipenses, capítulo 2, versículos del 6 al 8, [música] en lo que los estudiosos del siglo XX identificaron como uno de los himnos cristológicos [música] más antiguos del Nuevo Testamento, el cual, siendo en forma de Dios, no estimó
el ser igual a Dios como [música] cosa a que aferrarse, sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres, [música] haciéndose obediente hasta la muerte. y muerte de cruz. El antinabuco donosor, el que teniendo todo [música] el derecho ontológico al trono más alto del universo, eligió voluntariamente el descenso como su camino hacia la restauración [música] de lo que se había perdido.
Nabuco Donosor perdió su razón porque insistió en que su grandeza le pertenecía [música] de manera absoluta y autónoma a Cristo, siendo lo que era, antes [música] de que ningún rey del mundo existiera, tomó la razón humana y la fragilidad humana y el sufrimiento humano como su morada permanente, [música] no por sentencia de un vigilante celestial, sino por elección libre y soberana.
La sombra del árbol talado de Daniel [música] cuatro encuentra su realidad plena. Tres días después de que otro árbol en otro campo fue cortado, [música] también el tocón, que permanece atado en el campo con ligaduras de hierro, [música] anticipa al que fue atado en la madera de la cruz con clavos de hierro y ambos, el uno después de [música] 7 años y el otro después de 3 días, se levantaron con mayor grandeza que la que tenían antes de caer al final de los [música] siete tiempos.
El texto de Daniel lo dice con una brevedad que resulta casi perturbadora. Después de tanta [música] densidad narrativa, yo, Nabuco Donosor, alcé mis ojos al cielo [música] y mi razón me fue de vuelta. Daniel 4, versículo 34. [música] Sin ceremonia, sin ritual de restauración, sin sacerdote que pronuncie [música] palabras de sanación, ni médico que diagnostique una remisión.
Un hombre que [música] ha estado mirando el suelo durante 7 años, levanta la vista, es de gesto vertical. Esa dirección cambiada es [música] todo lo que el texto registra como el mecanismo de la restauración. Y es suficiente porque el problema nunca fue el suelo, el problema fue la dirección de los ojos.
[música] Y cuando los ojos finalmente miran hacia donde siempre, debieron mirar lo que encuentra el rey al llegar allí. Es lo que siempre estuvo ahí esperando, [música] que llegara un Dios que vive para siempre, cuyo dominio esempiterno, cuyo reino pasa de generación en [música] generación, sin que ningún árbol del mundo, por muy alto que crezca, pueda oscurecer su cielo.
Daniel 4, versículo 34. La restauración que sigue es tan inmediata [música] como lo fue. La caída en el mismo tiempo, dice el texto, mi razón me fue de vuelta y la majestad de mi reino, [música] mi dignidad y mi grandeza volvieron a mí mis gobernadores, y mis grandes [música] me buscaron. Fui restablecido en mi reino y mayor grandeza me fue añadida.
Daniel 4, [música] versículo 36. No la misma grandeza, sino mayor. El hombre que aprendió a mirar hacia [música] arriba recibió de regreso todo lo que había perdido. Más algo que no puede medirse en términos de territorio ni de ejércitos. La sabiduría de quien sabe que la grandeza [música] no le pertenece de la manera en que antes lo creyó.
Esa es la grandeza añadida. No es territorial, [música] no es política, es la grandeza de quien puede sostenerse en el trono sin confundir [música] el trono consigo mismo. La última frase que Nabucodonosor pronuncia en el testimonio [música] que construye el capítulo 4 es también la primera ley del universo, [música] que su historia encarna.
Él puede humillar a los que andan con soberbia. Daniel [música] 4, versículo 37. No, él podría bajo ciertas condiciones. [música] Él puede, es parte constitutiva de lo que es la humillación del orgullo. No es una posibilidad teórica [música] reservada para los casos extremos de los textos sagrados. Está tejida en la estructura del cosmos como una constante [música] que opera con independencia de la época, del idioma del sistema político de la tecnología.
Que ese [música] sistema tenga disponible el orgullo del rey babilónico que mira su ciudad y la declara suya. Tiene el mismo [música] sabor interior que el de cualquier ser humano en cualquier siglo que confunde lo que [música] construyó con lo que es que olvida que tanto él como lo que construyó necesitan de algo que no se fabrica, ni se administra ni se [música] conquista.
Nabucodonosor construyó Babilonia y Babilonia fue construida y el árbol que la construyó necesitaba raíces [música] que iban más abajo de donde ningún árbol puede llegar con sus propias fuerzas. Hay una dimensión de esta historia que los lectores [música] del siglo XXI tienden a pasar por alto porque vivimos en un mundo donde el lenguaje [música] del poder es económico y tecnológico, no mitológico.
Pero en el mundo de Nabucodonosor, en la Babilonia del siglo VI [música] antes de Cristo, el lenguaje del poder era fundamentalmente religioso y cósmico, [música] cuando el rey declaró que habí edificado Babilonia con la fuerza de su poder y para gloria de su majestad, [música] no estaba simplemente expresando orgullo personal en el sentido en que un ejecutivo moderno podría jactarse de los logros [música] trimestrales de su empresa.
estaba usurpando una prerrogativa que su propia cosmología asignaba a los dioses en la teología babilónica. Las ciudades no eran construcciones humanas. En primer lugar, eran proyecciones terrestres de arquetipos celestes. Babilonia no existía simplemente como ciudad en el plano [música] de la tierra mesopotámica.
Existía primero en el cielo como modelo, como diseño original que los dioses habían establecido [música] antes de que ningún ladrillo fuera cocido, ni ningún canal excavado los reyes babilonios condicionales. [música] Gobernaban como instrumentos de Marduc, ejecutores del plan cósmico que el Dios había establecido.
El rey [música] que declaraba que él había construido Babilonia con su propia fuerza. estaba en el vocabulario de su propia tradición religiosa [música] robándole la autoría a Marduc. Estaba diciendo en esencia que el instrumento hizo la obra sin el artesano que lo movió. El texto bíblico [música] no usa esa cosmología babilónica para construir su argumento.
[música] usa una más profunda y más radical, la cosmología de un dios, que no solo estableció el arquetipo de las ciudades, sino que creó el cielo donde ese arquetipo existe y [música] la tierra donde las ciudades se construyen, y la mente humana que concibe los diseños y las que los ejecutan y el [música] tiempo dentro del cual todo ocurre, la usurpación de Nabucodonosor no es solo contra Marduc, es [música] contra el Altísimo, el que está por encima de todos los dioses de todas las naciones.
el que el propio nombre de elion [música] coloca en una categoría que ningún panteón del mundo antiguo podía contener. Y esa es precisamente la razón por la que el juicio sobre Nabuco Donosor tiene la [música] escala que tiene. No es la corrección de un error menor de atribución, es [música] la restauración de un orden cósmico que el rey con su declaración desde la azotea [música] había intentado revertir el término el Elion, el Dios altísimo que tanto Daniel como Nabucodonosor [música] usan repetidamente en este capítulo.
Tiene una historia dentro de la escritura que enriquece [música] enormemente. El relato aparece por primera vez en el libro del [música] Génesis. Capítulo 14, versículos del 18 al 20. Cuando el misterioso [música] Melquisedec, rey de Salem y sacerdote de Elelión, bendice a Abraham después de su victoria sobre los reyes [música] del norte.
Bendito sea Abraham, del Dios altísimo, creador del cielo [música] y de la tierra Melquisedec. No es israelita, no pertenece al linaje de Abraham [música] ni a ninguna de las tradiciones religiosas que el texto bíblico asocia con el pueblo de Dios. Sin embargo, conoce [música] a Elelión, lo reconoce, lo sirve y lo invoca en una bendición sobre el Padre de [música] la fe.
El nombre del Dios Altísimo cruza las fronteras étnicas y religiosas desde su primera aparición en la escritura. [música] Es el nombre que pueden pronunciar incluso los de afuera cuando se encuentran de frente con la realidad [música] de quién hizo el cielo y la tierra. Melquisedec lo pronunció en el siglo [música] XIX o XVI. Antes de Cristo, Nabucodonosor lo pronunció en el siglo VI [música] y entre los dos, una línea de reconocimiento cruza los siglos para decir que la grandeza del Altísimo no está limitada por las fronteras [música] de ningún pueblo ni de ninguna tradición
religiosa. Es la realidad que todo ser racional encuentra eventualmente cuando las ilusiones se agotan la trayectoria [música] completa de Nabucodonosor a través del libro de Daniel. No es la de [música] un hombre que tiene una sola experiencia transformadora y cambia de manera definitiva en ese instante.
Es la trayectoria más realista [música] y más incómoda de un hombre que tiene múltiples encuentros con la realidad divina y que entre encuentro y encuentro [música] regresa con asombrosa consistencia a la misma ilusión de control que cada encuentro intentó romper en el capítulo 2, cuando Daniel interpreta el sueño de la estatua de metales distintos [música] que una piedra no cortada por mano humana destruye.
Nabuco Donosor cae sobre su rostro [música] delante del profeta. reconoce que el Dios de Daniel es el Dios de dioses y el Señor de los Reyes y el que revela los misterios Daniel. [música] versículo 47. Es una confesión extraordinaria. Y en el [música] capítulo 3, pocas páginas después, el mismo rey que pronunció esa confesión [música] construye una estatua de oro de 60 codos de altura y exige que todos los habitantes de su [música] imperio, sin excepción caigan ante ella en adoración, bajo pena de ser arrojados al horno de fuego ardiendo Daniel. [música]
3, versículo 5. La misma boca que había, [música] reconocido que hay un dios por encima de todos los dioses, ordena la adoración de una estatua de [música] oro del tamaño de un edificio de seis pisos. Esta inconsistencia no es torpeza [música] narrativa del texto, es la descripción más honesta que existe de cómo funciona el corazón humano cuando se enfrenta a [música] una verdad que amenaza su autonomía.
La rendición del yo no ocurre en un instante de iluminación que se sostiene para siempre después. [música] Sin esfuerzo, ocurre en un territorio de encuentros y retrocesos de rendiciones parciales, [música] seguidas de recuperaciones del terreno, cedido de confesiones genuinas que conviven con prácticas, [música] que contradicen lo confesado.
El hombre que en el capítulo 2 reconoció que Dios revela misterios [música] ocultos es el mismo hombre que en el capítulo 3 exige ser adorado como si él mismo fuera el misterio [música] supremo. La distancia entre esas dos actitudes no es la distancia entre dos [música] personas diferentes, es la distancia interior de una persona que [música] está en proceso de aprender al que ningún proceso de aprendizaje ordinario puede enseñar.
Y el capítulo 4 es el punto [música] de quiebre, el encuentro del que ya no hay retroceso posible, no porque el texto lo garantice doctrinalmente, [música] sino porque la experiencia lo hace físicamente imposible de ignorar un hombre que [música] ha comido hierba durante 7 años. No puede decirse a sí mismo de regreso en el trono que en realidad no necesitaba nada [música] que no fuera él mismo.
Ese hombre lleva la prueba. En el recuerdo del cuerpo hay también algo en la estructura temporal [música] del capítulo que merece atención. El texto menciona que entre la advertencia de Daniel y el cumplimiento de la sentencia pasaron 12 [música] meses un año entero. 12 meses durante los cuales el juicio estaba decretado, pero suspendido disponible para ser evitado si el rey actuaba [música] diferente.
Este detalle no es decorativo. Es una ventana abierta en el texto hacia la naturaleza del dios. [música] que el capítulo proclama un Dios que quisiera simplemente demostrar su poder. No habría esperado 12 meses. Habría ejecutado [música] la sentencia en el momento mismo en que el sueño fue revelado un Dios que quisiera simplemente castigar.
[música] Tampoco habría enviado al profeta con un consejo, redime tus pecados con justicia. Los 12 meses de espera entre [música] la advertencia y el cumplimiento son la firma de un Dios que prefiere la transformación sobre el juicio, [música] que usa el juicio solo cuando la transformación no ocurre por el camino más amable.
Es la misma gramática que el profeta Ezequiel [música] articula en el capítulo 30 y 3, versículo 11 vivo. [música] Yo, dice el Señor que no me complazco en la muerte del impío, sino en que el impío [música] se vuelva de su camino y viva el juicio de Nabucodonosor es la evidencia no de la crueldad divina, [música] sino de la seriedad divina respecto a la restauración del hombre al que el juicio está dirigido.
Mientras Nabucodonosor [música] pastaba en el campo abierto de los alrededores de Babilonia, el mundo que él había construido continuaba su marcha con la inercia acumulada [música] de décadas. Pero ese mundo no continuaba solo, continuaba sobre [música] los hombros de miles de seres humanos que jamás aparecen en ninguna crónica real ni en ningún registro de archivos [música] imperiales.
los escribas que doblaban su espalda sobre las tablillas húmedas de arcilla en los salones de administración del palacio, [música] copiando edictos y registrando transacciones con el mismo cuidado meticuloso, independientemente [música] de si el rey estaba presente o ausente los artesanos que cosían ladrillos en los hornos de las riberas del [música] Eufrates, que tallaban piedra en los talleres reales, que tejían las telas pesadas de los cortinajes del palacio [música] y bordaban las vestiduras de los sacerdotes, los agricultores que
abrían y cerraban las compuertas de los [música] canales de irrigación según el ritmo de las estaciones y las necesidades de los campos de cebada y sésamo, que alimentaban a la ciudad más grande del mundo, los soldados de guarnición en las fronteras del imperio, que patrullaban los pasos de montaña del norte y los cruces del Eufrates en el oeste, con la misma disciplina [música] de siempre, sin saber con exactitud qué le ocurría al rey.
y sin tener ninguna manera de saberlo, todos esos seres humanos [música] sostenían el mundo que el rey creyó haber construido con la fuerza de su poder y su trabajo continuo [música] durante los 7 años de ausencia del rey. Es en sí mismo un argumento teológico [música] que el texto bíblico no formula de manera explícita, pero que la historia de fondo grita en silencio.
Ningún rey [música] construyó, nunca nada. Solo cada piedra de Babilonia fue movida por manos [música] que no son las del rey. Cada canal fue excavado por espaldas que el rey nunca conoció por nombre. Cada ladrillo fue cocido por trabajadores [música] que el sistema imperial identificaba por número de unidades producidas, no por nombre ni por historia.
[música] La ciudad que Nabucodonosor declaró haber edificado con la fuerza de su poder fue edificada con la fuerza de decenas de miles de poderes [música] que él nunca mencionó cuando pronunció su declaración desde la azotea. Y esos decenas de miles de [música] poderes siguieron trabajando durante 7 años en que el rey no pudo dar ni una sola orden, ni supervisar, ni una sola obra, ni firmar, ni un solo edicto Babilonia.
[música] No cayó en 7 años porque la sostenía en manos que el rey nunca contó entre las suyas. Esto es lo que el orgullo hace a la percepción. [música] Estrecha el campo de visión hasta que solo cabe en él quien lo padece. El orgullo de Nabucodonosor [música] no le permitió ver las manos de los ceramistas, ni los lomos de los albañiles, ni las espaldas de los excavadores de canales en [música] la ciudad que miraba desde su azotea solo veía el resultado y en el resultado solo veía su propio reflejo.
[música] 7 años en el campo entre animales que no reconocen su nombre ni le deben nada fue [música] el tiempo que necesitó para que el campo de visión se ampliara, lo suficiente como para caber en él. el cielo completo sobre su cabeza. Y cuando el cielo [música] entró en el campo de visión, todo lo demás encontró su proporción correcta.
Y así regresamos a donde comenzamos al hombre sobre la azotea a la ciudad, [música] extendida debajo de él como un mapa escrito con su propia voluntad sobre la llanura del mundo al aire [música] dorado y espeso de la tarde babilónica, donde el polvo en suspensión convierte la luz del sol que declina en algo casi sólido.
las palabras que salieron antes de que ninguna prudencia pudiera detenerlas. Las [música] cinco afirmaciones de autoría absoluta que condensaron en un instante 40 [música] años de orgullo acumulado a la voz que cayó del cielo antes de que la última sílaba de esas palabras [música] terminara de resonar al campo abierto, donde el rocío no distingue entre reyes y animales, [música] a las uñas que crecieron como garras y al cabello enredado como plumas de ave tiempos que pasaron sobre el hombre más poderoso del mundo, [música] como el tiempo pasa
sobre todo lo que crece en el suelo, sin preguntarle si los desea, sin pedirle permiso, sin reconocerle ningún privilegio [música] que lo exima. Y luego, al gesto más pequeño y más definitivo de toda la historia de este rey, un hombre alzó [música] los ojos al cielo. Solo eso y el cielo respondió, “Como siempre responde a quien finalmente [música] mira en la dirección correcta.
Tú que has llegado hasta aquí en este relato, eres [música] invitado a hacer la misma pregunta que el árbol caído. No pudo evitar hacerse al final de sus siete [música] tiempos. No es una pregunta que requiera ninguna afiliación, ni ninguna institución, ni ninguna liturgia para ser formulada con honestidad. [música] Es la más sencilla y la más inescapable de todas.
¿Hacia dónde apuntan mis ojos habitualmente? [música] Hacia el cielo de la azotea que construí o hacia el cielo que estaba ahí antes de que existiera. Cualquier azotea hacia el árbol que soy [música] o hacia el suelo más del que vine y el cielo del que depo. [música] Para seguir siendo lo que soy. La diferencia entre esas dos direcciones no es una diferencia de geografía, ni de cultura, [música] ni de época histórica.
Es la diferencia entre 7 años de hierba y una grandeza mayor que la que se había conocido antes. El [música] Dios Altísimo. Puede humillar a los que andan con soberbia y puede restaurar [música] al que desde el campo y el rocío y las garras de ave los 7 años de haber olvidado su propio nombre, aprende a mirar hacia arriba. [música] Esa es la historia que el cielo quiso que todos los reyes de todos los siglos escucharan.
y sigue sonando [música] con la misma claridad y el mismo peso en el aire de esta tarde.