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REVELADO: Asi VIVE RAMON AYALA en su RANCHO a sus 83 AÑOS

En esta ocasión analizaremos la vida actual de Ramón Ayala, aquel monarca del acordeón cuya maestría norteña cautivó a todo un continente. Pasó de tocar en modestas tabernas a llenar foros mundiales, manteniéndose como un icono irreemplazable de nuestra cultura musical a sus 79 abriles. Exploraremos detalladamente el patrimonio y la herencia de alguien que desde la carencia absoluta forjó una dinastía artística valiéndose únicamente de su destreza. Este análisis te sorprenderá.

Arranquemos con sus orígenes regiomontanos. Ramón Cobarrubias Garza vio la luz el 8 de diciembre de 1945 allá en la Sultana del Norte. Como integrante de un extenso hogar con nueve hermanos, su infancia transcurrió en condiciones de suma precariedad y escasez extrema. El jefe de la casa tocaba esporádicamente en piqueras de dudosa reputación, buscando arrimar unas cuantas monedas que apenas mitigaban el hambre familiar.

 Lejos de ser un concertista, su papá era un todoterreno empírico que recurría a las melodías para sacar a flote el barco cuando escaseaban los jornales albañiles o agrícolas. Aunque la capital neolea de las décadas de los 40 y 50 experimentaba un boom industrial, dicha bonanza económica jamás rozós de su clan. Habitaba un modesto cuarto de vecindad en una zona marginada.

 Ahí los sanitarios eran colectivos y contar con agua entubada resultaba ser una verdadera rareza. En aquel entorno de carencias, la instrucción escolarizada representaba un lujo inalcanzable para las finanzas de sus padres. Apenas logró cursar hasta el segundo año de educación básica.

 La necesidad apremiaba y el niño tuvo que salir a corretear la chuleta para apoyar a los más pequeños. Resulta duro pensar en un chiquillo de escasos 7 u 8 años enfrentándose al mundo laboral en cualquier oficio en lugar de estar sentado en un pupitre. Lo mismo pregonaba golosinas en la vía pública que le sacaba brillo a los zapatos en el primer cuadro regio o le hacía al diablito cargando mercancía en los tianguis.

 Sin embargo, la verdadera friega comenzó al migrar de forma transitoria hacia territorio tamaulipeco, con la esperanza de encontrar un respiro económico. En esa región le tocó sudar la gota gorda recolectando algodón, una faena exhaustiva soportando los feroces rayos del sol que azotan nuestra frontera norte. Era parejo para chicos y grandes.

Se partían el lomo en las parcelas, desgarrándose los dedos al cosechar y arrastrando bultos con pesos desproporcionados para un infante. Tras una jornada maratónica entre los surcos, su raya diaria rondaba entre tres y cinco pesitos. Corrían los años de 1953 a 1954. Esa morralla apenas daba para el kilo de masa y un puño de aluvias.

 Dicha miseria no lo amargó. sino que le inyectó una voluntad inquebrantable para superarse. Observar al viejo regresando ahogado en alcohol tras las tocadas, derrochando el poco ingreso en la farra fue una lección contundente. Presenciar el calvario materno para dar de tragar a nueve bocas con las obras lo impulsó a cambiar su destino.

 Su única herramienta real eran las corcheas. Desde Squinkle, su progenitor le instruyó los principios del fuelle de manera empírica, cero solfeo, pura observación directa y repetición pura. Se pasaba horas ensayando con un instrumento maltrecho y remendado que su señor padre había pepenado por ahí. Bajo la lupa contemporánea, su biografía parece de película, pero en el México de los años 40 y 50, ese drama retrataba el día a día de muchísima gente.

 Lo que lo hizo único fue utilizar el arte sonoro como verdadero trampolín para evadir la miseria. Así se gestó el momento decisivo rumbo al estrellato. El rumbo de nuestro artista dio un giro de 180 gr al toparse con Cornelio Reina en la ciudad fronteriza de Reyosa, Tamaulipas. Arrancaba la década de los 60 y el muchacho rondaba los 17 abriles.

Cornelio, algo más veterano, ya traía colmillo haciendo ruido con conjuntos de la zona. Una tarde de copas, en una taberna reinocense, el joven acordeonista dejó a Reina completamente apantallado con su ejecución. No se trataba de mera habilidad manual. El chavo le imprimía un corazón y un desgarro a las notas que superaban cualquier estudio metódico.

 Su agilidad para deslizarse por los botones revelaba una maestría inaudita para su corta edad, por lo que el experimentado músico lo invitó de inmediato a ser mancuerna. La fórmula apostaría por el sonido regional auténtico, el fuelle acoplado al bajo sexto, logrando un ensamble vocal perfectamente equilibrado a dos voces.

 Sus letras relatarían tragedias pasionales, desamores y la crudeza del entorno fronterizo. Crónicas vivas con las que el pueblo raso se identificaba hasta los huesos. Bautizados atrevidamente como los relámpagos del norte, asumieron un mote ambicioso que terminaron respaldando con creces en cada escenario. Corría 1960 y 3 cuando, recién integrados plasmaron en cera el tema Ya no llores, una pista instrumentalmente sencilla, pero con una carga melancólica devastadora.

 abordaba el despecho y ese pundonor masculino de retirarse sin mendigar afecto. Un trancazo seguro para el público bravío. La rola reventó las listas locales en un abrir y cerrar de ojos. Las radiodifusoras de la sultana, así como las frecuencias de Reyosa y Matamoros, la programaban día y noche sin descanso. Los parroquianos vaciaban sus monedas en las rócolas para escucharla, mientras los fara fara de la región la volvieron obligatoria en cualquier pachanga.

 Al cerrar 1963, esta exitosa dupla había dejado atrás los reducidos tugurios tamaulipecos para aspirar a ligas mayores. Se la pasaban de gira peinando toda la franja fronteriza, abarrotando plazas desde Nuevo León y Tamaulipas hasta tierras coahuilenses y chihuahuenses. Los contratos llovían y la lana empezó a caer en abundancia, aunque el parteaguas definitivo ocurrió al trascender la frontera norte para conquistar a toda la República.

 Promediando la década de los 60, no había rincón del territorio azteca que no supiera quiénes eran estos talentosos músicos. Sus vinilos volaban de los estantes abarcando desde los mercados tapatíos y la inmensa capital hasta los rincones más alejados del sureste mexicano. Dieron al clavo con una fórmula que calaba hondo en la identidad nacional.

 Acordes genuinos y sin pretensiones extranjeras que enaltecían con gallardía el folklore norteño. Aquel chiquillo que se deslomaba en los sembradíos por 5 pesos diarios ahora se embolsaba fuertes sumas cada noche. Una metamorfosis tan radical que le resultaba francamente irreal. La brillante etapa del conjunto concluyó en 1971, justo cuando su compañero vocalista optó por emprender su camino en solitario.

Semejante ruptura representó un trago amargo para el acordeonista, pero a pesar del imperio forjado en conjunto asimiló que el espectáculo no podía detenerse. Armó a los Bravos del Norte reclutando sangre nueva, dejando clarísimo un punto clave. El genio indiscutible siempre fue Ramón Ayala. Su magia con el acordeón era irrepetible.

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