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Le dijo a Javier Solís “Si sabes cantar Sombras, sube” — Pero Pedro Infante lo oyó todo

Una canción que algunos decían que era lo mejor que había salido en años y otros decían que era demasiado fácil, demasiado directa, demasiado  construida sobre el sentimiento puro, sin suficiente estructura debajo para que durara. dijo que él iba a cantarla y que la gente juzgara. La canción se llamaba Sombras.

En la peña hubo un movimiento pequeño,  el tipo de movimiento que no es físico, sino atmosférico, un cambio en la manera en que el aire de un cuarto se distribuye cuando  algo importante acaba de ser nombrado. Sombras era una canción que la gente conocía con esa intimidad particular de las canciones que uno siente que siempre han existido, que no fueron escritas, sino descubiertas, que estaban ahí  antes de que alguien las encontrara y les pusiera palabras.

Armando empezó a cantar. La voz llegaba precisa, los tiempos respetados,  la melodía entregada con una limpieza técnica que era genuina y que demostraba años de trabajo honesto. Pero había algo en la manera en que Armando cantaba Sombras  que la convertía en una pieza de demostración vocal en lugar de una confesión.

La cantaba desde afuera hacia adentro con la corrección  de quien interpreta un texto ajeno y lo hace bien, sin entender que ese texto no era ajeno para todos, que para alguien  sentado en esa peña esa canción tenía una dirección muy precisa, una dirección que venía de adentro y que no  podía recorrerse al revés.

Javier no se movió en su silla. Escuchó  cada frase con esa quietud de las personas cuando están oyendo algo que les pertenece siendo dicho por otra voz. No era molestia lo  que sentía. Era algo más difícil de nombrar, algo parecido a la extrañeza de verse  en un espejo que no devuelve exactamente tu imagen, sino una versión corregida de ella, más prolija, más ordenada, menos verdadera.

Armando  terminó sombras entre aplausos generosos. Los aplausos de una peña que había escuchado algo bien ejecutado y lo reconocía sin saber del todo que más  estaba reconociendo. Armando bajó la vista un momento, la volvió a subir y entonces hizo lo que hacen ciertos hombres cuando tienen la  atención de un cuarto y algo que demostrar que va más allá de la canción.

Miró las sillas despacio con esa calma de quién sabe que tiene el tiempo de su lado porque tiene la atención del cuarto y la atención del cuarto no se va sola, hay que hacer algo para perderla.  dijo que Sombras era una canción hermosa. Dijo que tenía esa construcción particular de los boleros que  le hablan al que ha perdido algo y que por eso llegan a tanta gente, porque casi todo el mundo ha perdido algo.

Luego hizo una pausa y luego dijo que lo  que no terminaba de entender era como una canción así, con esa fuerza, con ese alcance, había llegado a ser conocida en la voz de alguien tan joven. Alguien que con todo el respeto  todavía estaba aprendiendo lo que significa cargar una canción de verdad, que tener una voz bonita y saber lo que esa voz puede hacer con el dolor real no eran la misma cosa y que quizás el muchacho que la  cantaba en la radio debería tomarse el tiempo de vivir un poco más antes de pretender que

entendía de lo que hablaba. En la peña hubo un silencio diferente al de antes. Doña Consuelo detrás de la puerta dejó de contar las monedas de  la entrada. No era una opinión y la peña lo sabía aunque no todos supieran exactamente por qué. Era otra cosa disfrazada de opinión.  Era un movimiento calculado con la precisión de quien lleva 20 años haciendo movimientos así y sabe exactamente cuánta fuerza necesitan y en qué dirección deben ir para producir  el efecto que buscan.

Armando continuó. Dijo que conocía al muchacho, que lo había visto  en los estudios de la RCA, que era un chico de barrio con una voz que Dios le había dado sin pedirle nada a cambio, que eso era un regalo y nadie lo negaba, pero  que los regalos sin trabajo real detrás eran como las flores de papel bonitas de lejos.

sin olor de cerca. Que una cosa  era que las disqueras te pusieran en la radio y otra muy distinta era ganarte ese lugar palmo a palmo como lo habían hecho los que de verdad habían durado en este negocio. Algunas personas en la peña asintieron. No todas, pero algunas.  Y ese asentimiento, aunque fuera discreto, aunque viniera de gente que quizás no había terminado de entender a quién  se refería Armando, ese asentimiento hizo algo en el cuarto que no se podía deshacer con facilidad.

Javier tenía los ojos puestos en la grieta larga del piso, esa grieta que cruzaba el cuarto de lado a lado como si el ladrillo  hubiera decidido en algún momento partirse para ver que había debajo. Tenía el café  frío sin tocar. Tenía las manos quietas sobre las rodillas con esa quietud que no es calma, sino su opuesto exacto,  la quietud de algo que está muy quieto, porque si se mueve va a moverse demasiado.

Armando levantó la vista hacia las sillas y la detuvo un momento, un momento que era más largo de lo que parecía  sobre la silla donde estaba Javier. dijo con esa voz suya trabajada y precisa que si el muchacho que cantaba sombras en la radio estaba esta noche  en esta peña, que si quería decir algo sobre su propia canción, que subiera, que la cantara, que demostrara que esa canción era suya de verdad y no  solo una producción bonita construida alrededor de una voz que todavía no sabía lo que tenía. Doña  Consuelo miró hacia

la silla del fondo. Cuatro personas giraron la cabeza hacia Javier. La mujer del reboso azul lo miró con una  expresión que era mitad preocupación y mitad algo parecido al reconocimiento de alguien que ha estado en ese lugar antes, aunque fuera en otra forma. Javier no respondió de inmediato. Miró la lámpara de petróleo sobre la repisa.

La miró como se mira algo que uno conoce bien y con lo que todavía no ha terminado de resolver qué hacer. Hubo un momento, exactamente ese momento, entre la pregunta de Armando  y cualquier respuesta posible en que la peña entera pareció contener algo, no el aliento exactamente, sino algo más parecido a la decisión.

como si el cuarto entero  estuviera esperando ver qué hacía ese hombre con lo que acababan de ponerle delante. Doña Consuelo había  visto ese tipo de momento antes en sus años de peña. Sabía lo que podía venir después  y sabía que no había manera de apurarlo ni de evitarlo. Solo se podía esperar y ver  de que estaba hecho el hombre al que le tocaba responder.

Javier se levantó, lo hizo despacio, sin prisa, con esa manera particular de moverse que no  busca atención porque no la necesita. Dejó el café frío sobre la silla, se acomodó el saco gris con un gesto breve que era también una  manera de ponerse algo, no la ropa, sino otra cosa, y caminó hacia la lámpara. La peña lo siguió con los ojos en silencio.

Armando  seguía de pie con esa sonrisa que pretendía ser generosa y era otra arquitectura completamente. Cuando Javier llegó  hasta donde estaba, Armando hizo un gesto amplio con el brazo, el gesto de quien cede el espacio con una elegancia que en realidad es una trampa, porque el espacio que se cede así ya está cargado con todo lo  que se dijo antes de cederlo. Javier no dijo nada todavía.

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