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YAGÜE: MATÓ A 4.000 PERSONAS EN UN DÍA Y FRANCO LE ASCENDIÓ

Esa era la lección de Marruecos y Yahweh la aprendió bien. Allí coincidió con otros jóvenes oficiales que compartían esa filosofía. Hombres como Francisco Franco, como Millan Astrai, como Mola, una generación entera de militares templados en el fuego colonial, convencidos de que habían descubierto la verdad sobre la guerra, que la misericordia era una debilidad que el enemigo aprovechaba y que la victoria exigía una determinación que el ciudadano común no podría comprender ni debería juzgar.

Cuando en julio de 1936 estalló el golpe de estado contra la República, Yahwe era teniente coronel y estaba destinado en Marruecos. Su papel en los primeros días del alzamiento fue crucial. Fue él quien organizó el puente aéreo que trasladó a la legión y a los regulares desde África hasta la península.

Una operación logística que cambió el curso de la guerra antes de que esta llevara ni siquiera una semana. Sin ese puente aéreo, el golpe habría fracasado. España habría tenido otro destino. Pero el puente aéreo funcionó y con él llegó un ejército diferente a todo lo que la España Peninsular había visto. Los legionarios del tercio cantaban que eran los novios de la muerte.

Los regulares marroquíes tenían una reputación que se había extendido como pólvora entre la población republicana. Implacables, feroces. acostumbrados a una guerra sin cuartel. Y al frente de todos ellos, marchando hacia el norte por la calurosa Extremadura, avanzaba la columna de Yahweh. El objetivo era Madrid.

El camino era largo y a lo largo de ese camino había pueblos y ciudades que tenían que caer, que tenían que someterse, que tenían que entender desde el primer momento cuál era el precio de la resistencia. Yahwe no tenía tiempo para sie lardas, no tenía recursos para gestionar miles de prisioneros y no tenía tampoco la menor intención de mostrarse blando.

Badajoz era la primera gran ciudad en su camino. Badajoz en el verano de 1936 era una ciudad asustada. Los rumores llegaban antes que los ejércitos. La gente sabía lo que había pasado en los pueblos del sur, en las aldeas de Andalucía que habían caído ante las columnas africanas. Sabía o intuía que la guerra que se acercaba no era como las guerras que habían leído en los libros.

Era algo diferente, algo más antiguo y más cruel. La guarnición republicana que defendía la ciudad era escasa y estaba mal equipada. Los milicianos que se habían sumado a la defensa eran variantes, pero carecían de formación militar real. Las murallas de Badajoz, construidas siglos atrás, eran imponentes a la vista, pero no estaban diseñadas para resistir la artillería moderna.

Todo el mundo lo sabía y aún así, resistieron. Durante días, la columna de Yahweh intentó tomar la ciudad. La artillería bombardeó las murallas. Los aviones de la Aviación Nacional sobrevolaron las calles. Los defensores contestaron como pudieron, causando bajas entre los atacantes, retrasando lo inevitable.

Varios asaltos directos fueron rechazados. Yahweh perdió hombres ante esas murallas y eso, para alguien con su temperamento, no era solo una contrariedad táctica, era algo personal. El 14 de agosto, las tropas franquistas encontraron el punto débil. Por la puerta de la Trinidad y por otros accesos, los legionarios irregulares irrumpieron en la ciudad.

Lo que siguió fue brutal, incluso para los estándares de aquella berra. Las calles se convirtieron en escenario de combates cuerpo a cuerpo. Los defensores que no pudieron escapar fueron cayendo uno a uno. Los civiles se encerraron en sus casas, rezando para que la tormenta pasara sin tocarlos. Pero la tormenta no distinguía entre combatientes y civiles, no distinguía entre quién había empuñado un fusil y quién simplemente había vivido en aquella ciudad durante el tiempo equivocado.

En la confusión, en el calor, en el polvo y el humo, la columna africana arrasó barrio por barrio. Cuéntanos en los comentarios de qué ciudad eres. Nos encanta saber de dónde nos ven. Y cuando terminó la batalla, cuando los últimos disparos se apagaron y Badajoz cayó definitivamente en manos de Yahweh, comenzó algo diferente, algo que ya no era una batalla.

Cientos de personas fueron reunidas, llevadas a la plaza de toros, encerradas allí bajo el sol abrasador, sin agua, sin sombra, sin explicaciones. Entre ellos había milicianos que habían combatido, pero también había trabajadores, campesinos, hombres que simplemente habían sido señalados por alguien, mujeres que estaban en el lugar equivocado.

Y entonces llegaron los pelotones. Lo que ocurrió en esa plaza de toros durante las horas siguientes quedó registrado por uno de los periodistas extranjeros que por circunstancias casi milagrosas consiguió estar presente. J. Allen, corresponsal del Chicago Tribium, escribiría uno de los reportajes más impactantes de toda la guerra.

Sus palabras describían el suelo cubierto de sangre, los cuerpos apilados, el olor que impregnaba el aire caliente de agosto. Calculó a partir de lo que vio y de los testimonios que recogió que el número de ejecutados podía llegar a 4,000 personas. 4000 personas en un día. Y Y Yween no lo negó cuando un periodista le preguntó directamente, cuando le pusieron delante la pregunta sin rodeos, respondió con una frialdad que heló la sangre de quienes lo escucharon.

Por supuesto que los habían fusilado. ¿Qué otra cosa podía hacer? Llevarse consigo a 5000 prisioneros rojos mientras su columna tenía que avanzar hacia Madrid. Esa respuesta lo dice todo sobre quién era Juan Yahweh y también dice todo sobre el tipo de guerra que estaba librando y sobre las órdenes tácitas o explícitas que llevaba consigo desde el Estado Mayor.

La noticia llegó a Franco. El escándalo era internacional. Los periódicos de medio mundo publicaban el nombre de Badajoz. La República utilizaba la masacre como propaganda ante las cancillerías europeas. Alguien tenía que responder y Franco respondió, “Pero esa respuesta y lo que significa lo contaremos en el próximo capítulo.

” Franco lo sabía. No es una suposición, no es una inferencia histórica ni una hipótesis académica. Franco lo sabía porque el sistema de mando funcionaba exactamente así. Los generales sobre el terreno informaban hacia arriba y las decisiones sobre prisioneros, sobre ejecuciones, sobre el tratamiento de las poblaciones conquistadas, no eran decisiones que un teniente coronel tomara en solitario sin que nadie en el estado mayor levantara una ceja.

La columna de Yahweeh operaba dentro de una cadena de mando y en la cima de esa cadena estaba Francisco Franco Baamonde. Cuando los telegramas de la prensa internacional empezaron a llover sobre las cancillerías europeas, cuando el nombre de Badajoz apareció en los titulares del Chicago Tribium, del Lecigaró, del Times de Londres, el cuartel general franquista tuvo que reaccionar.

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