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ANDREU NIN: el hombre que Stalin mandó ASESINAR en plena Guerra Civil Española

El precio real era político. A cambio de las armas, Stalin exigía influencia. influencia sobre el gobierno republicano, sobre los partidos de izquierda, sobre los sindicatos y, sobre todo, exigía que se eliminara a cualquier grupo de izquierda que no obedeciera las órdenes de Moscú. Y aquí es donde entra el PO.

 El Partido Obrero de unificación marxista era un pequeño partido marxista independiente, crítico con Stalin, con vínculos ideológicos con Trotski. No era un partido enorme, pero tenía peso simbólico enorme y tenía un líder que no tenía miedo de hablar, un hombre que había vivido en Moscú, que conocía los mecanismos del poder soviético y que desde las páginas de su periódico denunciaba los procesos de Moscú como lo que eran una farsa criminal.

 Ese hombre era Andreu Nin. Para Stalin, Nin no era solo un opositor político, era un testigo. Era alguien que podía hablar con autoridad, con nombres y fechas sobre lo que realmente ocurría en la Unión Soviética. Era alguien que podía desacreditar la narrativa soviética ante la izquierda internacional, precisamente porque había estado dentro.

Y eso lo convertía en un peligro de primer orden. La orden llegó a España a través de Alexander Orlov, el jefe del NKVD en la península. El mensaje era claro. Nin tenía que desaparecer, pero no bastaba con matarlo. Primero había que destruirlo. Había que convertirlo en un espía fascista.

 Había que hacer que el mundo creyera que este hombre, este revolucionario de toda la vida, este traductor de Dostoyevski al catalán, este obrero autodidacta que había dedicado su vida a la causa marxista, era en realidad un agente de Hitler y de Franco. Era una operación diabólica y casi funcionó a la perfección. Andrea Unín Pérez nació el 4 de febrero de 1892 en el Bandrey, un pequeño pueblo de la provincia de Tarragona en Cataluña.

Su padre era un zapatero. Su familia era humilde, trabajadora, como tantas otras familias obreras catalanas de finales del siglo XIX. Pero Andreu era diferente desde niño. Leía todo lo que caía en sus manos. Aprendió idiomas con una facilidad asombrosa. Catalán, castellano, francés, ruso, alemán.

 Con el tiempo traduciría al catalán obras de Tolstoy, Dostoyevski y Gogol. Traducciones que los especialistas consideran todavía hoy de una calidad literaria extraordinaria. Siendo joven, se trasladó a Barcelona, la ciudad más industrial y conflictiva de España, y allí entró en contacto con el Movimiento Obrero. Se afilió a la CNT, la gran confederación Anarcosindicalista Española, y pronto se convirtió en uno de sus cuadros más brillantes.

Tenía una capacidad de análisis política poco común, una oratoria apasionada y una honestidad intelectual que lo hacía incómodo para muchos. No era de los que callaban cuando veían algo que consideraban injusto, aunque eso le costara enemigos. En 1921, con 29 años, Andrein viajó a Moscú. El mundo revolucionario miraba entonces hacia Rusia con una mezcla de fascinación y esperanza.

La revolución bolchevique de 1917 había sacudido los cimientos del orden mundial. Por primera vez en la historia, los trabajadores habían tomado el poder en un país enorme y parecía que el socialismo no era solo un sueño, sino una posibilidad real. Nin fue a ver aquello con sus propios ojos y lo que vio le fascinó al principio.

 Trabajó en la Internacional Sindical Roja, el Proftern, el organismo del Comintern encargado de coordinar los sindicatos obreros de todo el mundo. Allí conoció a los grandes nombres de la revolución rusa. Conoció a León Trotsky, el brillante organizador del ejército rojo, el orador más poderoso de la revolución, el hombre que muchos consideraban el heredero natural de Lenin.

 Entre Nin y Trotsky se desarrolló una relación de respeto mutuo y afinidad intelectual que marcaría el resto de la vida de Nin y que finalmente lo condenaría a muerte. Porque cuando Lenin murió en 1924 y comenzó la lucha por el poder dentro del Partido Comunista Soviético, Trotsky fue el gran perdedor. Stalin, con una paciencia y una astucia que sus enemigos tardaron en reconocer, fue tejiendo alianzas, marginando rivales, controlando los mecanismos del partido.

En 1927, Trotsky fue expulsado del partido. En 1929 fue exiliado de la Unión Soviética y todos los que habían estado cerca de él se convirtieron automáticamente en sospechosos. Nin lo vio venir. En 1930, después de casi una década en Moscú, regresó a España. Ya no era el joven sindicalista entusiasta que había llegado lleno de esperanzas.

 Era un hombre que había visto cómo funcionaba el poder soviético desde dentro, que había observado las maniobras de Stalin para destruir a sus rivales, que entendía que lo que se construía en la Unión Soviética no era exactamente la sociedad libre e igualitaria con la que habían soñado los revolucionarios y no estaba dispuesto a callarse.

De vuelta en España, Nino fundó el PO en 1935 junto a Joaquín Maurí. Era un partido pequeño, pero intelectualmente vigoroso, que defendía una visión del marxismo independiente de Moscú, crítica con el estalinismo, influenciada por las ideas de Trotky, pero sin ser estrictamente trotkista.

 Cuéntanos en los comentarios de qué ciudad eres. Nos encanta saber de dónde nos ven. Publicaban un periódico, La Batalla, donde Nin escribía análisis políticos que hacían arder las manos a los agentes del Comintern que los leían. Cuando estalló la guerra civil en julio de 1936, el PO se lanzó a la lucha armada contra Franco con todo lo que tenía.

Sus militantes combatieron en el Frente de Aragón con un valor indiscutible. El escritor británico George Orwell se alistó en las milicias del POM y escribiría después su famoso homenaje a Cataluña, uno de los testimonios más vívidos de aquella guerra, donde describía la camaradería y el idealismo de aquellos combatientes.

Pero mientras el Pum luchaba contra los fascistas en las trincheras, en las sombras se estaba preparando su destrucción. Los agentes del NKV de llegados de Moscú trabajaban sin descanso para infiltrar el partido, para recopilar información sobre sus dirigentes, para construir el expediente que justificaría su eliminación.

Y en el centro de todo como objetivo principal estaba André Unin, un hombre que había cometido el error imperdonable de conocer la verdad y de no tener miedo de decirla. Mayo de 1937. Han pasado 10 meses desde el inicio de la guerra civil y Barcelona, la ciudad más grande bajo control republicano, está a punto de destruirse a sí misma.

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