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Jacobo Zabludovsky HUMILLÓ a María Félix en televisión — ella lo destruyó en 8 minutos

 Se había ido sin pedir permiso y sin dar explicaciones porque María Félix no pedía permiso para nada y no daba explicaciones  a nadie. Se había ido a París a vivir la vida exactamente como ella había  decidido que quería vivirla, que era la única manera en que María Félix había vivido siempre. Cuando volvía a México era un acontecimiento, no una visita, un acontecimiento.

La prensa la perseguía desde el aeropuerto. La gente se arremolinaba en los hoteles. Los periodistas competían ferozmente por  10 minutos de su tiempo, porque 10 minutos con María Félix producían más material que 10 horas con cualquier otra persona. Jacobo Sabludowski lo sabía perfectamente. Lo sabía y la invitó de todas formas a 24 horas.

La invitó porque en 1979 llevaba 8 años siendo el periodista más poderoso de México  y en 8 años de poder absoluto había desarrollado una certeza que nadie a su alrededor se atrevía a cuestionarle, la certeza de que podía con cualquiera. La invitación llegó  a París tres semanas antes del programa.

 María la leyó, la dejó sobre su mesa de desayuno y  no respondió durante 5 días. Eso era también una forma de comunicación, una que Jacobo no supo leer porque Jacobo llevaba 8 años en un mundo donde nadie tardaba 5 días en  responderle nada. Cuando finalmente respondió fue con una sola condición:  que las preguntas no fueran sobre su vida privada, que el programa fuera sobre su trabajo, su cine,  su carrera. Nada más. Jacobo aceptó.

 Por supuesto que aceptó. Era lo que  cualquiera hubiera dicho en su lugar para conseguir que María Félix se sentara en su foro. Era también, como quedó demostrado esa noche de octubre,  una promesa que Jacobo no tenía ninguna intención real de cumplir, porque Jacobo Sabludowski había construido su reputación periodística sobre exactamente una cosa, sobre ir a donde los demás no iban, sobre hacer las preguntas que los demás no hacían, sobre demostrar en cada entrevista que él no era un entrevistador común, sino un

 periodista de verdad, uno que no se dejaba controlar por las condiciones que los invitados querían imponerle. Lo que no  había calculado era que María Félix tampoco era una invitada común. Llegó al foro de Televisa Chapultepec noche con 40 minutos de anticipación. Ese detalle sorprendió a todos.

 María Félix llegando  temprano era algo que nadie en la industria recordaba haber visto. Llegó sola, sin el equipo de asistentes y  estilistas que normalmente rodeaba a las figuras de su nivel. llegó con un  vestido negro que era exactamente el tipo de vestido que solo alguien con la arquitectura y la historia de María Félix podía usar sin que pareciera que estaba haciendo un esfuerzo.

 Se instaló en el camerino asignado, pidió un café, se sentó frente al espejo y mientras la maquilladora trabajaba, María Félix miró su propio reflejo con esa intensidad suya que los que la conocían describían como la mirada de alguien que está teniendo una conversación interna muy seria. La maquilladora,  que había trabajado con docenas de figuras del espectáculo mexicano y que rara vez se intimidaba con nadie, confesó años después que esa noche apenas pudo sostenerle la mirada en el espejo.

 No porque María fuera grosera, era perfectamente cortés, sino porque había algo en esa presencia que ocupaba el espacio de una manera que la mayoría de las personas simplemente no ocupan, como si el  cuarto fuera de ella independientemente de quién lo hubiera construido. En la cabina de producción, Jacobo revisaba sus notas.

 Tenía preparadas 12 preguntas. Las primeras ocho eran exactamente lo que había prometido. Carrera, cine, películas, directores. Las últimas cuatro no lo eran. Las últimas cuatro iban exactamente a donde María había  dicho que no quería ir. a los hombres, a los matrimonios, a los rumores, a la vida privada que México llevaba décadas queriendo conocer y que María llevaba décadas negándole.

Jacobo las leyó una última vez, las dobló, las guardó en el bolsillo interior de su saco. Estaba seguro de que sabía lo que estaba haciendo. Llevaba 8 años estando seguro de eso y 8 años teniendo razón. Esta noche sería diferente, solo que todavía no lo sabía. El programa comenzó a las 10  en punto.

 Jacobo presentó a su invitada con la fluidez de siempre. Esta  noche tenemos el honor de recibir a una figura que no necesita presentación, aunque la merece más que nadie. La mujer que  México llama simplemente la doña María Félix. El público del foro reaccionó como reacciona la gente cuando ve en persona algo que creía que solo  existía en las pantallas.

No fue un aplauso organizado, fue una reacción  física involuntaria la respuesta del cuerpo a una presencia que el cerebro tarda un momento en procesar. María caminó al centro del foro, no con la celeridad de alguien que quiere llegar rápido a ningún lado, con esa lentitud  del liberada que es en realidad la velocidad natural de alguien que sabe que el espacio que atraviesa le pertenece completamente.

Se sentó frente a Jacobo, lo miró directamente, le sonrió con esa sonrisa suya, que no era exactamente una sonrisa, sino más bien la decisión de permitir que su cara hiciera algo amable por un momento. Jacobo empezó con  sus preguntas prometidas. El cine de los 40, los directores con quienes había trabajado, las películas que definieron una época.

 María  respondía bien, con detalle, con inteligencia, con ese humor seco suyo que aparecía en los momentos menos esperados y que siempre tomaba a la gente por sorpresa porque venía de una cara que el mundo asociaba con la seriedad y la distancia. Era una entrevista fluida, profesional, exactamente lo que María había pedido y exactamente lo que Jacobo había  prometido. Duró 18 minutos.

Luego Jacobo llegó  a la pregunta número nueve y rompió su promesa. Dígame, María, dijo, con ese tono suyo de periodista que va a ir al fondo de algo importante. Usted ha  tenido una vida personal muy intensa. Muchos hombres, muchos matrimonios, muchas historias  que México conoce a medias.

 ¿No cree que le debe al público mexicano un poco más de honestidad sobre esa parte de su vida? le debe al público. Cuatro  palabras que en cualquier otra boca habrían sido simplemente una pregunta impertinente. En la boca de Jacobo Sabludowski,  en ese foro, frente a 41 millones de personas eran algo más calculado.

 Eran un intento de colocar a María  Félix en una posición de deudora, de alguien que ha recibido algo, la fama, el amor del público  y que por lo tanto tiene obligaciones que cumplir. Era exactamente el tipo de pregunta que Jacobo usaba para desarmar a sus invitados, para hacerlo sentir que resistirse era ingratitud. El problema era que María Félix no era  ningún invitado común y la gratitud era un concepto que ella manejaba en sus propios términos.

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