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CASA AZUL DE Frida Kahlo: Amores Vida SECRETOS y TRAICIONES que NADIE TE CONTO JAMAS

Lo que hizo Frida con ese apodo dice todo sobre la mujer en que se convertiría. No lo ignoró, no lloró en silencio, no rogó que parara, lo tomó, lo procesó y lo convirtió en identidad. Empezó a usar calcetines más gruesos en la pierna delgada para disimular la asimetría. Después usaría faldas largas. Después, cuando fue artista y el mundo la miraba, se usaría vestidos teuanos elaborados que convertían lo que antes ocultaba en declaración cultural.

La pierna enferma no era un defecto que esconder, era parte de lo que ella era y lo que ella era no pedía disculpas. En la adolescencia entró a la Escuela Nacional Preparatoria, una de las instituciones educativas más importantes de México, donde se formaba la élite intelectual del país. Ahí descubrió la política.

El México postrevolucionario era un hervidero de ideologías y los círculos artísticos y la intensidad de las ideas que se discuten cuando uno tiene 16 años y cree que el mundo puede cambiarse. Y ahí conoció a Alejandro Gómez Arias, estudiante de derecho, inteligente, de buena familia, su primer gran amor. Los dos formaban parte de un grupo de amigos que se llamaban a sí mismos los cachuchas por las gorras que usaban.

Poleían, discutían, se metían en problemas. La vida de Frida Calo en ese momento tenía una trayectoria perfectamente trazada. Medicina, amor, México, futuro. Pero entonces llegó el 17 de septiembre de 1925 y todo cambió. Hay días que parten la historia de una persona en dos, el antes y el después, el que eras y el que serás. Para la mayoría de la gente, esos días son invisibles mientras ocurren.

Solo se ven en retrospectiva cuando ya no hay nada que hacer. Para Frida Calo, ese día fue un martes de septiembre y no hubo posibilidad de no verlo. Salió de la preparatoria con Alejandro Gómez Arias. Era tarde de septiembre, sol de Ciudad de México, 18 años. La sensación de que la vida estaba empezando de la mejor manera posible.

Tomaron un primer camión hacia Coyoacán. Pero Frida notó que había perdido su sombrilla y ambos bajaron a buscarla. Esa sombrilla cambió la historia del arte del siglo XX. Subieron a otro camión, más viejo, más lleno, con un conductor joven que Alejandro describiría después como nervioso e inexperto. La ruta los llevaba por la calzada de San Antonio Abad, una de las arterias principales de Ciudad de México.

El trayecto era normal hasta que dejó de serlo. En la calzada, frente al mercado, el conductor del camión intentó cruzar las vías del tranvía. Calculó mal o no calculó. Un tranvía eléctrico de dos vagones lo envistió y lo arrastró varios metros contra un muro. La carrocería del camión se destrozó como si fuera de papel. Algunos pasajeros salieron disparados por las ventanas, otros quedaron aplastados entre el metal.

Hubo muertos en el acto y entre los restos una joven de 18 años que había subido a ese camión porque había perdido una sombrilla. Alejandro Gómez Arias sobrevivió con heridas menores. Años después contó lo que vio cuando encontró a Frida entre los restos del camión. Pa la describió desnuda.

El impacto le había arrancado la ropa cubierta de sangre y de polvo dorado de un paquete de polvos de belleza que alguien llevaba y que explotó en el choque. Como una estatua pintada, dijo, hermosa y destrozada al mismo tiempo. Una barra metálica del pasamanos del camión había atravesado su cuerpo. Entró por la cadera izquierda y salió por la vagina.

Como una espada da un toro, escribiría Frida años después. con la distancia que da el tiempo y el arte para nombrar lo innombrable. El diagnóstico era devastador en su extensión. Dos vértebras lumbares fracturadas, la clavícula, varias costillas, la pelvis destrozada, la pierna derecha, ya debilitada por la poliomielitis, rota en 11 lugares distintos.

una perforación pélvica grave, lesiones renales, el hombro luxado. No, los médicos del hospital más cercano creían que no sobreviviría la noche. Sobrevivió. Pasó un mes en el hospital,  inmovilizada, en estado crítico, sometida a la primera de lo que serían 32 operaciones a lo largo de su vida. 32. Un número que se repite tanto en la historia de Frida que termina siendo casi simbólico.

El mismo accidente la acompañaría en 32 variaciones quirúrgicas durante las siguientes tres décadas. Cuando pudo volver a la Casa azul, sus padres habían reorganizado la recámara. Colocaron un espejo en el dosel de la cama para que pudiera verse sin moverse. Encargaron un caballete especial adaptado a la posición horizontal.

Le llevaron pinturas, pinceles, pequeños lienzos. La idea era darle algo que hacer mientras se recuperaba, una ocupación terapéutica para los meses de inmovilidad. No sabían que estaban creando a una de las artistas más importantes del siglo XX. Nafrida empezó a pintarse no como vanidad, aunque tenía mucha, sino como la única forma de seguir existiendo en un mundo que se había reducido a las paredes de esa recámara.

El espejo en el docel era la ventana a lo único que podía controlar cuando el mundo real se le había escapado completamente su propio rostro. En esas primeras pinturas se ve algo que los críticos notarían décadas después como el rasgo más característico de su obra. La mirada directa al espectador. Sin disculpas, sin concesiones.

Te miro a los ojos y no aparto la vista aunque me duela, aunque tenga 18 años y el cuerpo en yeso y la pierna rota en 11 partes. El primer año fue el más duro. Los corsés de yeso que inmovilizaban el torso y pesaban como armaduras medievales. Los dolores que no cedían nunca del todo. Alejandro, el novio, la fue distanciándose con la culpa silenciosa de quien sabe que está fallando, pero no puede evitarlo.

Los amigos de la preparatoria seguían adelante con sus vidas, la universidad, las relaciones, el futuro. Mientras Frida miraba el techo de su recámara y aprendía a mezclar colores, años después pintaría la columna rota. Su columna vertebral representada como una columna jónica griega partida por la mitad, sosteniendo apenas un cuerpo que solo se mantiene erguido por el corsé de cuero que lo contiene.

Su piel abierta como un mapa de heridas, clavos incrustados en la cara y el cuerpo, un desierto seco y resquebrajado detrás de ella y los ojos mirando al frente con dos lágrimas discretas, sin dramatismo. Ese cuadro es la explicación más honesta del accidente que jamás existió. No es una queja, es un diagnóstico, una descripción exacta de lo que es vivir con ese cuerpo.

Y a la vez, en esa mirada directa, una declaración, sigo aquí rota, pero aquí con el corsé sosteniéndome porque los huesos no pueden solos. Pero aquí Diego Rivera tenía 43 años cuando Frida Calo se le presentó con sus cuadros bajo el brazo. Era el artista más famoso de México, posiblemente el más famoso de toda América Latina.

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