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Sicarios De Sinaloa Llegaron A Un Rancho Pidiendo Dinero — Era La Propiedad Del Padre De El Mencho

Ustedes no saben con quién están hablando. Fuera de aquí ahora. El viento de octubre soplaba fuerte por los cerros de Aguililla, Michoacán, cuando cinco camionetas Ford Lobo levantaron Polvareda por el camino de terracería que llevaba al rancho San Miguel. Era mediodía y el sol caía implacable sobre las 200 hectáreas, donde don Evaristo López, de 82 años, había criado ganado durante más de cuatro décadas.
Los cinco vehículos se detuvieron frente a la casa principal del rancho, una construcción sólida de adobe y madera que había resistido décadas de lluvias y sequías. Del primer vehículo bajaron cuatro hombres armados con cuernos de chivo, mientras de las otras camionetas descendieron otros 12 sicarios del cártel de Sinaloa.
El águila, comandante de la célula de extorsión de 35 años, dirigía la operación. Llevaba 6 meses cobrando derecho de piso a rancheros de la región, aprovechando que el territorio michoacano había quedado en disputa después de varios enfrentamientos entre carteles locales. Sus hombres se desplegaron estratégicamente alrededor de la propiedad.
El Chino, el el tocayo y el Chiva bloquearon las salidas mientras el resto montó guardia en el perímetro. Era un operativo diseñado para intimidar a propietarios rurales que generalmente no tenían cómo defenderse. Lo que no sabían era que don Evaristo López era el padre de Nemesio o Seguera Cervantes, mejor conocido como el Mencho, líder absoluto del cártel Jalisco Nueva Generación, la organización criminal más poderosa y violenta de México.
Don Evaristo salió de la casa caminando lentamente, apoyado en su bastón de madera. A los 82 años, la artritis le dificultaba moverse, pero mantenía la dignidad de alguien que había trabajado la tierra toda su vida. Llevaba puesto su sombrero de palma, camisa de manta y pantalón de mezclilla desgastado por el uso.
“Buenos días”, dijo con la cortesía característica de los rancheros viejos. ¿En qué les puedo servir? El águila caminó hacia él con arrogancia, sus botas militares crujiendo sobre la tierra seca. Don Evaristo, ¿verdad? Venimos a hablar de negocios. ¿Qué clase de negocios? Protección. Este rancho está en territorio que ahora controla el cártel de Sinaloa.


Necesita pagar derecho de piso para seguir operando sin problemas. Don Evaristo frunció el ceño. Había escuchado rumores sobre extorsionadores que cobraban piso a comerciantes y transportistas, pero nunca pensó que llegarían hasta su propiedad aislada en las montañas. “Joven, este rancho lo compré hace 45 años con el sudor de mi frente.
Nunca le he debido dinero a nadie.” Pues ahora nos debe a nosotros, intervino el chino, un sicario de 28 años con tatuajes de calaveras en los brazos. Son 50,000 pesos mensuales por este rancho. La cantidad era absurda. Era Don Baristo ganaba aproximadamente 30,000 pesos al mes vendiendo becerros y leche en los meses buenos.
Era una cifra calculada para ser imposible de pagar. No tengo esa cantidad. respondió con honestidad. “Mi ganado apenas me da para mantener el rancho y vivir.” El águila sonrió con crueldad. Entonces va a tener que vender ganado, don o conseguir el dinero como pueda. Y si no lo consigo, entonces este rancho va a cambiar de dueño.
Dos de los sicarios entraron a la casa sin permiso. Don Evaristo escuchó el sonido de muebles siendo movidos bruscamente. Cajones abriéndose, objetos rompiéndose. Estaban buscando dinero escondido o valuables que pudieran robar mi casa.” Protestó tratando de caminar hacia la entrada. El lo detuvo empujándolo con fuerza. Don Evaristo perdió el equilibrio y cayó sentado en el suelo, su bastón rodando varios metros.
Quieto, abuelo. Mis compañeros solo están verificando que no nos esté mintiendo sobre el dinero. Desde el interior llegaron sonidos que hicieron que el corazón de don Evaristo se contrajera de dolor. El crash de platos rompiéndose, el sonido de madera astillándose, el rasgar de telas. Estaban destruyendo la casa donde había vivido durante casi cinco décadas, la casa donde había criado a sus seis hijos, donde había vivido con su difunta esposa María Elena hasta que murió de diabetes 3 años atrás. “Por favor”,
murmuró desde el suelo. “No destruyan mis cosas, solo son recuerdos de mi familia.” El águila se acercó y se agachó frente a él, hablándole como si fuera un niño. Don Evaristo, le voy a explicar cómo funciona esto. Usted nos paga los 50,000 pesos cada mes o nosotros tomamos el rancho y usted se busca otro lugar donde vivir.
Y mi ganado, su ganado también va a ser nuestro ganado. Era un robo descarado. Los sicarios habían identificado una propiedad valiosa con un dueño aparentemente indefenso y habían decidido apropiársela usando la extorsión como pretexto. Los dos hombres salieron de la casa cargando una caja con fotografías familiares, documentos importantes y los pocos objetos de valor que don Evaristo poseía.
Encontramos esto”, dijo uno de ellos mostrando un reloj de oro que había pertenecido al abuelo del anciano. Seguro vale unos 20,000 pesos. “Ese reloj no se vende”, gritó don Evaristo tratando de levantarse del suelo. “Era de mi papá, me lo dio antes de morir.” El águila tomó el reloj y se lo guardó en la chaqueta. Ahora es mío.
Considérelo un anticipo de lo que nos debe. Don Evaristo sintió lágrimas de impotencia corriendo por sus mejillas arrugadas. En 82 años de vida había enfrentado sequías, enfermedades del ganado, la muerte de su esposa, la pobreza, pero nunca se había sentido tan humillado y vulnerable. ¿Por qué me hacen esto? Soy un anciano que nunca le ha hecho daño a nadie.
Porque podemos, respondió el chino con frialdad, y porque este rancho nos conviene. El águila se incorporó y hizo una seña a sus hombres. Don Evaristo tiene un mes para conseguir los 50,000 pesos. Si no los tiene para el 15 de noviembre, regresamos con maquinaria para derribar la casa y llevarnos el ganado. Caminó hacia su camioneta, pero se detuvo para agregar, “Y no se le ocurra ir con la policía o el ejército.
Tenemos gente en todas partes. Si nos delata, lo último que va a haber en su vida van a ser las llamas quemando su rancho.” Los 16 sicarios se subieron a sus vehículos y se alejaron por el mismo camino polvoriento, dejando atrás una estela de gases de escape y un anciano devastado sentado en el suelo de su propio patio.
Don Evaristo permaneció ahí durante varios minutos llorando en silencio. Después, con gran esfuerzo, se puso de pie y entró a su casa para evaluar los daños. El espectáculo era peor de lo que había imaginado. Los sicarios habían volcado muebles, roto fotografías familiares, rasgado cortinas, destrozado la vajilla.
La casa que había sido su santuario durante décadas parecía una zona de guerra. Pero lo que más lo destrozó fue encontrar tirada en el suelo una fotografía de su familia completa tomada el día de la boda de su hijo Nemesio hacía 25 años. El vidrio del marco estaba quebrado, cortando por la mitad las caras sonrientes de sus seis hijos.
Don Evaristo recogió cuidadosamente los fragmentos de vidrio y trató de recomponer la imagen. Sus manos temblaban mientras contemplaba el rostro joven de Nemesio, el hijo que se había metido en problemas, pero que seguía siendo su muchacho. Nemesio había visitado el rancho por última vez hacía 8 meses, llegando con una pequeña caravana de vehículos blindados y hombres armados.
Había sido una visita breve. pero emotiva. ¿Cómo está, papá? ¿Necesita algo?, le había preguntado Nemesio mientras caminaban entre el ganado. Estoy bien, hijo. Solo me hace falta que vengas a verme más seguido. Ya sabe cómo está la situación, papá. Mi trabajo es complicado. Don Evaristo conocía los rumores sobre su hijo.
Sabía que se había convertido en alguien poderoso y peligroso que dirigía una organización criminal que era buscado por el gobierno. Pero para él seguía siendo Nemesio, el niño que lo había ayudado a ordeñar vacas desde los 10 años. Solo cuídese mucho, hijo, y no olvide que siempre puede regresar a casa si las cosas se ponen difíciles. Lo sé, papá.
Y usted cuídese también. Si alguna vez tiene problemas, cualquier problema, use este teléfono. Nemesio le había dado un celular sencillo con un solo número programado. Es para emergencias nada más, papá. Si alguna vez se siente amenazado o en peligro, marque número y diga que es don Evaristo, el papá de Nemesio.
Don Evaristo había guardado el teléfono en el cajón de su mesita de noche, sin pensar que algún día necesitaría usarlo. Ahora, sentado en su sala destruida, con la fotografía familiar rota en las manos, comprendió que había llegado el momento de hacer esa llamada. se dirigió a su recámara, abrió el cajón de la mesita y sacó el teléfono celular.
Lo encendió con manos temblorosas. La pantalla mostró una sola entrada en los conta

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