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IRMA SERRANO: El Cruel SAQUEO de los Jóvenes TRAIDORES… La mujer que HUMILLÓ al Presidente

realmente alrededor de aquella serenata en Los Pinos, la cachetada al presidente y por qué ese momento que pareció su mayor victoria fue también el inicio de su mayor ilusión peligrosa. como una fortuna de casas, joyas, teatro y más de 3000 piezas antiguas, empezó a desaparecer entre hombres jóvenes que usaron su soledad como negocio sin que ella pudiera verlo completamente,  hasta que el daño ya era demasiado grande para revertirse.

 Y la acusación más oscura de todas, cómo una mujer que decía ser familia terminó presuntamente controlando sus medicinas, sus papeles y su herencia mientras la tigresa se apagaba dentro de su propio palacio sin poder rugir. Te voy a avisar cuando lleguemos a cada una. Si te vas antes del final,  te pierdes la última.

 Y la última es la que responde la pregunta más brutal de toda esta historia. ¿De qué sirve ganarle al poder si al final pierdes tu propia casa? Escríbeme en los comentarios ahora mismo. ¿Conociste a Irma Serrano por sus canciones, por sus películas, por el escándalo con Día Zordaz o por el teatro Frufru, solo una línea, porque esta historia es también la historia de todas las mujeres que construyeron imperios solas y que al final descubrieron que la soledad puede ser más peligrosa que cualquier enemigo declarado.

 Y si crees que las mujeres que desafiaron al poder mexicano en sus momentos de mayor vulnerabilidad merecen que alguien cuente su historia completa, sin burla y sin el filtro del escándalo fácil, suscríbete ahora porque aquí esa historia se cuenta completa. Chapas, 1933. En una tierra caliente, orgullosa, antigua, donde la belleza no se pedía permiso y el carácter se formaba a golpes de sol, de familia y de silencio, nació Irma Consuelo, Cielo Serrano Castro. Todavía no era la tigresa.

 Todavía no había teatros, ni presidentes, ni joyas, ni escándalos, ni hombres jóvenes rondando su fortuna como buitres alrededor de una reina herida. Era solo una niña nacida en el sur de México, hija de Santiago Serrano Pintado y María Castro Domínguez, criada en un mundo donde la palabra orgullo pesaba casi tanto como el apellido y donde las mujeres aprendían muy pronto que si querían existir en sus propios términos, tendrían que pagar un precio que el sistema no anunciaba de antemano, pero que cobraba con puntualidad absoluta.

 Y aquí hay algo que debe guardarse porque explica mucho de lo que vendría después. Irma no venía de la nada con la nada que produce personas que no tienen ningún referente de lo que la palabra puede hacer cuando se la usa con precisión y con voluntad. En su familia había letras, política, ambición, cultura.

 Era prima de Rosario Castellanos, una de las voces más poderosas de la literatura mexicana. Una mujer que entendió como pocas el dolor, la identidad y la condición femenina en un México que no sabía qué hacer con las mujeres que no cabían en ninguna de las categorías que el sistema había preparado para ellas. Esa sangre no explica todo, pero sí explica algo con la explicación de las sangres que cuando están presentes producen ciertos tipos de personas que sin esa presencia no habrían sido posibles.

Serrano aprendió muy pronto que una mujer podía usar la palabra como arma, la mirada como desafío y el silencio como amenaza con el silencio de los silencios que pesan más que los discursos porque comunican que quien los guarda no necesita el ruido para hacer daño. En el México de los años 40 y 50, una mujer como ella no estaba hecha para obedecer.

 Tenía una voz grave, firme, extraña, una voz que no sonaba dulce ni domesticada. Sonaba a tierra abierta, a cantina, a madrugada, a herida que no pide permiso para sangrar. Cuando empezó a cantar rancheras y corridos, no lo hacía como una muchacha tratando de agradar al público con la complacencia de quien necesita que la quieran para poder seguir.

 Lo hacía como si estuviera cobrando una deuda, como si cada nota dijera a mí, “Nadie me va a esconder.”  Y el público lo sintió. En los años 60, Irma Serrano explotó como una llamarada. No fue una subida lenta con la gradualidad de las carreras que se construyen pacientemente año tras año. Fue una irrupción con toda la irrupción de las presencias que cuando aparecen no dan tiempo de prepararse para recibirlas.

 En 1963 recibió el trofeo Revelación Folclórica. Ese reconocimiento no era solo un premio, era una señal. México estaba viendo nacer a una mujer peligrosa para las reglas de su tiempo con las reglas de los tiempos que existen, precisamente para que ciertos tipos de personas no se vuelvan demasiado visibles en los espacios donde su visibilidad complicaría el funcionamiento del sistema que produce esas reglas.

 Después llegó el cine Santo contra los zombies, la Martina Naná en 1973. Papeles donde su cuerpo, su rostro y su carácter parecían pertenecer a una especie distinta de actriz. No era la ingenua, no era la santa, no era la novia que espera llorando que alguien tome la decisión que cambiará su vida. Irma Serrano entraba a cuadro como entraba a la vida, mirando de frente como si todos le debieran algo.

 Los directores entendieron que no podían suavizarla sin destruir lo que la hacía interesante. El público entendió que no podía ignorarla porque ignorarla requería un esfuerzo que nadie estaba dispuesto a hacer. Pero detrás de esa fuerza había una grieta que casi nadie veía con la visibilidad de las grietas, que están  perfectamente ocultas.

 cuando la persona que las tiene ha aprendido suficientemente bien a no mostrarlas, porque ir más serrano podía llenar escenarios, podía dominar una cámara, podía convertir una entrevista en amenaza y una canción en sentencia, pero no podía llenar el vacío que se estaba formando dentro de ella. Ese vacío tenía varios nombres con los nombres de las cosas que no pueden nombrarse directamente sin que quien las nombra tenga que reconocer algo que prefiere no reconocer. Soledad.

envejecimiento, desconfianza, hambre de amor, necesidad de ser deseada incluso cuando el tiempo empezara a cobrarle factura y sobre todo una obsesión que años después se volvería devastadora, la necesidad de dejar algo vivo detrás de ella. no tuvo una descendencia directa que pudiera cargar su nombre de la manera en que ella quería que su nombre fuera cargado.

Y para una mujer que se construyó a sí misma como leyenda, eso era más que una ausencia. Era una humillación íntima  con toda la intimidad de las humillaciones que son más dolorosas precisamente porque no pueden exhibirse en los espacios donde las otras humillaciones se procesan. ¿De qué sirve conquistar un país si al final no hay una sangre propia que herede el trono? ¿De qué sirve tener joyas, casas, teatro, antigüedades, una colección de 3,000 piezas que ningún museo podría reunir? Si una noche te despiertas y

entiendes que todo eso puede terminar en manos de extraños que nunca te amaron y que simplemente esperaron el momento correcto para acercarse,  la tigresa nunca bajaba la cabeza. Recuérdalo porque esa frase la vas a escuchar de muchas formas a lo largo de esta historia. Nunca bajaba la cabeza frente a los hombres, nunca frente a los productores, nunca frente a los políticos,  nunca frente a la prensa, pero sí empezó a inclinarse ante un enemigo que nadie puede humillar, porque el enemigo no tiene nombre hasta

que ya hizo todo el daño que iba a hacer. El tiempo, años después, esa obsesión se volvería pública de la forma más extraña y más dolorosa. En 2004, ya en una edad avanzada, Irma dijo estar embarazada del empresario Alejo Peralta mediante inseminación artificial. México se burló.

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