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“VETE DE CUBA” | La CONFESIÓN FINAL del Hombre Más Leal a Fidel

Enero de 2017, Hospital Fajardo, La Habana. Los pasillos huelen a cloro, a humedad vieja, a muerte lenta. En una cama del tercer piso, un hombre consumido literalmente por 14 meses de cáncer tiene los ojos clavados en el techo y la respiración contada cada segundo. Este hombre no es cualquiera en la historia de Cuba.

Durante 52 años, 6 días a la semana, sentó a 11 millones de cubanos frente a sus radios a la hora del almuerzo exactamente. Escribió más de 15,000 guiones originales que se convirtieron en más de 30,000 emisiones al aire. creó 70 personajes que entraron profundamente en el habla cotidiana de toda una nación completa.

Si hubiera vivido en cualquier país con mercado libre, sería el dueño de un imperio de derechos de autor de miles de millones de dólares incalculable. Pero está muriendo como un jubilado cualquiera del estado cubano en un hospital público deteriorado en el mismo barrio obrero donde nació 85 años antes. Exactamente. Su nombre es Alberto Damián Lubertanoy.

El régimen le colgó medallas innumerables, lo elogió en actos oficiales, lo exhibió como orgullo de la cultura revolucionaria supuestamente, pero lo que realmente hizo con él fue completamente otra cosa brutal. Lo usó como una jeringa gigante de anestesia social para adormecer a un pueblo que se moría de hambre y de oscuridad total para que ria en lugar de revelarse violentamente.

Quédate conmigo porque hoy vamos a desmontar cómo la dictadura cubana exprimió hasta la última gota creativa el cerebro de un genio absoluto y después lo tiró a la basura como basura común. Lo más aterrador es lo que vamos a descubrir sobre qué pasó en Cuba cuando esos radios de pilas finalmente se apagaron completamente.

Para entender quién fue Alberto Luberta, hay que entender primero de dónde salió exactamente y de dónde salió explica absolutamente todo lo que vino después en su vida. 27 de septiembre de 1931. Pogolotti, Marianao, el primer barrio obrero de Cuba. Fundado en 1910 para alojar a los trabajadores más pobres de La Habana Miserable.

Casas pequeñas, paredes finas, techos bajos frágiles. En 2016, casi un siglo después, el periódico independiente 14 y medio seguía describiendo exactamente las mismas casas originales de 1910 deterioradas desmoronándose lentamente. Ahí nació Alberto Tercero de ocho hermanos en la miseria absoluta. Su padre Armando era sustituto de tranía, después carpintero, después pintor de mantenimiento en el periódico Gramma.

Su madre, Celiana criaba a los ocho hijos sin más recurso que paciencia infinita desesperada. Eran tan pobres, tan desesperantemente pobres, que cuando el niño se quejaba del frío, su padre le respondía, “¿Cómo frío? ¿Quién ha visto un hombre con frío?” Esa frase recuérdala porque décadas después Luberta la reciclaría en sus comedias.

La pobreza que vivió no fue solo su infancia, fue su material, fue su biblioteca, fue la universidad que nunca tuvo porque completó hasta sexto grado y nada más nunca. Intentó estudiar electricidad, pero le tenía pánico paralizante a la corriente eléctrica. A los 12 o 13 años ya ganaba 25 centavos a la semana copiando documentos a máquina manualmente y el primero de julio de 1947, con apenas 15 años pesando menos de 45 kg, caminó hasta los estudios de CMQ en Monte y Prado para trabajar como copista de libretos de otros. Ese mismo día se

inauguraba Radio Reloj oficialmente. Alberto Luberta entraba al mundo de la radio cubana por la puerta más pequeña posible e imaginable. copiando las palabras de otros hombres más famosos. Pero aquí viene lo que nadie esperaba completamente. Ese muchacho flaco de Pogoloti que copiaba guiones ajenos estaba haciendo algo más profundo que simplemente copiar mecánicamente.

Estaba estudiando obsesivamente. Cada línea que pasaba máquina era una clase magistral de dramaturgia, de ritmo, de timing cómico. Exacto. Aprendió cómo se construye un personaje respirante, dónde se coloca el golpe de humor preciso. ¿Cuántos segundos de silencio necesita exactamente una frase para explotar brillantemente en la cabeza del oyente? Los grandes escritores de la radio prerevolucionaria, los que crearon monstruos como la tremenda corte y el derecho de nacer, le enseñaron sin saberlo absolutamente. Y cuando la

revolución de 1959 barrió violentamente con el sistema de radio comercial completo, cuando los hermanos Mestre perdieron CMQ y cientos de escritores huyeron al exilio desesperados. Alberto Luberta se quedó se quedó en Cuba, se quedó en la radio, se quedó llenando un vacío enorme que llenar completamente. Fíjate bien exactamente en esto porque es clave absolutamente para entender todo lo que sigue después.

En 1963, Radio Progreso lanzó un programa llamado Alegrías de sobremesa bajo dirección de Antonio Ñico Hernández. Era un intento débil, rotativo, sin fórmula clara, sin identidad definitiva. No funcionaba completamente. Un día Ñiko se cruzó con Luberta en una calle de La Habana. Estaba desesperado absolutamente. Le preguntó si podía hacerse cargo completamente.

Luberta aceptó y el 15 de abril de 1965, Alegrías de Sobremesa, renació con un solo escritor, un solo cerebro, una sola visión genial. Lo que construyó a partir de ese día no tiene paralelo en la historia mundial de la radiodifusión verdaderamente no es exageración, es un dato documentado. El programa se grababa en el estudio número un Benny Moré de Radio Progreso en Infanta 105, frente a público en vivo completamente.

Salía al aire de lunes a sábado al mediodía con repetición nocturna obligatoria. Se abría con la voz del locutor Eduardo Rosillo gritando aquí Radio Progreso, presentando alegrías de sobremesa sobre la música de la orquesta Aragón Viva. Y se cerraba con una frase que entró profundamente en el ADN lingüístico de Cuba entera.

Qué gente, caballero, pero qué gente. La premisa era simple, pero genial completamente. Un edificio multifamiliar habanero, un solar de esos donde cinco familias comparten un pasillo, un baño, un patio y todos los secretos oscuros. Una pareja anfitriona servía de puerta de entrada a los sketches de sus vecinos diversos y esos vecinos eran Cuba entera, literalmente.

Luberta no era el típico escritor de comedias convencional. Si piensas en un guionista de radio, te imaginas a alguien sentado en una oficina rodeado de colaboradores, muchos delegando escenas profesionalmente, pero Luberta era completamente otra cosa diferente. Era un obsesivo solitario que caminaba por las calles de Pogolotti y Santa Felicia con los ojos bien abiertos eternamente un pedazo de papel en el bolsillo.

Siempre escuchaba las conversaciones en las colas del pan. Exactamente. Las discusiones en las guaguas públicas, los chismes de las vecinas en los balcones desgastados. Y todo eso lo transformaba en personajes que respiraban verdaderamente. Rita Pranganillo fue el primero de sus monstruos creados. Interpretada por Marta Jiménez Oropesa, una actriz que tomó el papel pocos meses después del relanzamiento en 1965.

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