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¿Fútbol sobre la muerte? La verdad oculta tras Hugo Sánchez y el Mundial 86

 protegió el mundial porque México era la sede de la Copa del Mundo de 1. El torneo más grande del planeta iba a jugarse en  un país que acababa de ser destruido por un terremoto. Y el gobierno mexicano, en lugar de concentrar todos sus recursos en el rescate y la reconstrucción, dedicó una parte significativa de su energía política a convencer a la FIFA de que México seguía siendo capaz de organizar el evento.

 FIFA dudó, envió delegaciones para evaluar los daños, inspeccionó los estadios,  consideró seriamente trasladar el torneo a otro país. Estados Unidos se ofreció como  sede alternativa. Colombia también, pero el gobierno mexicano luchó con uñas y dientes para mantener el mundial, no por amor al fútbol, por supervivencia política,  porque el presidente de la Madrid sabía que si México perdía el mundial, además de haber perdido miles de vidas y miles de edificios, su gobierno no sobreviviría a la crisis.

 La copa del mundo era la única herramienta que le quedaba para demostrar al mundo y a su propio pueblo que México seguía en pie, que el país no estaba roto, que la vida continuaba. Era una mentira y todo el mundo lo sabía. Pero las mentiras, cuando son lo suficientemente grandes y se repiten con suficiente insistencia, terminan por funcionar.

  México mantuvo el mundial. Los estadios fueron reparados con una urgencia que los barrios destruidos nunca recibieron. El Azteca fue restaurado mientras a pocos  kilómetros de distancia las familias seguían durmiendo en tiendas de campaña sobre los escombros de lo que habían sido sus hogares.

 Y el hombre que el gobierno eligió como símbolo de esa recuperación falsa, como la cara de una normalidad que no existía,  como el analgésico de un país que necesitaba gritar de dolor, pero al que no le dejaban hacerlo, tenía un nombre que todo México conocía, Hugo Sánchez. El hombre al que iban a convertir en el sedante nacional.

 Hugo Sánchez llegó a México desde Madrid con una maleta llena de goles  y un peso invisible sobre los hombros que ningún futbolista debería cargar jamás, porque Hugo no venía a jugar un mundial, venía a salvar a un país. O al menos eso era lo que el sistema político mexicano necesitaba que la gente creyera.

 La estrategia del gobierno era tan simple como cínica. Si Hugo marcaba goles, la gente celebraría. Si la gente celebraba, dejaría de pensar en los muertos. Si dejaba de pensar en los muertos,  dejaría de exigir cuentas al gobierno por su incompetencia durante el terremoto. Y si dejaba de exigir cuentas, el gobierno sobrevivía.

 Hugo era el sedante perfecto, el hombre más famoso de México, el ídolo al que millones adoraban con una devoción que rozaba la religión. Si alguien podía hacer que un país olvidara su dolor durante 90 minutos, era él. Si alguien podía transformar el llanto en grito de gol, era él. Si alguien podía darle a México un motivo para sonreír en medio de la tragedia más grande  de su historia moderna, era Hugo Sánchez. Y Hugo lo sabía.

 Sabía exactamente lo que estaban haciendo con él.  Sabía que el gobierno lo estaba usando como herramienta política. Sabía que cada gol suyo iba a ser convertido en propaganda. Sabía que su imagen iba a ser explotada para vender una narrativa de recuperación nacional que era falsa desde la primera  hasta la última palabra, pero también sabía algo más.

 Sabía que la gente lo necesitaba de verdad, no el gobierno, la gente, las familias que habían perdido todo, los niños que habían visto como su mundo se derrumbaba literalmente frente a sus ojos. Los hombres y mujeres que durante meses habían vivido con un dolor que no tenía alivio posible, esas personas necesitaban algo a lo que agarrarse, algo  que les recordara que la vida seguía, que la alegría era posible,  que el futuro no era solo escombros y polvo y muerte.

 Y Hugo, con toda la complejidad moral de la situación era lo más cercano a la esperanza que México tenía en ese momento. Así que Hugo aceptó el papel, no por el gobierno, no por la federación, no por el sistema que lo estaba usando como peón en un juego político que él despreciaba. Lo aceptó por la gente, por los mismos mexicanos que gritaban su nombre en los estadios y que lloraban en sus casas cuando las cámaras se apagaban.

 La presión que Hugo cargó durante ese mundial fue inhumana. Cada partido era un examen existencial. Cada gol era una dosis de morfina para un país enfermo de dolor. Cada error era una traición nacional. No había margen para la mediocridad. No había espacio para un mal partido. No había posibilidad de ser simplemente un futbolista que hace su trabajo y vuelve a casa.

 Hugo  tenía que ser un dios. cada 90 minutos en cada partido ante los ojos de un mundo que miraba a México con una mezcla de compasión y morbo, preguntándose si ese país destruido era capaz de organizar un mundial sin que el espectáculo se derrumbara como sus edificios. Y Hugo respondió como respondía siempre, con goles, con actuaciones que hacían que el Azteca temblara,  esta vez no por un terremoto, sino por la euforía de 100,000 personas  que durante 90 minutos conseguían olvidar que vivían en un país roto. Pero fuera del estadio, la

realidad no había cambiado ni un milímetro y la distancia entre esas dos realidades era el abismo más obseno de la historia de México. El día de la inauguración del Mundial de México 10986, el estadio Azteca estaba lleno hasta  el último asiento. Más de 100.000 personas ocupaban cada rincón del coloso de concreto que había sobrevivido al terremoto y que ahora iba a ser el escenario de la ceremonia de apertura más surrealista en la historia de las copas del mundo.

 Porque a menos de 10 km de distancia del Azteca,  en las colonias Roma, Condesa, Tepito, Tlatelolco,  la gente seguía viviendo entre los escombros. Familias enteras habitaban en tiendas de campaña montadas sobre los restos de sus edificios. Niños jugaban en terrenos  valdíos que 8 meses antes habían sido sus escuelas.

 El olor a polvo  y a descomposición seguía presente en algunas zonas donde los cuerpos todavía no habían sido recuperados. Y a 10 km de todo eso, 100,000 personas se preparaban para celebrar el inicio de una fiesta global del fútbol.  La contradicción era tan brutal que parecía diseñada por un novelista con un sentido del humor muy oscuro.

 La ceremonia comenzó con los discursos oficiales  y cuando el presidente Miguel de la Madrid apareció en la pantalla gigante del estadio  para dar la bienvenida al mundo, ocurrió algo que las cámaras de televisión intentaron ocultar, pero que los micrófonos no pudieron silenciar del todo.

 El  Azteca abuchó al presidente de México. 100,000 personas en un estadio lleno para una ceremonia de apertura de un mundial abuchearon al hombre que representaba al gobierno que los había abandonado después del terremoto. El sonido fue ensordecedor, un rugido de rabia colectiva que venía de las tripas de un pueblo que no había olvidado y que no iba a perdonar.

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