Lo que todavía no sabía, o quizás sí lo intuía, era que ese futuro tendría un precio y que el precio lo pagarían millones de personas que nunca habían pedido nada de ella. Cuando Nicolá Chauchescu comenzó a escalar posiciones dentro del Partido Comunista Rumano, Elena observaba, aprendía y esperaba.
Durante los primeros años del régimen comunista en Rumanía, el país estuvo dominado por figuras que respondían directamente a Moscú. George Guorgiuesh era el hombre fuerte, el líder indiscutible y Nicolae era uno de sus protegidos, pero no el protagonista. Elena, por su parte, ocupaba un espacio casi invisible en la vida pública.
Era la esposa del político. Asistía a los eventos que se esperaba que asistiera. Sonreía cuando había que sonreír y, mientras tanto, observaba con una atención que muchos subestimaron durante demasiado tiempo. Lo que Elena observaba era el poder, no el poder abstracto de los libros de filosofía política, sino el poder concreto y cotidiano.
¿Quién hablaba y quién callaba en una reunión? ¿Quién recibía el mejor apartamento? ¿Y quién se quedaba con el segundo? ¿Quién era ascendido? ¿Y quién era dejado de lado? ¿Cómo funcionaban las lealtades? y cómo se tejían las traiciones. Era una educación informal, pero extraordinariamente práctica y Elena la aprovechó con una disciplina que nunca había mostrado en la escuela.
Mientras tanto, el régimen comunista transformaba Rumanía a una velocidad brutal. Las propiedades privadas fueron nacionalizadas, los campesinos fueron forzados a unirse a cooperativas colectivas. La iglesia fue sometida y vigilada. La prensa, la cultura y la educación fueron puestas al servicio del partido y quienes se resistían a estos cambios descubrían que el nuevo estado tenía formas muy eficientes de hacer callar las voces incómodas.

Elena vio todo esto y en lugar de horrorizarse tomó nota. En el plano personal, los años 50 fueron para ella un periodo de consolidación. Tuvo tres hijos con Nicolae, Valentín, Zoya y Niku. Y aunque nunca fue el tipo de madre que se describen los cuentos, cumplió con el papel que se esperaba de ella en la vida doméstica, sin renunciar a sus propias ambiciones.
Esas ambiciones, sin embargo, necesitaban una cobertura. En el mundo comunista el mérito personal tenía que estar respaldado por logros verificables y Elena había decidido que sus logros serían en el campo de la ciencia. La química fue el área que eligió, o más exactamente el área que eligieron por ella, porque la decisión de convertirla en científica no surgió de una vocación genuina, sino de una estrategia calculada.
Necesitaba un título universitario, necesitaba publicaciones, necesitaba un currículum que justificara las posiciones que planeaba ocupar. El problema era evidente para cualquiera que mirara los hechos sin anteojeras ideológicas. Elena no tenía los estudios básicos necesarios para cursar una carrera universitaria.
Su formación real se detenía en 4 años de primaria. Pero en la Rumanñía comunista de los años 50, cuando el marido de una persona era alguien influyente en el partido, los obstáculos académicos tendían a desvanecerse con una facilidad sorprendente, así, con una combinación de documentos falsificados, exámenes que nunca rindió de verdad y la colaboración forzada de funcionarios universitarios que sabían perfectamente lo que estaban haciendo, pero que preferían no pensar demasiado en ello. Elena Chaescu obtuvo un diploma
en química. Luego, con el mismo método, acumuló títulos de posgrado, luego publicaciones científicas que otros escribieron, pero que llevaban su nombre. Luego membresías en academias científicas. Luego reconocimientos internacionales obtenidos a través de presiones diplomáticas y favores políticos. Era una construcción extraordinaria, un edificio académico entero levantado sobre cimientos de papel y miedo.
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Y lo más revelador de todo es que Elena no solo aceptó esta ficción, la abrazó con una convicción que con el tiempo se volvió casi patológica. llegó a creerse genuinamente que era una científica importante, que sus contribuciones a la química de los polímeros eran reales y significativas, que quienes la admiraban lo hacían por sus méritos y no por el cargo de su marido.
Esta capacidad para convencerse a sí misma de sus propias mentiras fue quizás el rasgo más peligroso de su personalidad. Una persona que sabe que está mintiendo puede en algún momento recapacitar. Una persona que ha llegado a creer su propia mentira no tiene esa válvula de escape. Para Elena, cuestionar su identidad científica hubiera sido cuestionar todo lo que era.
Y eso no era algo que estuviera dispuesta a hacer. Mientras Elena construía su fachada académica, Nicolae continuaba ascendiendo. En 1965, tras la muerte de Gorgiu Desh, se convirtió en el secretario general del Partido Comunista Rumano. Era el hombre más poderoso del país. Y desde ese momento el poder de Elena también comenzó a crecer, aunque de manera más gradual y menos visible al principio.
Los primeros años del gobierno de Nicolae fueron paradójicamente un periodo de cierta apertura relativa. Rumanía adoptó una política exterior que se distanciaba parcialmente de Moscú, lo que le granjeó una simpatía inesperada de Occidente. Nicolae condenó la invasión soviética de Checoslovaquia en 1968. Recibió a Richard Nixon en Bucarest.
estableció relaciones diplomáticas con Alemania occidental y con Israel en momentos en que eso era considerado una herejía en el bloque comunista. En Occidente, muchos lo vieron durante un tiempo como un comunista diferente, reformista, independiente. Era en gran medida una ilusión, pero era una ilusión conveniente para todos.
Elena observaba estos éxitos diplomáticos de su marido con una mezcla de orgullo y algo más complejo, porque para esta época ella ya no se conformaba con ser el telón de fondo. Quería estar en el centro. Quería que su nombre apareciera en los discursos, en los carteles, en los titulares. Quería ser reconocida no como la esposa de Chauchescu, sino como Elena Chauchescu, científica, líder, figura histórica por derecho propio.
Y Nicolae, que en muchos aspectos era un hombre de intuiciones políticas agudas, pero con puntos ciegos enormes, cuando se trataba de las personas más cercanas a él, comenzó a dárselo. Primero fue un cargo en el Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología, luego una posición en el Comité Central del Partido, luego otra más.
Cada año que pasaba, Elena acumulaba nuevos títulos, nuevas responsabilidades, nuevos privilegios y cada año que pasaba su influencia real sobre las decisiones del régimen crecía de una manera que comenzaba a inquietar incluso a quienes habían apoyado a Nicolae sin reservas, porque Elena no usaba su poder con discreción, lo usaba con una voracidad que no conocía el pudor y lo usaba sobre para ajustar cuentas con todos los que en algún momento la habían mirado como lo que era antes de convertirse en lo que era ahora.
Hay un expediente que durante décadas estuvo guardado en los archivos de la Academia de Ciencias de Rumaña. Un expediente que nadie se atrevía a leer en voz alta, que nadie se atrevía a comentar en reuniones, que existía como un secreto a voces susurrado entre científicos en los pasillos, nunca escrito en ningún informe oficial mientras el régimen estuvo en pie.
Ese expediente contenía las notas originales, los borradores, los apuntes manuscritos de la supuesta tesis doctoral de Elena Chauchescu y lo que revelaba era demoledor. Los papeles no estaban escritos en la letra de Elena. Las notas al margen, las correcciones, los comentarios técnicos, todo pertenecía a otras manos.
a los científicos reales que habían sido asignados o más exactamente obligados a producir el trabajo que luego llevaría el nombre de la primera dama de Rumanía. Esos científicos sabían lo que hacían. Sabían que estaban participando en un fraude, pero también sabían lo que les podría pasar si se negaban.
El aparato de seguridad del Estado, la securitate, no era una amenaza abstracta, era una realidad cotidiana. Personas que habían dicho cosas mucho menos peligrosas que cuestionar los méritos académicos de la esposa del dictador habían desaparecido en prisiones de las que no se volvía igual. Así que escribían y callaban.
Para cuando Nicolae Chauchescu consolidó su poder total a principios de los años 70, Elena ya era una figura con presencia institucional en varios organismos del Estado, pero fue precisamente en esa década cuando su ascenso se aceleró de manera decisiva y ese ascenso estuvo directamente relacionado con un viaje que los Chausescu realizaron en 1971.
Ese año Nicolá y Elena visitaron China y Corea del Norte. El viaje fue para Nicolae una revelación ideológica. lo que vio en esos países, el culto absoluto al líder, la movilización total de la sociedad en torno a la figura del gobernante, la manera en que el partido controlaba no solo la política, sino cada aspecto de la vida cultural, familiar y espiritual de la nación lo fascinó profundamente.
A su regreso, Nicolae emitió una serie de directivas conocidas informalmente como las tesis de julio, que marcaron un giro radical hacia una versión del comunismo mucho más cerrada, ideológicamente rígida y personalista. Grumanía empezó a modelarse sobre el ejemplo norcoreano. El culto a la personalidad de Chayescu intensificó.
Su imagen apareció en todos los lugares públicos. Sus discursos eran retransmitidos íntegramente en la televisión estatal. Los intelectuales, los artistas y los científicos fueron llamados a producir obras que glorificaran al partido y a su líder. La disidencia, que nunca había sido tolerada se volvió todavía más peligrosa.
Y en este nuevo clima, Elena encontró su elemento, porque el modelo norcoreano no glorificaba solo al líder masculino, glorificaba también a su compañera. Kim Ilsung tenía a su lado una figura femenina, la madre de la nación, que era presentada como la encarnación de la sabiduría y la virtud. Elena observó ese modelo con la misma atención metódica con que había observado el funcionamiento del poder en los años anteriores y comenzó a construir su propia versión de ese papel.
A mediados de los años 70, Elena Chauchescu era ya miembro del comité político ejecutivo del Partido Comunista Rumano, el órgano de decisión más importante del país después del secretario general. En la práctica, esto la convertía en la segunda persona más poderosa de Rumania. Y en muchos asuntos concretos, especialmente en los relacionados con nombramientos, ascensos y destituciones dentro del aparato del Estado, su influencia era igual o superior a la de su marido, porque Nicolae tenía la visión grandiosa y la capacidad de
pronunciar discursos interminables, pero era Elena quien tenía la memoria de los agravios. Era ella quien recordaba quién la había mirado con desdén 15 años antes. Era ella quien guardaba listas mentales y a veces reales de personas que debían ser recompensadas o castigadas. Era ella quien tomaba decisiones sobre carreras individuales con una crueldad que sus colaboradores describían entre susurros y siempre fuera del alcance de los micrófonos de la Securitate como caprichosa y sin apelación posible. Un químico que se
había atrevido a cuestionar públicamente una de sus publicaciones científicas con toda la delicadeza académica posible, fue transferido a un laboratorio en una ciudad provincial donde no tenía acceso a ningún equipo relevante. Una funcionaria que en alguna recepción oficial había sido presentada antes que Elena en el protocolo fue removida de su cargo al día siguiente.
Un periodista que había escrito un artículo sobre logros científicos rusos, sin mencionar el nombre de Elena Chauchescu, entre los científicos más destacados de la época, fue convocado a una reunión de la que salió con la cara blanca y los labios apretados. Estos episodios, multiplicados por decenas y luego por cientos, crearon una atmósfera en los círculos del poder rumano que era difícil de describir desde fuera.
Era una atmósfera de vigilancia constante, de cuidado extremo con cada palabra, de adulación permanente hacia una mujer que había aprendido a exigirla y que castigaba cualquier tibieza con una eficiencia que no dejaba dudas sobre las consecuencias de la insolencia. Al mismo tiempo, la maquinaria propagandística del régimen trabajaba sin descanso para construir la imagen pública de Elena Chauchescu como una figura de talla histórica.
Se publicaron libros que recopilaban sus supuestas contribuciones científicas. Se organizaron conferencias internacionales donde científicos extranjeros, a veces genuinamente ignorantes de la situación real y a veces compensados de otras maneras, le entregaban premios y reconocimientos. Se produjo material audiovisual que mostraba a Elena en laboratorios impecables, mirando por microscopios, firmando documentos de aspecto técnico con la autoridad serena de una mente privilegiada.
Era una producción cinematográfica, solo que el escenario era el estado entero y los actores no podían negarse a participar. Lo más perturbador de esta farsa es que funcionó, al menos parcialmente, durante mucho tiempo, no dentro de Rumanía, donde cualquier persona con acceso a los hechos sabía perfectamente lo que estaba ocurriendo, sino en el exterior.
En las décadas de los 70 y los 80, Elena Chauchescu recibió membresías honoríficas en academias científicas de varios países, incluyendo el Reino Unido, Estados Unidos y Francia. Recibió doctorado sonoris causa de universidades europeas y americanas. fue condecorada con premios de instituciones que no se habían molestado en verificar si sus credenciales eran reales.
Algunas de estas instituciones lo sabían y miraban hacia otro lado porque las relaciones con Rumanía tenían valor diplomático. otras, especialmente en los primeros años, fueron genuinamente engañadas por la maquinaria de relaciones exteriores del régimen y algunas, las más vergonzosas, simplemente no preguntaron. Cuando años más tarde, tras la caída del régimen, estas instituciones comenzaron a revisar sus archivos y a retirar los reconocimientos que habían otorgado a Elena Chauchescu, el proceso fue silencioso y rápido, como si quisieran
borrar las huellas de su propia ingenuidad o su propia complicidad lo antes posible. Pero mientras duró, la ficción académica de Elena fue uno de los pilares sobre los que descansó su pretensión de grandeza, porque necesitaba creer que merecía el poder que ejercía y los títulos, aunque falsos, le proporcionaban esa justificación.
Era la académica Elena Chauchescu, era la científica de renombre internacional, era la madre de la nación y la brillante intelectual que complementaba el genio político de su marido. Era en su propia mente la reina que siempre supo que debía ser. En 1974, Nicolae Chauchescu hizo llamar presidente de la República.
No era simplemente un cambio de título, era la formalización de algo que ya era evidente para cualquiera que observara el funcionamiento real del Estado rumano. El poder no residía en las instituciones, residía en una persona y esa persona a su vez compartía ese poder de facto con alguien que no aparecía en ningún título oficial, pero cuya influencia permeaba cada rincón del aparato estatal.
Para entender lo que significaba vivir en la Rumanía de los Chauchescu en la segunda mitad de los años 70 y durante toda la década de los 80, hay que imaginar un país donde el Estado tenía ojos en todas partes y donde la vida privada en el sentido verdadero de esa expresión prácticamente no existía. La securitate, el servicio de seguridad e inteligencia del régimen, tenía en su nómina a una cantidad de informantes que por proporción a la población era una de las más altas de todo el bloque comunista. Se calcula que en su momento
de mayor extensión, aproximadamente uno de cada 30 rumanos tenía algún tipo de relación formal con la securitate, ya fuera como agente, como colaborador o como informante ocasional. Esto significaba, en términos prácticos, que las conversaciones íntimas entre amigos podían llegar a oídos del Estado, que las cartas eran abiertas, leídas y vueltas a cerrar antes de ser entregadas, que los profesores informaban sobre lo que sus alumnos decían en clase, que los vecinos reportaban lo que escuchaban a través de las paredes. Era una sociedad
donde la desconfianza era racional y donde el aislamiento era, paradójicamente la única forma de seguridad relativa. En ese contexto, Elena Chausescu la esposa del presidente, era una figura de terror cotidiano. Sus preferencias y sus disgustos se transmitían a través de cadenas de intermediarios con la velocidad y la deformación propias del juego del teléfono roto.
pero consecuencias mucho más reales. Un funcionario que no supiera qué música prefería Elena podía ofenderla sin querer en algún evento. Un arquitecto al que se le encargara remodelar algún espacio que ella frecuentaría tenía que anticipar sus gustos sin poder preguntarle directamente. Un cocinero del palacio que preparara un plato que no fuera de su agrado podía encontrarse al día siguiente sin trabajo o algo peor.
Los palacios, porque para esta época los Chauchescu ocupaban una cantidad notable de residencias en distintas partes del país, eran mundos aparte. La diferencia entre la vida de la élite del régimen y la vida del ciudadano común se había vuelto abismal y esa diferencia era profundamente contradictoria con la retórica de igualdad que el partido predicaba sin cesar.
Mientras el rumano promedio hacía filas de horas para comprar pan, carne o aceite, porque los programas de austeridad impuestos por el régimen para pagar la deuda externa habían vaciado los estantes de los supermercados, Elena Chauchescu disponía de cocinas abastecidas con todo lo que era escaso para los demás. Mientras el calefactor de los apartamentos ordinarios funcionaba cuando el Estado lo decidía, que no siempre coincidía con cuando hacía frío, los palacios tenían temperatura perfecta todo el año.
Mientras los hospitales rumanos carecían de medicamentos básicos, Elena tenía acceso a los mejores tratamientos médicos que el mundo occidental podía ofrecer. Esta brecha entre la retórica y la realidad no era ignorada por los ciudadanos, era observada, comentada en susurros, acumulada como una rabia que no podía expresarse de ninguna forma legal y que, por lo tanto, se acumulaba en silencio, capa sobre capa, año sobre año.
Y mientras esa rabia crecía en las calles y en las fábricas y en los campos, Elena se dedicaba a otra de sus pasiones, que era la moda. Este aspecto de su personalidad es uno de los que mejor ilustran la distancia entre la imagen que tenía de sí misma y la realidad. Elena Chausescu afirmaba públicamente no tener ningún interés en la ropa ni en el lujo.
En sus apariciones públicas, especialmente cuando recibía delegaciones extranjeras o daba discursos, se esforzaba por proyectar una imagen de austeridad republicana, de mujer seria, dedicada al trabajo científico y político, sin tiempo para vanidades. La realidad era diferente. Sus armarios, cuando fueron abiertos después de su muerte, contenían miles de prendas.
vestidos de alta costura francesa e italiana, abrigos de piel, joyas, zapatos. Había ropa que nunca había sido usada, todavía con las etiquetas. Había duplicados y triplicados de prendas similares. Era una acumulación compulsiva que reflejaba, mejor que cualquier análisis psicológico, el hambre insaciable de una mujer que había pasado su infancia con lo mínimo y que nunca había logrado llenar ese vacío interior, por más que lo llenara de cosas.
También coleccionaba obras de arte y animales y coches y propiedades, todo con esa misma lógica de acumulación que no tenía relación con el disfrute real, sino con la necesidad de poseer, de demostrar que tenía acceso a lo que otros no podían tener. Paralelamente, su influencia en los nombramientos políticos continuaba creciendo.
Para finales de los años 70 se dice que ningún cargo de cierta importancia en el gobierno rumano podía ser ocupado sin el visto bueno de Elena. Y ese control no se ejercía de manera transparente, sino a través de una red de intermediarios, favores y amenazas que hacía muy difícil rastrear la cadena de responsabilidad hasta su origen real.
Una de las consecuencias más visibles de esta concentración de poder fue el nepotismo. Los chausescu colocaron a miembros de su familia extensa en posiciones influyentes por todo el aparato del estado. El hermano de Nicolae, Ilie, tuvo responsabilidades militares importantes. Otros parientes ocuparon cargos en el partido, en la economía, en la diplomacia.
Y los hijos, especialmente Niku Chausescu, el menor y más problemático, fue investido de una autoridad que no había ganado con ningún mérito propio. Niku era alcohólico, errático y con una reputación de comportamiento violento que era conocida en los círculos del poder, pero de la que nadie se atrevía a hablar en público.
Sin embargo, llegó a ser primer secretario del partido en el distrito de Cíu, una posición de considerable poder local. era el heredero informal del régimen, el candidato a suver a su padre, aunque su capacidad real para ejercer ese papel fuera más que dudosa. Elena defendía a sus hijos con una ferocidad que contrastaba llamativamente con la frialdad que mostraba en otros ámbitos.
En eso sí parecía genuina, no la madre cálida y presente que nunca había sido del todo, sino la protectora instintiva, la leona, que no admitía que se tocara a sus crías, independientemente de lo que estas crías hubieran hecho. Mientras tanto, el modelo económico del régimen comenzaba a mostrar sus grietas de manera cada vez más evidente.
La ambiciosa industrialización forzada de los años anteriores había endeudado al país enormemente. Para pagar esa deuda, Nicolae tomó la decisión de exportar casi todo lo que Rumanía producía, incluyendo alimentos, combustible y bienes de consumo básico, reduciendo drásticamente lo que quedaba disponible para la población.
Las colas, el frío, la oscuridad, el hambre empezaban a ser la realidad cotidiana de millones de rumanos. Y mientras esa realidad se instalaba como una presencia permanente en los hogares ordinarios, desde los palacios y las tribunas, Elena y Nicolae seguían hablando de los grandes logros de la revolución socialista rumana.
Hay una imagen que los rumanos que vivieron los años 80 recuerdan con una claridad que no han podido borrar con el paso del tiempo. Es la imagen de un televisor encendido en el único canal disponible, el canal estatal, transmitiendo un discurso de Nicolae Chauchescu. En la pantalla, detrás de él, visible discreta, está Elena.
Y fuera de la pantalla, en la habitación donde ese televisor está encendido, hay personas que llevan horas haciendo cola y que mañana temprano volverán a hacer cola y que saben que al final de esa cola, con suerte, habrá un poco de lo que necesitan para pasar la semana. La década de los 80 fue el periodo más oscuro del régimen de los chauchescu en términos de condiciones de vida para la población.
El plan de pagar la deuda externa a cualquier precio, conocido informalmente como el plan de austeridad de Chaescu, convirtió a Rumanía en un país donde la escasez era sistemática y donde el Estado gestionaba esa escasez con una precisión cafana. La calefacción en las ciudades era cortada regularmente, incluso en los meses más fríos del invierno rumano, que en algunas regiones puede bajar de 15 gr bajo 0.
La electricidad era racionada con cortes programados que podían durar varias horas diarias. La gasolina estaba restringida. Los alimentos básicos, la carne, el aceite de cocina, el azúcar, la harina estaban racionados y se distribuían mediante tarjetas. Y aún con tarjeta, conseguirlos requería tiempo, paciencia y a veces suerte. En los hospitales la situación era de emergencia crónica.
Faltaban medicamentos, equipos de diagnóstico, materiales quirúrgicos. Los médicos hacían lo que podían con lo que tenían, que muchas veces era muy poco. La mortalidad infantil, que en la mayoría de los países europeos llevaba décadas bajando gracias a los avances médicos, en Rumanía se mantuvo en niveles alarmantemente altos durante todos esos años.
Uno de los episodios más trágicos y específicamente vinculados a las políticas del régimen fue la crisis del sida pediátrico rumano. En los años 80, las autoridades sanitarias, en parte por ideología y en parte por ignorancia deliberadamente cultivada, habían dejado de vacunar a los recién nacidos con la vacuna correcta y habían tomado medidas que facilitaron la transmisión del VIH a través de transfusiones de sangre no analizadas en hospitales pediátricos.
El resultado fue que miles de niños rumanos contrajeron el virus. La magnitud de esta tragedia no se conoció en su totalidad hasta después de la caída del régimen. Y mientras todo esto ocurría, la propaganda oficial hablaba de una rumanía próspera y soberana, de un pueblo feliz bajo la día de su conductor genial y de la madre de la nación, Elena Chauchescu.
Este título, Madre de la nación, era uno de los más repetidos en el vocabulario laudatorio que el régimen había desarrollado para referirse a Elena. Aparecía en periódicos, en discursos, en canciones que los colegiales aprendían de memoria. la madre de la nación, la guardiana del futuro socialista, la compañera luminosa de vida del primer ciudadano del país.
En los actos públicos, Elena era presentada antes de que Nicolae tomara la palabra, no en todos los actos, pero sí en suficientes como para que su protagonismo fuera ammistecable. Aplaudía sus propios discursos con la satisfacción de quien sabe que el aplauso de la sala es obligatorio, pero que de todas formas lo disfruta.
Recibía ramos de flores de niñas vestidas con trajes folclóricos, con la expresión solemne de quien está acostumbrado a recibir tributos. Al mismo tiempo, Elena supervisaba de cerca las políticas de natalidad del régimen, que eran una de las más crueles y controvertidas de toda su historia. En 1966, muy al principio del gobierno de Nicolae, se había prohibido el aborto y se había restringido drásticamente el acceso a la anticoncepción.
La justificación era demográfica. Se quería aumentar la población rumana para sostener la ambición industrial del régimen. El resultado fue un aumento drástico en las tasas de mortalidad materna por abortos clandestinos realizados en condiciones inseguras y un crecimiento de la población de niños abandonados a los que el Estado no podía cuidar adecuadamente, lo que llevó a la proliferación de orfanatos con condiciones que más tarde conmocionarían al mundo.
Elena, como miembro de los órganos de decisión del partido, era corresponsable de estas políticas, pero además era, en varios testimonios recogidos después de su muerte alguien que las defendía activamente y que respondía con frialdad a quienes intentaban presentarle las consecuencias humanas reales de esas decisiones. Hay un relato preservado por varios funcionarios que sobrevivieron al régimen de una reunión en la que un médico se atrevió a presentar estadísticas sobre mortalidad materna relacionada con los abortos ilegales.
Elena escuchó los números. Luego preguntó si los médicos que habían practicado esos abortos clandestinos habían sido arrestados. Cuando le dijeron que muchos habían sido juzgados, asintió con satisfacción. El problema para ella no eran las muertes, el problema era la desobediencia de la ley. Esta capacidad para ver a las personas como abstracciones, como variables en una ecuación política, como problemas a resolver o recursos a administrar era uno de los rasgos que los que trabajaron cerca de ella mencionan de manera consistente.
No era crueldad en el sentido visceral y emocional, era algo quizás más perturbador, una frialdad funcional que transformaba el sufrimiento humano en un dato irrelevante cuando entraba en conflicto con los objetivos del régimen. Sin embargo, sería inexacto presentarla como completamente insensible a todo. Hay relatos de momentos en que Elena mostró algo parecido a la compasión, casi siempre en contextos privados y casi siempre relacionados con personas de su círculo íntimo.
Una secretaria que cayó enferma y que recibió atención médica privilegiada gracias a la intervención de Elena, una anciana de su pueblo natal que fue ayudada después de que Elena se enterara de su situación. Estos gestos eran reales, aunque fueran la excepción absoluta. Lo que los hacía tan significativos es precisamente su excepcionalidad.
En un sistema que ella misma ayudaba a mantener y que producía sufrimiento a escala masiva. Estos pequeños actos de humanidad selectiva eran casi más perturbadores que la indiferencia general. Recordaban que detrás de la figura del poder había una persona y que esa persona había elegido en casi todas las circunstancias que importaban no ejercer esa humanidad.
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Hacia finales de los años 80, la situación en Rumanía se había vuelto insostenible. Las colas eran más largas, el frío era más intenso porque el racionamiento de energía se había endurecido. Los rumanos que podían escuchar Radio Free Europe o Radio Europa Libre sabían que en los países vecinos estaban ocurriendo cosas.
En Polonia, el sindicato Solidaridad había obligado al régimen comunista a negociar. En Hungría, el partido estaba discutiendo reformas sin precedentes. En la URSS, Gorbachov hablaba de Glasnost y perestroica con un vocabulario que resultaba casi increíble viniendo de un líder soviético. Pero en Rumanía, en los discursos de la televisión estatal, todo seguía siendo victorias, logros y grandeza.
Y detrás de Nicolae en el podio, Elena Chausescu aplaudía. El año 1989 llegó a Europa del Este con la fuerza de un terremoto que nadie había predicho con exactitud, pero que muchos habían sentido aproximarse en las vibraciones del suelo. Polonia celebró elecciones parcialmente libres en junio. Hungría abrió su frontera con Austria en mayo, lo que desencadenó una oleada de ciudadanos de Alemania del Este, que cruzaban hacia occidente con sus coches llenos de maletas y sus caras llenas de una mezcla de miedo y esperanza. En
octubre, las calles de Leipzig y luego de Berlín se llenaron de personas que simplemente empezaron a caminar juntas sin que nadie pudiera detenerlas. Y el 9 de noviembre el muro de Berlín cayó. Nicolae Chaescu vio todo esto con una combinación de incredulidad y desdén que era característica de su forma de entender el mundo.
En su esquema mental, los comunistas que cedían ante la presión popular eran débiles o traidores. Él no iba a ser débil ni traidor. Rumanía era diferente. El pueblo rumano amaba a su conductor. El pueblo rumano entendía los sacrificios que se le pedían porque comprendía el proyecto histórico en el que estaba embarcado.
El partido era sólido, la securitate era leal, no había nada que temer. Elena compartía esta convicción quizás con incluso mayor firmeza que su marido. Hay testimonios de que en reuniones privadas durante el otoño de 1989, cuando algunos miembros del círculo íntimo comenzaban a expresar cautela, a sugerir que quizás sería prudente hacer algunas concesiones, Elena era quien con más dureza rechazaba esas sugerencias.
No había que ceder nada. No había que negociar nada. Los que pensaban diferente eran cobardes o eran enemigos. Y en ese clima de certeza absoluta, los Chausescu tomaron una decisión que, en retrospectiva, parece casi increíble en su desconexión de la realidad. A mediados de diciembre, cuando las protestas ya habían comenzado en Timilluara, la ciudad del oeste de Rumania, con importante población húngara y alemana, que históricamente había tenido más contacto con Occidente, Nicolae decidió viajar a Irán en visita
oficial. Era el 16 de diciembre de 1989. Mientras el presidente de Rumania despegaba hacia Teerán para discutir asuntos de cooperación económica en Timilluara, la policía y las fuerzas de seguridad estaban disparando contra manifestantes. Las primeras víctimas mortales de lo que luego sería llamado la revolución rumana ya habían caído.
La represión en Timuara fue brutal. Las fuerzas del orden recibieron órdenes de disparar. Hay cifras que varían según las fuentes, pero decenas de personas murieron en esos primeros días. Las imágenes y las noticias, aunque la prensa oficial rumana no las transmitiera, se filtraban a través de Radio Europa Libre, a través de contactos con ciudadanos de países vecinos, a través de esa red informal de información que los regímenes totalitarios nunca logran suprimir del todo.
Elena siguió los eventos desde Bucarest mientras su marido estaba en Irán. Según testimonios de personas que estuvieron cerca de ella en esos días, su reacción ante las noticias de Timilluara fue de furia, no ante las muertes, sino ante la protesta en sí. ¿Quiénes eran esas personas? ¿De dónde venían? ¿Quién los había organizado? Porque para Elena, igual que para Nicolae, una protesta popular no podía ser espontánea.
Tenía que haber un plan, una conspiración, agentes extranjeros, provocadores. El pueblo real, el pueblo que ella y su marido habían imaginado y que existía en sus discursos, no se revelaba. Si había rebelión era porque alguien lo había organizado desde fuera. Esta incapacidad para entender que la rabia que explotaba en las calles de Timisuara era genuina, que había crecido durante años en las colas, en el frío de los apartamentos sin calefacción, en los hospitales sin medicamentos, en las bocas calladas de generaciones que habían aprendido a no
decir en voz alta lo que pensaban. Esta incapacidad fue el último y más fatal error político de los Chauchescu. Nicolae regresó de Irán el 20 de diciembre. Las protestas se habían extendido a otras ciudades. Timisara seguía siendo el epicentro, pero había chispas en otros lugares. El aparato del estado comenzaba a mostrar grietas que unos días antes no eran visibles.
La securitate seguía siendo leal al régimen, pero el ejército era otra historia. Los generales escuchaban lo que estaba pasando y algunos de ellos, aunque no todos ni de manera coordinada, comenzaban a recalcular silenciosamente sus lealtades. El 21 de diciembre, Nicolvo un miting masivo en la Plaza de la República de Bucarest, frente al balcón del edificio del Comité Central del Partido.
Era un gesto que había funcionado antes, un mar de personas congregadas para escuchar al líder, aplaudiendo en los momentos correctos, cantando los himnos apropiados, un espectáculo de unidad que demostrara al mundo y a los propios Chauchescu que Rumanía era diferente, que el pueblo estaba con ellos. Elena estuvo en ese balcón de pie detrás de Nicolae mientras él comenzaba su discurso, vistiendo su abrigo oscuro con la postura erguida de quien está acostumbrado a ser mirado.
Y entonces ocurrió algo que nunca antes había ocurrido en ningún mitín organizado por el régimen, algo que era tan impensable que los primeros segundos en que sucedió parecieron irreales tanto para los que estaban en el balcón como para las decenas de miles de personas que estaban en la plaza. Se escucharon agucheos. Al principio fueron pocos.
un sonido nuevo, extraño, imposible de identificar en los primeros instantes, porque era la primera vez que ese sonido existía en ese contexto, pero se expandió, creció y Nicol Chaescu en medio de su discurso, lo escuchó y se detuvo. se quedó en silencio por un momento, mirando hacia la multitud con una expresión que las personas que lo conocían describieron después como de genuino desconcierto.
En ese momento, aunque ninguno de los dos todavía lo supiera, la cuenta regresiva ya había comenzado. La imagen quedó registrada para siempre. Nicolae Chausescu de pie en el balcón, el micrófono frente a él, la boca abierta a mitad de una frase y en los ojos algo que en ese hombre, acostumbrado a que el mundo funcionara según su voluntad, solo podía llamarse perplejidad.
Elena estaba a su lado y en la cara de Elena había algo diferente, no perplejidad, sino rabia. La rabia de alguien que entiende lo que está pasando, pero que se niega a aceptarlo. Lo que siguió al silencio fueron horas de caos. Los organizadores del miting, funcionarios del partido, que habían pasado días preparando aquel espectáculo de fidelidad popular, intentaron restablecer el orden.
Las bocinas del sonido oficial fueron subidas al máximo para ahogar los abucheos. Los organizadores que estaban en la plaza intentaron hacer que el público retomara los cánticos de apoyo. Durante unos minutos pareció posible que la maquinaria propagandística pudiera encausar de vuelta lo que se estaba descarrilando, pero no fue posible.
La plaza se fragmentó. En algunos sectores, los que estaban más cerca de las brigadas del partido y los funcionarios encargados de coordinar la claque oficial, el orden se mantuvo superficialmente. En otros sectores la ruptura era visible. personas que se miraban entre sí con una mezcla de incredulidad y algo que se parecía al vértigo de quien da el primer paso al borde de un abismo y descubre que no cae, que es posible hacer lo que acaba de hacer.
Nicolae terminó el discurso de alguna manera. Volvió al interior del edificio. Elena entró con él. Lo que pasó en las horas siguientes dentro de ese edificio ha sido relatado por varios de los funcionarios que estuvieron presentes y aunque los detalles varían, la Dirección General de los Relatos es consistente. Hubo reuniones urgentes.
Llegaron informes de distintas partes del país confirmando que las protestas se extendían. El ejército, cuya lealtad al régimen era ahora genuinamente incierta, recibió órdenes que algunos generales cumplieron y otros no. Durante esa noche del 21 al 22 de diciembre, Bucarest se transformó. Las calles, que habían estado controladas durante décadas por el miedo, volvieron a ser de las personas que vivían en ellas.
Hubo enfrentamientos, hubo disparos, hubo muertos. El número exacto de víctimas de la Revolución Rumana es todavía objeto de investigación y debate, pero las cifras más respaldadas hablan de más de 1000 personas fallecidas en los combates de diciembre de 1989. En la mañana del 22 de diciembre, cuando la situación era ya claramente insostenible, cuando el edificio del Comité Central estaba siendo asediado por una multitud que había dejado de tener miedo, la decisión fue tomada.
Los Chauyesku necesitaban salir. La huida fue en todos los relatos que existen sobre ella algo grotesco en su carácter improvisado y desesperado. El plan original era llegar en helicóptero a algún lugar seguro, quizás a algún cuartel militar donde todavía hubiera lealtades al régimen. El helicóptero despegó desde el techo del edificio del Comité Central con Nikolae, Elena y varios guardaespaldas a bordo.
Elena, según testimonian quienes estuvieron en ese helicóptero, estaba furiosa, no aterrada, o al menos no aterradamente visible, furiosa. Seguía hablando de traidores, de conspiraciones, de que todo podía ser recuperado si los militares leales actuaban con decisión. hacía llamadas telefónicas desde el helicóptero a distintos cuarteles intentando conseguir apoyo.
Las respuestas que obtenía eran evasivas, confusas o directamente no llegaban. El helicóptero aterrizó primero en Lesnagov, donde los Chausescu tenían una de sus residencias. Tomaron algunas cosas, dinero, según algunos relatos, documentos según otros. Luego volvieron a subir al helicóptero. El piloto, que ya estaba recibiendo señales contradictorias sobre cuáles eran las zonas seguras y quién controlaba qué, aterrizó finalmente en las cercanías de la ciudad de Targobiste.
Desde ese momento, los chausescu quedaron básicamente a la merced de los acontecimientos. [resoplido] intentaron subir a un coche, pararon en una fábrica, fueron reconocidos, fueron detenidos. La hora exacta y las circunstancias precisas de su detención son parte de esa zona de la historia reciente donde los relatos se multiplican y se contradicen.
Pero el resultado es claro. En la tarde del 22 de diciembre de 1989, Nicolae y Elena Chauchescu estaban bajo custodia militar. El régimen que habían construido durante décadas había colapsado en menos de 48 horas, desde el momento en que los abucheos rompieron el silencio en la plaza de la República. Elena, en el momento de su detención, según varios testimonios, mantuvo una postura de indignación soberana.
Protestó, exigió saber con qué autoridad se les detenía. se negó a responder preguntas. Trató sus captores con el desprecio que durante décadas había mostrado a cualquiera que estuviera por debajo de ella en la jerarquía del poder. Incluso en ese momento, incluso cuando era ya evidente que el mundo en que ella había ejercido ese poder había dejado de existir, la actitud no cambió.
Era la última expresión de una identidad que no tenía mecanismo de reversión. Había sido la primera dama durante demasiado tiempo. Había sido la madre de la nación durante demasiado tiempo. Había sido la académica de renombre durante demasiado tiempo. No había ningún modo de ser otra cosa porque no había nada más.
Los próximos días serían los últimos de su vida. Y en esos días el mundo iba a ver en qué se convertía la grandeza cuando el miedo que la sostenía desaparecía de repente. El 25 de diciembre de 1989 era Navidad. En la mayoría de los países del mundo, ese vía tiene una carga simbólica específica, de nacimiento, de luz en la oscuridad, de comienzo.
En Rumanía, ese día de 1989 tuvo una carga diferente. Fue el día en que terminó algo. Los Chauchescu llevaban tres días bajo custodia en la guarnición militar de Targoviste. Las condiciones de su detención eran precarias. en comparación con lo que habían sido sus vidas en los días anteriores, aunque incomparablemente mejores que lo que muchos de sus víctimas habían sufrido en las cárceles del régimen.
Dormían en catres, comían lo que le llevaban, no tenían acceso a información sobre lo que estaba pasando fuera. Dentro de las salas de mando de la nueva autoridad provisional, que estaba intentando controlar una transición caótica y violenta, la discusión sobre qué hacer con los detenidos era urgente e intensa. Los combates en algunas zonas de Bucarest continuaban con fuerzas leales a la securitate que seguían disparando desde posiciones en edificios y túneles.
La situación era confusa y esa confusión generaba una presión enorme sobre quienes ahora tenían que tomar decisiones. Había varias corrientes de opinión. Algunos abogaban por un juicio formal, con tiempo suficiente para reunir pruebas con abogados defensores, con todas las garantías procesales que el propio régimen había negado a tantos de sus adversarios durante décadas.
Era el argumento de quienes pensaban que la forma en que se juzgara a los Causescu diría algo sobre el tipo de país que Rumanía quería ser a partir de ese momento. Otros argumentaban que no había tiempo, que mientras los chausescu siguieran con vida, existía el riesgo de que fuerzas leales a ellos intentaran liberarlos, que la inestabilidad del momento exigía una resolución rápida, que un juicio prolongado sería un espectáculo que podría desestabilizar todavía más una situación ya de por sí frágil.
Esta segunda posición fue la que prevaleció. El tribunal que juzgó a Nicolae y Elena Chausescu militar especial constituido específicamente para ese propósito. No era un tribunal ordinario en ningún sentido de la palabra. Los jueces habían sido designados con urgencia. Los fiscales llevaban horas, no semanas ni meses preparando los cargos.
Los abogados defensores, dos militares que no habían pedido esa misión ni la deseaban, se reunieron con sus clientes por primera vez el mismo día del juicio con minutos de anticipación. El proceso comenzó en la mañana del 25 de diciembre y duró aproximadamente 90 minutos. Los cargos incluían genocidio por las muertes durante la represión de las protestas, daño a la economía nacional y abuso del poder del Estado.
Las penas máximas previstas por la legislación rumana vigente incluían la muerte. Cuando Nicoláe y Elena Chauchesco entraron a la sala donde se desarrollaría el juicio, quienes los vieron después de tres días de detención, notaron que ambos habían envejecido visiblemente. Nicolás caminaba con más lentitud. Elena tenía los ojos con una expresión que algunos describieron como desorientada y otros como simplemente cansada.
Pero cuando comenzaron a hablar, el tono cambió. Elena Chaescu no reconoció la autoridad del tribunal. Desde el primer momento dejó claro que no consideraba legítimo ninguno de los procedimientos que se estaban llevando a cabo. Respondía las preguntas de los fiscales con preguntas propias o con declaraciones que no respondían nada. Cuando se le presentaron evidencias de sus actividades y de las consecuencias del régimen, su reacción no fue de arrepentimiento ni de justificación elaborada, fue de negación.
Negación no como estrategia legal calculada, sino como posición genuina. No podía ser responsable de esas cosas porque ella había trabajado toda su vida por el pueblo rumano. No podía ser culpable de las muertes porque las muertes habían sido causadas por los traidores y los provocadores extranjeros. No podía ser juzgada por ese tribunal porque ese tribunal no tenía ningún derecho a juzgarla.
Hubo un momento en el juicio que quedó registrado y que resume con una claridad casi dolorosa quién era Elena Yauescu. Cuando el fiscal le preguntó sobre las condiciones de vida de la población rumana durante los años del régimen, sobre las colas, sobre el frío, sobre el hambre, Elena respondió con genuina indignación que el pueblo rumano había tenido todo lo necesario, que las tiendas habían estado llenas, que nadie había pasado hambre ni frío, que esas afirmaciones eran mentiras fabricadas por los enemigos de Rumanía. Era posible, y esto es lo más
perturbador de esa respuesta, que en algún nivel lo creyera realmente, que hubiera vivido tan completamente aislada de la realidad cotidiana de su país, rodeada de funcionarios que nunca se atrevían a contradecirla, viajando en coches con las cortinas cerradas para no ver las colas en las tiendas, que genuinamente no supiera o no hubiera permitido que su mente procesara.
lo que había significado para millones de personas vivir bajo el régimen que ella y su marido habían construido. O era posible que lo supiera perfectamente y simplemente no le importara suficiente como para reconocerlo ni siquiera en ese momento. Los abogados defensores intentaron plantear objeciones procedimentales, intentaron pedir más tiempo.
Sus argumentos fueron escuchados brevemente y luego desestimados. El tribunal deliberó. La sentencia fue muerte. Nicoláe y Elena Chauchescueron informados de la sentencia. Según los testimonios de quienes estuvieron presentes, Nicole mostró una reacción más visible, una especie de colapso breve de la compostura que había mantenido durante el juicio.
Elena, en cambio, según esos mismos testimonios, respondió con otra declaración de rechazo a la legitimidad del proceso. No reconocía la sentencia, no reconocía el tribunal, no reconocía nada de lo que estaba pasando como real o como válido. La ejecución estaba programada para esa misma tarde. El patio de la guarnición militar de Targobiste es un espacio anodino, un rectángulo de tierra entre edificios de color gris.
No tiene nada de particular que lo distinga de miles de patios similares en miles de instalaciones militares del mundo. Pero ese espacio particular, en la tarde del 25 de diciembre de 1989 fue el escenario del momento que cerró un capítulo de la historia de Rumania. Los Chauchescueron llevados al patio con las manos atadas.
Hubo un breve procedimiento de preparación. Los soldados que iban a ejecutar la sentencia eran voluntarios porque la orden de ejecución no había sido un mandato individual, sino una convocatoria a quienes estuvieran dispuestos a cumplirla. Y la respuesta había sido, según los relatos, una cantidad de voluntarios que superaba con creces lo necesario.
Lo que ocurrió en esos minutos finales ha sido narrado por las personas que estuvieron presentes y esas narraciones tienen la textura de algo que ninguno de los participantes esperaba encontrar, porque la realidad de ese momento era simultáneamente histórica y brutal y extrañamente mundana. Elena Chauchescu, según los testimonios más consistentes, siguió protestando hasta el final, no en el sentido dramático de un gran discurso final, sino en el sentido más cotidiano y, en cierta manera más revelador de alguien
que simplemente no podía dejar de hacer lo que había hecho durante toda su vida de poder, que era negarse a aceptar que hubiera algo que no estuviera bajo su control. Protestó por cómo la sujetaban, protestó por el frío. Dijo palabras que en la transcripción oficial del momento fueron registradas con la misma frialdad documental que el resto del proceso, pero que en vivo debieron haber tenido una resonancia particular.
la voz de una mujer que había sido llamada la madre de la nación, diciéndoles a los soldados que la sujetaban que ella los había criado, que había sido como una madre para el pueblo romano, que cómo se atrevían. Nicoló cantar la internacional, el himno comunista, en los últimos segundos llegó a cantar unos versos, luego se escucharon los disparos.
La ejecución fue filmada. Las imágenes, aunque nunca han sido ampliamente difundidas en su versión completa por razones que combinan el respeto básico hacia la muerte humana, con consideraciones más complejas sobre qué memorias colectivas conviene preservar y cuáles atenuar, sí fueron transmitidas en fragmentos por la televisión rumana.
Esa misma noche de Navidad, Brumanania vio a sus tiranos muertos antes de que terminara el día. La reacción en las calles fue inmediata. Los combates que continuaban en algunas zonas de Bucarest se detuvieron casi de inmediato. Las fuerzas de la securitate, que habían seguido disparando en la creencia de que estaban defendiendo un régimen que podía ser salvado, cuando vieron las imágenes comprendieron que no había ya nada que salvar ni nadie por quién salvar nada.
La violencia que había seguido cobrando vidas después del 21 de diciembre terminó esa tarde de Navidad con una abruptez que fue tanto su propio alivio como su propio horror. En el exterior del país la reacción fue más complicada. Los líderes occidentales que durante años habían tratado a Nicol Chayescu como un interlocutor valioso, que le habían estrechado la mano, que habían mirado hacia otro lado ante las condiciones de vida de la población rumana, porque el valor estratégico de tener un comunista disccolo en el bloque
soviético era demasiado conveniente para sacrificarlo por consideraciones humanitarias, ahora tenían que encontrar las palabras adecuadas. Algunos expresaron satisfacción por el fin del régimen y preocupación por la rapidez del juicio. Otros simplemente dieron la bienvenida a la nueva Rumanía que estaba emergiendo.
Muy pocos dijeron en voz alta lo que era evidente, que durante décadas habían sabido suficiente sobre lo que ocurría en Rumanía como para haber tomado posiciones diferentes y no lo habían hecho. Elena Chayescu enterrada junto a su marido en el cementerio Gensea de Bucarest. La tumba no tuvo inicialmente ninguna marca oficial.
Con los años se le puso una lápida simple. Es un lugar que algunos rumanos visitan no para honrar a quien está enterrada allí, sino por esa necesidad humana de ver con los propios ojos los lugares donde terminan las historias que han marcado la vida colectiva. Pero la historia de Elena Chauchescu terminó del todo con su muerte, porque lo que ella representó, lo que construyó, lo que hizo posible con su participación activa en el régimen siguió teniendo consecuencias que Rumanía tuvo que enfrentar en los años y las décadas siguientes.
Hay una pregunta que los historiadores, los psicólogos y los ciudadanos rumanos ordinarios se han hecho desde esa tarde de diciembre de 1989. No es una pregunta fácil y no tiene una respuesta única. La pregunta es, ¿cómo fue posible? Como una mujer que había abandonado la escuela a los 14 años llegó a presidir academias científicas.
Como alguien que nunca completó una ecuación química, terminó siendo presentada como una de las mentes científicas más brillantes de su generación. Como una persona de origen completamente ordinario construyó en torno a sí misma un aparato de adulación que funcionó durante décadas. La respuesta no es simple, pero tiene varios elementos que vale la pena considerar porque no son exclusivos de Elena Chauchescu, ni de Rumania ni de la segunda mitad del siglo XX.
El primero es la naturaleza del poder absoluto y lo que hace a las personas que lo ejercen. Cuando alguien tiene la capacidad de castigar a quien le dice la verdad y de recompensar a quien le dice lo que quiere escuchar, la verdad deja de llegar. No porque las personas cercanas al poder se conviertan todas en malhechoras, sino porque el instinto de supervivencia es más fuerte que el compromiso con la honestidad en situaciones donde decir la verdad tiene un costo demasiado alto.
Elena Chaesco vivió durante décadas en un entorno donde nadie le decía nunca nada que no quisiera escuchar. En ese entorno, cualquier persona puede terminar creyendo su propia ficción. El segundo elemento es la complicidad institucional, las academias que le otorgaron membresías honorarias, las universidades que le dieron doctorados, los países que recibieron a sus delegaciones científicas con respeto protocolar, los científicos rumanos que firmaron trabajos que no eran suyos y guardaron silencio.
La complicidad tuvo muchas formas, desde la cobardía comprensible de quien teme por su seguridad hasta la conveniencia calculada de quien obtiene algo a cambio de mirar para otro lado. El resultado en todos los casos fue el mismo. La ficción se sostuvo más tiempo del que hubiera podido sostenerse sola.
El tercero y quizás el más importante para entender no solo a Elena, sino a la categoría de personas de la que ella es un ejemplo extremo, es la relación entre la humillación original y el hambre insaciable de reconocimiento que puede generar. Elena Petrescu, la niña campesina que dejó la escuela a los 14 años y que durante su infancia y su adolescencia fue invisible para el mundo que la rodeaba, nunca superó esa herida original.
El poder, los títulos, los aplausos, los vestidos de alta costura y las joyas y los palacios fueron todos intentos de llenar un vacío que no tenía fondo. Y los vacíos sin fondo nunca se llenan, por más que se intente. El legado material del régimen de los chauchescu tardó años en ser cuantificado. La deuda externa había sido pagada.
Ese objetivo que justificó tanto sufrimiento fue alcanzado en 1989, el mismo año de la caída, pero a un costo humano que ningún cálculo económico puede expresar adecuadamente. Los orfanatos desbordados de niños que nadie había podido criar, los hospitales sin equipamiento, la infraestructura deteriorada, las décadas de inversión extranjera y desarrollo tecnológico que Rumanía perdió mientras el resto de Europa avanzaba y el legado humano.
Las familias que perdieron miembros en los sótanos de la Securitate, las carreras destruidas de intelectuales, artistas y científicos que no quisieron participar en la farsa. Las generaciones que crecieron bajo el peso de una mentira institucional y que tardaron años en aprender a confiar en las instituciones, porque habían aprendido desde pequeños que las instituciones mentían.
Rumanía, después de los Chausescu tuvo que enfrentar una transición extraordinariamente compleja. A diferencia de otros países del bloque comunista, donde la apertura fue gradual y negociada, la transición rumana había comenzado con sangre y había terminado con una ejecución en Navidad. No había habido tiempo para preparar alternativas.
No había habido una oposición organizada con experiencia de gobierno. La nueva Rumanía tuvo que construirse casi desde cero y lo hizo con todas las dificultades que ese tipo de construcción implica. Con los años, Rumanía ingresó en la Unión Europea y en la OTAN. Su economía creció. Sus ciudades se transformaron.
Una generación nueva creció sin haber conocido las colas, el frío del racionamiento ni el miedo cotidiano de los años del régimen. Para esa generación, los chausescu son personajes históricos, no memorias personales. Pero la memoria colectiva de lo que ocurrió no ha desaparecido. Sigue presente en las conversaciones entre personas mayores, en los archivos que todavía se desclasifican con lentitud, en los juicios que todavía se intentan abrir contra exagentes de la Securitate en los debates sobre cómo enseñar ese periodo en las escuelas.
Elena Chausescu ocupa en esa memoria un lugar específico. No es la protagonista principal de la historia del régimen. Ese lugar pertenece a su marido, que era el titular formal del poder, pero su papel fue genuino y activo y las consecuencias de sus decisiones fueron reales. Y hay algo en su figura que resulta particularmente revelador de cómo funcionan los sistemas de poder personalista, que es la manera en que alguien completamente ordinario en su punto de partida puede llegar a ejercer un poder extraordinario
y a usarlo con una crueldad que no requiere ninguna maldad teatral, sino simplemente la ausencia de los frenos que normalmente pone la empatía. Murió sin haber pedido disculpas. Murió sin haber reconocido ninguna de las consecuencias de sus actos. murió convencida, o al menos actuando como si estuviera convencida, de que era la víctima de una conspiración y no la arquitecta de décadas de sufrimiento colectivo.
Hay algo profundamente humano en esa última postura, no admirable, no disculpable, pero humano. La incapacidad de ver la propia sombra, de reconocer el daño que se ha causado, de enfrentar la distancia entre quién se cree ser y quién se ha sido realmente, no es una patología exclusiva de los dictadores ni de las primeras damas de los regímenes totalitarios.
Es una tendencia que existe en escalas incomparablemente menores en muchos contextos humanos. Por eso la historia de Elena Chauchescu la historia de una mujer excepcional en su contexto histórico, es también un espejo incómodo, una pregunta sobre los mecanismos que permiten que la mentira se sostenga, que la adulación reemplace a la verdad.
Que el poder sin límites corrompa no solo las instituciones, sino la capacidad misma de una persona para percibir la realidad. Se creyó reina y la fusilaron en Navidad. Esa frase contiene una historia entera. Una historia sobre el origen y el poder y la vanidad y la crueldad y la inevitabilidad de que los edificios construidos sobre mentiras terminen colapsando sobre lo que ocurre cuando nadie se atreve a decir la verdad durante demasiado tiempo.
Sobre lo que cuesta en vidas humanas concretas que una sola persona decida que su imagen importa más que la realidad de millones. Rumanía la recordará siempre, no con cariño, pero la recordará, porque olvidar sería más peligroso que recordar.