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Marta Sahagún: ASQUEROSO Hechizo para Manipular al Presidente… Saqueó el Fondo de los POBRES.

Fox necesitaba orden, Martha necesitaba acceso. Él tenía el carisma, ella tenía la disciplina, él encendía multitudes, ella entendía cómo administrar esa luz, pero el precio fue creciendo. Su matrimonio con Manuel Briviesca se fue rompiendo hasta quedar atrás. La separación llegó en 1998, el divorcio en el año 2000.

Y mientras Fox avanzaba hacia la presidencia, Marta avanzaba hacia el centro de su vida. No caminaba detrás, caminaba al lado, a veces, según sus críticos, demasiado cerca del timón. Cuando entró a Los Pinos, descubrió que el poder no se entrega con una banda presidencial, ni con una sonrisa. Se pelea, se arranca, se defiende.

Ahí estaban los hombres de confianza de Fox, los operadores, los asesores, los que la miraban como intrusa. Ahí estaban Lino Corrodi, José Luis González, las viejas lealtades, los fantasmas del pasado y sobre todo estaba la sombra de Lilian de la Concha, la exesposa de Fox, como una presencia silenciosa que Marta, según versiones periodísticas, nunca pudo borrar del todo. Piensa en eso un momento.

Una mujer formada bajo la idea de la obediencia, entrando al lugar más poderoso del país y sintiendo que todos querían sacarla de ahí. Ahí nació la obsesión. No bastaba ser la esposa, no bastaba ser la vocera, no bastaba ser primera dama. Marta quería ser la fuerza que nadie pudiera mover. Soñó con el 2006. Se vio a sí misma como algo más grande, algo parecido a una Eva Perón mexicana, una Hillary Clinton salida del Bajío, una mujer capaz de convertir la intimidad presidencial en plataforma política. Pero la ambición cuando se

mezcla con miedo deja de ser proyecto y se vuelve veneno. Y según las investigaciones periodísticas que vendrían después, cuando Marta sintió que la política normal no bastaba para cerrar la puerta de los pinos desde adentro, empezó a buscar respuestas en lugares mucho más oscuros. Porque la puerta cerrada de Los Pinos no se abrió de golpe.

Primero se construyó en Zamora, entre rezos, silencios. y una mujer que aprendió demasiado pronto que la fe también podía ser una máscara. Ahora pon atención porque aquí empieza la parte que convirtió una historia política en una pesadilla de pasillos cerrados, vasos servidos en silencio y nombres que nadie quería pronunciar en voz alta.

Según investigaciones periodísticas publicadas años después, el verdadero secreto de Marta Saagun no estaba solo en su ambición, estaba en la forma en que presuntamente intentó asegurar esa ambición cuando sintió que la política ya no le alcanzaba. Porque una cosa es querer influir en un presidente, otra muy distinta es querer amarrarlo.

Esa palabra aparece como una sombra. Amajar. De acuerdo conversiones recogidas por Olga Bornat en la jefa y por José Gilolmos en los brujos del poder, cuando Marta comenzó a sentirse rodeada dentro de Los Pinos, buscó ayuda en un lugar inesperado, no en un partido, no en un despacho jurídico, no en un grupo de asesores, sino en el mundo oscuro de los rituales, los santeros, las lecturas espirituales y las supuestas fuerzas invisibles que según En esas versiones podían doblar la voluntad de un hombre poderoso.

Y ahí apareció Elva Ester Gordillo, la maestra. Una mujer que conocía el poder como se conoce una cicatriz. una mujer capaz de leer la debilidad ajena como si fuera un expediente abierto. Según esos relatos, Marta y Elva Ester sostuvieron una conversación larguísima de casi 12 horas, donde la política se mezcló con lo espiritual, con el miedo, con la obsesión y con esa necesidad brutal de controlar a Vicente Fox antes de que otros lo controlaran primero.

Piensa en eso un momento. México había votado por un cambio histórico. Millones de personas creyeron que Los Pinos se abría por fin a la democracia, pero detrás de esa puerta cerrada, según estas investigaciones, otra batalla se estaba librando, no por votos, no por leyes, por la mente de un presidente. El puente entre esos dos mundos habría sido Gina Morris, una figura cercana a Marta, descrita en las versiones periodísticas como consejera.

operadora y acompañante de esa zona gris, donde la fe dejaba de parecer fe y comenzaba a oler a manipulación. A través de ella presuntamente llegó un personaje todavía más inquietante, el llamado Padre Felipe Campos, un hombre que, según los relatos, vestía de blanco, se presentaba como religioso y hablaba como alguien que conocía secretos que no se enseñan en ningún seminario.

Decía que un sacerdote debía conocerlo todo, incluso lo oscuro, para entender el mundo. Pero las versiones lo describieron de otra manera, como un santero cubano, un hombre dedicado a rituales y trabajos espirituales, alguien que habría cobrado miles de pesos al mes por preparar sustancias destinadas a amarrar a Fox.

Y aquí entra la palabra que te pedí guardar desde el principio, vitaminas. Según esas investigaciones, las supuestas gotas eran presentadas ante el entorno presidencial como simples vitaminas para la salud del mandatario. Nada alarmante, nada sospechoso. Unas gotas en el jugo, unas gotas en el café, unas gotas en el agua.

día tras día, bajo la vigilancia de un estado mayor presidencial que podía proteger al presidente de una bala, pero no necesariamente de lo que entraba en su vaso desde la intimidad de su propia casa. Algunas versiones incluso hablaron de Toloche, una planta asociada en México con amarres amorosos, pérdida de voluntad y relatos populares de sometimiento.

Nadie puede afirmar eso como sentencia definitiva, pero el simple hecho de que esa palabra apareciera alrededor de un presidente en funciones fue suficiente para convertir el rumor en veneno histórico. También se habló de rituales contra Lilian de la Concha, la exesposa de Fox, y contra José Luis González, uno de los hombres que incomodaban a Marta.

Fotografías quemadas, puertas cerradas, humo dentro de un baño, objetos usados como símbolos de destrucción, escenas que, según testigos citados por la prensa, parecían más propias de una novela negra que del corazón político de una república. Y después vino el cambio. Los críticos dijeron que Fox ya no parecía el mismo, que su mirada se volvió más apagada, que su voluntad se volvió más blanda, que Marta empezó a ocupar espacios que antes no le pertenecían.

Tal vez fue amor, tal vez fue dependencia, tal vez fue simple desgaste político, pero la pregunta quedó flotando en Los Pinos como olor a humo después de un incendio. ¿Quién gobernaba realmente detrás de esa puerta cerrada? Porque si las gotas eran solo vitaminas, entonces México solo vio una historia de pareja. Pero si las versiones eran ciertas, aunque fuera en parte, entonces el país no solo tuvo una primera dama ambiciosa, tuvo un vacío de poder servido lentamente en un vaso.

Y ahora mira lo que pasa cuando una casa pierde el centro. Porque mientras México discutía las gotas, los rituales, las versiones sobre brujería y esa puerta cerrada de Los Pinos, había tres nombres creciendo bajo la sombra de Marta Saagú, Manuel, Jorge Alberto y Fernando Briviesca Sahagún, sus hijos, los hijos de una mujer que había aprendido a mirar el poder no como una responsabilidad, sino como una forma de reparación personal.

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