No había tiempo para elegir con lujo. Había que trabajar. Una amiga que trabajaba en producción me dijo que buscaban asistente para el área de noticias. No me dijo exactamente para quién. Me enteré cuando me citaron en el piso 12 del edificio de Televisa en Chapultepec y vi su nombre en la puerta de la oficina.
Jacobo Sabludowski, director de noticieros. Sentí que el estómago se me caía. Conocía su reputación. Todo mundo la conocía. Exigente hasta el límite, implacable con los errores, con un ego del tamaño del país. Había asistentes que duraban semanas antes de renunciar llorando. Me dije a mí misma que yo no iba a ser una de esas.

La entrevista duró 8 minutos. Entré, me senté, respondí lo que me preguntaron. Él no levantó la vista de sus papeles en los primeros 4 minutos. Cuando finalmente me miró, lo hizo con esa expresión evaluadora que aprendería a conocer bien con el tiempo, no como la de alguien que está conociendo a una persona, sino como la de alguien que está calibrando una herramienta.
“Sabe guardar silencio”, me preguntó, no en el sentido de no hablar, sino en el sentido real. “¿Sabe estar presente sin existir?” No entendí exactamente qué quería decir, pero respondí que sí. Él volvió a sus papeles. Empieza el lunes, dijo. Y eso fue todo. El lunes llegué media hora antes. Eso también lo aprendería pronto. Con Sabludowski la puntualidad no era llegar a tiempo, era llegar antes.
Llegar a tiempo ya era llegar tarde. Esa mañana, mientras acomodaba papeles en mi escritorio, un técnico de sonido mayor se me acercó sin que nadie lo viera. me dijo en voz baja. Aquí hay dos reglas que nadie te va a explicar oficialmente. La primera, nunca entres a su oficina sin tocar, aunque la puerta esté abierta.
La segunda, y esta es la más importante, lo que pase dentro de esas paredes se queda dentro de esas paredes. Le pregunté qué quería decir. Me miró con lástima y advertencia. Ya vas a entender”, dijo. Y se fue. Tardé menos de un mes en entender. Los primeros meses con Jacobo Sabludowski fueron exactamente lo que cualquiera hubiera esperado.
Intensos, exigentes, agotadores. El noticiero se emitía dos veces al día y el ritmo era brutal. Yo coordinaba llamadas, organizaba agendas, filtraba visitas, administraba documentos que a veces ni entendía del todo. Aprendí rápido que en ese mundo no había espacio para preguntas tontas ni para errores repetidos. Jacobo era exigente de una forma particular.
No gritaba, al menos no conmigo, pero tenía una manera de mirarte cuando algo no estaba bien que hacía que prefirieras el grito. Era una mirada de decepción calculada, como si ya hubiera esperado poco de ti y hubieras confirmado sus expectativas. Aprendí a anticiparme, a tener todo listo antes de que lo pidiera, a ser invisible cuando no me necesitaba y estar presente cuando sí.
Lo que nadie me había advertido era lo otro, la parte que no estaba en ninguna descripción de puesto. Fue un martes de octubre, como a los 4 meses de haber empezado. Jacobo me llamó a su oficina a las 8 de la noche, cuando el edificio ya estaba casi vacío. Me pidió que cerrara la puerta.
Me senté frente a su escritorio con mi libreta lista para anotar instrucciones sobre el noticiero del día siguiente. Pero no habló del noticiero. Rosa Elvira comenzó. Voy a pedirte algo que no está en tus funciones, algo que requiere discreción absoluta. No el tipo de discreción que uno practica en una oficina. El otro tipo, el que no tiene excepciones.
Lo miré sin decir nada. Él continuó. Esta noche van a venir unas personas a verme. No quiero que quede registro de su visita. No en la bitácora de entrada, no en ningún lado. Tú vas a recibirlos en la planta baja, los vas a traer por el elevador de servicio y los vas a dejar en la sala de juntas pequeña.
Después te quedas en tu escritorio hasta que yo te diga. ¿Puedo preguntar quiénes son? Dije con cuidado. Periodistas, respondió. De provincia con problemas serios. No dijo más. No necesitó decir más. En 1979, en plena era del PR todopoderoso, la frase “Periodistas con problemas serios no requería explicación”.
Todos sabíamos lo que significaba. Significaba amenazas, significaba presión del gobierno, significaba que alguien había publicado algo que no debía o que alguien creía que iba a publicarlo y que las consecuencias podían ir mucho más allá de perder el trabajo. Esa noche llegaron tres hombres. Dos de ellos traían el aspecto desgastado de quien lleva días sin dormir bien.
El tercero era más joven, casi un muchacho, con una carpeta apretada contra el pecho como si fuera lo único que le quedaba. Los recibí en la planta baja sin hablar más de lo necesario. Los subí por el elevador de servicio, los dejé en la sala de juntas pequeña y regresé a mi escritorio. Jacobo entró a esa sala y cerró la puerta.
Estuvieron adentro casi dos horas. Yo me quedé en mi lugar fingiendo revisar documentos, pero con todos los sentidos alerta. No escuché nada concreto, solo murmullos, alguna voz que se alzaba un momento y luego se controlaba. Cuando salieron, los tres hombres tenían una expresión diferente a la que traían al llegar.
No exactamente alivio, algo más parecido a una esperanza frágil del tipo que no terminas de creer porque la vida te ha enseñado que no dura. Jacobo los acompañó hasta el elevador. Cuando regresó, pasó frente a mi escritorio sin detenerse, pero antes de entrar a su oficina se volteó. “Gracias, Rosa Elvira”, dijo.
Lo de esta noche no existió. Entendido. Respondí. Él asintió y cerró la puerta. Me quedé sola en el pasillo pensando en lo que acababa de pasar, pensando en esos tres hombres, en lo que traían en la carpeta, en lo que significaba que el periodista más poderoso de México los recibiera en secreto a las 8 de la noche. Y pensando sobre todo en qué tipo de trabajo era realmente el que yo acababa de aceptar.
Después de aquella noche, todo volvió a la normalidad con una velocidad que me desconcertó. El noticiero, los ensayos, las llamadas, la agenda apretada de Jacobo. Nada en su comportamiento sugería que la noche anterior había recibido a tres hombres en secreto. Era el mismo de siempre, preciso, distante, implacable con los detalles.
Pero yo ya no era la misma. Pero yo ya no era la misma. Pasé los días siguientes mirando todo con ojos distintos, prestando atención a cosas que antes ignoraba. Las llamadas que Jacobo tomaba el mismo sin pedirme que las filtrara, los momentos en que bajaba la voz, aunque estuviera solo en su oficina, las carpetas que cerraba cuando yo entraba sin anunciarme, no con brusquedad, sino con ese gesto casual que en realidad no era casual.
Tres semanas después de aquella primera noche, volvió a llamarme a su oficina con la misma frase: “Esta noche van a venir unas personas.” Y se repitió el protocolo. Elevador de servicio, sala de juntas pequeña, ningún registro. Esta vez eran dos mujeres. Una de ellas tenía un moretón apenas disimulado con maquillaje en el pómulo derecho.
La otra cargaba a un niño dormido en brazos. Las recibí con la misma discreción de la vez anterior. Las subí, las dejé. Regresé a mi escritorio. Esa noche, mientras esperaba, no pude evitar pensar en la mujer del moretón, en lo que significaba ese moretón, en qué tipo de problemas podían tener dos mujeres, una de ellas con un niño, para llegar de noche a Televisa a ver en secreto al periodista más poderoso del país.
Cuando salieron, casi dos horas después, la del moretón me miró al pasar. Solo un segundo. Pero en ese segundo había algo que reconocí aunque no supiera nombrarlo todavía. Era la mirada de alguien que acaba de encontrar una puerta donde creía que solo había pared. Al día siguiente llegué temprano como siempre. Jacobo ya estaba en su oficina.
Cuando entré con su café y su resumen de prensa, levantó la vista. Antes de que yo dijera nada, él habló. Sé que tienes preguntas”, dijo. Me senté sin que me lo pidiera. Era la primera vez que lo hacía. “Sí tengo,” respondí. Él cerró la carpeta que tenía frente a él. Me miró de esa forma que ya conocía, evaluando, pero esta vez había algo diferente en esa mirada.
No era solo la mirada de alguien que calibra una herramienta. Era la mirada de alguien que decide si puede confiar. “Lo que hago tiene una lógica.” comenzó. No es caridad ni heroísmo, es pragmatismo. Soy el periodista más visible de este país. Tengo acceso a personas que nadie más tiene. Tengo teléfonos que se contestan cuando yo llamo. Eso es poder real.
Y el poder real tiene una sola pregunta importante. ¿Para qué lo usas? ¿Y usted para qué lo usa?, pregunté. Para lo que debería usarse, respondió sin dudar. para proteger a quienes no tienen protección. Hay periodistas en este país que publican cosas que el gobierno no quiere que se publiquen. Hay familias que pagan el precio de esa valentía.
Hay gente que desaparece sin que nadie haga preguntas, porque nadie importante hace preguntas. Hizo una pausa. Yo soy alguien importante y yo hago preguntas. Me quedé en silencio procesando todo. Luego pregunté lo que más me pesaba. Es peligroso. Enormemente, respondió con una calma que meeló más que cualquier dramatismo.
Por eso necesito gente de confianza. Por eso te lo estoy diciendo a ti y no a cualquiera, porque llevas 4 meses aquí y ya sé cómo eres. Sé que no hablas de más. Sé que observas antes de actuar. Sé que cuando algo no entiendes, preguntas en privado y no en el pasillo. Se recargó en su silla. La pregunta es si quiere saber más o si prefieres seguir sin saber.
Las dos opciones son válidas, pero una vez que sepas, no hay vuelta atrás. Pensé en mis hermanos, en la renta, en el moretón de esa mujer, en el niño dormido. Quiero saber, dije. Y así comenzó la parte de mi vida, que durante décadas no pude contarle a nadie. Lo primero que Jacobo me explicó fue el sistema, no todo de una vez, sino poco a poco, en fragmentos que yo iba armando como un rompecabezas durante semanas.
Era su forma de medir cuánto podía decirme según cuánto podía yo manejar. El sistema era simple en su estructura y complejo en su ejecución. Jacobo tenía una red de contactos construida durante décadas de periodismo. Directores de periódicos regionales, corresponsales, abogados, algunos funcionarios que todavía tenían algo de conciencia y personas en sitios estratégicos que preferían no ser nombradas.
Cuando un periodista o una familia en situación de riesgo necesitaba ayuda, alguien en esa red hacía la llamada. La llamada llegaba a Jacobo y Jacobo movía piezas. ¿Qué tipo de piezas? Le pregunté una tarde. Depende del caso, respondió. A veces es una llamada al secretario correcto para que un expediente desaparezca o se enfríe.
A veces es conseguir que alguien salga del país con papeles en regla. A veces es simplemente hacer visible a alguien que estaba en riesgo de desaparecer en silencio, porque a los poderosos no les conviene que desaparezca alguien que todo mundo conoce. Esa última parte me recordó a lo que había escuchado antes en contextos distintos.
La visibilidad como escudo, la fama como protección. No era un concepto nuevo en México, pero escucharla explicado con esa frialdad analítica por el hombre que más fama tenía en el país le daba una dimensión diferente. “Y el gobierno lo sabe”, pregunté. “Algunos en el gobierno lo sospechan”, dijo. “Otros lo saben y prefieren no decir nada porque necesitan mantener una relación funcional conmigo.
El noticiero les conviene. Yo les soy útil de formas que no quieren perder. Eso me da un margen no infinito, pero suficiente para operar. Y ese margen no se ha acabado nunca. Hubo una pausa larga antes de que respondiera. Se ha estrechado, dijo finalmente varias veces. Hay momentos en que las presiones son muy fuertes, pero hasta ahora he sabido cuándo avanzar y cuándo detenerme.
Esa conversación fue la primera en que entendí la dimensión real de lo que Jacobo hacía. No era un acto de generosidad impulsiva. Era una operación sostenida, calculada, que llevaba años funcionando y que requería de una inteligencia fría y una valentía que no se parecía en nada a la del héroe de película.
Mi papel en todo eso fue creciendo gradualmente. Al principio era solo recibir a las visitas nocturnas y mantener el silencio. Después empecé a manejar una agenda paralela, discreta, que existía solo en mi cabeza y en un cuaderno que guardaba bajo llave en mi escritorio. Aprendí códigos. Cuando Jacobo decía que necesitaba café para dos en la sala chica, significaba visita no registrada esa noche.
Cuando me pedía revisar los archivos del 74, significaba que había una situación urgente y necesitaba que yo despejara su agenda sin dar explicaciones. Me volví experta en moverme por los pasillos de Televisa sin llamar la atención, en estar y no estar al mismo tiempo, en escuchar sin parecer que escuchaba. Un día, un compañero del área de producción me preguntó si sabía por qué Jacobo a veces se quedaba tan tarde.
Le dije que revisaba los libretos del día siguiente. Me creyó porque era una respuesta que tenía sentido. Eso también aprendí. Las mejores mentiras son las que no necesitan inventarse, solo redirigir la verdad hacia otro lado. Pero había noches de regreso a casa en el camión en que me preguntaba hasta dónde llegaba mi responsabilidad, hasta dónde ser discreta se convertía en ser cómplice.
Y si había diferencia entre las dos cosas cuando las consecuencias eran vidas humanas. Nunca encontré una respuesta limpia, pero seguí yendo al trabajo cada mañana y eso, supongo, fue mi respuesta. El primer caso que viví de cerca, del principio al final fue el de un periodista llamado Aurelio Bernal. Nunca lo olvidaré porque fue el momento en que todo dejó de ser abstracto y se convirtió en algo con nombre, con cara, con consecuencias reales.
Aurelio era director de un periódico pequeño en Veracruz. había publicado una serie de reportajes sobre desvío de fondos en una obra pública importante, con nombres, con cifras, con documentos. A las dos semanas de la publicación le habían destruido la imprenta. A la tercera semana lo habían seguido hombres en un coche oscuro durante tres días consecutivos.
A la cuarta semana llegó a su casa y encontró una fotografía de sus hijos en la puerta, sin sobre, sin firma, solo la fotografía. Alguien en la red de Jacobo lo contactó y así llegó Aurelio a Televisa una noche de miércoles. Era un hombre de unos 40 años, delgado, con anteojos de armazón grueso y una expresión que intentaba serena, pero que traicionaba un miedo que llevaba semanas acumulándose.
Cuando lo traje por el elevador de servicio, me agradeció en voz muy baja, como si tuviera miedo de que alguien lo escuchara incluso ahí. Lo dejé en la sala de juntas pequeña y fui a avisar a Jacobo. Él entró sin apresurarse, con esa calma que en él era siempre una forma de ejercer control sobre el ambiente.
Estuve afuera durante la reunión. Esa vez sí escuché fragmentos porque la puerta no cerró del todo. Escuché a Aurelio explicar los reportajes, los nombres que había publicado, las amenazas que había recibido. Escuché a Jacobo hacer preguntas precisas, sin compasión innecesaria, como quien necesita datos para tomar decisiones, no para consolar.
¿Tienes copias de los documentos en un lugar seguro?, le preguntó Jacobo. ¿Hay alguien más que sepa lo que tú sabes? ¿Tu familia está fuera de Veracruz? Escuché las respuestas de Aurelio. Las copias estaban con su cuñado en Jalisco. Su esposa y sus hijos habían salido a casa de unos parientes tres días antes.
Él se había quedado solo para cerrar lo pendiente. Bien, dijo Jacobo. Eso nos da margen. Esa noche, después de que Aurelio se fue, Jacobo me llamó, me contó lo esencial y me dio instrucciones específicas. Al día siguiente yo tenía que hacer tres llamadas desde un teléfono público, no desde el de la oficina, a números que él me dio escritos en un papel.
Debía decir exactamente lo que él me indicó, nada más, nada menos. Una de las llamadas era a un abogado. Otra era a alguien que Jacobo llamó solo un contacto en migración. La tercera era un número que nunca supe a quién pertenecía. Las hice al día siguiente desde una caseta en la colonia Narbarte. Me temblaban las manos.
Pero las hice. Dos semanas después, Aurelio Bernal estaba en Guadalajara con su familia, con una identidad nueva en los papeles que necesitaba renovar y con los documentos de sus reportajes en manos de dos periodistas extranjeros que los publicarían meses después en medios internacionales donde el gobierno mexicano tenía menos alcance.
Jacobo me contó el desenlace, en pocas palabras, sin ceremonia. Ya salió, dijo, “Está bien” y siguió revisando su carpeta de noticias como si nada. Esa noche, de regreso a casa, me puse a llorar en el camión. No de tristeza, de algo que no supe nombrar en ese momento. Tal vez alivio, tal vez la comprensión repentina de que lo que estábamos haciendo era real, que tenía consecuencias reales, que Aurelio Bernal iba a dormir esa noche en un lugar seguro en parte, porque yo había hecho tres llamadas desde una caseta La Narbarte. Era una
sensación extraña, poderosa y aterradora al mismo tiempo. Con el tiempo, los casos fueron llegando con más frecuencia. No todos los meses, no con un ritmo predecible, pero sí con la suficiente regularidad como para que yo entendiera que esto no era algo excepcional. Era parte de lo que Jacobo hacía, tan integrado a su vida como el noticiero, como sus columnas, como sus entrevistas con presidentes.
Aprendí a distinguir los tipos de situaciones. Había casos urgentes en los que el tiempo era crítico y había que actuar en horas o días. Había casos que requerían semanas de preparación y coordinación con varias personas de la red. Y había casos que Jacobo recibía, pero que derivaba a otros porque estaban fuera de su alcance o porque el riesgo era demasiado alto incluso para él.
También aprendí que no todos los casos terminaban bien. Una noche llegó a Televisa un hombre que no quiso decir su nombre, solo dijo que venía de parte de alguien que Jacobo conocía. Lo subí como siempre. Lo dejé en la sala. Jacobo entró. Esa reunión fue diferente a las otras, más corta, más tensa. Cuando el hombre salió, tenía la misma expresión con que había entrado.
No había alivio en su cara, solo una determinación cerrada, como quien acaba de escuchar algo que confirma sus peores expectativas. Jacobo salió después, no me miró al pasar. Entró a su oficina y cerró la puerta. Esperé un tiempo prudente y entré con el pretexto del café. Lo encontré de pie frente a la ventana.
Afuera, la ciudad de noche parecía indiferente a todo. ¿Qué pasó? Pregunté en voz baja. Llegó tarde, respondió sin voltear. Esta vez llegó tarde. No pregunté más. No necesité hacerlo. Había un tipo de silencio en Jacobo que lo decía todo. El silencio de cuando algo no había salido bien y ya no había nada que hacer. Esa noche fue la primera en que vi el otro lado de lo que hacía.
La primera en que entendí que el sistema que Jacobo había construido, por más efectivo que fuera, no era infalible. Que había casos que llegaban demasiado tarde, situaciones que ya habían escalado más allá de lo que cualquier llamada o contacto podía resolver. Me fui a casa con un peso nuevo. El peso de saber que el bien que se hace en silencio no siempre es suficiente, que a veces, por más que alguien se esfuerce, la maquinaria del daño es más rápida.
Jacobo nunca habló de ese caso específico, ni esa noche ni después. Era su forma de procesarlo, supongo. Seguir adelante porque detenerse no cambiaba nada. A la mañana siguiente llegó al noticiero como siempre, preciso, exigente, presente. Nadie en la sala de redacción hubiera imaginado lo que cargaba. Eso también fue algo que aprendí sobre él.
Su capacidad para compartimentar era extraordinaria. Lo que pasaba detrás de cámaras no tocaba lo que pasaba frente a ellas. Era como si tuviera dos sistemas operativos distintos que nunca se mezclaban. Al menos no en público. Pero yo estaba en los dos sistemas. Y eso me daba una perspectiva que nadie más tenía, la de ver al mismo hombre en sus dos realidades simultáneas y entender que ninguna de las dos era falsa. Las dos eran completamente él.
Hubo un momento, a los 2 años de trabajar con Jacobo, en que me hice una pregunta que no podía dejar de hacerme. ¿Por qué lo hacía? No en el sentido moral ni filosófico, en el sentido práctico. ¿Qué ganaba un hombre con su poder, su posición, su acceso, con arriesgarlo todo por periodistas de provincia que nadie conocía? Una tarde me armé de valor y se lo pregunté directamente.
Estábamos solos en su oficina después de una jornada larga. Él revisaba papeles, yo recogía documentos de la mesa de trabajo. La pregunta salió sin anuncio. Jacobo, ¿por qué hace todo esto? Levantó la vista. Me miró un momento, no con molestia, sino con la expresión de quien lleva tiempo esperando esa pregunta. Todo esto, ¿qué? dijo, “Lo que hace de noche, las visitas, los contactos, todo.
Se recargó en su silla, se quitó los anteojos y los puso sobre el escritorio. Era un gesto que aprendí a reconocer, señal de que iba a decir algo que no diría fácilmente. Comencé en el periodismo en los años 50”, dijo, “era otro México o tal vez el mismo México con menos pretensiones de ser otra cosa. Vi como callaban a periodistas, vi como desaparecían voces.
Vi como el sistema tragaba a la gente y nadie preguntaba. Y yo en esa época no hice nada. Era joven, tenía miedo, tenía ambiciones. Me dije que no era mi responsabilidad. Hizo una pausa, siguió. Hubo un caso. No te voy a dar nombres porque todavía hay gente viva que puede verse afectada. Hubo un caso de un colega mío, alguien que conocía bien, que publicó algo que no debía según el régimen y desapareció.
Simplemente desapareció. Un día estaba y al otro no. Su familia preguntó. Nadie supo nada o nadie quiso saber. Volvió a ponerse los anteojos. Me miró fijo. Yo pude haber hecho algo. Entonces tenía suficientes contactos para al menos hacer ruido, para hacer preguntas que incomodaran. No lo hice. Me quedé callado porque me convenía.
Y eso, Rosa Elvira, es algo que no se olvida, que no se perdona fácil. Entonces llegó el momento en que pude hacer algo y decidí que esta vez no me iba a quedar callado, aunque fuera peligroso, aunque costara. Me quedé en silencio procesando sus palabras. Luego pregunté lo que me pareció natural.
¿Y el costo no ha sido demasiado alto? Él pensó antes de responder. Depende de cómo mides el costo dijo. Si lo mides en tranquilidad, en seguridad, en noches de sueño. Sí, ha sido alto. Si lo mides en lo otro, en poder mirarte al espejo, en saber que cuando pudiste actuar actuaste, entonces no. No ha sido demasiado. Salí de esa conversación con algo que no esperaba encontrar en Jacobo Sabludowski. Culpa.
una culpa antigua, bien guardada, que se había convertido con los años no en parálisis, sino en combustible. Y entendí que lo que hacía no era solo por los demás, también era por ese colega sin nombre, cuya desaparición cargaba desde los años 50. Eso me hizo verlo de otra manera, no como un hombre poderoso que elegía ser generoso, sino como un hombre que intentaba tarde, pero con fuerza, saldar una deuda que solo él sabía que tenía.
El año de 1985 cambió todo, no solo para Jacobo y para mí, sino para México entero. El terremoto del 19 de septiembre sacudió la ciudad con una brutalidad que ninguna estructura resistió del todo, ni las físicas ni las institucionales. En Televisa el caos fue inmediato. El edificio resistió, pero la ciudad no. Las transmisiones se volvieron continuas, sin cortes, sin pausas.
Jacobo estaba en el aire horas y horas. coordinando cobertura, recibiendo reportes, siendo la voz que el país escuchaba cuando no sabía qué estaba pasando. Pero lo que yo viví esos días no era solo el noticiero. A las 48 horas del temblor, cuando todavía sacaban sobrevivientes de los edificios, empezaron a llegar a Televisa personas que no eran periodistas, ni artistas, ni funcionarios.
Eran gente común, familias que buscaban a alguien, personas desplazadas que no sabían a dónde ir. y también mezclados entre ellos, algunos que llegaban con una necesidad diferente, periodistas que habían estado en zonas del temblor donde habían visto cosas que el gobierno no quería que se supieran, cosas sobre la respuesta tardía, sobre los edificios colapsados que no debían haber colapsado, sobre los contratos de construcción y los funcionarios que los habían autorizado.
Jacobo los recibía a todos al mismo tiempo que hacía su trabajo en el noticiero, al mismo tiempo que coordinaba cobertura, mantenía su red activa. Una tarde, tres días después del temblor, me llamó a su oficina. Estaba visiblemente agotado. Tenía la corbata aflojada, los ojos rojos de no dormir, pero su voz era la misma de siempre.
Firme, precisa. Hay tres periodistas en Tlatelolco que tienen material sensible sobre los multifamiliares. Me dijo, “El gobierno ya sabe que lo tienen. Necesitan salir de donde están y necesitan que ese material llegue a manos seguras antes de que los encuentren. ¿Qué necesita que haga?”, pregunté.
Esta noche vas a llevar un sobre a una dirección que te voy a dar. Dentro hay dinero y hay un hombre. El sobre no es de Jacobo Sabludowski, es de nadie. Lo entregas. ¿Recibes acuse de recibo, regresas? No pregunté más. Esa noche fui en camión hasta la dirección indicada en la colonia Guerrero. Toqué la puerta de un departamento en un edificio que olía a humedad y a polvo de concreto.
Un hombre abrió, tomó el sobre, me miró un segundo y cerró la puerta. Regresé en camión. Al día siguiente, Jacobo me dijo que los tres periodistas habían salido de Tlatelolco. No me dijo a dónde habían ido ni que había pasado con el material, solo eso salieron. Esas semanas del terremoto me enseñaron algo sobre la naturaleza del poder en momentos de crisis.
En el caos, los sistemas normales de vigilancia se relajan. El gobierno tiene demasiadas cosas que atender. Las estructuras de control se distraen y en esos momentos la gente como Jacobo, con sus redes y sus contactos y su capacidad para moverse rápido, puede hacer más que en cualquier otro momento. También aprendí que el terremoto había cambiado algo en la ciudad.
Había despertado una conciencia civil que el PR no había calculado y esa conciencia necesitaba voces que la sostuvieran. Jacobo lo entendió antes que muchos y lo usó. No todo lo que viví esos años fue dramático. Había también una cotidianidad extraña, una rutina construida sobre secretos que con el tiempo se volvía casi normal.
Me acostumbré a vivir en dos realidades simultáneas, la de la asistente eficiente del noticiero más visto del país y la de la mujer que guardaba información que podía complicar la vida de mucha gente. Aprendí a no hablar de trabajo en casa. Mis hermanos sabían que trabajaba con Jacobo Sabludowski y eso era suficiente para que no preguntaran demasiado.
Tenían la impresión de que yo coordinaba entrevistas y manejaba agendas, que mi trabajo era importante pero mundano. Nunca los decepcioné con la realidad. Había momentos de humor, incluso una vez un conductor de otro noticiero llegó a Televisa para una reunión con directivos y se equivocó de piso. Terminó en el pasillo de las oficinas de Jacobo justo cuando yo estaba recibiendo a unas personas que no debían ser vistas.
Tuve que improvisar una excusa tan rápido que ni siquiera recuerdo que dije. El conductor se fue confundido, pero sin sospechar nada. Jacobo, cuando le conté, soltó una carcajada breve. Era una de las pocas veces que lo vi reírse de verdad, pero también hubo momentos que me costaron más de lo que esperaba. Uno de ellos fue cuando me di cuenta de que no todos en Televisa eran ajenos a lo que Jacobo hacía.
Había algunos que sabían algo, que intuían algo y cuya reacción no era la de proteger, sino la de vigilar. Lo descubrí por accidente. Un compañero del área administrativa, un hombre con quien yo tenía buena relación, me preguntó un día de manera casual si sabía quiénes eran las personas que a veces llegaban de noche a ver a Jacobo.
Lo pregunté con esa ligereza estudiada que usan los que quieren información sin parecer que la buscan. Le dije que no sabía de qué hablaba, que Jacobo tenía muchas reuniones y yo no asistía a todas. Me miró un segundo de más antes de cambiar el tema. Esa tarde le conté a Jacobo. Él no se sorprendió. Ya lo sé, dijo. Hay dos o tres personas aquí que reportan hacia afuera.
No saben suficiente para hacer daño todavía, pero hay que tener cuidado. ¿Y no los puede sacar? Pregunté. No, sin levantar sospecha, respondió. A veces la mejor forma de manejar a alguien que te vigila es dejar que te vea hacer cosas que no son las que realmente te importan. darle suficiente para que crea que sabe, pero no lo suficiente para que sepa de verdad.
Esa fue la primera vez que entendí que el juego que Jacobo jugaba no era solo de proteger a otros, era también de protegerse a sí mismo, de mantener una apariencia de normalidad tan consistente que los que querían encontrar algo incriminatorio terminaran convencidos de que no había nada que encontrar. Era un nivel de control y de cálculo que me admiró y me perturbó al mismo tiempo, porque implicaba que nada de lo que Jacobo hacía era completamente espontáneo.
Cada gesto, cada decisión, cada aparente descuido estaba calculado. Me pregunté si alguna vez era simplemente el mismo. Sin calcular, sin controlar, sin medir. Nunca encontré la respuesta a esa pregunta, pero dejé de buscarla cuando entendí que tal vez para Jacobo no había diferencia entre las dos cosas.
El caso que más me marcó en todos esos años no fue el más dramático en términos de peligro, fue el más humano, el que me recordó que detrás de cada situación de riesgo había una historia que no se reducía a amenazas y contactos y operaciones nocturnas. Se llamaba Fernanda. Tenía 26 años. era reportera en un periódico del norte del país y había estado cubriendo durante meses la desaparición de mujeres en su ciudad.
No era la primera periodista en hacerlo, pero sí había llegado más lejos que las anteriores. Había conseguido nombres de funcionarios vinculados, había encontrado a testigos que hablaban, había armado un expediente que incomodaba a mucha gente. Un domingo por la noche llegó a Televisa sola, sin que nadie la acompañara.
Cuando la vi en la planta baja, lo primero que pensé fue que era demasiado joven para estar cargando lo que claramente cargaba. Tenía ojeras profundas, ropa arrugada y sostenía una mochila contra su pecho con las dos manos. La subí por elevador de servicio. En el camino no habló. Solo una vez, cuando el elevador se detuvo un momento por algún fallo técnico menor, me apretó el brazo sin darse cuenta.
Se soltó enseguida y murmuró una disculpa. Le dije que no se preocupara. La dejé en la sala de juntas pequeña. Fui a avisar a Jacobo. Él entró. Yo me quedé afuera. Esa noche no me alejé demasiado. Algo en la situación me lo impedía. Me quedé cerca de la puerta, no para espiar, sino porque sentí que debía estar cerca.
La reunión duró más de 2 horas. Cuando Jacobo salió, me hizo una seña para que esperara. Entré a la sala. Fernanda estaba sentada con los codos sobre la mesa y la frente apoyada en las manos. Cuando levantó la cara, vi que había estado llorando. No en ese momento, pero hacía poco. Me senté a su lado. No dije nada de inmediato. Esperé.
Después de un rato, ella habló. No sé si hice lo correcto viniendo aquí, dijo. No sé si esto va a servir de algo. Le dije lo único que se me ocurrió que fuera honesto. No lo sé. Tampoco, pero lo que sí sé es que viniste y eso ya es algo. Me miró. Llevaba tr meses sin dormir bien. Dijo, “Cada vez que cierro los ojos, pienso en las mujeres de las que escribí.
Pienso en sus familias, pienso en que hay personas que saben dónde están y no dicen nada. Y pienso en que si yo me callo, si dejo de publicar, esas personas ganan. ¿Y si no te callas?”, pregunté. Entonces quizás no llego al año. Nos quedamos en silencio. Afuera, el edificio dormía su silencio de madrugada. Lo que pasó con Fernanda durante la semana siguiente implicó coordinación de varios contactos de Jacobo, publicación de parte de su expediente en un medio internacional antes de que pudieran presionarla para silenciarlo y finalmente su salida del
país durante varios meses mientras la situación se enfriaba. Meses después, Jacobo me dijo que Fernanda había regresado y que seguía escribiendo desde otro lugar con otro nombre, pero seguía. No pude evitar que algo se me aflojara en el pecho al escucharlo. Eso era lo que Jacobo Sabludowski hacía.
No salvaba a la gente de sus circunstancias, le daba tiempo, le daba espacio, le daba la posibilidad de seguir. Con los años, la red que Jacobo había construido fue creciendo y complejizándose. Ya no era solo el tomando decisiones y yo ejecutando instrucciones. Había otras personas en distintos puntos de la cadena, cada una sabiendo solo lo que necesitaba saber para hacer su parte.
Era una estructura diseñada para que si alguno caía los demás pudieran continuar. Yo había pasado a ocupar un lugar más central del que imaginé cuando empecé. No era solo la asistente que recibía visitas nocturnas. Era quien mantenía la coherencia operativa de todo, quien recordaba qué nombre correspondía a qué situación, qué contacto había manejado, qué caso, qué parte de la historia cada persona conocía.
Jacobo me lo dijo de manera directa una tarde. Tú eres la memoria de todo esto, Rosa Elvira. Si yo fallo, tú eres quien sabe cómo se sostiene. Esa responsabilidad me pesó de maneras distintas, en momentos distintos. Había días en que me sentía parte de algo que valía la pena, en que el trabajo tenía un sentido que iba mucho más allá de las noticias y los noticieros, pero también había días en que el peso de saber demasiado me aplastaba.
Fue en esa época cuando empecé a tener sueños recurrentes con expedientes. Soñaba que buscaba un hombre en un archivo y no podía encontrarlo. Soñaba que alguien necesitaba ayuda y yo no recordaba el número de contacto correcto. Me despertaba con el corazón acelerado y tardaba varios minutos en recordar que el archivo real estaba a salvo y que los números los sabía de memoria.
Le conté eso a Jacobo una vez. Él me escuchó en silencio. Después dijo algo que me pareció extraño, pero que con el tiempo entendí. Eso significa que te importa. El día que dejes de soñar con esto es el día que debes preocuparte, porque significa que ya se volvió demasiado normal. ¿Y a usted le pasa? Le pregunté. Todavía, respondió, después de todos estos años. Todavía.
Eso me dio una tranquilidad inesperada. No la tranquilidad de que todo estuviera bien, sino la de saber que lo que hacíamos no había dejado de pesar, que seguíamos siendo humanos dentro de una operación que podía habernos vuelto fríos si no teníamos cuidado. Hubo también momentos de conflicto entre los miembros de la red, personas que no estaban de acuerdo en cómo manejar ciertos casos, situaciones donde las prioridades chocaban.
Una vez, un contacto que Jacobo respetaba mucho insistió en que debíamos ayudar a alguien cuya situación Jacobo consideraba demasiado expuesta para intervenir sin poner en riesgo a otros. La discusión que tuve que presenciar esa tarde fue de las más tensas que recuerdo. Ninguno de los dos levantó la voz, pero el silencio entre argumento y argumento era denso como concreto.
Al final, Jacobo se dio en parte. Tomaron una decisión intermedia que no dejó a nadie completamente satisfecho, pero que según me enteré después funcionó. Esa capacidad de Jacobo para ceder cuando era necesario, sin interpretarlo como derrota, era algo que no esperé encontrar en él. El hombre público era conocido por su rigidez, por su certeza de siempre tener la razón.
El hombre que yo conocía sabía cuando la razón no alcanzaba y cuando había que construir soluciones con lo que había, no con lo que uno quisiera tener. Hubo una noche que casi lo perdimos todo. No en el sentido dramático de película, en el sentido real, que es más silencioso y más aterrador.
Era un jueves de 1988, año electoral, el más tenso que yo había vivido en el país desde que trabajaba con Jacobo. El ambiente político era una olla a presión. El fraude que todo el mundo sabía que había ocurrido, pero que nadie en los medios oficiales nombraba como tal, estaba creando una energía subterránea que se sentía en los pasillos de Televisa tanto como en las calles.
Jacobo había estado más callado que de costumbre esas semanas. Hacía su trabajo en el noticiero con la misma precisión de siempre, pero yo notaba algo diferente en él. Una tensión contenida que no era nueva, pero que en esas semanas era más intensa. Esa noche de jueves llegaron visitas que no esperábamos. No siguieron el protocolo habitual, llegaron directamente a la recepción principal preguntando por Jacobo sin haber avisado.
El de seguridad de la planta baja me llamó para avisarme. Eran tres hombres, dijo con identificaciones del gobierno. Subí inmediatamente a avisar a Jacobo. Cuando entré a su oficina y le dije en voz baja lo que pasaba, lo vi apretar la mandíbula un segundo, solo un segundo. Luego volvió a ser el mismo. “Diles que suban”, dijo. “Tú quédate en tu escritorio y no entres a menos que yo te llame.
” Los tres hombres llegaron al piso 12. Los recibí con la cortesía profesional que correspondía y los llevé a la oficina de Jacobo. Cerré la puerta y me quedé en mi lugar. Esa espera fue la más larga que recuerdo. 40 minutos en que no escuché nada, porque esta vez sí estaba todo bien cerrado. 40 minutos en que revisé papeles que no leí.
Contesté llamadas que no recuerdo. Miré el reloj más veces de las que podría contar. Cuando los tres hombres salieron, no pasaron por mi escritorio. Jacobo los acompañó directamente al elevador principal. Regresó caminando despacio con las manos en los bolsillos. Pasó frente a mí sin detenerse. Rosa Elvira dijo sin voltear. Cancela todo mañana y llama a los contactos de siempre.
Diles que pausamos una semana. Entendido. Dije. Entró a su oficina y cerró la puerta. No me explicó esa noche lo que había pasado. Pasaron tres días antes de que me dijera algo y lo que me dijo fue escueto. Venían a hacer un inventario. Dijo, querían saber qué tanto sabía yo de ciertas cosas. Les mostré lo que convenía mostrar y se conformaron.
Pregunté por ahora, respondió, pero esto ya cambió. Ya no podemos operar de la misma forma. Los días siguientes fueron de ajuste. Jacobo cambió procedimientos, cambió puntos de contacto, cambió la forma en que yo manejaba ciertos archivos. Todo se volvió más fragmentado, más compartimentado. Ninguna persona sabía ya la historia completa, solo Jacobo y yo.
Fue en esos días cuando me di cuenta de algo que antes no había dimensionado del todo. Jacobo y yo éramos los únicos que lo sabíamos todo y eso nos hacía los dos el punto más vulnerable de la red y al mismo tiempo el más esencial. Si alguno de los dos fallaba, la estructura completa quedaba expuesta. Esa comprensión cambió algo en mi relación con él.
Dejó de ser la relación de jefe y asistente, aunque siguiéramos llamándola así. Se convirtió en algo más parecido a una alianza. El tipo de alianza que no se nombra, pero que se siente en cada conversación, en cada silencio compartido, en cada decisión tomada juntos, sin necesidad de explicar demasiado. La relación con Jacobo Sabludowski era difícil de describir a alguien que no la hubiera vivido desde adentro.
Desde afuera, desde los pasillos de Televisa, yo era su asistente, eficiente, discreta, invisible, cuando debía hacerlo. Nadie hubiera imaginado otra cosa, pero por dentro lo que existía entre nosotros era más complejo y más simple al mismo tiempo. Era la relación de dos personas que comparten un secreto demasiado grande para cargarlos solos, que se necesitan mutuamente, no por afecto, aunque con los años eso también llegó, sino porque la operación que sostienen juntos no funcionaría sin los dos.
Jacobo nunca fue un jefe afectuoso en el sentido convencional. No preguntaba cómo estaba mi familia, no celebraba los cumpleaños, no hacía conversación pequeña, pero había otras formas en que me demostraba que importaba. Una vez uno de mis hermanos tuvo una crisis médica que requirió hospitalización urgente.
Yo llegué al trabajo sin decir nada porque era época de mucho movimiento en el noticiero. Jacobo lo notó antes de que yo dijera una sola palabra. Me llamó a su oficina a media mañana. “Vete”, me dijo. “Lo del trabajo lo resolvemos. Tu hermano te necesita más.” No pregunté como lo sabía.
Con Jacobo era mejor no preguntar cómo sabía las cosas. Otro día, ya varios años después, en un momento particularmente difícil en el que yo estaba sopezando si seguir o no, si el peso de todo lo que sabía era demasiado para continuar, él llegó a mi escritorio con una carpeta, la puso frente a mí y dijo, “Aquí están los registros de los últimos 5 años.
” Mira los números. Abrí la carpeta. Había una lista. Nombres en clave, fechas, resultados, 27 casos en 5 años. 22 con resultados positivos, cinco que no habían salido bien. 22 personas, dijo Jacobo en voz baja. 22 que están vivas y en algún lugar del mundo, porque esto funciona. Cierra la carpeta y dime si todavía vale la pena. Cerré la carpeta.
Me quedé con mi respuesta. Claro que había tensiones. Hubo momentos en que no estuve de acuerdo con sus decisiones. Una vez, en un caso que involucraba una familia entera, Jacobo decidió priorizar al periodista sobre el resto de la familia, porque era quien tenía información sensible y los recursos de la red no alcanzaban para todos.
Me pareció una decisión fría y se lo dije. Él me escuchó. No se enojó, tampoco cambió de decisión, solo dijo, “Entiendo tu argumento y lo tomaré en cuenta para la próxima vez que tengamos más recursos.” Pero hoy con lo que tenemos, esta es la decisión. La familia en cuestión no fue abandonada del todo. Se consiguió algo de apoyo para ellos a través de otra vía.
No fue todo lo que merecían, pero fue algo. Y eso también lo aprendí con los años, que las soluciones perfectas no existen. Solo existen las decisiones que se toman con lo que se tiene en el momento en que se tiene que decidir. Jacobo vivía en esa realidad con una ecuanimidad que yo tardé años en aprender a respetar. Al principio me parecía frialdad.
Después entendí que era la única forma de mantenerse funcional dentro de un sistema que demandaba decisiones imposibles de manera regular. Los años 90 trajeron cambios que nadie en Televisa ni en México hubiera podido predecir del todo. El país estaba moviéndose, aunque lentamente y con violencia.
El Tratado de Libre Comercio de América del Norte, el levantamiento en Chiapas, el asesinato de Colosio, todo en el mismo año. Una sacudida tras otra que dejaba claro que el México que había existido desde los 40 estaba terminando, aunque todavía no supiera exactamente en qué iba a convertirse. Jacobo cubrió todo eso desde el noticiero con la autoridad de siempre, pero yo notaba que el contexto cambiante también afectaba la red.
Algunos de los contactos que habían sido confiables por años empezaban a moverse de lado, a reposicionarse según los nuevos vientos políticos. Había incertidumbre sobre quién seguía siendo de fiar y quién ya no. Hubo una tarde en que Jacobo me convocó a una reunión con dos personas de la red que yo conocía hace años. La atmósfera era diferente, más tensa, más analítica.
El problema, explicó uno de los dos, es que con el clima político actual no sabemos quién va a terminar en qué lado. Gente que antes funcionaba como puente ahora está esperando ver cómo caen las cosas antes de comprometerse. Jacobo escuchó, luego habló. Eso siempre ha sido así, dijo. La diferencia es que antes el tablero era más predecible.
Ahora el tablero está cambiando y no todos los jugadores se han dado cuenta todavía de cuáles son las nuevas reglas. Y nosotros, pregunté, ¿cómo operamos en un tablero que está cambiando? Con más cuidado, respondió Jacobo, y con más paciencia. Hay que esperar a ver quién se define y en qué dirección antes de ampliar la red. Esa decisión de contracción estratégica significó que durante varios meses operamos de manera más reducida, menos casos. más cuidado en cada uno.
Era frustrante porque la demanda no disminuía. Las personas en riesgo no esperaban a que el tablero político se aclarara. Pero Jacobo tenía razón en una cosa. En un momento de transición, el error de confiar en la persona equivocada podía costar todo lo construido. Y lo construido ya valía demasiado para arriesgarlo por impaciencia.
Fue en esa época cuando también empecé a entender como Jacobo pensaba en el largo plazo, no como alguien que planea el futuro con optimismo, sino como alguien que construye estructuras que puedan sobrevivir sin él. Me hablaba cada vez más de la importancia de que yo conociera todos los procedimientos, todos los contactos, todos los códigos.
No lo decía con dramatismo, lo decía como quien habla de mantenimiento, como si preparar mi capacidad para continuar fuera simplemente parte del trabajo de sostener una operación bien construida. Una tarde me preguntó si había pensado en qué haría si él ya no estuviera. No lo planteo como pregunta existencial, lo planteo como pregunta logística.
Le dije que no me gustaba pensar en eso. Él sonrió apenas. Eso significa que tienes que empezar a pensarlo. El momento más peligroso que viví en todos esos años no llegó de noche ni en secreto. Llegó en plena tarde en el edificio de Televisa con gente alrededor. Era un martes ordinario. Yo estaba en mi escritorio organizando la agenda de la semana siguiente cuando un hombre que no conocía se acercó.
Traía credencial de visitante, lo cual significaba que había pasado por recepción, pero algo en su forma de acercarse me puso en alerta desde el primer segundo. Se presentó con un nombre que no recuerdo porque estoy segura de que era falso. Dijo que era investigador de un medio y que quería hablar conmigo sobre mi trabajo como asistente de Jacobo Sabludowski.
Le dije que no hablaba con medio sin autorización de mi jefe y que si quería hacer una entrevista debía pasar por los canales formales. Él asintió. Cortés. Pero antes de irse dejó una tarjeta sobre mi escritorio y dijo algo que todavía recuerdo con precisión. A veces la gente que más sabe es la que menos habla, pero si algún día decide hablar, hágalo con alguien de confianza.
Me quedé mirando la tarjeta. Un momento, la tomé y la guardé en el cajón. Fui directo a la oficina de Jacobo. Le conté lo que había pasado. Le describí al hombre. Le repetí sus palabras exactas. Jacobo escuchó sin interrumpir. Cuando terminé, extendió la mano. Dame la tarjeta. Se la di. La miró unos segundos.
Luego la rompió en pedazos pequeños y los tiró en el cesto. Ese hombre no era periodista, dijo. Era alguien enviado a hacer un sondeo. A ver, ¿qué tan dispuesta estabas a hablar? ¿Quién lo envió? No lo sé con certeza, pero puedo imaginarlo. Lo importante es lo que hiciste tú. Lo manejaste bien. Salí de su oficina más alterada de lo que había entrado, porque esa visita me hizo entender algo que antes solo había entendido en abstracto.
Yo no era solo la asistente de Jacobo Sabludowski, era también un objetivo, alguien que podía ser presionada, manipulada, usada para llegar a información que Jacobo protegía. Esa noche en mi casa pensé en mis hermanos, en lo que pasaría si alguien decidiera presionarme no a través de mí, sino a través de ellos.
Era un pensamiento que había evitado conscientemente durante años y esa noche ya no pude evitarlo. Al día siguiente hablé con Jacobo de eso directamente. Le dije que necesitaba saber si mi familia estaba en riesgo. Él me escuchó con la seriedad que merecía la pregunta. Tu familia no está en riesgo inmediato”, dijo. “Pero tienes razón en preocuparte.
Es algo que debemos considerar.” A la semana siguiente me informó que había tomado algunas medidas discretas. No me explicó cuál es exactamente, solo me dijo que si algo pasaba que me pareciera fuera de lo normal, que lo llamara de inmediato, a cualquier hora. Ese fue el momento en que entendí que la protección que Jacobo extendía a otros también llegaba.
de alguna forma, hasta los que estaban cerca de él. No era un gesto sentimental, era pragmático. Una red solo funciona si las personas que la sostienen están a salvo. Pero también era a su manera una forma de cuidado. Y eso, viniendo de Jacobo Sabludowski, valía lo que valía. Hay una conversación que tuve con Jacobo que no olvidaré mientras viva.
Ocurrió una tarde de lluvia de esas que en la Ciudad de México se instalan y convierten los pasillos en algo parecido a un túnel de tiempo. Yo estaba terminando de organizar unos archivos. Él entró a su propia oficina sin haberme avisado que regresaría tan pronto. Se sentó, me vio trabajando y, en lugar de entrar directo a sus asuntos, se quedó mirando por la ventana un momento.
Luego, sin que yo hubiera dicho nada, empezó a hablar. “Hay algo que nadie te enseña sobre el poder, dijo. Y es que el poder no te hace libre, te hace responsable. Y la responsabilidad, cuando la tomas en serio, es más pesada que cualquier cosa que hayas cargado antes. Lo miré esperando que continuara. Cuando era joven, quería ser el periodista más importante de México.
Lo logré y descubrí que serlo significaba que todas las decisiones que tomara tenían consecuencias que iban más allá de mí, que si me equivocaba las consecuencias también iban más allá. Eso no es libertad, es una forma muy sofisticada de estar atrapado. ¿Y si pudiera volver atrás? Pregunté a qué parte, dijo, “A no ser periodista, no.
A no tener este poder tampoco. A no haberlo usado para lo que lo he usado. Eso sí, tal vez. Porque esto cansa, Rosa Elvira. Cansa de una manera que no se ve desde afuera. Se ve un hombre en televisión leyendo noticias. No se ve al hombre que no duerme pensando en si tomó la decisión correcta. Lo observé en silencio. Tenía más de 60 años en ese momento.
El cabello completamente blanco, las manos sobre el escritorio quietas, con esa quietud que en él siempre era voluntaria. ¿Tiene miedo? Le pregunté. Siempre respondió, pero el miedo ya es parte del paisaje. Ya no me sorprende. Lo que sí me sorprende a veces es la gratitud. Cuando alguien que ayudamos hace años aparece con una vida, con una familia, con un futuro, eso sigue sorprendiéndome.
Y supongo que mientras eso me sorprenda, todavía hay algo en mí que no se ha vuelto completamente frío. Fue la conversación más personal que tuve con él en todos esos años. La única en que lo sentí sin la armadura. No vulnerable exactamente, porque Jacobo nunca era completamente vulnerable, sino honesto de una manera que no requería la armadura.
Esa tarde salí de Televisa caminando bajo la lluvia porque no encontré taxi de inmediato y no me importó mojarme. Necesitaba el aire, el movimiento, el ruido de la ciudad. Necesitaba procesar lo que acababa de escuchar. Pensé en todo lo que habíamos construido juntos durante tantos años, en los nombres en clave y los elevadores de servicio y las llamadas desde casetas telefónicas en las caras de las personas que habían llegado con miedo y salido con algo parecido a esperanza.
Y pensé en Jacobo, en el hombre que aparecía en televisión todos los días diciendo la verdad a medias mientras guardaba otra verdad más peligrosa y más real en los pasillos de Televisa. No era un santo, nunca lo fue, pero era algo igualmente difícil de encontrar. Era alguien que había decidido, con todo lo que implicaba, que su poder le pertenecía algo más que a él mismo.
Los últimos años que trabajé con Jacobo fueron distintos en un sentido que tardé en nombrar. El México que nos rodeaba había cambiado, tanto que a veces me costaba reconocerlo. Habíamos cruzado el año 2000, habíamos vivido la primera alternancia política real. El perre ya no era el monstruo invencible de siempre y sin embargo, los problemas que habían alimentado la red de Jacobo no habían desaparecido, habían cambiado de forma.
Los periodistas amenazados seguían siendo periodistas amenazados, solo que ahora la amenaza no venía siempre del gobierno federal, a veces venía de poderes locales, a veces de grupos que el desmembramiento del viejo sistema había dejado sin control real. El mapa del peligro se había fragmentado y eso, en cierto sentido, lo hacía más difícil de manejar.
Jacobo lo veía con una claridad que a mí me costaba más. El problema nunca fue el régimen específico, me dijo una vez. El problema es la estructura de impunidad. Esa estructura sobrevive a los cambios de gobierno, solo cambia de dueño. La red seguía funcionando, aunque ya con menos intervención directa de Jacobo. Había personas que habían aprendido lo suficiente para manejar casos sin necesitar su participación directa en cada detalle.
Yo misma me había convertido en un nodo más activo, tomando decisiones que antes solo él tomaba. Eso fue algo que me tomó tiempo aceptar, no porque no confiara en mi criterio, sino porque implicaba un nivel de responsabilidad que antes podía compartir y que ahora cargaba de forma más solitaria. Un día llegó un caso que tuve que manejar yo sola porque Jacobo estaba fuera de la ciudad por razones del noticiero.
Era una situación urgente, no había tiempo de esperar. Tomé las decisiones que tomé, activé los contactos que activé y el caso se resolvió de manera razonablemente buena. Cuando Jacobo regresó y le conté, me escuchó en silencio. Al terminar asintió. Bien hecho, dijo. Exactamente lo que hubiera hecho. Esas cuatro palabras me pesaron más que cualquier elogio más elaborado, porque venían de alguien que no las decía por amabilidad.
Los últimos tiempos con él también estuvieron marcados por una preparación que ya no era implícita, sino explícita. Jacobo hablaba abiertamente de que la red necesitaba continuar sin él. Me fue entregando gradualmente documentación que yo debía preservar y eventualmente transferir a las personas correctas.
Me fue presentando en reuniones cuidadosamente orquestadas a personas que no conocía, pero que eran parte de la estructura más amplia. Era la transición más ordenada que alguien como él podía hacer. sin anuncios, sin ceremonias, solo una transferencia silenciosa de conocimiento y responsabilidad que se extendió durante meses.
Una tarde, al salir de Televisa, me alcanzó en el estacionamiento. Era raro que lo hiciera. Normalmente sus salidas eran rodeadas de gente, de asistentes de producción, de gente que quería algo. Esa tarde estaba solo. Caminó a mi lado un momento en silencio. Luego dijo, “Gracias por todo este tiempo, Rosa Elvira. No por el trabajo, por lo otro, no respondí nada.
No hizo falta. Me retiré de Televisa dos años antes de que Jacobo dejara el noticiero. Fue una decisión mía, tomada después de mucho pensarla. Mis hermanos ya eran independientes. Yo había cumplido con lo que había sentido que debía cumplir y el cuerpo empezaba a cobrar facturas por décadas de estrés acumulado.
Mi último día fue en un miércoles sin mayor significado en el calendario. Jacobo no organizó ninguna reunión de despedida, lo cual me pareció completamente coherente con todo lo que habíamos sido. En cambio, al final de la jornada, cuando el piso ya estaba casi vacío, vino a mi escritorio y puso un sobre frente a mí. Lo abrí.
Dentro había una carta escrita a mano, algo que yo nunca le había visto hacer. No era larga, solo dos párrafos. En el primero decía que yo había sido más valiosa para el de lo que cualquier título o reconocimiento podría describir. En el segundo decía que lo que habíamos hecho juntos no tenía nombre oficial, pero que si lo tuviera ese nombre sería dignidad.
Doblé la carta, la guardé en mi bolsa, le di la mano porque era lo que correspondía y porque los dos éramos así. Él la sostuvo un segundo más de lo necesario. Luego me soltó y volvió a su oficina. Salí de Televisa por última vez como empleada. El edificio estaba igual que siempre, el mismo olor a café y a cables y a ambición mezclados, las mismas luces, los mismos pasillos, pero yo era distinta.
O tal vez lo mismo, solo que sin la cobertura del trabajo que me había dado estructura durante 23 años. Los meses siguientes fueron de adaptación. Me costó más de lo que esperaba encontrar un ritmo sin la urgencia constante que había definido mis días. Llamaba a mis hermanos más seguido. Salía a caminar. Leía. Trataba de aprender a estar quieta, que es una habilidad que alguien como yo tiene que aprender desde cero.
Seguí en contacto con algunos de los miembros de la red, aunque de manera más periférica, no como nodo activo, sino como memoria. alguien a quien consultar cuando se necesitaba entender cómo había funcionado algo en el pasado para replicarlo o evitarlo en el presente. Jacobo me llamaba de vez en cuando.
Conversaciones breves, prácticas, a veces para preguntarme algo específico sobre algún contacto o procedimiento, a veces solo para hablar un rato, aunque ninguno de los dos lo llamaría de esa forma. Una vez me preguntó si extrañaba el trabajo. Le dije que extrañaba el sentido, que el trabajo en sí podía reemplazarse, pero que la sensación de estar haciendo algo que importaba más allá de lo cotidiano era difícil de encontrar en otra parte.
Él estuvo en silencio un momento, luego dijo, “Sigue importando. Aunque ya no estés en el centro, lo que hiciste sigue importando. Las estructuras que ayudaste a construir siguen en pie. Eso no desaparece. Le creí o quise creerle. A veces las dos cosas son lo mismo. Jacobo Sabludowski murió en julio de 2015.
Tenía 83 años. Los periódicos y los noticieros hablaron de su legado durante días, de su influencia en la televisión mexicana, de las décadas que había estado en el aire, de los presidentes que había entrevistado, de las coberturas históricas que había conducido. Nadie habló de lo otro. Yo lo sabía desde antes de que él muriera.
Lo sabía porque los últimos años de su vida, cuando ya no estaba en el noticiero y el ritmo de su vida se había vuelto más tranquilo, hablamos de eso en alguna conversación, de lo que pasaría cuando ya no estuviera, de si algún día alguien contaría esa parte de la historia. Él no era ambivalente al respecto.
“Lo que hicimos no necesita ser contado para haber servido”, me dijo una vez. Lo que hicimos sirvió en el momento en que sirvió. El reconocimiento no forma parte del trato, pero yo soy distinta a él en eso. Siempre lo fui. Jacobo podía vivir con el silencio indefinido porque el silencio era parte de su naturaleza.
Para mí, guardar algo durante décadas tiene un peso que con los años se vuelve más difícil, no más fácil. Fui a su funeral. Había mucha gente, colegas, funcionarios, artistas, periodistas de todas las generaciones. Era la despedida pública del hombre público, correcta, solemne, televisada en partes. Yo me quedé en un rincón. No fui a dar el pésame formal ni a ponerme en el centro de nada.
Solo estuve ahí, como había estado en Televisa durante 23 años, presente sin ser el centro, sabiendo cosas que nadie más sabía, cargando una historia que no era solo mía. En algún momento de esa tarde, mientras la gente se movía alrededor y las conversaciones llenaban el espacio, una mujer que no conocía se me acercó. Era mayor de unos 70 años, bien vestida, con una expresión que reconocí de inmediato, aunque no hubiera visto esa cara antes.
Era la expresión de alguien que también sabe cosas que también ha guardado. Me miró un segundo, asintió levemente. Yo asentí de vuelta. Fue todo. No hubo palabras. No las necesitamos. Esa noche, de regreso a casa, abrí el cajón donde guardaba la carta que Jacobo me había dado el día que me fui de Televisa.
La leí de nuevo, la misma que había leído cientos de veces desde entonces. La misma letra firme, los mismos dos párrafos, la misma última palabra, dignidad. Pensé en todo lo que esa palabra contenía, en los nombres que no puedo decir, en las caras que guardo en la memoria, en las noches sin dormir y las llamadas desde casetas y los elevadores de servicio y las reuniones que no existieron, en todo lo que hicimos que no salió bien y en todo lo que sí.
Y pensé que Jacobo tenía razón en algo que me había dicho muchos años antes. El precio del poder real no se paga en público, se paga en privado, en silencio, en las decisiones que nadie ve, pero que definen lo que uno es realmente. Él pagó ese precio hasta el final y yo lo acompañé en gran parte del camino. Hoy tengo 74 años. Vivo en el mismo departamento donde he vivido los últimos 20. Mis hermanos están bien.
Tengo sobrinos que no saben exactamente a que me dediqué durante más de dos décadas, pero que saben que trabajé con Jacobo Sabludowski y eso para ellos es suficiente historia. Decidí contar todo esto ahora por varias razones. La primera es que la mayoría de las personas que podrían verse afectadas por lo que cuento, ya no están o ya no pueden ser alcanzadas por el daño que esta historia podría haberles causado antes.
La segunda es que la red que Jacobo construyó ya no opera de la misma manera y las personas que continúan ese trabajo lo hacen con estructuras distintas, con nombres distintos, con protecciones distintas. La tercera y la más personal es que llevo años sintiéndome guardiana de algo que merece ser contado. No cuento esto para hacer de Jacobo Sabludowski un héroe.
Los héroes son personajes de historias simples y Jacobo era profundamente complejo. Era capaz de una frialdad que podía helar. Era capaz de decisiones que no siempre compartí. Era capaz de ejercer su poder en el noticiero de maneras que muchos criticaron con razón y con las que yo misma tuve conflictos internos.
Pero también era capaz de lo que les he contado. Y esa capacidad en un país y en una época donde la mayoría de las personas con su poder elegían usarlo solo para protegerse a sí mismas, no es un detalle menor. Es, creo yo, la parte más importante de quién fue. He pensado mucho en por qué lo hacía. Me lo preguntó él mismo una vez en una de esas conversaciones nocturnas que tenía conmigo mismo en voz alta, como si yo fuera el espejo que necesitaba para pensar, ¿por qué lo hago? se preguntó y respondió antes de que yo pudiera decir nada, porque el silencio también es una
decisión. Y yo decidí hace mucho que no iba a vivir eligiendo el silencio cuando podía hacer algo distinto. Eso es lo que quiero que se recuerde de él. No la versión del hombre inflexible que muchos conocieron. No la del periodista que defendió al régimen en momentos en que debió cuestionarlo.
Tampoco la del conductor omnipotente que decidía quién existía y quién no en la televisión. mexicana. Quiero que se recuerde al hombre que recibía en secreto a periodistas amenazados, al que hacía llamadas a medianoche para proteger a familias que nunca sabrían su nombre, al que asumió un riesgo real, sostenido durante décadas, sin buscar reconocimiento ni gratitud, al que me enseñó, con su ejemplo y sin proponérselo, que el verdadero uso del poder no se anuncia, se ejerce en silencio, con consecuencias reales, en la dirección correcta. La carpeta que me
dio antes de que me retirara, la que tenía los contactos y los procedimientos, la entregué hace algunos años a las personas que la había indicado. Ya no está en mis manos. Cumplí con esa parte del encargo. Lo que sí sigue en mis manos es la memoria, los nombres que no voy a decir, las caras que no voy a describir, las historias que protejo porque prometí protegerlas.
Eso se va conmigo, pero la forma de lo que hicimos, el hecho de que lo hicimos, eso ya puede salir. Si alguien me pregunta si valió la pena, mi respuesta es la misma que he tenido desde el primer caso. Desde aquella noche en que tres hombres con caras de miedo llegaron a Televisa y salieron con algo parecido a Esperanza. Valió, costó, pero valió.
Y Jacobo Sabludowski, con todos sus defectos y todas sus contradicciones, fue el hombre que lo hizo posible. El hombre que entendió que el micrófono más poderoso de México podía usarse no solo para hablar, sino para proteger a quienes no tenían voz. Eso no lo olvido. Y hoy al contarlo, espero que ustedes tampoco lo olviden.