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Esta mujer revela lo que nadie sabía de Jacobo Zabludovsky

No había tiempo para elegir con lujo. Había que trabajar. Una amiga que trabajaba en producción me dijo que buscaban asistente para el área de noticias. No me dijo exactamente para quién. Me enteré cuando me citaron en el piso 12 del edificio de Televisa en Chapultepec y vi su nombre en la puerta de la oficina.

Jacobo Sabludowski, director de noticieros. Sentí que el estómago se me caía. Conocía su reputación. Todo mundo la conocía. Exigente hasta el límite, implacable con los errores, con un ego del tamaño del país. Había asistentes que duraban semanas antes de renunciar llorando. Me dije a mí misma que yo no iba a ser una de esas.

La entrevista duró 8 minutos. Entré, me senté, respondí lo que me preguntaron. Él no levantó la vista de sus papeles en los primeros 4 minutos. Cuando finalmente me miró, lo hizo con esa expresión evaluadora que aprendería a conocer bien con el tiempo, no como la de alguien que está conociendo a una persona, sino como la de alguien que está calibrando una herramienta.

“Sabe guardar silencio”, me preguntó, no en el sentido de no hablar, sino en el sentido real. “¿Sabe estar presente sin existir?” No entendí exactamente qué quería decir, pero respondí que sí. Él volvió a sus papeles. Empieza el lunes, dijo. Y eso fue todo. El lunes llegué media hora antes. Eso también lo aprendería pronto. Con Sabludowski la puntualidad no era llegar a tiempo, era llegar antes.

Llegar a tiempo ya era llegar tarde. Esa mañana, mientras acomodaba papeles en mi escritorio, un técnico de sonido mayor se me acercó sin que nadie lo viera. me dijo en voz baja. Aquí hay dos reglas que nadie te va a explicar oficialmente. La primera, nunca entres a su oficina sin tocar, aunque la puerta esté abierta.

La segunda, y esta es la más importante, lo que pase dentro de esas paredes se queda dentro de esas paredes. Le pregunté qué quería decir. Me miró con lástima y advertencia. Ya vas a entender”, dijo. Y se fue. Tardé menos de un mes en entender. Los primeros meses con Jacobo Sabludowski fueron exactamente lo que cualquiera hubiera esperado.

Intensos, exigentes, agotadores. El noticiero se emitía dos veces al día y el ritmo era brutal. Yo coordinaba llamadas, organizaba agendas, filtraba visitas, administraba documentos que a veces ni entendía del todo. Aprendí rápido que en ese mundo no había espacio para preguntas tontas ni para errores repetidos. Jacobo era exigente de una forma particular.

No gritaba, al menos no conmigo, pero tenía una manera de mirarte cuando algo no estaba bien que hacía que prefirieras el grito. Era una mirada de decepción calculada, como si ya hubiera esperado poco de ti y hubieras confirmado sus expectativas. Aprendí a anticiparme, a tener todo listo antes de que lo pidiera, a ser invisible cuando no me necesitaba y estar presente cuando sí.

Lo que nadie me había advertido era lo otro, la parte que no estaba en ninguna descripción de puesto. Fue un martes de octubre, como a los 4 meses de haber empezado. Jacobo me llamó a su oficina a las 8 de la noche, cuando el edificio ya estaba casi vacío. Me pidió que cerrara la puerta.

Me senté frente a su escritorio con mi libreta lista para anotar instrucciones sobre el noticiero del día siguiente. Pero no habló del noticiero. Rosa Elvira comenzó. Voy a pedirte algo que no está en tus funciones, algo que requiere discreción absoluta. No el tipo de discreción que uno practica en una oficina. El otro tipo, el que no tiene excepciones.

Lo miré sin decir nada. Él continuó. Esta noche van a venir unas personas a verme. No quiero que quede registro de su visita. No en la bitácora de entrada, no en ningún lado. Tú vas a recibirlos en la planta baja, los vas a traer por el elevador de servicio y los vas a dejar en la sala de juntas pequeña.

Después te quedas en tu escritorio hasta que yo te diga. ¿Puedo preguntar quiénes son? Dije con cuidado. Periodistas, respondió. De provincia con problemas serios. No dijo más. No necesitó decir más. En 1979, en plena era del PR todopoderoso, la frase “Periodistas con problemas serios no requería explicación”.

Todos sabíamos lo que significaba. Significaba amenazas, significaba presión del gobierno, significaba que alguien había publicado algo que no debía o que alguien creía que iba a publicarlo y que las consecuencias podían ir mucho más allá de perder el trabajo. Esa noche llegaron tres hombres. Dos de ellos traían el aspecto desgastado de quien lleva días sin dormir bien.

El tercero era más joven, casi un muchacho, con una carpeta apretada contra el pecho como si fuera lo único que le quedaba. Los recibí en la planta baja sin hablar más de lo necesario. Los subí por el elevador de servicio, los dejé en la sala de juntas pequeña y regresé a mi escritorio. Jacobo entró a esa sala y cerró la puerta.

Estuvieron adentro casi dos horas. Yo me quedé en mi lugar fingiendo revisar documentos, pero con todos los sentidos alerta. No escuché nada concreto, solo murmullos, alguna voz que se alzaba un momento y luego se controlaba. Cuando salieron, los tres hombres tenían una expresión diferente a la que traían al llegar.

No exactamente alivio, algo más parecido a una esperanza frágil del tipo que no terminas de creer porque la vida te ha enseñado que no dura. Jacobo los acompañó hasta el elevador. Cuando regresó, pasó frente a mi escritorio sin detenerse, pero antes de entrar a su oficina se volteó. “Gracias, Rosa Elvira”, dijo.

Lo de esta noche no existió. Entendido. Respondí. Él asintió y cerró la puerta. Me quedé sola en el pasillo pensando en lo que acababa de pasar, pensando en esos tres hombres, en lo que traían en la carpeta, en lo que significaba que el periodista más poderoso de México los recibiera en secreto a las 8 de la noche. Y pensando sobre todo en qué tipo de trabajo era realmente el que yo acababa de aceptar.

Después de aquella noche, todo volvió a la normalidad con una velocidad que me desconcertó. El noticiero, los ensayos, las llamadas, la agenda apretada de Jacobo. Nada en su comportamiento sugería que la noche anterior había recibido a tres hombres en secreto. Era el mismo de siempre, preciso, distante, implacable con los detalles.

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