Me llamo Julián, aunque toda la vida me han llamado Julianillo. Hasta ahora con 78 años cumplido el pasado febrero, que ya uno pensaría que se merece el nombre entero. Nací en un pueblo de la sierra de Cádiz, en la provincia en el 47, cuando todavía se pasaba hambre de verdad, de la que te hace acordarte toda la vida de del sabor del pan duro mojado en aceite, si es que había aceite.
Mi padre era hornalero de los que iban al tajo con una talega y una bota y mi madre cosía para fuera, cosía para medio pueblo. Y entre los dos sacaron adelante a cinco, que éramos cinco hermanos, tres varones y dos hembras y de los cinco ya solo quedamos dos. Mi hermana Carmen, que vive en Barcelona de desde el 60 y tanto, y yo aquí sentado en esta silla de Enea, que era de mi suegra en el patio de la misma casa donde mi mujer y yo vinimos a vivir en el 69, recién casados.
Conocí a Mari Carmen en el año 67 en la fiesta del pueblo. Ella era de Benaucá, un pueblo más chico todavía que el mío, y había venido con unas primas a la fiesta. Yo la vi en el baile de la plaza, porque entonces se bailaba en la plaza con una orquesta que venía de Jerej o de por allí y ella llevaba un vestido azul claro con florecitas. blanca y el pelo recogido con una peineta y unos zapatos blancos de tacón bajo. Me acuerdo como si fuera ayer.
Fíjate tú. Me acuerdo mejor de aquel vestido que de lo que cené anoche, que ya ni me acuerdo si cené cosas de la edad, supongo, cosas del corazón, que el corazón guarda lo que le da la gana y te borra lo demás. Me acerqué a pedirle un baile y le temblaba la mano cuando me la dio y a mí me temblaba también, pero disimulaba porque entonces un hombre no podía temblar delante de una mujer.
Eso era de poco hombre o eso nos hacían creer. Bailamos un paso doble, bailamos un bolero y cuando la orquesta paró ella, me dijo gracias y se fue con sus primas. No me dijo su nombre, no me dijo de dónde era, no me dijo nada. Y yo me quedé allí en medio de la plaza como un pasmarote viéndola irse y pensando que esa mujer iba a ser mía o yo no iba a ser nadie.
Tardé 3 meses en encontrarla, 3 meses preguntando de pueblo en pueblo porque entonces no había teléfono en las casas, ni mucho menos estas cosas de ahora que con un botón encuentra a cualquiera. Tenía que ir en mi bicicleta que era de mi hermano mayor y me la dejaba los domingos. recorrer eh los pueblos de la sierra preguntando por una muchacha morena de ojos claros, que había estado en la fiesta de mi pueblo hasta que un domingo en Benaucá, una vieja en la fuente me dijo que esa debía ser la Mar Carmen del Frasquito, que era hija de
frasquito el herrero. Y allí fui y llamé a la puerta y y me abrió ella y se puso colorada hasta las orejas. Y yo también. Y su padre salió detrás preguntando quién era y qué quería. Y yo dije que quería cortejar a su hija con intención seria, que para eso había venido. Y el hombre me miró de arriba a abajo y me dijo, “Pasa muchacho, pasa y tómate un vaso de vino.
” Y así empezó todo. Nos casamos el 10 de mayo de del 69 en la iglesia de Benaucá un sábado, porque los sábados se casaba la gente, entonces no como ahora que os casáis cualquier día. Yo tenía 21 años recién cumplidos y ella tenía 19 dos críos. Éramos dos críos, aunque creíamos saberlo todo. Llevábamos puesto lo mejor que teníamos.
Ella un vestido blanco que le hizo mi madre, porque mi madre para coser era un artista y yo un traje prestado de del hermano de Maric Carmen que me quedaba un poco grande de hombro, pero bueno, para un día pasaba la boda fue en casa de sus padres con vino de la tierra, con unas tapitas, con un arroz que hizo una tía suya y con la gente del pueblo entrando y saliendo a felicitar No, no hubo viaje de novio ni nada de eso.
Al día siguiente nos vinimos a esta casa que era de un tío mío que se había muerto sin descendencia y me la dejó a mí. Y aquí empezamos nuestra vida. Yo trabajaba en en la construcción, había prendido el oficio con un tío segundo en Jésamos entré una cuadrilla que iba a obras por toda la provincia y a veces más lejos, a veces me tiraba semana fuera de casa.
Íbamos a Málaga, a la Costa del Sol, que en aquellos años estaban construyendo como loco todos hoteles y apartamentos para los giris. Fuen Girola, eh Torremolino, Marbella, eh los pueblos aquellos en los 70 eran una locura de obra, de grúa, de hormigón. Se ganaba bien para lo que se ganaba entonces se ganaba bien, pero había que estar allí y había que estar mucho.
Yo salía los domingos por la tarde en el autobús y no volvía hasta el sábado siguiente por la noche. Y a veces ni el sábado, a veces el domingo por la mañana, porque el jefe decía que había que rematar tal cosa o que había que empezar tal otra, ¿eh? Y uno no podía decir que no, porque si decías que no había 50 detrás esperando tu puesto, Maric Carmen se quedaba aquí sola.
Bueno, sola del todo, ¿no? Porque mi madre vivía dos calles y su madre venía de cuando en cuando, desde Benaauca en el coche de línea, pero sola en la casa, sola en la cama, sola para todo lo demás. Y yo no lo pensaba. Fíjate tú lo tonto que era, que yo no lo pensaba. Yo pensaba que estaba cumpliendo, que estaba trayendo el jornal a casa, que estaba haciendo lo que hace un hombre, eh levantar una familia, eh pagar las cosas, ahorrar para comprar la nevera, para comprar el televisor, para arreglar el tejado que se llovía por el cuarto de
atrás. Eso pensaba yo que era ser un buen marido, traer dinero y y nada más. Qué bobo era, qué bobo. Si pudiera darme con un palo en la cabeza al julianillo de 25 años, me daría hasta que me hiciera sangre. Pero ya es tarde. Claro, ya es tarde para todo. En el 72, en marzo del 72 nació nuestro hijo. Le pusimos Manuel por mi padre que había muerto el año antes de de un golpe malo en el tajo.
Se cayó de un andamio y ya no levantó cabeza. estuvo tres meses en cama y se fue. Manolito nació una madrugada de marzo a las 5 y algo y yo estaba en Marbella en una obra y me avisaron por el teléfono de la pensión donde dormíamos los obreros que llamó la comadrona. Cogí el primer autobús y llegué al mediodía. Cuando entré en el cuarto, Maric Carmen estaba en la cama con el niño en brazo y yo me quedé en la puerta.
sin saber qué hacer, porque de pronto tenía un hijo y no sabía qué se hacía con un hijo. Ella me miró y me sonrió con esa sonrisa suya, que tenía una sonrisa que te derretía por dentro y me dijo, “Ven, acércate, que tu hijo quiere conocerte.” Y yo me acerqué y me senté en el borde de la cama y cogí al niño y le miré la cara y le conté los dedos de las manos y los dedos de los pies, porque eso se hacía.
Entonces se le contaban los dedos para asegurarse de que estaban todos y estaban todos y y le dije, “Hola, Manolito, soy tu padre.” Y el chiquillo abrió los ojos un momento y volvió a cerrarlo. Me quedé tres días en casa, tres días. Y al cuarto ya estaba otra vez en en el autobús para Marbella, porque el encargado había dicho que o volvía o buscaba otro trabajo y con un hijo recién nacido no se podía uno quedar sin jornal.
Y así fueron los primeros años de Manolito con el padre viéndolo los fines de semana y a veces ni eso. Mari Carmen lo crió prácticamente sola, le daba el pecho, lo cambiaba, lo paseaba, lo llevaba al médico a Ubrique cuando tenía fiebre, lo dormía de noche cuando lloraba, todo. Ella yo llegaba los sábados por la noche reventado con las manos llenas de callo y de cemento.
Me metía en la cama y hasta el domingo por la tarde que me tenía que ir otra vez y en ese rato ni jugaba con el chiquillo ni ni le contaba un cuento ni nada. Dormía, dormía y comía y me iba. Eso era yo para mi hijo los primeros años. un hombre que aparecía los fines de semana y se dormía en el sofá. Maric Carmen no se quejaba nunca.
Esa es otra de las cosas que me duele ahora, que no se quejara, porque si se hubiera quejado, a lo mejor yo habría espabilado antes, pero ella era de esas mujeres de antes, de la que no se quejaban, de la que aguantaban todo en silencio, porque así la habían criado, porque así era la vida, porque que qué se le iba a hacer.
Cuando yo llegaba los sábados, ella tenía la casa reluciente, la cena puesta, al niño bañado y vestido con ropa limpia y ella con un vestido bueno, peinada, con un poquito de colorete e en los labios y me recibía con una sonrisa y me preguntaba por la semana y me servía el plato y me escuchaba y yo le contaba cuatro cosas de la obra y me callaba porque estaba cansado porque tenía sueño, porque no tenía ganas de hablar y ella se callaba también y recogía la mesa y se iba a acostarse y yo me quedaba viendo la tele
un rato y luego me metía en la cama y muchas veces ella ya estaba dormida o se hacía la dormida, que es peor. Así fueron los años 70, 73, 74, el 75. Franco se murió y yo eh estaba en una obra en Algecira. Me enteré por la radio del encargado. La transición, los primeros años de democracia, toda aquella época que ahora se cuenta como si fuera una cosa gloriosa, yo la pasé en andamios, subido a un andamio de sol a sol, sin enterarme de casi nada.
Maric Carmen me contaba las cosas cuando yo venía los fines de semana. Me decía, “Julián, ha legalizado el Partido Comunista o Julián, ha habido elecciones o Julián, el cura del pueblo se ha ido. Dicen que se ha casado con una derronda y yo decía, “Ah, [carraspeo] mira tú qué cosa.” Y seguía comiendo.
En el 76, en el verano del 76, pasó una cosa que ahora entiendo. Ahora con los años, ahora que lo sé todo, ahora la entiendo. Entonces no la entendí. Pasó que yo tuve un accidente tonto en la obra de Marbella. Me caí de un andamio bajito. No me hice nada grave, pero me rompí la muñeca derecha y me mandaron a casa dos meses con el brazo escayolado, dos meses en el pueblo con Maric Carmen y con Manolito, que entonces tenía 4 años y aquellos dos meses fueron los mejores de mi vida.
Te lo digo con el corazón en la mano, los mejores, porque de pronto yo estaba en casa, de pronto yo veía a mi mujer todos los días, de pronto yo jugaba con mi hijo en el patio, de pronto yo era un marido y un padre como debe ser y no un fantasma que aparece los domingos. Maric Carmen florecía como una planta que lleva tiempo sin agua y de pronto le cae una lluvia buena.
se reía, cantaba mientras fregaba, me cogía de la mano en la calle, me besaba por las mañanas y hacíamos el amor, fíjate tú, hacíamos el amor como cuando éramos novios, con gana, con hambre el uno del otro. Y Manolito, el pobre Manolito, no se me despegaba, me seguía por toda la casa, me pedía que lo llevara al campo, me pedía que le contara cuento, me pedía de todo y yo se lo daba y pensaba, cuando esto se acabe y cuando se me cure la muñeca, voy a cambiar las cosas.
Eh, voy a buscar un trabajo aquí en el pueblo, voy a hablar con el encargado, voy a hacer algo para eh estar más en casa, pero no hice nada. Se me curó la muñeca, me volví a Marbella y todo volvió a ser como antes. la semana fuera, el fin de semana reventado, el dormir, el comer y el irse y Mar Carmen volvió a pagarse lentamente, sin drama, sin quejas, se apagó y yo no me di cuenta o me di cuenta y no quise mirar, que es lo mismo, pero peor.
El 77 y el 78 son los años que más me duelen ahora cuando lo repaso, porque fueron los años en los que yo perdí a Mari Carmen sin saber que la estaba perdiendo. Se fue alejando despacito, despacito, como se aleja un barco en el horizonte que tú lo estás mirando y lo estás mirando y te parece que sigue ahí y de pronto ya no está así.
Se fue alejando ella. Los fines de semana ya no se ponía guapa para recibirme, me recibía igual, con educación, con cariño incluso, pero sin aquella ilusión. Me servía la cena, me preguntaba por la semana, pero con una voz plana, sin música y se acostaba antes que yo, siempre antes que yo. Y cuando yo me metía en la cama, ella ya estaba de espalda echa una bolita respirando hondo.
Y yo pensaba, pobrecita, estará cansada del niño. Y me dormía. Qué tonto, qué tonto era. En el 78, en la primavera del 78 vino a trabajar al pueblo un hombre. Lo recuerdo porque fue sonado, porque el pueblo era pequeño y cuando venía alguien de fuera todo el mundo lo sabía. Era un maestro nuevo de la escuela, venía de Sevilla, se llamaba Rafael, de apellido, no me acuerdo ahora o mejor no digo para qué.
tenía tre y tantos años, era soltero, era un hombre leído, sabía de libro, sabía de música, tocaba la guitarra, se alquiló un piso en la plaza encima del casino y daba clase en la escuela a los niños del pueblo. Manolito tenía 6 años y empezó con él ese curso, la primera clase de primaria. Yo lo conocí en alguna fiesta del pueblo, en algún cumpleaños del niño, en alguna reunión de padre a las que yo iba muy de tarde en tarde.
Me pareció un hombre simpático, educado, con esa forma de hablar de los de capital, midiendo las palabras sin gritar. No me pareció mal tipo, ni mucho menos. Fíjate tú qué tonto era, que ni siquiera me pareció mal tipo. El maestro se fue del pueblo en el verano del 79, lo trasladaron a otro destino o se pidió el traslado.
Eso nunca lo supe y la verdad es que ahora da igual. Se fue y Maric Carmen lloró durante semana sin decirme por qué lloraba. Yo le preguntaba, “¿Qué te pasa, mujer que tienes tan mala? Te llevamos al médico”. Y ella decía, “No es nada, Julián. son los nervios, son cosas mías y se metía en la cocina a llorar sola. Yo pensaba que igual era algo de la regla o algo de la cabeza o yo qué sé.
Pensaba cualquier cosa menos lo que era, porque uno no piensa esas cosas de su mujer, uno confía. Pasó el tiempo, Maric Carmen se recuperó despacio, volvió a ser la mujer normal, la mujer gris que había sido los años anteriores, tranquila, cumplidora, buena madre, buena esposa. Manolito fue creciendo, se hizo un chiquillo listo, espabilado, que sacaba buenas notas en la escuela, que le gustaba leer, cosa que eh en nuestra familia no era muy común, pero a él le gustaba, le regalaba libro por los cumpleaños y y él se lo leía, le
gustaba la música también y con 12 o 13 años le compramos una guitarra de segunda mano a un primo mío y él aprendió solo. mirando libro, preguntando a otros chavales. Yo lo miraba y pensaba, ¿a quién habrá salido este chiquillo? Porque ni mi padre, ni mi abuelo, ni ninguno de los míos ha tocado un instrumento en su vida.
Debe ser por parte de su madre, pensaba, pero tampoco por parte de su madre, que yo supiera, en fin, cosas pensaba. Los hijos salen como salen y seguimos viviendo. Yo seguí en la construcción hasta el 2000, que me jubilé a los 53 por una invalidez de la espalda, que me quedé hecho polvo de tantos años de cargar saco de cemento.
Maric Carmen se quedó en casa como siempre. Manolito se fue a estudiar a Sevilla en el 90. Filogía hispánica estudió, se hizo profesor de instituto, se casó con una muchacha de Utrera, tuvieron dos hijos, los nietos nuestros, mis nietos Pablo y y Lucía, que ahora tienen 24 y 21, dos tesoros los dos, a los que quiero con locura y que no tienen culpa de nada, Maric Carmen y yo envejecimos juntos.
Y aquí viene lo que me cuesta contar, porque la gente piensa que si uno descubre lo que yo descubrí es porque el matrimonio era malo, porque no había amor, porque había algo podrido y no. En los años 80 y en los años 90 y en los años 2000, Maric Carmen y yo nos quisimos bien. Nos quisimos como se quiere la gente después de muchos años, sin aquella pasión del principio, pero con algo más hondo, con una compañía, con un conocerse, con un saber que necesita el otro sí que te lo pida.
cuando me dieron la invalidez en el 2000 y me quedé en casa. Por fin, a los 53 años por fin estuve en casa. Por fin fui el marido que debí ser siempre. Por fin pude mirarla, por fin pude escucharla, por fin pude cogerle la mano en el sofá viendo la tele y ella, la pobre mía, me dejó.
me dejó como si fuera la primera vez, como si no hubiera pasado nada, como si los años no hubieran pasado. Se apoyó en mí y nos quisimos los últimos 19 años de verdad con una ternura que no sé explicar. Ella era una mujer maravillosa. Eh, lo digo ahora sabiendo todo lo que sé. una mujer maravillosa, paciente, noble, trabajadora, cariñosa, eh leal, eh a su manera, eh que era una manera eh imperfecta, pero profundamente humana.
Nunca me faltó al respeto, nunca me dijo una palabra más alta que otra, nunca me echó en cara mis años de de ausencia, que los podía haber echado en cara todos los días si hubiera querido. Murió en noviembre del 19, 6 años ya, fíjate tú, 6 años que se cumplen en noviembre. Le pillaron un cáncer en el pecho que ya estaba muy extendido cuando se lo encontraron porque ya era de las mujeres que no iban al médico, de las que aguantaban, de las que no daban guerra.
Cuando fue al médico ya era tarde, le dieron 6 meses y le duraron ocho 8 meses horribles de quimio, de pelo que se cae, de vómito, de hospital de jerea arriba y abajo. Y ella hasta el último día entera, nunca la oí una queja, nunca. Me pedía perdón por la molestia. Me decía Julián, “Siento darte esta guerra, siento todo esto.
” Y yo le decía, “Calla, mujer, calla. Que guerra ni que guerra, si no estoy haciendo más que lo que tendría que haber hecho toda la vida.” Y ella me cogía la mano con aquella mano suya ya flaquita y me la apretaba y me decía, “Gracias por todo, Julián, gracias por todo.” Y se murió una noche de noviembre a las 3 de la madrugada con Manolito y conmigo a cada lado de la cama cogiéndole las manos.
Se murió tranquila, dormida, no sufrió al final. Eso fue lo único bueno. Manolito se quedó tres semanas conmigo después del entierro y luego se volvió a Sevilla con su familia que tenía que trabajar. Y yo me quedé solo en esta casa, solo por primera vez en mi vida. Eh, fíjate, porque antes de casarme vivía con mis padres y desde los 21 había vivido con Marí Carmen, solo por primera vez a los 72 años y y fue duro, muy duro.
Los primeros meses me levantaba y y no sabía qué hacer. ponía la mesa para dos y me tenía que acordar de que era para uno. Me dormía con la tele encendida porque el silencio me daba miedo. Pasé así casi un año en aquella especie de niebla. Y en el en el verano del 20, cuando ya estaba un poco mejor, me decidí a ordenar sus cosas.
Lo había ido dejando todo por la casa igual que ella lo dejó. su vestido en el armario, su su crema en el baño, su bata colgada detrás de la puerta, como si ella se hubiera ido a dar un paseo y fuera a volver. Hasta que un día pensé, Julián, esto no puede seguir así, hay que ordenar, hay que hay que limpiar, hay que seguir adelante, ¿no? Y me puse manos a la obra, empecé por el armario, eh su vestido, su falda, sus camisas, fui doblando cosas, haciendo montones, eh guardando cosas en caja para dar a la parroquia.
Estuve varios días en esa tarea porque me costaba, porque cada prenda me hacía acordarme de algo y me tenía que sentar y me tenía que secar los ojos hasta que llegué a al fondo de el armario, a al cajón de abajo del todo, el que ella usaba para guardar la cosa vieja, la cosa suya que ya no se ponía pero que no quería tirar.
Abrí el cajón y empecé a sacar. Había cosas de cuando Manolito era chico, eh ropita suya, el primer babero, eh el primer par de zapatitos, había fotos sueltas, fotos antiguas de los padres de ella, de los padres míos, de gente que ya no vive. Había un rosario que le regaló su abuela el día de la comunión había un abanico roto, había cosas así, cosas de de una vida.
cosas que uno guarda sin saber por qué. Y en el fondo, debajo de todo, había una caja de galletas de de ojalata de esas redondas azules con flores pintadas, una caja de cuetar creo recordar o de o de fontanera, no me acuerdo bien. Una caja de de galletas vacía pero pesada. La saqué, la abrí y dentro había un fajo de cartas atadas con una cinta de seda azul.
Me quedé mirándolas sin saber qué eran. Pensé que serían cartas mías de cuando éramos novios, que yo le escribí alguna carta desde Jerez cuando estaba de aprendiz. Pensé que las había guardado la pobre, todo estos daño y me enternecí. Saqué la primera carta con mucho cuidado porque el papel estaba amarillo y la desdoblé. No era mi letra, era una letra que yo no conocía, una letra fina de hombre leído con las T cruzadas muy largas y las L con un bucle bonito.
Una letra de maestro, me di cuenta después. Una letra de quien escribe mucho. Eh, leí la primera línea, decía Maric Carmen de mi alma. Y luego una fecha 15 de mayo de 1978. Me tuve que sentar en la cama, me faltó el aire, dejé la carta sobre la colcha y me estuve un rato mirando la pared sin ver nada, con el corazón dándome golpe en el pecho, como cuando tienes 20 años y va a hacer algo que no debería.
Tardé una hora en otra vez la carta, una hora sentado en la cama con el cajón abierto, con la caja de galletas en el suelo, con las cartas sobre la colcha. una hora en la que por mi cabeza pasaron muchas cosas. Pensé en tirarla a la basura sin leerla. Pensé en quemarla en el patio. Pensé en cerrar la caja y devolverla al cajón y hacer como que no había visto nada y seguir viviendo y morirme en paz.
Pensé en todo eso, pero al final las leí. Las leí todas una por una. Las 17 cartas que había me llevó toda la tarde. Me llevó a llorar toda la tarde porque eran cartas de amor. Cartas de amor de verdad, de las que duelen. Cartas de aquel maestro. Rafael se llamaba. Claro que se llamaba Rafael, a Maric Carmen. Carta escrita entre abril del 78 y el verano del 79.
cartas que ya había guardado 40 y tantos años e en el fondo del cajón, debajo de todo, en una caja de galletas. En las cartas se contaba todo. Se contaba cómo se habían conocido, cómo habían empezado a mirarse, cómo se habían besado la primera vez una tarde en el campo, cómo habían hecho el amor en el piso de encima del casino varias tardes.
que contaba como ella le decía que no podía seguir, que estaba casada, que tenía un hijo y y se contaba como él le decía que la amaba, que la sacaría de aquí, que se irían juntos a cualquier parte, a Madrid, al extranjero, donde ella quisiera y se contaba como ella le decía que no, que no podía, que su hijo, que su marido, que su pueblo.
Y en una de las cartas, en una del verano del 78, se contaba una cosa más. se contaba que ella le había dicho que estaba embarazada y él le contestaba en la carta siguiente que se fueran juntos, que criaran al niño junto, que él lo reconocería. Y ella en otra carta más adelante eh le decía que no, que el niño nacería en su casa, que sería hijo de su marido, que nadie lo sabría nunca, que ella cargaría con eso hasta la tumba.
Manolito, Manolito que nació en marzo de del, ¿no? En marzo del 72, como yo llevaba 46 años creyendo. Mi hijo Manolito, el único hijo que tuve con mi mujer, el niño al que le conté los dedos de las manos y de los pies, al que le enseñé a ir en bicicleta, al que acompañé el primer día al instituto Brique, al que llevé al altar cuando se casó con la Rocío, el padre de mis nietos, Pablo y Lucía, Manolito, no es mi hijo de sangre.
Me derrumbé, me derrumbé del todo. Estuve tres días en la cama sin comer, sin hablar, sin el teléfono. Mi vecina de toda la vida, remedio, que Maric Carmen la tenía como hermana, vino a llamar al timbre dos veces y yo no abrí. Al tercer día por la tarde me levanté, me duché, me afeité, me hice un café y me senté en esta misma silla de ne a pensar.
Eh, [suspiro] pensé durante muchos días, durante semanas, durante meses. He pensado durante 5 años porque esto pasó en el verano del 20 y ahora estamos en el 26 y no ha pasado un día en estos 5 años en el que yo no haya pensado en esto. Al principio fue la rabia, la rabia contra ella, la rabia de pensar cómo pudiste, cómo me mentiste, cómo me miraste a la cara durante 40 años sabiendo lo que sabía.
¿Cómo me dejaste criar a un hijo que no era mío? ¿Cómo pudiste ser tan fría, tan calculadora, tan mentirosa? Y me salían a la boca palabras feas contra ella. Y yo las decía en voz alta en esta casa vacía, le gritaba su retrato de la cómoda, le decía cosas que no se deben decir de los muertos y luego me arrepentía y le pedía perdón al retrato y le lloraba y otra vez me acordaba de las cartas y le volví a gritar.
Así estuve meses como un loco hablando solo con una muerta. Pero un día, no sé en qué momento, empezó a cambiar la cosa. Empezó a cambiar cuando me acordé de mí, de mí, del Julián que yo fui en aquellos años, del Julián que estaba de lunes a sábado en Marbella, del Julián que llegaba a casa y se dormía, del Julián que no la miraba, del Julián que no le hablaba, del Julián que no le preguntaba cómo estaba, del Julián que pensaba que un marido era un hombre que traía el jornal y nada más.
Y entonces empezó a pasarme otra cosa. Empezó a pasarme que entendía a Mari Carmen. No que la disculpara del todo, no, porque eh las cosas están mal hechas y están mal hechas, pero la entendía. Entendía aquella mujer joven de 28 años, estaba sola en un pueblo de la sierra con un niño pequeño, con un marido ausente, con una vida gris.
Y que un día llegó un hombre que la miró a los ojos y le habló de libro y le preguntó cómo se sentía y entendí que aquello fue más fuerte que ella y entendí que yo yo mismo en sus mismas circunstancias habría hecho probablemente lo mismo. A lo mejor sin valor, a lo mejor sin atreverme, pero el deseo lo habría tenido, la tentación la habría tenido porque somos humanos y los humanos no estamos hechos para la soledad.
Y entendí algo más que me costó más entender todavía. Entendí que ella cuando se quedó embarazada, cuando supo que podía ser de él o podía ser de mí, porque los tiempos daban para dudar, ella tomó una decisión y la decisión fue quedarse conmigo, quedarse en este pueblo, en esta casa, con este marido que era yo y criar al niño como hijo mío.
Y aquella decisión la cumplió durante 40 años. sin fallar ni un día. Me fue fiel desde aquel verano del 79 hasta el día que se murió, 40 años. Me fue fiel, me cuidó, me quiso, me acompañó y me guardó el secreto hasta el final, porque no me lo dijo en el hecho de muerte, cuando cualquier otra persona lo habría dicho para descargar la conciencia. Ella no.
Ella se lo llevó a la tumba. Ella prefirió que yo fuera feliz. con mi hijo a salvar su conciencia y las cartas las guardó. Ahí está el detalle que me rompe. Las cartas las guardó atadas con una cinta azul en el fondo de un cajón. ¿Por qué? He pensado mucho por qué y creo que las guardó porque fue el único momento de su vida en el que ella fue protagonista de algo.
El único momento en el que alguien le dijo cosas bonitas, en el que alguien le escribió, en el que alguien se la jugó por ella. 40 años de matrimonio conmigo y yo no le escribí una sola carta ni una. ¿Cómo no iba a guardarla de él? la guardó como uno guarda un pedazo de juventud, un pedazo de de mujer que fue, un pedazo de de persona que sintió que que existía para alguien y también creo que que las guardó porque a lo mejor a lo mejor quería que yo las encontrara algún día.
A lo mejor quería que yo supiera, no para hacerme daño, sino para que yo entendiera, para que yo entendiera lo que pasó y por qué pasó y quién tuvo la mayor parte de culpa, que fui yo. A lo mejor era su manera de hablar conmigo después de muerta, de decirme, Julián, mírame, mírame entera con todo lo bueno y con todo lo malo, quiéreme como era, no como tú te imaginaste que era.
Y yo la quiero así, la quiero entera, la quiero con sus cartas escondidas y con sus 40 años de de fidelidad. La quiero con su silencio y con su bondad. Eh, la quiero como era, que era una mujer, una mujer de carne y hueso, con sus debilidades y con su grandeza. No era una santa, tampoco era mala. Era una mujer como tú y como yo que se equivocó una vez y que lo pagó con 40 años de silencio y que crió al niño y que me crió a mí también porque a mí me hizo el hombre que soy y el que soy ahora a los 78 sentado en esta silla es el hombre
que ella moldeó con paciencia durante medio siglo. La perdoné. La perdoné hace ya 3 años, una noche de verano aquí sentado en el patio mirando las estrellas. Le dije en voz alta, “Maric Carmen, te perdono y perdóname tú a mí, que la culpa más grande fue la mía y a partir de esa noche he dormido mejor, no bien del todo, porque hay cosas que uno no olvida, pero mejor.
” Y ahora queda la pregunta. La pregunta que me lleva sin dormir estos últimos meses, la pregunta de Manolito. Manolito tiene 46 años. Es un hombre hecho, un padre, un profesor querido por su alumno. Tiene una vida buena, una mujer que le quiere, dos hijos a los que adora. me llama por teléfono todos los domingos sin fallar ninguno.
Viene a verme una vez al mes con los nietos y me traen pasteles y me cuentan sus cosas. Me llama papá, me mira cómo me ha mirado toda la vida. Cuando se casó me pidió que yo le llevara al altar porque no se imaginaba eh entrar en la iglesia de de otra mano que no fuera la mía. Cuando nació Pablo, mi primer nieto, me lo puso en los brazos en el hospital y me dijo, “Papá, mira tu nieto que lleva tu sangre.
” Y yo lloré de alegría en aquella habitación y ahora cuando lo recuerdo lloro de otra cosa. Le digo la verdad o me la llevo a la tumba como hizo ella. Lo he pensado todos los días de estos 5 años y he ido cambiando de opinión muchas veces. Al principio pensaba que eh tenía que decírselo que la verdad siempre vale más que la mentira, que él tenía derecho a saber quién era.
Luego pensaba que no, que para qué, que la verdad a veces hace más daño que bien, que él es mi hijo, aunque no sea de mi sangre, porque la sangre es lo de menos. Lo que importa es quién te crió, quién te llevó al colegio, quién te curó cuando te caíste de la bici, quién estuvo ahí cuando te rompieron el corazón por primera vez.
Y eso fui yo. Todo eso fui yo con todas mis carencias de los primeros años. Pero desde los 10 años de Manolito en adelante, cuando me recuperé de la espalda y empecé a estar más en casa, fui su padre del todo. Yo lo fui y lo soy y él es mi hijo. Aquel maestro Rafael no sé si vivirá todavía. Si vive tendrá 80 y pico años como nunca quiso saber nada que yo sepa.
se fue del pueblo en el 79 y y no se le volvió a ver el pelo, no llamó nunca, no escribió después de aquellas cartas, no apareció nunca por aquí a buscar a su hijo, si es que sabía que era su hijo, que según la última carta ella le mandó una diciendo que que el niño había nacido y que era mío, que él se olvidara de ella para siempre.
Y él se olvidó o hizo como que se olvidaba, nunca lo sabremos. A mí a estas alturas ya me da igual. Eh eh lo que me importa es Manolito y lo que me importa es qué le hago yo a Manolito si se lo digo le hago un bien, le hago un favor o le rompo la vida en dos. Un hombre de 46 años con su vida hecha, con su identidad formada. Qué gana sabiendo esto.
No conoce aquel hombre, no lo echa de menos, no le hace falta. me tiene a mí como padre que gana cambiando al padre que conoce por un fantasma que a lo mejor ya ni está vivo. Y por otro lado, ¿qué derecho tengo yo a decidir por él? No es su vida, no es su verdad, no debería saber de dónde viene. Así estado 5 años dando vueltas, dando vueltas y creo creo que he decidido ya creo que me lo voy a llevar a la tumba.
Creo que Mar Carmen tenía razón, aunque le costara 40 años de silencio. Creo que hay verdades que no hacen bien a nadie y que el amor a veces consiste en cargar con el peso uno solo para que los demás vayan ligero. Ella cargó con este peso 40 años por Manolito y por mí y ahora me toca a mí cargar con él, no por cobardía, no por miedo, por amor, por amor a mi hijo, que es mi hijo, aunque no llevemos la misma sangre, porque sangre es agua, sangre es química y lo que nos une a Manolito y a mí es otra cosa, es una vida entera compartida. Son
46 años de ser padre e hijo y eso no lo rompe ningún análisis de laboratorio. Cuando yo me muera y espero que sea pronto porque ya estoy cansado, las cartas las voy a quemar, la voy a quemar en este mismo patio, en un cubo con sus 17 hojas y su cinta azul. No la va a encontrar nadie. Nadie va a saber nunca lo que yo sé.
Y Manuelito seguirá siendo mi hijo hasta el día del juicio final, si es que hay juicio final, que yo ya ni sé qué creer. Y a ti que me estás escuchando, si eres joven, si tienes pareja, si tienes mujer o tienes marido, te digo una cosa y te la digo desde el fondo de este corazón viejo y gastado que ya le queda poco.
Cuida a tu pareja, cuídala de verdad. No creas que cuidar es traer dinero, que eso es lo de menos. Cuidar es mirarla. cuidar eh preguntarle cómo está y esperar la respuesta con tiempo, con verdadero interés. Cuidar escuchar lo que te cuenta del día, aunque estés cansado, cuidar eh acariciarle la espalda cuando pase por detrás del sofá.
Cuidar es decirle, “Te quiero en voz alta, aunque te dé vergüenza, aunque lleve 40 años casado, aunque piense que ya lo sabe porque no lo sabe, porque estas cosas hay que decirlas, no se adivinan. Cuidar es no estar nunca tan ocupado como para no tener 10 minutos para tu persona. Cuidar es acordarse de la fecha, de los gustos, de las manías, de las tonterías que a ella o a él le hacen ilusión.
Cuidar es eso, es 1000 cosas pequeñas todos los días. Y si no lo haces, si no la cuidas, no te extrañes luego de de lo que pase. No te extrañes luego. Si si viene un Rafael al pueblo, no te extrañes luego si un día llegas a casa y todo está frío. No te extrañes. La gente necesita sentirse querida para aguantar esta vida, que es una vida larga y dura.
Y si no se siente querida en su casa, la buscará fuera. Así de sencillo es. Así de sencillo y así de triste. Y te digo otra cosa, te lo digo a ti que eres mujer o te lo digo a ti que eres hombre. Los dos lados. Si tu pareja no te está cuidando, háblale, dile lo que necesitas. No te calles como se cayó mi Maric Carmen durante años.
No aguantes en silencio, porque el silencio no arregla nada. El silencio mata las casas por dentro. Si hubieras oído a Maric Carmen decirme un día, Julián, estoy sola. Julián, te necesito. Julián, mírame. A lo mejor yo habría reaccionado, a lo mejor habría dejado la obra de Marbella, a lo mejor habría sido otra historia, pero ella no lo dijo y yo no lo vi.
Y entre los dos, entre mi ceguera y su silencio, destrozamos algo que podía haber sido muy bonito. Y luego se salvó. Se salvó porque nos quisimos los últimos años, pero con un secreto entre los dos que ella cargó sola y ahora cargo yo. No dejes, te lo pido, por favor, no dejes que tu historia se parezca a la mía.
Habla con tu pareja esta noche, esta misma noche, cuando apagues esto, siéntate con ella o con él. Cógele la mano, mírala a los ojos y dile algo. Dile cualquier cosa. Dile que hemos cenado hoy. Dile cómo te ha ido el día. Dile que te has acordado de cuando os conociste. Dile cualquier cosa, pero habla porque la vida se va rápido, más rápido de lo que te piensas.
Yo tenía 21 años bailando con Maric Carmen en la plaza hace 4 días y ahora tengo 78 y ella lleva seis bajo tierra. 4 días. La vida es 4 días y en esos 4 días solo importa una cosa y es a quién quisiste y cómo lo quisiste. Yo quise a Maric Carmen, la quise mal al principio y la quise bien al final.
La quise con mis errores y con mi acierto. Y ahora viejo y solo, sentado en esta silla de Nea en el patio esperando a que me llamen. Eh, la sigo queriendo, la sigo queriendo entera, como fue, como era, con sus cartas y con su silencio. Y cuando me muera, si hay algo después, cosa que no sé, pero si lo hay, la primera cosa que voy a hacer es buscarla y darle un abrazo y decirle, “Maric Carmen, ya está, ya se acabó.
Guardé tu secreto como tú guardaste el nuestro y aquí estoy para quererte otros 40 años si no deja. Y y si no hay nada después, eh, si todo se acaba aquí, pues habrá valido la pena igualmente, porque la quise y ella me quiso y tuvimos a Manolito, que es mi hijo, aunque no sea mi hijo, y tuvimos a los nietos y tuvimos una vida, una vida imperfecta, una vida con sombra, pero una vida de verdad y no se le puede pedir más a una vida que eso, que sea de verdad, ya está.
Ya, ya os lo he contado. A lo mejor no tenía que haberlo contado. A lo mejor este secreto tenía que haberse ido conmigo, pero he pensado que si lo cuento sin nombres reales, sin más datos que los que importan, a lo mejor le sirve a alguien. A lo mejor hay un hombre ahí fuera de 30 años, de 40, que está haciendo conmigo lo mismo que yo hice con Maric Carmen, que está todo el día fuera de casa trabajando, pensando que está cumpliendo y a lo mejor este hombre eh me oye y reacciona y si solo le sirve a uno, ya ha valido la pena contarlo. Cuidado, cuidadoos
mucho y queredlo todo lo que podáis mientras podáis porque luego se acaba el tiempo y te quedas aquí a los 78 hablándole a una silla vacía y a un retrato en la cómoda, pidiéndole perdón a una muerta por cosas que ya no se pueden arreglar. Yeah.