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María Félix se casó 5 veces. El quinto no aparece en su autobiografía… pero tiene acta firmada.

María observaba, escuchaba las conversaciones de los adultos desde detrás de las puertas,  hacía preguntas que nadie esperaba y cuando alguien intentaba callarla no bajaba la vista. Eso en la casa de Bernardo Félix  era un problema. Pero antes de que ese problema llegara a su punto de  quiebre, algo ocurrió que los padres intentaron suprimir y que María nunca olvidó  del todo.

Entre los 11 hermanos había uno al que María estaba especialmente unida. Se llamaba Pablo.  Era dos años mayor que ella y la relación entre los dos era tan intensa, tan exclusiva, tan diferente  a la que tenían con el resto de los hermanos. que su madre Josefina tomó una decisión que en  aquel México de los años 20 se consideraba la única solución posible.

Mandó a Pablo al heroico colegio militar  en Ciudad de México, lo sacó de la casa, lo puso a cientos de kilómetros  y nunca le explicó a María por qué. María tenía 10 años  cuando se quedó sin su hermano. Y eso para una niña que ya cargaba con la mirada fría de un padre que no  la entendía. fue el primero de los abandonos que aprendería a tragarse sin llorar delante de nadie.

Hay un episodio de la infancia de María que  ella misma contó en distintas entrevistas a lo largo de su vida, siempre con la misma  precisión en los detalles, como si lo hubiera repasado miles de veces en la cabeza. Tenía 12  años. Había hecho algo, nunca especificó exactamente qué, que había enfurecido a su padre.

Bernardo  la llamó, le dijo que se acercara y cuando María estuvo frente a él,  su padre la miró de arriba a abajo con una expresión que ella describió décadas después con una sola palabra, desprecio. Y le dijo  que con esa cara y ese carácter no iba a llegar a ningún lado, que ningún hombre decente iba  a querer cargar con ella, que era demasiado para todo y no era suficiente para nada. 12 años.

Una niña de 12 años. María no lloró. Eso es lo que ella contaba  siempre. No lloró delante de él. Salió de la habitación, fue a donde nadie  pudiera verla y tomó una decisión que en ese momento no tenía palabras, pero que con el tiempo  se convertiría en el eje de toda su vida.

decidió que nunca más iba a dejar que nadie la mirara así, que si el mundo iba a juzgarla de todas formas, ella iba a darle algo real por lo que juzgarla,  que la cara que su padre despreciaba iba a convertirse en la herramienta con la que  construiría todo lo que él le dijo que nunca tendría. Todo lo que María Félix  fue durante 70 años empezó en esa habitación.

En 1924, la familia  Félix se mudó a Guadalajara. Bernardo había conseguido un puesto mejor. La ciudad era más grande, había  más oportunidades. Para María, Guadalajara fue la primera vez que veía un  mundo más allá de Álamos. cines, tiendas, gente que no se conocía de toda  la vida, hombres que la miraban en la calle de una manera que en Álamos nadie se habría atrevido, libertad o algo que se le parecía.

Estudió en el Colegio del Sagrado  Corazón. fue coronada reina de los estudiantes de la Universidad de Guadalajara en 1930  y fue en esas calles Tapatías donde conoció  en una fiesta de disfraces al hombre que iba a cometer el primer gran error de su vida, el de creer que  podía poseerla.

Se llamaba Enrique Álvarez a la Torre. Tenía 19  años. Trabajaba como representante de ventas de la firma Max Factor. Sabía bailar, sabía hablar y sabía exactamente  qué decirle a una chica de 17 años que venía de una casa donde su  propio padre la miraba con desprecio. Le dijo que era la mujer más hermosa que había  visto.

Le dijo que quería casarse con ella y María, que con 12 años  había tomado la decisión más lúcida de su vida. A los 17 cometió el único  error del que nunca habló sin que la voz se le tensara. Le creyó. Se casaron el 10 de enero de  1931. La boda fue sencilla y casi desde el primer día  María entendió que había confundido dos cosas que no tienen nada que ver.

Había confundido a un hombre que la deseaba con un hombre que la  respetaba. Enrique tenía una forma de ejercer el control que María reconoció demasiado tarde  porque se parecía demasiado a algo que ya conocía. La misma mirada que su padre, el mismo tono, la misma convicción de que una mujer como  ella necesitaba que alguien le dijera lo que podía y no podía hacer.

La encerraba en casa cuando salía. Le prohibía mirar a otros hombres a  los ojos. La vida conyugal se limitaba a la oscuridad de las salas de cine, donde llegaban comenzada la película,  y se retiraban antes del final para evitar que alguien se fijara en ella. El  5 de abril de 1934, después de 3 años de matrimonio, nació Enrique Álvarez Félix, el  único hijo que María Félix tendría en su vida.

Y desde el primer momento,  esa relación fue una de las historias más complejas y más silenciadas de toda su biografía. María quería a su hijo,  eso nunca estuvo en duda. Pero María también tenía 20 años, un matrimonio  que se estaba convirtiendo en una jaula y una certeza que crecía cada día con más fuerza, que si no salía de ahí  iba a terminar siendo exactamente lo que su padre le había predicho.

En 1938  tomó la segunda gran decisión de su vida. Cogió a su hijo de 4 años, recogió lo  que pudo y dejó a Enrique Álvarez. Sin dinero, sin contactos, sin un plan claro, con una criatura  de la mano y la misma convicción de siempre, que cualquier cosa era mejor que quedarse.  El divorcio fue un escándalo en la Guadalajara de finales de los 30.

Las mujeres no dejaban a sus maridos, las de familias decentes, menos todavía. Hubo presiones de la familia de Enrique. Hubo presiones de la suya,  hubo personas que le dijeron que estaba arruinando su vida. y la de su hijo. María los escuchó a todos y siguió adelante, pero el precio de esa decisión fue más alto  de lo que nadie puede entender del todo.

Enrique Álvarez llegó a Ciudad de  México, a donde María se había mudado con su hijo, y se llevó al niño sin avisar,  sin permiso. Se lo llevó a Guadalajara con su abuela y se negó a devolverlo.  María, que no tenía recursos legales ni económicos para pelear en igualdad de condiciones,  juró en voz alta algo que todos los que estaban cerca escucharon.

Dijo que algún día iba a tener más  dinero y más poder que él y que entonces se lo quitaría. Tenía  24 años, no tenía nada, pero había algo que ningún hombre, ni su padre  ni su marido, había conseguido quitarle. Las ganas de demostrar que  se equivocaban y ese algo era suficiente para empezar.  El matrimonio que borró de la historia. Ciudad de México. 1942.

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