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Selena Quintanilla; 23 años, 1 bala y el secreto que su familia enterró con ella.

Era en todos los sentidos  una niña normal, pero su padre no la veía como una niña normal. Abraham  Quintanilla Junior había sido músico en su juventud,  cantante de un grupo llamado Los Dinos, que nunca llegó a despegar del todo. Ese sueño que se quedó a medias lo cargó consigo durante años y el día en que escuchó cantar a Selena,  cuando ella tenía 6 años, algo se encendió en él que ya no se apagó.

le dijo a la revista People años después con una convicción que no dejaba espacio para la duda. Su sincronización,  su tono fueron perfectos. Pude verlo desde el primer día. En 1980, Abraham tomó la decisión que cambiaría la vida de toda su familia. Renunció a su trabajo en la empresa  química Da Chemical y abrió un restaurante Texmex en Lake Jackson.

Lo llamó  Papagallos. La idea era sencilla. El  restaurante sería el escenario y sus hijos serían la banda. Abraham Benjamín, el mayor  en el bajo. Suset en la batería y Selena de 9 años con el micrófono. Pero la idea no duró de pie. En 1982, la crisis del petróleo golpeó Texas con una brutalidad que nadie esperaba.

Los precios del crudo se desplomaron y Papagallos no sobrevivió. Abraham se declaró en bancarrota.  La familia fue desalojada de su casa. Con tres hijos sin ingresos, sin techo. Los Quintanillas recogieron lo que pudieron y se mudaron a Corpus Cristi  sur a empezar desde cero. Y empezar desde cero para Abraham significaba una sola cosa, la música.

Así nació oficialmente Selena y los Dinos, un padre manager, dos hermanos músicos y una niña de 11 años que era la voz de todo. Tocaban donde los llamaban y cobraban lo que les ofrecían. Bodas, quinceañeras, ferias de pueblo. Viajaban en una minibandalada que Abraham llamaba Big Berta. Había noches en que no había suficiente dinero para llenar el tanque de gasolina.

Selena lo contó ella misma en México en 1994  con esa honestidad tan suya. Teníamos 6 años cuando empecé cantando en el restaurante  de mi papá. Caímos en bancarrota y lo perdimos todo. Esta fue la única alternativa de traer comida a la mesa.  Eso, comida en la mesa.

Una niña de 11 años convertida sin que nadie se lo explicara  del todo, en el sustento económico de su familia. Pero aún había algo más que Abraham tenía decidido. Si Selena iba a triunfar,  tenía que cantar en español, no porque ella lo hablara, sino porque Abraham calculó que el mercado tejano era el camino más directo hacia el éxito.

El problema era que Selena no hablaba español, nunca lo había hablado. Así que Abraham hizo lo único que podía hacer. Le enseñó las letras de las canciones fonéticamente, sílaba por sílaba. sin que ella entendiera lo que estaba diciendo.  Selena aprendió a pronunciar palabras en español mucho antes de aprender a entenderlas.

Cantaba amor, corazón,  te quiero, como sonidos aprendidos de memoria. Piénselo. La mujer que se convertiría en la reina del Texmex, el símbolo de toda una cultura. Aprendió a ser mexicana por instrucción comercial de su padre. no desde adentro, desde afuera, y salían perfectas. Esa voz  que no entendía lo que cantaba conseguía transmitir exactamente lo que el público necesitaba sentir.

Pero mientras esa voz conquistaba cada escenario, en la escuela las cosas iban en dirección contraria. Celina llegaba a clase agotada. Las actuaciones eran de noche, los viajes eran largos. Una de sus maestras, Mary Lingrear, fue a hablar con Abraham directamente. Le dijo que los night clubs a las 2 de la madrugada no eran el lugar para una niña.

Abraham la escuchó y le respondió algo que Gre recordaría durante años con una mezcla de indignación y asombro. Le dijo que Selena era una estrella,  que su futuro estaba en el escenario y no en un salón de clases. Selena dejó la escuela en octavo grado.  Tenía 13 años. sin secundaria, sin las tardes libres de cualquier niña de su edad, sin el espacio para descubrir  quién quería ser fuera del escenario que su padre había construido.

Completó  sus estudios más tarde por correspondencia. Llegó incluso a inscribirse en la carrera de administración de empresas en Pacific Western University en  California, pero eso vino después, cuando ella misma buscó el modo de recuperar algo que le habían  quitado sin pedirle opinión.

Hay una frase de Abraham en la película  oficial de 1997 que resume mejor que ningún documento lo que  era crecer siendo Méxicoamericana en el Texas de aquellos años. Los anglos te echan encima si no hablas un inglés perfecto. Los mexicanos si no hablas un español perfecto. Tenemos que ser el doble de perfectos.

Es agotador. Tenía razón. era agotador, pero esa  frase la decía él y quien la vivía en carne propia, quien cargaba ese peso cada noche sobre un escenario,  era su hija de 13 años. Eso hay que reconocérselo a Abraham. En un mundo que le cerraba las puertas a su hija por ser mujer, él fue el primero en no aceptarlo.

Pero eso no cambia la otra verdad, que fue él quien decidió qué cantaba,  en qué idioma, en qué escenarios y cuándo dejaba la escuela, que convirtió a una niña en una fuente de ingresos antes de que esa niña tuviera edad de entender lo que eso significaba.  Y sin embargo, dentro de todo ese control, algo crecía en Selena que nadie había calculado, algo que no  estaba en ningún plan de negocio, algo que tarde o temprano iba a necesitar salir, el amor  que tuvo que esconder y el sueño que sí era suyo. Hay

algo que Selena Quintanilla nunca dijo en público, pero que las personas que la conocieron repiten una y otra vez cuando hablan de ella sin cámaras, que detrás de los escenarios, detrás de los trajes de lentejuelas que ella misma cosía,  había una mujer que quería cosas que nadie había puesto en su lista,  una vida que era suya y de nadie más.

Pero llegar a esa vida le costó más de lo que cualquier contrato  discográfico podría medir. En 1989, Selena y los Dinos necesitaban un nuevo guitarrista. El elegido fue un chico de San Antonio llamado Chris Pérez. Tenía  21 años, tocaba Harrock, era callado hasta el silencio y tenía una forma de estar en el mundo completamente opuesta a la de Selena, donde ella era luz, ruido y movimiento.

Él era sombra y quietud. Abraham lo contrató y Chris subió al autobús de la banda sin  tener ni idea de lo que estaba a punto de cambiar en su vida. Los primeros meses fueron profesionales,  pero los dos pasaban mucho tiempo juntos dentro de Big Berta y la distancia entre lo profesional y lo personal empezó a hacerse cada vez más pequeña.

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