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ANTONIO DE NIGRIS : CONFESÓ TODO ANTES DE MORIR – LA VERDAD SALIO A LA LUZ

Debutó contra Brasil 22 años. Una camiseta verde que se ponía como si la conociera de toda la vida. En la cancha corría como si tuviera prisa por demostrar algo, aunque nadie le había pedido nada todavía. Lo llevaron a la Copa América del mismo año. Jugó, marcó. festejó con la mano en el escudo. Para los que veían fútbol mexicano en aquel principio de los 2000, el tano de Nigris era el delantero del futuro, el hombre que iba a sostener el ataque del trios 10 años.

La historia tenía otros planes. En el 2002 se fue a Europa. Villarreal de España. Equipo nuevo en la primera división. Dinero corto, oportunidades cortas. El Tano apenas jugó. Lo prestaron al polideportivo Ejido en la segunda división española. Tampoco la armó. Vivió ese año en un departamento chico de Almería, sin la familia cerca, comiendo en restaurantes de carretera hablando por teléfono a Monterrey tres veces por semana.

Regresó a México con la cola entre las patas, jugó con el Puebla, recuperó algo del nivel, lo fichó el América. No funcionó. Lo prestaron a los Pumas de la UNAM. tampoco. Después se fue a Colombia, Alonce Caldas, donde por fin volvió a meter goles como en sus mejores tiempos. Después saltó a Brasil, al Santos. Después saltó a Turquía.

En 7 años jugó en 13 equipos de cinco países, es decir, casi un equipo nuevo cada 6 meses. Hizo y deshizo maletas más veces que cualquier futbolista mexicano de su generación. Vivió en hoteles de aeropuerto. Cargó a su hija de país en país. Le habló a su madre desde teléfonos públicos de ciudades cuyos nombres ella no podía pronunciar.

¿Por qué tantos clubes en tan poco tiempo? Esa pregunta nadie se la quiso hacer en su momento. La gente del fútbol pensaba que era un trotamundos profesional, un mercenario del gol, un futbolista al que le gustaba la aventura. Pero la respuesta real estaba escondida dentro de una carpeta de exámenes médicos que un agente guardó bajo llave en una oficina de Estambul.

Y vas a saber qué decía esa carpeta en unos minutos. En el 2007 llegó a Turquía Gacianteps por primero, Ancaras por después y en el verano del 2008 firmó con el Ankaraguku, otro club de la primera división turca. El traslado a Turquía coincidió con un cambio en su vida. Se había casado años atrás con una muchacha de Monterrey llamada Sonia Guerra.

Le había llevado serenata a la salida de su trabajo cuando los dos tenían 19 años. le había regalado un anillo barato comprado con sus primeros ahorros como profesional. Sonia había aceptado el día que el Tano debutó en primera división. Hicieron la boda en una iglesia chica del barrio Roma Sur. Los padres del Tano lloraron.

Los padres de Sonia lloraron. Sus hermanos cargaron el pastel hasta el salón de fiestas. vivieron los primeros años en un departamento rentado cerca del estadio tecnológico. Después se compraron uno propio con los ahorros de los primeros contratos europeos, Sonia decoró las paredes con fotos de la familia.

El tano colgó en el cuarto principal una camiseta enmarcada de los rayados, firmada por sus compañeros del bicampeonato. Tuvieron una hija, la llamaron Miranda. Pelo castaño claro como el papá, ojos grandes como la mamá, una sonrisa que rompía cualquier mal humor de la casa. Cuando llegaron a Turquía, Miranda tenía 4 años. Hablaba un español cantadito de región montana chiquita.

le decía papito al tano cada vez que él entraba por la puerta del departamento que rentaron en Ancara. Le agarraba la cara con las dos manos cuando él se acuclillaba para saludarla. le hacía dibujos en hojas de cuaderno que el tano cargaba dobladas en el bolsillo del saco cuando viajaba a partidos en otras ciudades. Aquella niña de 4 años no podía saber que 14 meses después iba a despertar una mañana sin papá y que iba a tardar 10 años en entender por qué.

En los primeros días en Ankaraguku, el club le hizo los exámenes médicos de rutina que se les hacen a todos los jugadores nuevos. Análisis de sangre, electrocardiograma, ecocardiograma, pruebas de esfuerzo. El examen del corazón duró más de lo normal. El cardiólogo del club, un hombre mayor de bata blanca y bigote canoso, repitió el ecocardiograma tres veces.

Llamó por teléfono a otro especialista, hizo venir al director médico del club. Los tres hombres se metieron a un cuarto y cerraron la puerta durante 40 minutos. Al tano lo dejaron esperando afuera, sentado en una silla de plástico jugando con el celular. No sabía que en ese cuarto se estaba decidiendo cuántos años de vida le quedaban.

Cuando lo llamaron a entrar, el director médico le habló en inglés con acento turco. Le dijo que tenía una anomalía en el corazón, un engrosamiento ligero del músculo cardíaco, cardiomiopatía hipertrófica, una condición genética que se hereda y que en algunos casos no da síntomas durante años. Le dijo que con descanso, con tratamiento y con monitoreo regular podía seguir su carrera deportiva con normalidad. Le dijo que era manejable.

le dijo que muchos atletas profesionales jugaban con esa condición sin problemas. El tano respiró hondo, firmó unos papeles que apenas leyó. Salió del consultorio con un frasco de pastillas en la bolsa del pantalón y la certeza de que no era nada serio. Esa certeza era falsa y los hombres que se la dieron sabían que era falsa.

Lo que el tano no escuchó esa tarde en el consultorio de Ankaraguku fue la conversación que tuvieron los tres médicos antes de llamarlo a entrar. El cardiólogo del club había dicho la verdad. La condición era grave. El engrosamiento del músculo cardíaco había avanzado más allá del punto manejable. El pronóstico real basado en los estudios europeos más recientes era de 12 a 18 meses jugando profesionalmente.

Después de eso, riesgo alto de muerte súbita arriba de la cancha o fuera o dormido. Pero el club acababa de pagar una transferencia importante por él. 3,0000 de euros, más sueldo anual, más bonificaciones por goles. El director deportivo no podía darle al Consejo de Administración la noticia de que el mexicano que acababan de fichar tenía meses contados.

Entonces decidieron los tres hombres adentro del cuarto cerrado decirle solo una parte de la verdad, la parte manejable, la parte que no le iba a hacer pedir el retiro inmediato. Le ocultaron lo demás. El reporte completo con todos los hallazgos, con la palabra grave subrayada en rojo, con el pronóstico de 12 a 18 meses escrito a máquina en la última hoja, salió del consultorio aquella tarde dentro de un sobre cerrado.

Se lo entregaron al representante del Tano, un hombre mexicano que vivía entre Monterrey y Madrid, que cobraba el 12% de cada contrato que su jugador firmaba y que sabía hacer cuentas. El representante leyó el reporte esa misma noche en el cuarto de su hotel de Ancara. Lo leyó dos veces. Calculó cuánto valía el tano todavía en el mercado.

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