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HUMBERTO ZURITA: La VERDAD tras el oscuro ENCIERRO de Christian Bach… Por Esto MINTIÓ por Años

a punto de ocurrir, [música] aunque todavía no haya ocurrido nada. Cuando llegó a México a finales de los años 70, llegó como actriz extranjera en un sistema que [música] tenía sus propias reglas no escritas sobre quién podía quedarse y quién era eventualmente reemplazado por alguien que encajara mejor en lo que ese sistema necesitaba.

Pero Christian Bach no fue reemplazada, fue adoptada. Los ricos también lloran. Colorina, bodas de odio, de pura sangre, título tras título, personaje tras personaje. Fue ocupando un lugar que muy pocas actrices lograban conservar durante una sola década y que ella conservó durante más de tres sin que su presencia nunca pareciera obsoleta ni fácilmente reemplazable.

tenía ese rostro sereno con la frialdad específica de los rostros, que no necesitan ningún gesto adicional para comunicar que hay algo detrás de ellos que el gesto no va a mostrar completamente. Esos ojos que decían una cosa y sugerían otra, esa manera de pronunciar una frase como si detrás hubiera una amenaza, una herida o un secreto que la frase misma no estaba entregando, pero que el público podía sentir con suficiente claridad para no poder ignorarlo.

era el tipo de actriz que el melodrama necesitaba para ser algo más que melodrama, el tipo que convierte un género en arte cuando tiene el material humano correcto para habitarlo. Y entonces [música] apareció Humberto Zurita. México, 3 de febrero de 1986. La boda no fue una ceremonia discreta. No fue el acto privado de dos personas que quieren comenzar una vida juntas lejos de las cámaras, que las habían definido públicamente hasta ese momento.

Fue un evento, un acontecimiento. Polanco se convirtió en un hervidero. La prensa se amontonó con la urgencia de quien sabe que lo que está a punto de ocurrir es exactamente el tipo de contenido que el sistema del espectáculo mexicano consume con más apetito que ningún otro. Y Televisa entendió desde el primer momento que frente a sus ojos no tenía una pareja, tenía un emblema, una imagen que podía funcionar durante décadas, como la representación de lo que el amor exitoso podía ser cuando ocurría entre personas talentosas,

bellas y suficientemente inteligentes para mantener ambas carreras funcionando sin que una aplastara a la otra. Se hablaba de ellos como si fueran una respuesta luminosa en medio de una industria llena de rupturas, de escándalos, de traiciones que la prensa del espectáculo consumía con el mismo apetito con que la prensa del espectáculo consume cualquier cosa que confirme su visión de que el mundo del entretenimiento es esencialmente frágil e inestable.

Eran bellos, exitosos, rentables como pareja en todos los espacios donde esa rentabilidad podía medirse, eran en apariencia invencibles. Guarda esa palabra, invencibles, porque más adelante vas a entender que muchas de las jaulas más duras no se construyen con odio, ni con violencia, ni con ninguno de los instrumentos que habitualmente se asocian con el encierro.

Se construyen con admiración, se construyen con la presión específica de las imágenes que deben mantenerse, perfectas, porque el [música] sistema que las produce las necesita perfectas para seguir funcionando de la manera en que funciona. Desde afuera, todo parecía crecer con la solidez de las cosas que tienen suficiente estructura para resistir el tiempo.

Amor, prestigio, proyectos, hijos. Sebastián nació en 1986, Emiliano en 1993. En 1996 fundaron Subaproducciones y la narrativa se volvió todavía más seductora porque ya no eran solo esposos, famosos con carreras paralelas que el sistema celebraba por separado. Eran una sociedad creativa, una familia que producía, que decidía, que avanzaba junta con la cohesión de un proyecto que tenía suficientes componentes para sostenerse, incluso cuando alguno de ellos fallara.

La industria los miraba como una dinastía elegante, con toda la permanencia que ese concepto implica cuando se lo usa para describir algo que parece haber encontrado la manera de resistir, lo que la mayoría de las cosas en ese mismo universo no resiste. Permanecer, [música] resistir, convertirse en sinónimo de solidez en un entorno donde la solidez es excepcional.

Pero hay una pregunta que siempre conviene hacer cuando una historia luce demasiado perfecta para ser simplemente lo que parece desde afuera. ¿Quién carga el peso de esa perfección? Porque mantener una imagen impecable durante décadas no es gratuito. Exige disciplina, exige silencios, exige renuncias que no aparecen en ninguna fotografía oficial.

exige que alguien ceda para que el edificio no se agriete en los momentos donde los edificios se agrietan cuando la presión es suficientemente intensa. Y todo lo que se sabe de esa historia indica que en esa estructura, Christian fue poco a poco convirtiéndose en algo más peligroso que la mitad de una pareja exitosa.

se fue convirtiendo en el centro simbólico de una maquinaria que necesitaba que ella fuera perfecta, porque si ella fallaba, todo lo que dependía de que ella fuera perfecta fallaba junto con ella. La mujer brillante, sofisticada, con esa presencia que nadie podía imitar, empezó a representar algo distinto de lo que había representado cuando llegó a México como actriz extranjera, con talento propio y sin ninguna obligación de representar nada más que a sus personajes.

Empezó a representar una imagen que no podía fallar. Y cuando el amor deja de ser refugio para convertirse en estructura, ya no protege de la manera en que el refugio protege. Administra, ordena, encierra con la eficiencia de los encierros, que no tienen ningún instrumento visible que los identifique como encierros. Eso fue lo que nadie quiso mirar mientras los focos seguían encendidos y mientras la pareja seguía produciendo el contenido que el sistema necesitaba que produjera, que detrás del cuento de hadas tal vez ya se estaba levantando ladrillo por

ladrillo, la primera pared de algo que más tarde nadie iba a poder ignorar completamente, aunque muchos lo intentaran. No te vayas. [música] Ciudad de México, 2014. El borrado. Hasta 2014, Christian Bach seguía siendo una presencia demasiado poderosa como para imaginar que pudiera borrarse de la manera en que se borró.

Venía de participar en la impostora compartiendo escena con Sebastián Zurita. Nada hacía pensar que aquella mujer de mirada afilada, que durante más de tres décadas había impuesto respeto con una sola aparición en cualquier espacio donde apareciera, estaba a punto de desvanecerse del mapa con la completitud de las desapariciones que no dejan ningún rastro visible que permita rastrear exactamente cuando comenzaron, ni exactamente que las produjo.

No hubo una rueda de prensa anunciando un retiro. No hubo una entrevista de despedida donde Cristian pudiera elegir las palabras con que quería explicar lo que estaba ocurriendo y de qué manera quería que el público que la había acompañado durante décadas profesara esa transición. No hubo una fotografía de cierre, no hubo una frase de gratitud pronunciada en sus propios términos con su propia voz.

No hubo ninguno de los rituales que el sistema del espectáculo tiene disponibles para que las figuras que se retiran lo hagan de una manera que les permita conservar el control sobre cómo el público va a recordar ese retiro. Hubo un vacío, un silencio tan perfecto que al principio pareció discreción con la elegancia que ese concepto tiene cuando se lo usa para describir la elección de alguien que prefiere no exponer su vida privada a la atención que la atención pública.

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