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La TATA rompe su silencio: la vida después del capo.

dijo que si a los 30 años no tenía un millón de pesos, se suicidaría. En la Colombia de finales de los 60, un millón de pesos era una fortuna. Era el sueño de una vida entera para la mayoría de las familias del barrio. Nadie que lo escuchó aquella tarde podía imaginar lo que ese hombre llegaría a acumular, ni tampoco el precio que cobraría su ambición.

Para la familia Enao, Pablo Escobar era una amenaza del tipo más cotidiano, un hombre mayor, con labia, con dinero creciente y con los ojos puestos en su hija pequeña. Doña Nora lo intuía. Por eso los límites eran estrictos. Victoria podía hablar con él desde la distancia, podía cruzar palabras, pero no podía haber contacto físico, no podía haber demostraciones de afecto, no podía haber nada que alimentara, lo que claramente ya estaba creciendo.

Sin embargo, hay cosas que los muros no detienen. A través de intermediarios, de amigos comunes, de notas y de pequeños gestos calculados. Pablo comenzó a cortejar a Victoria con la misma determinación que pondría en todo lo que quiso en su vida. Le mandaba discos, le enviaba anillos, le hacía llegar mensajes a través de personas de confianza que a su vez tenían que navegar la resistencia de doña Nora.

Y en algún momento, en una heladería del barrio llamada La Iguana se produjo lo que los que estuvieron presentes describieron como el primer beso robado. Victoria tenía 13 años, Pablo tenía 24. Esa diferencia de edad, ese desequilibrio de poder, esa asimetría entre la experiencia de un hombre adulto y la ingenuidad de una niña de 13 años es un hilo que recorre toda esta historia y es un hilo que la propia Victoria Eugenia, ya décadas después y desde la distancia que da el tiempo, ha abordado con una honestidad que resulta

incómoda, pero necesaria: el abuso, el silencio, las consecuencias. Hay momentos en la historia de una persona que tardan décadas en poder ser nombrados. Victoria Eugenia Enao tardó 44 años. 44 años para abrir ese capítulo con sus propios hijos. 44 años para poder poner palabras a algo que vivió cuando era una niña y que cargó en silencio durante casi medio siglo.

Cuando tenía 14 años, Victoria tuvo su primera experiencia sexual con Pablo Escobar. una experiencia que ella describe como algo que no comprendió en el momento, que no eligió con la conciencia que requiere una elección de ese tipo y que no encuadró en ningún marco que le permitiera entender lo que había ocurrido, porque nadie le había dado ese marco, porque en su hogar católico y tradicional esas cosas no se hablaban, porque ella era, en sus propias palabras, una niña absolutamente sin conciencia de nada. Lo que vino

después habla aún con más elocuencia del desequilibrio de poder que caracterizó esa relación desde el principio. Pablo la llevó donde una mujer. No le explicó a dónde iban ni por qué. Le dijo que iban a ver a una amiga. Cuando llegaron, esa mujer le indicó a Victoria que se subiera a una camilla que era para una prevención por si acaso estaba embarazada.

Victoria preguntó sin entender la pregunta misma que estaba haciendo, embarazada, ¿por qué? ¿De qué? Tenía 14 años. Pablo le dijo que era un asunto entre ellos dos, que no lo comentara con nadie. Y ella obedeció con la obediencia total de quien le ha entregado su confianza a alguien que tiene 11 años más, que tiene experiencia donde ella no tiene ninguna y que ha construido sobre esa niña una autoridad que ella todavía no tiene las herramientas para cuestionar.

tardó 44 años en contárselo a su hijo, luego se lo contó a su hija. No es un detalle menor de esta historia, es posiblemente la clave para entender todo lo que vino después. Porque la relación entre Victoria Eugenia Enao y Pablo Escobar no comenzó en una iglesia ni en un primer beso adolescente romántico.

Comenzó en una dinámica de poder radicalmente desequilibrada en la que una niña sin información ni experiencia fue moldeada gradualmente para adaptarse a la voluntad de un hombre que sabía exactamente lo que hacía. Ese hombre con el tiempo se convertiría en el criminal más buscado del mundo y ella seguiría a su lado durante décadas.

La pregunta que resulta incómoda pero pertinente es, ¿tenía realmente otra opción? La fuga, el matrimonio, el comienzo de una vida imposible. La tensión entre doña Nora y Pablo Escobar fue escalando durante meses. Cuanto más intentaba la madre separar a su hija de ese hombre, más se afianzaba el vínculo entre ellos.

Es una dinámica conocida. La prohibición alimenta el deseo. La resistencia crea romanticismo, donde [música] quizás no lo hay. El obstáculo convierte algo cotidiano en algo épico. Para una niña de 15 años enamorada, su madre no era una protectora. Era el obstáculo entre ella y el amor de su vida. Fue Pablo quien propuso la solución con la directa simplicidad que lo caracterizaría en todo lo que haría después.

Si tu madre no nos deja vernos, nos vamos, nos casamos, vivimos juntos y nadie nos separa más. Y Victoria, a los 15 años, con la ropa que llevaba puesta, sin avisar a nadie en su casa, se fue con él. La boda tuvo lugar en la iglesia de la Santísima Trinidad en Palmira, Valle del Cauca. La acompañó su abuela, algunas tías, su madre no fue.

Cuando doña Nora se enteró, envió un mensaje claro a quien intentó ayudar con los preparativos. No le compres las argollas, no se merece nada. El mismo sacerdote que había bautizado a Victoria fue quien los casó. Ella recuerda ese día con una mezcla de emociones que el tiempo no ha podido simplificar. Había ilusión genuina, la ilusión de una adolescente que cree que ha encontrado a su príncipe azul y que el amor todo lo puede. Había también miedo.

La [resoplido] conciencia difusa, pero persistente, de que había cruzado una línea que en su hogar y en su fe se consideraba un pecado mortal. Y había algo más que ella misma tardó años en identificar, la certeza de que en realidad no era una decisión que ella hubiera tomado libremente, era una decisión que Pablo había tomado y ella la había seguido.

Se instalaron en una pequeña casa en Medellín. La luna de miel fue, en sus propias palabras, como la verdadera luna de miel, llena de ilusión, llena de sueño. Pero desde los primeros tiempos comenzó a establecerse el patrón que definiría los años siguientes. Pablo se iba a veces por días, partía un jueves y regresaba el sábado o el domingo. Tenía negocios.

Siempre tenía negocios. Y si ella preguntaba a dónde iba, él encontraba la manera de que la pregunta quedara sin respuesta. Victoria esperaba. Esperaba hasta altas horas de la noche. Esperaba con la radio puesta, con los niños dormidos, con los ojos fijos en la puerta. Y en esa espera fue acumulando lágrimas que no entendía del todo, miedos que no sabía cómo nombrar y una soledad que el dinero que empezó a entrar no conseguía llenar porque el dinero empezó a entrar.

Primero, poco a poco, luego en cantidades que rompían cualquier referencia conocida. Para cuando Victoria comprendió plenamente de dónde venía ese dinero, ya era demasiado tarde para salir. Si es que alguna vez hubo una salida, el ascenso de Escobar y la vida dentro del cartel. Pablo Escobar construyó el cartel de Medellín durante los años 70 y la primera mitad de los 80, con una velocidad que desconcertó a las autoridades colombianas y estadounidenses por igual.

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