Solo que la mesa se había vuelto muy muy grande y los métodos para poner algo encima de ella muy muy distintos. Capone abandonó la escuela en sexto grado. No era el único chico de su barrio que lo hacía. Brooklyn, en los primeros años del siglo XX era un hervidero de niños que crecían demasiado rápido en calles donde el dinero escaseaba y las oportunidades no llegaban solas, se buscaban y a veces se arrancaban.
Capone empezó a moverse con pandillas callejeras del barrio, grupos de jóvenes que se organizaban para sobrevivir en un entorno donde la dureza era una moneda de cambio tan válida como cualquier otra. No eran todavía organizaciones criminales en el sentido estricto, pero tampoco eran grupos de boy scouts. Eran la escuela real de muchos hombres que luego escribirían algunas de las páginas más oscuras de la historia del crimen organizado en América.
Fue en esos años cuando Capone cruzó el umbral que separa la calle de algo más serio. Empezó a trabajar en empleos humildes, en una fábrica de cajas, en pequeños negocios del barrio, buscando ganar lo suficiente para ayudar en casa. Pero fue en un local del paseo marítimo de Connie Island, donde su vida dio un vuelco que lo cambiaría todo.
El lugar se llamaba El Harvard In, un nombre que su propietario, el gangster de origen italiano, Francesco Yele, más conocido como Frankie Jale, había elegido con una ironía que solo él apreciaba. Jale era un hombre de peso en el submundo del crimen en Brooklyn, un tipo que sabía detectar el talento y sabía usarlo.
Y en el fornido adolescente que fregaba platos en su local, vio algo que le interesó. Capone pasó de fregar platos a atender la barra, de atender la barra a hacer otras cosas que no figuraban en ningún contrato. El Harvardin era un lugar donde circulaba todo tipo de gente y todo tipo de asuntos, muchos de ellos al margen de la ley.
Y Capone aprendió rápido. Aprendió a moverse en esos ambientes, a ganarse la confianza de hombres peligrosos, a no achantarse cuando las circunstancias se ponían feas. físicamente ya era imponente, no tenía miedo a pelear y eso en aquel mundo era una credencial tan válida como un título universitario en cualquier otro.
Fue también en el Harvardin, donde conoció a un hombre que se convertiría en una de las figuras más determinantes de su vida, Johnny Torrio. 17 años mayor que él, Torrio era ya entonces un gangster experimentado, un hombre de negocios del crimen con una visión estratégica poco común en ese ambiente. No era un matón, era un pensador. Y cuando posó los ojos en el joven Capone, vio en él lo que los mejores cazatalentos saben reconocer.
a alguien que todavía no ha desplegado todo lo que lleva dentro, pero que con la dirección correcta podía llegar muy lejos. Pero antes de que Torrio entrara de lleno en su historia, Alcapone vivió uno de los momentos más definitorios de su juventud. En la primavera de 1918 se enamoró. La chica se llamaba Marie Cooklin, aunque todos la conocían como Mae.
Era irlandesa, católica devota, trabajadora en la misma fábrica de cajas donde él había pasado sus días más sanodinos. Fue, según quienes los conocieron, algo parecido al amor a primera vista. Dos mundos distintos, el italiano y el irlandés, dos formas de entender la familia y la lealtad, y sin embargo, algo que encajó desde el principio.
Pero el verano de ese mismo año trajo una complicación que aceleró todo. Mae quedó embarazada. Y aquello para un chico de 18 años con un sentido tan arraigado de la responsabilidad familiar fue como un interruptor que se activó de golpe. Ahora no solo tenía que cuidar de su madre y sus hermanos, tenía que construir algo propio.
Tenía que ganar dinero, más dinero del que una fábrica de cajas podía ofrecerle, más del que cualquier trabajo honesto en Brooklyn estaba dispuesto a pagarle. El 4 de diciembre de 1918, Mae dio a luz a un niño. Lo llamaron Albert, aunque en familia lo conocerían siempre como Sony. Semanas después, Ali y Mae se casaron en la iglesia de la familia de ella, pero la alegría de ese inicio estuvo ensombrecida desde el principio por una sombra que perseguiría a Capone durante años.
Sony había nacido dos meses prematuro y con sífilis congénita, una enfermedad que Al le había transmitido a Mae sin saberlo, fruto de sus escapadas nocturnas y sus relaciones con prostitutas en los años anteriores. Aquel dato, tan íntimo y tan devastador, pesaría sobre Capone como una condena silenciosa. Una de esas culpas que no se pueden confesar en público, pero que nunca se van del todo.
Pocos días después del nacimiento de Sony, ocurrió otro episodio que marcaría para siempre la imagen física de Capone. En el Harvardin cometió el error de piropear a la hermana de un hombre que no estaba dispuesto a tragarse el insulto. El hermano fue a por él con una navaja y le asestó tres tajos en el lado izquierdo de la cara.
Las cicatrices quedaron visibles para siempre y con ellas el apodo que Capone detestó el resto de su vida. Scarface. La cara cortada. Él prefería que lo llamaran Snorky, que en el argot de la época significaba algo así como bien vestido, elegante. Pero la leyenda se quedó con el otro nombre. No mucho después, la sombra de un posible asesinato cayó sobre él.
Los detalles nunca quedaron del todo claros, pero había suficientes indicios de que Capone podía estar implicado en la muerte de alguien en Brooklyn. La policía empezó a hacerle preguntas que él no quería responder y fue entonces cuando Johnny Torrio, que ya estaba trabajando en Chicago para su tío político, un tal Vincenzo Colosimo, conocido en el ambiente como Big Jim, le ofreció una salida, un trabajo en Chicago, un nuevo comienzo, una ciudad entera por conquistar.
Capone tenía 20 años cuando cruzó el puente que separaba su vida anterior de todo lo que vendría después. Chicago en 1920 era una ciudad en ebullición, una metrópoli que olía a carne de los mataderos, a carbón de los trenes que llegaban y salían en todas direcciones, a ambición sin límites y a dinero moviéndose a toda velocidad en todas las direcciones posibles.
era también para los hombres que sabían cómo funcionar en sus márgenes, un paraíso sin igual y estaba a punto de volverse todavía más lucrativo gracias a una ley que cambiaría la historia del país. El 16 de enero de 1920 entró en vigor la ley Bolsteed, popularmente conocida como la prohibición.
El Congreso de los Estados Unidos había decidido que la solución a los males morales y sociales de la nación pasaba por eliminar el alcohol de la vida pública. La fabricación, la venta y el transporte de bebidas alcohólicas quedaron prohibidos de un plumazo. Los promotores de la medida la presentaron como un paso hacia una sociedad más virtuosa, más sana y más ordenada.
Lo que obtuvieron fue exactamente lo contrario, porque el problema con prohibir algo que la gente quiere con toda su alma no es solo que la gente siga queriéndolo. Es que al hacerlo ilegal entregas el negocio en bandeja a quienes no tienen ningún inconveniente en operar fuera de la ley. De la noche a la mañana, uno de los mayores sectores industriales de América se convirtió en mercado negro.
Y en ese mercado negro, quien tenía la visión, los contactos, la organización y las agallas necesarias, podía ganar fortunas que habrían parecido absurdas años antes. No hacía falta ser un genio para verlo, pero sí hacía falta ser el tipo de persona que no se detiene ante ciertas incomodidades morales ni ante ciertos peligros físicos.
Johnny Torrio lo vio antes que nadie en Chicago y Alcapone, su joven aprendiz recién llegado de Brooklyn, aprendió la lección con una velocidad extraordinaria. Pero antes de que el negocio del alcohol pudiera despegar del todo, había un obstáculo en el camino. Big Jim Colosimo, el hombre que gobernaba el submundo de Chicago desde hacía años, no quería saber nada del bootle legging.
Big Jim era un hombre que había construido su imperio sobre la prostitución y el juego. Dos industrias perfectamente rodadas y que le reportaban unas ganancias estimadas en $50,000 mensuales. Una cifra astronómica para la época. Era también un personaje pintoresco y contradictorio, conocido por sus trajes de lino blanco y sus bolsillos llenos de diamantes que sacaba y hacía rodar entre los dedos como si fueran caramelos.
Su restaurante, El Colosimos Café en West Wabash, era el punto de encuentro de cantantes de ópera, jugadores de béisbol y campeones de boxeo. Big Jim tenía clase, o al menos su versión particular de ella. Tenía también una habilidad notable para los negocios turbios disfrazados de respetabilidad y para ello había cultivado una alianza estratégica con dos de los concejales más corruptos de la historia de Chicago, John Cocklin y Michael Kena, que controlaban el distrito de la zona roja del South Loop.
A cambio de su protección política, que se traducía en que la policía miraba hacia otro lado cuando convenía, Colosimo recibió el cargo de capitán de precinto del primer distrito, un barniz de legitimidad que le venía muy bien. En Chicago, como en cualquier ciudad donde el crimen organizado lleva demasiado tiempo sin que nadie lo moleste, la frontera entre el poder legal y el ilegal se había vuelto tan porosa que ya era difícil saber dónde terminaba uno y dónde empezaba el otro, pero Big Jim tenía sus límites. Y cuando Torrio llegó
con la idea de entrar en el boot legging a gran escala, Colosimo se negó. Tenía todo lo que necesitaba. No quería complicaciones nuevas y además, por si fuera poco, se había enamorado de una cantante joven llamada Dale Winter y había repudiado a su esposa, que era nada menos que la tía de Torrio. Ese detalle personal fue la gota que colmó el vaso.
El 11 de mayo de 1920, Frankie Jale, el antiguo jefe de Capone en Brooklyn, entró en una oficina frente al café de Colosimo y le disparó un proyectil del 38 en la base del cráneo. Big Jim murió al instante. No hubo testigos dispuestos a hablar. Los periódicos acuñaron el término amnesia chicagoense para describir la súbita pérdida de memoria de todo el que podría haber visto algo.
Circularon rumores de que Capone había tenido algo que ver en la organización del golpe. Nadie fue acusado jamás. Con Colosimo fuera del camino, Torrio heredó la organización y comenzó a expandirla hacia el boot legging con una energía que no había podido desplegar mientras su jefe vivía. Y en ese proceso de expansión, Alcapone fue ganando terreno y responsabilidades.
Torrio le asignó el control de uno de sus locales en la zona sur, un lugar conocido como los cuatro doses en la calle South Wabash, donde se mezclaban el juego, la prostitución y el alcohol ilegal bajo el mismo techo. Capone empezó al frente de la puerta. Antes de que pasara mucho tiempo, estaba gestionando operaciones enteras.
El negocio del boot legging en Chicago era un organismo vivo, complejo y en permanente expansión. Torrio había heredado no solo los activos de Colosimo, sino también sus alianzas políticas y las había ampliado. El alcalde de Chicago en aquel periodo, William Hell Thompson, conocido como Big Bill, era un hombre cuya relación con la corrupción era tan íntima y tan descarada que llegó a tener un retrato de Capone en su despacho.
La filosofía era simple. Si los que tomaban decisiones en la ciudad estaban en nómina, el negocio podía funcionar sin interrupciones mayores. Y en Chicago esa nómina era larga y cara, pero valía cada centavo que costaba. Para producir y distribuir alcohol a escala industrial, Torrio y Capone necesitaban una infraestructura que rivalizaba en complejidad con la de cualquier empresa legítima de tamaño medio.
Necesitaban cervecerías y destilerías. Algunas de ellas reconvertidas a partir de instalaciones que habían operado legalmente antes de la prohibición. Necesitaban flotas de camiones para el transporte. Necesitaban redes de distribución que llegaran a los bares clandestinos, los llamados speakis, que proliferaron por toda la ciudad con una velocidad que habría dejado atónito a cualquiera que creyera que la gente iba a acatar dócilmente la nueva ley.
Y necesitaban también una producción diversificada. Porque no todo el alcohol que llegaba a los consumidores venía de las mismas fuentes. Había licor importado de Canadá en pequeñas embarcaciones por el lago Michigan. Había destilaciones caseras de calidad y peligrosidad variables. Había alcohol industrial desviado de su uso legítimo.
El ecosistema del boot legging era caótico y eficiente al mismo tiempo, como suelen ser los mercados negros cuando hay demanda suficiente para sustentarlos. Chicago tenía además ventajas logísticas que pocas ciudades podían igualar. Era el nudo central de la red ferroviaria del país. Tenía acceso directo a los grandes lagos.
Tenía una industria del transporte por carretera ya desarrollada. Todo eso facilitaba enormemente tanto la recepción de materias primas como la distribución del producto terminado. El gobierno federal calculó en su momento que el grupo de Torrio y Capone producía y exportaba alcohol no solo para satisfacer la demanda de Chicago, sino para abastecer a estados tan alejados como los del sur y el este del país.
El dinero que generaba todo aquello era de una escala difícil de imaginar. Las estimaciones del gobierno federal para el año 1924 situaban los ingresos totales de la organización en torno a 7 millones de dólares mensuales.000 dólares al mes en 1924. Con esas cifras, Capone pudo llevar a toda su familia a Chicago.
La instaló en una casa de estilo clásico del sur de la ciudad, modesta por fuera, cálida por dentro. Su madre, sus hermanos Mae y Sony, todos bajo el mismo techo o en las inmediaciones. Cuando cruzaba esa puerta, el hombre que gobernaba las calles más peligrosas de Chicago volvía a ser el hijo mayor que ponía el pan en la mesa.

La separación entre esos dos mundos era tan nítida en su cabeza que quienes lo conocieron en el ámbito familiar a veces tardaban en creer que era la misma persona. Pero la tranquilidad familiar era un lujo que Capone podía permitirse muy pocas veces, porque en las calles la competencia por el negocio del alcohol estaba generando tensiones que amenazaban con convertirse en algo mucho más grave.
Chicago no tenía un solo grupo criminal, tenía docenas. Y aunque Torrio había hecho grandes esfuerzos por construir un sistema de reparto territorial que mantuviera la paz entre los distintos bandos, ese equilibrio era frágil por naturaleza. Las alianzas cambiaban, los acuerdos se incumplían, los agravios se acumulaban.
Al norte del río, la banda que más peso tenía era la dirigida por un hombre llamado Danianion. Irlandés de nacimiento, florista de profesión en apariencia, Ovanion regentaba su negocio de flores justo enfrente de la catedral del Santo Nombre. Una ironía geográfica que no escapaba a nadie. Era también un hombre violento, impulsivo y con un sentido del humor tan retorcido como peligroso.
La tienda de flores era el cuartel general del North Side Gang, la banda del norte. Y entre Ovanion y Torrio había una tensión que llevaba tiempo creciendo bajo la superficie. El detonante llegó a finales de 1924. Ovan hurdió una trampa que tenía a Torrio como objetivo. Los dos tenían participación conjunta en una cervecería del norte de la ciudad.
Ovanion ofreció a Torrio comprarle su mitad por 500,000. Torrio aceptó, pero cuando llegó el momento del traspaso, Ovanion había avisado a la policía. Torrio llegó para cerrar el trato y acabó arrestado. El delito era menor, pero para alguien con su historial, incluso una condena pequeña, era un problema enorme. Torrio lo entendió perfectamente.
Eso era exactamente lo que Obanion había planeado. La respuesta no se hizo esperar. En noviembre de 1924, una cuadrilla enviada por Torrio entró en la floristería de la catedral del Santo Nombre y asesinó a Dianovanion entre sus propias flores. El Northside Gang no lo olvidó y comenzó una guerra que duraría años y que Chicago pagaría con sangre en sus calles.
El año 1925 fue decisivo. Torrio, que ya había sobrevivido a un atentado de los del norte, comprendió que su tiempo en Chicago había terminado. No era cobardía, era la lógica fría del hombre que siempre antepuso la supervivencia a cualquier otra consideración. Cumplió su pena de cárcel y volvió a Nueva York. dejó el negocio en manos de su protegido.
Alcapone, con apenas 26 años se convirtió en el jefe de lo que con el tiempo se llamaría el sindicato de Chicago. Ese ascenso fue intoxicante. Capone lo reconoció él mismo en distintas ocasiones, aunque con la cautela de quien sabe que las palabras también pueden ser usadas en su contra. Había algo en ese poder que cambiaba a los hombres.
la capacidad de tomar decisiones que afectaban a cientos de personas, de mover dinero a una escala que desafiaba la comprensión ordinaria, de entrar en una habitación y sentir que el aire cambiaba. Capone lo absorbió todo con la misma avidez con que había absorbido las lecciones de Torrio y las de Jale antes que él.
Pero con el poder vino también la violencia en una escala nueva. La guerra entre el bando sur, liderado ahora por Capone, y el bando norte, reagrupado bajo distintos líderes después de la muerte de Ovanion, se convirtió en el espectáculo más sangriento que Chicago había visto en años. Lo que la prensa llamó las guerras de la cerveza fue en realidad un ciclo interminable de ataques, represalias, contraataques y nuevas represalias que duró aproximadamente 6 años y en el que los muertos se contaron por centenares.
era, en palabras de quienes lo vivieron, como si la ciudad entera hubiera tomado partido en un conflicto que tenía sus propias banderas, sus propias lealtades y sus propias reglas, aunque esas reglas las dictaba quien tuviera más balas ese día. Los ciudadanos de Chicago vivían en una especie de esquizofrenia colectiva.
Por un lado, los titulares de los periódicos describían atrocidades que habrían parecido propias de una zona en guerra. Por otro, la gente seguía bebiendo en los espiquisis, comprando el alcohol que la organización de Capone distribuía y disfrutando de un producto que la ley decía que no debería existir, pero que estaba en todas partes.
Y Capone lo entendía perfectamente. Él no era el villano de esa historia, o al menos eso era lo que él creía y lo que se encargó de transmitir con una habilidad de relaciones públicas que habría enorgullecido a cualquier estratega de comunicación moderno. Capone cultivó su imagen pública con una meticulosidad casi obsesiva.
Se vestía de manera espectacular, con trajes de colores intensos, sombreros de ala ancha, zapatos relucientes. se rodeaba de periodistas a los que ofrecía declaraciones que eran auténticas obras maestras del populismo gangsteril. “Yo doy a la gente lo que quiere”, decía. Soy un hombre de negocios. Satisfago una demanda.
Si lo que hago es ilegal, mis clientes son tan culpables como yo. Había una lógica retorcida en ese argumento que resultaba difícil de refutar del todo, especialmente para quien acababa de tomarse una copa de burbon en un local que debería estar cerrado por orden gubernamental. Pero la imagen no era solo retórica. Capone hacía cosas concretas para ganarse la simpatía popular.
Cuando en los años de la gran depresión los comedores de beneficencia empezaron a llenarse de desempleados que hacían cola por un plato de sopa, Capone financió uno de esos comedores en Chicago que servía miles de comidas al día. Algunos lo interpretaron como filantropía genuina, otros como un movimiento calculado de relaciones públicas.
Probablemente era las dos cosas a la vez, que es la respuesta más honesta para casi todo lo que hizo Capone. Mientras tanto, su riqueza personal alcanzaba dimensiones que desafiaban cualquier descripción razonable. El gobierno federal estimó que en el año 1927 los ingresos totales de la organización de Capone superaban los 105 millones de dólares anuales.
Su beneficio personal, después de pagar los sobornos y los salarios de sus varios centenares de hombres, se calculaba en un o 2 millones anuales. En términos actuales, eso equivale a entre 15 y 30 millones de dólares al año para su uso personal. y Capone los gastaba con una generosidad que rozaba la autodestrucción financiera.
Ropa de seda confeccionada a medida, automóviles de lujo, un complejo privado en la isla Palm de Miami Beach, donde pasaba los inviernos rodeado de su familia y sus asociados. Un vagón de tren privado para sus desplazamientos, joyas, principalmente diamantes, que llevaba encima como si fueran amuletos. y el juego, una debilidad que, según sus propias estimaciones le costó más de 8 millones de dólares a lo largo de los años.
Capone también era un hombre que amaba la música con una pasión que pocos habrían esperado del hombre más temido de América. Era músico él mismo, tocaba instrumentos y componía canciones. Frecuentaba los mejores locales de jazz de Chicago con la misma naturalidad con que asistía a las reuniones de negocios. El Green Mill en el barrio de Uptown era uno de sus favoritos.
tenía allí su reservado habitual, una mesa desde la que podía ver toda la sala y desde la que la salida de emergencia estaba siempre al alcance de la mano, por si acaso. Dicen que incluso secuestró al pianista Fats Waller en una ocasión, obligándolo a tocar en una fiesta privada durante tres días seguidos antes de dejarlo marchar con un sobrelleno de billetes.
Waller volvió con un dolor de cabeza monumental. También volvió con más dinero del que habría ganado en meses de actuaciones normales. Por aquel entonces, Capone había establecido sus cuarteles en el centro de Chicago con una desfachatez que dejaba atónitos incluso a sus propios aliados. Primero ocupó una planta entera del hotel Metropole.
Luego se mudó al hotel Lexington, donde tomó dos plantas y las transformó en algo a medio camino entre una fortaleza y un palacio. La razón práctica era evidente. Un hombre con tantos enemigos necesita moverse y necesita poder esconderse. Pero había también algo de declaración pública en esa presencia tan ostentosa en el corazón de la ciudad.
Capone no se escondía. Capone era Chicago y Chicago lo sabía. La ciudad vivía con él en una relación ambivalente que oscilaba entre la fascinación y el horror. Los periódicos publicaban sus fotografías en portada. Hollywood miraba hacia su vida con ojos brillantes, reconociendo que ahí había material para algo mucho más grande que la realidad.
El gangster carismático, el hombre que desafiaba al gobierno y ganaba, el americano hecho a sí mismo, que había ascendido desde los barrios más pobres hasta las cimas del poder. Era la narrativa del sueño americano, pero con el signo invertido, y eso la hacía paradójicamente todavía más poderosa. El año 1929 comenzó con la tensión entre el grupo de Capone y el Northside Gang en su punto más alto.
Los del norte habían recuperado fuerza bajo el liderazgo de George Moran, conocido en el ambiente como Bx Moran, un hombre cuya enemistad personal con Capone era ya de dominio público. Los ataques y las represalias se habían sucedido con tal frecuencia que nadie en los dos bandos dormía tranquilo. El 14 de febrero de ese año, un garaje en el número 2022 de North Clark Street fue el escenario del episodio más atroz de las guerras de la cerveza.
Siete hombres asociados con el grupo de Moran fueron convocados allí con el pretexto de un cargamento de alcohol. Lo que encontraron fue un pelotón de fusilamiento. Varios hombres vestidos con uniformes de policía entraron en el garaje y ordenaron a los presentes que se pusieran contra la pared y entonces abrieron fuego. 157 casquillos quedaron en el suelo cuando terminaron.
Los siete hombres murieron en el acto o poco después. Las fotografías que aparecieron en los periódicos al día siguiente provocaron una reacción visceral en toda la nación. No era solo la violencia en sí que llevaba años siendo una constante en las páginas de sucesos de Chicago. Era la frialdad de la ejecución, la deliberación, el modo en que la muerte había sido administrada con la misma meticulosidad que una operación militar.
América ya no podía seguir mirando hacia otro lado. Capone estaba en Miami cuando ocurrió. Había tenido buen cuidado de alejarse de Chicago para ese día. Los ejecutores no eran miembros conocidos de su organización, sino forasteros contratados específicamente para el trabajo, de modo que no pudieran ser identificados por los hombres de Morán.
El objetivo declarado era el propio Moran, que por un giro del azar llegó tarde a la cita y se salvó por minutos. Capone nunca fue acusado formalmente por la masacre. El crimen, 80 y tantos años después sigue técnicamente sin resolver. Pero la masacre del día de San Valentín cambió algo fundamental en la relación de América con Capone.
Hasta entonces había sido posible admirarlo desde cierta distancia, celebrar la audacia del hombre que burlaba una ley impopular, sonreír ante su estilo descarado. Después del 14 de febrero, eso se volvió mucho más difícil. La opinión pública giró y donde la opinión pública gira, el poder político no tarda en seguirla.
El recién elegido presidente Herbert Hubert recibió a una delegación de ciudadanos de Chicago que llegaron a Washington con una petición simple. Haga algo con Capone. Hubert entendió la oportunidad. Capone se convirtió en el enemigo público número uno y el gobierno federal, que durante años había tratado de encontrar una forma de sacarlo de la circulación sin conseguirlo, se puso manos a la obra con una urgencia renovada.
El problema era que Capone era extraordinariamente difícil de atrapar. Era el centro de una organización criminal enorme. Pero entre él y cualquier delito concreto siempre había varias capas de intermediarios. No manchaba sus manos directamente, pagaba a personas para que hicieran lo que necesitaba que se hiciera.
Tenía jueces, policías y políticos en su nómina, y por encima de todo era querido por una parte significativa de la población de Chicago, lo que hacía casi imposible encontrar testigos dispuestos a hablar. El agente de Hacienda, Elliot Nes, fue enviado a desmantelar las operaciones de boot legging de Capone. Nes y sus agentes, apodados los intocables porque no aceptaban sobornos, llevaron a cabo numerosas redadas espectaculares contra cervecerías y destilerías del sindicato.
Siempre había fotógrafos presentes, siempre había titulares. Al día siguiente, Nes entendía el valor de las relaciones públicas casi tamban bien como el propio Capone. Pero lo que los libros y las películas posteriores no siempre cuentan con suficiente honestidad, es que las redadas de NES, aunque dañaban la producción y costaban dinero a la organización, no llegaban al corazón del problema.
No había manera de vincular a Capone directamente con las operaciones de bootlegging, porque entre él y cualquier barril de cerveza ilegal siempre había demasiados intermediarios. El hombre que finalmente dio con la clave del problema fue George EQ. Johnson, el fiscal federal de Chicago. Johnson era un abogado tenaz, meticuloso y completamente inmune al glamur que rodeaba a Capone.
Entendió algo que nadie más había comprendido del todo. Capone ganaba cantidades enormes de dinero y ese dinero tenía que existir en algún lugar, tenía que moverse de alguna manera. Y si podía demostrarse que existía y que Capone nunca había pagado impuestos sobre él, ahí había un delito, un delito pequeño, casi burocrático en comparación con los crímenes de sangre que se le atribuían, pero un delito suficiente para enviarlo a la cárcel.
Johnson encargó la investigación a un contable forense del Servicio de Impuestos Internos llamado Frank Wilson. Wilson era el antípoda de Capone en todos los sentidos, discreto, metódico, con gafas de cristal grueso y una determinación que no admitía la fatiga ni el desánimo. Pasó años revisando cajas de documentos confiscados, buscando en ellos el rastro del dinero que Capone había ganado y nunca había declarado y lo encontró.
El punto de inflexión llegó cuando Wilson descubrió unos libros de contabilidad confiscados durante los tiempos en que la organización operaba en Cícero. Esos libros contenían registros de operaciones de juego que llevaban asociado el nombre de Capone, no directamente, pero lo suficientemente cerca como para construir un caso.
combinado con las pruebas irrefutables del gasto suntuario de Capone, que había comprado automóviles de lujo, joyas, propiedades y todo tipo de artículos caros sin declarar ningún ingreso al fisco, formó la base de una acusación que Johnson estaba dispuesto a llevar adelante. El proceso no fue sencillo. En febrero de 1929, antes de que la investigación fiscal llegara a término, Capone fue citado desde su residencia en Florida para testificar en Chicago en relación con un caso menor de bootlegging.
Su médico presentó un certificado afirmando que estaba demasiado enfermo para viajar, que llevaba semanas postrado en cama. El buró de investigación fue enviado a verificar esa información y encontró a Capone perfectamente saludable, disfrutando de las carreras de caballos y de excursiones de pesca en los alrededores de Miami.
Cuando finalmente compareció en Chicago, fue arrestado al salir del juzgado por desacato, pagó la fianza y quedó libre. Pero pocas semanas después fue detenido de nuevo en Filadelfia, esta vez por portar armas ilegales junto a su guardaespaldas. Pasó aproximadamente un año en una prisión de esa ciudad.
Era el principio del fin, aunque todavía no lo parecía del todo. Capone tenía una habilidad particular para hacer la vida más cómoda en cualquier institución penitenciaria donde ingresaba. Se ganaba la simpatía de los responsables del centro, les hacía favores, los trataba con una generosidad calculada que le reportaba ciertos privilegios.
Pero aquella cárcel de Philadelphia fue solo el aperitivo. Cuando Johnson tuvo suficientes pruebas, presentó los cargos. En julio de 1931, la fiscalía ofreció a Capone un acuerdo, declararse culpable a cambio de una condena de 2 años y medio. Capone aceptó, pero el juez rechazó el acuerdo y el caso fue a juicio. Lo que siguió fue el proceso judicial más mediático que América había visto hasta entonces.
El tribunal de Chicago se convirtió durante 11 días en el centro del mundo. Periodistas de todo el país se apiñaban en los pasillos. Los ciudadanos hacían cola para conseguir un asiento en la sala. Era exactamente el tipo de espectáculo que Capone había construido con tanto cuidado durante años, pero esta vez el guion no era el suyo.
Hubo irregularidades. Capone intentó influir en el jurado, algo que el juez descubrió a tiempo y corrigió sustituyendo a los jurados iniciales por otros que habían servido en causas similares y habían votado condenas en todas ellas. No era exactamente lo que Capone había planeado. El 17 de octubre de 1931, el juez federal James H.
Wilkerson dictó sentencia 11 años de prisión federal. La condena más dura que jamás había recaído sobre alguien por evasión de impuestos hasta aquel momento. Chicago se quedó sin palabras. Al Capone, el hombre que había desafiado a toda una ciudad, al que ningún jurado había podido o querido condenar por ninguno de los crímenes de sangre que se le atribuían, había caído finalmente ante un delito que cualquier oficinista podría haber cometido por descuido.
La ironía era tan perfecta que parecía diseñada por alguien con un sentido muy particular del humor histórico. En mayo de 1932 fue trasladado al penal federal de Atlanta y 2 años después, en 1934, fue enviado a Alcatraz, la nueva prisión de máxima seguridad construida en una isla en la bahía de San Francisco. La roca, como todos la llamaban, estaba diseñada precisamente para albergar a los presos más peligrosos e influyentes del país.
aquellos cuya presencia en prisiones normales seguía siendo de un modo u otro fuente de poder y de influencia. En Alcatrá no había privilegios, no había favores, había reglas y había silencio, y había el océano alrededor como recordatorio permanente de que de allí no se salía con facilidad. Capone escribía con regularidad a Sony y a Mae.
Las cartas eran tiernas, casi dolorosamente afectuosas, llenas del lenguaje de un padre que extraña a su familia y que quiere que su hijo sepa que piensa en él cada día. Mi querido hijo, mi hijo del corazón, aquí está tu querido padre que te quiere con toda su alma. Guarda un beso grande para tu madre. Que Dios os bendiga a los dos.

Tuyo, tu querido padre. Alfonse Capone eran las cartas de un hombre que había construido un imperio sobre la violencia y el miedo, pero que en el fondo no era capaz de separarse de la imagen del niño de Brooklyn, que quería que su madre estuviera orgullosa de él. Los años en Alcatraz cobraron un precio biológico devastador.
La sífilis que Capone había contraído en su juventud y que nunca había sido tratada adecuadamente porque en aquella época los tratamientos disponibles eran primitivos y escasamente eficaces. Había seguido avanzando silenciosamente durante décadas. En Alcatraz, los síntomas neurológicos comenzaron a hacerse visibles.
Su capacidad mental fue deteriorándose gradualmente. En noviembre de 1939, después de cumplir parte de su condena con buena conducta, fue puesto en libertad condicional. Lo que salió de Alcatraz aquel día no era el mismo hombre que había entrado 7 años antes. Físicamente envejecido más allá de sus 50 años, neurológicamente afectado por la enfermedad, Capone ya no era ninguna amenaza para nadie.
Algunos de sus antiguos asociados que fueron a visitarlo a su retiro en Florida volvieron con comentarios despectivos sobre su estado mental. Capone, según contó su nieta años después, era perfectamente consciente de lo que decían y su reacción fue la de un hombre que todavía conservaba suficiente astucia para entender que esa imagen de decadencia era, en cierto sentido, su mejor protección.
Que piensen lo que quieran, es mi salvo conducto. Mientras crean que ya no soy una amenaza, me dejarán en paz. El 25 de enero de 1947, 8 días después de cumplir 48 años, Alapone murió en su residencia de Palm Island, Florida. No fue la sífilis lo que lo mató directamente. Fue un derrame cerebral complicado con una neumonía que su cuerpo ya no tuvo fuerzas para combatir.
Sus restos fueron trasladados a Chicago y enterrados allí en la ciudad que había dominado, que lo había celebrado y que lo había destruido, y que a pesar de todo, nunca lo olvidó. La muerte de Capone no fue el final de su historia, fue en cierto sentido el comienzo de otra. Porque las leyendas no mueren con los hombres que las protagonizan.
Las leyendas tienen su propia vida, su propia lógica, su propio modo de crecer y mutar con el paso del tiempo. Y la leyenda de Al Capone se convirtió en algo que ya no tenía mucho que ver con el hombre real, con sus miedos, sus contradicciones, su enfermedad, sus cartas a Sony, su amor por la música, su terror a que lo llamaran Scarface, se convirtió en un icono cultural de primera magnitud.
Hollywood lo adoptó con entusiasmo. Los personajes inspirados en Capone poblaron décadas de cine y televisión, convirtiéndose en el arquetipo del gangster americano, que todavía hoy sigue siendo una presencia dominante en la cultura popular. El hombre que llegó de Brooklyn sin nada y construyó un imperio.
El americano hecho a sí mismo, aunque con métodos que ninguna escuela de negocios recomendaría. El hombre que entendió antes que nadie que el poder no es solo lo que tienes, sino lo que la gente cree que tienes. El legado de Capone sobre el crimen organizado en América es ambivalente y complejo. Por un lado, su caída se convirtió en una lección que todos sus sucesores aprendieron de memoria.
Los que vinieron después de él adoptaron el perfil bajo como dogma fundamental de supervivencia. Nada de entrevistas, nada de fotografías en portada. Nada de restaurantes en el centro de la ciudad donde cualquiera pudiera verte entrar y salir. La regla que los historiadores del crimen organizado llaman la lección de Capone es simple.
Si quieres durar, mantén la cabeza agachada y la boca cerrada. La visibilidad que Capone buscó con tanto a Inco fue exactamente lo que lo destruyó. Por otro lado, la estructura que Capone y Torrio habían construido sobrevivió a su autor con él en prisión y la prohibición derogada, el 5 de diciembre de 1933, Frank Knittti asumió el liderazgo de lo que empezó a llamarse definitivamente el sindicato de Chicago.
El negocio se adaptó, el alcohol volvió a ser legal, así que había que encontrar nuevas fuentes de ingresos. El juego, la extorsión sindical, la infiltración de negocios legítimos. La organización mutó, pero no desapareció. Las guerras de la cerveza habían terminado hacia 1932. El imperio que Capone había construido con sangre y sobornos durante la década anterior había consolidado el control del crimen organizado en Chicago de una manera que sus predecesores nunca habían logrado.
Era más eficiente, más centralizado, más capaz de corromper sistemáticamente las instituciones del Estado. Y esa eficiencia criminal fue el legado más duradero de Capone, aunque fuera también el menos celebrado en las películas. Las leyes que vinieron después, la ley de secreto bancario, el estatuto conocido como rico, que permitió por primera vez perseguir a organizaciones criminales como un todo, en lugar de perseguir solo a individuos concretos, fueron en gran medida respuestas a lo que Capone y sus sucesores habían construido. El crimen organizado moderno
en América, con toda su complejidad legal y su capacidad para penetrar en las instituciones, tiene sus raíces en aquellos años de Chicago y entenderlo requiere entender a Capone. sus nietas, que subastaron los objetos personales de la familia en el año 2021 ante más de 100 compradores registrados, describieron ese momento como una experiencia de clausura, como la oportunidad de compartir con el mundo una imagen más compleja y más humana del hombre que la historia y Hollywood habían convertido en un símbolo. Las
armas fueron los artículos más cotizados, pero también se vendieron con fervor los objetos de Mae, los de Sony, las pequeñas reliquias de una vida familiar que coexistió de manera casi incomprensible con toda la violencia y el poder que se desarrollaban fuera de aquellas paredes. ¿Qué nos enseña Alcapone? Esa es la pregunta que permanece cuando la adrenalina de la historia se asienta y lo que queda es la reflexión.
No nos enseña que el crimen sea glamuroso. No nos enseña que el poder comprado con sangre sea duradero o satisfactorio. Lo que nos enseña es algo más incómodo y más revelador. Nos enseña que las sociedades obtienen los criminales que sus propias contradicciones producen. La prohibición no nació de la nada. Nació de la tensión entre una América puritana y una América que quería vivir sin que nadie le dijera qué podía beber.
Y en esa tensión, Capone encontró su oportunidad. Nos enseña también que los hombres capaces de las peores cosas son también capaces de las más ordinarias, de querer a sus hijos, de escribir cartas llenas de ternura desde una celda en una isla rodeada de océano, de sentarse a cenar con su madre y escuchar que está orgullosa de él, esa humanidad no absuelve nada.
No borra los muertos, no restaura las vidas destruidas, no compensa a las familias que perdieron a alguien en aquellas guerras de Chicago, pero nos recuerda que los monstros no siempre tienen cuernos y que eso paradójicamente los hace más peligrosos. Y nos enseña quizás sobre todo que nadie está por encima de la ley, ni siquiera el hombre que durante una década actuó como si la ley fuera un obstáculo diseñado para los demás.
El gobierno de los Estados Unidos no pudo probar que Capone había matado a nadie. No pudo demostrar que había dado la orden de la masacre del día de San Valentín. No pudo vincularlo directamente a ninguno de los centenares de barriles de cerveza ilegal que su organización había producido y distribuido durante años, pero pudo demostrar que no había pagado sus impuestos y con eso bastó.
Había algo casi poético en ello, aunque la poesía fuera del tipo más amargo. El sindicato de Chicago sigue existiendo hoy, aunque con un perfil que Capone habría reconocido como la aplicación perfecta de su propia lección, discreto, invisible, alejado de los focos. Cada generación ha construido sobre la anterior, del mismo modo en que Capone construyó sobre Torrio y Torrio sobre Colosimo.
La cadena no se ha roto del todo, solo se ha vuelto más difícil de ver. Pero de todos los nombres que han pasado por esa cadena, solo uno sigue siendo capaz de hacer que alguien en cualquier punto del planeta, al escuchar la palabra Chicago, piense inmediatamente en un hombre con un sombrero de fieltro y las cicatrices en el lado izquierdo de la cara.
Solo uno sigue generando subastas multitudinarias, salas de cine llenas, miles de libros escritos y leídos décadas después de que aquel cuerpo enfermo y agotado dejara de respirar en una isla de Florida. Alcapone llegó a Chicago con 20 años y sin nada, y se marchó antes de cumplir los 35. Vivió apenas 48 años y sin embargo, todavía estamos aquí hablando de él.
Eso en sí mismo es una clase de inmortalidad que ningún dinero puede comprar y que ninguna condena puede quitar. Gracias por haber llegado hasta aquí. Documentar la historia de Al Capone es adentrarse en uno de los capítulos más fascinantes, más oscuros y más reveladores de la historia del crimen organizado en América.
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Fue un monstruo, un producto de su tiempo. Ambas cosas. Nos encanta leer lo que opináis.