Posted in

¿Quién Fue Realmente Al Capone? El Gángster Que Aterrorizó Chicago

Solo que la mesa se había vuelto muy muy grande y los métodos para poner algo encima de ella muy muy distintos. Capone abandonó la escuela en sexto grado. No era el único chico de su barrio que lo hacía. Brooklyn, en los primeros años del siglo XX era un hervidero de niños que crecían demasiado rápido en calles donde el dinero escaseaba y las oportunidades no llegaban solas, se buscaban y a veces se arrancaban.

Capone empezó a moverse con pandillas callejeras del barrio, grupos de jóvenes que se organizaban para sobrevivir en un entorno donde la dureza era una moneda de cambio tan válida como cualquier otra. No eran todavía organizaciones criminales en el sentido estricto, pero tampoco eran grupos de boy scouts. Eran la escuela real de muchos hombres que luego escribirían algunas de las páginas más oscuras de la historia del crimen organizado en América.

Fue en esos años cuando Capone cruzó el umbral que separa la calle de algo más serio. Empezó a trabajar en empleos humildes, en una fábrica de cajas, en pequeños negocios del barrio, buscando ganar lo suficiente para ayudar en casa. Pero fue en un local del paseo marítimo de Connie Island, donde su vida dio un vuelco que lo cambiaría todo.

El lugar se llamaba El Harvard In, un nombre que su propietario, el gangster de origen italiano, Francesco Yele, más conocido como Frankie Jale, había elegido con una ironía que solo él apreciaba. Jale era un hombre de peso en el submundo del crimen en Brooklyn, un tipo que sabía detectar el talento y sabía usarlo.

Y en el fornido adolescente que fregaba platos en su local, vio algo que le interesó. Capone pasó de fregar platos a atender la barra, de atender la barra a hacer otras cosas que no figuraban en ningún contrato. El Harvardin era un lugar donde circulaba todo tipo de gente y todo tipo de asuntos, muchos de ellos al margen de la ley.

Y Capone aprendió rápido. Aprendió a moverse en esos ambientes, a ganarse la confianza de hombres peligrosos, a no achantarse cuando las circunstancias se ponían feas. físicamente ya era imponente, no tenía miedo a pelear y eso en aquel mundo era una credencial tan válida como un título universitario en cualquier otro.

Fue también en el Harvardin, donde conoció a un hombre que se convertiría en una de las figuras más determinantes de su vida, Johnny Torrio. 17 años mayor que él, Torrio era ya entonces un gangster experimentado, un hombre de negocios del crimen con una visión estratégica poco común en ese ambiente. No era un matón, era un pensador. Y cuando posó los ojos en el joven Capone, vio en él lo que los mejores cazatalentos saben reconocer.

a alguien que todavía no ha desplegado todo lo que lleva dentro, pero que con la dirección correcta podía llegar muy lejos. Pero antes de que Torrio entrara de lleno en su historia, Alcapone vivió uno de los momentos más definitorios de su juventud. En la primavera de 1918 se enamoró. La chica se llamaba Marie Cooklin, aunque todos la conocían como Mae.

Era irlandesa, católica devota, trabajadora en la misma fábrica de cajas donde él había pasado sus días más sanodinos. Fue, según quienes los conocieron, algo parecido al amor a primera vista. Dos mundos distintos, el italiano y el irlandés, dos formas de entender la familia y la lealtad, y sin embargo, algo que encajó desde el principio.

Pero el verano de ese mismo año trajo una complicación que aceleró todo. Mae quedó embarazada. Y aquello para un chico de 18 años con un sentido tan arraigado de la responsabilidad familiar fue como un interruptor que se activó de golpe. Ahora no solo tenía que cuidar de su madre y sus hermanos, tenía que construir algo propio.

Tenía que ganar dinero, más dinero del que una fábrica de cajas podía ofrecerle, más del que cualquier trabajo honesto en Brooklyn estaba dispuesto a pagarle. El 4 de diciembre de 1918, Mae dio a luz a un niño. Lo llamaron Albert, aunque en familia lo conocerían siempre como Sony. Semanas después, Ali y Mae se casaron en la iglesia de la familia de ella, pero la alegría de ese inicio estuvo ensombrecida desde el principio por una sombra que perseguiría a Capone durante años.

Sony había nacido dos meses prematuro y con sífilis congénita, una enfermedad que Al le había transmitido a Mae sin saberlo, fruto de sus escapadas nocturnas y sus relaciones con prostitutas en los años anteriores. Aquel dato, tan íntimo y tan devastador, pesaría sobre Capone como una condena silenciosa. Una de esas culpas que no se pueden confesar en público, pero que nunca se van del todo.

Pocos días después del nacimiento de Sony, ocurrió otro episodio que marcaría para siempre la imagen física de Capone. En el Harvardin cometió el error de piropear a la hermana de un hombre que no estaba dispuesto a tragarse el insulto. El hermano fue a por él con una navaja y le asestó tres tajos en el lado izquierdo de la cara.

Las cicatrices quedaron visibles para siempre y con ellas el apodo que Capone detestó el resto de su vida. Scarface. La cara cortada. Él prefería que lo llamaran Snorky, que en el argot de la época significaba algo así como bien vestido, elegante. Pero la leyenda se quedó con el otro nombre. No mucho después, la sombra de un posible asesinato cayó sobre él.

Los detalles nunca quedaron del todo claros, pero había suficientes indicios de que Capone podía estar implicado en la muerte de alguien en Brooklyn. La policía empezó a hacerle preguntas que él no quería responder y fue entonces cuando Johnny Torrio, que ya estaba trabajando en Chicago para su tío político, un tal Vincenzo Colosimo, conocido en el ambiente como Big Jim, le ofreció una salida, un trabajo en Chicago, un nuevo comienzo, una ciudad entera por conquistar.

Capone tenía 20 años cuando cruzó el puente que separaba su vida anterior de todo lo que vendría después. Chicago en 1920 era una ciudad en ebullición, una metrópoli que olía a carne de los mataderos, a carbón de los trenes que llegaban y salían en todas direcciones, a ambición sin límites y a dinero moviéndose a toda velocidad en todas las direcciones posibles.

era también para los hombres que sabían cómo funcionar en sus márgenes, un paraíso sin igual y estaba a punto de volverse todavía más lucrativo gracias a una ley que cambiaría la historia del país. El 16 de enero de 1920 entró en vigor la ley Bolsteed, popularmente conocida como la prohibición.

El Congreso de los Estados Unidos había decidido que la solución a los males morales y sociales de la nación pasaba por eliminar el alcohol de la vida pública. La fabricación, la venta y el transporte de bebidas alcohólicas quedaron prohibidos de un plumazo. Los promotores de la medida la presentaron como un paso hacia una sociedad más virtuosa, más sana y más ordenada.

Read More