Posted in

Los Zetas: El Ejército que el Estado Creó Sin Saberlo

En algún momento de ese año, Guzmán de Cena tomó la decisión que cambiaría la historia del crimen organizado latinoamericano. Desertó y no lo hizo solo. Se llevó consigo a 34 compañeros de armas, hombres que como él habían jurado defender a la nación mexicana y que ahora pondrían ese juramento en el archivo de los recuerdos para abrazar algo más lucrativo y más poderoso.

El nombre que adoptaron tiene una ironía que con el tiempo resultaría casi literaria. La letra Z era el código que utilizaba la policía judicial federal mexicana para identificar a sus oficiales de mayor rango. Aquellos que habían sido entrenados para perseguir a los criminales tomaron el símbolo de quienes debían perseguirlos y lo convirtieron en su identidad, los zetas.

El nombre resonaría durante los años siguientes con una frecuencia creciente en los despachos de los funcionarios de seguridad, en las redacciones de los periódicos y, sobre todo, en los hogares de quienes tuvieron la desgracia de cruzarse en su camino. En sus primeros años de existencia, los ZAS operaban dentro de la estructura del cartel del Golfo, como lo que oficialmente eran el brazo armado de la organización.

protegían los cargamentos, ejecutaban a los deudores que no pagaban, eliminaban a los rivales que amenazaban las plazas controladas por Cárdenas Guillén y garantizaban que nadie en el ecosistema criminal del noreste de México se atreviera a cuestionar la autoridad del cartel, pero lo hacían con una metodología que no tenía precedentes en el mundo del narcotráfico mexicano.

Planificaban cada operación con la disciplina de una misión militar. Coordinaban ataques simultáneos en múltiples ubicaciones. Montaban emboscadas que dejaban sin posibilidad de respuesta a los enemigos. Usaban comunicaciones encriptadas y rotaban sus posiciones con una frecuencia que dificultaba enormemente el seguimiento por parte de las autoridades.

No eran delincuentes que sabían disparar, eran soldados que habían elegido el lado equivocado. El dinero fluyó, las plazas se expandieron y con la expansión llegó el crecimiento. Los cetas comenzaron a reclutar más allá de sus filas originales de desertores militares. incorporaron a exmiembros de la Policía Federal, hombres que conocían los procedimientos de las fuerzas del orden desde adentro y podían anticipar las operaciones en su contra.

Cruzaron la frontera hacia Guatemala y reclutaron a exmiembros de los Caiviles, la unidad de fuerzas especiales guatemalteca, que había ganado una reputación de extrema dureza durante los años del conflicto armado interno. y reclutaron también a jóvenes, muchos de ellos adolescentes, criados en la pobreza del noreste de México y el norte de Centroamérica, para quienes el salario semanal que ofrecía la organización representaba varias veces, lo que cualquier empleo legal podría pagarles en un mes.

La captura de Osiel Cárdenas Guillen en el año 2003 fue el catalizador que los zas necesitaban, aunque ellos mismos quizás no lo sabían en ese momento. Con el líder del cartel del Golfo Entre rejas, la relación de dependencia que había mantenido a los cetas como apéndice de otra organización quedó disuelta. Tenían los hombres, tenían las armas, tenían el conocimiento operativo, tenían las rutas y tenían algo que ningún otro grupo criminal en México poseía en ese grado.

Tenían disciplina, tenían estructura de mando, tenían la capacidad de actuar de manera autónoma en múltiples frentes simultáneamente. Arturo Guzmán de Cena, el Z1 fundador, no vivió para presenciar la independencia total. Fue abatido en un tiroteo en Matamoros. Tamaulipas, en noviembre del año 2002, apenas meses antes de la captura de Cárdenas Guillén.

Tenía 33 años. Había puesto en marcha algo que ni él mismo habría podido prever en toda su magnitud. El monstruo que había creado no necesitaba ya a su creador para seguir creciendo. Seguiría creciendo de todas formas, alimentado por el dinero, el terror y la impunidad. Heriberto Lascano.

Lascano entró en la historia del crimen organizado mexicano, no como fundador, sino como el arquitecto que tomó los cimientos que otros habían puesto y sobre ellos construyó un edificio criminal de proporciones nunca vistas. Conocido dentro y fuera de la organización como Ella Lazca y registrado en los archivos de inteligencia con el código C3.

Lazano comprendió desde el primer momento que liderar una organización criminal de las dimensiones que los zas estaban alcanzando requería algo más que ferocidad, requería estrategia, requería visión empresarial, requería la capacidad de inspirar un miedo tan profundo que la simple mención del nombre de la organización fuera suficiente para paralizar la voluntad de resistencia de cualquier posible oponente.

Bajo su liderazgo, los zetas dejaron de ser el brazo armado de nadie y se convirtieron en un cartel autónomo con una estructura que combinaba la jerarquía militar con la lógica empresarial del crimen organizado transnacional. Cada plaza tenía su comandante. Cada comandante respondía ante una cadena de mando clara y cada eslabón de esa cadena sabía perfectamente cuáles eran las consecuencias de la desobediencia o la traición.

Esas consecuencias no eran abstractas, eran concretas, visibles y diseñadas para ser recordadas. El modelo económico que Lascano construyó para los ZAS fue en muchos sentidos una innovación dentro del mundo del crimen organizado, donde otros carteles dependían casi exclusivamente del tráfico de narcóticos. Los zas diversificaron sus fuentes de ingreso con una amplitud que los hacía prácticamente invulnerables a las interrupciones de cualquier negocio en particular.

El narcotráfico seguía siendo la columna vertebral. La cocaína colombiana que cruzaba México en dirección al norte era el producto estrella de la organización y las ganancias que generaba eran difíciles de cuantificar con precisión. Un kilo de cocaína que salía de Colombia por un valor de pocos miles de dólares, alcanzaba en las calles de las ciudades estadounidenses un precio entre 10 y 20 veces mayor.

Las rutas que los zas controlaban en el noreste de México eran las más directas hacia los estados del sur y el centro de los Estados Unidos. Solo ese negocio generaba cientos de millones de dólares al año para la organización, pero los zas no se detuvieron. Ahí la extorsión, a la que dentro de la organización llamaban cobrar el piso, se convirtió en una fuente de ingresos tan sistemática y tan organizada que se parecía más a un impuesto paralelo que a la actividad criminal que legalmente era.

Cualquier negocio que operara en territorio controlado por los ZAS, desde una pequeña tienda de abarrotes hasta una mediana empresa de transportes, debía pagar una cuota mensual. La cuota se fijaba en función de la capacidad económica del negocio. Las consecuencias del impago eran graduales, pero inexorables.

Primero llegaba una advertencia verbal. Si el propietario la ignoraba, llegaba la destrucción de bienes o el daño físico a empleados. Si seguía resistiendo, desaparecía. Esta práctica generaba un flujo constante de efectivo en decenas de ciudades y municipios. Un ingreso que no dependía de los precios del mercado internacional de las drogas ni de las fluctuaciones de la demanda.

Read More