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JOHNNY TAPIA: LA ASQUEROSA VERDAD DETRAS DE LA MUERTE DE SU FAMILIA

Adentro vivían 15 personas distintas entre primos, tías, tíos políticos, hermanas paternas. 15 personas durmiendo sobre colchones improvisados en el piso, en sillones rotos del comedor, en camas marineras compartidas. Johnny no tuvo una cama propia hasta los 17 años y todas las noches, antes de dormir sobre un colchón roto del piso del cuarto del abuelo, rezaba la misma oración improvisada de tres líneas que él mismo había inventado a los 8 años.

Mamá, ven por mí. Mamá, llévame contigo. Mamá, perdóname. Perdóname. Esa palabra cargaba dentro un secreto que el niño no podía explicar todavía a nadie, porque Johnny pensaba desde la mañana del 28 de mayo del 75 hasta el último día de su vida adulta, que la culpa del asesinato de Virginia había sido suya. Yo le pedí que no fuera.

Ella no me hizo caso. Pero si yo le hubiera rogado más, si yo me hubiera tirado al piso, si yo le hubiera agarrado las piernas, si yo hubiera llorado más fuerte, mi mamá no se va, mi mamá no se sube a ese coche, mi mamá no muere esa noche. frase que el cinco veces campeón mundial iba a repetir 30 años más tarde delante de las cámaras del documental autobiográfico financiado por el rapero Curtis 50 Centavos Jackson en el 2012 marcó el patrón emocional que iba a destruir al boxeador desde los 12 años hasta el último día. El abuelo Miguel le

enseñó al nieto los rudimentos del boxeo amateur en el patio trasero de la casa familiar. Cada mañana a las 5 de la madrugada, Miguel despertaba a Johnny con un golpe suave en el hombro. Le servía un vaso de leche fría con una tortilla de harina y lo sacaba a correr 5 km por las calles vacías del barrio antes del amanecer.

5 km diarios. 1800 al año, 18,000 sobre el cemento agrietado del barrio bajo durante los 10 años de entrenamiento a Mateur con el abuelo materno y Johnny corría con la cara llena de lágrimas todas las mañanas yo corría llorando porque cada paso era para mi mamá, cada respiración era para mi mamá, cada golpe en el saco era para encontrar al hijo de mala madre que me la había matado.

encontrar al hijo de mala madre que se la había matado. Esa fue la obsesión secreta del muchacho de Albuquerque durante los siguientes 23 años continuos. Porque la policía del condado de Bernalillo había cerrado el caso tres meses después del crimen, sin sospechosos, sin evidencia, sin testigos, sin nombre del asesino.

Y Johnny pensaba equivocadamente que algún día él mismo iban a encontrar al hombre y matarlo con sus propias manos en el cuadrilátero del boxeo profesional. El 1 de marzo del 88, 13 años después del asesinato de Virginia, el muchacho debutó como boxeador profesional en el gimnasio Wells Park del barrio sur de Albuquerque contra un boxeador local llamado Efrén Rivera.

Pesaba 52 kg, medía 1,68 m. Cargaba sobre el cuerpo 16 tatuajes religiosos, incluyendo una imagen de la Virgen de Guadalupe sobre el pectoral izquierdo, un crucifijo cristiano sobre el omóplato derecho y el nombre completo de Virginia tatuado en letras góticas a lo largo del antebrazo derecho.

Johnny ganó esa primera pelea por knockout técnico en el tercer asalto. 26 golpes conectados durante los 9 minutos de combate. 26 golpes, uno por cada puñalada que el asesino le había dado a Virginia en la cantera abandonada de las Afueras. Y arrancó la mejor década del boxeo amateur y profesional firmada por un muchacho del estado de Nuevo México durante el siglo XX.

Pero algo dentro del campeón empezó a fallar en el verano del 90. Junio del 90. Examen antidoping rutinario de la Comisión Atlética Estatal de Nuevo México. Muestra de orina positiva por consumo de cocaína. El muchacho admitió la adicción públicamente en conferencia de prensa. Lo suspendieron del cuadrilátero durante 6 meses iniciales.

Esos 6 meses se extendieron a 12, a 24, a 36 meses continuos fuera del boxeo profesional. 3 años y medio sin pelear. 3 años y medio durante los cuales el muchacho pasó de ser promesa mundial del peso supermosca, a drogadicto desconocido del barrio bajo del condado de Bernalillo, cantinas baratas del barrio sur, cocaína mezclada con tabaco, fumada bajo los puentes, heroína negra inyectada en las venas del antebrazo izquierdo, días enteros sin comer, noches enteras durmiendo dentro de coches abandonados del estacionamiento del bar local. Y

entonces, el 14 de octubre del 92, Miguel Anthony Tapia, el abuelo materno del muchacho, hombre que había sustituido la figura paterna ausente durante 17 años, murió de paro cardíaco repentino en la cocina de la casa familiar del barrio bajo de Albuquerque. 74 años de edad. Una taza de café americano sin azúcar entre las manos.

A las 6:14 minutos de la mañana, el anciano se desplomó sobre el piso de baldosas amarillas de la cocina familiar. La taza se rompió contra el suelo. El café se derramó sobre el pecho del abuelo y Miguel murió solo sin que ningún familiar del barrio lo viera apagarse. Johnny no asistió al funeral del abuelo. Estaba demasiado drogado para llegar al cementerio Mount Calvary esa tarde del 16 de octubre del 92.

Llevaba 72 horas continuas dentro de una cantina baja del centro de Albuquerque, inyectándose heroína negra mezclada con cocaína dentro del baño público del establecimiento. Tres primos del barrio fueron a buscarlo durante la mañana del funeral. Lo encontraron tirado sobre el piso del baño con una jeringa todavía clavada en el antebrazo izquierdo.

Le rogaron que se levantara. Le ofrecieron llevarlo en taxi al cementerio. Le prometieron que el abuelo lo iba a perdonar desde el cielo. Johnny les escupió a los tres primos en la cara y se quedó dentro del baño público durante las siguientes 10 horas, ignorando el funeral del único hombre que lo había criado después del asesinato de la madre.

por esa decisión específica tomada a las 11:22 minutos de la mañana del 16 de octubre del 92 dentro del baño público de una cantina del centro de Albuquerque. Johnny Tapia iba a cargar el segundo cargo de conciencia más pesado de su vida adulta. El primero ya lo tenía marcado a fuego en la cabeza desde el 28 de mayo del 75.

Aquella noche del 16 de octubre, después de cerrar la cantina, a las 2 de la madrugada del 17, el muchacho caminó solo seis cuadras bajo la lluvia del otoño hacia el cementerio Mount Calvary del barrio sur. Se sentó sobre la grava húmeda del piso del panteón frente a dos lápidas alineadas en fila, la de Virginia y la del abuelo Miguel.

y le habló al abuelo en voz baja durante 42 minutos, contándole que había fallado tres veces el examen antidoping de la Comisión Atlética del Estado, que llevaba 30 meses fuera del cuadrilátero profesional, que pesaba 74 kg sobre la báscula del baño, cuando antes pesaba 52, que se había convertido en el drogadicto más conocido del barrio bajo del condado de Bernalillo.

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