Había llegado al equipo 8 meses después de la boda con un portafolio extraordinario y una manera de moverse por el mundo que era exactamente opuesta a la de Alejandro. desorganizado, pero genuino, irreverente, sin el tipo de seguridad performativa que requiere siempre un público. Rodrigo era intenso y callado al mismo tiempo con la clase de presencia que no exige atención, pero la obtiene de todas formas.
La relación entre Valentina y Rodrigo comenzó de la única manera en que podía comenzar dadas las circunstancias, lentamente, sin que ninguno de los dos hubiera tomado una decisión consciente de que eso era lo que estaban haciendo. conversaciones que se extendían más allá del horario de oficina, lecturas compartidas, un café, un martes lluvioso que no estaba en ninguna agenda oficial, una confianza construida sobre la base de que Rodrigo, a diferencia de casi todas las personas en la vida de Valentina en ese periodo, la escuchaba
sin corregirla. Para Valentina, que llevaba años siendo moldeada y cuestionada y reducida, ser simplemente escuchada era un acto de una generosidad descomunal. La relación se volvió romántica a los 16 meses de conocerse. Valentina lo sabía, Rodrigo lo sabía y ambos sabían también que había un elemento de peligro en eso, que no era solamente el peligro abstracto de una infidelidad, sino algo más concreto, más físicamente presente, Alejandro.
Porque para ese entonces el comportamiento de Alejandro había cruzado varias líneas que antes permanecían, si no intactas, al menos ambiguas. había comenzado a revisar no solo el teléfono de Valentina, sino también sus cuentas de correo electrónico. Tenía las contraseñas de todos sus perfiles digitales, extraídas a lo largo del tiempo, con la misma paciencia con que había ido extrayendo todo lo demás.
Cuando salía sin él, le mandaba mensajes con una frecuencia que rozaba la vigilancia activa, exigiendo actualizaciones de ubicación, fotos del lugar donde estaba, confirmación de con quién estaba y hasta cuándo estaría. Una noche, después de una discusión que comenzó por un motivo trivial y que escaló con la velocidad característica de las discusiones que no son realmente sobre lo que dicen ser, Alejandro la tomó del brazo con una fuerza que dejó marcas.
Al día siguiente llegó con flores, con disculpas, con lágrimas que parecían genuinas porque probablemente lo eran, porque los hombres como Alejandro no son necesariamente monstruos en todos sus momentos, sino personas que han aprendido a tratar a quienes aman como propiedades, eso a veces les genera una culpa real que no saben cómo procesar de manera que no resulte en más daño.
Valentina no le contó a nadie lo de las marcas en el brazo. Llevaba demasiado tiempo sin tener a nadie a quien contarle las cosas, excepto a Rodrigo. Y eso, cuando Alejandro finalmente lo descubriera, sería el detonante de todo lo que vendría después. Porque Alejandro Fuentes Vidal era muchas cosas, pero sobre todo era un hombre que consideraba a Valentina una extensión de sí mismo, una pieza de un rompecabezas que él había armado con sus propias manos y que nadie más tenía derecho a tocar. Nadie.
Lo que Valentina no podía saber en esos días de otoño de 2019, cuando comenzaba a formular en su mente por primera vez de forma concreta, la posibilidad de salir del matrimonio, era que Alejandro ya lo sabía, ya sabía lo de Rodrigo. Llevaba semanas sabiéndolo y ya había decidido qué iba a hacer al respecto.
El 7 de mayo de 2019 amaneció en Santiago con ese frío seco y limpio que caracteriza el otoño en la capital chilena. El cielo era de un azul pálido, casi blanco en los bordes, y las hojas de los plátanos orientales de avenida Apoquindo habían comenzado a volverse ocre y amarillo. Era por todos los parámetros externos una mañana ordinaria.
Valentina Riquelme fue vista por última vez a las 8:47 de esa mañana. La imagen proviene de la cámara de seguridad del edificio donde vivía. Valentina saliendo por la puerta principal, vestida con un abrigo gris oscuro, una bufanda, burdeos y zapatillas deportivas blancas. Llevaba una mochila pequeña al hombro izquierdo. Miraba hacia abajo mientras caminaba, no miraba hacia atrás.
Alejandro Fuentes Vidal declaró a la policía 48 horas después que esa mañana él había salido antes que ella alrededor de las 7:15 para una reunión temprana en el estudio. Dijo que Valentina estaba despierta cuando se fue preparando café en la cocina. Dijo que habían desayunado juntos. Dijo que todo estaba bien. Dijo muchas cosas. Ninguna de ellas.
Era completamente verdad. Valentina no llegó a la revista ese día, no contestó llamadas, no respondió mensajes. Su teléfono, según el registro posterior de la compañía de telecomunicaciones, estuvo activo hasta las 9:23 de esa mañana, cuando emitió su última señal desde una antena ubicada en el sector de Maul, a 15 km del edificio donde vivía, en una dirección completamente opuesta a la oficina.
Después de las 9:23, silencio absoluto. Su directora en la revista, Camila Herrera, fue la primera en sonar la alarma. Valentina era puntual hasta el punto de la obsesión, uno de esos rasgos que las personas que la conocían bien atribuían, sin saberlo del todo, a vivir con alguien que castigaba cualquier impuntualidad con días de frialdad calculada.
Cuando a las 11 de la mañana del 7 de mayo, Valentina no había aparecido ni respondido ningún intento de comunicación, Camila llamó directamente a Alejandro. Él respondió al segundo timbre con una voz que Camila describiría después ante los investigadores como demasiado calmada para la situación. le dijo que probablemente Valentina había tenido algún imprevisto, que seguramente llegaría pronto, que no había razón para alarmarse.
Camila, que conocía a Valentina desde hacía 4 años y que había observado sin nunca haber intervenido el proceso gradual de aislamiento de su editora, colgó con un malestar indefinido que no sabía cómo articular. Alejandro esperó 18 horas antes de hacer la denuncia de desaparición.
Esas 18 horas serían meses después uno de los elementos más analizados del caso. 18 horas es mucho tiempo. Es tiempo suficiente para pensar, para planear, para deshacer rastros. También es, en el argumento que Alejandro presentaría ante la policía, tiempo que necesitó para asegurarse de que realmente había desaparecido y no simplemente se había ido a casa de su madre sin avisarle.
Una explicación que los investigadores encontraron internamente inverosímil, pero que en ausencia de evidencia directa durante los primeros días no podían desmentir públicamente. Cuando finalmente hizo la denuncia la noche del 8 de mayo, Alejandro Fuentes Vidal era la imagen del esposo devastado. Llegó a la comisaría con ojeras reales, con la voz quebrada en los momentos exactos, con una historia coherente y detallada que había tenido 18 horas para pulir.
Describió a Valentina como una mujer estable, sin enemigos conocidos, sin problemas de salud mental, sin razones que él pudiera identificar para una desaparición voluntaria. No mencionó las discusiones, no mencionó el brazo marcado de febrero, no mencionó que tr días antes del 7 de mayo había revisado el teléfono de Valentina mientras ella dormía y había encontrado finalmente la confirmación de lo que llevaba semanas sospechando.
mensajes de Rodrigo Salinas en tono inequívocamente íntimo, planeando un encuentro para ese mismo día el 7 de mayo. No mencionó nada de eso. Lo que sí hizo con una eficacia que asombraría posteriormente a los investigadores fue convertirse inmediatamente en el rostro visible de la búsqueda. Habló con periodistas, dio conferencias de prensa con los ojos húmedos y la mandíbula tensa.
Pegó carteles con la foto de Valentina por toda la ciudad. Organizó un grupo de búsqueda voluntaria. llamó personalmente a cada amigo y familiar que podía recordar, incluyendo a la madre de Valentina en Valparaíso, a quien informó con una voz tan cargada de dolor genuino performativo, que la señora Riquelme pasó varios días convencida de que su yerno era inocente.
[carraspeo] Mientras tanto, la policía comenzaba a tirar de los primeros hilos y Rodrigo Salinas, el fotógrafo de 31 años, que amaba a Valentina Riquelme con la clase de amor desorganizado y genuino que ella había encontrado como agua en un desierto, llevaba 48 horas sin aparecer en su apartamento de barrio Italia.
Nadie lo había reportado como desaparecido todavía. Nadie sabía aún que debía hacerlo. La inspectora Daniela Ortega llevaba 12 años en la unidad de personas desaparecidas de la policía de investigaciones de Chile y tenía la clase de intuición que no viene de ningún manual, sino de haber visto suficientes casos, suficientes familias, suficientes culpables que lloran muy bien.
Cuando se sentó frente a Alejandro Fuentes Vidal por primera vez en la mañana del 9 de mayo, observó tres cosas que registró mentalmente antes de que él terminara su primer párrafo. Primera, Alejandro mantenía contacto visual de manera demasiado consistente. La mayoría de las personas, en situaciones de angustia genuina miran hacia distintos lados, hacia el piso, hacia ninguna parte específica.
El contacto visual sostenido en un interrogatorio suele ser una señal de control, no de angustia. Segunda, cuando Ortega le preguntó sobre la relación con Valentina, Alejandro usó el pasado. Valentina era muy organizada, dijo, era muy puntual. El uso del tiempo verbal en casos de personas vivas desaparecidas es un indicador que los investigadores conocen bien.
Tercera, cuando se mencionó el nombre de Rodrigo Salinas, la mano derecha de Alejandro, que descansaba sobre la mesa, se contrajo por un periodo de aproximadamente 2 segundos antes de que él respondiera que lo conocía superficialmente como colega de Valentina. La inspectora Ortega no dijo nada de eso en ese momento.
Anotó todo en su libreta con letra pequeña y pasó al siguiente punto. Los registros telefónicos llegaron en 48 horas. El análisis del teléfono de Valentina que Alejandro había entregado voluntariamente porque no hacerlo habría sido sospechoso, fue revelador en varios sentidos. No porque contuviera los mensajes de Rodrigo que habían sido eliminados con la meticulosidad de alguien que borra evidencia con premeditación, sino precisamente por eso, por la ausencia, conversaciones que comenzaban y se cortaban inexplicablemente,
[carraspeo] periodos en el historial donde claramente había habido actividad que luego había sido removida y una aplicación de mensajería. secundaria instalada con una cuenta de correo que Valentina no usaba habitualmente, que Alejandro no había pensado en verificar porque no sabía que existía. En esa aplicación estaban los últimos mensajes entre Valentina y Rodrigo, el mensaje final de Valentina enviado a las 8:51 de la mañana del 7 de mayo, 4 minutos después de que la cámara del edificio la capturara saliendo a la calle.
Decía que iba en camino, que esa mañana lo había decidido, que había hecho una maleta pequeña con lo esencial, que iría primero al encuentro con Rodrigo y después llamaría a su madre y a una abogada, cuyo contacto Camila le había pasado semanas antes, que tenía miedo, pero que lo había decidido. Era un mensaje de una persona que estaba dejando a su marido.
también, sin que ella lo supiera mientras lo escribía, el último rastro digital de su paradero por las siguientes semanas. El teléfono de Rodrigo Salinas apareció el 11 de mayo en un contenedor de basura en la comuna de la Florida, sin batería, con la SIM removida, con el cristal trasero roto de una manera que los peritos describirían como consistente con un impacto violento.
Rodrigo Salinas fue encontrado 4 días después, el 15 de mayo, en un canal de regadío en las afueras de Buin, a unos 40 km al sur de Santiago. Tenía una contusión severa en la nuca. El informe forense establecería posteriormente, con un margen de error mínimo, que había muerto entre las 10 y las 11 de la mañana del 7 de mayo de 2019. Exactamente en la ventana de tiempo en que Valentina había enviado su último mensaje diciéndole que iba en camino.
Lo que el descubrimiento del cuerpo de Rodrigo implicaba era algo que los investigadores comenzaron a procesar con la urgencia que el tiempo ahora exigía. Si Rodrigo había sido asesinado esa mañana, ¿qué había ocurrido con Valentina en las horas posteriores? Había llegado al punto de encuentro. había sido testigo de algo o había algo peor.
Las cámaras de la zona donde la señal del teléfono de Valentina había emitido su última señal, el sector de Macul, fueron revisadas cuadro por cuadro durante 3 días. En una imagen de baja resolución de una cámara de un local comercial captada a las 9:31 de la mañana del 7 de mayo, los investigadores identificaron lo que parecía ser el automóvil de Alejandro Fuentes Vidal, un negro, modelo que coincidía exactamente con una placa que no era la de él, pero que pertenecía a un vehículo similar reportado como robado tres días antes.
Alejandro Fuentes Vidal, cuando fue citado a declarar por segunda vez, tenía una coartada para esas horas. Había estado en su oficina desde las 7:30 de la mañana con testigos. Sus colegas del estudio confirmaron su presencia. El registro de acceso del edificio del estudio tenía su tarjeta electrónica marcando entrada a las 7:29.

La coartada parecía sólida, pero las coartadas sólidas, como los matrimonios perfectos, a veces están hechas de materiales que parecen resistentes hasta que encuentras el ángulo correcto desde donde aplicar presión. La tarjeta de acceso de Alejandro había marcado entrada a las 7:29. Eso era un hecho verificable.
Lo que la investigación descubrió dos semanas después al revisar las grabaciones internas del edificio del estudio con mayor detalle, era que la tarjeta había marcado salida a las 8:05 y entrada nuevamente a las 11:47. Esas 2 horas y 40 minutos no estaban explicadas en ninguna de sus declaraciones anteriores.
Cuando se le confrontó con esa información, Alejandro dijo que había salido a buscar un café a la vuelta de la esquina, que no recordaba exactamente cuánto tiempo había estado fuera, que probablemente se había demorado más de lo normal porque se había encontrado con un conocido en la calle. Ningún registro de cámara de los negocios de la zona lo mostraba en ese lapso de tiempo.
Ningún conocido recordaba haberse encontrado con él esa mañana y Valentina Riquelme seguía desaparecida. Fue una llamada anónima recibida en la línea de denuncia de la PDI el 3 de junio de 2019, 27 días después de la desaparición de Valentina, la que rompió el caso. La voz que los técnicos de audio identificaron posteriormente como perteneciente a un hombre de mediana edad dijo tres cosas en 22 segundos.
que Valentina Riquelme estaba viva, que estaba en una propiedad rural en la región del Maule y que Alejandro Fuentes Vidal sabía exactamente dónde estaba porque él mismo la había puesto ahí. La llamada fue rastreada a un teléfono de prepago comprado en efectivo en una tienda de Rancagua. El teléfono nunca fue activado nuevamente después de esa llamada.
La identidad del informante no fue jamás establecida. de manera oficial. Aunque los investigadores tenían una teoría que no pudieron probar en su totalidad, lo que sí pudieron hacer en las horas posteriores a esa llamada fue obtener una orden judicial de allanamiento para tres propiedades vinculadas a la familia Fuentes Vidal en la región señalada.
La segunda propiedad revisada, un fundo de descanso que pertenecía formalmente a un tío de Alejandro, pero que en la práctica la familia usaba de manera rotativa. Tenía una construcción secundaria separada de la casa principal, una especie de bodega agrícola reconvertida parcialmente en habitación con cerrojo externo.
Dentro de esa construcción, la inspectora Daniela Ortega encontró a Valentina Riquelme. Llevaba 27 días encerrada. Estaba deshidratada, desnutrida y con signos de haber recibido atención médica mínima e irregular, lo suficiente como para mantenerla con vida, pero en un estado de debilidad extrema. Tenía el cabello largo, cortado irregularmente, probablemente por ella misma, con algún elemento que había encontrado disponible.
tenía moretones en diferentes estadios de cicatrización, en los brazos y en el torso, pero estaba viva. Cuando Ortega entró a esa bodega y se identificó, Valentina no gritó, no lloró, según el testimonio posterior de la propia inspectora, que declararía ante el tribunal con la voz levemente temblorosa de alguien que ha visto demasiadas cosas en su carrera, pero que aún no ha desarrollado inmunidad total.
Lo que hizo Valentina fue mirarla fijamente durante varios segundos en silencio y después preguntar con una calma que era el tipo de calma que está hecha de agotamiento total si Rodrigo estaba bien. Fue la primera y única vez que Valentina Riquelme lloró ese día. La reconstrucción de los hechos del 7 de mayo de 2019, armada a lo largo de los meses siguientes, a partir de evidencia forense, registros digitales recuperados, testimonios de múltiples testigos y, finalmente, la declaración de Valentina ante el tribunal fue la
siguiente. Alejandro Fuentes Vidal había descubierto la relación con Rodrigo Salinas aproximadamente un mes antes. en lugar de confrontar a Valentina directamente, había pasado ese mes organizando una respuesta que solo alguien, con su nivel de frialdad calculada y su conocimiento del sistema legal, podía haber ejecutado con ese nivel de detalle.
había planificado con la misma metodología con que preparaba sus casos en el estudio cada elemento de lo que haría el 7 de mayo. Esa mañana no había ido directamente al estudio. Había utilizado el automóvil robado, previamente coordinado con un contacto cuya identidad los fiscales tardarían meses en establecer.
había interceptado a Rodrigo Salinas en el punto de encuentro acordado en Macul antes de que Valentina llegara, lo que ocurrió en los aproximadamente 40 minutos entre la última señal del teléfono de Rodrigo y la primera señal documentada del vehículo robado en la zona, nunca fue reconstruido en todos sus detalles forenses.
Pero el resultado fue el cuerpo de Rodrigo en el canal de Win con una contusión mortal en la nuca. Valentina había llegado al punto de encuentro cuando ya no había nadie. había esperado, había intentado llamar a Rodrigo repetidamente sin respuesta y entonces Alejandro había aparecido. Lo que ocurrió en ese encuentro fue narrado por Valentina ante el tribunal con una precisión que dejó a la sala en silencio durante varios minutos.
Alejandro le había mostrado en el teléfono de Rodrigo, que ya tenía en su poder, los mensajes de la conversación de esa mañana. le había explicado con la misma calma con que explicaba argumentos jurídicos, que tenía dos opciones. La primera implicaba consecuencias que Alejandro detalló con suficiente especificidad como para que Valentina las tomara en serio.
La segunda era acompañarlo sin resistencia. Valentina tenía 31 años. Estaba sola en una calle de Macul. Había visto el teléfono de un hombre al que amaba en las manos de su esposo. Y Alejandro Fuentes Vidal era un hombre que en ese momento ya había matado a alguien esa misma mañana. Fue con él. El proceso judicial que comenzó en octubre de 2019 y cuya sentencia definitiva llegó en marzo de 2021 fue seguido en tiempo real por millones de chilenos.
Las audiencias eran transmitidas parcialmente por canales de noticias. Las redes sociales explotaban cada vez que había una novedad. El caso generó debates profundos sobre violencia de género, sobre los mecanismos invisibles del abuso en relaciones que desde afuera parecen funcionales, sobre el fracaso de los círculos cercanos que ven pero no actúan, sobre un sistema que frecuentemente exige que las víctimas demuestren un sufrimiento visible y dramático antes de ser tomadas en serio.
Alejandro Fuentes Vidal fue condenado por homicidio calificado en el caso de Rodrigo Salinas, secuestro calificado en el caso de Valentina Riquelme y una serie de cargos adicionales relacionados con violencia intrafamiliar, amenazas y obstrucción a la justicia. La condena total fue de 34 años de presidio efectivo.
Sus abogados apelaron en múltiples instancias. Cada apelación fue rechazada. El día en que se leyó la sentencia, Valentina Riquelme no estaba en la sala del tribunal. Había decidido no estar presente. Estaba en Valparaíso, en la casa de sus padres, en la habitación donde había crecido, con las ventanas abiertas al sonido del océano Pacífico.
Estaba por primera vez en muchos años en un lugar donde las reglas no las hacía nadie más que ella. Lo que vino después no fue fácil, nunca lo es. La reconstrucción de una persona a la que otra persona ha pasado años destruyendo sistemáticamente no tiene un punto final limpio ni una fecha de completitud. Valentina tardó dos años en volver a trabajar como periodista.
Tardó más en poder hablar de Rodrigo sin que el dolor fuera físicamente incapacitante. Conservó la amistad de Marcela, que había estado buscándola desde el primer día y que durante el juicio había declarado ante el tribunal todo lo que había observado durante años sin saber cómo intervenir, pero estaba viva.
Y esa es en un caso donde muchas cosas pudieron haber terminado de otra manera. La parte de la historia que importa más. En algún lugar del Maule hay una bodega con cerrojo externo que los medios fotogfiaron hasta el hartazgo durante los meses del juicio. Los dueños actuales de esa propiedad, que no tienen ninguna relación con la familia Fuentes Vidal, han dicho en entrevistas que en ocasiones encuentran flores frescas depositadas junto al muro exterior.
Nadie sabe con certeza quién las deja. Pero quien lo hace regularmente y nunca deja de volver. Chile no olvidó el caso. Chile raramente olvida las cosas que le confirman lo que ya sabe, pero prefiere no nombrar. Que el peligro más letal para una mujer no tiene rostro de monstruo. Tiene cara de esposo, tiene dirección conocida, tiene llave propia de la puerta.
Y a veces, solo a veces, cuando alguien finalmente hace la llamada correcta, cuando los investigadores correctos tiran de los hilos correctos, cuando la víctima ha sobrevivido con suficiente fuerza como para poder contarlo después, la verdad sale a la luz. No siempre, pero esta vez sí. Esta vez Valentina Riquelme salió caminando por su propio pie de una bodega en el Maule con 27 días de oscuridad encima y el nombre de un hombre muerto en la boca, hacia una luz de junio que todavía, a pesar de todo, seguía siendo luz. Aviso importante. Esta es una
historia de ficción inspirada en hechos reales. Los personajes, nombres, lugares específicos y situaciones presentados en este relato son ficticios y han sido creados con fines educativos. Sin embargo, esta historia se inspira en la realidad de miles de casos documentados de desapariciones forzadas, violencia de género, femicidio y relaciones abusivas que se han producido y continúan produciéndose en Chile y en diferentes países del mundo.
Las desapariciones forzadas y la violencia en el ámbito doméstico constituyen graves violaciones de los derechos humanos. reconocidas por organismos internacionales tales como las Naciones Unidas, la Comisión Interamericana de Derechos Humanos y Amnistía Internacional. Según datos de organizaciones de defensa de los derechos humanos, Chile registra cientos de casos de violencia intrafamiliar, femicidios y desapariciones vinculadas a contextos de abuso de pareja.
Este relato tiene como objetivo visibilizar una realidad que afecta a familias reales, comunidades enteras y sociedades que luchan por la justicia, la dignidad y los derechos fundamentales. Aunque los nombres y los detalles específicos son ficticios, el dolor, la resistencia y la esperanza reflejados en esta historia son absolutamente reales.
Si conoces un caso de violencia doméstica, amenazas o desaparición forzada, te invitamos a denunciarlo ante las organizaciones especializadas en defensa de los derechos humanos de tu país o ante organismos internacionales. La memoria, la verdad y la justicia son derechos inalienables de todas las víctimas y de sus familias. M.