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El Soldado Que CAPTURÓ al Che Guevara — 57 Años Después ROMPE Su Silencio y CONFIESA

Parte 1

El día en que Roberto Martínez vio a Aleida Guevara abrir los brazos para abrazarlo, sus 55 años de culpa se le cayeron encima como si alguien hubiera vuelto a disparar dentro de la escuela de La Higuera.

Tenía 78 años, las manos manchadas por la vejez y una fotografía amarillenta apretada contra el pecho. Frente a él había una cámara, una luz blanca y un periodista que no sabía si estaba a punto de escuchar una confesión histórica o el último delirio de un anciano roto.

Roberto tragó saliva. En la foto aparecía él mismo a los 23 años, con uniforme de ranger boliviano, flaco, moreno, con los ojos limpios de un muchacho que todavía no entendía que una guerra puede matar incluso a quienes regresan vivos.

—Ese joven murió el 8 de octubre de 1967 —dijo, con la voz quebrada—. Murió el día que capturé al Che Guevara.

La habitación quedó en silencio.

Roberto no había nacido para ser soldado. Había nacido en un pueblo pobre cerca de Santa Cruz, hijo mayor de una familia campesina que contaba las monedas antes de comprar arroz. A los 18 años se enlistó porque su madre lloraba de hambre en silencio y sus hermanos menores miraban los platos vacíos como si miraran un castigo. No sabía de marxismo, de revolución ni de imperialismo. Sabía de tierra seca, de botas rotas y de obedecer.

En 1967 lo enviaron al segundo regimiento de Rangers. Los oficiales decían que Ernesto Che Guevara estaba en Bolivia, escondido en la selva con un grupo de guerrilleros, intentando prender fuego a una revolución que el ejército debía apagar antes de que ardiera todo el país. Roberto escuchaba ese nombre como quien escucha el nombre de una tormenta. No lo odiaba. Ni siquiera lo entendía. Solo sabía que si desobedecía, podía terminar muerto.

Durante meses caminó entre barro, mosquitos y miedo. Vio compañeros caer en emboscadas. Vio cuerpos cargados en mulas. Vio muchachos de 20 años rezando antes de dormir porque todos presentían que la selva se los estaba tragando lentamente.

La mañana del 8 de octubre, cerca de La Higuera, su unidad recibió la orden de cerrar un cañón. Eran cerca de 180 soldados rodeando la zona. Roberto se colocó detrás de un árbol grande, con el rifle temblando entre las manos. A las 13:30 comenzaron los disparos.

El ruido fue infernal. Gritos, ramas quebradas, ráfagas, polvo. Roberto apenas respiraba. Entonces vio una figura salir entre los arbustos: un hombre barbudo, sucio, herido, con la ropa rasgada y una pierna arrastrando dolorosamente.

Roberto levantó el rifle.

—¡Alto! ¡Manos arriba!

El hombre se detuvo. Levantó las manos lentamente, sin miedo, como si Roberto fuera el prisionero y no él.

—No dispares, soldado. Mi rifle está descargado. Ya no soy un peligro para ti.

Roberto lo miró a los ojos y sintió una vergüenza inexplicable. El hombre estaba derrotado, pero su mirada no estaba vencida. Tenía cansancio, fiebre, hambre, quizá dolor, pero también una compasión extraña, casi insoportable.

Llegaron otros soldados corriendo.

—¡Es él! ¡Es el Che Guevara!

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