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CASO QUE CONGELÓ A ARGENTINA: 3 HERMANOS, UNA DESAPARICIÓN Y UNA PISTA INESPERADA EN UN BAR NOCTURNO

Ninguno de ellos imaginaba que esa noche cambiaría sus vidas para siempre. Ninguno sospechaba que en las próximas horas uno de ellos desaparecería. sin dejar rastro en medio de una multitud de testigos. Antes, si eres una persona de buen corazón a la que le gusta hacer el bien, ayúdanos.

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El refugio nocturno era un bar tradicional rosarino de esos que llevan décadas sirviendo cerveza tirada y empanadas fritas hasta la madrugada. Las paredes de ladrillo a la vista estaban decoradas con viejos carteles de chapa de kilmes y fotos en blanco y negro de rosario en los años 60. El piso de baldosas blancas y negras, algunas rotas en las esquinas, brillaba bajo la luz amarillenta de lámparas colgantes.

Una barra larga de madera oscura ocupaba todo el lateral izquierdo del local, donde el dueño Mario Santini, de 56 años, atendía con la misma rutina de siempre. Al fondo, cerca de los baños, había una rocola que esa noche reproducía cuarteto y tango, mezclando a la mona Jiménez con Aníbal Troilo. El aire estaba cargado de humo de cigarrillo, olor a cerveza derramada y el aroma de la parrilla que funcionaba sin parar.

Esa noche el bar estaba repleto. Era viernes, fin de quincena, y la gente había cobrado sus sueldos. trabajadores del puerto, empleados de comercio, estudiantes universitarios, parejas de mediana edad, todos compartían el mismo espacio ruidoso y caluroso. La temperatura exterior superaba los 25 gr, a pesar de ser casi medianoche, y el calor húmedo característico de Rosario hacía que la gente buscara refugio en lugares con aire acondicionado o al menos con ventiladores.

El refugio nocturno tenía tres ventiladores de techo que giraban perezosamente sin lograr refrescar demasiado el ambiente. Los tres hermanos Méndez venían de una situación familiar complicada. Su padre, Roberto Méndez, había fallecido 6 meses atrás de un infarto fulminante a los 63 años. era tornero jubilado y había dejado algunas deudas pendientes.

La madre Marta, de 60 años había caído en una depresión profunda que requería atención constante y medicación. Los hermanos se turnaban para cuidarla, pero las tensiones crecían día a día. Había discusiones sobre si vender o no la casa familiar en Barrio Alberdi, sobre cómo distribuir las responsabilidades del cuidado materno, sobre quién debía hacerse cargo de las deudas del padre.

Esa noche habían decidido encontrarse para hablar, para intentar limar asperezas, para recordar que antes de ser adversarios en una herencia complicada eran hermanos. Lucía recuerda, necesitábamos ese encuentro. Llevábamos semanas discutiendo por teléfono, por mensajes, siempre a los gritos. Tomás me dijo que fuéramos a un lugar neutral, que tomáramos algo, que habláramos como personas civilizadas.

Yo venía de un turno doble en el hospital, estaba agotada, pero acepté. Pensé que tal vez esa noche podríamos arreglar las cosas. Se sentaron en una mesa cerca de la ventana que daba a la calle Rioja. Desde allí podían ver el movimiento constante de la avenida. Los colectivos que pasaban cada 5 minutos, los taxis detenidos en la parada de la esquina, la gente caminando apresurada.

Pidieron tres cervezas kilmes en botella y una picada para compartir. Aceitunas, salame, queso, mar del Plata, pan. Tomás encendió un cigarrillo marboro rojo. Ezequiel revisaba su celular Nokia cada 2 minutos. Lucía miraba por la ventana con expresión ausente. Tomás dice, “Al principio la conversación fue tensa.

Hablamos de mamá, de sus medicamentos, de quién iba a quedarse con ella el fin de semana largo que venía por Semana Santa. Yo le dije a Ezequiel que no podía ser siempre Lucía la que cargara con todo, que él también tenía que poner el hombro. Él se defendió diciendo que estaba con los exámenes finales de la facultad.

Yo le contesté que todos teníamos obligaciones, que eso no era excusa. Lucía nos pidió que nos calmáramos, que no habíamos ido ahí para pelear otra vez. La conversación fue subiendo de tono, las cervezas se terminaban y pedían más. A las 12:15 de la madrugada ya llevaban dos rondas. El ruido del bar aumentaba conforme avanzaba la noche.

La rocola sonaba más fuerte. La gente hablaba a los gritos para hacerse escuchar. Algunos parroquianos cantaban fragmentos de canciones con voces desafinadas por el alcohol. El calor era sofocante, los ventiladores no daban abasto. Lucía se quitó la campera de Jin que llevaba y la colgó en el respaldo de su silla. Ezequiel recuerda, en un momento dado, Lucía se levantó y dijo que iba al baño.

Yo seguía discutiendo con Tomás sobre la casa, sobre si debíamos venderla o alquilarla. Él insistía en vender. Yo pensaba que mamá no iba a soportar perder la casa donde vivió 40 años. La discusión nos absorbió completamente. No sé cuánto tiempo pasó exactamente, tal vez 10 minutos, 15. Cuando levantamos la vista, Lucía no había vuelto.

Tomás agrega, “Al principio no le di importancia.” Pensé que se había encontrado con alguna conocida que estaba en la puerta fumando un cigarrillo que había ido a comprar algo a un kiosco cercano. Pero Ezequiel me hizo notar que su campera seguía colgada en la silla, que su cartera estaba debajo de la mesa. Lucía nunca dejaría su cartera sola.

Ahí empecé a preocuparme. Se levantaron a buscarla. Primero fueron hacia los baños. Había una fila de cuatro mujeres esperando para entrar al único baño de damas del local. Le preguntaron a cada una si habían visto a Lucía. Describieron su aspecto físico 160 de altura, cabello castaño largo recogido en cola de caballo, remera negra lisa, jein azul oscuro, zapatillas blancas toper.

Ninguna la había visto. Tocaron la puerta del baño. Una mujer de unos 40 años salió molesta por el apuro. No había nadie más adentro. Fueron hasta la barra. Mario Santini, el dueño, estaba sirviendo copas de fernet con Coca-Cola, la bebida favorita de los rosarinos. Le preguntaron si había visto salir a Lucía.

El hombre, con el delantal manchado de cerveza y la frente sudorosa, negó con la cabeza. tenía demasiado trabajo como para fijarse en cada cliente que entraba o salía. Le sugirió que preguntaran a Damián, el mozo que atendía las mesas. Damián Quiroga, de 22 años, estudiante de comunicación social que trabajaba de noche para pagarse la facultad, tampoco recordaba haberla visto levantarse.

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