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EL CASO QUE TARDÓ 61 AÑOS EN RESOLVERSE El ADN Reveló al Asesino

Albany, Nueva York. Lunes 14 de septiembre de 1964. Esa mañana, una compañera de trabajo de Ctherine Blackburne pasó a buscarla como cualquier otro día. Las dos hacían juntas el camino hacia la Mohawk Brush Company, una fábrica de cepillos donde Ctherine no era una empleada más, sino la gerente.

La compañera tocó la puerta, esperó, volvió a tocar. Nadie respondió.  Y eso para cualquiera que conociera a Ctherine era una alarma silenciosa, porque Catherine tenía 50 años y una vida de relojería. Una mujer que dirigía un departamento entero en una época en que casi ningún hombre aceptaba recibir órdenes de una mujer.

Una mujer que era dueña de su propia casa, que vivía sola, que manejaba sus propios asuntos sin depender de nadie. Ctherine no faltaba al trabajo, no se quedaba dormida, no dejaba a una compañera esperando en la vereda sin una explicación. La compañera se fue con una sensación incómoda en el pecho y dio aviso.

Poco después llegó a la casa Sandy Car Michael, la sobrina de Ctherine. Una joven que esa mañana cruzó la puerta de la casa de su tía sin imaginar que lo que encontraría dentro la acompañaría por el resto de su vida. Seis décadas más tarde, ya con 81 años, Sandy resumiría ese momento en una sola frase.

El mal entró en la casa de mi tía y cambió nuestras vidas para siempre. Lo que la policía de Albany encontró dentro de esa casa de Colony Street fue de una brutalidad que cuesta poner en palabras.  Ctherine había sido golpeada por detrás en la nuca, apuñalada en el cuello, agredida sexualmente, y su cuerpo presentaba quemaduras hechas con una frialdad metódica que perturbó incluso a los detectives más experimentados.

La causa de la muerte fue la pérdida masiva de sangre. Ctherine murió de sangrada en el suelo de la casa que había comprado con su propio esfuerzo, pero por encima del horror había un detalle que desde el primer minuto convirtió este caso en un acertijo que tardaría 61 años en resolverse. La casa estaba intacta.

Nadie había forzado la puerta. Ninguna ventana estaba rota. Nada de valor había desaparecido. El dinero de Ctherine seguía en su lugar. Sus pertenencias ordenadas como ella las dejaba. No había señales de que un ladrón hubiera revuelto cajones buscando objetos para llevarse. Una mujer asesinada con violencia extrema en una casa que parecía no haber sido tocada por nadie.

Y lo único que faltaba eran cuatro páginas. Cuatro páginas arrancadas de su libreta de recibos. Detente en ese contraste. El asesino dejó el dinero, dejó los objetos de valor, dejó la casa entera sin tocar y de todo lo que había en ese hogar, lo único que se llevó fueron cuatro hojas de papel de un talonario. Eso no es el acto de un ladrón, es el acto de alguien que necesitaba hacer desaparecer un registro, un nombre escrito, una transacción, algo que lo conectaba directamente con esa casa y que tenía que borrar antes de irse. El hombre que

mató a Ctherine Blackburn no entró por la fuerza. Ella le abrió la puerta, lo dejó pasar, subió con él las escaleras y para entender cómo una mujer tan cuidadosa terminó a solas con su propio asesino, primero hay que entender quién era ella y cómo era el mundo en el que vivía.

Para entender este crimen, hay que viajar al Albany de 1964, un lugar que hoy prácticamente desapareció. El barrio de Colony Street era en esos años un triángulo de familias inmigrantes, irlandeses y polacos, sobre todo gente que había cruzado el océano con poco más que un apellido difícil de pronunciar y la determinación de construir algo.

El barrio estaba encajado entre las vías del tren y Pearl Street, apretado, denso, vivo, casas pegadas unas a otras, calles donde todos se conocían por el nombre, donde las noticias volaban de puerta en puerta, donde la parroquia católica era el centro de la vida social, tanto como espiritual. Era un mundo de confianza, un lugar donde mucha gente todavía dejaba las puertas sin llave, donde un desconocido en la cuadra llamaba la atención, donde la idea de que alguien pudiera entrar a una casa y cometer semejante horror resultaba casi

impensable. Por eso el asesinato de Ctherine no solo destrozó a una familia, sacudió a toda una comunidad que se creía a salvo de esa clase de violencia. Ese barrio de inmigrantes obreros cercado por trenes y fábricas es muy distinto del vecindario rodeado de desarrollo urbano que existe hoy. El Albany de Ctherine pertenece a otra época y ella era en muchos sentidos una mujer adelantada a la suya.

Ctherine Blackburne tenía 50 años y cada parte de su vida desafiaba lo que se esperaba de una mujer en 1964. Era gerente en la Mohawk Brush Company en un tiempo en que el mundo laboral pertenecía abrumadoramente a los hombres. y en que las pocas mujeres que trabajaban solían ocupar puestos subordinados, Ctherine dirigía, tomaba decisiones, administraba y se había ganado el respeto de quienes la rodeaban, no por imposición, sino por capacidad.

La gente que trabajaba con ella la describía como alguien competente, firme, confiable. Era dueña de su propia casa. Conviene detenerse en esto porque hoy puede sonar ordinario, pero en 1964 era casi una rareza. La inmensa mayoría de las mujeres dependían económicamente de un esposo, un padre o un hermano. La propiedad, las finanzas, las grandes decisiones, todo pasaba por manos masculinas.

Ctherine había roto ese molde. Su casa era suya, la había conseguido con su propio trabajo y no le debía a nadie el techo bajo el que dormía y era una católica devota. En esa comunidad de inmigrantes la fe no era un detalle decorativo, era estructura, era identidad.  La iglesia marcaba el ritmo de la semana, de las celebraciones, de los duelos.

Catherine vivía esa fe con seriedad como parte central de quién era. Súmalo todo y el retrato que emerge es el de una mujer poco común para su tiempo, independiente, respetada, dueña de su propio destino, en una época que rara vez se lo permitía a las mujeres. Catherine no había esperado que la vida le diera permiso. Se lo había tomado ella misma.

Pero esa misma independencia, que era su mayor orgullo, también la colocaba en una posición particular. Vivía sola, manejaba sus propios asuntos sin intermediarios y eso incluía una actividad que en aquel entonces era completamente normal y que terminaría siendo el centro de la tragedia. Catherine alquilaba.

Su casa tenía un piso superior, un departamento que ella ponía en alquiler. Y administrar ese alquiler significaba una serie de tareas cotidianas que cualquier propietaria de la época realizaba sin pensarlo dos veces. Significaba poner un aviso, recibir interesados, mostrarles el espacio, conversar sobre el precio, aceptar un depósito como señal de reserva.

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