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Pedro Infante: Por ESTO Enterraron su Verdad Durante 70 Años… Fue Peor de lo que Crees

Pedro Infante: Por ESTO Enterraron su Verdad Durante 70 Años… Fue Peor de lo que Crees

Eran las 7:45 de la mañana del 15 de abril de 1957, lunes de Semana Santa. En el patio de una casa humilde de Mérida, en el cruce de las calles 54, sur y 87, una mujer llamada Ru Rossell lavaba ropa junto a un niño. No sabían que en el cielo, justo encima de ellos, venía cayendo el hombre más amado de México.

 El avión soltaba a humo negro por un motor. se vino abajo sobre el patio, los tanques de gasolina reventaron y en segundos esa mañana de Semana Santa se llevó al ídolo, a la mujer que lavaba y al niño que estaba con ella. Del cuerpo del ídolo casi no quedó nada que reconocer. Lo identificaron por una placa de metal que tenía en la cabeza y por una esclava de oro que nunca se quitaba.

 El féretro se cerró. Nadie lo volvió a ver la cara. Tú conoces a ese hombre. Lo conoces desde niña. Es la voz que sonaba en la radio de tu casa mientras tu mamá hacía la comida. Es el charro que cantaba Amorcito Corazón. Es Pepe el Toro. Es el que hacía llorar a tu abuela con 100 años.

 Pedro Infante, el ídolo de México, el hombre que según decían no podía morir. Hoy vengo a contarte otra cosa, algo que enterraron durante 70 años para que tú siguieras amándolo, algo que no cabe en ninguna de sus canciones. Porque debajo de esa imagen del mexicano perfecto, del galán bueno, del hombre de familia que cantaba al amor eterno, había una verdad que una industria completa se encargó de tapar durante 70 años. una verdaderosa.

Y no la tapó un rumor ni una revista. La taparon los estudios, la prensa, los amigos y hasta la propia familia. Todos sabían y todos callaron. Lo llamaban el inmortal. Y esa palabra, esa palabra que le regalaron cuando estaba vivo, terminó siendo la herramienta perfecta para volverlo intocable después de muerto.

 Porque a un inmortal no se le cuestiona, a un santo no se le revisan los pecados. Guarda esa palabra. La vas a necesitar para entender el final de esta historia. Hoy vas a descubrir cuatro cosas que nunca te contaron sobre Pedro Infante. Te voy a avisar cuando llegue cada una. Primero vas a descubrir la edad que tenían las niñas con las que el ídolo del hogar mexicano formó pareja y como toda la industria del espectáculo lo pintó como un romance de novela en lugar de lo que era.

 Segundo, vas a descubrir que Pedro Infante estuvo a se días de sentarse en un banquillo acusado de un delito y que lo único que lo salvó del juicio fue que el avión se cayó antes. Tercero, vas a descubrir el nombre de la mujer que puso el dinero, que lo sacó de la pobreza, que lo hizo posible y a la que el mito borró de la historia como si nunca hubiera existido.

 Y vas a descubrir lo que hizo con una niña que le arrancó a su propia hermana. Y cuarto, vas a descubrir qué pasó después, quién cobró, quién heredó, cómo terminó su hijo y por qué. 70 años después seguimos sin atrevernos a mirar de frente al hombre detrás del charro. Cuatro cosas, cuatro nombres de mujeres que la versión oficial prefirió olvidar.

Quédate porque cada una de ellas te va a doler y cada una te va a explicar cómo fue posible que esto pasara delante de todo un país y nadie hiciera nada. Pero para entender cómo fue posible, primero tienes que conocer el mundo que construyó a este hombre. Porque esta historia no empieza el día que el avión cayó en Mérida, empieza mucho antes y empieza con algo que tú probablemente viste en tu propia sala. Retrocedamos.

Imagínate el México de los años 40 y 50. La televisión casi no existe todavía. Lo que hay es radio y cine. Y el cine mexicano vive su momento más grande, el que después llamarían la época de oro. Las salas se llenan. La gente va cada semana, a veces dos y tres veces a ver a sus ídolos en la pantalla grande.

 Y de todos esos ídolos hay uno que se mete en el corazón del pueblo como ninguno, porque los demás eran estrellas. Él era uno de los tuyos. Cuando tú veías a Jorge Negrete, veías a un señor elegante, de voz de ópera, casi un aristócrata. Cuando veías a Pedro Infante, veías al vecino, al carpintero, al hombre pobre que se enamora, que sufre, que hace bromas, que se equivoca.

Veías a tu esposo, a tu hermano, al muchacho que te gustaba en el barrio. Por eso lo amaste distinto. Por eso cuando cantaba, sentías que te cantaba a ti y venía de abajo. Eso lo hacía todavía más nuestro. Pedro Infante Cruz nació el 18 de noviembre de 1917 en Mazatlán, Sinaloa, aunque se crió en un pueblo llamado Guamuchil y de ahí le quedó el apodo cariñoso, el ídolo de Guamuchil.

Su papá, Delfino, era músico. Su casa era pobre. De niño aprendió carpintería. Aprendió a tallar la madera y con sus propias manos se fabricó su primera guitarra. Fíjate en ese detalle porque dice mucho de él. Era un hombre que sabía hacer cosas con las manos, que trabajaba, que se ganaba la vida con el sudor.

 Esa parte del mito es verdad, no te la voy a quitar. De joven tocaba en orquestas de cabaret por todo Sinaloa. Cantaba en la radio local y ahí, en ese mundo de música y noches de baile, aparece la primera mujer importante de su vida. Recuerda ese nombre porque de él depende todo lo que viene después. María Luisa León. María Luisa era una mujer de carácter.

 Le llevaba varios años a Pedro, ocho según la mayoría de las versiones. Tenía una situación económica mucho más holgada que la de él y vio en ese muchacho pobre, guapo y con voz de ángel algo que él todavía no veía en sí mismo. Se casaron el 19 de junio de 1939. Ella fue su primera esposa y aquí quiero que te detengas porque es la clave de toda la historia.

 María Luisa León fue su primera esposa, su única esposa legal, la única con la que Pedro Infante estuvo casado de verdad ante la ley desde ese día de 1939 hasta el día en que el avión cayó en Mérida. Nunca se divorció de ella. Nunca. Recuerda eso, todo lo demás que vas a escuchar hoy choca contra ese muro.

 Mientras Pedro Infante era, a los ojos de la ley, el esposo de María Luisa León, hizo todo lo que hizo y lo hizo delante de todos. Fue María Luisa la que lo convenció de dejar Sinaloa, la que le dijo que esa voz merecía algo más grande que los cabarets de provincia. Fue ella la que aportó el dinero para mudarse a la Ciudad de México a probar suerte.

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