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Así Vive La Tuta en La Cárcel: De Maestro de Primaria a Suplicar Que No Lo Condenen a Muerte

Hay un hombre en este momento encerrado en una celda del Centro de Detención Metropolitano de Brooklyn en Nueva York. No puede hablar con nadie que no sea su abogado de oficio. No puede elegir que comer. No puede salir al patio más de una hora al día. Y cuando lo sacan, lo esposan de manos y pies, lo revisan de cuerpo entero, le ordenan caminar por un pasillo de concreto y lo sueltan en un patio del tamaño de un salón de clases rodeado de muros de 6 m.

Ese hombre daba clases de matemáticas a niños de primaria en un pueblo de Michoacán. Este mismo hombre, años después, controló el puerto más importante del Pacífico mexicano. Grabó más de 200 videos sentado frente a gobernadores, senadores, alcaldes y diputados que le obedecían como si él fuera el verdadero gobernador de Michoacán, porque lo era.fundó un cártel que se creía una orden de caballeros medievales, ordenó decapitaciones y al día siguiente escribía códigos de conducta que prohibían la violencia contra inocentes. Y mientras hacía todo eso, cobraba su quincena del gobierno como profesor de escuela. Su nombre es C Servando Gómez Martínez.

El mundo del narco lo conoce como la tuta y ahora mismo comparte prisión con el mayo Zambada, con Rafael Caro Quintero y con Vicente Carrillo Fuentes, el Bisseroy, cuatro de los narcotraficantes más peligrosos de la historia de México, encerrados en el mismo edificio de concreto en Brooklyn, a orillas del East River. Pero lo que nadie te ha contado es lo que pasó dentro de esa corte federal cuando la tuta entendió que la justicia americana no fue unan como la mexicana.

que aquí no hay amparos que te salven en el último, que aquí no hay jueces que se compran con un sobre debajo de la mesa y que el cargo que enfrenta narcoterrorismo puede significar que nunca jamás vuelva a pisar una calle. Para armar estas historias revisamos los expedientes judiciales del distrito sur este de Nueva York, los registros del Buró Federal de Prisiones, los registros de inteligencia de la DEA desclasificados y testimonios directos de personas que convivieron con Cervando Gómez cuando todavía era maestro de

primaria en Arteaga. Y lo que encontramos es la historia más absurda, más cinematográfica y más aterradora del narcotráfico mexicano. Porque la tuta no era un sicario que subió por matar gente, no era un hijo de narco que heredó el negocio familiar, era un profesor de escuela primaria y un hombre que estudió en una escuela normal, que consiguió plaza de maestro, que cobraba quincena del gobierno federal mexicano y que un día decidió que enseñara a leer a niños de 8 años, no pagaba lo suficiente. La pregunta es, ¿cómo un

maestro rural de Arteaga, Michoacán, terminó fundando uno de los cárteles más violentos y más sanguinarios de México? ¿Cómo llegó a tener tanto poder que grababa reuniones con el gobernador y el gobernador no se atrevía a decirle que no? ¿Cómo es posible que el gobierno mexicano le siguiera por su plaza de maestro mientras él movía toneladas de metanfetamina? La y sobre todo, ¿cómo es posible que hoy a sus 59 años esté sentado en una celda de Brooklyn rogándole a un abogado de oficio americano que le consiga un trato para

no morir en prisión? Eso es exactamente lo que vamos a ver. Arteaga es un municipio enclavado en la sierra de Michoacán, tierra caliente le dicen. Es una de esas regiones donde el calor en verano supera los 40 gr y la presencia del gobierno no supera los cero. Es un lugar donde el estado llegó tarde, donde las carreteras son de terracería, donde la escuela más cercana puedes estar a una hora caminando y donde desde hace décadas el narco llena el vacío que el gobierno deja.

Pero en los años 80, cuando Servando Gómez Martínez estudiaba en la Escuela Normal de Arteaga, el Centro Regional de Educación Normal Krenam, la situación todavía no era tan grave. Había pobreza, mucha, había abandono del gobierno también, pero todavía no había cárteles controlando cada esquina. Todavía se podía estudiar para maestro y soñar con una vida modesta pero tranquila.

Servando se graduó de la normal en 1985. Tenía 19 años. El gobierno de Cuagutemo, Cárdenas, en Michoacán, le dio su plaza casi de inmediato. Lo asignaron a la escuela primaria Melchoro Campo en una colonia semiurbana llamada Elegidal. En las afueras de Arteaga. Era una escuela modesta, paredes de bloque, pizarrón verde, bancas de madera y un maestro joven que le gustaba nadar en el río, cultivar la tierra y ayudar a jóvenes con problemas de adicción.

Así lo recuerdan en Arteaga, como el profe, un hombre tranquilo que daba clases por la mañana y por la tarde ayudaba en la comunidad. También le decían la tuta, un diminutivo local que nadie sabe bien de dónde viene. Algunos dicen que de tutor, otros dicen que era un apodo de infancia.

Lo que sí sabe todo el mundo es que ese apodo acabaría siendo sinónimo de terror en todo Michoacán. Y aquí viene lo primero que nadie te cuenta de esta historia, lo que hace que este caso sea diferente a todos los demás narcos en este canal. Cando Gómez no dejó de ser maestro cuando se metió al narco, no renunció a su plaza, no dejó de cobrar.

Siguió en la nómina del gobierno federal mexicano como profesor de educación primaria hasta diciembre de 2010. 2010, es decir, durante casi una década. El hombre fue simultáneamente profesor de primaria y narcotraficante. Cobraba 14,000es al mes del gobierno por enseñar a niños de 8 años a sumar y restar.

Y del cártel cobraba millones por coordinar envíos de toneladas de metanfetamina y cocaína al puerto de Lázaro Cárdenas. 14,000 pesos de maestro, millones del narco. Y nadie en el gobierno se dio cuenta o nadie quiso darse cuenta. Pero, ¿qué hizo que un maestro rural cruzara esa línea? ¿Qué pasó para que un profesor de primaria decidiera que su futuro estaba en el tráfico de drogas y no en el aula? La respuesta tiene nombre y apellido.

Nazario Moreno González. Lo conocían como el chayo. Era un hombre delgado, de ojos oscuros, que se creía profeta. literalmente escribió su propio libro sagrado, una especie de Biblia personal que sus seguidores debían memorizar como mandamiento divino. Y con ese libro y un discurso mesiánico, fundó una de las organizaciones criminales más extrañas y más violentas de la historia de México, la familia michoacán, porque eso es lo que la mayoría de la gente no entiende sobre la familia Michoacán, no nació como un cártel de drogas tradicional.

Nació como un grupo paramilitar con discurso religioso. El Chayo reclutaba campesinos, jornaleros, maestros y comerciantes con un argumento que sonaba noble. Vamos a liberar a Michoacán de los Zetas. Vamos a proteger al pueblo de los secuestradores, de los violadores, de los extorsionadores que llegaron de Tamaulipas. Somos los buenos.

Y mucha gente lo creyó. Miles de personas lo creyeron, incluido un maestro de primaria de Arteaga que ganaba 14,000 pes al mes y veía como sus alumnos crecían sin oportunidades, como sus vecinos vivían con miedo y como un hombre con una Biblia bajo el brazo le ofrecía otra cosa, algo más grande, algo consentido, algo con dinero.

Servando Gómez entró a la familia michoacana a principios de los años 2000. No entró como pistolero, no entró como halcón, entró como lo que era, un hombre educado, con título de normalista, con capacidad para dar discursos, para organizar, para escribir comunicados, para hablar en público sin temblar.

El profe Inazario Moreno el Chayo, lo vio de inmediato. Un maestro que sabe hablar, vale más que 100 ciscarios con cuerno de chivo. Rápidamente la tuta se convirtió en la voz de la familia michoacana. el vocero, el estratega de comunicación, el hombre que escribía los mensajes que luego aparecían junto a los cuerpos. Porque la familia michoacana no solo mataba, explicaba por qué mataba, dejaba cartulinas, hacía comunicados, mandaba mensajes por YouTube y esa estrategia mediática tuvo su momento fundacional el 11 de septiembre de 2006 en un centro

nocturno de Uruapan, Michoacán. Esa noche un grupo de hombres entró al local y arrojó cinco cabezas humanas en la pista de baile, cinco cabezas rodando entre las mesas mientras la gente gritaba y huía junto a las cabezas. Un mensaje escrito a mano. La familia no mata por paga, no mata mujeres, no mata inocentes. Solo muere quien debe morir.

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