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Así Vive Osiel Cárdenas en La Cárcel: De Crear a Los Zetas a Orinarse de Miedo en la Celda

Hay una celda en el penal del altiplano Almoloya de Juárez, Estado de México, donde un hombre de 58 años duerme sobre un colchón de espuma de 10 cm. La celda mide 3 m por 2 y5. No tiene ventana, tiene una ranura de ventilación que deja pasar un hilo de aire frío a 2600 m de altitud.

La luz se enciende y se apaga cuando alguien que no es él lo decide. La comida llega cuando alguien que no es él lo decide. Y cuando los guardias pasan a las 3 de la madrugada para la revisión de rutina, abriendo la mirilla de acero de golpe, sus compañeros de módulo dicen que el hombre se orina encima del susto. Ese hombre movía cientos de millones de dólares al año, controlaba cada centímetro de Tamaulipas, tenía rutas de cocaína que llegaban a Houston, a Chicago y a Atlanta.Y su golpe más siniestro, la decisión que le dio un poder que ningún otro narcotraficante en México había tenido jamás, fue crear al grupo armado más sanguinario que este país haya conocido, los ZAS. 30. Y un militares de élite que abandonaron el ejército mexicano para servirle a él, a un solo hombre, a Osiel Cárdenas Guillén. Él mata amigos.

Pero eso fue antes, antes de la cárcel en Texas, antes de la deportación, antes de que la vida le pasara la factura completa con intereses acumulados durante 17 años. Hoy el fundador de los setas no da órdenes, no tiene teléfono, no tiene internet, no tiene un bloque de celdas solo para él como tuvo durante 14 años en una prisión federal de Texas.

No tiene visitas de su novia fuera de horario. No tiene guardias que le llevan comida especial ni le cortan el pelo como a un doctor. Hoy Oel Cárdenas es el interno número 240 y algo del módulo de máxima seguridad del altiplano. Un número más, un cuerpo más detrás de una puerta de acero que pesa 120 kg y suena como un disparo cada vez que se cierra.

Y la Fiscalía General de la República tiene siete procesos penales abiertos contra él. Si lo encuentran culpable de todo y las pruebas acumuladas durante 17 años son aplastantes, la pena acumulada supera los 730 años de prisión. 730 años en una celda sin ventana a 2600 m sobre el nivel del mar.

para un hombre que en Estados Unidos vivía como un huésped VIP, que tenía acceso a internet, que recibía visitas familiares y de su pareja sentimental fuera del horario establecido, que dormía en un bloque entero de celdas reservado exclusivamente para él, que estaba registrado bajo un nombre falso para que nadie pudiera encontrarlo, que solo era atendido por guardias con rango de capitán o superior y que un excapitán penitenciario describió con estas palabras: Le cortaban el pelo como a un médico o un abogado. Siempre iba arreglado. Eso

tenía en Texas. Y ahora tiene un colchón de espuma, una cobija gris y una mirilla que se abre de golpe a las 3 de la madrugada. ¿Cómo llegó el hombre más temido de Tamaulipas a pudrirse en la misma cárcel donde están los capos que él ayudó a crear? ¿Cómo es posible que Estados Unidos lo tratara como rey durante 14 años, mientras en México lo esperaban siete procesos penales por homicidio calificado, lavado de dinero, narcotráfico, cohecho, delincuencia organizada y posesión de armas de uso exclusivo del ejército? ¿Y qué pasa con

un hombre cuando el país que lo premió por traicionar a los suyos decide que ya no lo necesita y lo devuelve al infierno del que lo sacó? Pasé semanas revisando documentos judiciales, registros deló federal de prisiones de Estados Unidos, el reportaje del periodista Joan Grillo publicado en Crashout Media, basado en testimonios directos de personal penitenciario, los comunicados oficiales de la FGR y la Secretaría de Seguridad y las investigaciones del periodista Jesús Esquivel sobre los acuerdos de cooperación entre narcotraficantes y

agencias estadounidenses. Lo que encontré no es solo la historia de un narcotraficante que cayó, es la historia de un sistema que premia la traición, que intercambia información por privilegios, que te protege mientras le sirves y que cuando se termina el trato te devuelve al lugar exacto del que te sacó.

Solo que ahora llegas más viejo, más débil, sin aliados y con más enemigos que nunca, porque los hombres que vendiste siguen vivos y están en la misma cárcel. Esta es la historia completa y lo que vas a escuchar en los próximos minutos cambia completamente la forma en que entiendes la relación entre el narcotráfico mexicano y la justicia estadounidense.

Para entender por qué o si el Cárdenas está hoy donde está, hay que entender primero qué tipo de hombre era. Y para entender qué tipo de hombre era, hay que empezar por lo más revelador, el apodo. Porque a Oiel no le pusieron el mata a amigos por una canción ni por un corrido. Se lo ganó literalmente asesinando al hombre que lo había ayudado a subir.

Nació el 18 de mayo de 1967 en Matamoros, Tamaulipas. Familia humilde, papá mecánico, mamá ama de casa, demasiados hijos para el dinero que entraba. A los 14 años, Osiel se fue a vivir con su hermana Lilia porque en la casa familiar no había espacio, no había recursos, no había futuro visible. Trabajó de ayudante de mecánico, de mesero, de empleado en una fábrica maquiladora de las que abundan en la frontera a turnos de 12 horas, salario mínimo, calor infernal de Tamaulipas 9 meses al año, un currículum que no asusta a nadie. Pero Matamoros no es

cualquier ciudad. Matamoros es la puerta de entrada del narcotráfico mexicano hacia Estados Unidos. Y en esa frontera, la línea entre el trabajo legal y el otro negocio siempre ha sido delgada como una navaja, tan delgada que a veces ni se ve. Y cuando la cruzas, rara vez vuelves.

A finales de los 80, Ociel empezó a traficar cocaína a pequeña escala mientras trabajaba como mecánico. Cargaba paquetes pequeños, hacía de mula, hacía de mensajero, aprendía. En 1989 lo detuvieron por primera vez homicidio, abuso de confianza y daños a propiedad ajena. A los 22 años ya tenía su primer muerto encima.

Pasó una noche en la cárcel y salió bajo fianza. El sistema lo escupió de vuelta a la calle antes de que la sangre se secara. Un año después volvió a caer amenazas y lesiones. Salió el mismo día bajo caución. El patrón ya estaba claro. O si él entendió desde muy joven que en México la justicia tenía precio y que si pagabas la cuota en dinero, en contactos, en favores, la puerta giratoria te devolvía a la calle una y otra vez.

En 1992 cruzó a Brownsville, Texas, con 2 kg de cocaína encima. Esta vez sí lo agarraron en serio. Lo sentenciaron a 63 meses de cárcel en Estados Unidos, 5 años y 3 meses. Un año después, en el 93, lo trasladaron a México en un intercambio de reos y para abril de 1995 ya estaba en libertad. Pero aquí viene el giro que define toda esta historia.

Esos años en la cárcel no lo destruyeron, lo transformaron. Consolidó contactos con proveedores colombianos que operaban en la zona de Brownsville. Aprendió las mecánicas del sistema judicial en ambos lados de la frontera, las debilidades, los vacíos, los precios de cada eslabón. Entendió que la cárcel no era el final del camino.

Era una escuela de posgrado donde los profesores eran narcotraficantes con décadas de experiencia. Y cuando salió, ya no era un mecánico metido a traficante, era un operador con visión estratégica, contactos internacionales y una ambición que no le cabía en Matamoros. Y aquí necesito que prestes mucha atención a lo que voy a decir, porque lo que pasó a continuación fue lo que convirtió a un don Nadie de la Frontera en el hombre más peligroso de México.

Y todo empezó con una vacante que nadie podía llenar. En enero de 1996 cayó Juan García Ábrego, el padrino histórico del cártel del Golfo, el hombre que durante más de una década había controlado el flujo de cocaína desde Colombia hasta el sur de Texas. García Ábrego fue el primer narcotraficante mexicano en entrar a la lista de los 10 más buscados del FBI.

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