Posted in

Porfirio Díaz Se Burlaba De Los Mexicanos, Hasta Que MADERO Inició La Revolución

Campesinos despojados, obreros explotados, indígenas deportados, jóvenes ambiciosos sin espacio, un ejército envejecido, una clase media que leía y pensaba y no podía votar. Solo faltaba la chispa, y la chispa, contra todo pronóstico, la iba a encender el propio Porfirio Díaz con su propia boca en el lugar más inesperado. Una entrevista con un periodista estadounidense.

Febrero de 1908. Castillo de Chapultepec, residencia oficial del presidente. Un periodista norteamericano llamado James Krillman, enviado por la revista Pearon’s Magazine, sube las terrazas del castillo para entrevistar al hombre fuerte de México. Lo que sale de esa conversación va a cambiar la historia del país, aunque ninguno de los dos lo sospecha.

Krillman no era un reportero incómodo, al contrario, venía a escribir un retrato admirativo y, de hecho, su artículo describe a días como un héroe de proporciones casi míticas. Pero en medio de los elogios, el dictador pronuncia unas frases explosivas. Declara que México ya está listo para la democracia, que él vería con buenos ojos la aparición de partidos de oposición.

que los recibiría como una bendición y que piensa retirarse al terminar su mandato en 1910, cuando cumpla 80 años. Retirarse, elecciones libres, partidos de oposición, palabras que ningún mexicano había escuchado en tres décadas salían ahora de la boca del propio Díaz. ¿Por qué lo dijo? Es algo que los historiadores siguen debatiendo.

La explicación más aceptada es que hablaba para el público extranjero. Quería tranquilizar a los inversionistas de Estados Unidos y Europa, presentando a México como un país maduro, moderno, casi democrático, y jamás imaginó que sus palabras tendrían consecuencias internas. La entrevista se publicó en inglés en una revista de Nueva York y quizás Díaz pensó que ahí se quedaría.

Grave error. En cuestión de semanas, el diario El Imparcial la tradujo y la publicó en México, y el efecto fue el de un cerillo cayendo en un pajar seco. En todo el país, hombres que llevaban años tragándose sus opiniones, empezaron a hablar, a escribir, a organizarse. Si el propio presidente decía que la oposición era bienvenida, entonces oponerse ya no era un crimen, era casi un deber cívico.

Surgieron clubes políticos, periódicos, tertulias. Los partidarios del general Reyes empezaron a moverse para promoverlo como sucesor. Y en una hacienda del norte, en San Pedro de las Colonias, Coahuila, un empresario de 35 años que llevaba tiempo dándole vueltas a estas ideas, decidió que había llegado su momento. Francisco y Madero se encerró a escribir un libro.

Detengámonos un momento en este hombre, porque es imposible exagerar lo improbable que era como caudillo revolucionario. Madero medía poco más de un metro y medio. Tenía la voz aguda. Era vegetariano en un país de carne asada. no bebía alcohol, no fumaba y practicaba el espiritismo. Es decir, creía sinceramente que podía comunicarse con los espíritus de los muertos a través de la escritura automática.

Era además uno de los herederos de una de las familias más ricas de México. Los Madero poseían haciendas algodoneras, viñedos, minas, fundiciones y bancos. Nada en su perfil anunciaba a un rebelde. Y sin embargo, este hombrecito extraño tenía dos cualidades que casi nadie más tenía en el México de 1908. una fe absoluta en la democracia y un valor personal a prueba de todo.

Enero de 1909 publicó su libro La sucesión presidencial en 1910. Visto hoy, el contenido parece casi tímido. Madero no pedía la cabeza de Díaz, ni siquiera exigía su salida inmediata. reconocía sus méritos, criticaba con elegancia el poder absoluto y proponía algo muy concreto, que la vicepresidencia y las elecciones legislativas fueran libres para preparar una transición ordenada.

Su lema resumía todo el programa, sufragio efectivo, no reelección, es decir, que los votos contaran de verdad. y que nadie se eternizara en el poder. La misma bandera, recordémoslo, con la que el joven Díaz se había levantado en armas 30 años antes. El libro fue un fenómeno. Se agotó edición tras edición, circuló de mano en mano, se leyó en voz alta en las trastiendas y en los ranchos.

Y aquí llega la primera burla documentada de esta historia, la que le da sentido a todo lo que sigue. Cuando le llevaron a Días noticias de aquel autor norteño y de su libro, el dictador no se inmutó. Según los testimonios de la época, en los círculos del poder a Madero se le describía como un loco, un iluso, un hombrecillo insignificante y la familia misma del propio Madero temía que aquella aventura política los arruinara.

Su abuelo, el patriarca Evaristo, comparó la lucha de su nieto contra Díaz con el desafío de un microbio a un elefante. Un microbio contra un elefante. Guarda bien esa imagen, porque toda esta historia es la demostración de lo que puede hacer un microbio cuando el elefante está podrido por dentro. La entrevista Krillman había abierto una puerta.

El libro de Madero había mostrado el camino y millones de mexicanos comenzaban a asomarse. La consecuencia inmediata fue una efervescencia política nunca vista en una generación. La consecuencia a largo plazo sería la caída del régimen, porque Díaz estaba a punto de cometer el error clásico de todos los autócratas envejecidos. Prometer una apertura, provocar esperanzas y luego cerrar la puerta en las narices de un pueblo ilusionado.

No hay nada más peligroso que eso. La esperanza traicionada no regresa a casa mansamente, se transforma en furia. La reacción del régimen ante aquella primavera política fue al principio el desconcierto. Díaz había hecho su declaración pensando en los lectores de Nueva York y de pronto se encontraba con clubes democráticos brotando en cada capital de provincia.

Su primera respuesta fue retractarse sin decirlo. En los meses siguientes dejó claro, a través de intermediarios y de la prensa oficialista que había sido malinterpretado, que el país aún lo necesitaba y que aceptaría, con el sacrificio de siempre una nueva reelección para el periodo de 1910 a 1916. Tendría entonces 80 años y al terminar el mandato 86.

La promesa de Chapultepec quedaba oficialmente enterrada, pero enterrar una promesa no es enterrar la esperanza que despertó y el genio ya estaba fuera de la botella. Quedaba, eso sí, una válvula de escape posible. La vicepresidencia, como todos daban por hecho que días no terminaría vivo el sexenio, la verdadera elección  era la del vicepresidente, el hombre que heredaría el país.

Y ahí el dictador cometió otro error mayúsculo. En lugar de abrir el juego, impuso de nuevo a Ramón Corral, un político sonorense profundamente impopular, asociado con la deportación de los yakis con los negocios más turbios del régimen. La otra opción natural, el general Bernardo Reyes, tenía verdadero arrastre popular, sobre todo entre los militares jóvenes y las clases medias.

Read More