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MIGUEL ARROYO: MURIÓ en una cirugía de RUTINA… El trágico FINAL del “Halcón” que conquistó EUROPA

Son los que bajan a los autos de los directores para recoger bidones de agua pesados y repartirlos en medio de pelotones nerviosos que circulan a 60 km/h. Son los  que ponen su pecho contra el viento cortante para crear un escudo aerodinámico que ahorre energía a su capitán. son los que marcan un ritmo asfixiante  en las primeras rampas de un puerto de montaña para destrozar a los equipos rivales, sabiendo que una vez que su trabajo termine,  su cuerpo colapsará por el esfuerzo y llegarán a la meta

minutos o horas después, completamente vaciados. Arroyo era uno de estos guerreros, pero con una especialidad muy codiciada. era un gregario de alta montaña. Cuando la carretera se inclinaba hacia el cielo y el oxígeno escaseaba, Arroyo tomaba el mando. Las crónicas periodísticas y los relatos de la época lo  describen enfrentando las cumbres con una facilidad que rayaba en la insolencia.

Tenía un estilo de pedaleo rítmico constante y cuando  las circunstancias de la carrera le permitían tener libertad táctica, atacaba las subidas con lo que sus contemporáneos bautizaron como su turbo, un cambio de ritmo letal que dejaba a sus rivales clavados en el asfalto. Era un ciclista integral capaz de defenderse en diversos terrenos, pero su verdadera magia se desataba cuando la pendiente superaba el 7 o el 8% de inclinación y la gravedad empezaba a torturar a los demás.

Su calidad le permitió competir en las carreras más ilustres del globo. En los años 1989 y 1991, el Halcón de Juamantla tomó la salida en el legendario Giro de Italia. Hablamos de una carrera famosa por su dureza extrema, por sus montañas escarpadas en los Dolomitas y los Alpes  italianos, por el clima impredecible que puede llevar nieve a las cumbres en pleno mayo.

En su mejor actuación en la Corsa Rosa, Arroyo finalizó en un impresionante vi5 lugar de la clasificación general. Detente a dimensionar esto. En una carrera de tres semanas enfrentando a la élite  mundial absoluta, superando cumbres míticas como el paso de Jostelvio  o el mortirolo. Rodeado por el fanatismo ensordecedor de los tifosi italianos, un joven surgido de los campos de Tlazcala logró posicionarse entre los primeros 30 mejores ciclistas del certamen.

Posteriormente, en 1992,  llevó su talento a la Vuelta a España, enfrentando el calor abrasador de la península ibérica y el terreno rompepiernas español, terminando en la 36ª posición general. retornaría a la ronda española en 1995, aunque en esa ocasión la crudeza del deporte le mostró su lado oscuro y se vio forzado a abandonar la competencia antes de llegar a Madrid, recordando a todos que el retiro por fatiga profunda, dolencias físicas o caídas es una sombra que acecha diariamente a cualquier corredor en el ciclismo de tres semanas.

Pero la consagración definitiva de Miguel Arroyo, el hito que inscribió su nombre con letras de oro en los anales de la historia del deporte mexicano, se materializó en el verano de 1994. Esta es la segunda gran revelación que te prometí explorar. El Tour de Francia de 1994, la carrera de las carreras, el evento anual más seguido del planeta después de los Juegos Olímpicos y el Mundial de fútbol.

Es la prueba reina, el pináculo absoluto de la resistencia humana. Tres semanas de agonía pura cubriendo distancias que superan  los 3,000 km a lo largo y ancho de la geografía francesa, enfrentando el infierno helado de los Alpes,  la brutalidad vertical de los Pirineos, extenuantes pruebas contra reloj y un pelotón compuesto por los más de 180 corredores más en forma del universo, representando a los equipos más acaudalados y  tecnológicamente avanzados.

Miguel Arroyo llegó a esa edición del tour enfundado en el Mayot del equipo francés Chasal MBK Kigck. Su misión no era fácil. La carrera fue un constante  desgaste táctico, de lucha por la posición, de sobrevivir a las caídas multitudinarias de la primera  semana y de escalar montañas interminables bajo un sol de justicia.

Grábate este dato estadístico con claridad. Miguel Arroyo logró terminar el Tour de Francia de 1994 cruzando la mítica línea de meta en los Campos elicios de París. Ubicándose en  el puesto número 48 de la clasificación general absoluta, quedó registrado con un tiempo acumulado que lo situó a 1 hora, 44 minutos y 11 segundos del gran ganador.

Y es imperativo contextualizar quién fue ese ganador. Miguel Indurain, el gigante navarro de España, quien en ese periodo ejercía una tiranía implacable sobre el  pelotón internacional, dominando la disciplina de una forma aplastante e inalcanzable, en camino a conquistar el cuarto de sus cinco históricos  y consecutivos triunfos en el Tour de Francia.

En el contexto de un tour, terminar a poco más de hora y media del líder después de 3,000  km no es un fracaso, es la prueba irrefutable de pertenecer a la élite de la élite. El simple hecho de concluir el Tour de Francia constituye una hazaña sobrehumana. Cada año una proporción enorme del pelotón que toma la salida no logra llegar a París.

Son vencidos  por las fracturas, por enfermedades virales que atacan un sistema inmunológico deprimido por el esfuerzo, por el agotamiento absoluto o por no poder cumplir con el tiempo límite en las etapas de alta montaña. Terminar es el equivalente a sobrevivir a una batalla de 21 días seguidos, donde el cuerpo es empujado más allá de sus límites  fisiológicos conocidos.

Miguel Arroyo no solo sobrevivió a ese infierno, brilló. Terminó entre los 50 corredores más fuertes del mundo en la prueba deportiva más sádica  jamás inventada y lo hizo cumpliendo sus agotadoras funciones de gregario, vaciándose repetidas veces en favor de los intereses de su equipo. En entrevistas posteriores,  cuando se le pedía recordar aquellos días gloriosos en Francia, Arroyo, siempre con su característica modestia, describía la experiencia como un evento de proporciones colosales que lo llenaba

de asombro. reflexionaba sobre el impacto psicológico de saber que las cámaras de televisión transmitían su pedaleo a millones de hogares en todos los continentes,  que su nombre resonaba en transmisiones de múltiples idiomas y confesaba que llevar los colores y la representación de México en un escenario tan majestuoso le producía un orgullo profundo e indescriptible.

Sabía allá en las carreteras francesas que  sus compatriotas estaban pendientes de su proeza. Gracias a este logro monumental, Miguel Arroyo junto al legendario regio montano Raúl Alcalá conforma un club exclusivísimo. Son los únicos dos ciclistas mexicanos en  toda la historia de la nación que han logrado tomar la salida y competir en las tres grandes vueltas del ciclismo, tour, giro y vuelta.

Piénsalo bien, de los millones de atletas que ha dado México, solamente dos hombres han conseguido completar esa trifecta ciclista y uno de ellos fue el muchacho de orígenes campesinos que aprendió a escalar montañas en una bicicleta pesada de tienda departamental en Hamantla. La tenacidad de arroyo lo llevó a regresar al tour de Francia en 1995, donde demostró nuevamente su dureza finalizando en el lugar 61 y volvió una vez más en 1997, concluyendo en el lugar 76, marcando el cierre de su heroica participación en la grande bucle. Su

currículum europeo, sin embargo, no se limitó a las carreras de tres semanas. enfrentó los temibles monumentos del ciclismo, tomando parte en pruebas de un día que son leyendas vivas de  la historia del deporte, como la clásica lieja bastoña Lieja en 1995, la carrera más antigua del calendario, apodada la decana, famosa por sus cortas pero criminales subidas en los bosques de las ardenas belgas.

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