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6 de Julio – Santa María Goretti: La Historia Más Hermosa Sobre el Amor y el Perdón

Quienes asistieron a esa primera comunión recordaban la expresión de recogimiento de la niña durante la ceremonia. tan diferente a la distracción habitual de los niños de su edad. María salió de aquella celebración con una certeza nueva sobre la presencia de Jesús en la Eucaristía, que orientaría toda su vida interior en los meses que le quedaban por vivir.

Jesús presente en la Eucaristía y María, su madre celestial, serían los dos pilares de una espiritualidad sencilla, pero sólidamente anclada en lo que más importa. Capítulo 3. La sombra de Alesandro Serenelli. La amenaza creciente. La familia que compartía la vivienda con los Goreti guardaba un peligro que nadie supo ver a tiempo.

El acuerdo de trabajo que la familia Goretti había establecido con el propietario de las tierras incluía compartir la vivienda con otra familia de aparceros, los Sereneli, compuestos por el padre Giovanni y su hijo Alesandro, un joven de 20 años que trabajaba en el campo junto a los Goreti.

Esta convivencia forzada que en el campo italiano de aquella época era una práctica habitual entre familias de aparceros, no planteó problemas evidentes en los primeros tiempos. Los Serenelli eran vecinos con quienes compartir el techo y el trabajo, y Asunta, desbordada por sus propias preocupaciones, valoraba la ayuda práctica que Alesandro prestaba en las tareas más pesadas del campo.

Sandro Serenelli era un joven cuya vida interior presentaba señales preocupantes que  en el ambiente rural y resignado de aquella época pasaron inadvertidas o fueron interpretadas como rasgos normales de un muchacho poco  cultivado. Su padre, Giovanni era un hombre taciturno y alcohólico que no había ejercido sobre su hijo ninguna influencia positiva.

Alesandro había crecido sin madre, con una educación mínima, expuesto a materiales y conversaciones que distorsionaron gravemente su comprensión de la dignidad humana y de las relaciones entre los sexos. No era un monstruo en el sentido que la palabra podría sugerir. Era algo quizás más inquietante. Un hombre ordinario en cuyo interior el bien y el mal libraban una batalla cuyo desenlace dependería de las circunstancias y de las elecciones que tomara.

Cuando María comenzó a desarrollarse físicamente, Alesandro dirigió hacia ella una atención que desde el principio fue inapropiada. Comenzó con comentarios y gestos que hacían enrojecer a la niña y la llevaban a huir de su presencia. María no entendía completamente lo que aquellos gestos significaban, pero su instinto y su sensibilidad moral le decían con claridad que algo estaba profundamente mal en la actitud de aquel hombre hacia ella.

Se lo habría contado a su madre, pero comprendía perfectamente la situación de vulnerabilidad en que se encontraba la familia. Sin Alesandro, Asunta no podría hacer frente a las tareas más pesadas del campo y sin el campo, la familia no sobreviviría. María cargó sola con este peso, protegiéndose como podía y evitando en lo posible cualquier situación en que tuviera que estar a solas con él.

La situación fue escalando gradualmente. Alesandro, ante la resistencia constante de María, pasó de los gestos inapropiados a las amenazas explícitas, comunicándole que si no cedía a sus exigencias, estaría dispuesto a hacerle daño. Estas amenazas, pronunciadas a solas y sin testigos, ponían a María ante una situación de terror del que no podía hablar con nadie.

Su madre seguía sin saberlo. El padre Sereneli era parte del problema más que de la solución. Y en aquel ambiente rural aislado no había ninguna institución ni persona de autoridad a quien acudir fácilmente. María rezaba, ofrecía su situación a la Virgen María y continuaba su vida cotidiana con la serenidad exterior de quien ha decidido confiar en Dios, incluso cuando la situación humana no ofrece ninguna salida visible.

Los sacerdotes que la conocieron en aquel periodo recordaban a una niña que acudía a confesarse con una regularidad y una seriedad inusuales para su edad, que manifestaba en el confesionario una sensibilidad moral muy desarrollada y una vida interior que sorprendía al confesor. Ninguno de ellos supo entonces lo que aquella niña estaba viviendo fuera del confesionario, pero todos coincidirían después en señalar que la profundidad espiritual que María había alcanzado en aquel periodo de su vida no era el fruto de circunstancias fáciles,

sino de una lucha interior que la estaba preparando sin que ella lo supiera para la prueba definitiva que se acercaba. Capítulo 4. El 5 de julio de 1902. El ataque y la resistencia. En la prueba más extrema, una niña de 11 años eligió a Dios sobre su propia vida. El 5 de julio de 1902 era un día de verano ordinario en Ferriere Di Asunta y el padre Sereneli habían salido a trabajar en el campo desde temprano, dejando a María en casa para ocuparse de las tareas domésticas habituales  y cuidar al más pequeño de sus hermanos

que dormía en la cuna. Alesandro, con el pretexto de haber terminado antes sus tareas en el campo,  regresó a la vivienda sabiendo que María estaba sola. Tenía consigo una lima de afilar, un instrumento de trabajo que había modificado para hacerlo más peligroso, afilando su extremo hasta convertirlo en una punta.

Lo que ocurrió a continuación ha sido narrado por los testigos y reconstruido por el proceso de canonización con precisión. Alesandro se dirigió a María exigiéndole una vez más que se diera a sus deseos. Y cuando ella se negó con la misma firmeza de siempre, añadiendo que lo que él pedía era un pecado y que prefería morir antes que cometerlo, él respondió con violencia.

Las palabras que María pronunció en aquel momento no eran las palabras de una adulta que reflexiona fríamente sobre dilemas morales. Eran las palabras de una niña de 11 años que decía lo que había aprendido a creer con toda su alma, que algunas cosas importan más que la propia vida y que Dios vale más que todo. María fue herida 14 veces.

Seis de aquellos golpes la atravesaron de lado a lado con una violencia que dobló el propio instrumento. Los demás, que no alcanzaron el mismo grado de profundidad, golpearon la columna vertebral. Cayó al suelo de la cocina inconsciente. Alesandro, creyendo haberla matado, huyó a su habitación y se encerró con llave.

Lo que no sabía es que María seguía con vida y que en los momentos que siguieron daría el testimonio más elocuente de toda su historia. Cuando María recuperó el conocimiento, a pesar del dolor insoportable y de la gravedad de sus heridas, intentó arrastrarse hasta la puerta para pedir ayuda. Era apenas un recorrido de pocos metros, pero cada movimiento le costaba una agonía que habría paralizado a cualquier persona  adulta.

Cuando escuchó el ruido de María moviéndose, Alesandro volvió y la hirió cinco veces más, los golpes que resultarían definitivamente fatales al perforar sus intestinos. fue encontrada poco después por los miembros de la familia que regresaban del campo en una situación de gravedad extrema que hacía temer lo peor desde el primer momento.

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