Quienes asistieron a esa primera comunión recordaban la expresión de recogimiento de la niña durante la ceremonia. tan diferente a la distracción habitual de los niños de su edad. María salió de aquella celebración con una certeza nueva sobre la presencia de Jesús en la Eucaristía, que orientaría toda su vida interior en los meses que le quedaban por vivir.
Jesús presente en la Eucaristía y María, su madre celestial, serían los dos pilares de una espiritualidad sencilla, pero sólidamente anclada en lo que más importa. Capítulo 3. La sombra de Alesandro Serenelli. La amenaza creciente. La familia que compartía la vivienda con los Goreti guardaba un peligro que nadie supo ver a tiempo.
El acuerdo de trabajo que la familia Goretti había establecido con el propietario de las tierras incluía compartir la vivienda con otra familia de aparceros, los Sereneli, compuestos por el padre Giovanni y su hijo Alesandro, un joven de 20 años que trabajaba en el campo junto a los Goreti.
Esta convivencia forzada que en el campo italiano de aquella época era una práctica habitual entre familias de aparceros, no planteó problemas evidentes en los primeros tiempos. Los Serenelli eran vecinos con quienes compartir el techo y el trabajo, y Asunta, desbordada por sus propias preocupaciones, valoraba la ayuda práctica que Alesandro prestaba en las tareas más pesadas del campo.
Sandro Serenelli era un joven cuya vida interior presentaba señales preocupantes que en el ambiente rural y resignado de aquella época pasaron inadvertidas o fueron interpretadas como rasgos normales de un muchacho poco cultivado. Su padre, Giovanni era un hombre taciturno y alcohólico que no había ejercido sobre su hijo ninguna influencia positiva.
Alesandro había crecido sin madre, con una educación mínima, expuesto a materiales y conversaciones que distorsionaron gravemente su comprensión de la dignidad humana y de las relaciones entre los sexos. No era un monstruo en el sentido que la palabra podría sugerir. Era algo quizás más inquietante. Un hombre ordinario en cuyo interior el bien y el mal libraban una batalla cuyo desenlace dependería de las circunstancias y de las elecciones que tomara.
Cuando María comenzó a desarrollarse físicamente, Alesandro dirigió hacia ella una atención que desde el principio fue inapropiada. Comenzó con comentarios y gestos que hacían enrojecer a la niña y la llevaban a huir de su presencia. María no entendía completamente lo que aquellos gestos significaban, pero su instinto y su sensibilidad moral le decían con claridad que algo estaba profundamente mal en la actitud de aquel hombre hacia ella.
Se lo habría contado a su madre, pero comprendía perfectamente la situación de vulnerabilidad en que se encontraba la familia. Sin Alesandro, Asunta no podría hacer frente a las tareas más pesadas del campo y sin el campo, la familia no sobreviviría. María cargó sola con este peso, protegiéndose como podía y evitando en lo posible cualquier situación en que tuviera que estar a solas con él.
La situación fue escalando gradualmente. Alesandro, ante la resistencia constante de María, pasó de los gestos inapropiados a las amenazas explícitas, comunicándole que si no cedía a sus exigencias, estaría dispuesto a hacerle daño. Estas amenazas, pronunciadas a solas y sin testigos, ponían a María ante una situación de terror del que no podía hablar con nadie.
Su madre seguía sin saberlo. El padre Sereneli era parte del problema más que de la solución. Y en aquel ambiente rural aislado no había ninguna institución ni persona de autoridad a quien acudir fácilmente. María rezaba, ofrecía su situación a la Virgen María y continuaba su vida cotidiana con la serenidad exterior de quien ha decidido confiar en Dios, incluso cuando la situación humana no ofrece ninguna salida visible.
Los sacerdotes que la conocieron en aquel periodo recordaban a una niña que acudía a confesarse con una regularidad y una seriedad inusuales para su edad, que manifestaba en el confesionario una sensibilidad moral muy desarrollada y una vida interior que sorprendía al confesor. Ninguno de ellos supo entonces lo que aquella niña estaba viviendo fuera del confesionario, pero todos coincidirían después en señalar que la profundidad espiritual que María había alcanzado en aquel periodo de su vida no era el fruto de circunstancias fáciles,
sino de una lucha interior que la estaba preparando sin que ella lo supiera para la prueba definitiva que se acercaba. Capítulo 4. El 5 de julio de 1902. El ataque y la resistencia. En la prueba más extrema, una niña de 11 años eligió a Dios sobre su propia vida. El 5 de julio de 1902 era un día de verano ordinario en Ferriere Di Asunta y el padre Sereneli habían salido a trabajar en el campo desde temprano, dejando a María en casa para ocuparse de las tareas domésticas habituales y cuidar al más pequeño de sus hermanos
que dormía en la cuna. Alesandro, con el pretexto de haber terminado antes sus tareas en el campo, regresó a la vivienda sabiendo que María estaba sola. Tenía consigo una lima de afilar, un instrumento de trabajo que había modificado para hacerlo más peligroso, afilando su extremo hasta convertirlo en una punta.
Lo que ocurrió a continuación ha sido narrado por los testigos y reconstruido por el proceso de canonización con precisión. Alesandro se dirigió a María exigiéndole una vez más que se diera a sus deseos. Y cuando ella se negó con la misma firmeza de siempre, añadiendo que lo que él pedía era un pecado y que prefería morir antes que cometerlo, él respondió con violencia.
Las palabras que María pronunció en aquel momento no eran las palabras de una adulta que reflexiona fríamente sobre dilemas morales. Eran las palabras de una niña de 11 años que decía lo que había aprendido a creer con toda su alma, que algunas cosas importan más que la propia vida y que Dios vale más que todo. María fue herida 14 veces.
Seis de aquellos golpes la atravesaron de lado a lado con una violencia que dobló el propio instrumento. Los demás, que no alcanzaron el mismo grado de profundidad, golpearon la columna vertebral. Cayó al suelo de la cocina inconsciente. Alesandro, creyendo haberla matado, huyó a su habitación y se encerró con llave.
Lo que no sabía es que María seguía con vida y que en los momentos que siguieron daría el testimonio más elocuente de toda su historia. Cuando María recuperó el conocimiento, a pesar del dolor insoportable y de la gravedad de sus heridas, intentó arrastrarse hasta la puerta para pedir ayuda. Era apenas un recorrido de pocos metros, pero cada movimiento le costaba una agonía que habría paralizado a cualquier persona adulta.
Cuando escuchó el ruido de María moviéndose, Alesandro volvió y la hirió cinco veces más, los golpes que resultarían definitivamente fatales al perforar sus intestinos. fue encontrada poco después por los miembros de la familia que regresaban del campo en una situación de gravedad extrema que hacía temer lo peor desde el primer momento.
El traslado al hospital de Netuno, la ciudad más cercana con instalaciones médicas, fue una carrera contra el tiempo en un carro tirado por bueyes, el único transporte disponible en aquel lugar remoto. Durante el trayecto, María permanecía consciente en los momentos de lucidez y quienes la acompañaban recordaban que no se quejaba, que no pedía venganza, que murmuraba oraciones entrecortadas por el dolor.
Llegó al hospital con fiebre alta, con una pérdida de sangre crítica y con las complicaciones intestinales ya comenzando a desarrollarse. Los médicos que la recibieron comprendieron de inmediato la gravedad extrema de la situación. Capítulo 5. Las últimas horas, la cirugía, la sed y el perdón.
En el lecho de muerte, María Goretti pronunció las palabras que cambiarían para siempre la historia de su asesino. En el hospital de Netuno, los médicos decidieron intervenir quirúrgicamente en un intento desesperado por detener la hemorragia interna y reparar el daño a sus órganos. La operación era necesaria, pero enfrentaba un obstáculo que hoy resulta casi inconcebible.
Dado el estado de shock y la pérdida de sangre sufrida, los médicos temían que la administración de anestesia pudiera provocar un paro cardíaco. tomaron la decisión dolorosa, pero que consideraban médicamente necesaria de operar sin anestesia, ampliando cada una de las heridas para poder suturar internamente. Durante toda aquella cirugía que duró un tiempo que sus testigos describirían como interminable, María no lanzó ni un solo grito, ni emitió una sola queja.

ofrecía en silencio todo lo que estaba sufriendo, del mismo modo en que había aprendido a ofrecer cada cosa pequeña de su vida cotidiana. Un sacerdote fue llamado al hospital para administrarle los sacramentos. Antes de hacerlo, se acercó a María y le preguntó si era capaz de perdonar a Alesandro por lo que le había hecho.
La pregunta no era retórica ni meramente formal. En la teología sacramental, la disposición al perdón es condición para recibir válidamente el sacramento de la penitencia. Pero el sacerdote que la hizo no esperaba la respuesta que recibió, o al menos no con la prontitud y la claridad con que fue pronunciada. María respondió que sí, que perdonaba a Alesandro de todo corazón y añadió algo que dejó al sacerdote sin palabras, que quería que Alesandro estuviera con ella en el cielo.
Esta declaración pronunciada por una niña de 11 años en medio del dolor más intenso, sin anestesia, con las heridas abiertas, sabiendo que iba a morir, es uno de los testimonios de perdón más extraordinarios de toda la historia cristiana. No era el perdón heroico, pero distante del que perdona desde lejos y en abstracto.
Era el perdón más concreto y más costoso que puede existir, el que se da a quien te ha hecho el mayor daño posible, sin que el otro haya pedido perdón, sin que haya manifestado ningún arrepentimiento, sin ninguna garantía de que este perdón servirá para algo. Era el perdón de Cristo desde la cruz. Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen.
El sacerdote que había presenciado el momento, comprendió que estaba ante algo que excedía los parámetros de la experiencia religiosa ordinaria. Le preguntó también a María si comprendía lo que significaba morir. Ella respondió que sí, que iba a ir al cielo. La serenidad con que pronunció estas palabras, que no era la serenidad del que no comprende, sino la del que ha aceptado plenamente, impresionó profundamente a todos los presentes.
En el hospital comenzó a circular la noticia de aquella niña extraordinaria y personas que nada tenían que ver con su historia acudían a su cuarto solo para verla y escucharla. El sacerdote le preguntó también por qué sufría con tanta paciencia. María respondió con una sencillez que resumía toda su espiritualidad, porque Jesús también ha sufrido y nosotros tenemos que hacer lo mismo si queremos estar con él.
Esta respuesta que en la boca de un teólogo podría sonar elaborada en la de aquella niña, era simplemente la expresión de lo que había aprendido a creer desde pequeña y lo que en aquel momento estaba viviendo en carne propia. El sufrimiento no era para ella un absurdo, sino una participación en el sufrimiento de Cristo. Y esa participación tenía un sentido que transformaba todo.
María Goretti murió el 6 de julio de 1902, aproximadamente 24 horas después del ataque, con los ojos fijos en la imagen de la Virgen que habían colocado en su habitación del hospital. Tenía 11 años, 9 meses y 20 días. Sus últimas palabras fueron de ofrenda y de confianza. Asunta, su madre, que había permanecido junto a ella durante toda su agonía, la vio morir con aquella serenidad, que no pudo haber venido de ella sola, sino de aquel en quien había puesto toda su confianza. Capítulo 6.
El juicio, la prisión y el hombre más furioso del mundo. Alesandro Sereneli entró en prisión cargando una rabia que parecía no tener remedio. Alesandro fue detenido en su habitación pocas horas después del ataque, aún encerrado con llave como había quedado tras los hechos. En el juicio que siguió, adoptó la táctica que su abogado defensor consideraba más conveniente, afirmar que había actuado en defensa propia ante un supuesto ataque de María.
Esta mentira que los jueces desestimaron sin dificultad, dado el peso abrumador de las pruebas en su contra, añadía a la gravedad de su crimen la cobardía de quien intenta hacer responsable a su víctima de lo que le ha hecho. Alesandro fue condenado a 30 años de prisión, la pena máxima permitida por la legislación italiana de aquella época, dado que era menor de 21 años en el momento de los hechos.
entró en prisión como lo que los testimonios de aquella época describen unánimemente. El hombre más furioso y más lleno de rencor que pudiera imaginarse. No había en él nada que se pareciera al arrepentimiento. El contrario, culpaba a María de todo lo que le había sucedido, repitiéndose a sí mismo y a cualquiera que quisiera escucharle, que si ella hubiera cedido a sus exigencias, nada de aquello habría pasado.
Esta inversión completa de la responsabilidad moral, que a cualquier observador exterior resultaba evidentemente absurda, era para Alesandro la única manera de soportar el peso de lo que había hecho sin quebrarse completamente. Su comportamiento en prisión era tan violento y tan incontrolable que las autoridades no podían permitir que se mezclara con el resto de los reclusos.
Cada vez que tenía contacto con otros presos, terminaba en episodios de violencia que ponían en peligro tanto a él como a los demás. La decisión fue inevitable. Aislamiento completo, confinamiento solitario separado de todo contacto humano. Alesandro pasó así se años encerrado en soledad, con sus recuerdos con su rabia y con el peso creciente de una culpa que se negaba a reconocer, pero que a pesar de todo estaba ahí rollendo desde dentro como un ácido silencioso.
El aislamiento que humanamente debería haber empeorado su estado psicológico, fue paradójicamente el espacio en que la gracia divina comenzó a trabajar. Sin los estímulos externos que alimentaban su agresividad, Alesandro se encontró solo consigo mismo de una manera que no podía evitar.
Los recuerdos de María volvían una y otra vez. su cara, sus palabras, la manera en que había muerto, no podía deshacerse de aquella imagen y con el tiempo la rabia que le generaba fue cediendo paso a algo más incómodo y más difícil de manejar que la rabia, la conciencia de lo que había hecho realmente, sin excusas ni justificaciones.
Fue en este estado interior después de 6 años de aislamiento, cuando ocurrió la experiencia que cambiaría radicalmente su vida. Una noche, Alesandro tuvo un sueño o una visión. La tradición no distingue con precisión entre ambas cosas, que lo sacudió en lo más profundo. Vio a María en un jardín recogiendo flores blancas.
Ella no le decía nada, no lo acusaba, no lo miraba con rencor, simplemente le fue entregando una por una 14 flores blancas, el mismo número de heridas que él le había infligido. Con aquel gesto que no necesitaba palabras para ser comprendido, María le estaba diciendo que lo perdonaba. Capítulo 7. Los 14 lirios blancos.
La conversión más improbable. El perdón de una niña muerta derribó en una noche la fortaleza de odio que Alesandro había construido en 6 años. El efecto de aquella experiencia nocturna sobre Alesandro Serenelli fue inmediato y total. Quienes lo conocían en prisión describían que al día siguiente era un hombre diferente.
La tensión permanente de su rostro había desaparecido. La agresividad que lo hacía inmanejable se había esfumado y en su lugar había algo que nadie entre los funcionarios de la prisión sabía cómo describir, pero que reconocían como una paz que no cuadraba con lo que conocían de aquel hombre. Alesandro pidió hablar con el obispo de la diócesis y cuando este fue a visitarlo, le pidió la posibilidad de hacer una confesión completa de todo lo que había hecho.
La confesión que Alesandro hizo ante el obispo fue, según el testimonio de este recogido posteriormente, una de las más completas y más contrictas que había escuchado en toda su vida sacerdotal. Alesandro no intentó minimizar nada ni encontrar circunstancias atenuantes para lo que había hecho. Reconoció el crimen en toda su gravedad.
Expresó un arrepentimiento que el obispo juzgó completamente auténtico y recibió la absolución con una humildad que habría resultado increíble en quien había sido hasta la víspera el recluso más incontrolable de la prisión. A partir de aquel momento, Alesandro comenzó a vivir de una manera que transformó su entorno en la cárcel.
Pidió una Biblia, comenzó a leerla con una asiduidad que contrastaba con su anterior analfabetismo espiritual. Desarrolló una vida de oración que los funcionarios de la prisión observaban con asombro y comenzó a relacionarse con los demás reclusos, no con la violencia de antes, sino con una paciencia.
y una caridad que pronto lo convirtieron en un punto de referencia positivo dentro de la comunidad carcelaria. Evangelizaba a los otros presos con la naturalidad de quien ha sido tocado por algo tan real que no puede guardarlo para sí. Su comportamiento fue tan radicalmente transformado que las autoridades penitenciarias, en un periodo en que nadie era escarcelado anticipadamente, decidieron liberarlo 3 años antes de que completara su condena.
25 años después del crimen, Alesandro Serenelli cruzó las puertas de la prisión como un hombre libre, pero con una libertad que iba mucho más allá de la libertad física. era la libertad interior de quien ha sido perdonado y ha aceptado ese perdón. Llevaba consigo el recuerdo de los 14 lirios blancos como el punto de referencia más importante de toda su existencia, el momento en que una niña muerta le había devuelto la vida.
Lo primero que hizo al salir de la prisión fue dirigirse a la casa de Asunta Goretti, la madre de María. Este gesto, que habría podido parecer una temeridad o incluso una ofensa, respondía a una necesidad interior profunda. Alesandro no podía comenzar su nueva vida sin pedir perdón a la persona a quien más había dañado con su crimen.
Asunta lo había perdido todo aquella tarde de julio de 1902 a su hija, a su familia, pues la muerte de María la había obligado a dar en adopción a sus otros cinco hijos. Porque sin María no podía atender al mismo tiempo el campo y el hogar. Capítulo 8o. El encuentro con la madre. La escena más hermosa de la historia. Lo que ocurrió cuando Alesandro Goretti tocó la puerta de Asunta Goretti es uno de los testimonios más extraordinarios del poder del perdón cristiano.
Era el 24 de diciembre de 1934, Nochebuena. Alesandro Serenelli llamó a la puerta de la casa de Asunta Goretti. Cuando la anciana abrió y lo vio de pie ante ella. El hombre que había matado a su hija y destruido su familia, la escena que siguió habría podido tomar muchos caminos distintos, todos ellos comprensibles desde la perspectiva humana.
Asunta tenía todo el derecho del mundo a cerrarle la puerta en la cara, a decirle que nunca podría perdonarle. a expresar el dolor acumulado durante 32 años de ausencia de su hija mayor. Alesandro, que había preparado aquel momento durante mucho tiempo, le preguntó con sencillez, “¿Me conoces?” Asunta respondió que sí. Él preguntó entonces, “¿Me perdonas?” Y Asunta respondió con unas palabras que la Iglesia ha recordado como uno de los testimonios más hermosos del perdón cristiano en toda la historia moderna.
Alesandro, Dios te ha perdonado. María te ha perdonado. ¿Cómo no voy a perdonarte yo? Y le abrió la puerta. Aquella nochebuena, Asunta Goretti y Alesandro Serenelli, la madre de la víctima y el asesino, fueron juntos a la misa de medianoche en la iglesia del pueblo y recibieron juntos la sagrada comunión.
Los que estaban presentes en aquella misa y que conocían la historia de ambos, recordarían aquel momento como el más elocuente testimonio de la realidad del evangelio que habían presenciado en toda su vida. No era una escena de película ni una historia edificante inventada para mover sentimientos. Era la realidad más dura y más hermosa del perdón cristiano.
El mismo perdón que Cristo había enseñado y practicado, manifestado ahora en dos personas ordinarias que habían elegido tomarlo en serio hasta las últimas consecuencias. Asunta, que había perdido a María a los 9 años de edad y que jamás había podido olvidar el dolor de aquella pérdida, adoptó ese día a Alesandro como a un hijo.
Esta adopción no era un gesto simbólico ni una declaración formal, era la expresión de una realidad espiritual que el perdón había producido, donde había habido muerte y odio. El perdón había creado vida y amor. La misma mujer que nunca había podido asistir al funeral de su hija, porque la muerte de María coincidió con los últimos días que pudo pasar junto a sus otros hijos antes de darlos en adopción, encontraba ahora en el asesino de aquella hija un hijo que le devolvía de alguna manera lo que había perdido.
Esta historia que la razón humana sin la fe no podría comprender es quizás el argumento más poderoso de toda la vida de Santa María Goretti sobre la realidad y la eficacia del perdón cristiano. No es el perdón entendido como olvido o como minimización del daño. Es el perdón entendido exactamente como Cristo lo enseñó, como la decisión libre y costosa de no dejar que el mal tenga la última palabra.
de no permitir que quien te ha hecho daño te robe también la capacidad de amar. María había elegido ese perdón muriendo. Asunta lo eligió viviendo. Y Alesandro, al recibirlo, descubrió que era el único camino posible hacia su propia humanidad recuperada. Capítulo 9. La canonización, la mayor multidia. El 24 de junio de 1950, la plaza de San Pedro vivió uno de los momentos más extraordinarios de la historia moderna de la Iglesia.
El proceso de beatificación y canonización de María Goretti fue uno de los más rápidos de la historia moderna de la Iglesia, reflejo de la extensión y la solidez de su fama de santidad. Apenas 48 años después de su muerte, el Papa Pío XI la proclamó beata el 27 de abril de 1947. En la ceremonia de beatificación estuvo presente Asunta, su madre, que en aquel momento tenía 82 años, quien había visto morir a su hija en circunstancias de pobreza y violencia extremas.
Estaba ahora en la plaza de San Pedro, viendo cómo la Iglesia Universal reconocía en aquella muerte la plenitud de la santidad. Era un momento que ninguna palabra puede describir adecuadamente. La canonización que tuvo lugar el 24 de junio de 1950 se convirtió en un acontecimiento histórico que trascendió los límites de lo meramente religioso.

La plaza de San Pedro y los alrededores del Vaticano se llenaron de fieles llegados de toda Italia y de numerosos otros países en un número que las estimaciones de la época situaban en más de medio millón de personas. Fue tal la afluencia que por primera vez en la historia de la Iglesia, la basílica de San Pedro resultó insuficiente para albergar la celebración y la canonización tuvo que realizarse al aire libre en la plaza, ante aquella multitud extraordinaria.
El Papa Pío XI presidió la ceremonia con una emoción visible que sus colaboradores recordarían durante años. En su homilía describió a María Goretti como un modelo y protectora de la juventud, señalando que su testimonio no era solo relevante para las circunstancias específicas de su martirio, sino para cualquier joven que enfrentara la presión de un mundo que frecuentemente proponía valores contrarios a los del Evangelio.
Su santidad, subrayó el Papa, no consistía en circunstancias extraordinarias, sino en la elección ordinaria de decir sí a Dios y no al pecado. Elección que está al alcance de cualquier cristiano en cualquier época. Asunta, que tenía entonces 85 años, estaba en primera fila de aquella ceremonia histórica.
Era la primera vez en la historia de la Iglesia que una madre asistía a la canonización de su propia hija. Este detalle que Pío XI mencionó explícitamente en su homilía añadía a la ceremonia una dimensión de ternura humana que conmovió a todos los presentes. La mujer que había cargado durante casi 50 años el dolor de perder a su hija de la manera más brutal y más injusta, estaba ahora viendo como aquella muerte, lejos de ser el último capítulo de una historia trágica, era el primero de una historia de santidad que
la Iglesia reconocía como modelo para todos los tiempos. Alesandro Serenelli, que para entonces tenía 68 años y vivía en un convento franciscano, siguió la ceremonia desde lejos en el recogimiento y la oración. Había pedido que no se hiciera pública su presencia para no distraer la atención de la figura de María.
Y su discreción en ese momento era en sí misma un testimonio de la transformación que había experimentado. El hombre que antes necesitaba imponerse por la fuerza era ahora alguien que buscaba hacerse invisible para que la luz de otra persona pudiera brillar sin obstáculos. Capítulo 10. El proceso de santificación de Alesandro Serenelli.
La Iglesia contempla hoy la posibilidad de que el asesino de una santa pueda convertirse él mismo en santo. Alesandro Serenelli, tras su liberación de la prisión entró como hermano Lego en la comunidad franciscana de los hermanos menores capuchinos en Ascoliseno, donde vivió hasta su muerte en 1970 a los 88 años.
Los 40 años que pasó en aquella comunidad religiosa fueron, según el testimonio unánime de cuántos lo conocieron, los de un hombre verdaderamente transformado que había hecho de la penitencia, la oración y el servicio humilde el programa de su vida. No hablaba de sí mismo, salvo cuando la obediencia o la caridad lo requerían.
Cuando lo hacía era para hablar de María y del perdón que había recibido. Su vida en la comunidad capuchina era de una austeridad que contrastaba con la violencia de su pasado, de una manera que los hermanos que lo conocieron encontraban elocuente. Se levantaba antes que los demás para orar. Se ofrecía voluntariamente para las tareas más humildes.
Cuidaba con especial ternura a los enfermos y a los ancianos de la comunidad. y tenía fama entre los hermanos de una paciencia y una mansedumbre que no parecían naturales en alguien de su constitución física y de su temperamento. Quienes lo conocían en aquellos años describían a un hombre en quien la gracia había hecho un trabajo que la naturaleza sola nunca habría podido realizar.
Su fama de santidad comenzó a extenderse gradualmente, alimentada por testimonios de personas que decían haber recibido gracias espirituales tras acudir a él en busca de consejo o de oración. Alesandro, que rechazaba cualquier tipo de notoriedad con una coherencia que en sí misma era significativa, continuaba su vida ordinaria de oración y servicio, sin conceder importancia alguna a estos relatos.
Decía a quienes le hablaban de ello que cualquier gracia que hubieran recibido era fruto de la intercesión de María Goretti, no de él, y que lo único que podía ofrecerles era el testimonio de un pecador que había experimentado la misericordia de Dios, de manera que nunca terminaría de agradecer.
murió el 6 de mayo de 1970, 68 años después del crimen que había marcado toda su existencia. Sus últimas palabras, según el testimonio de los hermanos que lo acompañaron, fueron una expresión de gratitud hacia Dios y hacia María Goretti, cuyo perdón había hecho posible que él llegara a aquel momento en paz.
fue enterrado en el cementerio de la comunidad capuchina con la sencillez que había caracterizado toda su vida religiosa sin ninguna pompa ni señal de distinción exterior. Sin embargo, la memoria de Alesandro no se apagó con su muerte. Testimonios de gracias recibidas por su intercesión comenzaron a multiplicarse en los años siguientes, y la figura de aquel hombre, que había pasado de asesino a penitente ejemplar, comenzó a ser contemplada por algunos teólogos y estudiosos de la espiritualidad como uno de los ejemplos más extraordinarios de conversión y de
transformación por la gracia que la historia moderna de la Iglesia podía ofrecer. Hoy existe un movimiento activo que promueve el inicio de su causa de canonización, recogiendo testimonios y documentando los presuntos milagros obrados por su intercesión. La posibilidad de que Alesandro Sereneli pueda ser un día proclamado santo por la Iglesia es teológicamente fascinante y pastoralmente poderosa.
No significaría en ningún caso una minimización del crimen cometido ni una justificación de la violencia. significaría exactamente lo contrario, que la misericordia de Dios es más grande que cualquier pecado humano, que nadie está definitivamente perdido mientras viva y que el perdón de María Goretti, pronunciado en el hecho de muerte fue tan realó radicalmente la vida del que lo recibió.
Si la Iglesia llegara un día a proclamar santo a Alesandro Sereneli junto a Santa María Goretti, sería el mensaje más elocuente posible sobre la naturaleza del evangelio, que Cristo vino precisamente para los perdidos y que su gracia puede alcanzar a cualquier hombre en cualquier momento de su historia. La historia de María Goretti y Alesandro Serenelli es así.
En último término, una historia sobre el evangelio mismo, sobre un amor que perdona sin condiciones, sobre una misericordia que no pone límites y sobre la capacidad de Dios de escribir recto con los renglones más torcidos de la historia humana. María eligió perdonar porque eligió a Dios y porque ella eligió a Dios. Un hombre que parecía definitivamente perdido fue encontrado. Capítulo 11.
Oración a Santa María Goretti. Santa María Goretti, mártir de la pureza y maestra del perdón, acudimos a ti con la confianza de quienes reconocen en tu vida y en tu muerte el testimonio más elocuente de lo que la gracia de Dios puede obrar en un corazón humano. Tú que a los 11 años elegiste a Cristo por encima de tu propia vida, intercede por nosotros ante aquel por quien lo diste todo.
Intercede especialmente por los jóvenes de nuestro tiempo que enfrentan presiones y tentaciones que tú conociste en carne propia, que encuentren en tu ejemplo la fortaleza para decir no a lo que Dios no quiere y sí a lo que él pide, aunque este sí sea costoso y aunque el mundo no lo comprenda. Que descubran, como tú descubriste, que algunas cosas valen más que la propia vida.
Alcánzanos también la gracia del perdón que tú practicaste de manera tan heroica. Que aprendamos a perdonar no porque quien nos ha dañado lo merezca, sino porque Dios lo pide y porque el perdón nos libera a nosotros antes que al perdonado. Que ningún rencor pueda echar raíces en nuestro corazón, sabiendo que donde tú perdonaste lo que perdonaste, nosotros no tenemos excusa para guardar ningún agravio.
intercede por todas las víctimas de la violencia, especialmente por quienes cargan en soledad con heridas que no se ven. Que encuentren en tu compasión maternal el consuelo que necesitan y que la Iglesia sepa acogerlas con la misma ternura con que Dios las acoge a ellas. ruega también por quienes han cometido graves pecados y que como Alesandro viven encadenados por su propio pasado.
Que la misericordia de Dios los alcance como los alcanzó a él y que tu perdón pronunciado desde el lecho de muerte hace más de un siglo siga siendo hoy un canal de gracia para todos los que necesitan saber que Dios no ha terminado con ellos. Santa María Goretti, pequeña y grande a la vez, enséñanos que la santidad no es privilegio de circunstancias fáciles, sino elección posible en cualquier momento y en cualquier situación.
Que un día podamos reunirnos contigo en el cielo, donde también Alesandro espera, rodeado de los 14 lirios blancos que tú le regalaste una noche de gracia. Amén. Yeah.
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