El estudio cinematográfico está en silencio. Las luces frías de los reflectores caen sobre una mujer pequeña, vestida con un corsé apretado y un traje de circo de finales del siglo XIX. Llevan 2 horas esperando. Las cámaras están listas. El director está sentado en su silla mirando el reloj de pared.
El equipo técnico, los actores secundarios, los iluminadores, los maquilladores, todos están en posición. Falta una sola persona, una actriz secundaria, una rubia delgada de 26 años que llega siempre tarde, siempre con un chóer oficial del Ministerio de Guerra esperándola afuera y que esa tarde otra vez no aparece.
Cuando finalmente cruza la puerta del set, a las 4:30 de la tarde, la mujer del corsé se dobla en una reverencia exagerada, profunda, irónica y dice, alargando las rres con la voz aguda que la ha vuelto famosa en toda Argentina. Buenas tardes. La rubia recién llegada no contesta. Se lleva una mano a la mejilla lentamente, como si la reverencia hubiera dolido más que una bofetada. Y mira a la mujer del corsé.
con unos ojos fríos, calculadores, que esa mujer va a recordar el resto de su vida. Lo que la mujer del corsé no sabe todavía es que la rubia, que acaba de mirarla así, se va a convertir en menos de un año en la mujer más poderosa de Argentina y que esa mirada que acaba de cruzar el set significa, sin que nadie lo sepa todavía, el final absoluto de su carrera en su propio país.
La mujer del corsé se llamaba Libertad la Marque. La rubia que acababa de llegar tarde se llamaba Eva Duarte. Y esta es la historia de la mujer a la que Argentina, su propio país, expulsó para siempre por culpa de una reverencia que muchos confundieron con una bofetada. Es el 5 de mayo de 1945. Los estudios cinematográficos San Miguel en Bella Vista, al norte de Buenos Aires, se está filmando una película llamada La cabalgata del circo.
La dirige Mario Soficii, uno de los mejores directores del cine argentino. La protagoniza Libertad la Marque. La estrella más grande del cine nacional, 37 años. La voz aguda más reconocible de toda Latinoamérica, conocida en cinco continentes como la novia de América. A su lado, en un papel secundario, está una joven actriz llamada Eva Duarte, 26 años, todavía sin éxito en el cine, pero recientemente convertida en la novia del coronel Juan Domingo Perón, el hombre más ambicioso del ejército argentino, secretario de trabajo y previsión, en

plena ascensión hacia el poder absoluto. Durante semanas, Libertad llega cada mañana al estudio en tren. Hay racionamiento de combustible por la guerra que termina en Europa y solo los altos funcionarios tienen acceso a carros con chóer. Libertad camina desde la estación hasta los estudios. Llega temprano, se viste, se maquilla, se ajusta el corsé y espera, espera horas.
Porque Eva Duarte, la actriz secundaria, llega cuando quiere, a veces a las 2 de la tarde, a veces a las 4. Una vez ni siquiera apareció y siempre llega en un cadilac negro oficial con chóer uniformado, con su perrito caniche en los brazos y con la sonrisa de quien ya sabe que pronto no va a tener que pedir permiso a nadie.
Libertad es una profesional rigurosa. La puntualidad es para ella una cuestión de respeto. Cuando esa tarde Eva llega otra vez con dos horas de retraso, libertad, ya no soporta más. Hace la reverencia. Pronuncia el buenas tarderdes burlón y todo el equipo del set se queda en silencio. Algunos testigos jurarán durante décadas que vieron una bofetada.
Otros jurarán que solo vieron la reverencia irónica. La propia libertad lo negará toda su vida, hasta su autobiografía publicada en 1986, donde escribirá en la página 216 una frase definitiva: “No hubo tal cachetada”. Pero lo que pasó en ese set esa tarde no necesitaba ser una bofetada literal para destruir una vida entera.
Bastaba con que Eva Duarte se sintiera ofendida y se sintió. Y unos meses después, en octubre de 1945, ese coronel Juan Domingo Perón saldría triunfante de las masas obreras que llenarían la Plaza de Mayo. Y unos meses más tarde, en febrero de 1946, ese mismo coronel sería elegido presidente de Argentina.
Y la novia que lo acompañaba, esa Eva Duarte, que un día llegó tarde a un set, se convertiría en Eva Perón, en Evita, en la abanderada de los humildes, en la mujer más poderosa de un país. y libertad, la marque, la estrella nacional, la voz de toda una generación argentina, la mujer que había cantado los tangos más célebres del país y filmado las películas más vistas, descubriría que de un día para otro no había trabajo para ella en ninguna parte.
Las radios dejaron de poner sus canciones, los productores dejaron de devolverle las llamadas, las películas en las que iba a participar se cancelaron. Los teatros donde tenía contratos los rompieron uno por uno y nadie le explicaba por qué, nadie le decía la verdad, pero todos sabían la verdad. Te pusieron la tapa, le dijo finalmente Miguel Machinandi Arena, el productor de los estudios San Miguel, en una conversación privada.
La tapa en el argot peronista de la época significaba la tapa del ataúd. Estabas muerto profesionalmente, estabas proscrito. Tu nombre no podía ni mencionarse. Libertad lo escuchó y no lloró. No lloró en ese momento. Lloraría después, sola en su departamento durante semanas. Pero esa tarde simplemente asintió.
Sabía que no había salida, sabía que tenía que irse. Y unos meses más tarde, en 1946, con una maleta, su nuevo esposo Alfredo Malerba al lado y el corazón roto en mil pedazos, Libertad la Marque. Tomaba un avión hacia la Habana, después hacia México, sin saber que ya no volvería a pisar Argentina como mujer libre durante casi 28 años.
Pero para entender cómo se llegó hasta esa reverencia fatal en un set de Bella Vista, esa tarde de mayo de 1945, hay que volver mucho más atrás. Hay que volver a Rosario, a la provincia de Santa Fe, a una casa pobre del barrio La Tablada, a una noche de noviembre del año 1908. 24 de noviembre de 1908. Rosario, Argentina.
Una mujer de 45 años llamada Josefa Bousa da a luz a su séptima hija. Es una mujer cansada, inmigrante española, gallega, viuda de su primer marido con seis hijos a cuestas, vuelta a casar con un argentino mucho más joven y mucho más raro que ella, un tal Gaudencio L. Marque, 34 años, descendiente de franceses, artista bohemio, escritor de obras teatrales libertarias, anarquista declarado y con una pasión política tan grande que decide darle a la recién nacida un nombre que va a marcar su destino para siempre. La niña se llama Libertad,
libertad la marque Bousa. Y desde la mañana de su nacimiento, ese nombre que en aquella Argentina conservadora era casi una provocación política, la va a perseguir y a definir hasta su última hora. La familia vive en La Tablada, un barrio humilde de rosario. La casa es modesta, las paredes están descascaradas.
Hay nueve hijos en total entre los del primer matrimonio de Josefa y los nuevos. El padre Gaudencio no tiene un trabajo estable. Escribe obras teatrales que casi nadie quiere producir. Recita poemas anarquistas en cafetines obscuros. Sueña con una sociedad sin patrones ni jefes y entre dos obras imposibles monta una pequeña compañía teatral itinerante con sus propios hijos, recorriendo los pueblos del interior de la provincia, ofreciendo funciones a cambio de monedas o de un plato de comida.
La Pequeña Libertad a los 4 años ya sube al escenario improvisado de las plazas de pueblo. A los cinco recita poemas enteros de memoria. A los siete canta sus primeras canciones populares en los cafetines de Rosario. La gente se queda en silencio cuando la oye. Tiene una voz aguda, casi infantil, pero potentísima, con una resonancia que parece imposible para un cuerpo tan pequeño.
Los borrachos del bar dejan los vasos en la mesa y la miran sin parpadear. Las viejas lloran sin saber por qué. Su padre, Gaudencio, sabe lo que tiene en sus manos. y al mismo tiempo le da miedo. Le dice una y otra vez durante esos años en Rosario, “Hija mía, vos tenés una voz que va a llevarte muy lejos y vas a tener que cuidarte, porque la gente que tiene una voz como la tuya en este país termina mal si no se cuida.
” Esa frase dicha con el acento porteño cantado de su padre va a perseguir a libertad toda su vida y va a resultar profética. La infancia es dura, la pobreza es real. Hay días en los que no hay comida en la mesa, hay inviernos en los que duermen los nueve hijos juntos en una sola habitación para mantenerse calientes.
La madre Josefa, cose hasta las 2 de la mañana a la luz de una vela para vestir a los niños. El padre cuando consigue una función pagada vuelve a la casa con pan, queso y un poco de vino. Cuando no, vuelve con las manos vacías y se sienta en el patio a recitar poemas a las estrellas. Libertad a los 9 años decide que ella va a sacar a su familia de la pobreza con su voz.
Es una decisión tomada en silencio en una noche de invierno, mirando a su madre dormir con el rostro arrugado por la fatiga. Una decisión de niña, pero firme como la de una adulta. Y desde ese momento ya no canta para divertirse, canta para trabajar, canta para ganar dinero. Canta como si su vida y la de sus hermanos dependieran de cada nota.
Hay un episodio de aquellos primeros años en Rosario que Libertad contaría décadas después en una entrevista de televisión ya con 70 años cumplidos y que probablemente explica más que cualquier otra anécdota, su carácter de hierro. Tenía 8 años. Cuando su padre Gaudencio la subió por primera vez al escenario improvisado de un café del centro de Rosario, había unos 15 clientes adentro.
Todos hombres adultos, todos bebiendo vino áspero, todos hablando fuerte. Cuando Libertad comenzó a cantar, dos de los clientes se rieron en voz alta y siguieron conversando. Libertad se detuvo en medio de la canción. se quedó parada en el escenario mirándolos a los ojos y dijo con la voz infantil pero firme, “Si ustedes no me respetan, yo no canto.
” El café entero se quedó en silencio. Los dos clientes bajaron la cabeza y libertad terminó la canción ante un público completamente atento. Esa noche, al volver a la casa, su padre le dijo a su madre, “Esta nena no es una nena. Es una mujer que todavía no tiene cuerpo de mujer. A los 12 años la contratan en un café de rosario para cantar tres canciones.
Cada noche le pagan unos pocos centavos por función. Su madre la acompaña al café para que no se quede sola con los hombres borrachos. Libertad canta con su voz aguda, esos tangos primitivos que estaban naciendo en los conventillos de Buenos Aires y que llegaban a Rosario en discos rayados. Y la gente del café se queda en silencio cuando ella canta.
Algunos dejan más monedas de las pactadas en la mesa, algunos lloran, algunos vuelven cada noche solo para escucharla. A los 14 años ya es conocida en toda la provincia de Santa Fe como la chiquita de la Voz de Oro. A los 15 ha sido contratada por compañías itinerantes que recorren todo el norte argentino.
A los 16 ha cantado en Tucumán, en Salta, en Córdoba, en La Plata y ha decidido en privado que tiene que ir a Buenos Aires, porque solo allí, en la capital, en los teatros del centro, en los estudios de radio que están naciendo, puede hacer la carrera que sueña. En 1926, la familia entera toma una decisión arriesgada.
Empacan todo lo que tienen, venden los pocos muebles, toman un tren de Rosario a Buenos Aires y se instalan en un departamento minúsculo del barrio de Constitución, cerca de la estación de tren, con la esperanza de que la voz de la pequeña libertad, que ahora tiene 18 años cumplidos, pueda abrirles las puertas de la capital.
Buenos Aires, 1926. La ciudad más cosmopolita de América del Sur. 3 millones de habitantes. Inmigrantes italianos, españoles, polacos, judíos, sirios, que llenan las calles, los conventillos, los cafés, los teatros. Una ciudad en plena explosión cultural. El tango está en su apogeo. Los teatros del centro reciben a las grandes estrellas mundiales.
Los estudios de radio están naciendo en Belgrano y en Palermo. Y todo el mundo busca en esos años la próxima voz que va a cantar El alma de la nación. Libertad llega a esa Buenos Aires con 18 años y un terror profundo. Es una provinciana en una ciudad gigantesca. Su padre Gaudencio no consigue trabajo.
Su madre Josefa, sigue cociendo de noche. Los hermanos buscan empleos en fábricas, en talleres, en pensiones. Libertad camina cada mañana hasta el Teatro Nacional en la calle Corrientes, donde se ha enterado de que están buscando coristas para una nueva opereta. Se presenta a la audición, la aceptan inmediatamente, le pagan 5 pesos por función, pero Libertad quiere ser corista. toda su vida.
En las pausas entre funciones en los camarines, comienza a cantar sola en voz baja los tangos que ha aprendido en los cafés de Rosario. Una noche, un compositor uruguayo llamado Gerardo Matos Rodríguez la escucha por casualidad detrás de una cortina, se acerca, le pide que cante un tango entero. Libertad temblando.
Le canta la cumpita, el tango más famoso del mundo, escrito por el propio Matos Rodríguez años antes. Cuando termina, el compositor está llorando. Le dice, “Pivita, vos vas a hacer historia.” Esa misma noche, Matos Rodríguez le presenta a un director de orquesta llamado Roberto Firpo, una de las leyendas del tango argentino.
Firpo la escucha, la contrata para una serie de grabaciones y en 1926, con 18 años recién cumplidos, Libertad la Marque, graba su primer disco de tangos para el sello RCA Víctor. El disco se llama Gaucho Sol y vende en los primeros meses una cifra inaudita para una desconocida. Más de 15,000 copias. De golpe, Libertad ya no es una chica del interior, es una voz nueva con un timbre agudo y vibrante que rompe los estereotipos del tango, porque hasta entonces las grandes voces del tango habían sido masculinas. Carlos Gardel
reinaba en los escenarios. Las mujeres apenas comenzaban a interpretarlo y la voz aguda, casi llorada, de libertad la marque, ofrecía algo completamente diferente, una emoción femenina sin filtros que llegaba directo al corazón de los inmigrantes obreros que llenaban los conventillos del riachuelo. Entre 1927 y 1929, Libertad graba más de 50 tangos.
Hace giras por todo el país. Aparece en las revistas de espectáculos de Buenos Aires. La llaman la pivita de los tangos tristes. Los hombres se enamoran de ella, los productores teatrales se la disputan. Y en una de esas funciones del teatro nacional, en 1925, conoce a un músico de la orquesta llamado Emilio Romero, un violinista joven, alto, con el pelo negro engominado hacia atrás y unos ojos verdes que prometen tormentas.
Emilio Romero tiene 24 años cuando conoce a Libertad. Toca el violín en la orquesta del Teatro Nacional. Es de familia humilde como ella, pero educado, con maneras suaves, capaz de citar poesía romántica de memoria. Le manda flores cada noche al camarín, le escribe cartas elaboradas, la invita a cenar en restaurantes del centro.
Libertad, 18 años. Sin haber tenido ningún novio anterior, sin saber prácticamente nada del amor, se enamora con la intensidad torpe y total de una niña que descubre el primer hombre que la trata como una princesa. Se casa el 23 de octubre de 1926 en una iglesia pequeña del barrio de Almagro con apenas 30 invitados. Libertad lleva un vestido blanco simple.
Su padre Gaudencio la entrega ante el altar con lágrimas en los ojos. lágrimas que después interpretará retrospectivamente como un mal augurio que él mismo no había sabido decifrar. Porque desde la primera semana del matrimonio todo cambia. La primera noche de bodas, los recién casados Emilio y Libertad pasan la noche en un pequeño hotel del barrio de Recoleta.
Es una noche de octubre fresca. Emilio ha bebido demasiado en la cena. Libertad, agotada por la ceremonia y los nervios, quiere simplemente dormir. Pero Emilio, borracho, se vuelve agresivo cuando ella se da vuelta en la cama. La acusa de no quererlo. La acusa de haberse casado con él por interés.
Le grita durante una hora. Libertad llora en silencio sin contestar. Y a la mañana siguiente, cuando Emilio se despierta resacado y se disculpa con lágrimas en los ojos, le promete que nunca más, mi amor, nunca más libertad le cree, quiere creerle. Es la primera mentira de un hombre violento que una mujer joven acepta, porque no sabe todavía que esa mentira se va a repetir cientos de veces durante los próximos 20 años.
Emilio bebe, bebe mucho. Bebe en los descansos entre funciones, en los camarines, en los cafés de la calle, corrientes después de los espectáculos. Y cuando bebe se vuelve celoso. Y cuando se vuelve celoso se vuelve violento. La primera vez que le pega a libertad es a las tres semanas de casados. Una madrugada de regreso a casa, después de que ella charlara con otro músico de la orquesta sobre el repertorio del día siguiente, le da una bofetada en la cara, fuerte, sin advertencia, ahí mismo en la calle.
Libertad se queda en silencio, paralizada, sin saber qué hacer. Y a las tres bofetadas viene el primer puñetazo. Y a los primeros puñetazos vienen las primeras quemaduras de cigarrillo. Y a las primeras quemaduras viene la primera vez que Emilio le rompe un brazo en su propia casa, una noche en que ella se atreve a contestarle, pero libertad no se separa. No puede separarse.
En la Argentina de los años 20 y 30, una mujer divorciada es prácticamente una paria social. No existe el divorcio legal en el país, solo la separación de cuerpos que arrastra una estigma social terrible. Sus propios padres conservadores, a pesar del anarquismo del padre, le dicen que no puede dejar a su marido, que hay que aguantar, que el matrimonio es para siempre.
Y Libertad aguanta y canta y graba discos y va a las funciones con el ojo pintado para tapar el moretón con la voz un poco más triste que el día anterior con esa melancolía que el público confunde con genialidad artística. En 1928 queda embarazada. El 31 de marzo nace una niña. La llaman Libertad Mirta. Libertad.
Espera que la llegada de la hija calme a Emilio. Es una esperanza inútil. Emilio se vuelve más violento. Cela ahora a la propia bebé. Acusa a libertad de querer más a la niña que a él. Le rompe los biberones, le grita a la criatura en la cuna, le quema con cigarrillos los muñecos de peluche y además Emilio juega. Apuestas sumas enormes en los hipódromos de Palermo y de San Isidro.
Pierde casi todo lo que Libertad gana cantando. Vende los muebles del departamento para cubrir las deudas. Vende los vestidos de libertad. Una vez vende el anillo de bodas. Otra vez vende un collar que el propio Carlos Gardel le había regalado a Libertad después de una función en el Maipo. En 1932, durante una gira artística en Santiago de Chile, Libertad llega a un punto de quiebre.
Se ha hospedado en el hotel Crillón. Acaba de cantar tres tangos en un teatro local. Sube al cuarto. Emilio la espera en la habitación, borracho, con un cinturón en la mano, porque alguien le ha contado que ella supuestamente sonrió a un periodista durante una entrevista. Lo que viene después dura 20 minutos. Libertad sale del cuarto con el labio partido, las costillas rotas, sangre en el vestido.
Camina hasta el balcón. lo abre, mira la calle, cuatro pisos abajo y se tira. El toldo de la cafetería del hotel le salva la vida. Cae sobre la lona tensa, rebota, queda inconsciente en la vereda, la encuentran unos transeútes, la llevan al hospital del Salvador de Santiago. Tiene fracturas múltiples, pero sobrevive.
Y mientras está internada, una semana después, le dice a la enfermera que la cuida una sola frase: “Estoy viva por algún motivo y voy a usar ese motivo.” Ey, ¿desde dónde nos estás viendo? Cuéntanos en los comentarios. Nos encanta saber desde qué país nos siguen. Vuelve a Buenos Aires, sigue cantando, sigue grabando, sigue intentando separarse de Emilio durante años sin conseguirlo, porque él la amenaza con quitarle a la pequeña Mirta.
Lucha durante una década entera por la custodia de su hija. Pasa noches enteras sin dormir, llorando, repasando opciones legales en una Argentina donde la ley protege casi siempre al padre, incluso al padre violento, incluso al padre borracho, incluso al padre que vende los muebles de la casa para apostar en el hipódromo.
Emilio Romero finalmente muere en 1945 de cirrosis y de un infarto fulminante. tiene 43 años. Libertad recibe la noticia por teléfono sentada en un sillón de su departamento. No llora, no siente alegría, solo siente, según contaría décadas después, en una entrevista con la periodista mexicana Cristina Pacheco. un cansancio inmenso, como si me hubiera estado peleando contra un río durante 20 años y de repente el río se hubiera secado y yo me quedara mirando un cauce vacío sin saber qué hacer con mi vida.
Tiene 37 años, su hija Mirta tiene 17. Y mientras Argentina entera lee la noticia de la muerte del violinista en los periódicos del espectáculo Libertad, ya está pensando en otro hombre. Un hombre que la ha estado acompañando en sus giras desde hace 3 años. Un pianista rosarino como ella, un compositor talentoso, callado, gentil, que la mira con devoción durante los conciertos, sin atreverse a decirle nada.
Se llama Alfredo Malerba y va a ser finalmente el amor verdadero de la vida de Libertad La Marque. Pero antes de llegar al amor verdadero está el éxito absoluto. Porque entre 1930 y 1945, mientras vive el infierno privado de su matrimonio con Emilio Romero, Libertad construye la carrera más impresionante del cine y la canción argentina de su generación.
En 1930 debuta en el cine con la película Adiós Argentina. Es una producción modesta, pero su rostro queda grabado en miles de pantallas de los cines populares. En 1933 protagoniza Tango, la primera película sonora del cine argentino dirigida por Luis Moglia Bart. Comparte cartel con Pepe Arias, Alicia Vignoli y en un papel pequeñísimo con un cantante de tangos llamado Carlos Gardel.
Los rumores de un romance con Gardel circulan en Buenos Aires durante años. Libertad los negará toda la vida. Pero hay fotografías de ellos cantando juntos. Hay anécdotas de escenas en restaurantes del centro. Una Ela. Hay testimonios de músicos que aseguran haber visto cosas. La verdad probable, según historiadores del tango, es que Libertad y Gardel se admiraban mutuamente como artistas, se respetaban como colegas y nada más.
Pero Gardel le dejó a libertad un consejo que ella va a recordar toda su vida. Pivita, no dejes que un hombre te robe nunca el escenario, porque el escenario es tu casa y nadie tiene derecho a echarte de tu propia casa. El 24 de junio de 1935, Carlos Gardel muere en Medellín, Colombia, en un accidente aéreo. Tenía 44 años. Two, one, two.
Libertad se entera por la radio sentada en su departamento y llora durante tres días seguidos. Después, cuando regresa al estudio para grabar su próximo tango, le dice al productor, “Ahora voy a cantar por él. Voy a cantar por los dos.” La muerte de Gardel marca a libertad de una manera profunda. Durante semanas se niega a comer carne porque era el plato favorito de Gardel.
Durante meses evita pasar por el barrio del Abasto donde Gardel había vivido. Durante años, cuando canta un tango particularmente intenso en un teatro, mira hacia el cielo en la última estrofa, como si le dedicara la canción a alguien específico. En sus entrevistas privadas, ya muy mayor, confesará algo que casi nadie sabía.
Carlos era para mí como un hermano mayor, el hermano grande que yo nunca tuve. Cuando él se murió, yo perdí la sensación de que alguien me estaba protegiendo desde arriba. Tardé 20 años en recuperar esa sensación y la recuperé recién con Alfredo Malerba. Entre 1935 y 1945, Libertad protagoniza más de 20 películas.
El alma del bandoneón en 1935. Ayúdame a vivir en 1936. Besos brujos en 1937. Madre selva en 1938. Esta última, dirigida por Luis César Amadori, se vuelve un éxito monumental no solo en Argentina, sino en toda América Latina, en España, en Cuba, en México. La canción principal Madre Selva, compuesta por Francisco Canaro, se vuelve un himno emocional para varias generaciones de mujeres latinoamericanas.
Hay un detalle de aquel estreno de madre selva en 1938 que ilustra el fenómeno cultural que estaba creando libertad en La Habana. Durante la primera semana del estreno cubano, el teatro Pairet tuvo que organizar funciones cada 2 horas desde las 10 de la mañana hasta la medianoche para satisfacer la demanda del público.
Mujeres mayores hacían fila durante horas bajo el sol del Caribe para ver la película. Algunas la veían tres o cuatro veces, algunas se la sabían entera de memoria al final del mes. Y cuando la canción Madre selva comenzaba a sonar en el clímax emocional, el cine entero se convertía en un coro espontáneo de cientos de voces femeninas cantando juntas en voz baja, con lágrimas en los ojos.
Esa melodía que hablaba de amores perdidos y de tiempos que no vuelven era, en cierto sentido, lo más cercano a una experiencia religiosa que el cine popular hispanoamericano había producido hasta ese momento. Es en esos años que la prensa empieza a llamarla la novia de América. El apodo nace después de una gira triunfal por Cuba, donde los periódicos de La Habana describen su llegada con titulares como La novia de toda América llega a recibir el amor de su público.
El apodo se pega y Libertad lo lleva con dignidad durante el resto de su carrera. Es también en esos años que se cruza por primera vez con Eva Duarte. Las dos mujeres se conocen sin sospechar lo que va a venir en 1944. Eva es una actriz secundaria de radioteatros, novia reciente del coronel Juan Domingo Perón. Libertad participa junto a Perón y a otras figuras del espectáculo en un acto benéfico en el Luna Park el 22 de enero de 1944 para recaudar fondos para las víctimas del terremoto de San Juan.
Es ahí, en ese acto del Luna Park, donde Eva Duarte se sienta por primera vez al lado del coronel Perón. Es ahí donde comienza la historia de Eva Perón y es ahí donde, sin saberlo todavía, Libertad la Mar que se cruza con la mujer que va a destruir su carrera argentina. Año 1945, Buenos Aires. Mayo.
El productor Miguel Machinán de Arena, dueño de los estudios San Miguel, está preparando una producción ambiciosa que se va a llamar La cabalgata del circo. Una película sobre el mundo del circo criollo, con tangos, con romance, con paisajes argentinos. Ya ha contratado al director Mario Sofisi, uno de los más respetados del país.
Ya ha contratado a Hugo del Carril, otra leyenda del cine nacional, y ha contratado como protagonista absoluta a Libertad la Marque, la estrella indiscutida del momento, recién casada con Alfredo Malerba en plena cima de su carrera. Pero unas semanas antes del comienzo del rodaje, Machinandi Arena visita a Libertad en su departamento con una propuesta extraña.
Le pide casi como un favor personal que acepte trabajar al lado de una jovencita llamada Eva Duarte en un papel secundario. Se explica que Eva es la novia del coronel Perón, que el productor necesita el favor político del gobierno para renovar la concesión del Casino de Mar del Plata y que aceptar a Eva en el reparto es una forma elegante de mantener buenas relaciones con el poder. Libertad acepta.
No le ve ningún inconveniente. Conoce a Eva de vista. Ha cruzado con ella un par de palabras en eventos de la radio. Le parece una chica simpática. ambiciosa, pero no particularmente brillante como actriz, le dice a Machinan de Arena, “Está bien, Miguel. Yo no tengo problema con ninguna colega, pero que esté preparada, que llegue a horario y que cumpla con su trabajo.
Como todos, las primeras semanas del rodaje son tensas. Eva Duarte llega tarde, llega siempre tarde, una hora, 2 horas, 3 horas. llega en un catill negro oficial con chóer uniformado del Ministerio de Guerra. Llega con la actitud de alguien que ya sabe que tiene una protección política superior a la de todos los demás miembros del equipo.
Llega a veces con el coronel Perón al teléfono hablando con el director Soficio. Libertad en cambio. Llega cada mañana a las 7 en tren desde la estación de Bella Vista. Camina 20 minutos por un camino de tierra hasta el estudio. Llega con el corsé puesto, ya vestida, ya maquillada, lista para filmar, a las 8:30 en punto y a las 8:30 todos los días Eva no está.
A las 10 tampoco, a las 11 tampoco. Las cámaras esperan. El equipo técnico espera. Hugo del Carril espera. Y Libertad con el corsé apretándole las costillas. Espera de pie en el escenario sin atreverse a sentarse para no arrugar el vestuario, sin atreverse a comer para no estropear el maquillaje. Tras dos semanas de retrasos constantes, la paciencia de libertad se agota.
Y un día, el 5 de mayo de 1945, según los registros del estudio, sucede lo que la historia argentina ha mitificado durante ocho décadas. Eva Duarte llega a las 4:30 de la tarde, hace una entrada triunfal. El director Soficiórdenes a los iluminadores. El equipo se moviliza. Eva camina hacia el set sin saludar a nadie con su perrito caniche en los brazos y libertad vestida con su corsé de circo.
Maquillada desde las 7 de la mañana, hambrienta, agotada, furiosa, se inclina ante Eva en una reverencia exagerada hasta tocar el suelo con la cabeza y dice con su voz aguda, alargando todas las vocales. Buenas tardes, señorita Duarte. Qué amable de su parte unirse a nosotros hoy. El set se queda en silencio absoluto.
Eva no contesta, se queda parada mirando a libertad con unos ojos que algunos testigos describirán años más tarde como ojos de hielo. No dice una palabra, pero deja la perrita en el suelo, se vuelve hacia el director Sofisi y dice con calma, continuemos. La filmación de ese día continúa y de los días siguientes, la cabalgata del circo se termina de rodar.
Se estrena en agosto de 1945. Es un éxito comercial moderado. Libertad cobra su salario y vuelve a su departamento. Cree que ha sido una anécdota tonta, una más entre tantas tensiones de set que pasan en todas las películas del mundo y sigue planeando sus próximas grabaciones, sus próximas giras, sus próximos contratos.
Pero la historia de Argentina, mientras tanto, se acelera vertiginosamente. El 17 de octubre de 1945, una multitud obrera marcha desde los suburbios industriales de Buenos Aires hasta la Plaza de Mayo, pidiendo la liberación del coronel Juan Domingo Perón, que ha sido detenido por una facción del ejército.
La movilización es masiva, es histórica, marca el nacimiento del peronismo como movimiento político de masas. Esa noche, Perón aparece en el balcón de la casa rosada y a su lado, callada, pero observándolo todo, está Eva Duarte, la novia, la actriz secundaria, la mujer que un día había llegado tarde a un set de Bella Vista.
Dos semanas después, el 22 de octubre, Eva y Perón se casan en una ceremonia civil. discreta. En febrero de 1946, Perón gana las elecciones presidenciales. El 4 de junio de 1946 asume la presidencia de Argentina y en el mismo momento, sin que nadie lo anuncie oficialmente, las puertas profesionales se cierran una por una lentamente sobre Libertad la Marque.
Primero son las radios que dejan de poner sus canciones. Después son los productores teatrales que cancelan los contratos. Después son las revistas de espectáculos que dejan de fotografiarla. Después son los discos que dejan de venderse en las tiendas. Después son las películas que se anuncian sin ella.
Y al final son las cartas anónimas que le llegan al departamento sin firma diciendo, “Andate del país antes que sea demasiado tarde.” Libertad pide una entrevista personal con Eva Perón. Quiere explicarle la situación. Quiere pedirle mujer a mujer que la deje trabajar tranquila. La entrevista se concreta en la Casa Rosada en una tarde de noviembre de 1946.
Libertad. espera 2 horas en una antesala. Cuando finalmente la hacen pasar al despacho, Eva está sentada detrás de un escritorio enorme, vestida de blanco, perfectamente peinada. Eva, ey, y mira a libertad con la misma frialdad de aquella tarde en el set, como si hubiera estado esperando ese momento durante meses.
La conversación dura 15 minutos. Libertad nunca contará públicamente exactamente lo que se dijeron, pero al salir del despacho le dice al chóer que la espera afuera. Llévame a casa y mañana vamos a empezar a empacar. Lo único que Libertad dejaría escapar de esa conversación más tarde en una entrevista privada con un periodista mexicano sería una sola frase de Eva Perón.
Una frase que Eva habría pronunciado mirándola directamente a los ojos con la calma de una mujer que ya sabe que tiene todo el poder de un país detrás de ella. La frase era, “Mire libertad. Yo no le voy a hacer nada. Yo soy una mujer del pueblo, no soy vengativa, pero los argentinos, mi pueblo, no la van a perdonar a usted lo que me hizo en aquel set.
Y si quiere seguir cantando, mejor que cante en otra parte. Y libertad, según ese mismo testimonio, había contestado solamente con dos palabras. Entendí, señora. Y se había levantado, había salido del despacho y había caminado hasta su carro sin mirar atrás. Si esta historia te está impactando, dale like. Ahora nos ayuda enormemente a seguir contando estas vidas olvidadas.
Diciembre de 1946. Aeropuerto de Buenos Aires. Una mujer de 38 años cruza la pista de aterrizaje con su segundo marido, Alfredo Malerba, y una sola maleta cargada con vestidos, partituras y fotos de su hija Mirtha, que se queda en Argentina por decisión propia, porque ya tiene 18 años. Está enamorada de un muchacho argentino y prefiere terminar sus estudios en Buenos Aires antes de seguir a su madre al exilio.
Libertad sube al avión, mira por la ventanilla, ve la ciudad de Buenos Aires alejarse lentamente bajo el ala del avión, ve el Río de la Plata, ve los suburbios donde aprendió a cantar y se da cuenta en ese momento exacto, de que probablemente no va a volver durante muchos años. Aprieta la mano de Alfredo, no llora.
Las lágrimas vendrán después en la Habana, en hoteles solitarios, sola en las habitaciones donde nadie la conoce todavía. Hay un episodio del viaje que Libertad contaría décadas después en una entrevista. Antes de subir al avión, esa mañana de diciembre de 1946, Libertad había recibido en su departamento la visita de una vecina anciana. Una doña Asunción que vivía en el departamento de abajo desde hacía 20 años.
La doña Asunción había llegado con una bolsita de tela en la mano y se la había puesto a libertad en las manos sin decirle nada. Adentro había un puñado de tierra, tierra negra y húmeda del jardín del patio interno del edificio, tierra argentina. La doña Asunción solo le había dicho, “Mija, llévatela para que nunca te olvides de donde venís y para que donde mueras mueras tocando un pedacito de la patria.
” Libertad guardó esa bolsita en su valija y la llevó consigo durante los 54 años siguientes, en México, en Cuba, en España, en cada gira. Y cuando finalmente murió en aquel hospital de la ciudad de México en el año 2000, esa bolsita de tierra argentina estaba todavía en su mesa de luz, al lado de la cama, como había estado durante medio siglo.
Y según testigos presentes en sus últimas horas, Libertad la apretaba en su mano izquierda mientras susurraba el verso final del tango de su padre. Primera parada, Cuba. La Habana de finales de los años 40 es una ciudad llena de luz, música, casinos, hoteles, ron, palmeras. Libertad debuta en el Teatro Nacional con un repertorio de tangos argentinos.
Es recibida como una reina. Los cubanos, que la han escuchado por la radio durante años, llenan el teatro tres noches consecutivas. Le ofrecen contratos para quedarse en la isla, pero Libertad sabe que Cuba es solo una escala. Hay un país donde las puertas están más abiertas, un país donde el cine vive su edad de oro, un país que en esos años está produciendo más películas que ninguna otra nación hispanoamericana. Ese país es México.
En enero de 1947, Libertad y Alfredo aterrizan en el aeropuerto de la Ciudad de México. Los recibe el productor mexicano Salvador Elisondo. Le ofrece protagonizar inmediatamente una película de gran presupuesto. Se va a llamar Soledad. Va a dirigirla Miguel Zacarías y va a hacer historia.
Las primeras semanas en México son extrañas para libertad. Todo es nuevo. El acento mexicano, tan diferente al porteño. Las calles de la capital tan caóticas comparadas con las avenidas amplias de Buenos Aires. La comida picante que le produce ardor en el estómago durante días. El tequila que jamás logrará beber sin hacer una mueca. Pero hay algo que le resulta inmediatamente reconocible.
La calidez de la gente, la forma en que las mujeres en los mercados la reconocen y le piden autógrafos. La forma en que los taxistas se niegan a cobrarle. La forma en que un señor mayor en una panadería del centro se quita el sombrero y le dice con la voz quebrada, “Doña libertad, mi mujer murió escuchando sus tangos.
Gracias por todo lo que le dio. Esa primera semana sentada en su nueva casa con Alfredo, Libertad le confiesa por primera vez, aquí me voy a quedar, Alfredo. Aquí me siento querida. Soledad se estrena en septiembre de 1947. Es un éxito monumental. Libertad interpreta a una mujer humilde que sufre durante toda la película hasta encontrar finalmente la felicidad.
La canción principal, La novia de América se vuelve un himno popular en todo México. Los cines se llenan durante meses, las críticas son estáticas y de un día para otro Libertad la Marque deja de ser una refugiada argentina y se convierte en una estrella mexicana absoluta. Ese mismo año, 1947, el director español exiliado Luis Buñuel, que está rodando sus primeras películas en México, después de huir del franquismo, la dirige en Gran Casino.
Le da por coprotagonista al actor más famoso del momento, Jorge Negrete, el rey de la canción ranchera mexicana, el ídolo de millones. La química en pantalla entre Libertad y Negrete es inmediata. La película se estrena con éxito moderado, pero deja una huella duradera. Libertad ha sido aceptada por la industria mexicana al mismo nivel que sus estrellas nativas.
Entre 1947 y 1958, Libertad protagoniza más de 30 películas en México. Sigue cantando tangos, pero también incorpora boleros, rancheras, baladas mexicanas. Su voz aguda, inconfundible, se vuelve familiar para varias generaciones de espectadores y los apodos se multiplican. La llaman la reina del tango, la llaman la diva argentina, la llaman sobre todo la novia de América.
El apodo que la había acompañado desde sus primeros años en Argentina y que en México adquiere un significado nuevo, casi maternal. Su matrimonio con Alfredo Malerba es por fin el amor verdadero. Alfredo es lo opuesto exacto de Emilio Romero. Es, es paciente, es cariñoso, es un músico extraordinario que acompaña cada gira de libertad con su piano, que compone arreglos especiales para su voz, que la cuida cuando se enferma, que la abraza cuando llora por la nostalgia de Argentina.
Durante 49 años de matrimonio, desde 1945 hasta 1994, Alfredo va a estar al lado de libertad sin un solo episodio de violencia, sin una sola infidelidad, sin un solo grito. Libertad dirá durante el resto de su vida que Alfredo fue el hombre que Dios me mandó para reparar todo lo que el primero me había roto. Pero la nostalgia de Argentina no se va nunca del todo.
Libertad envía dinero regularmente a su madre, a sus hermanos, a su hija Mirta. Habla con Mirta por teléfono cada domingo. Le manda regalos por correo, pero no puede volver. Sabe que mientras Eva Perón viva, sabe que mientras el peronismo gobierne el país, sus puertas argentinas seguirán cerradas. El 26 de julio de 1952, Eva Perón muere de cáncer uterino a los 33 años.
Libertad se entera en México, recibe la noticia por radio y no celebra, no siente alegría, simplemente se sienta en silencio en su sala durante una hora sin decir nada. Alfredo, a su lado, le pregunta qué siente y Libertad responde con una frase que va a quedar como un testimonio extraordinario de su carácter.
Pobre mujer, murió tan joven y nunca llegamos a entendernos. Después de la muerte de Eva Perón, Libertad cree que podrá volver a Argentina. Lo cree durante 3 años. Pero el peronismo sigue gobernando. La proscripción de su nombre sigue vigente. Recién en 1955, después del golpe militar que derroca a Juan Domingo Perón, Libertad puede volver brevemente a Buenos Aires.
La recibe una multitud en el aeropuerto de Esisa. Lloran, la aplauden, le tiran flores al carro que la transporta al hotel, pero Libertad ya ha echado raíces en México, ya tiene casa allí, contratos, amigos, una vida. Resume su biculturalidad en una frase que se va a hacer famosa. Arrgentina es mi tierra, México es mi cielo.
Y la repite en cada entrevista, en cada gira, en cada premio. Argentina es lo que la formó. México es lo que la salvó. Entre 1960 y 1975, Libertad se consolida como una de las figuras más respetadas del espectáculo hispanoamericano. Graba más de 400 canciones a lo largo de su vida. Protagoniza más de 60 películas. Hace giras por toda América Latina, por España, por Estados Unidos.
Es recibida por papas, por presidentes, por reyes europeos. Y a partir de los años 70 comienza a incursionar en un género nuevo que están haciendo en la televisión mexicana, las telenovelas. Pero en 1976 llega el golpe más duro de su vida. Su hija Mirth Libertad, Mirtha Romero L. Mark, 38 años, casada con dos hijos, viviendo en Buenos Aires, muere de un derrame cerebral fulminante en su propia casa, sin advertencia, sin enfermedad previa diagnosticada.
Una mañana, mientras prepara el desayuno para sus hijos, se desploma sobre el piso de la cocina y muere antes de que llegue la ambulancia. Libertad recibe la noticia por teléfono en su departamento de la Ciudad de México. Está cantando un tango bajo la ducha cuando suena el teléfono. Alfredo contesta, escucha, cuelga lentamente, camina hasta el baño.
Le dice a Libertad con la voz quebrada, amor. Mirta se nos fue. Libertad no llora en ese momento. grita, cierra el agua de la ducha, se envuelve en una toalla, se sienta en el inodoro y se queda mirando el piso de baldosas durante 2 horas. Alfredo no se atreve a entrar. Cuando finalmente Libertad sale del baño, dice una sola frase, completamente sin emoción.
Hay que organizar el viaje a Buenos Aires. Vuela a Argentina al día siguiente. Asiste al funeral de su única hija. Carga ella misma uno de los moños florales hasta la tumba. No llora en público. Pero esa misma noche, sola en el hotel, llora durante 6 horas seguidas sin parar, con un dolor que Alfredo describirá años después como el llanto de una mujer a la que le han arrancado los pulmones por dentro.
Vuelve a México, sigue trabajando. Lo único que sabe hacer ante el dolor es trabajar. Sigue grabando discos, sigue filmando películas, sigue haciendo telenovelas. Su público mexicano la ve en pantalla y no sospecha que detrás de esa sonrisa hay una mujer que carga el peor dolor que una madre puede cargar. Hay un detalle de los meses siguientes a la muerte de Mirta, que probablemente describe mejor que cualquier otro el carácter de libertad.
Durante ese año 1976, mientras grababa episodios diarios de una telenovela en Televisa, llegaba al set cada mañana a las 5:30. memorizaba los diálogos, filmaba sus escenas, cantaba si la escena lo requería, sonreía si el guion pedía sonreír, lloraba si el guion pedía llorar. Y al final del día, cuando regresaba a su departamento de Polanco, se sentaba sola en la cocina con una taza de té y miraba durante horas una sola fotografía, una fotografía de Mirta a los 4 años, sentada en un triciclo en el patio de la
casa de Buenos Aires. La fotografía estaba apoyada en un portavasos de plata que Alfredo había mandado hacer, especialmente para ese propósito. Libertad miraba esa fotografía cada noche durante el año siguiente entero sin llorar, sin hablar, solo mirando. Alfredo Malerba muere el 30 de mayo de 1994 de un cáncer de páncreas que avanza fulminantemente en menos de 4 meses.
Libertad tiene 85 años. Se queda viuda después de 49 años de matrimonio feliz. pasa los últimos meses de la vida de Alfredo a su lado en el hospital, dándole de comer ella misma con una cuchara, leyéndole novelas en voz alta, cantándole tangos en susurros, cuando él ya no puede contestar. La última noche, Alfredo le aprieta la mano y le susurra.
Seguí cantando, Liberty. Seguí cantando hasta el final. Yo te voy a estar esperando. Después de la muerte de Alfredo, Libertad se queda sola en su departamento del barrio Polanco, en la Ciudad de México, con ocho gatos que ha ido recogiendo de la calle a lo largo de los años. Los gatos se vuelven sus compañeros principales, les pone nombres de tangos famosos, les habla durante horas, les canta a veces por las noches las canciones que le enseñó Alfredo en sus primeros años de matrimonio.
El más viejo de los ocho gatos se llamaba Caminito, en honor al tango más famoso de Carlos Gardel. Caminito era negro, gordo, ya casi ciego y dormía siempre sobre el piano de cola que Alfredo había usado durante 49 años de matrimonio. Cuando Libertad volvía cansada de un día de filmación, lo primero que hacía al entrar al departamento era acariciar a Caminito y decirle en voz baja, “¿Cómo está mi compañerito hoy?” El gato no contestaba, claro está, pero se restregaba contra la mano de libertad, con esa intensidad que solo los gatos
viejos saben dar a las personas que los rescataron de la calle. Y libertad, que había sido aplaudida por reyes y presidentes, que había cantado para multitudes de 100,000 personas, encontraba en ese gesto silencioso del gato sobre el piano la única forma de compañía que necesitaba al final de cada día.
Y contra todo pronóstico sigue trabajando a los 87 años, a los 89, a los 90. En 1999, Televisa le ofrece protagonizar una telenovela infantil llamada Carita de Ángel. Hace el papel de la madre superiora de un convento donde una niña huérfana descubre el amor maternal. Libertad acepta con 91 años cumplidos. Memoriza guiones enteros.
Filma escenas de 2 horas, canta canciones originales para la serie y se convierte en el último año del milenio, en el icono de toda una nueva generación de niños mexicanos que la descubren por primera vez, sin saber siquiera que la mujer que le sonríe en pantalla ha cantado durante 77 años. En octubre del año 2000, durante el rodaje de un episodio de Carita de Ángel, Libertad se desploma en el set.
La llevan al hospital, le diagnostican una neumonía complicada con un fallo cardíaco progresivo, los médicos le piden que descanse. Libertad les contesta con su voz aguda inconfundible, “Doctor, yo a mis 92 años no descanso. Yo termino lo que empiezo. Y vuelve al set. Filma otras dos semanas. Después ya no puede levantarse de la cama.
La trasladan a un hospital privado de la Ciudad de México. Sus ocho gatos quedan al cuidado de una vecina. Y el 12 de diciembre del año 2000, a las 11:20 de la noche, Libertad la Marque muere en su cama de hospital con 92 años cumplidos sin haber perdido jamás la lucidez, susurrando en sus últimos minutos el primer verso de un tango que le había enseñado su padre cuando ella tenía 7 años en Rosario.
El verso decía, “No me llores, que ya me voy. Y si te llaman por mi nombre, contesta que estoy cantando. México la lloró durante semanas. El presidente Vicente Fox declaró tres días de duelo nacional artístico. Su funeral en el Palacio de Bellas Artes de la Ciudad de México convocó a más de 20,000 personas. Filas de personas mayores, sobre todo mujeres mexicanas de 60 o 70 años que habían crecido viendo sus películas y escuchando sus canciones.
Esperaron horas bajo el sol para despedirse de la diva. Argentina, su país natal, también se sumó al duelo. El gobierno argentino, bajo la presidencia de Fernando de la Rúa, en aquel momento declaró tr días de duelo nacional. Las radios pusieron sus tangos durante una semana entera. Los periódicos publicaron homenajes extensos y muchos argentinos en privado sintieron una vergüenza tardía por la forma en que Argentina había expulsado a una de sus hijas más talentosas más de medio siglo antes. Sus cenizas fueron trasladadas,
según su última voluntad, en parte a México, a un cementerio de la Ciudad de México, y en parte a Rosario, su rosario natal, donde fueron esparcidas en un parque a pocas cuadras de la casa, donde había nacido en 1908. Su sobrino tenía instrucciones precisas. Mitad allá, mitad aquí. Argentina me dio el principio, México me dio el final.
Yo pertenezco a las dos. Y mientras los aplausos de su funeral se apagaban, en algún lugar de Buenos Aires, en algún archivo polvoriento, todavía existía una copia única de aquella primera entrevista que la revista que había publicado en 1946, antes de ser clausurada por el peronismo, la entrevista donde Libertad había contado por primera vez su versión de la famosa tarde del set de Bella Vista.
La entrevista que el gobierno peronista había hecho destruir, ejemplar por ejemplar, en koscos y en casas particulares, y que cuando fue redescubierta por un historiador del cine argentino en 2014, casi 70 años después, confirmó lo que Libertad había dicho siempre. No hubo cachetada, solo hubo una reverencia y un país entero confundió la elegancia con la violencia.
Hay una pregunta que queda al final de esta historia, una pregunta que muchas mujeres latinoamericanas se han hecho durante décadas en silencio escuchando los tangos de libertad la Mark en sus radios viejas mientras lavaban la ropa o cocinaban para sus familias. Si Libertad nunca hubiera dado esa reverencia en el set de Bellavista, si simplemente hubiera callado, si simplemente hubiera tragado el orgullo, si simplemente hubiera esperado a Eva Duarte sin decir nada, habría tenido la misma carrera.
Habría llegado a México, habría salvado las 49 años de matrimonio feliz con Alfredo, habría conocido el cielo mexicano que ella dese haber encontrado. Es una pregunta sin respuesta. Como todas las preguntas que se hacen sobre las vidas que tomaron un camino y no el otro. Pero hay algo cierto. Si libertad hubiera callado esa tarde, si hubiera obedecido en silencio a la novia del coronel, si hubiera aceptado los retrasos sin protestar, probablemente se habría quedado en Buenos Aires.
Probablemente habría seguido cantando tangos, probablemente habría sido respetada, pero nunca habría sido la novia de América. Nunca habría conquistado a Cuba, a México, a Estados Unidos, a España. Nunca habría dejado 400 canciones grabadas. Nunca habría muerto a los 92 años filmando una telenovela que millones de niños mexicanos siguen viendo en reposiciones hasta el día de hoy.

La reverencia que pareció una bofetada fue vista de lejos, una llave, una llave dolorosa, una llave injusta, una llave que costó casi tres décadas de exilio y la pérdida de la familia argentina y muchas noches de lágrimas en hoteles solitarios. Pero una llave al fin y al cabo, una llave que abrió por accidente el cielo mexicano que su padre Gaudencio Lamarque, aquel anarquista de Rosario, había predicho sin saberlo cuando le puso el nombre a su séptima hija aquella noche de noviembre de 1908, porque su nombre era libertad y la
libertad, la libertad verdadera, la libertad cantada, la libertad ganada con dolor, termina siendo siempre llevándote más lejos de lo que tú misma sospechas. Hay otras historias así en la edad de oro del espectáculo latinoamericano. Otras mujeres cuyas voces marcaron a generaciones enteras y cuyas vidas privadas fueron mucho más oscuras que sus canciones lo dejaban entrever.
Otras divas exiliadas por motivos políticos, otras madres que perdieron hijos demasiado pronto, otras viudas que terminaron sus vidas solas con animales de compañía, en departamentos enormes y silenciosos. Y en la próxima historia que vamos a contar, vamos a entrar en la vida de otra mujer extraordinaria, otra reina musical hispánica, otra voz que rompió corazones y otra mujer cuya última noche encierra preguntas que la familia jamás quiso responder en público.
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