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Libertad Lamarque: La Diva que Eva Perón Expulsó de Argentina para Siempre

El estudio cinematográfico está en silencio. Las luces frías de los reflectores caen sobre una mujer pequeña, vestida con un corsé apretado y un traje de circo de finales del siglo XIX. Llevan 2 horas esperando. Las cámaras están listas. El director está sentado en su silla mirando el reloj de pared.

El equipo técnico, los actores secundarios, los iluminadores, los maquilladores, todos están en posición. Falta una sola persona, una actriz secundaria, una rubia delgada de 26 años que llega siempre tarde, siempre con un chóer oficial del Ministerio de Guerra esperándola afuera y que esa tarde otra vez no aparece.

Cuando finalmente cruza la puerta del set, a las 4:30 de la tarde, la mujer del corsé se dobla en una reverencia exagerada, profunda, irónica y dice, alargando las rres con la voz aguda que la ha vuelto famosa en toda Argentina. Buenas tardes. La rubia recién llegada no contesta. Se lleva una mano a la mejilla lentamente, como si la reverencia hubiera dolido más que una bofetada. Y mira a la mujer del corsé.

con unos ojos fríos, calculadores, que esa mujer va a recordar el resto de su vida. Lo que la mujer del corsé no sabe todavía es que la rubia, que acaba de mirarla así, se va a convertir en menos de un año en la mujer más poderosa de Argentina y que esa mirada que acaba de cruzar el set significa, sin que nadie lo sepa todavía, el final absoluto de su carrera en su propio país.

La mujer del corsé se llamaba Libertad la Marque. La rubia que acababa de llegar tarde se llamaba Eva Duarte. Y esta es la historia de la mujer a la que Argentina, su propio país, expulsó para siempre por culpa de una reverencia que muchos confundieron con una bofetada. Es el 5 de mayo de 1945. Los estudios cinematográficos San Miguel en Bella Vista, al norte de Buenos Aires, se está filmando una película llamada La cabalgata del circo.

La dirige Mario Soficii, uno de los mejores directores del cine argentino. La protagoniza Libertad la Marque. La estrella más grande del cine nacional, 37 años. La voz aguda más reconocible de toda Latinoamérica, conocida en cinco continentes como la novia de América. A su lado, en un papel secundario, está una joven actriz llamada Eva Duarte, 26 años, todavía sin éxito en el cine, pero recientemente convertida en la novia del coronel Juan Domingo Perón, el hombre más ambicioso del ejército argentino, secretario de trabajo y previsión, en

plena ascensión hacia el poder absoluto. Durante semanas, Libertad llega cada mañana al estudio en tren. Hay racionamiento de combustible por la guerra que termina en Europa y solo los altos funcionarios tienen acceso a carros con chóer. Libertad camina desde la estación hasta los estudios. Llega temprano, se viste, se maquilla, se ajusta el corsé y espera, espera horas.

Porque Eva Duarte, la actriz secundaria, llega cuando quiere, a veces a las 2 de la tarde, a veces a las 4. Una vez ni siquiera apareció y siempre llega en un cadilac negro oficial con chóer uniformado, con su perrito caniche en los brazos y con la sonrisa de quien ya sabe que pronto no va a tener que pedir permiso a nadie.

Libertad es una profesional rigurosa. La puntualidad es para ella una cuestión de respeto. Cuando esa tarde Eva llega otra vez con dos horas de retraso, libertad, ya no soporta más. Hace la reverencia. Pronuncia el buenas tarderdes burlón y todo el equipo del set se queda en silencio. Algunos testigos jurarán durante décadas que vieron una bofetada.

Otros jurarán que solo vieron la reverencia irónica. La propia libertad lo negará toda su vida, hasta su autobiografía publicada en 1986, donde escribirá en la página 216 una frase definitiva: “No hubo tal cachetada”. Pero lo que pasó en ese set esa tarde no necesitaba ser una bofetada literal para destruir una vida entera.

Bastaba con que Eva Duarte se sintiera ofendida y se sintió. Y unos meses después, en octubre de 1945, ese coronel Juan Domingo Perón saldría triunfante de las masas obreras que llenarían la Plaza de Mayo. Y unos meses más tarde, en febrero de 1946, ese mismo coronel sería elegido presidente de Argentina.

Y la novia que lo acompañaba, esa Eva Duarte, que un día llegó tarde a un set, se convertiría en Eva Perón, en Evita, en la abanderada de los humildes, en la mujer más poderosa de un país. y libertad, la marque, la estrella nacional, la voz de toda una generación argentina, la mujer que había cantado los tangos más célebres del país y filmado las películas más vistas, descubriría que de un día para otro no había trabajo para ella en ninguna parte.

Las radios dejaron de poner sus canciones, los productores dejaron de devolverle las llamadas, las películas en las que iba a participar se cancelaron. Los teatros donde tenía contratos los rompieron uno por uno y nadie le explicaba por qué, nadie le decía la verdad, pero todos sabían la verdad. Te pusieron la tapa, le dijo finalmente Miguel Machinandi Arena, el productor de los estudios San Miguel, en una conversación privada.

La tapa en el argot peronista de la época significaba la tapa del ataúd. Estabas muerto profesionalmente, estabas proscrito. Tu nombre no podía ni mencionarse. Libertad lo escuchó y no lloró. No lloró en ese momento. Lloraría después, sola en su departamento durante semanas. Pero esa tarde simplemente asintió.

Sabía que no había salida, sabía que tenía que irse. Y unos meses más tarde, en 1946, con una maleta, su nuevo esposo Alfredo Malerba al lado y el corazón roto en mil pedazos, Libertad la Marque. Tomaba un avión hacia la Habana, después hacia México, sin saber que ya no volvería a pisar Argentina como mujer libre durante casi 28 años.

Pero para entender cómo se llegó hasta esa reverencia fatal en un set de Bella Vista, esa tarde de mayo de 1945, hay que volver mucho más atrás. Hay que volver a Rosario, a la provincia de Santa Fe, a una casa pobre del barrio La Tablada, a una noche de noviembre del año 1908. 24 de noviembre de 1908. Rosario, Argentina.

Una mujer de 45 años llamada Josefa Bousa da a luz a su séptima hija. Es una mujer cansada, inmigrante española, gallega, viuda de su primer marido con seis hijos a cuestas, vuelta a casar con un argentino mucho más joven y mucho más raro que ella, un tal Gaudencio L. Marque, 34 años, descendiente de franceses, artista bohemio, escritor de obras teatrales libertarias, anarquista declarado y con una pasión política tan grande que decide darle a la recién nacida un nombre que va a marcar su destino para siempre. La niña se llama Libertad,

libertad la marque Bousa. Y desde la mañana de su nacimiento, ese nombre que en aquella Argentina conservadora era casi una provocación política, la va a perseguir y a definir hasta su última hora. La familia vive en La Tablada, un barrio humilde de rosario. La casa es modesta, las paredes están descascaradas.

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