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ALICIA JUÁREZ LE REVELÓ a JOAN SEBASTIAN la OSCURA RELACIÓN que tuvo con JOSÉ ALFREDO JIMÉNEZ

Había una noche en que Joan Sebastian se quedó callado. No era el silencio del hombre cansado después de un concierto largo. No era el silencio del que necesita dormir. Era otro tipo de silencio. El silencio del que acaba de escuchar algo que no esperaba, algo que le removió por dentro cosas que llevaba años sin tocar.

Esa noche Alicia Juárez habló y lo que dijo. Cambió para siempre la forma en que Joan Sebastián veía al hombre al que había admirado toda su vida. Hay conversaciones que no se planean, que llegan sin aviso en un momento que parece cualquiera y de repente te das cuenta de que el mundo que conocías ya no es el mismo.

Que detrás de los ídolos, detrás de las canciones que te hicieron llorar, detrás de las leyendas que creías conocer, hay historias que nunca salieron a la luz. Historias que alguien cargó durante años en silencio guardadas en algún rincón del alma donde duele menos. Esta es una de esas historias. Para entenderla hay que volver atrás.

Hay que volver a los años en que Joan Sebastian era un hombre joven, ambicioso, con el corazón encendido y la guitarra siempre lista. un hombre que todavía no era la leyenda que todos conocemos, pero que ya cargaba dentro algo que lo hacía distinto a los demás, algo que las mujeres notaban antes de que él abriera la boca.

Y entre todas las mujeres que cruzaron por su vida, ninguna lo marcó como Alicia. Alicia Juárez. Ese nombre que en el mundo de la música ranchera lo dice todo, la voz que hacía temblar los palenques, la mujer que podía pararse frente a miles de personas y hacer que el tiempo se detuviera con una sola nota.

La que se ganó el título de La diva de la ranchera. No por capricho, sino porque nadie cantaba como ella, porque nadie le ponía a la música ranchera ese peso, esa sangre, esa verdad que ella le ponía. Pero antes de ser leyenda, Alicia fue mujer, mujer de carne y hueso, con sus amores, sus heridas, sus secretos. Y el más grande de todos sus secretos tenía nombre, José Alfredo Jiménez.

José Alfredo, el poeta del pueblo, el hombre que le puso letra al dolor mexicano como nadie antes ni después, el que compuso Camino de Guanajuato, el rey, si nos dejan, canciones que van a vivir para siempre porque le hablan directamente al corazón. Un hombre que para millones de mexicanos es casi un santo laico, un ídolo al que se le perdona todo porque sus canciones son tan hermosas que parece imposible que alguien capaz de escribirlas pudiera hacer daño.

Pero había cosas que el público no sabía, cosas que Alicia guardó durante años y que una noche, en un momento de intimidad que muy pocos conocen, le contó a Joan Sebastián. Y lo que Joan escuchó esa noche no lo pudo olvidar jamás. Para llegar a esa conversación hay que entender primero cómo se conocieron Alicia y Joan.

Porque no fue un encuentro cualquiera. Fue de esos encuentros que marcan, de los que uno siente en el pecho desde el primer momento y sabe, sin que nadie se lo diga, que eso no va a terminar bien, pero que tampoco puede evitarlo. Joan Sebastian en ese entonces ya era alguien. No era el megaestrella de los gramy todavía, pero tenía canciones que la gente ya cantaba.

tenía ese magnetismo que lo hacía diferente. Tenía esa capacidad de entrar a un lugar y hacer que todos voltearan a verlo. No porque gritara ni porque hiciera escándalo, sino porque cargaba algo. Una energía, un misterio. Dos, no, como si siempre estuviera a punto de decirte algo importante. Y Alicia lo notó.

¿Cómo no notarlo? Se dice que fue en uno de esos ambientes de la música regional mexicana donde se cruzaron por primera vez esos mundos nocturnos donde los palenques brillan con luz propia, donde la música no termina, donde los cantantes son reyes y las noches no tienen hora. Un mundo que se ve muy bonito desde afuera, pero que por dentro guarda cosas que no se cuentan.

Joan la vio y algo se encendió. Alicia lo vio y algo vibró. Así de sencillo y así de complicado. Pero había un problema, un problema grande. Joan Sebastián en ese momento estaba casado, casado con Teresa González, la madre de sus primeros hijos, la única mujer con quien se unió legalmente, según lo que después confirmaría el propio abogado de la familia.

Y Alicia Juárez no era una mujer cualquiera tampoco. Era la última esposa de José Alfredo Jiménez, o por lo menos la que estuvo más cerca de él en los últimos años de su vida. Dos figuras enormes de la música mexicana, dos mundos que no debían tocarse. Y sin embargo, Joan la buscó. Así de directo era él cuando quería algo.

Y lo que quería en ese momento era conocer a Alicia Juárez, hablar con ella, escucharla. Y para lograrlo hizo algo que con el tiempo le pesaría. Le mintió a Teresa, le dijo que estaban separados, que su matrimonio ya era cosa del pasado. No era verdad. Teresa estaba muy presente, los niños estaban muy presentes, pero Joan Sebastian siempre fue así.

Cuando el corazón le hablaba, el resto podía esperar. Y Alicia, que tampoco tenía por qué desconfiar, que era una mujer que había aprendido a vivir con las verdades a medias que trae el mundo del espectáculo, le creyó o quiso creerle. que no es lo mismo, pero a veces se parece. Y así comenzó algo que los dos sabían que era peligroso, algo que ninguno de los dos iba a poder controlar del todo.

Pero para entender por qué aquella conversación fue tan devastadora para Joan, hay que entender primero qué era Alicia Juárez antes de que él llegara a su vida. Hay que entender lo que vivió con José Alfredo, porque eso es lo que ella le contó aquella noche y eso fue lo que lo dejó sin palabras. José Alfredo Jiménez nació en Dolores, Hidalgo, Guanajuato, en 1926.

Desde niño cargó la pobreza y la melancolía, que después se convirtieron en sus canciones más grandes. Fue mesero, fue vendedor, fue todo lo que tuvo que ser antes de que el mundo lo descubriera. Y cuando lo descubrió, lo convirtió en leyenda. Pero José Alfredo también fue un hombre de contradicciones profundas.

Era generoso y era violento, era tierno y era explosivo. Era capaz de componerle la canción más hermosa a una mujer y 5 minutos después hacerla llorar de otra manera. El alcohol era su compañero de toda la vida. Y cuando el alcohol mandaba, José Alfredo se volvía otro hombre. Hay versiones que hablan de noches largas, de gritos que se escuchaban detrás de puertas cerradas, de lágrimas que las mujeres que lo amaron tuvieron que secar en silencio, porque así era el pacto no escrito de aquella época.

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