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HUMILLARON al Anciano sin saber Quién Era el NUEVO DUEÑO de la Hacienda😱

El anciano llegó a la feria y preguntó por el caballo más costoso. Era un ejemplar hermoso con cabello dorado. Cuando los organizadores vieron al viejo, solo pensaron en deshacerse de él. Lo primero que hicieron fue reírse. Después vinieron los empujones. Don Aurelio Mendieta tenía 72 años. La ropa remendada y las manos curtidas de quien ha trabajado la tierra desde niño.

 Esa mañana de sábado llegó caminando a la feria ganadera de San Jacinto con un solo propósito, comprar un caballo. No cualquier caballo. Uno en particular que había visto desde la cerca. Un ejemplar rubio de crin ondulada que brillaba como si le hubieran echado oro encima. Un animal que a cualquier entendedor le decía una sola cosa, sangre fina.

 Pero nadie mira a un viejo pobre con respeto en una feria donde los billetes hablan más fuerte que las personas. ¿Y este señor qué busca? Dijo Fernando Caicedo desde su puesto, con esa sonrisa de medio lado que usaba para mirar por encima del hombro a cualquiera que no vistiera de marca. Fernando tenía 38 años, pelo engominado, botas de cuero importado y la lengua más afilada de toda la comarca.

Era el encargado de ventas de la hacienda La Dorada, la finca de cría de caballos más conocida de la región. Y ese caballo rubio era su joya principal, el que pensaba vender por una cifra que haría sudar a más de un ascendado. “Vengo a ver el caballo rubio”, dijo Aurelio con voz calmada señalando al animal.

 Fernando lo miró de arriba a abajo. Las alpargatas rotas, la camisa desteñida, el sombrero con agujeros. “A verlo o a comprarlo.” Soltó Fernando con una carcajada. que se contagió entre los vendedores vecinos. “A comprarlo”, respondió Aurelio sin cambiar el tono. El silencio duró 2 segundos, luego estalló la risa general.

 Tres asendados que estaban negociando cerca dieron vuelta a mirar. Un vendedor de ganado escupió el café de la risa. Fernando se acercó a Aurelio hasta que dar un palmo de su cara. Viejo, ese caballo vale más que todo lo que usted ha visto en su vida. Hágame el favor y se retira antes de que le dé pena ajena.

 Aurelio no se movió, lo miró fijo con esos ojos oscuros que parecían guardar algo que nadie podía leer. Le estoy diciendo que me interesa el caballo. Fernando le puso la mano en el pecho y lo empujó hacia atrás. Aurelio tropezó, pero no cayó. Fuera de aquí. Esto no es un comedor comunitario viejo. Aquí se viene con plata, no con mugre.

Varios se rieron, otros miraron al piso. Nadie dijo nada. Aurelio recobró el equilibrio. Miró a Fernando una vez más con una calma que resultaba inquietante y caminó hacia la salida sin decir una sola palabra. Lo que nadie en esa feria sabía, lo que ni Fernando, ni los ascendados, ni los vendedores podían imaginar, era que ese viejo de ropa remendada estaba a punto de cambiarles la vida a todos y especialmente a Fernando, porque hay humillaciones que se devuelven y a veces se devuelven de maneras que nadie espera. Fuera de la feria, sentado en un

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tronco junto a la cerca, Aurelio miraba al caballo rubio desde lejos. El animal pastaba tranquilo, ajeno a las risas y al negocio de los hombres. Aurelio sacó de su bolsillo un pañuelo viejo y se limpió la frente. No sudaba por el calor, sudaba por la rabia contenida. Un muchacho joven, moreno, con un sombrero demasiado grande, y se le acercó con un vaso de agua. Tome, señor.

Vi lo que le hicieron ahí adentro. Eso no estuvo bien. Aurelio aceptó el agua y miró al joven. ¿Cómo te llamas, muchacho? Cosme, señor. Cosme Herrera. Trabajo en la dorada. Soy peón de los establos. Y el caballo rubio de quién es? De la hacienda. Fernando lo maneja porque él vende los animales, pero el caballo es del patrón.

 Bueno, del que era patrón, don Elías Montalvo. Aunque dicen que ya vendió todo. Aurelio alzó las cejas. Vendió la hacienda. Eso se rumorea. Nadie sabe a quién. Don Elías está enfermo. Ya no viene. Y la verdad, la finca anda mal. Los caballos están flacos, las cercas caídas. Hay deudas por todos lados.

 Fernando dice que él mantiene eso a flote, pero los números no cuadran, se venden caballos y la plata no aparece. Aurelio escuchó sin interrumpir, tostomó otro sorbo de agua. ¿Tú qué piensas, Cosme? Yo pienso que ahí hay gato encerrado, señor, pero yo soy un simple peón. Nadie me pregunta nada. Aurelio le devolvió el vaso y le puso la mano en el hombro.

 A veces los que más ven son los que menos hablan. Gracias por el agua, muchacho. Cosme asintió y se alejó. Aurelio se quedó mirando al caballo rubio unos minutos más. Luego se levantó, se acomodó el sombrero roto y caminó hacia la carretera destapada con paso lento pero firme, como quien ya tiene decidido lo que va a hacer. Dentro de la feria, Fernando estaba de fiesta.

 Se había juntado con tres vendedores y dos asendados alrededor de una mesa con aguardiente y empanadas. Y el tema de conversación era uno solo, el viejo mugroso que quería comprar el caballo rubio. “Había que verle la cara”, decía Fernando entre risas. Y él llegó con esas alpargatas rotas pidiendo el caballo como si fuera a pagarlo con maíz.

 Los demás reían, todos menos Marlena. Marlena Ríos era la novia de Fernando desde hacía 3 años. Tenía 31 años, pelo negro, largo, ojos claros y una belleza que en el pueblo llamaban de las que dan problemas. Era lista, callada cuando le convenía y observadora cuando nadie lo notaba. Esa tarde llevaba un vestido rojo que resaltaba entre tanto polvo y cuero.

 “Te pasaste, Fernando”, le dijo sin sonreír. El señor solo quería ver el caballo. No hacía falta sacarlo así. ¿Y qué querías que hiciera? ¿Que le mostrara el caballo para que lo mirara gratis? Eso es perder el tiempo, mi amor. Aquí se viene a comprar o no se viene. Igual fue cruel. E Fernando le pasó el brazo por encima y le dio un beso en la frente con ese gesto posesivo que a ella cada vez le molestaba más.

 Cruel es la vida, Marlena. Yo solo le ahorré al viejo la vergüenza de seguir insistiendo. En ese momento se acercó don Eliodoro Vázquez. 60 años, sombrero de fieltro, reloj de oro, cadena gruesa, ganadero grande de la zona, con fama de hacer negocios donde otros no se atrevían. “Fernando, buen espectáculo el de hace rato,” dijo con una sonrisa lenta.

 “Oye, necesito hablar contigo en privado. Tengo una propuesta sobre unos caballos, algo discreto.” Fernando le brillaron los ojos. Cuando quiera, don Eliodoro, para eso estamos. Se alejaron de la mesa. Marlena los observó irse con una mirada que no era de celos, sino de cálculo, como si estuviera midiendo cada movimiento alrededor de ella y guardándolo.

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