LA DESPEDIDA EN EL TREN
[PARTE 1]
El calor en Madrid a mediados de julio tiene la capacidad de derretir no solo el asfalto, sino también la voluntad de vivir.
Pero a mí lo que me estaba derritiendo por dentro no era el bochorno madrileño.
Era la maldita maleta amarilla de Sara.
Pesaba como si hubiera metido dentro el Palacio Real entero.
Llevábamos diez minutos arrastrándola por el suelo brillante del vestíbulo principal de Atocha.
Las ruedas de plástico hacían un ruido infernal.
Clac, clac, clac, clac.
Ese sonido se me estaba clavando en el cerebro como un taladro percutor.
Estábamos en la estación… y el tren iba a partir.
Concretamente, el AVE con destino a Barcelona Sants salía en cuarenta y cinco minutos.
Cuarenta y cinco minutos para condensar cinco años de relación en una despedida de andén.
A mi derecha caminaba Rafa.
Rafa es mi mejor amigo desde la guardería.
Rafa también es el tipo de persona que crees que es buena idea llevar a una despedida emocional hasta que abre la boca.
Iba comiéndose un bocadillo de tortilla de patatas envuelto en papel de plata.
El olor a cebolla y aceite frito flotaba a nuestro alrededor, arruinando por completo el ambiente romántico.
—Tío, te lo juro, esta maleta lleva plomo —dije, deteniéndome un segundo para secarme el sudor de la frente con el dorso de la mano.
Sara se giró, mirándome con esos ojos inmensos que me dejaban sin palabras desde el primer día que la vi en la facultad.
Llevaba un vestido de lino blanco que la hacía parecer un ángel a punto de volar.
Un ángel que se mudaba a seiscientos kilómetros de distancia por un trabajo de directora de arte que no podía rechazar.
—No seas exagerado, Mateo —respondió ella, con una media sonrisa triste—. Solo llevo lo básico para los primeros meses.
Rafa dio un bocado enorme a su bocadillo, masticando con la boca medio abierta.
—Lo básico, dice —murmuró Rafa, escupiendo un par de migas de pan sobre su camiseta de AC/DC—. Llevas ahí dentro a un señor de Cuenca empadronado, por lo menos.
—Cállate, Rafa —le recriminé, dándole un codazo en las costillas.
—¡Ay, joder! ¡Que me tiras la tortilla, animal!
Sara soltó una carcajada suave, pero sus ojos estaban brillantes.
Demasiado brillantes.
Yo sabía que estaba haciendo un esfuerzo sobrehumano para no llorar.
Y yo estaba haciendo un esfuerzo sobrehumano para no tirarme al suelo y agarrarme a sus tobillos rogándole que no se fuera.
El panel gigante de llegadas y salidas parpadeaba sobre nuestras cabezas.
Letras amarillas sobre fondo negro.
“AVE 03142 – BARCELONA SANTS – 18:30 – EMBARQUE EN 15 MINUTOS”.
Quince minutos.
El estómago se me encogió tanto que sentí que iba a vomitar el café solo que me había tomado en el bar de la esquina.
—Bueno —dije, intentando que la voz no me temblara—. Ya casi estamos en el control de seguridad.
—Sí —susurró ella, mirando hacia las cintas de rayos X donde una fila de viajeros sudorosos se quitaba los cinturones y los relojes.
—Aún estás a tiempo de arrepentirte —intervino Rafa, señalándola con el extremo del bocadillo—. En Barcelona el agua del grifo sabe a rayos, te lo digo yo que tengo familia allí.
Sara me miró, ignorando a Rafa.
—Mateo, prométeme que te vas a cuidar.
—Yo siempre me cuido.
—No mientas. Te alimentas a base de pizza congelada y macarrones con tomate de bote cuando yo no estoy para cocinar.
—Eso es una calumnia. Ayer me hice una ensalada.
—Compraste una bolsa de canónigos y te la comiste a palo seco mirando Netflix, me lo dijo Rafa.
Giré la cabeza lentamente para fulminar a mi supuesto mejor amigo con la mirada.
Rafa se encogió de hombros, tragando con dificultad.
—La sinceridad es la base de toda relación sana, hermano.
Suspiré, volviendo a centrar mi atención en la mujer de mi vida.
La mujer que estaba a punto de meterse en un tubo de metal a trescientos kilómetros por hora para alejarse de mí.
—Intentaré aprender a cocinar, lo juro —le dije, acercándome un poco más a ella.
El olor de su perfume floral mezclado con el ambiente cargado de la estación me provocó un nudo en la garganta.
—Más te vale —sonrió ella, y una primera lágrima traicionera se le escapó por la mejilla izquierda.
Levanté la mano y se la sequé con el pulgar.
Su piel estaba caliente.
De fondo, la megafonía de la estación escupió un mensaje ininteligible con esa voz metálica y aburrida de siempre.
“Ding, dong. Tren AVE con destino Barcelona Sants, vía cuatro…”.
El sonido fue como un disparo en la línea de salida.

El tiempo se había acabado.
Teníamos que avanzar hacia el control de billetes.
Rafa tiró el papel de plata hecho una bola a una papelera cercana y se limpió las manos en los vaqueros.
—Venga, chicos, que al final la perdemos.
Agarré el asa de la maleta amarilla con renovadas fuerzas, sintiendo que cada paso hacia la vía era un clavo más en el ataúd de nuestra convivencia.
Llegamos a la cinta de seguridad.
Había una señora delante de nosotros discutiendo con el vigilante porque no quería meter su bolso de imitación de Prada por la máquina.
—¡Que me estropean los imanes de la tarjeta del transporte, joven! —gritaba la señora, indignada.
—Señora, por favor, ponga el bolso en la bandeja —repetía el guardia, que parecía estar a punto de pedir la jubilación anticipada.
El contraste entre el drama absoluto que yo sentía en mi pecho y la comedia absurda de la vida cotidiana me dio ganas de reír y llorar a la vez.
Sara me cogió de la mano libre.
Sus dedos estaban fríos, a pesar del calor asfixiante de Madrid.
—¿Estás bien? —me preguntó en un susurro, acercando sus labios a mi oído.
—Estoy intentando no hacer un espectáculo bochornoso —confesé.
—Me parece bien. Yo también.
La señora del bolso finalmente cedió, murmurando maldiciones entre dientes, y nosotros avanzamos.
Puse la maleta amarilla en la cinta.
Sara puso su bolso y su chaqueta.
Pasamos por el arco de metal.
No pitó.
Ojalá hubiera pitado.
Ojalá me hubieran detenido para un registro exhaustivo que durara exactamente dos horas y le hiciera perder el tren.
Pero el universo es cruel y eficiente cuando menos lo necesitas.
Recogimos nuestras cosas y nos dirigimos hacia las rampas que bajaban a los andenes.
El sonido de la estación aquí era diferente.
Más metálico.
Más definitivo.
Era el sonido de las despedidas inminentes.
[PARTE 2]
(Interior – Andenes de Atocha – Tarde)
Bajamos por la rampa mecánica.
El aire acondicionado de la zona de vías nos golpeó en la cara como un bofetón de realidad.
Hacía frío.
La luz de la tarde madrileña se filtraba por las enormes cristaleras de la cúpula de Atocha.
Era una luz cálida, anaranjada, espesa.
Proyectaba sombras alargadas sobre el cemento gris del andén.
Sombras que parecían estirarse intentando agarrarse a algo que estaba a punto de desaparecer.
A lo lejos, vimos el morro aerodinámico del AVE acercándose lentamente por la vía cuatro.
Parecía un enorme tiburón blanco deslizándose por un mar de vías de acero.
El ruido del motor eléctrico era un zumbido grave que hacía vibrar el suelo bajo nuestras zapatillas.
Rafa silbó, impresionado.
—Mira qué bicho. Con eso te pones en las Ramblas antes de que me termine de digerir la tortilla.
—Rafa, por el amor de Dios, ¿puedes darnos cinco minutos de silencio? —le supliqué, sintiendo que los nervios me iban a estallar.
Mi amigo me miró, vio la desesperación en mis ojos y pareció entender por fin la gravedad de la situación.
—Vale, vale. Me voy allí a la máquina expendedora a ver si tienen agua con gas. Os dejo solos.
Rafa se alejó caminando hacia el otro extremo del andén, arrastrando los pies y mirando el móvil.
Por fin estábamos solos.
O tan solos como se puede estar en un andén rodeados de doscientas personas con maletas, niños llorando y ejecutivos gritando por teléfono.
El tren se detuvo por completo con un siseo neumático prolongado.
Las puertas se abrieron simultáneamente.
La gente empezó a salir, como hormigas abandonando un hormiguero, mientras los que iban a embarcar se agolpaban impacientes.
Nosotros nos quedamos quietos, a un lado, junto al vagón número siete.
El vagón de Sara.
Nos miramos.
El silencio entre nosotros era tan espeso que se podía cortar con un cuchillo jamonero.
—Pues… ya está aquí —dijo ella, con la voz rota.
—Sí. Ya está aquí.
Dejé la pesada maleta amarilla en el suelo.
Sin pensarlo, sin planearlo, di un paso hacia ella.
Sara acortó la distancia en una fracción de segundo.
Nos abrazamos fuerte.
Fue un abrazo desesperado, de esos que te dejan sin aire en los pulmones y te hacen doler las costillas.
Ninguno quería soltar al otro.
Escondí mi cara en su cuello, respirando su olor profundamente, intentando grabarlo en mi memoria a fuego.
Sentí sus manos agarrándose a la tela de mi camiseta, apretando como si se fuera a caer por un precipicio.
—No quiero que te vayas —le susurré al oído, rindiéndome por fin.
Había prometido ser fuerte.
Había prometido ser el novio comprensivo que apoya la carrera profesional de su chica.
Pero en ese momento, el feminismo, la modernidad y la realización profesional me importaban un reverendo pimiento.
Solo la quería a ella, conmigo, en nuestro piso de cincuenta metros cuadrados de Vallecas, viendo series malas los domingos.
—Mateo, por favor, no me lo hagas más difícil —sollozó Sara, apoyando la barbilla en mi hombro.
—Lo siento. Es que… joder. Es Barcelona. No es el pueblo de al lado.
—Son dos horas y media en tren.
—Son seiscientos kilómetros y un idioma que no entiendo.
Ella se separó un poco para mirarme a los ojos, con una mezcla de ternura y exasperación.
—Allí hablan castellano perfectamente, idiota.
—Ya, pero igual me marginan si no sé pedir un café con leche en catalán.
Sara soltó una pequeña risa húmeda.
Sus ojos estaban rojos, pero su sonrisa era radiante.
Esa sonrisa por la que yo habría caminado descalzo sobre brasas ardientes.
—Eres tonto. Muy tonto.
—Pero soy tu tonto.
—Sí. Mi tonto.
Volvimos a abrazarnos.
La luz cálida del atardecer nos envolvía, creando un halo casi mágico a nuestro alrededor.
Si hubiera habido una cámara de cine, este habría sido el momento perfecto para un travelling circular con música de violines de fondo.
Pero la banda sonora real era una señora a dos metros de distancia gritando:
—¡Paco, que te dejes el carrito de los palos de golf, que no cabe en el portaequipajes!
Ignoramos a Paco y a su mujer.
Ignoramos el mundo entero.
En ese rincón minúsculo de la estación de Atocha, solo existíamos nosotros dos.
El miedo al futuro.
La incertidumbre de la distancia.
El calor de nuestros cuerpos luchando contra el aire acondicionado industrial de Renfe.
Sentí que el corazón me latía tan fuerte que amenazaba con salirme por la boca y subirse al tren en lugar de ella.
Acaricié su espalda, subiendo hasta su nuca, enredando mis dedos en su pelo suave.
Ella cerró los ojos, suspirando.
Era un momento de intimidad brutal, expuesto en medio de un andén público en el corazón de Madrid.
Pero el tiempo es un tirano despiadado.
Por los altavoces del tren sonó un aviso.
“Atención, señores viajeros, el tren efectuará su salida en cinco minutos”.
Cinco minutos.
El pánico se apoderó de mí.
[PARTE 3]
(Interior – Andén junto al vagón siete – Tarde)
El anuncio de los cinco minutos rompió nuestro abrazo como si nos hubieran echado un cubo de agua helada por encima.
Nos separamos a regañadientes.
Sara se secó las lágrimas con el dorso de la mano, intentando recomponerse.
Yo me pasé la mano por el pelo, nervioso.
—Prometimos escribirnos —le dije, mirándola fijamente a los ojos.
No me refería a un maldito WhatsApp o a un mensaje directo de Instagram.
Habíamos hecho la promesa friki y romántica de mandarnos cartas físicas.
Cartas de papel, con sellos y sobres, a la vieja usanza.
Ella asintió, tragando saliva.
—Te escribiré. Te lo prometo, Mateo. Cartas largas, llenas de detalles aburridos sobre mi nueva oficina.
—Quiero saberlo todo. Si el café de la máquina es asqueroso, si tu jefe respira muy fuerte, si la vecina del quinto pone reguetón a las tres de la mañana.
—Te lo contaré todo.
Ambos sabíamos que sería difícil.
La vida moderna te absorbe.
El trabajo te consume.
El cansancio gana las batallas diarias.
Pero en ese momento, en el andén iluminado por esa luz dorada y nostálgica, creíamos que nuestro amor era a prueba de horarios, rutinas y distancias.
—Y yo te escribiré contándote cómo sobrevivo a base de latas de atún y cómo Rafa sigue intentando emparejarme con su prima la del pueblo —añadí, intentando quitarle hierro al asunto.
Sara frunció el ceño, de repente muy seria.
—Si Rafa te acerca a un metro de su prima, bajo a Madrid y le corto las piernas.
Sonreí.
Era celosa, pero de esa manera adorable que te hace sentir que eres lo más importante del universo para alguien.
—Descuida. Estoy blindado. Solo tengo ojos para la directora de arte más guapa de Cataluña.
Ella sonrió de nuevo, pero la sonrisa no llegó a sus ojos.
Había miedo en su mirada.
El mismo miedo que yo sentía en la boca del estómago.
El miedo a que el hilo invisible que nos unía se tensara demasiado.
El miedo a que se rompiera.
—Te voy a echar de menos de una manera enfermiza, Mateo —confesó ella, con la voz temblando.
—Y yo a ti, pequeña. No sabes cuánto.
El maquinista hizo sonar el claxon del tren.
Fue un sonido breve, pero ensordecedor.
El último aviso.
Las azafatas de Renfe, vestidas con sus uniformes impolutos, empezaron a pedir a los pasajeros que subieran a bordo.
—Señorita, por favor, vaya subiendo —nos dijo una azafata rubia, señalando la puerta abierta del vagón siete.
Sara asintió.
Agarró el asa de la maleta amarilla maldita.
Me miró una última vez.
Sus ojos, normalmente marrones y brillantes, parecían dos pozos de agua oscura y triste.
—Te quiero —dijo ella.
—Te quiero más —respondí.
Se giró, levantó la maleta con esfuerzo y subió el pequeño escalón hacia el interior del tren.
Se quedó de pie en el umbral, justo detrás de las puertas automáticas de cristal.
Yo me quedé en el andén.
A menos de medio metro de distancia, pero separados ya por un abismo invisible.
Ella apoyó la mano derecha en el cristal de la puerta.
Yo levanté mi mano izquierda y la pegué contra el exterior del mismo cristal, haciendo coincidir mis dedos con los suyos.
El cristal estaba frío.
Podía sentir el contorno de su mano al otro lado, tan cerca y tan inalcanzable.
Ella me miraba fijamente, mordiéndose el labio inferior para contener un sollozo.
Yo forcé la sonrisa más valiente que pude encontrar en mi repertorio emocional.
Por dentro, me estaba derrumbando como un castillo de naipes en un huracán.
Quería romper el cristal.
Quería tirar de la alarma de emergencia.

Quería secuestrar al maquinista y obligarle a llevar el tren a Vallecas.
Pero me quedé allí, quieto, como un pasmarote, con la mano pegada al vidrio.
Las puertas emitieron un pitido electrónico.
Bip, bip, bip.
Las hojas de cristal empezaron a cerrarse lentamente.
Se juntaron en el centro, sellando el vagón, aislando a Sara en un mundo presurizado y con aire acondicionado en el que yo no estaba incluido.
[PARTE 4]
(Exterior – Andén de Atocha / Interior – Vagón del tren – Tarde)
El zumbido del motor eléctrico aumentó de intensidad.
Era un sonido grave que vibraba en la suela de mis zapatillas.
La cámara de mi mente pareció cambiar de velocidad.
Todo empezó a moverse a cámara lenta.
El jefe de estación, a lo lejos, levantó la paleta verde.
El tren dio un ligero tirón hacia delante.
Sara seguía allí, con la mano apoyada en el cristal, mirándome.
Sus labios formaron las palabras “Te quiero”, sin emitir sonido.
Mi corazón dio un vuelco salvaje.
Mi corazón se quedó en ese vagón… saltó de mi pecho, atravesó el acero y el vidrio, y se acurrucó en su regazo, junto a la estúpida maleta amarilla.
Y mi mano todavía sostenía la suya, o al menos el fantasma de su calor sobre el cristal frío.
El tren empezó a acelerar.
Tuve que dar un paso hacia un lado para mantener el contacto visual.
Luego otro paso.
Luego empecé a caminar rápido junto al convoy.
El viento que desplazaba el morro del tren me revolvió el pelo.
Sara seguía mirándome, pero su rostro empezó a difuminarse por las lágrimas que finalmente se habían desbordado, cayendo libremente por sus mejillas.
A cámara lenta, vi cómo una gota resbalaba por su barbilla y caía sobre el lino blanco de su vestido.
Yo también estaba llorando.
Llorando en medio de Atocha, como un niño pequeño al que se le ha escapado su globo favorito.
El tren cogió más velocidad.
Ya no podía caminar, tenía que trotar para mantener el ritmo de su vagón.
Pasamos por delante del carrito de las chucherías.
Pasamos por delante de una máquina de refrescos.
La distancia entre mi mano y el cristal se hizo inevitable.
Tuve que apartarme.
El tren se deslizaba ahora rápido, seguro, implacable.
Me quedé parado en medio del andén, con los brazos cayendo a los lados, viendo cómo el vagón número siete se alejaba hacia la salida de la estación.
La luz dorada del sol bañó el último vagón de clase preferente antes de que el tren se sumergiera en la oscuridad del túnel que lo sacaría de Madrid.
Se había ido.
El silencio que siguió al ruido del tren fue ensordecedor.
Solo se escuchaba el murmullo de la gente volviendo a sus vidas normales.
Yo me sentía vacío.
Completamente hueco.
Como si me hubieran extraído todos los órganos vitales y me hubieran rellenado de algodón.
Aspiré profundamente por la nariz, intentando recuperar la compostura.
Me froté los ojos con las mangas de la sudadera.
“Se fuerte, Mateo”, me dije a mí mismo.
“La verás en un mes. Puedes aguantar un mes”.
Me giré lentamente, dispuesto a buscar a Rafa, que probablemente seguía peleándose con la máquina expendedora de agua con gas.
Tenía que ir a casa, pedir esa pizza congelada y enfrentarme al silencio de nuestro piso vacío.
Di el primer paso hacia las escaleras mecánicas.
El mundo parecía gris, aburrido, falto de todo sentido.
El drama era absoluto.
La tragedia literaria estaba servida.
Y justo cuando el tren desapareció por completo en la oscuridad del túnel, envuelto en ecos metálicos…
Escuché un grito detrás… un grito desgarrador, agudo, que resonó por toda la bóveda de Atocha.
Que cambió todo.
—¡MATEO! ¡MATEO, POR DIOS, AYÚDAME!
Me giré tan rápido que casi me rompo el cuello.
No era Rafa peleándose con una máquina.
No era un ladrón.
A diez metros de mí, rodeada de tres guardias de seguridad que la miraban con una mezcla de pánico y confusión, estaba ella.
Sara.
Con el vestido de lino blanco manchado de algo que parecía kétchup.
Sin maleta amarilla.
Y con la cara desencajada por el esfuerzo de haber corrido.
Me quedé petrificado, parpadeando como un búho cegado por un foco.
—¿S-Sara? —tartamudeé, sintiendo que mi cerebro había sufrido un cortocircuito catastrófico—. ¿Pero… tú no estabas en el tren?
Ella se apoyó las manos en las rodillas, jadeando en busca de oxígeno.
El rímel le caía por las mejillas, dándole un aspecto de mapache desquiciado.
—¡Me he bajado! —gritó, señalando furiosamente hacia el túnel vacío—. ¡En el último maldito segundo, justo cuando cerraban las puertas, metí el pie y me tiré al andén!
—¿Qué? ¿Por qué?
Uno de los guardias de seguridad, un hombre mayor con bigote, se acercó a ella con cautela.
—Señorita, no puede hacer eso, ha estado a punto de provocar un accidente en la vía pública…
—¡Cállese, Antonio! —le gritó Sara al pobre guardia, leyendo su nombre en la placa del uniforme—. ¡Estoy teniendo una epifanía romántica, deme un respiro!
Miré la escena, absolutamente en shock.
El dramatismo poético se había esfumado por completo, sustituido por el más puro caos castizo.
—Sara, por el amor de Dios, tu maleta. Tu trabajo en Barcelona. ¡El tren se ha ido!
Ella se enderezó, respirando aún con dificultad, y me miró fijamente.
Sus ojos echaban chispas.
—¡A la mierda la maleta, Mateo! ¡Lleva mi vida entera ahí dentro, sí, pero me he dado cuenta de algo!
—¿De qué? —pregunté, sintiendo que el corazón me volvía a latir, esta vez a un ritmo peligrosamente rápido.
Ella caminó hacia mí a zancadas, apartando a un pasajero con un maletín que pasaba por allí.
Se paró a un palmo de mi cara.

Olía a sudor, a perfume caro y a ese maldito kétchup que no sabía de dónde había salido.
—Me he dado cuenta de que yo no sé escribir cartas, joder. ¡Tengo una letra espantosa! ¡Parezco una niña de seis años escribiendo!
Me quedé con la boca abierta.
—¿Te has tirado de un AVE en marcha porque tienes mala caligrafía?
—¡Me he tirado de un AVE en marcha porque no puedo estar sin ti, pedazo de imbécil! —gritó ella, agarrándome por las solapas de la sudadera—. ¡Prefiero vivir en Vallecas comiendo macarrones con tomate de bote que dirigir un departamento de arte en Barcelona sin poder abrazarte por las noches!
El silencio volvió a caer sobre el andén.
Esta vez, no era un silencio triste.
Era el silencio atónito de cincuenta personas presenciando una escena digna de una película de Almodóvar.
Yo seguía procesando la información.
Mi novia, la racional, la pragmática, la directora de arte, acababa de mandar su futuro a la mierda por quedarse conmigo.
Y su maleta iba camino de Zaragoza a trescientos kilómetros por hora.
Sentí una sonrisa inmensa, estúpida e incontrolable, expandiéndose por mi cara.
—Estás completamente loca —le dije.
—Lo sé. Y ahora tengo que llamar a mi nuevo jefe y decirle que renuncio antes de empezar. Me va a matar.
—Te ayudaré a buscar trabajo aquí. Y te cocinaré macarrones. Te lo juro.
Sara soltó una carcajada histérica que terminó en un sollozo, tirándose a mis brazos.
La apreté contra mí, levantándola del suelo y dando una vuelta sobre mí mismo, ajeno a los aplausos esporádicos de algunos curiosos en el andén.
—¡A ver, parejita, circulen, que están bloqueando la zona de tránsito! —refunfuñó el guardia Antonio, aunque tenía una sonrisilla oculta bajo el bigote.
Nos separamos, riendo a carcajadas.
La tensión dramática había saltado por los aires.
En ese momento, Rafa apareció corriendo por la rampa mecánica, agitando una lata de agua con gas.
—¡Eh, chicos! ¡La máquina se había tragado mi moneda! —gritó Rafa, frenando en seco al ver a Sara a mi lado—. Hostia. ¿Y el tren?
—Se ha ido —dije, sin poder dejar de sonreír.
—¿Y Sara?
—Se queda.
Rafa miró el túnel vacío, luego a Sara, luego a mí, y finalmente a la lata de agua con gas que tenía en la mano.
—Pero… la maleta amarilla pesaba un cojón y medio. Estaba llena de sus cosas.
Sara se encogió de hombros, apoyando la cabeza en mi hombro.
—La Renfe tiene un excelente servicio de objetos perdidos, Rafa. Ya llamaré mañana.
Rafa negó con la cabeza, abriendo su lata, que soltó un fuerte pssssst.
—Estáis fatal de la cabeza los dos. En serio os lo digo. Pero bueno… ¿entonces no hay piso de soltero para Mateo?
—No, Rafa. Sigo bajo arresto domiciliario con esta maravilla de mujer —respondí, dándole un beso a Sara en la frente.
Ella sonrió, entrelazando sus dedos con los míos.
Esta vez, no había cristal de por medio.
Su mano estaba cálida, real y apretaba la mía con una fuerza que prometía no soltarla nunca más.
El andén de Atocha dejó de ser un lugar de despedidas trágicas.
Se había convertido en el escenario de la decisión más caótica, irracional y absolutamente perfecta de nuestras vidas.
Salimos de la estación los tres juntos.
Afuera, el calor de Madrid seguía siendo asfixiante, el tráfico un desastre y mi amigo Rafa un pesado de manual.
Pero mientras caminábamos por la cuesta de Moyano, con su mano sujeta a la mía, supe que el verdadero viaje no era el que iba a Barcelona.
El verdadero viaje era el que acabábamos de empezar, ahí mismo, en el asfalto derretido de la capital, sin maletas, sin planes, y con la absoluta certeza de que estábamos exactamente donde debíamos estar.
Y sinceramente, no había mejor lugar en el mundo.
Había una señora delante de nosotros discutiendo con el vigilante porque no quería meter su bolso de imitación de Prada por la máquina.
—¡Que me estropean los imanes de la tarjeta del transporte, joven! —gritaba la señora, indignada.
—Señora, por favor, ponga el bolso en la bandeja —repetía el guardia, que parecía estar a punto de pedir la jubilación anticipada.
El contraste entre el drama absoluto que yo sentía en mi pecho y la comedia absurda de la vida cotidiana me dio ganas de reír y llorar a la vez.
Sara me cogió de la mano libre.
Sus dedos estaban fríos, a pesar del calor asfixiante de Madrid.
—¿Estás bien? —me preguntó en un susurro, acercando sus labios a mi oído.
—Estoy intentando no hacer un espectáculo bochornoso —confesé.
—Me parece bien. Yo también.
La señora del bolso finalmente cedió, murmurando maldiciones entre dientes, y nosotros avanzamos.
Puse la maleta amarilla en la cinta.
Sara puso su bolso y su chaqueta.
Pasamos por el arco de metal.
No pitó.
Pasamos por delante del carrito de las chucherías.
Pasamos por delante de una máquina de refrescos.
La distancia entre mi mano y el cristal se hizo inevitable.
Tuve que apartarme.
El tren se deslizaba ahora rápido, seguro, implacable.
Me quedé parado en medio del andén, con los brazos cayendo a los lados, viendo cómo el vagón número siete se alejaba hacia la salida de la estación.
La luz dorada del sol bañó el último vagón de clase preferente antes de que el tren se sumergiera en la oscuridad del túnel que lo sacaría de Madrid.
Se había ido.
El silencio que siguió al ruido del tren fue ensordecedor.
Solo se escuchaba el murmullo de la gente volviendo a sus vidas normales.
Yo me sentía vacío.
Completamente hueco.
Como si me hubieran extraído todos los órganos vitales y me hubieran rellenado de algodón.
Aspiré profundamente por la nariz, intentando recuperar la compostura.
Me froté los ojos con las mangas de la sudadera.
“Se fuerte, Mateo”, me dije a mí mismo.
“La verás en un mes. Puedes aguantar un mes”.
Me giré lentamente, dispuesto a buscar a Rafa, que probablemente seguía peleándose con la máquina expendedora de agua con gas.
Tenía que ir a casa, pedir esa pizza congelada y enfrentarme al silencio de nuestro piso vacío.
Di el primer paso hacia las escaleras mecánicas.
El mundo parecía gris, aburrido, falto de todo sentido.
El drama era absoluto.
La tragedia literaria estaba servida.
Y justo cuando el tren desapareció por completo en la oscuridad del túnel, envuelto en ecos metálicos…
Escuché un grito detrás… un grito desgarrador, agudo, que resonó por toda la bóveda de Atocha.
Que cambió todo.
—¡MATEO! ¡MATEO, POR DIOS, AYÚDAME!
Me giré tan rápido que casi me rompo el cuello.
No era Rafa peleándose con una máquina.